lunes, 3 de junio de 2019

La banda del 8%


¡Al centro, por Dios, al centro! Los analistas más preclaros gritaban desaforadamente desde la banda –cual frustrados entrenadores– al entonces líder de la derecha francesa, Nicolas Sarkozy, para que frenara su deriva derechista. Era el año 2102 y el presidente de la República, enfrentado al reto de la reelección, no hizo el menor caso. “Una elección se gana en el centro. Por eso François Hollande (socialista) va a ganar, porque está en el centro”. Lo vaticinó, no sin pesadumbre, el politólogo Dominique Reynié, director de la Fundación para la Renovación Política –uno de los think tanks de referencia de la derecha francesa, entonces y ahora–, que observaba con impotencia cómo Sarkozy se echaba al monte siguiendo el rastro del Frente Nacional de Marine Le Pen, aconsejado por un oscuro personaje procedente de la ultraderecha llamado Patrick Buisson. Lo mismo que Donald Trump y Steve Bannon, pero con cuatro años de adelanto. Como es sabido, Sarkozy fracasó, se convirtió en el segundo presidente de la V República en no ser reelegido –después de Valéry Giscard d’Estaing– y entregó el Elíseo a un François Hollande por quien un año antes nadie daba un duro. Tampoco después, por otra parte...

Nadie aprendió la lección. Tras varios años de desconcierto y guerras internas, dando tumbos sin demasiado sentido, la derecha francesa se reencarnó en un nuevo partido, Los Republicanos (LR), liderado desde el 2017 por un joven dirigente, Laurent Wauquiez, que creyó descubrir  que el camino de la salvación era seguir trotando ideológicamente detrás de la extrema derecha. Por el camino, muchos se marcharon. El resultado, si malo fue en el 2012, en el 2019 ha resultado catastrófico: en las elecciones europeas del domingo el peso de la derecha francesa quedó reducido al 8,5%. Lo nunca visto.

No se trata en absoluto de una excepcionalidad francesa. Sólo hay que mirar lo que ha pasado en otros dos grandes países europeos para comprobar que cuando la derecha tradicional se apunta a las recetas de la extrema derecha –nacionalismo, xenofobia, euroescepticismo– acaba devorada por el monstruo que se ha dedicado a alimentar. Convertida en una fuerza superflua. En el Reino Unido, los conservadores –que al calor del Brexit se han apuntado a los argumentos políticos de los extremistas– obtuvieron en las elecciones europeas el 8,7%. Y en Italia, el incombustible Silvio Berlusconi, aliado hace un año con la Liga, se ha quedado reducido también a un 8,8%. La derecha europea parece víctima de una pulsión suicida incontrolable.

 Es ya un axioma que, ante dos ofertas políticas similares, los votantes se decantan preferentemente por la auténtica, la original, y desechan la copia. Al alinearse con las tesis de los ultras para tratar de evitar la sangría de votos por su flanco derecho, los grandes partidos conservadores del continente lo que han hecho ha sido agravar la hemorragia y, al desertar el centro, han dejado el terreno abierto y expedito a sus adversarios.

En Francia, el discurso radical de Los Republicanos de Wauquiez ha reforzado y dado credibilidad democrática al refundado Reagrupamiento Nacional de Le Pen, que ha vuelto a ganar en unas europeas (23,3%). Mientras, el presidente Emmanuel Macron, al frente de un artefacto político híbrido –liberal y vagamente socialdemócrata–, ha quedado segundo, a pocas décimas (22,4%), consolidando su partido como única alternativa a la extrema derecha. La República en Marcha (LREM), que se ha enseñoreado del centro,  se ha hecho con buena parte del electorado moderado de derechas, que se había quedado huérfano: según un estudio postelectoral, Macron se ha apoderado de una cuarta parte larga de los electores que en las presidenciales el 2017 votaron por François Fillon. Y si no ha ganado al RN es porque, por el camino, ha perdido una parte de sus apoyos originales de la izquierda socialista –que han engrosado sobre todo a los Verdes, convertidos en tercera fuerza–.

En el Reino Unido, la incompetente gestión del Brexit por Theresa May y la deriva eurófoba de los tories –que aún podrían empeorar su situación encomendando su salud a los más radicales y cínicos, tipo Boris Johnson– ha sustentado el apoyo a un personaje tan inquietante como Nigel Farage  y su Partido del Brexit (31,7%), mientras ha dejado campo libre a los liberal-demócratas (segundo partido con el 18,5%) para ocupar el espacio del centro europeísta, que los desorientados laboristas también han abandonado.
La Forza Italia del ex primer ministro Berlusconi ha corrido una suerte parecida, después de haberse aliado con los liguistas en el 2018. Matteo Salvini, cuyo partido se llevó el domingo el 34,3% de los votos, no sólo ha reducido a la derecha a la mínima expresión sino que, de paso, ha jibarizado a su extraño socio de gobierno, el populista Movimiento 5 Estrellas de Luigi di Maio. Pero la naturaleza tiene horror al vacío. Y el vacío del centro ha permitido la incipiente recuperación del Partido Demócrata (22,7%)

