lunes, 11 de marzo de 2019

Un Nobel de pacotilla


Los platos se mustiaron en la cocina –gelatina de foie gras y manzana, pez nieve y tarta banoffee (de dulce de leche y plátano)– y la larga mesa dispuesta en el salón L’Orangerie del hotel Metropole de Hanoi quedó vacía. Donald Trump y Kim Jong Un debían mantener, el 28 de febrero, un último almuerzo de trabajo para cerrar su segunda cumbre, de la que tenía que salir un gran acuerdo. No fue así. Y el presidente de Estados Unidos, irritado por la resistencia del líder norcoreano, al que en los últimos tiempos ha intentado seducir cubriéndolo de elogios desmesurados, canceló la cita. Donald Trump aspira –con mucho desparpajo y pocos argumentos, hasta ahora– a obtener el premio Nobel de la Paz por la pacificación de la península de Corea.  Pero, de existir, tendría muchos más números para ganarse el Nobel de la vanidad.

Es sabido que al presidente norteamericano le obsesiona la memoria de su antecesor, Barack Obama. Y si éste recibió el Nobel de la Paz en el 2009 por su voluntad de favorecer la diplomacia y la cooperación internacional –“Todavía no sabe por qué lo recibió, llevaba quince segundos en el cargo y lo tuvo”, ironizó Trump al respecto–, él no podía ser menos. Así que convenció para que postulara su candidatura  al primer ministro japonés, Shinzo Abe, quien –según el inquilino de la Casa Blanca– habría escrito una “carta magnífica” al comité noruego pidiendo el Nobel de la Paz para él por sus esfuerzos en favor de la paz con Corea del Norte.

“Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay pruebas nucleares (...) Tenemos una relación genial con Corea del Norte, yo tengo excelentes relaciones con Kim Jong Un”, se vanagloriaba Trump apenas dos semanas antes de la fallida cumbre de Hanoi, mientras sugería –sin asomo de un indicio de prueba– que, con Obama,  EE.UU. hubiera declarado la guerra a Pyongyang.

Ya no hay misiles, ya no hay cohetes, ya no hay ensayos nucleares. Pero sí hay trabajos de reconstrucción –según han difundido esta semana los servicios secretos surcoreanos– del centro de lanzamiento de misiles y satélites de Sohae (o Tongchang-ri), que Kim Jong Un había empezado a desmantelar  tras la primera cumbre con Trump el 12 de junio en Singapur. Los trabajos habrían empezado en realidad antes del malogrado encuentro de Hanoi, lo cual demuestra que las cosas son infinitamente más complejas de lo que Trump pretende. Y que la paz es de cocción lenta.

Todo indica que en la cumbre de Hanoi se habían proyectado demasiadas expectativas. En las semanas anteriores, todas las señales mostraban que no se había avanzado lo bastante, que persistían fuentes diferencias entre ambas partes. Washington exigía un compromiso firme, con garantías, sobre la desnuclearización total de la península coreana antes de levantar ni una sola sanción, mientras que Pyoyang ofrecía un gesto, el desmantelamiento del complejo nuclear de Yongbyon, a cambio de que se levantara una parte de las sanciones. No todas como dijo Trump, pero sí las más onerosas, las aplicadas a partir del 2016 y que más castigan a la economía norcoreana, pues bloquean las exportaciones de metales, minerales y productos agrícolas y pesqueros. En un momento en que Corea del Norte se enfrenta a una grave crisis humanitaria –agravada por las magras cosechas del 2018–, para Pyongyag era una cuestión de vida o muerte lograr un levantamiento gradual de las sanciones. Pero para Washington la desactivación de Yongbyon era insuficiente.  En Hanoi nadie se movió un milímetro. Así que el fracaso era inevitable.

El estado de las negociaciones entre estadounidenses y norcoreanos estaba bastante verde como para aconsejar el aplazamiento de la cumbre. Sin embargo, Trump insistió en celebrarla, en la convicción de que sus dotes de negociador inmobiliario bastarían para llevarse el gato al agua. Le salió mal. Y numerosos observadores coinciden en atribuir justamente el revés a su  personalismo e impreparación habituales.

 Las conversaciones  con Pyongyang no están rotas, la Casa Blanca está dispuesta a reanudar la negociaciones a pesar de las noticias sobre la renovada actividad en Sohae –Trump seguía hablando anteayer de sus buenas relaciones con Kim Jong Un–, y las maniobras militares anuales conjuntas con Corea del Sur –Dong Maeng, iniciadas el lunes pasado– han sido reducidas a la mínima expresión en señal de buena voluntad. Pero si Washington no está dispuesto a prometer a Corea del Norte nada más tangible que un futuro económico tan esplendoroso como incierto,  la paz está muy lejana.

El sulfuroso consejero  de Seguridad Nacional, John Bolton,  consideró que la cumbre de Hanoi no fue tal fracaso, que el fracaso –dijo– hubiera sido  firmar un “mal acuerdo”. Justo el calificativo que Trump y sus halcones utilizan para definir el pacto nuclear suscrito con Irán en el 2015, y que Washington –enfrentado al resto del mundo– ha roto de forma unilateral. Lo cual ya da una idea del (escaso) nivel de compromiso que EE.UU. parece dispuesto a aceptar en la negociación.

