lunes, 15 de julio de 2019

Perder el último barco


Cuando Gordon Matthew Thomas Sumner nació, el 2 de octubre de 1951, el nordeste de Inglaterra seguía siendo todavía uno de los grandes núcleos industriales del Reino Unido, cuyos pilares eran –desde el siglo XIX– las minas de carbón, los altos hornos y los astilleros.  Todo el mundo trabajaba allí, o casi. Al pequeño Gordon, hijo de un lechero y una peluquera, el destino le reservaba otro camino, pero los grandes barcos que se construían en su ciudad natal, Wallsend, y en la vecina Sunderland formaron parte esencial del paisaje de su infancia.

Los comienzos de Gordon al frente de la banda The Police –ya con el nombre artístico de Sting–, entre finales de los setenta y principios de los ochenta, coincidieron con el declive de todo este mundo, al que en el 2013 el músico y compositor le dedicaría un melancólico álbum, The Last Ship.  El último barco. “El rugir de las cadenas y el crujido de las cuadernas, el ruido del fin del mundo en tus oídos, mientras una montaña de acero se abre camino hacia el mar. Y el último barco zarpa”...

En los ochenta, todo se vino abajo. Las minas, las acerías, los barcos... El último astillero de Sunderland, que llegó a ser el mayor centro de construcción naval del Reino Unido, cerró en 1988 y el último de Wallsend no pasó del 2007. Miles de trabajadores se quedaron en la calle –el paro alcanzó el 20%– y la pobreza y la marginación se enquistaron en la región, al igual que el resentimiento, realimentado por la crisis del 2008 y la drástica política de austeridad que le siguió, con recortes en los servicios y las prestaciones sociales.

Maltratados y olvidados, los habitantes del viejo enclave industrial del nordeste de Inglaterra se revolvieron con furia el 23 de junio del 2016 y votaron masivamente por la salida de la Unión Europea en el referéndum imprudentemente convocado por David Cameron. Los resultados de Sunderland fueron de los primeros en aparecer y ofrecieron un serio aviso de la hecatombe que esa noche se avecinaba: el 61% de los votantes se decantó por el Brexit (casi diez puntos por encima del conjunto del Reino Unido). Desde entonces, para bien o para mal, esta brumosa ciudad de 277.000 habitantes a orillas del Mar del Norte se ha convertido en un símbolo. Símbolo de la rebeldía y la protesta. De la desconfianza hacia las élites y el establishment.  De la aversión a la globalización. Símbolo también de la credulidad y de la ceguera...

En 1986, en pleno hundimiento de la industria tradicional, la entonces primera ministra Margaret Thatcher inauguró en Sunderland una nueva fábrica de Nissan, llamada a convertirse en el salvavidas de la región. Hoy la planta de coches japonesa, que da trabajo directa o indirectamente a decenas de miles de personas, es la principal fuente de empleo y riqueza de la zona.

Paradójicamente, puede acabar siendo también la primera víctima del Brexit que con tanta alegría y pasión han votado sus beneficiarios. No en vano el 80% de los vehículos que fabrica van destinados al mercado de la Unión Europea. Como tantos otros casos: el pasado 27 de junio, en unas declaraciones a la BBC, el ministro de Exteriores japonés, Taro Kono, advirtió de que un Brexit a la brava, sin acuerdo con la UE, podría hacer que el millar de empresas japonesas radicadas en el Reino Unido se marcharan para relocalizarse en otros países europeos. A fin de cuentas, si están donde están es para tener un acceso franco al mercado único europeo. (Hará tres o cuatro años, en una cena privada en Barcelona con un pequeño grupo de empresarios, un diplomático japonés hizo la misma advertencia en caso de que Catalunya llegara a separarse de España. Todos los presentes quedaron impactados por la contundencia del aviso. Todos, salvo un representante institucional que desmintió sin sonrojo al diplomático nipón basándose en las vacuas tesis del realismo mágico oficial)

La realidad, sin embargo, es puñetera. Y  siempre se acaba imponiendo. El pasado febrero, pocas semanas después de la entrada en vigor del nuevo tratado de libre comercio entre Japón y la UE –que entre otras cosas suprime los aranceles sobre las importaciones de automóviles–, Honda anunció el cierre de su fábrica de Swindon (unos 130 kilómetros al este de Londres) y Nissan, la suspensión de la fabricación del nuevo X-Trial SUV en la de Sunderland. Un golpe que puede ser sólo el primero.

Lo cierto es que Sunderland y su región pueden resultar severamente castigadas por el Brexit puesto que cerca del 60% de sus exportaciones van hacia la UE, de la que por otro lado habrán recibido en el último quinquenio del orden de casi 400.000 millones de euros en ayudas comunitarias. Un informe del comité del Brexit de la Cámara de los Comunes vaticina que la economía del nordeste de Inglaterra puede contraerse un 16% si hay una salida sin acuerdo. Y ya llegan  las primeras señales inquietantes: aunque el paro sigue siendo bajo, en el nordeste se disparó de nuevo al alza en el último trimestre hasta situarse en el 5,5%, porcentaje que puede parecer ridículo comparado con  otros países pero que es ya el peor del Reino Unido.