Si no se ha producido un proceso similar en Alemania, donde la CDU resiste como primer partido pese a haber perdido bastante respaldo, es porque Angela Merkel ha marcado severas distancias con los ultras de Alternativa para Alemania (veremos qué pasa si, como parece predicar su sucesora, Annegret Kramp-Karrenbauer, los democristianos empiezan a girar hacia la derecha).  Y si en España tampoco se ha verificado la misma tendencia –el PP se mantiene como la primera fuerza de la derecha, pese a la derrota en generales y europeas– es porque la política de acercamiento a Vox impulsada por Pablo Casado es todavía muy tierna. Pero si sigue así, acabará indefectiblemente integrando la banda del 8%. Tan sólo es cuestión de tiempo. Y a tenor del CIS,  que ya atribuye ahora al PP una escuálida intención de voto del 11,4%, de no mucho tiempo.

lunes, 20 de mayo de 2019

La tentación de un ‘Maine’


Faltaban veinte minutos para las 10 de la noche cuando una potente explosión sacudió la bahía de La Habana. Era el 15 de febrero de 1898 y, en ese instante, el acorazado norteamericano Maine saltó por los aires, muriendo 266 de sus marineros. El buque había fondeado en  Cuba unas semanas antes, formalmente con la misión de proteger a los ciudadanos e intereses norteamericanos amenazados por la guerra que España mantenía desde hacía tres años contra los independentistas criollos. La  explosión fue el pretexto utilizado por Estados Unidos para, dos meses después, declarar la guerra a España, que ese agosto caería derrotada y perdería su última posesión americana.

Un informe oficial de la Marina de EE.UU. realizado tras el siniestro atribuyó la destrucción del Maine a la explosión de una mina bajo su casco, lo que apuntaba –aunque sin más pruebas– a España. No hizo falta más, porque los diarios norteamericanos se encargaron de hacer el resto del trabajo y caldear a la opinión pública. España fue declarada culpable y EE.UU. lanzó sus represalias al grito de “¡Recordad el Maine y al infierno con España!”.  En 1911, el buque fue reflotado para examinarlo, pero las conclusiones de ese análisis no fueron determinantes. Hubo que esperar a 1975 para que un estudio dirigido por el almirante Hyman G. Rickover, jefe de la división nuclear de la US Navy, demostrara que la destrucción del Maine se debió a una explosión accidental en el interior del propio acorazado.

La operación de 1898 salió tan redonda para los intereses norteamericanos, que desde entonces Washington no ha cejado de buscar y aprovechar todos los Maines que el azar le ha puesto en su camino –cuando no los ha buscado– para justificar sus acciones militares en el exterior. El súmmum llegó en el 2003 con la penosa intervención del general Colin Powell –su trayectoria merecía mucho más– ante el Consejo de Seguridad de la ONU presentando las supuestas pruebas, que a la postre resultaron falsas, sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Las armas nunca existieron, cosa que casi todos los promotores de la guerra –salvo algún empecinado– terminaron por admitir, empezando por el presidente George W. Bush. Pero, otra vez, demasiado tarde...

Porque aquellas armas que nunca existieron justificaron la invasión del país y el derrocamiento de Saddam Hussein, en una operación bélica que abrió las puertas a una sangrienta guerra civil, propició la aparición del Estado Islámico y empujó al país hacia la órbita del archienemigo Irán. Un absoluto desastre en todos los frentes.

Hay quien no aprende, sin embargo. El consejero de Seguridad Nacional de EE.UU., el halcón Jonh Bolton, conocido en Washington por su tendencia a exagerar y tergiversar los informes de inteligencia, fue uno de los urdidores de la aventura de Irak y ahora es el principal adalid de la campaña contra Irán, que a poco que vayan mal las cosas puede descontrolarse y conducir a una guerra, incluso por accidente.

El presidente Donald Trump, que salió elegido prometiendo –entre otras cosas– que retiraría al ejército norteamericano de todos los escenarios bélicos, ha expresado que no desea una guerra con Irán. Pero los generales que podrían introducir un poco de sentido común en la Casa Blanca fueron despedidos hace tiempo y el fogoso multimillonario está rodeado de personajes –desde Bolton al secretario de Estado, Mike Pompeo– cuyo ardor guerrero es inversamente proporcional a su sagacidad.

Trump no querrá una guerra, pero su estrategia –fiel  a su trayectoria de negociador inmobiliario– es de alto riesgo: amenazar y extorsionar hasta que el oponente claudique, así sea un adversario o un aliado (que tampoco hace aquí distingos). Y a fuerza de tensionar la situación con Irán, puede encender la mecha de la guerra.

La ofensiva contra Irán empezó hace un año, cuando Trump decidió la salida de EE.UU. del Acuerdo Nuclear firmado en el 2015, a lo que siguió la reanudación de las sanciones económicas. En abril, Washington endureció el acoso  con la anulación de la exención que permitía a algunos países –China, Corea del Sur, India, Japón y Turquía– seguir importando petróleo iraní, con el objetivo de ahogar definitivamente sus finanzas, y la declaración de la Guardia Revolucionaria  como organización terrorista.

Esta escalada ha alcanzado su paroxismo este mes de mayo: aduciendo una vaga amenaza de  las fuerzas iraníes o sus milicias aliadas contra sus tropas estacionadas en Irak –basadas en unas fotos que apenas prueban nada–, Estados Unidos  anunció el envío al golfo Pérsico del portaaviones USS Abraham Lincoln y su grupo de combate –del que se ha descolgado posteriormente la fragata española Méndez Nuñez– y de una dotación de cazabombarderos B-52, mientras el Pentágono ponía al día un plan para enviar a 120.000 soldados.