Para la dinastía totalitaria de Kim, el arma nuclear es el único seguro de supervivencia del régimen. Y muy difícilmente renunciará a ella sin  fuertes concesiones y garantías. Eso, si llega a renunciar. Hay analistas, como Adam Mount, director del Defense Posture Project de la Federación Americana de Científicos –en declaraciones a la CNN–, o Pierre Rigolout, director del francés Instituto de Historia Social, que consideran que Pyongyang no renunciará nunca –o en mucho tiempo– a su disuasión nuclear, por lo que no es realista pretender llegar a un acuerdo de desnuclearización total. Como ha resumido Robert Litwak, vicepresidente y director del Centro Woodrow Wilson, en The New York Times: “La ironía es que el mejor resultado para el caso de Corea del Norte se parece al acuerdo con Irán”. Una concesión a Satán.



lunes, 25 de febrero de 2019

Puñalada trapera


Una puñalada en la espalda. Trapera, que se diría en castellano. Una vileza, una traición. El concepto ha quedado grabado en los libros de historia de Francia asociado a la agresión militar de Italia cuando los franceses habían hincado ya la rodilla en tierra ante el avance imparable de las tropas alemanas hace casi 80 años. Lunes 10 de junio de 1940: las divisiones acorazadas de Panzer de la Wehrmacht se dirigen, sin que nadie sea capaz de detenerlas, hacia el Canal de la Mancha, mientras cientos de miles de franceses huyen despavoridos hacia el sur y el Gobierno francés en pleno hace las maletas para abandonar París. La palabra “armisticio” empieza a ser pronunciada... Es el momento que elige Benito Mussolini, el Duce, para declarar gallardamente la guerra a Francia. “¡Qué pueblo tan noble y admirable estos italianos que nos apuñalan en la espalda en un momento semejante!”, se quejará amargamente el entonces primer ministro francés Paul Reynaud.

La maniobra del líder fascista italiano va a saldarse, sin embargo, con un rotundo fracaso. Mussolini se suma a los combates cuando Francia prácticamente ha caído con el fin de aprovechar su derrota para asentar su hegemonía en el Mediterráneo occidental y anexionarse algunos territorios franceses: de Túnez a Córcega, de Saboya a Niza (estas dos últimas, cedidas a Francia en 1860 a cambio del apoyo de Napoleón III a la unificación italiana). Sin embargo, la tenaz resistencia francesa en el frente de los Alpes ante tropas muy superiores en número convierte en un fiasco el ataque del ejército italiano, que apenas consigue entrar unos metros en la ciudad fronteriza de Menton. Después,  Hitler, necesitado una Francia vencida pero no humillada, colaboradora en lugar de resistente –de otro modo, se hubiera visto obligado a estacionar un gran número de divisiones, que necesitaba para su futuro ataque a la Unión Soviética– va a descartar con un revés las pretensiones del Duce.

Tras la declaración de guerra a Francia, que Mussolini leyó en el palacio Farnesio, el embajador francés salió precipitadamente de Roma de vuelta a París. Todo estaba roto. Y sólo pudo reconstruirse después de la guerra. Desde entonces, nunca más había sucedido algo semejante hasta que, el pasado 7 de febrero, el Gobierno francés llamó a consultas a su embajador en Roma –un gesto diplomáticamente grave, y todavía más entre socios y aliados europeos– en protesta por los continuos ataques de los dirigentes políticos italianos, y particularmente de los dos hombres fuertes del Gobierno, los viceprimeros ministros Luigi di Maio (jefe de filas del antisistema Movimiento 5 Estrellas) y Matteo Salvini (de la ultraderechista Liga). Ataques personales contra el presidente francés, Emmanuel Macron, acusaciones contra Francia por su política europea y hacia África –tachada de neocolonialista–, se han sucedido en las últimas semanas, hasta el punto de que el 21 de enero la embajadora italiana en París fue llamada al Quai d’Orsay para recibir una queja formal.

Las relaciones bilaterales entre Francia e Italia  han sufrido periódicamente algunas sacudidas. La política migratoria de París, que bloquea la entrada de inmigrantes procedentes del sur en la frontera de Ventimiglia en un gesto de evidente insolidaridad, es uno de los principales focos de desavenencia. Pero estos se han multiplicado desde el triunfo de las fuerzas populistas en las elecciones italianas de marzo del 2018. La guerra de guerrillas lanzada desde Roma contra su vecino transalpino ha llegado al punto ridículo de frenar –en medio de soflamas nacionalistas– la cesión al Museo del Louvre de obras de Leonardo da Vinci que debían nutrir la gran exposición del 500 aniversario de su muerte.

Los encontronazos con Emmanuel Macron, sobre todo en materia de política europea, han sido constantes. Pero la gota que ha colmado el vaso, y que precipitó la llamada a consultas del embajador francés, fue la visita semiclandestina que Luigi di Maio realizó el día 5, en Montargis (algo más de un centenar de kilómetros al sur de París), a un grupo de dirigentes de los chalecos amarillos, el movimiento que ha puesto al Gobierno francés contra las cuerdas y ha sembrado de violencia, semana tras semana, las calles de la capital.