 En las últimas semanas, un grupo de empresarios locales, líderes cívicos y representantes políticos de diversos partidos está haciendo campaña en Sunderland y su región para reclamar un nuevo referéndum. “Nosotros ya sabemos lo que pasa cuando las industrias cierran y los puestos de trabajo se van. No podemos dejar que vuelva a suceder”, clamó la diputada laborista Bridget Phillipson en un mitin celebrado hace ahora una semana ante varios cientos de personas.

Es posible que una parte de quienes votaron por el Leave se hayan arrepentido o, al menos, hayan empezado a hacerse preguntas. Pero la mayoría no da ninguna señal en este sentido. Más bien lo contrario. Feudo tradicional de la izquierda, en las pasadas elecciones europeas el Partido del Brexit del ultra Nigel Farage se llevó dos de los tres escaños en juego en la circunscripción. Y un sondeo de esta misma semana publicado por el vespertino Sunderland Echo sostiene que el 70% de los habitantes de la ciudad están a favor de un Brexit duro como el que propone el sulfuroso Boris Johnson, probable próximo líder tory y primer ministro, partidario de salir de la UE como sea –aún sin acuerdo– antes de la fecha límite, el 31 de octubre próximo. Cueste lo que cueste. Do or die.  Así se hunda el último barco. Si lo llega a perpetrar, la resaca en Sunderland amenaza con ser muy amarga.


lunes, 1 de julio de 2019

La herencia del Campo de los Mirlos


En junio de 1989, hace treinta años, media Europa vivía aún bajo regímenes comunistas. Pero por poco tiempo. La perestroika de Mijail Gorbachov en la Unión Soviética había puesto en marcha el reloj del hundimiento del bloque comunista y pocos meses después caería el muro de Berlín. La descomposición minaba a los países del llamado socialismo real en el este de Europa. Y en los Balcanes.

A principios de junio de 1989,  uno podía entrar en Yugoslavia por la frontera terrestre desde Trieste –ese crisol del antiguo imperio austro-húngaro– sin más formalidad que el saludo militar de los guardias, con tal de formar parte de la comitiva oficial de un líder comunista occidental. En Eslovenia, la más próspera y moderna república yugoslava, el desmoronamiento del régimen saltaba a los ojos.

En ese rincón de los Balcanes, al pie de los Alpes, el presidente de la Liga de los Comunistas de Eslovenia, Milan Kucan –hombre fuerte de la república, político reformador y futuro padre de la independencia–, se afanaba por poner los cimientos de la transición democrática y buscaba la manera de refundar en un sentido confederal el mosaico étnico y religioso heredado del mariscal Tito. Sin embargo, los vientos soplaban en contra en Belgrado y desde Liubliana se observaba con creciente inquietud el radicalismo nacionalista del líder serbio, Solobodan Milosevic, y su sueño de la Gran Serbia, sobre el que pretendía asentar el mantenimiento de su poder más allá de la desintegración del régimen comunista.

El periodista primerizo que entrevistó a Milan Kucan en Liubliana a principios de junio de 1989 salió del despacho del dirigente comunista con la sensación de que Yugoslavia se encaminaba hacia la guerra civil. No era la intuición sagaz de un experimentado reportero. La sombra de la guerra estaba allí, perceptible en las palabras, en el tono, en la mirada del líder esloveno.

Muy poco después de este encuentro, el día 28 de ese mismo mes de junio –el viernes pasado se cumplieron treinta años–, Slobodan Milosevic pronunció un histórico discurso en Kosovo ante un millón de serbios movilizados desde todo el país para conmemorar el 600º aniversario de la batalla del Campo de los Mirlos, donde en 1389 el ejército serbio cayó derrotado frente a los invasores otomanos.  Milosevic encendió a las masas con un discurso de exaltación nacionalista que abrió las puertas a la tragedia que iba a asolar a Yugoslavia. “Hubo un tiempo en que éramos valientes y dignos. Seis siglos después, debemos librar nuevas batallas o prepararnos para ello. Ya no se trata de luchas armadas, aunque tampoco hay que excluirlas”, tronó.

No se excluyeron, no. La guerra relámpago de Eslovenia –la primera república en independizarse– se cobró en 1991 la vida de 67 personas, un triste aperitivo de lo que se avecinaba. Yugoslavia iba a desaparecer en medio de una orgía de sangre: 20.000 muertos en la guerra de Croacia (1991-1995), más de 200.000 en Bosnia-Herzegovina (1992-1995) y 13.000 en Kosovo (1998-1999). Milosevic no fue el único culpable, y crímenes infames acabaron cometiendo todos los bandos sin excepción, pero su responsabilidad fue gravísima.

El llamado discurso de Gazimestan –nombre del memorial de la batalla– ha sido considerado un punto de inflexión en la crisis yugoslava. Pero, como siempre, la tragedia había empezado a escribirse antes. En marzo de ese año, el líder del partido comunista serbio había forzado la supresión de la autonomía de que gozaba Kosovo desde 1974, lo que ya había originado los primeros enfrentamientos violentos y una dura represión. En el resto de las repúblicas se dispararon todas las alarmas.

Para los serbios, Kosovo está en el corazón mismo de su historia. Pero lo mismo reivindican los albaneses, de confesión musulmana, que además constituyen la población abrumadoramente mayoritaria. La historia es como un chicle y cada cual la manosea a su antojo y conveniencia...