En los últimos días, se han sucedido  en la zona varios incidentes que parecerían calculados para desencadenar un conflicto, desde el sabotaje de varios petroleros –dos de ellos saudíes– en los Emiratos Árabes Unidos hasta el ataque con drones contra un oleoducto de Arabia Saudí por parte de las milicias hutíes –que tienen el apoyo de Irán– desde Yemen. ¿Querías un Maine? Empieza a haber un catálogo...

La situación es enormemente peligrosa. Los aliados europeos de EE.UU y la oposición demócrata desde el Congreso ponen seriamente en cuestión las supuestas pruebas contra Irán e intentan frenar la deriva de la Casa Blanca. En un artículo en The New York Times, la que fuera subsecretaria de Asuntos Políticos bajo la presidencia de Barack Obama y artífice del Acuerdo Nuclear, Wendy R. Sherman, alertaba del “riesgo peligrosamente alto de un conflicto serio” y llamaba a evitarlo por todos los medios: “No podemos dejar que suceda”, decía. La cuestión es si podrá Trump.



lunes, 6 de mayo de 2019

¡Me has pillado!


Santiago Abascal debe saber mucho de armas, pues bajo su sobaco cuelga un revólver Smith & Wesson y defiende con vehemencia italiana el derecho de la gente honrada a llevar pistola para defenderse de criminales y facinerosos. Pero de política exterior no sabe nada. Ni parece importarle. “¿Ves? Ahí me pillas. Ese es un mundo en el que no tengo demasiadas convicciones, más allá de nuestro compromiso de actuar siempre en pro de los intereses de España”, respondió el líder de Vox al escritor Fernando Sánchez Dragó cuando éste –en su libro-entrevista España vertebrada– le preguntó por sus ideas sobre política internacional.

Cómo pueden defenderse cabalmente los intereses de España en el mundo sin tener ni idea de lo que pasa más allá de sus fronteras es una pregunta que el líder de la extrema derecha neofranquista parece no haberse hecho. Pero no es el único. En España, el mundo parece no interesar, o  interesar muy poco. No hay más que repasar la reciente campaña electoral para comprobar que las cuestiones internacionales o de alcance mundial han estado clamorosamente ausentes del debate. ¿La construcción europea? ¿Los retos y desafíos que suscitan Rusia y China? ¿Las relaciones con el imprevisible Donald Trump? ¿La explosiva situación en Argelia y Libia? ¿Los efectos del cambio climático? Nada. Un desierto. Semejante desdén –no sólo atribuible a los políticos, que no dejan de ser el reflejo de la ciudadanía de la que surgen– es impensable en países como Estados Unidos o Francia...

El problema del ensimismamiento español viene de lejos. Hay quien lo sitúa en el Desastre de 1898, cuando España perdió sus últimas colonias ultramarinas. “Desde hace siglos, España no tiene política exterior. Verdaderamente nacional, quizás no haya tenido nunca. Y cuando quedó aniquilada por el más completo fracaso la que le prestaron e impusieron los intereses particularistas de Austrias y Borbones, España desapareció, materialmente barrida, de la política internacional (...) Está tan plenamente demostrado que el universo puede muy bien prescindir de España, como que España puede pasarse del universo”. Así escribía el periodista Agustí Calvet, Gaziel, quien fuera en la época director de La Vanguardia, en octubre de 1926. Hace casi una centuria y las cosas no han cambiado tanto.

La oscura noche franquista mantuvo el aislamiento internacional de España durante cuarenta años. Y sólo la restauración de la democracia permitió volver a salir al mundo. En los años 80, toda la acción exterior se volcó en la reincorporación plena de España a los organismos internacionales, particularmente la Unión Europea –las entonces llamadas Comunidades Europeas– y la OTAN. Los gobiernos de Felipe González tuvieron un papel fundamental en este proceso, el periodo probablemente más activo de la política exterior reciente.

¿Y después? La llegada de José María Aznar a la Moncloa cambió radicalmente las cartas. El entonces líder del PP menospreció a Europa y se lo jugó todo a tratar de construir una alianza privilegiada con EE.UU., para lo cual no dudó en adherirse a la desastrosa intervención militar decidida por George W. Bush en Irak en el 2003. Dejando al margen al británico Tony Blair, comprometido en la misma empresa,  Aznar se ganó con ello la animadversión de los principales líderes europeos, contrarios a la guerra, y particularmente de Jacques Chirac. “Me pareció deplorable el alineamiento sin condiciones del jefe del Gobierno español, José María Aznar, con las tesis anglonorteamericanas y los juicios extremadamente críticos que no cesó de proferir hacia Francia. Sobre esta cuestión, tuvimos el 26 de febrero en París una discusión particularmente tormentosa”, consignaría el presidente la República francesa en el segundo tomo de sus memorias.

La aventura americana de Aznar terminó con él. No quedó nada. Y los presidentes que le sucedieron –José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, como ahora  Pedro Sánchez– retomaron la prioridad europea. Pero con escasa ambición.

El economista y ensayista francés Alain Minc, asesor áulico de presidentes –de Nicolas Sarkozy a François Hollande–, en una conversación con este diario mantenida hace una década en su cuartel general de la avenida George V de París,  manifestaba su estupefacción  por la renuncia de la España de Zapatero –hoy el cuarto país de Europa en población y en PIB, sin contar con el ya saliente Reino Unido, el quinto entonces– a hacer valer su peso en la UE. “Felipe González tenía menos cartas, en un momento en que España era mucho más débil que hoy,  pero logró sentarse en la mesa de los grandes de Europa”, subrayaba.