“El viento del cambio ha cruzado los Alpes”, proclamó Di Maio por Twitter, donde expresó y ofreció todo su apoyo a los chalecos amarillos, que se presentan –al igual que los grillini– como un movimiento ni de derechas ni de izquierdas, antisistema y anti establishment, y defensor de la democracia directa. Lo que no dijo Di Maio es que el líder amarillo que le recibió, Christophe Chalençon, es un ultra declarado que aboga públicamente por un golpe de Estado en Francia, ha llamado al general  Pierre de Villiers –ex jefe del ejército cesado por Macron tras criticar públicamente los recortes en Defensa– a tomar el poder y se jacta de disponer de fuerzas  “paramilitares” listas para actuar. Decididamente, el M5E, que en algún momento pretendió parecer progre, ha perdido definitivamente el norte, si es que alguna vez lo tuvo.

La deriva de Di Maio, que nunca ha sido un ideólogo –su currículum   es de un vacío sideral, ni un triste máster inventado tiene–, está directamente vinculada a la situación política interna italiana. El socio presuntamente menor de la coalición, Matteo Salvini, se le ha comido todo el terreno gracias a su política de mano dura en materia de inmigración, mientras el líder de los grillini va perdiendo terreno en los sondeos electorales. Con pocos triunfos en la mano –el Gobierno italiano se ha acabado plegando a las exigencias presupuestarias de la UE y la economía italiana ha entrado en recesión–, Di Maio ha decidido jugársela a la carta del enemigo exterior. El problema es que ese enemigo está demasiado cerca. Y es demasiado poderoso.


lunes, 4 de febrero de 2019

La Europa de los hermanos enemigos


"Oh, Alemania mía, yo partiré, y con la bala y el sable derramaré la sangre francesa. Oh cielo, envíanos a miles de franceses, queremos que duerman bien tranquilos, y llegaremos a ellos con nuestros cañones, plomo y pólvora”. En 1813, las palabras del poeta nacionalista Ernst Moritz Arndt excitaban el ardor patriótico de los prusianos contra la opresión napoleónica. El mismo Arndt, por cierto, cuyo poema Des Deutschen Vaterland (La patria de los alemanes) acabaría siendo el oficioso himno nacional de Alemania antes de su unificación. Quienes repasan la sangrienta historia que ha enfrentado a franceses y alemanes a lo largo de los siglos empiezan habitualmente a contar por la guerra franco-prusiana de 1870-1871, para seguir después con la Primera y la Segunda guerras mundiales. Pero la serie empezó antes. Y no se comprende del todo la fuerza con que surgió el nacionalismo alemán en el siglo XIX sin las guerras de conquista de Napoleón.

De hecho, el hermanamiento carolingio francoalemán de los siglos VIII y IX está también teñido de sangre. El celebrado Carlomagno, el primer europeo, amplió su imperio –que en el momento de heredarlo se extendía ya por la zona occidental de lo que hoy es Alemania– por la fuerza militar, conquistando Baviera y Sajonia por las armas, y sometiendo a los levantiscos sajones a una brutal represión hasta conseguir doblegarlos. En el 782, por ejemplo, Carlomagno ordenó como represalia la masacre, cerca de Verden (Baja Sajonia), de 4.500 sajones, decapitados por negarse a convertirse al cristianismo... A Carlomagno, rey de los Francos –no lo olvidemos, una tribu de origen germánico, nada que ver con el mito de los galos irreductibles–, se le describe como un hombre sensible y culto. Pero, ante todo, era un guerrero.

En la ciudad de Aquisgrán –Aachen en alemán, Aix-la-Chapelle en francés–, en la frontera de Alemania con Holanda y Bélgica, donde Carlomagno instaló la capital imperial, en una sala gótica del Ayuntamiento donde antaño se levantó la asamblea carolingia, la canciller Angela Merkel y el presidente Emmanuel Macron firmaron el 22 de enero un nuevo tratado bilateral entre Alemania y Francia. Complementario del tratado del Elíseo de 1963 suscrito por Adenauer y De Gaulle –el de la reconciliación entre los hermanos enemigos–, el nuevo tratado de Aquisgrán habla no sólo de cooperación, sino también de “integración” francoalemana dentro de la UE.

Hermanos bajo Carlomagno –cada uno con sus tradiciones y sus lenguas, eso sí–, franceses y alemanes quedaron separados en el año 843 con el desmembramiento del imperio. Muerto sin pena ni gloria el heredero de Carlomagno, el emperador Luis el Piadoso, los tres hijos que le sobrevivieron  se reparten ese año sus dominios en un tratado firmado en un lugar que acabaría siendo sinónimo, mucho tiempo después, de todos los horrores: Verdún.  Carlos el Calvo se queda lo que acabará siendo Francia –heredando la flor de lis del blasón carolingio–; Luis el Germánico, la futura Alemania –con la otra mitad del escudo, el águila–, y Lotario, un reino en el centro entre los otros dos de fugaz existencia. Desaparecido prematuramente Lotario, sus dos hermanos se acabarán repartiendo, en principio amistosamente, sus territorios. Pero esa inestable zona central, llamada Lotaringia, que el analista Alain Minc considera la “falla continental” de Europa desde el punto de vista político y militar, será el escenario de todas las guerras posteriores entre Alemania y Francia, que lucharán por su control. Como diría nuestro querido Enric Juliana: Mapas, mapas, mapas.