La de Kosovo fue la última de las guerras yugoslavas. Y la que precipitó la caída de Milosevic, tras una intensa campaña de bombardeos de 78 días de las fuerzas aéreas de la OTAN.   Fue otro mes de junio, éste de 1999, cuando las tropas serbias se retiraron de Kosovo y entraron las de la Alianza. Han pasado veinte años y allí siguen todavía: 3.500 soldados  que aseguran que las dos comunidades enfrentadas –120.000 serbios por 1,7 millones de albaneses– no se entregan a nuevos ajustes de cuentas. “Todavía somos necesarios”, declaró al poco de tomar posesión –por tercera vez– del contingente militar occidental, el pasado noviembre, el general italiano Lorenzo D’Addario.

Kosovo proclamó de forma unilateral su independencia en el 2008, obteniendo enseguida el reconocimiento de Estados Unidos y la mayor parte de países de la UE –no así de Serbia , Rusia y otros países europeos como España–. Pero Milosevic no llegó a verlo. Juzgado por el Tribunal de La Haya por genocidio y crímenes contra la humanidad, murió bajo detención en el 2006, sin llegar a ser sentenciado. Miles de serbios acudieron a rendirle honores en la capilla ardiente instalada en Belgrado, lo que demuestra una vez más que basta el sentimiento de tribu para convertir en héroe a un canalla.

De la desintegración yugoslava se salvaron algunos territorios, otros no han acabado de levantar cabeza. Como Bosnia-Herzegovina, que sigue siendo una bomba de relojería. O Kosovo, un Estado fallido que sobrevive por perfusión internacional y donde las dos comunidades, albanesa y serbia, se dan obstinadamente la espalda, mientras los dos vecinos amenazan periódicamente con volver a desenfundar las armas ante la mínima afrenta. Kosovo festejó hace dos semanas el fin de la guerra, con el expresidente norteamericano Bill Clinton como gran estrella invitada. Pero la paz dista mucho de estar ganada.


martes, 25 de junio de 2019

Elogio de un traidor


Para Alexis Tsipras, la noche del domingo 12 al lunes 13 de julio del 2015 fue la más larga de su vida política. El primer ministro griego había acudido a Bruselas a negociar un nuevo plan de ayuda financiera para Grecia, decidido a arrancar una flexibilización de las estrictas condiciones que hasta entonces habían impuesto sus socios europeos a los gobiernos precedentes. Pero, tras 17 horas de áspera negociación, salió escaldado.

Hartos de los sacrificios impuestos por Europa,  los griegos habían votado mayoritariamente por el líder de Syriza en las elecciones del mes de enero por su promesa de acabar con la austeridad. Y casi dos terceras partes habían rechazado las condiciones planteadas por Bruselas como requisito para una nueva ayuda financiera en un referéndum celebrado una semana antes,  el 5 de julio, a iniciativa del nuevo jefe del gobierno heleno.

Tsipras pensaba sin duda utilizar el voto popular como un arma en la negociación, que se presumía larga y dura. Estaba preparado para ello. Acudía al combate presto a librar una  guerra convencional. Pero en Bruselas se encontró con que su principal adversario llegaba dispuesto –más que dispuesto, ¡deseoso!– de apretar el botón nuclear... El ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, había preparado un plan para forzar la salida de Grecia de la zona euro. Como si se tratara de extirpar un tumor maligno. Las dudas de la canciller Angela Merkel y la resistencia del presidente francés, François Hollande, contribuyeron a impedir el Grexit. Pero la cuestión decisiva fue la capitulación de Tsipras. El primer ministro griego tuvo que tragar todo lo imaginable y firmar un trato humillante (el presidente saliente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, lo acabaría reconociendo tiempo después) para evitar lo peor. Podía no haberlo hecho. Podía haber salvado su imagen, su reputación. Regresar a Grecia como un héroe, derrotado pero insumiso. Pero al precio de lanzar a Grecia al abismo, dejando al país a merced de los mercados financieros y la ayuda draconiana del Fondo Monetario Internacional (FMI) como último y desesperado recurso.

Alexis Tsipras prefirió endosar el traje de traidor y aplicar personalmente la amarga medicina recetada en Bruselas  –tratando, allí donde fuera posible, de aplicar remedios paliativos a las capas más expuestas de la población–. Tsipras perdió a una parte de sus seguidores en este lance, pero ganó el apoyo de muchos otros. Hasta el punto de que en las elecciones anticipadas convocadas a la vuelta del verano revalidó su victoria de nueve meses atrás.