La crisis económico-financiera del 2008 no ayudó precisamente, pero lo cierto es que tanto Zapatero como Rajoy después acabaron asumiendo un papel subalterno. No es mejor la opinión que sobre la etapa de este último tiene el politólogo británico William Chislett, antiguo corresponsal de The Times y el Financial Times, en un artículo publicado hace unos meses por el Real Instituto Elcano sobre los cuarenta años de democracia en España:  “La pasiva política exterior creó la sensación entre  observadores independientes de que España estaba por debajo de su peso”.

Esta sensación es particularmente acusada en Bruselas y en Estrasburgo, donde se constata que Madrid sigue ausente de los grandes debates, sin ideas ni propuestas propias. La salida del Reino Unido de la UE y la caída de Italia en el lado oscuro, lo hacen todavía más sangrante.  “Necesitamos a España más que nunca, una España ambiciosa”, sostenía hace unos meses, ante un plato de chucrut en la capital alsaciana, un destacado dirigente del partido socialista europeo.
Francia dispone del cuerpo diplomático más numeroso del mundo después de Estados Unidos, seguramente por encima de su peso real como potencia pero acorde con su ambición. A España –¿por complejo? ¿falta de interés?– le sucede exactamente a la inversa.

El olvido de la política exterior en el debate político español es, a este respecto, un síntoma alarmante. Porque, como decía Henry Kissinger, jefe de la diplomacia de EE.UU. con Richard Nixon, “cuando uno no sabe a dónde va, todos los caminos conducen a ninguna parte”.



martes, 23 de abril de 2019

El desmoronamiento


Todavía humeaban los restos de la viguería de la catedral de Notre Dame de París, consumida por el terrible fuego del lunes, cuando en Amazon empezaron a dispararse las ventas de la  célebre novela homónima de Victor Hugo, la trágica historia del jorobado campanero de la catedral, Quasimodo –que habitaba justamente en el armazón de roble de la techumbre ahora desaparecido–, y la bella bailarina gitana Esmeralda. No deja de ser un guiño de la Historia. Pues fue la obra del escritor francés la que en el siglo XIX rescató a la vieja catedral de París de su decrepitud y olvido. Y acaso de la demolición.

Victor Hugo siempre estuvo preocupado por el abandono del legado arquitectónico de la época gótica, y ya antes de publicar su novela (en 1831) había clamado contra esa incuria en algunos escritos. Nuestra Señora de París –que con el tiempo daría lugar a numerosas recreaciones teatrales y cinematográficas–  fue tal éxito, provocó tal aldabonazo en las conciencias, que propició la gran obra de restauración dirigida en 1844 por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc. De esa época procedía la aguja que ardió y se desmoronó el lunes, así como sus características gárgolas, un elemento que no existía cuando fue construida, en el siglo XII.

El fuego del lunes, que podría haber tenido consecuencias muchísimo más graves, ha caído como una mortificación sobre la desmoralizada comunidad católica francesa, minada  como en otros países por el escándalo  de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia, que en el caso de Francia ha llevado a la condena, por omisión, del mismísimo cardenal Philippe Barbarin, obispo de Lyon y primado de las Galias.

La Francia del siglo XXI tiene ya poco que ver con la hija primogénita de la Iglesia declarada en la época del papa Esteban II. Hoy, sólo un 54% de los franceses se declaran católicos y apenas un 5% cumplen con el ritual de asistir a misa. Yann Raison du Cleuziuo, autor de un estudio sociológico publicado por el diario católico La Croix, resumía la situación en una ilustrativa frase: “El catolicismo francés se ha convertido en una realidad festiva”. Esto es, vinculada a las festividades cristianas tradicionales y a los acontecimientos fundamentales de la vida (bautismos, bodas, funerales). Y aún... porque, año tras año, desciende el número de bautizos y matrimonios religiosos.

En algunos sectores católicos ha llegado a germinar incluso un cierto sentimiento de asedio, agravado por los ataques y actos vandálicos –alrededor de un millar al año– de que son víctimas recurrentes las iglesias francesas en los últimos tiempos. Los espíritus se soliviantaron el pasado mes de febrero con tres profanaciones consecutivas en el lapso de diez días. Y la alarma se disparó  definitivamente el 14 de marzo cuando unos desconocidos prendieron fuego a una de las puertas de la iglesia de Saint-Sulpice de París, mientras en su interior se celebraba un concierto de órgano. No hay que sorprenderse, pues, si en las redes sociales hay quien se pregunta por el origen del fuego de esta semana en la catedral, que los investigadores atribuyen como primera hipótesis a un accidente fortuito. “La duda está permitida. Después de los actos de destrucción, vandalismo y saqueo que han sufrido nuestras iglesias (...), ¿ahora Notre Dame de París en plena Semana Santa? ¿Simple coincidencia?”, se preguntaba un lector del semanario conservador Valeurs Actuelles. Otros internautas, vinculados a la extrema derecha, van decididamente más allá, alimentando las teorías conspiracionistas y señalando con el dedo a los musulmanes.