El milagro de Europa es la reconciliación francoalemana, la reunión de los hermanos enemistados después de tanta sangre vertida. Europa es la reunión de Alemania y Francia. Sin ella, Europa no existe. El Reino Unido se puede marchar de la UE. O Polonia. O España. Pero mientras las dos potencias continentales sigan unidas, subsistirá. Si un día este núcleo se rompiera, la Unión Europea desaparecería, liberando todos los demonios nacionalistas que han llenado el continente de camposantos.

El nuevo tratado de Aquisgrán puede parecer relativamente anodino, falto de épica.   Una de sus principales novedades es el acento que se da a la cooperación bilateral en el terreno de la defensa (lo mismo que se quiere impulsar a nivel europeo en el seno de una UE bastante desorientada). Ambos países se comprometen, por ejemplo, a  organizar despliegues militares conjuntos en el exterior y a tratar de realizar proyectos comunes en materia de exportación de armamento. Una nueva cláusula –a modo de doble seguro,  que reforzaría la existente en la OTAN– establece que  Alemania y Francia se comprometen a asistir al otro “por todos los medios disponibles, incluida la fuerza armada”, en caso de una agresión militar exterior en territorio europeo (Ultramar es otra cosa)

Berlín y París se proponen asimismo acrecentar la colaboración en su diplomacia internacional –incluso intercambiando personal y apoyando la presencia de Alemania como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU–, instituir una zona económica integrada  francoalemana –mediante una progresiva convergencia normativa– e incrementar la cooperación transfronteriza, incluyendo aquí –¡ojo!, algo que ha excitado a las fieras nacionalistas de derechas y de izquierdas– el fomento del bilingüismo en los territorios fronterizos, como las históricamente disputadas Alsacia y Lorena. ¡La Lotaringia!

Pero, en cierto modo, lo más importante del tratado de Aquisgrán no es su contenido, sino su mera existencia. Es una profesión de fe en Europa, y en la paz que el continente ha conquistado en las últimas siete décadas. Y que, hoy, nuevas fuerzas de todos los colores, en todos los países, del Norte al Sur, desprecian con insolente ignorancia y pavorosa insensatez.


lunes, 21 de enero de 2019

El final de la escapada


El problema de la realidad, por más empeño que uno ponga en negarla, es que tarde o temprano te acaba atrapando. A los británicos ya les ha alcanzado. Su incombustible primera ministra, Theresa May, determinada a sobrevivir a todo y a todos, hace ver que no lo sabe, y que puede construir un “plan B” sobre los cimientos de su fracasado “plan A”. Pero lo cierto es que no hay ningún plan. De hecho, si algo han demostrado las largas y penosas negociaciones del Brexit entre Londres y Bruselas es que al otro lado del Canal de la Mancha a duras penas saben lo que no quieren. Pero en ningún caso saben lo que quieren y aún menos a dónde van. Si alguna duda quedaba, la votación de esta semana en la Cámara de los Comunes lo ha dejado cruelmente al descubierto. El rey está desnudo. Siempre lo ha estado.

Theresa May sufrió el martes un durísimo correctivo en el Parlamento británico. El Acuerdo de Retirada trabajosamente negociado con la Unión Europea fue brutalmente rechazado por 432 contra 202 votos –mayoría y oposición confundidos en el campo del no–, una diferencia de 230 votos que representa la mayor derrota sufrida por un primer ministro desde 1924. Hasta esta semana, el récord lo ostentaba el premier laborista Ramsay MacDonald, que el 8 de octubre de ese año perdió por 166 votos de diferencia una moción de censura en respuesta a la decisión gubernamental de abandonar las acciones judiciales contra el editor del semanario comunista Workers’ Weekly, John Ross Campbell.  Aquello desembocó en unas elecciones anticipadas y la salida de los laboristas del poder. May no ha corrido la misma suerte y, aunque por escaso margen, sobrevivió al día siguiente a la censura del laborista Jeremy Corbyn.

El desenlace de ambas votaciones –la del Acuerdo de Retirada de la UE y la de la moción de censura– ilustra de forma dramática el bloqueo de la política británica. Si existe una mayoría aplastante para frenar, obstruir y boicotear una solución, no la hay en cambio para construir una alternativa viable. El campo del no reúne intereses demasiado contradictorios.

Todo remite a un pecado original: el referéndum convocado en el 2016 por David Cameron para decidir sobre la permanencia o no en la Unión Europea buscaba en realidad desarmar la oposición interna euroescéptica en el partido tory y cortar las alas al amenazador UKIP de Nigel Farage. Lejos de ser un ejercicio máximo de democracia –suponiendo que un referéndum lo sea–, la consulta del Brexit respondía a una maniobra del más rancio politiqueo. Que se saldó, como es sabido, con un fracaso estrepitoso. Pero el resultado del referéndum también lo fue. Y no porque guste más o guste menos lo que eligieron el 51,9% de los británicos que acudieron a las urnas el 23 de junio del 2016, sino porque tratar de responder de forma binaria, con un sí o un no, a una pregunta simple formulada sobre temas absolutamente complejos y propuestas de difícil realización sólo puede conducir a grandes y trágicos malentendidos. La realidad es todo menos simple.