En estos años, Tsipras  ha cumplido con creces sus compromisos económicos y financieros. Ha dejado de ser el radical de izquierdas con veleidades chavistas del principio para convertirse en un socialdemócrata pragmático, a quien sus pares celebran como un hombre de Estado. Como resultado, en agosto del año pasado, Grecia dejó de estar bajo la tutela de la troika y desde entonces vuela sola (que no libre, pues se la sigue vigilando de cerca)

El crecimiento de la economía –un 1,9% del PIB el año pasado, que se espera que sea del 2% este año, según la OCDE– y el saneamiento de las finanzas públicas –el año pasado el superávit primario, esto es, sin contar el coste de la deuda, alcanzó el 4,2%, por encima del 3,5% exigido– permitió al Gobierno griego abordar algunas mejoras sociales: empezó en febrero por el aumento del salario mínimo (de 586 a 650 euros) y en mayo anunció la restitución de la decimotercera paga a los jubilados y la reducción del IVA. “Es importante que los sacrificios que han hecho los griegos sean recompensados”, declaró el primer ministro. Tampoco muchas alegrías, no se vaya uno a pensar, porque la situación sigue siendo delicada. Grecia ha salido del pozo, pero ha perdido en la crisis una cuarta parte de su riqueza, sin que esta devaluación haya podido ser aprovechada para la exportación por una industria que es prácticamente inexistente. El paro sigue siendo muy elevado (19%) y el poder adquisitivo de los griegos se ha hundido. El futuro aún es gris.

El anuncio de mayo tenía una inequívoca tonalidad electoralista, lo cual no evitó que Syriza recibiera un fuerte correctivo en las elecciones europeas, donde con el  23,8% de los votos quedó muy por detrás del centroderecha de Nueva Democracia (33,3%) ¿El peaje a pagar por la austeridad? No está ni mucho menos claro.

Alexis Tsipras se incomodó con los griegos en un asunto mucho más delicado, puesto que atañe a los sentimientos y ya se ha visto –aquí y allá– que en momentos de crisis los sentimientos brutos es lo más fácilmente explotable. En otra muestra de osadía, el primer ministro griego, con la complicidad de su homólogo de la antigua república yugoslava de Macedonia, el socialdemócrata Zoran Zaev, urdió un acuerdo para cerrar la disputa histórica entre ambos países por el nombre del primero, que a juicio de los griegos usurpaba el de su región septentrional. Ambos dirigentes, empujados por la UE y la OTAN, acordaron en enero una solución salomónica –llamar al nuevo país  Macedonia del Norte– que convenció a muy pocos a un lado y otro de la frontera pero tuvo la gran virtud de desbloquear un litigio que parecía insoluble. Tsipras tuvo el coraje de desafiar a la opinión pública –mayoritariamente contraria al acuerdo– y se puso a merced de una derecha que se lanzó sin medida a atizar los sentimientos nacionalistas. Pero consideró, una vez más, que era lo que debía hacer.

A diez puntos de distancia de la derecha –los sondeos otorgan a Nueva Democracia el 39% de intención de voto, por un 29% a Syriza–, es probable que Tsipras sea descabalgado del gobierno en las elecciones anticipadas del próximo 7 de julio. Sería un error, sin embargo, darle por amortizado.
En cualquier caso, el tiempo acabará por aquilatar su figura. Y se verá que, a veces, lo que más necesita un país es un traidor.



lunes, 3 de junio de 2019

La banda del 8%


¡Al centro, por Dios, al centro! Los analistas más preclaros gritaban desaforadamente desde la banda –cual frustrados entrenadores– al entonces líder de la derecha francesa, Nicolas Sarkozy, para que frenara su deriva derechista. Era el año 2102 y el presidente de la República, enfrentado al reto de la reelección, no hizo el menor caso. “Una elección se gana en el centro. Por eso François Hollande (socialista) va a ganar, porque está en el centro”. Lo vaticinó, no sin pesadumbre, el politólogo Dominique Reynié, director de la Fundación para la Renovación Política –uno de los think tanks de referencia de la derecha francesa, entonces y ahora–, que observaba con impotencia cómo Sarkozy se echaba al monte siguiendo el rastro del Frente Nacional de Marine Le Pen, aconsejado por un oscuro personaje procedente de la ultraderecha llamado Patrick Buisson. Lo mismo que Donald Trump y Steve Bannon, pero con cuatro años de adelanto. Como es sabido, Sarkozy fracasó, se convirtió en el segundo presidente de la V República en no ser reelegido –después de Valéry Giscard d’Estaing– y entregó el Elíseo a un François Hollande por quien un año antes nadie daba un duro. Tampoco después, por otra parte...

Nadie aprendió la lección. Tras varios años de desconcierto y guerras internas, dando tumbos sin demasiado sentido, la derecha francesa se reencarnó en un nuevo partido, Los Republicanos (LR), liderado desde el 2017 por un joven dirigente, Laurent Wauquiez, que creyó descubrir  que el camino de la salvación era seguir trotando ideológicamente detrás de la extrema derecha. Por el camino, muchos se marcharon. El resultado, si malo fue en el 2012, en el 2019 ha resultado catastrófico: en las elecciones europeas del domingo el peso de la derecha francesa quedó reducido al 8,5%. Lo nunca visto.

No se trata en absoluto de una excepcionalidad francesa. Sólo hay que mirar lo que ha pasado en otros dos grandes países europeos para comprobar que cuando la derecha tradicional se apunta a las recetas de la extrema derecha –nacionalismo, xenofobia, euroescepticismo– acaba devorada por el monstruo que se ha dedicado a alimentar. Convertida en una fuerza superflua. En el Reino Unido, los conservadores –que al calor del Brexit se han apuntado a los argumentos políticos de los extremistas– obtuvieron en las elecciones europeas el 8,7%. Y en Italia, el incombustible Silvio Berlusconi, aliado hace un año con la Liga, se ha quedado reducido también a un 8,8%. La derecha europea parece víctima de una pulsión suicida incontrolable.