Ni qué decir tiene que, de demostrarse que el incendio fue provocado, ello causaría un terremoto social, una hecatombe. Por ahora, afortunadamente, el siniestro de Notre Dame no ha pasado de una conmoción severa. Pero el golpe no se circunscribe a la comunidad católica –por mucho que sea la más quebrantada–, sino que alcanza a todo el país. De entrada, porque la catedral es un símbolo nacional, escenario de grandes acontecimientos de la Historia de Francia  (bodas reales, estados generales, entronizaciones imperiales, funerales de Estado...) Y después, pero no en último lugar, porque el desastre viene a coronar una serie negra que empezó con la revuelta de las banlieues en el otoño del 2005 y siguió con la crisis económica del 2008, los sangrientos atentados yihadistas del 2015 contra Charlie Hebdo y el Bataclan   –cuyo preludio fueron los asesinatos en serie de Mohamed Merah en el 2007–, y la crisis de los chalecos amarillos, la violenta protesta desencadenada en noviembre del año pasado y todavía abierta.

En poco más de una década, Francia ha sido sometida a fuertes tensiones que amenazan su cohesión social desde múltiples focos de fractura –económicos, sociales, étnicos y religiosos– y han proyectado sobre el país un pesado y sombrío sentimiento de pesimismo. El incendio de Notre Dame, la última desgracia, puede convertirse en un factor de unión nacional –y es evidente que el presidente Emmanuel Macron así lo está intentando–, pero también  puede suceder fácilmente todo lo contrario: el generoso –¿u obsceno?– alud de millones de euros que de repente han salido de debajo de las alfombras para contribuir a la reconstrucción del templo han empezado ya a provocar más irritación que admiración...

En un capítulo de Nuestra Señora de París, Quasimodo defiende la catedral del asalto de una turba prendiendo fuego. “Todas las miradas se habían levantado hacia lo alto de la iglesia. Lo que estaban viendo era extraordinario. En la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que ascendía entre los campanarios con torbellinos de chispas, una gran llama revuelta y furiosa de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda”, escribió Victor Hugo hace casi doscientos años. La historia acabó en tragedia.


lunes, 8 de abril de 2019

¿Democrático, un referéndum?


La unanimidad es rara. Y cuando se produce, hay que desconfiar. Porque muchas veces indica que algo está fallando. En un artículo publicado en el 2016 en la revista científica Proceedings of The Royal Society –titulado Demasiado bueno para ser cierto: cuando la abrumadora evidencia no convence–, un equipo de investigadores dirigido por el ingeniero Lachlan J. Gunn y el físico Derek Abbott constata que la unanimidad es matemáticamente tan improbable que, cuando se da, lo más probable es que enmascare un error. “La unanimidad es a menudo considerada fiable, pero está demostrado que la probabilidad de que un gran número de personas estén todas de acuerdo es débil, de modo que esta confianza está mal fundada”, escriben. La “paradoja de la unanimidad” puede encontrarse en muchos terrenos, desde los procesos de identificación judicial hasta la criptografía de datos. Pasando también por la política.

En los últimos años, parece haberse anclado en Europa la idea –si no unánime, muy extendida y ampliamente aceptada– según la cual el referéndum como vía para dirimir las grandes cuestiones políticas es la máxima expresión democrática que pueda caber. El voto directo del pueblo, ¡el súmmum de la democracia! Sin embargo, y como el Brexit ha puesto dramáticamente de manifiesto en el Reino Unido, tal convicción es harto discutible.

“Esto no es democracia, es una ruleta rusa”, resumía sobre el referéndum el profesor Kenneth Rogoff, politólogo y economista de la Universidad de Harvard, en una intervención en el 2016 en el World Economic Forum. La democracia moderna, subrayó Rogoff, es un sistema basado en un conjunto de “frenos y equilibrios” que en el referéndum desaparecen. “La idea de que cualquier decisión tomada por las reglas de la mayoría es necesariamente democrática es una perversión del término”, sostiene. El referéndum, al revés que unas elecciones, no ofrece posibilidad de corrección ni de marcha atrás. La decisión –prosigue– acostumbra a tomarse con una absoluta ignorancia sobre sus consecuencias ulteriores y, en general, por mayorías muy exiguas. Y concluye: “Un país no debería adoptar cambios fundamentales e irreversibles basados en una minúscula mayoría que prevalece sólo durante un breve periodo de emoción”.

El referéndum del Brexit del 2016, cuya convocatoria misma fue absolutamente espuria –David Cameron lo urdió únicamente para tratar de acallar la oposición interna en los tories y reforzar su poder sobre el partido–, reúne probablemente todos los defectos imaginables. No sólo no hubo espacio para un debate racional sobre la conveniencia o no de salir de la Unión Europea, sino que la campaña fue un obsceno desfile de mentiras. Nadie sabía lo que significaba de verdad el Brexit –¿romper totalmente con la UE? ¿mantenerse en la unión aduanera? ¿seguir en el Espacio Económico Europeo como Noruega?– porque nadie lo explicó y, como se ha visto, nadie tenía en realidad ningún plan para el día después. En lugar de eso, se apeló a las emociones de los votantes inundándoles de intoxicaciones e informaciones falsas: a través de la propaganda política convencional –con los Johnson y los Farage en el papel de principales farsantes– y de las redes sociales –pasto de las tramas rusas y las huestes del ultraderechista Steve Bannon y Cambridge Analytica–.