“Ahora se ve lo que referéndums que parecen simpáticos pueden acabar creando”, remarcó con ironía esta semana en un debate con alcaldes franceses el presidente de la República, Emmanuel Macron, quien resumió lo sucedido en una certera frase: “Se mintió a la gente y lo que eligieron no es posible”. No se trata sólo de las mentiras groseras que se profirieron para justificar la salida de la UE (de la llegada masiva de inmigrantes a las variantes del Bruselas nos roba). Ni siquiera eso es lo más importante. Lo más grave es que se prometió la recuperación para el Reino Unido de una soberanía plena que en la práctica es imposible, so pena de infligirse a sí mismo un daño irreparable (que es lo que sucedería si los británicos rompieran amarras totalmente con la Europa continental)

La primera ministra británica trató de lograr la cuadratura del círculo, como tan alegremente se prometió –abandonar lo malo de la UE y quedarse sólo con lo bueno, a la carta–, pero no lo consiguió. No podía conseguirlo. Como rememoraba esta semana Jean-Dominique Giuliani, presidente de la Fundación Robert Schuman:  “Traducir los resultados forzosamente populistas de un referéndum en proposiciones razonables y racionales es probablemente imposible, pero la forma en que (May) lo hizo demuestra un desconocimiento abisal de las realidades europeas e internacionales”. Así que al final la premier, decidida a salvar los muebles –no sólo el comercio británico con la UE sino también la paz en el Ulster–, se vio obligada a dar marcha atrás y aceptar lo inaceptable (esto es, la permanencia indefinida en la unión aduanera y bajo las normas europeas, sin voz ni voto) Es la vía que el Parlamento ha cegado.

Mientras May busca ahora desesperadamente la forma de ganar tiempo, lo que seguramente se traducirá en la petición de una prórroga a los 27 que impida la catástrofe de una salida sin acuerdo el 29 de marzo, las fuerzas políticas británicas discuten sobre diversas salidas posibles al embrollo –una relación con la UE al estilo de Noruega, con acceso al mercado único, por ejemplo– que en el fondo subvierten  el resultado del referéndum, pues implican un grado mayor o menor de cesión de soberanía y la aceptación –¡horror de los horrores!– de la libre circulación de personas y trabajadores, contra la que los brexiters habían clamado como un mantra.

El camino que hay por delante es intrincado y sombrío. Y no hay nada menos seguro que los políticos británicos, que tanta incompetencia han demostrado en el manejo de la brújula, encuentren ahora el rumbo. En el horizonte, aún de forma vaga, se intuye el perfil de  elecciones anticipadas e incluso, ¿por qué no? (Europa tiene larga experiencia al respecto), de un segundo referéndum.  ¿Y si al final de todo esto los británicos se acabaran quedando?

lunes, 7 de enero de 2019

En la cara oculta


"Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”. La frase, atribuida al desaparecido líder chino Deng Xiaoping, la popularizó en España el ex presidente Felipe González cuando, en los años 80, trataba de justificar el abandono del marxismo y su conversión al pragmatismo de mercado. El proverbio ilustra la filosofía política del dirigente que sacó a China del marasmo y la pobreza y la proyectó hacia la modernidad. China es hoy, cuarenta años después de las grandes reformas de Deng, la segunda potencia económica mundial y hasta se permite tutear a los grandes enviando una sonda espacial a la cara oculta de la Luna. Deng lo decía también de otro modo: “La práctica es el único criterio de la verdad”.

La verdad china podría resumirse, por encima de  muchos otros, en un dato fundamental: en cuatro décadas, entre 700 y 800 millones de chinos dejaron atrás la pobreza. Un cambio gigantesco que representa, por sí solo, el 70% de la reducción de la miseria en el conjunto del planeta en ese periodo de tiempo. Esa es la cara brillante de la gran transformación. Pero hay también una cara oscura, más oculta a la vista.

Deng Xiaoping no escapó tampoco a esa doble faz. Nacido en 1904, formó parte de la primera generación de los líderes de la revolución, y en los años 50 y 60 ocupó diversos cargos de responsabilidad –fue ministro de Finanzas y viceprimer ministro–, pero como tantos otros acabó siendo depurado, encarcelado y enviado a un campo de reeducación –en un centro de reparación de tractores– durante la Revolución Cultural. Rehabilitado tras la muerte de Mao, en 1976, Deng acabó dos años después al frente del Partido Comunista y del país.

El 18 de diciembre de 1978, el nuevo líder chino lanzó ante la Tercera sesión plenaria del 11.º Comité Central del PCCh su vasto plan de reformas, dando un fuerte golpe de timón a la política llevada a cabo hasta entonces. Deng liberalizó la economía y dio paso a la iniciativa privada –lo que estaría en la base del gran cambio que había de experimentar China a partir de entonces–, abandonando las viejas rigideces ideológicas. También desmanteló el opresivo culto a la personalidad instaurado en torno a la figura de Mao, el otrora gran timonel.

