lunes, 8 de enero de 2018

El traicionado sueño de Wilson

Después de una travesía de nueve días por el Atlántico que le llevó hasta el puerto francés de Brest, Woodrow Wilson hizo su entrada triunfal en París el lunes 16 de diciembre de 1918. Era el primer presidente de Estados Unidos en la historia en viajar al extranjero durante su mandato (curiosamente, también sería el último en desplazarse en coche de caballos) y tamaño acontecimiento suscitó una gran  expectación. Una enorme multitud de parisinos vitorearon al presidente norteamericano durante todo su recorrido en calesa por los Campos Elíseos –acompañado del presidente francés, Raymond Poincaré– camino de La Madeleine. Hoy una señorial avenida, entre Trocadéro y el Pont de l’Alma, lleva su nombre en la capital francesa.

La emoción de la muchedumbre, que se repetiría en días posteriores en Londres, Roma y Bruselas, no era sin embargo deudora únicamente de la novedad. Hacía un mes que Alemania había firmado el armisticio que ponía fin a la Primera Guerra Mundial y Wilson se había erigido por derecho propio en el hombre providencial que debía traer la paz al mundo y, sobre todo, a la desangrada Europa. La tardía intervención militar de Estados Unidos junto a Francia y el Reino Unido –precipitada por los ataques de submarinos alemanes contra buques norteamericanos y el coqueteo de Berlín con México contra EE.UU.– había acabado decantando el desenlace de la conflagración.

Pero, tanto o más importante que eso, Woodrow Wilson –que abandonó su neutralidad a regañadientes– se proponía liderar la paz y establecer un nuevo orden mundial que asegurara, de una vez y para siempre, la renuncia a la guerra y la resolución de los conflictos por medio del diálogo y la concertación. Wilson era el hombre de la esperanza para una Europa que había contribuido con millones de muertos a la sinrazón de políticos y militares. El 8 de enero de 1918 –el lunes hará 100 años– Wilson había pronunciado ante el Congreso en Washington un histórico discurso en el que desplegaba, en 14 puntos, sus propuestas para poner fin a la guerra y ganar la paz. Allí estaba entre otras  ideas –la única de gran calado que realmente sobreviviría– la  creación de una Sociedad de Naciones, organización multilateral fundada en 1920 que sería el embrión de la actual ONU.

Nacido en Virginia en 1856, poco antes de la guerra civil norteamericana, hijo de un pastor presbiteriano, que intentó ser abogado antes de ser catedrático de Derecho Constitucional y rector de la prestigiosa Universidad de Princeton y dar el salto a la política de la mano del partido Demócrata, durante su estancia en la Casa Blanca (1913-1921) Woodrow Wilson lanzó suficientes reformas progresistas como para pasar a la historia de su país: reconocimiento del voto femenino, instauración de un impuesto de la renta federal, creación de la Reserva Federal y de la Comisión Federal de Comercio, prohibición del trabajo infantil, limitación a ocho horas de la jornada laboral de los ferroviarios o concesión de créditos a los agricultores (bajo su mandato se aprobó también la controvertida Ley Seca, que trató en vano de vetar...)

Pero si algo le convirtió en una figura mundial –y le valió en 1919 el Premio Nobel de la Paz– fue su determinada acción por la paz y la democracia, guiada por arraigados principios morales. Todos sus esfuerzos, sin embargo, chocaron con la cruda realidad de los egoísmos y el ansia de venganza de los vencedores. Wilson quería rescatar  del pozo a Alemania, sumarla al nuevo orden internacional: “No queremos herirla ni obstaculizar de ningún modo su influencia o su potencia legítimas (...) Sólo queremos que acepte un lugar de igual a igual entre los pueblos del mundo”, dijo.  No era ese, sin embargo el espíritu de Francia, como reflejaron ásperamente las palabras de Georges Clemenceau, El Tigre, en plena guerra: “Alemania pagará”. Y el Tratado de Versalles, firmado en junio de 1919, consumó la humillación del vencido, plantando la simiente del resentimiento.

“Hoy todo el mundo sabe –y unos pocos lo sabíamos ya entonces– que aquella paz había sido una posibilidad moral, quizá la mayor de la historia. Wilson la había reconocido. Con una gran visión, había trazado un plan para un entendimiento mundial auténtico y duradero. Pero los viejos generales, los viejos hombres de Estado y los viejos intereses destruyeron la gran idea, convirtiéndola en pedazos de papel sin valor”, escribió amargamente  Stefan Zweig en 1941.

La Sociedad de Naciones, que se reunió por primera vez en París  el 6 de enero de 1920 –antes de instalar su sede permanente en Ginebra–, nació muerta, porque  quienes debían hacerla fructificar no compartían en realidad sus principios. Y porque el principal impulsor, Estados Unidos –¡gran paradoja!– nunca se llegó a integrar.  Ante la existencia de una nueva mayoría republicana hostil, Wilson quiso apelar al pueblo norteamericano e inició una frenética gira por todo el país –visitando en un mes 29 ciudades, pronunciando 37 discursos–, pero un ataque cerebral el 2 de octubre de 1919 en Colorado frenó abruptamente la campaña. Cinco meses después, el Congreso tumbó, por tan sólo siete votos, la ratificación del Tratado de Versalles. Y con él, el sueño de Wilson, que a finales de 1920 vería la victoria del candidato republicano a la Casa Blanca.