Finalmente, el triunfo del leave sobre el remain fue claro pero manifiestamente precario: 51,9% frente al 48,1%. Lo cual implica que, contando la abstención, resulta que los favorables al Brexit representaron en realidad sólo el 37% de los electores. Una mayoría legal, incontestable con las reglas en la mano, pero claramente insuficiente. Y movediza... Los sondeos dan hoy la mayoría a los partidarios de seguir en la UE si se celebrara una segunda consulta.

“El problema de la legitimidad se agrava en un referéndum sobre la soberanía porque las consecuencias de los dos resultados no son simétricos”, remarca por su parte el exfinanciero británico Nat Le Roux, cofundador de The Constitution Society. El leave, en efecto, es irreversible, mientras que el remain hubiera permitido nuevas consultas en el futuro (y si no, que se lo pregunten a los de Quebec). “Por eso –opina–, muchos constitucionalistas creen que referéndums de este tipo deberían requerir una supermayoría –el 60% de los votos emitidos es el umbral más comúnmente sugerido– para romper el statu quo”.

No es el único que propone tal condición. En su exposición, Kenneth Rogoff planteaba también la necesidad de exigir en los referendos mayorías más cualificadas (al igual que se requiere en numerosos parlamentos para cambiar la constitución del país y otras decisiones fundamentales) y proponía ese mismo umbral del 60%.

Desde el otro lado del Canal de la Mancha, el politólogo Gérad Grünberg, el historiador Elie Cohen y el filósofo Bernard Manin, i por la agencia intelectual francesa Telos, respaldan el planteamiento de que cuando “se trata de cuestiones decisivas para el futuro del país, debería introducirse el principio de mayorías cualificadas, de dos tercios o tres quintas partes, de forma que la elección aparezca lo más legítima e incontestable posible”. Porque, de lo contrario, puede abrirse una grave fractura en la sociedad: es lo que ya ha sucedido en el Reino Unido. “Es más peligroso oponer al pueblo a sí mismo que a sus representantes unos contra otros”, alertan.

Los tres autores consideran el referéndum un “instrumento defectuoso” por varias razones: porque frente a problemas enormemente complejos, propone dos alternativas simples y “maniqueas” que deben resolverse por “enfrentamiento”; a diferencia de los debates en los parlamentos, la deliberación pública no sirve para modificar la propuesta original; del mismo modo, a diferencia de las elecciones convencionales, el resultado es en este caso difícilmente reversible, no se puede cambiar como de mayoría, cada cuatro años, ni corregir el tiro (los derrotados, por consiguiente, encajan mucho peor la derrota); y los votantes muy a menudo no responden a la pregunta formulada, sino que votan por otros motivos (por o contra el Gobierno de turno las más de las veces)

Profesor de Derecho Constitucional en la Sorbona, Dominique Rousseau –de apellido evocador– es igualmente contrario a la consulta directa, como dejó en evidencia en una conferencia en Toulouse en el 2017. Partidario de la democracia representativa –los representantes responden de sus actos y sus decisiones, el pueblo no, argumenta–, duda de que “el sufragio universal sea el único pilar de la democracia”, defiende que “la representación es un elemento necesario de la calidad democrática de una sociedad”, y concluye: “El referéndum es un instrumento del populismo, no un instrumento de la democracia”.

No hay mejor reivindicación de la democracia que romper la unanimidad.


lunes, 25 de marzo de 2019

La violencia ya no es lo que era


Ser el primero es un honor que puede costar muy caro. El sargento Lawrence Russell Kelly, de 42 años, natural de Altoona –una pequeña ciudad de Pensilvania nacida al calor del ferrocarril–, lo sufrió en propia carne. Lanzado en paracaídas sobre Normandía el Día D, integrando la 82ª División Aerotransportada  del ejército de Estados Unidos, tenía que ser el primer norteamericano de las tropas del general Patton en entrar en París el 25 de agosto de 1944. La noche antes había entrado ya la avanzadilla del general Leclerc, con los blindados de los republicanos españoles de La 9 a la cabeza. El alto mando estadounidense, más interesado en aprovechar la victoria en la batalla de Normandía para proseguir el avance hacia el corazón de Alemania que en dar un rodeo por París, dejó que la única división aliada francesa –aunque plagada de extranjeros– fuera la primera en llegar a la capital. El orgulloso general De Gaulle proclamaría  falsamente después: “¡París liberada, por sí misma y por los ejércitos de Francia!”. Las fake news no son de hoy...

El sargento Kelly iba a ser el primer soldado estadounidense en pisar París (razón por la cual durante años se le rindió homenaje, como símbolo de todos los  G.I., en los Inválidos), pero apenas tuvo tiempo de vislumbrar la torre Eiffel.  Cuando empezaba a atravesar el puente de Saint-Cloud en su jeep, milicianos franceses le dispararon por error desde la otra ribera, creyendo ver a soldados alemanes. Malherido, murió dos años después en Altoona, quizá sin llegar a saber que ese plácido brazo del Sena donde empezó a perder la vida era cruzado hace siglos por damas y caballeros de la sociedad parisina para sus citas galantes, y fue el escenario elegido por Alejandro Dumas para situar el secuestro de Constance –amante de D’Artagnan– por orden del pérfido cardenal Richelieu. En recuerdo del sargento Kelly queda hoy un monolito con una placa a la entrada del puente, que casi nadie mira y algunos sinsustancia pintarrajean.