 Es ya un axioma que, ante dos ofertas políticas similares, los votantes se decantan preferentemente por la auténtica, la original, y desechan la copia. Al alinearse con las tesis de los ultras para tratar de evitar la sangría de votos por su flanco derecho, los grandes partidos conservadores del continente lo que han hecho ha sido agravar la hemorragia y, al desertar el centro, han dejado el terreno abierto y expedito a sus adversarios.

En Francia, el discurso radical de Los Republicanos de Wauquiez ha reforzado y dado credibilidad democrática al refundado Reagrupamiento Nacional de Le Pen, que ha vuelto a ganar en unas europeas (23,3%). Mientras, el presidente Emmanuel Macron, al frente de un artefacto político híbrido –liberal y vagamente socialdemócrata–, ha quedado segundo, a pocas décimas (22,4%), consolidando su partido como única alternativa a la extrema derecha. La República en Marcha (LREM), que se ha enseñoreado del centro,  se ha hecho con buena parte del electorado moderado de derechas, que se había quedado huérfano: según un estudio postelectoral, Macron se ha apoderado de una cuarta parte larga de los electores que en las presidenciales el 2017 votaron por François Fillon. Y si no ha ganado al RN es porque, por el camino, ha perdido una parte de sus apoyos originales de la izquierda socialista –que han engrosado sobre todo a los Verdes, convertidos en tercera fuerza–.

En el Reino Unido, la incompetente gestión del Brexit por Theresa May y la deriva eurófoba de los tories –que aún podrían empeorar su situación encomendando su salud a los más radicales y cínicos, tipo Boris Johnson– ha sustentado el apoyo a un personaje tan inquietante como Nigel Farage  y su Partido del Brexit (31,7%), mientras ha dejado campo libre a los liberal-demócratas (segundo partido con el 18,5%) para ocupar el espacio del centro europeísta, que los desorientados laboristas también han abandonado.
La Forza Italia del ex primer ministro Berlusconi ha corrido una suerte parecida, después de haberse aliado con los liguistas en el 2018. Matteo Salvini, cuyo partido se llevó el domingo el 34,3% de los votos, no sólo ha reducido a la derecha a la mínima expresión sino que, de paso, ha jibarizado a su extraño socio de gobierno, el populista Movimiento 5 Estrellas de Luigi di Maio. Pero la naturaleza tiene horror al vacío. Y el vacío del centro ha permitido la incipiente recuperación del Partido Demócrata (22,7%)

Si no se ha producido un proceso similar en Alemania, donde la CDU resiste como primer partido pese a haber perdido bastante respaldo, es porque Angela Merkel ha marcado severas distancias con los ultras de Alternativa para Alemania (veremos qué pasa si, como parece predicar su sucesora, Annegret Kramp-Karrenbauer, los democristianos empiezan a girar hacia la derecha).  Y si en España tampoco se ha verificado la misma tendencia –el PP se mantiene como la primera fuerza de la derecha, pese a la derrota en generales y europeas– es porque la política de acercamiento a Vox impulsada por Pablo Casado es todavía muy tierna. Pero si sigue así, acabará indefectiblemente integrando la banda del 8%. Tan sólo es cuestión de tiempo. Y a tenor del CIS,  que ya atribuye ahora al PP una escuálida intención de voto del 11,4%, de no mucho tiempo.

lunes, 20 de mayo de 2019

La tentación de un ‘Maine’


Faltaban veinte minutos para las 10 de la noche cuando una potente explosión sacudió la bahía de La Habana. Era el 15 de febrero de 1898 y, en ese instante, el acorazado norteamericano Maine saltó por los aires, muriendo 266 de sus marineros. El buque había fondeado en  Cuba unas semanas antes, formalmente con la misión de proteger a los ciudadanos e intereses norteamericanos amenazados por la guerra que España mantenía desde hacía tres años contra los independentistas criollos. La  explosión fue el pretexto utilizado por Estados Unidos para, dos meses después, declarar la guerra a España, que ese agosto caería derrotada y perdería su última posesión americana.

Un informe oficial de la Marina de EE.UU. realizado tras el siniestro atribuyó la destrucción del Maine a la explosión de una mina bajo su casco, lo que apuntaba –aunque sin más pruebas– a España. No hizo falta más, porque los diarios norteamericanos se encargaron de hacer el resto del trabajo y caldear a la opinión pública. España fue declarada culpable y EE.UU. lanzó sus represalias al grito de “¡Recordad el Maine y al infierno con España!”.  En 1911, el buque fue reflotado para examinarlo, pero las conclusiones de ese análisis no fueron determinantes. Hubo que esperar a 1975 para que un estudio dirigido por el almirante Hyman G. Rickover, jefe de la división nuclear de la US Navy, demostrara que la destrucción del Maine se debió a una explosión accidental en el interior del propio acorazado.