Pero en ningún caso abrió la puerta a la reforma política: China siguió siendo una férrea dictadura de partido único. Y si alguien tenía alguna duda sobre el talante aperturista de Deng, la cruel represión de las protestas de la plaza de Tiananmen en 1989 no dejó lugar a la incertidumbre. El próximo junio se cumplirán 30 años de aquellos sucesos y China no sólo no ofrece síntomas de liberalización, sino que –por el contrario– muestra señales inquietantes de un progresivo endurecimiento.

Al igual que Deng, el nuevo líder del país, el presidente Xi Jinping, procede –por línea paterna– del núcleo duro original de la revolución. Y, al igual que su predecesor, también sufrió en carne propia los arbitrarios excesos de la Revolución Cultural (su padre fue represaliado antes de ser rehabilitado por Deng). Su fe en la eficacia de la economía de mercado es proverbialmente la misma, al igual que su convicción de que el progreso y la estabilidad de China  precisan de que el partido comunista mantenga férreamente todo el control político.

Pero Xi quiere ir más allá. Está yendo ya mucho más allá. Y no sólo porque quiera abrir una nueva era en China, con el objetivo de situar al país como primera potencia económica mundial –desplazando a Estados Unidos– y ganarse un papel central en el concierto mundial. Sino porque, además, ha iniciado un proceso de concentración del poder inédito desde Mao, mientras acrecienta la represión interna.

La persecución de la disidencia no es nada nuevo en China, pero en los últimos tiempos está llegando incluso a los activistas comunistas  (este pasado mes de noviembre se desató una campaña de arrestos de estudiantes marxistas que  se habían movilizado en defensa de los derechos de los trabajadores)  y  se ha vuelto a “legalizar”  –¡y defendido públicamente!– el establecimiento de “campos de reeducación” para los “extremistas” (caso en el que habrían caído al parecer miles de musulmanes  de la minoría uigur, en Xinjiang)

Los dos últimos años han sido cruciales en este proceso de endurecimiento y enroque personalista del poder. En octubre del 2017, el congreso del PCCh acordó introducir en la Constitución los 14 principios del “pensamiento de Xi” –situándolo así a la altura del mismísimo Mao– y en marzo del 2018, la Asamblea Nacional hizo saltar de la carta magna el cerrojo que limitaba a dos los mandatos presidenciales. Presidente del país sin limitación alguna, secretario general del PCCh y jefe de las fuerzas armadas, Xi ha acumulado más poder que nadie en China desde el fundador de la República Popular. “Xi ha expresado una visión coherente para el futuro de China. Sin embargo, su deliberada concentración de poder, y el consiguiente desmantelamiento de instituciones y procedimientos establecidos con el claro objetivo de evitar que el poder se concentrara de nuevo en un dirigente chino, suponen una inversión de las políticas de las últimas cuatro décadas y un precedente muy peligroso para el futuro”, constataba David Shambaugh, de la Universidad de Georgetown, en el penúltimo número de Vanguardia Dossier.

En su libro de memorias Vientos amargos (Libros del Asteroide, 2008), donde narra su espeluznante experiencia de diecinueve años en campos de trabajos forzados, el escritor y disidente chino Harry Wu explica cómo después de extenuantes jornadas de trabajo, los prisioneros debían estudiar y recitar de memoria el pensamiento de Mao. En la China de hoy, las universidades dedican líneas de estudio al pensamiento de Xi, que es incluso objeto de concursos de televisión. ¿Habrá llegado también a los campos de Xingjian?

miércoles, 26 de diciembre de 2018

El veneno de la cobra


El sargento Jason Mitchell McClary, de 24 años, natural de Export (Pensilvania), un pueblo de nombre equívoco en la órbita metropolitana de Pittsburgh, murió el domingo 2 de diciembre en un hospital militar de Landstuhl (Alemania) a consecuencia de las heridas que había recibido cinco días antes en un atentado de los talibanes contra un convoy militar norteamericano en las afueras de la ciudad de Ghazni, en la peligrosa ruta que une Kabul con Kandahar. Procedente de Irak, llevaba ocho meses en Afganistán. El martes 27 de noviembre, el vehículo blindado en el que viajaba fue destruido por una potente bomba trampa de los talibanes. Tres de sus compañeros, miembros de las fuerzas especiales, murieron en el acto. El sargento McClary, de la 4.ª División de Infantería con base en Fort Carson (Colorado), resultó gravemente herido y acabó sucumbiendo muy poco después. Casado con su novia del instituto –Lilly– y padre de dos hijos de corta edad, Jett (3 años) y Jason James (11 meses), Jason Mitchell McClary es el último soldado de Estados Unidos caído en Afganistán. Hasta el momento...

En los 17 años que hace que dura esta guerra interminable, la más larga ya de la historia de Estados Unidos, han muerto más de 2.400 militares estadounidenses, además de otros 1.100 de la treintena de países aliados (la mayoría británicos y canadienses, así como 34 españoles). Pero la factura más grave en vidas humanas la ha pagado el propio país: en este tiempo han perecido del orden de 38.000 civiles y 58.600 soldados y policías. Sólo en el 2017 murieron o resultaron heridos 10.000 civiles a causa fundamentalmente de los atentados indiscriminados de los talibanes y del Estado Islámico –recién llegado procedente de Siria–, según un informe de la ONU.