Con sólo 15 años –y mintiendo sobre su edad–, Kelly ya había luchado en Francia, durante ocho meses de 1917, en la Primera Guerra Mundial. Y cuando estalló la Segunda, volvió a alistarse. No lejos de donde cayó mortalmente herido, en la colina de Suresnes, un cementerio de inmaculadas cruces blancas sobre verde césped acoge las tumbas de más de 1.500 soldados de EE.UU. muertos en la Gran Guerra. Él mismo podía haber estado entre ellos.

Europa es un gran camposanto. El continente entero puede recorrerse de punta a punta siguiendo las tumbas de los soldados. En el cementerio norteamericano de Colleville-sur-Mer, en Normandía, sobre la bella playa bautizada en clave como Omaha –el más cinematográfico de todos–, hay cerca de 10.000 sepulturas. En Noyers-Pont-Maugis, en las Ardenas, se despliegan en la ladera de una colina las tumbas de 27.000 soldados alemanes caídos en las dos guerras mundiales. En el escenario de la sangrienta batalla de Verdún, una veintena de cementerios acogen los restos de 56.000 soldados franceses... No son números. Todos ellos tenían una identidad. Como el sargento L.R. Kelly.

No ha pasado tanto tiempo desde la última gran conflagración, pero un abismo parece separarnos de esos tiempos oscuros. La inconcebible magnitud de tales cifras nos conmociona y perturba. Una tragedia semejante parece hoy en Europa absolutamente impensable, inaceptable.

Hoy, una sola muerte violenta nos conmociona. Y el terrorismo, por el hecho mismo de golpear ciega e indiscriminadamente, nos estremece de forma particular. Ahí están, como últimos ejemplos, la masacre perpetrada el 15 de marzo por un terrorista australiano de ultraderecha en dos mezquitas de la ciudad neozelandesa de Christchurch –donde dejó un balance de 50 muertos–, o el asesinato tres días después de tres personas en un tranvía de Utrech (Países Bajos) a manos de un islamista turco, convertidas ambas –sobre todo la primera– en tragedias globales.

La sucesión constante y regular de atentados terroristas –en cualquier momento, en cualquier lugar– nos hace sentir vulnerables y nos da la sensación de que vivimos en un mundo esencialmente violento.  Y, sin embargo,  probablemente es el menos violento de la Historia. Así lo subrayaban en un artículo reciente publicado en Foreign Policy los  profesores Rachel Kleinfeld y Robert Muggah, quienes constatan que desde el final de la Segunda Guerra Mundial el número de víctimas causadas por la guerra –entre países enemigos o en enfrentamientos civiles– no ha hecho más que descender. Y desde los atentados del 11-S del 2001 en  EE.UU., también han caído las víctimas del terrorismo, que además afecta mucho menos a Occidente de lo que la opinión pública percibe. “La probabilidad de morir en un atentado terrorista en Europa en el 2016 fue del 0,027 por 100.000” –remarcan–, mientras que “el 90% de todos los ataques terroristas se producen en siete países: Afganistán, Irak, Nigeria, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen”. Algo que se olvida: los musulmanes son, de lejos, las principales víctimas de los yihadistas.

Hay numerosos estudios que, combinando las investigaciones arqueológicas con las series estadísticas, concluyen que si no vivimos en el mejor de los mundos posibles, no vivimos en el peor.  Un trabajo realizado por el profesor de la Universidad de Granada José María Gómez, publicado en Nature en el 2016, concluyó que, de la misma manera que las organizaciones tribales son más violentas que las sociedades estructuradas en estados, los momentos más violentos de la Historia de la humanidad se sitúan fundamentalmente en la Antigüedad y la Edad Media.

Ya antes, el psicólogo norteamericano  Steven Pinker, profesor de Harvard, en una obra titulada The better angels of our nature: Why violence has declined (2011),  destacó que no sólo las guerras han ido perdiendo peso a lo largo de los siglos, sino que también han caído en picado los homicidios. Nuestros ancestros eran enormemente más violentos que nosotros. “Si las guerras del siglo XX hubieran matado a la misma proporción de  población que moría en las guerras de las sociedades tribales, no hubiera habido 100 millones de muertos, sino 2.000 millones”, explicó en una conferencia TED. Si en los años 50 del siglo pasado había 65.000 guerras al año, en la primera década del XXI eran sólo 2.000... Si en la Inglaterra del siglo XIV había 24 homicidios por cada 100.000 habitantes, en la de los años 60 había 0,6...: “La violencia ha declinado a lo largo del tiempo y quizás vivimos en el momento más pacífico de la existencia de nuestra especie”, sostiene.

Aunque a las víctimas de la violencia, tomadas a una a una, la estadística les ha de servir más bien de poco consuelo.




lunes, 11 de marzo de 2019

Un Nobel de pacotilla


Los platos se mustiaron en la cocina –gelatina de foie gras y manzana, pez nieve y tarta banoffee (de dulce de leche y plátano)– y la larga mesa dispuesta en el salón L’Orangerie del hotel Metropole de Hanoi quedó vacía. Donald Trump y Kim Jong Un debían mantener, el 28 de febrero, un último almuerzo de trabajo para cerrar su segunda cumbre, de la que tenía que salir un gran acuerdo. No fue así. Y el presidente de Estados Unidos, irritado por la resistencia del líder norcoreano, al que en los últimos tiempos ha intentado seducir cubriéndolo de elogios desmesurados, canceló la cita. Donald Trump aspira –con mucho desparpajo y pocos argumentos, hasta ahora– a obtener el premio Nobel de la Paz por la pacificación de la península de Corea.  Pero, de existir, tendría muchos más números para ganarse el Nobel de la vanidad.