La operación de 1898 salió tan redonda para los intereses norteamericanos, que desde entonces Washington no ha cejado de buscar y aprovechar todos los Maines que el azar le ha puesto en su camino –cuando no los ha buscado– para justificar sus acciones militares en el exterior. El súmmum llegó en el 2003 con la penosa intervención del general Colin Powell –su trayectoria merecía mucho más– ante el Consejo de Seguridad de la ONU presentando las supuestas pruebas, que a la postre resultaron falsas, sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Las armas nunca existieron, cosa que casi todos los promotores de la guerra –salvo algún empecinado– terminaron por admitir, empezando por el presidente George W. Bush. Pero, otra vez, demasiado tarde...

Porque aquellas armas que nunca existieron justificaron la invasión del país y el derrocamiento de Saddam Hussein, en una operación bélica que abrió las puertas a una sangrienta guerra civil, propició la aparición del Estado Islámico y empujó al país hacia la órbita del archienemigo Irán. Un absoluto desastre en todos los frentes.

Hay quien no aprende, sin embargo. El consejero de Seguridad Nacional de EE.UU., el halcón Jonh Bolton, conocido en Washington por su tendencia a exagerar y tergiversar los informes de inteligencia, fue uno de los urdidores de la aventura de Irak y ahora es el principal adalid de la campaña contra Irán, que a poco que vayan mal las cosas puede descontrolarse y conducir a una guerra, incluso por accidente.

El presidente Donald Trump, que salió elegido prometiendo –entre otras cosas– que retiraría al ejército norteamericano de todos los escenarios bélicos, ha expresado que no desea una guerra con Irán. Pero los generales que podrían introducir un poco de sentido común en la Casa Blanca fueron despedidos hace tiempo y el fogoso multimillonario está rodeado de personajes –desde Bolton al secretario de Estado, Mike Pompeo– cuyo ardor guerrero es inversamente proporcional a su sagacidad.

Trump no querrá una guerra, pero su estrategia –fiel  a su trayectoria de negociador inmobiliario– es de alto riesgo: amenazar y extorsionar hasta que el oponente claudique, así sea un adversario o un aliado (que tampoco hace aquí distingos). Y a fuerza de tensionar la situación con Irán, puede encender la mecha de la guerra.

La ofensiva contra Irán empezó hace un año, cuando Trump decidió la salida de EE.UU. del Acuerdo Nuclear firmado en el 2015, a lo que siguió la reanudación de las sanciones económicas. En abril, Washington endureció el acoso  con la anulación de la exención que permitía a algunos países –China, Corea del Sur, India, Japón y Turquía– seguir importando petróleo iraní, con el objetivo de ahogar definitivamente sus finanzas, y la declaración de la Guardia Revolucionaria  como organización terrorista.

Esta escalada ha alcanzado su paroxismo este mes de mayo: aduciendo una vaga amenaza de  las fuerzas iraníes o sus milicias aliadas contra sus tropas estacionadas en Irak –basadas en unas fotos que apenas prueban nada–, Estados Unidos  anunció el envío al golfo Pérsico del portaaviones USS Abraham Lincoln y su grupo de combate –del que se ha descolgado posteriormente la fragata española Méndez Nuñez– y de una dotación de cazabombarderos B-52, mientras el Pentágono ponía al día un plan para enviar a 120.000 soldados.

En los últimos días, se han sucedido  en la zona varios incidentes que parecerían calculados para desencadenar un conflicto, desde el sabotaje de varios petroleros –dos de ellos saudíes– en los Emiratos Árabes Unidos hasta el ataque con drones contra un oleoducto de Arabia Saudí por parte de las milicias hutíes –que tienen el apoyo de Irán– desde Yemen. ¿Querías un Maine? Empieza a haber un catálogo...

La situación es enormemente peligrosa. Los aliados europeos de EE.UU y la oposición demócrata desde el Congreso ponen seriamente en cuestión las supuestas pruebas contra Irán e intentan frenar la deriva de la Casa Blanca. En un artículo en The New York Times, la que fuera subsecretaria de Asuntos Políticos bajo la presidencia de Barack Obama y artífice del Acuerdo Nuclear, Wendy R. Sherman, alertaba del “riesgo peligrosamente alto de un conflicto serio” y llamaba a evitarlo por todos los medios: “No podemos dejar que suceda”, decía. La cuestión es si podrá Trump.



lunes, 6 de mayo de 2019

¡Me has pillado!


Santiago Abascal debe saber mucho de armas, pues bajo su sobaco cuelga un revólver Smith & Wesson y defiende con vehemencia italiana el derecho de la gente honrada a llevar pistola para defenderse de criminales y facinerosos. Pero de política exterior no sabe nada. Ni parece importarle. “¿Ves? Ahí me pillas. Ese es un mundo en el que no tengo demasiadas convicciones, más allá de nuestro compromiso de actuar siempre en pro de los intereses de España”, respondió el líder de Vox al escritor Fernando Sánchez Dragó cuando éste –en su libro-entrevista España vertebrada– le preguntó por sus ideas sobre política internacional.

Cómo pueden defenderse cabalmente los intereses de España en el mundo sin tener ni idea de lo que pasa más allá de sus fronteras es una pregunta que el líder de la extrema derecha neofranquista parece no haberse hecho. Pero no es el único. En España, el mundo parece no interesar, o  interesar muy poco. No hay más que repasar la reciente campaña electoral para comprobar que las cuestiones internacionales o de alcance mundial han estado clamorosamente ausentes del debate. ¿La construcción europea? ¿Los retos y desafíos que suscitan Rusia y China? ¿Las relaciones con el imprevisible Donald Trump? ¿La explosiva situación en Argelia y Libia? ¿Los efectos del cambio climático? Nada. Un desierto. Semejante desdén –no sólo atribuible a los políticos, que no dejan de ser el reflejo de la ciudadanía de la que surgen– es impensable en países como Estados Unidos o Francia...