 El sargento McClary tenía 7 años cuando el presidente George W. Bush ordenó en octubre del 2001 lanzar un ataque militar, con el apoyo de la OTAN, contra el Gobierno talibán de Afganistán por su complicidad en los atentados del 11 de septiembre, al proteger a Osama Bin Laden y la dirección de Al Qaeda. El régimen medieval y oscurantista de los Talibán se derrumbó inmediatamente –Bin Laden tardaría muchísimo tiempo más en caer,  diez años, en el 2011–, pero ni Estados Unidos ni sus aliados han llegado jamás a sofocar la resistencia ni dominar el país. No lo consiguieron los británicos en el siglo XIX ni los soviéticos a finales del siglo XX. ¿Por qué iba a ser diferente con EE.UU. en el siglo XXI? Tomar el poder en la capital, Kabul, es relativamente fácil. Domeñar a las tribus de las montañas es otra cosa.

En el 2014, el entonces presidente Barack Obama –quien había prometido acabar con la guerra de Afganistán– decidió poner oficialmente fin a las operaciones de combate, repatriar a la mayor parte de los más de 80.000 soldados estadounidenses desplegados en el país y poner velas a todos los santos para conseguir que el régimen de Kabul y el ejército regular afgano se demostraran capaces de controlar la situación, con el objetivo de retirar al último soldado en el 2016. No lo pudo cumplir. Su sucesor, Donald Trump, se planteó un objetivo similar, antes de verse forzado por la dura realidad a autorizar el año pasado el envío de entre 3.000 y 4.000 soldados suplementarios, hasta los 14.000 que aproximadamente hay ahora. Quien se lo puso sobre la mesa fue el general Jim Mattis, secretario de Defensa dimisionario y veterano de la guerra de Afganistán –dirigió como coronel los primeros combates sobre el terreno en el otoño del 2001 al frente del 7.º Regimiento de Marines–, quien ha renunciado ante la negativa del presidente de EE.UU. a tener en cuenta sus opiniones sobre Afganistán y sobre Siria. Así como respecto al trato con la OTAN –“No podemos proteger nuestros intereses (...) sin mantener fuertes alianzas y mostrar respeto por nuestros aliados”, declara en su carta de dimisión– y hacia los adversarios de Estados Unidos en el mundo, particularmente Rusia y China, con quienes defiende mostrarse “resolutivos e inequívocos”.  Algo que Trump evidentemente no ha hecho. Ni lo uno ni lo otro.

En un arranque de su imprevisible y caprichoso carácter, el presidente de EE.UU. ha decidido  una retirada repentina de Afganistán que puede acabar teniendo consecuencias catastróficas. El inminente nuevo jefe del Comando Central, el general Kenneth McKenzie, advirtió en su comparecencia ante el Senado el pasado día 4 que  las fuerzas afganas  no son capaces de garantizar la seguridad sin  la ayuda norteamericana. “Si nos vamos precipitadamente ahora mismo, no creo que sean capaces de defender su país”, advirtió. Trump, como si oyera llover.

Las estrategia llevada a cabo en Afganistán por EE.UU. desde que sus soldados pasaron a segundo plano hace cuatro años  –consistente en realizar bombardeos aéreos intensivos contra los combatientes talibanes y  sus plantas de elaboración de opio, para cortar sus fuentes de financiación–  apenas han logrado contener la situación. Según el último informe del Sigar (Special Inspector General for Afghan Reconstruction), en el 2017 los talibanes no sólo no recularon en el negocio del narcotráfico sino que aumentaron la exportación de opio un 65%, al igual que la superficie cultivada, mientras sus combatientes –de 40.000 a 60.000, según diferentes estimaciones– han extendido sus acciones a la mayor parte del país. Y no sólo a través de atentados terroristas, como demostró la ofensiva militar de este verano sobre Ghazni, rechazada gracias a la aviación y las fuerzas especiales de EE.UU. Hoy, el Gobierno afgano controla plenamente poco más de la mitad del territorio.
Ante esta situación, Washington decidió hace unos meses buscar una vía de negociación con los talibanes para poner fin al conflicto. Y en julio pasado  representantes norteamericanos y talibanes se reunieron cara a cara en Qatar para explorar la posibilidad de un diálogo...  Sólo con anunciar una retirada inminente, unilateral e incondicional, Trump ha arruinado ahora esta vía.

Si quiere aprender de la historia reciente, debería recordar que tres años después de la retirada de la URSS de Afganistán, en 1989, los muyahidines derribaron el régimen aliado de Moscú y cuatro años más tarde los talibanes se hicieron con el poder. Afganistán no es una tierra fácil de doblegar. A Alejandro Magno, que hace más de dos mil años extendió su imperio hasta los confines de la India, se le atribuye esta sentencia: “Que los dioses nos libren del veneno de la cobra, de los colmillos del tigre y de la venganza de los afganos”.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Revuelta contra Júpiter


Philippe y Nathalie, provinciales de nacimiento y parisinos de vocación, abandonaron hace años el popular distrito XV de París hartos de la falta de espacio y la incuria del propietario del inmueble donde vivían –que no gastaba un céntimo en el mantenimiento del edificio– para instalarse en un piso de propiedad en una gris y fea ciudad de la banlieue sur de la capital, donde contaban con el doble de espacio y había una estación de metro al alcance de la mano. No duraron mucho allí.  El día en que cerró la última carnicería no halal del barrio, Nathalie –una mujer profundamente de izquierdas y ecologista– decidió que no podía seguir viviendo  en un lugar donde una religión invasiva imponía sus normas a todo el mundo. Aprovechando la jubilación de Philippe, la pareja y sus gatos se instalaron entonces en un pueblo de la campiña, en el Mediodía francés. En esa Francia que hoy se levanta airada contra el Gobierno del presidente Emmanuel Macron.