Es sabido que al presidente norteamericano le obsesiona la memoria de su antecesor, Barack Obama. Y si éste recibió el Nobel de la Paz en el 2009 por su voluntad de favorecer la diplomacia y la cooperación internacional –“Todavía no sabe por qué lo recibió, llevaba quince segundos en el cargo y lo tuvo”, ironizó Trump al respecto–, él no podía ser menos. Así que convenció para que postulara su candidatura  al primer ministro japonés, Shinzo Abe, quien –según el inquilino de la Casa Blanca– habría escrito una “carta magnífica” al comité noruego pidiendo el Nobel de la Paz para él por sus esfuerzos en favor de la paz con Corea del Norte.

“Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay pruebas nucleares (...) Tenemos una relación genial con Corea del Norte, yo tengo excelentes relaciones con Kim Jong Un”, se vanagloriaba Trump apenas dos semanas antes de la fallida cumbre de Hanoi, mientras sugería –sin asomo de un indicio de prueba– que, con Obama,  EE.UU. hubiera declarado la guerra a Pyongyang.

Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay ensayos nucleares. Pero sí hay trabajos de reconstrucción –según han difundido esta semana los servicios secretos surcoreanos– del centro de lanzamiento de misiles y satélites de Sohae (o Tongchang-ri), que Kim Jong Un había empezado a desmantelar  tras la primera cumbre con Trump el 12 de junio en Singapur. Los trabajos habrían empezado en realidad antes del malogrado encuentro de Hanoi, lo cual demuestra que las cosas son infinitamente más complejas de lo que Trump pretende. Y que la paz es de cocción lenta.

Todo indica que en la cumbre de Hanoi se habían proyectado demasiadas expectativas. En las semanas anteriores, todas las señales mostraban que no se había avanzado lo bastante, que persistían fuentes diferencias entre ambas partes. Washington exigía un compromiso firme, con garantías, sobre la desnuclearización total de la península coreana antes de levantar ni una sola sanción, mientras que Pyoyang ofrecía un gesto, el desmantelamiento del complejo nuclear de Yongbyon, a cambio de que se levantara una parte de las sanciones. No todas como dijo Trump, pero sí las más onerosas, las aplicadas a partir del 2016 y que más castigan a la economía norcoreana, pues bloquean las exportaciones de metales, minerales y productos agrícolas y pesqueros. En un momento en que Corea del Norte se enfrenta a una grave crisis humanitaria –agravada por las magras cosechas del 2018–, para Pyongyag era una cuestión de vida o muerte lograr un levantamiento gradual de las sanciones. Pero para Washington la desactivación de Yongbyon era insuficiente.  En Hanoi nadie se movió un milímetro. Así que el fracaso era inevitable.

El estado de las negociaciones entre estadounidenses y norcoreanos estaba bastante verde como para aconsejar el aplazamiento de la cumbre. Sin embargo, Trump insistió en celebrarla, en la convicción de que sus dotes de negociador inmobiliario bastarían para llevarse el gato al agua. Le salió mal. Y numerosos observadores coinciden en atribuir justamente el revés a su  personalismo e impreparación habituales.

 Las conversaciones  con Pyongyang no están rotas, la Casa Blanca está dispuesta a reanudar la negociaciones a pesar de las noticias sobre la renovada actividad en Sohae –Trump seguía hablando anteayer de sus buenas relaciones con Kim Jong Un–, y las maniobras militares anuales conjuntas con Corea del Sur –Dong Maeng, iniciadas el lunes pasado– han sido reducidas a la mínima expresión en señal de buena voluntad. Pero si Washington no está dispuesto a prometer a Corea del Norte nada más tangible que un futuro económico tan esplendoroso como incierto,  la paz está muy lejana.

El sulfuroso consejero  de Seguridad Nacional, John Bolton,  consideró que la cumbre de Hanoi no fue tal fracaso, que el fracaso –dijo– hubiera sido  firmar un “mal acuerdo”. Justo el calificativo que Trump y sus halcones utilizan para definir el pacto nuclear suscrito con Irán en el 2015, y que Washington –enfrentado al resto del mundo– ha roto de forma unilateral. Lo cual ya da una idea del (escaso) nivel de compromiso que EE.UU. parece dispuesto a aceptar en la negociación.

Para la dinastía totalitaria de Kim, el arma nuclear es el único seguro de supervivencia del régimen. Y muy difícilmente renunciará a ella sin  fuertes concesiones y garantías. Eso, si llega a renunciar. Hay analistas, como Adam Mount, director del Defense Posture Project de la Federación Americana de Científicos –en declaraciones a la CNN–, o Pierre Rigolout, director del francés Instituto de Historia Social, que consideran que Pyongyang no renunciará nunca –o en mucho tiempo– a su disuasión nuclear, por lo que no es realista pretender llegar a un acuerdo de desnuclearización total. Como ha resumido Robert Litwak, vicepresidente y director del Centro Woodrow Wilson, en The New York Times: “La ironía es que el mejor resultado para el caso de Corea del Norte se parece al acuerdo con Irán”. Una concesión a Satán.