El problema del ensimismamiento español viene de lejos. Hay quien lo sitúa en el Desastre de 1898, cuando España perdió sus últimas colonias ultramarinas. “Desde hace siglos, España no tiene política exterior. Verdaderamente nacional, quizás no haya tenido nunca. Y cuando quedó aniquilada por el más completo fracaso la que le prestaron e impusieron los intereses particularistas de Austrias y Borbones, España desapareció, materialmente barrida, de la política internacional (...) Está tan plenamente demostrado que el universo puede muy bien prescindir de España, como que España puede pasarse del universo”. Así escribía el periodista Agustí Calvet, Gaziel, quien fuera en la época director de La Vanguardia, en octubre de 1926. Hace casi una centuria y las cosas no han cambiado tanto.

La oscura noche franquista mantuvo el aislamiento internacional de España durante cuarenta años. Y sólo la restauración de la democracia permitió volver a salir al mundo. En los años 80, toda la acción exterior se volcó en la reincorporación plena de España a los organismos internacionales, particularmente la Unión Europea –las entonces llamadas Comunidades Europeas– y la OTAN. Los gobiernos de Felipe González tuvieron un papel fundamental en este proceso, el periodo probablemente más activo de la política exterior reciente.

¿Y después? La llegada de José María Aznar a la Moncloa cambió radicalmente las cartas. El entonces líder del PP menospreció a Europa y se lo jugó todo a tratar de construir una alianza privilegiada con EE.UU., para lo cual no dudó en adherirse a la desastrosa intervención militar decidida por George W. Bush en Irak en el 2003. Dejando al margen al británico Tony Blair, comprometido en la misma empresa,  Aznar se ganó con ello la animadversión de los principales líderes europeos, contrarios a la guerra, y particularmente de Jacques Chirac. “Me pareció deplorable el alineamiento sin condiciones del jefe del Gobierno español, José María Aznar, con las tesis anglonorteamericanas y los juicios extremadamente críticos que no cesó de proferir hacia Francia. Sobre esta cuestión, tuvimos el 26 de febrero en París una discusión particularmente tormentosa”, consignaría el presidente la República francesa en el segundo tomo de sus memorias.

La aventura americana de Aznar terminó con él. No quedó nada. Y los presidentes que le sucedieron –José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, como ahora  Pedro Sánchez– retomaron la prioridad europea. Pero con escasa ambición.

El economista y ensayista francés Alain Minc, asesor áulico de presidentes –de Nicolas Sarkozy a François Hollande–, en una conversación con este diario mantenida hace una década en su cuartel general de la avenida George V de París,  manifestaba su estupefacción  por la renuncia de la España de Zapatero –hoy el cuarto país de Europa en población y en PIB, sin contar con el ya saliente Reino Unido, el quinto entonces– a hacer valer su peso en la UE. “Felipe González tenía menos cartas, en un momento en que España era mucho más débil que hoy,  pero logró sentarse en la mesa de los grandes de Europa”, subrayaba.

La crisis económico-financiera del 2008 no ayudó precisamente, pero lo cierto es que tanto Zapatero como Rajoy después acabaron asumiendo un papel subalterno. No es mejor la opinión que sobre la etapa de este último tiene el politólogo británico William Chislett, antiguo corresponsal de The Times y el Financial Times, en un artículo publicado hace unos meses por el Real Instituto Elcano sobre los cuarenta años de democracia en España:  “La pasiva política exterior creó la sensación entre  observadores independientes de que España estaba por debajo de su peso”.

Esta sensación es particularmente acusada en Bruselas y en Estrasburgo, donde se constata que Madrid sigue ausente de los grandes debates, sin ideas ni propuestas propias. La salida del Reino Unido de la UE y la caída de Italia en el lado oscuro, lo hacen todavía más sangrante.  “Necesitamos a España más que nunca, una España ambiciosa”, sostenía hace unos meses, ante un plato de chucrut en la capital alsaciana, un destacado dirigente del partido socialista europeo.
Francia dispone del cuerpo diplomático más numeroso del mundo después de Estados Unidos, seguramente por encima de su peso real como potencia pero acorde con su ambición. A España –¿por complejo? ¿falta de interés?– le sucede exactamente a la inversa.

El olvido de la política exterior en el debate político español es, a este respecto, un síntoma alarmante. Porque, como decía Henry Kissinger, jefe de la diplomacia de EE.UU. con Richard Nixon, “cuando uno no sabe a dónde va, todos los caminos conducen a ninguna parte”.



martes, 23 de abril de 2019

El desmoronamiento


Todavía humeaban los restos de la viguería de la catedral de Notre Dame de París, consumida por el terrible fuego del lunes, cuando en Amazon empezaron a dispararse las ventas de la  célebre novela homónima de Victor Hugo, la trágica historia del jorobado campanero de la catedral, Quasimodo –que habitaba justamente en el armazón de roble de la techumbre ahora desaparecido–, y la bella bailarina gitana Esmeralda. No deja de ser un guiño de la Historia. Pues fue la obra del escritor francés la que en el siglo XIX rescató a la vieja catedral de París de su decrepitud y olvido. Y acaso de la demolición.