Philippe y Nathalie, que se definen como “ferozmente anti neoliberales”,  no se han calzado el chaleco amarillo ni han integrado ninguno de los piquetes que desde hace semanas cortan el tráfico en las rotondas y los peajes de las autopistas de todo el país. Pero apoyan decididamente el movimiento. “Están desmantelando los servicios públicos en todas partes, cierran hospitales, estaciones de tren, oficinas de correos... amenazan con convertir a Francia en un desierto”, denuncia Philippe, quien considera más que justificado que la gente haya acabado explotando  (no así la violencia, de la que abomina)

Francia arde, y esta vez no son las temidas banlieues, los guetos –la palabra la utilizó Manuel Valls siendo primer ministro– de los grandes suburbios urbanos donde se concentra la población extranjera y de origen inmigrante, y que acumulan los más graves problemas de exclusión social. Una explosión ahí, como la del 2005, es posible en cualquier momento. Pero no es esa Francia la que, esta vez, ha salido a la calle y se está dejando llevar por al embriaguez de la insurgencia. Es la Francia rural, la Francia periurbana, la Francia que vive en tierra de nadie, esa que nunca sale en los telediarios –obsesivamente focalizados en París–, la que hoy se hace escuchar a gritos. Quien crea que la protesta se reduce al aumento de varios céntimos en el precio de la gasolina y el gasoil –la polémica ecotasa ahora retirada– no ha entendido nada. El Gobierno ha tardado mucho en entenderlo. Y ha respondido demasiado tarde.

La ecotasa ha sido la gota que ha colmado el vaso de un malestar mucho más profundo. A veces hace falta muy poco, menos que nada, para prender la mecha. Unos céntimos de más en el carburante, una nueva limitación de la velocidad por carretera –a 80 km/h con profusión de radares de control–, y la gente de la tierra de nadie, dependiente del vehículo privado para sus desplazamientos y que a duras penas consigue llegar a fin de mes, se lo acaba tomando como algo personal. Y si además ve que el esfuerzo fiscal no es equitativo –ahí está el caso actual del presidente de Renault, Carlos Ghosn, con sus retribuciones millonarias y sus escaqueos fiscales, para recordarlo– su malestar se convierte en cólera. Que los chalecos amarillos reclamen, entre otras muchas cosas, el restablecimiento del Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna –suprimido por Macron– no es una casualidad. Existe un profundo sentimiento de agravio. Francia, con un potente Estado social, sigue siendo consecuentemente  un país con una elevada presión fiscal. Pero que esta presión siga aumentando para el conjunto del país –Francia ha pasado al primer lugar en la última lista de la OCDE, con un 46,2% del PIB– mientras se regalan alegremente 3.200 millones de euros al año a los más ricos con la supresión del ISF resulta bastante indigesto.

La Francia que protesta es la Francia periférica, la Francia de abajo. Según un sondeo del instituto Ifop, el movimiento  de los chalecos amarillos es apoyado mayoritariamente en las zonas rurales (57%) –más de tres cuartas partes de la protesta se concentra en poblaciones de menos de 20.000 habitantes–  y por las clases con menor poder adquisitivo: obreros (62%), empleados (56%) y trabajadores autónomos (54%). Justo quienes más han sufrido las consecuencias de la crisis del 2008.  “Para esas personas que trabajan, la ausencia de márgenes de maniobra en el presupuesto familiar es difícilmente soportable, es también fuente de angustia y síntoma de desclasamiento”, sostienen Jérôme Fourquet y Sylvain Manternach en una nota de la Fundación Jean Jaurès titulada Los chalecos amarillos: revelador fluorescente de las fracturas francesas.

Y si la crisis ha llegado al punto en el que está es debido también a la distancia. La inmensa distancia –teñida a veces de desprecio, como cuando Macron riñó a un joven en paro y le animó a encontrar trabajo “con sólo cruzar la calle”– que separa a la élite gobernante de una gran parte de los ciudadanos. Joven, europeísta, dinámico y reformador, Emmanuel Macron logró derrotar a los dos grandes partidos institucionales –socialistas y conservadores– presentándose como alguien nuevo, aún habiendo sido ministro (¡y de Economía!) en el Gobierno saliente. Pero de nuevo no tiene nada. Surgido de la eterna Escuela Nacional de Administración (ENA), el presidente francés forma parte de las élites que han gobernado ininterrumpidamente en Francia en las últimas seis décadas. Y adolece de una misma y común arrogancia. Acaso más acentuada. Sus críticos le reprochan sus aires napoleónicos, cuando no monárquicos, su endiosamiento... El director de Libération, Laurent Joffrin, lo ha resumido dándole un irónico sobrenombre: Júpiter, el dios de los dioses romanos. La revuelta, esta vez, es también contra él.