Victor Hugo siempre estuvo preocupado por el abandono del legado arquitectónico de la época gótica, y ya antes de publicar su novela (en 1831) había clamado contra esa incuria en algunos escritos. Nuestra Señora de París –que con el tiempo daría lugar a numerosas recreaciones teatrales y cinematográficas–  fue tal éxito, provocó tal aldabonazo en las conciencias, que propició la gran obra de restauración dirigida en 1844 por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc. De esa época procedía la aguja que ardió y se desmoronó el lunes, así como sus características gárgolas, un elemento que no existía cuando fue construida, en el siglo XII.

El fuego del lunes, que podría haber tenido consecuencias muchísimo más graves, ha caído como una mortificación sobre la desmoralizada comunidad católica francesa, minada  como en otros países por el escándalo  de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, que en el caso de Francia ha llevado a la condena, por omisión, del mismísimo cardenal Philippe Barbarin, obispo de Lyon y primado de las Galias.

La Francia del siglo XXI tiene ya poco que ver con la hija primogénita de la Iglesia declarada en la época del papa Esteban II. Hoy, sólo un 54% de los franceses se declaran católicos y apenas un 5% cumplen con el ritual de asistir a misa. Yann Raison du Cleuziuo, autor de un estudio sociológico publicado por el diario católico La Croix, resumía la situación en una ilustrativa frase: “El catolicismo francés se ha convertido en una realidad festiva”. Esto es, vinculada a las festividades cristianas tradicionales y a los acontecimientos fundamentales de la vida (bautismos, bodas, funerales). Y aún... porque, año tras año, desciende el número de bautizos y matrimonios religiosos.

En algunos sectores católicos ha llegado a germinar incluso un cierto sentimiento de asedio, agravado por los ataques y actos vandálicos –alrededor de un millar al año– de que son víctimas recurrentes las iglesias francesas en los últimos tiempos. Los espíritus se soliviantaron el pasado mes de febrero con tres profanaciones consecutivas en el lapso de diez días. Y la alarma se disparó  definitivamente el 14 de marzo cuando unos desconocidos prendieron fuego a una de las puertas de la iglesia de Saint-Sulpice de París, mientras en su interior se celebraba un concierto de órgano. No hay que sorprenderse, pues, si en las redes sociales hay quien se pregunta por el origen del fuego de esta semana en la catedral, que los investigadores atribuyen como primera hipótesis a un accidente fortuito. “La duda está permitida. Después de los actos de destrucción, vandalismo y saqueo que han sufrido nuestras iglesias (...), ¿ahora Notre Dame de París en plena Semana Santa? ¿Simple coincidencia?”, se preguntaba un lector del semanario conservador Valeurs Actuelles. Otros internautas, vinculados a la extrema derecha, van decididamente más allá, alimentando las teorías conspiracionistas y señalando con el dedo a los musulmanes.

Ni qué decir tiene que, de demostrarse que el incendio fue provocado, ello causaría un terremoto social, una hecatombe. Por ahora, afortunadamente, el siniestro de Notre Dame no ha pasado de una conmoción severa. Pero el golpe no se circunscribe a la comunidad católica –por mucho que sea la más quebrantada–, sino que alcanza a todo el país. De entrada, porque la catedral es un símbolo nacional, escenario de grandes acontecimientos de la Historia de Francia  (bodas reales, estados generales, entronizaciones imperiales, funerales de Estado...) Y después, pero no en último lugar, porque el desastre viene a coronar una serie negra que empezó con la revuelta de las banlieues en el otoño del 2005 y siguió con la crisis económica del 2008, los sangrientos atentados yihadistas del 2015 contra Charlie Hebdo y el Bataclan   –cuyo preludio fueron los asesinatos en serie de Mohamed Merah en el 2007–, y la crisis de los chalecos amarillos, la violenta protesta desencadenada en noviembre del año pasado y todavía abierta.

En poco más de una década, Francia ha sido sometida a fuertes tensiones que amenazan su cohesión social desde múltiples focos de fractura –económicos, sociales, étnicos y religiosos– y han proyectado sobre el país un pesado y sombrío sentimiento de pesimismo. El incendio de Notre Dame, la última desgracia, puede convertirse en un factor de unión nacional –y es evidente que el presidente Emmanuel Macron así lo está intentando–, pero también  puede suceder fácilmente todo lo contrario: el generoso –¿u obsceno?– alud de millones de euros que de repente han salido de debajo de las alfombras para contribuir a la reconstrucción del templo han empezado ya a provocar más irritación que admiración...

En un capítulo de Nuestra Señora de París, Quasimodo defiende la catedral del asalto de una turba prendiendo fuego. “Todas las miradas se habían levantado hacia lo alto de la iglesia. Lo que estaban viendo era extraordinario. En la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que ascendía entre los campanarios con torbellinos de chispas, una gran llama revuelta y furiosa de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda”, escribió Victor Hugo hace casi doscientos años. La historia acabó en tragedia.