En su corta vida, la Sociedad de Naciones logró resolver únicamente conflictos menores –la disputa entre Irak y Turquía sobre Mosul, una pugna fronteriza entre Albania y Yugoslavia, un incidente limítrofe entre Grecia y Bulgaria...– pero sucumbió ante la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial. El líder fascista italiano Benito Mussolini lo expresó con gran crudeza: “La Sociedad de Naciones es muy eficaz cuando los gorriones gritan, pero ya no lo es en absoluto cuando las águilas atacan”. En 1939, el mundo volvía a estar en llamas.

domingo, 24 de diciembre de 2017

El ocaso de las clases medias

"La visión de la economía que tiene el Gobierno podría resumirse en unas pocas y breves frases: Si se mueve, cóbrale impuestos. Si se sigue moviendo, regúlalo. Y si se para, subvenciónalo”. Con ésta y otras frases similares,  el entonces candidato republicano a la Casa Blanca Ronald Reagan fustigaba en 1980 a la administración demócrata de Jimmy Carter y adelantaba la revolución neoconservadora que –con la acción paralela de Margaret Thatcher en Londres– iba a poner  el mundo patas arriba. La nueva era de la desregulación financiera, de los regalos fiscales a los ricos y el recorte de las prestaciones sociales empezó hace más de tres décadas, beneficiándose a la postre de que la caída de la  Unión Soviética –un derrumbe que se debió más al colapso interno del sistema comunista que a la acción exterior–  dejó al capitalismo sin ningún oponente serio.

El resultado de aquella  contrarrevolución, que iba contra el espíritu igualitarista fundacional de Estados Unidos, ha arrojado una fractura social sin precedentes y ha ahondado la brecha que separa a los cada vez más ricos de los más pobres y de unas clases medias progresivamente empobrecidas. Una falla que Donald Trump se apresta ahora a profundizar con su controvertida reforma fiscal.

Un macroestudio internacional elaborado por un centenar de economistas de todo el mundo –reunidos en el grupo World Wealth and Income Database y coordinado por un equipo en el que está Thomas Piketty, célebre autor de El capital en el siglo XXI– ha contabilizado por primera vez el aumento de las desigualdades en el mundo desde los años ochenta hasta hoy y sus conclusiones son espeluznantes:  en las últimas décadas el 1% de los más ricos del planeta han captado el 27% de la riqueza mundial creada, mientras que el 50% más pobre se ha repartido un escuálido 12%.

Las desigualdades no son uniformes entre las diversas regiones del mundo y son más acusadas en Oriente Medio, Asia y Rusia que en los países occidentales democráticos (aunque en Asia, a diferencia de Occidente, las clases medias han aumentado sensiblemente sus rentas). Las diferencias son también muy acusadas entre Europa y Estados Unidos: si en 1980 ese 1% de los más ricos disponía a ambos lados del Atlántico del 10% de la riqueza, en el 2016 en Europa –protegida por un Estado del bienestar que, aunque renqueante, ha sido salvado– había aumentado al 12%, mientras que en Estados Unidos se disparó hasta el 20%. En el mismo periodo, la renta del 50% de los americanos más pobres cayó del 20% al 12,5%. ¿Un dato reciente que enturbia los datos macroeconómicos de la recuperación?: el año pasado el número de personas sin techo en las calles de las ciudades norteamericanas volvió a subir por primera vez desde el 2010, hasta alcanzar las 554.000 (63.000 en Nueva York, 55.000 en Los Ángeles). El reverso de la torre Trump.

En todo este tiempo, mientras la riqueza global crecía, los estados se han ido empobreciendo –privatizaciones, deuda al alza–, lo que ha restado margen de maniobra a su función reequilibradora. Difícilmente se pueden afrontar las exigencias de la cohesión social –que precisa de transferencias de renta a través de inversiones públicas y prestaciones sociales– si los ingresos de cada Estado se van reduciendo. La situación, de nuevo, es más dramática en Estados Unidos, donde los ingresos fiscales brutos apenas representan el 26% del PIB (datos del año pasado), mientras que en Alemania o Francia se elevan al 44,1% y 45,6%. La educación y la sanidad siguen siendo en Europa los pilares de una política de equidad social que en EE.UU. ha ido desapareciendo a marchas forzadas.

Para mayor escándalo, cada año 350.000 millones de euros son sustraídos a las arcas de los estados (120.000 millones sólo en la Unión Europea) –según cálculos del economista francés Gabriel Zucman, profesor de la Universidad de Berkeley, en California– por la evasión fiscal de las grandes empresas y grandes fortunas a través de sociedades pantalla situadas en paraísos fiscales. Un fraude colosal que no puede sino agravar el resentimiento de los contribuyentes de a pie a quienes –a ellos sí– no se les perdona ni un euro, ni un dólar.

El resquemor y la animosidad de los obreros y las clases medias norteamericanas empobrecidas –los damnificados de la globalización–  explican  el apoyo masivo que prestaron hace un año al entonces candidato Donald Trump, un voto de protesta contra el establishment pero también de adhesión a sus promesas de recuperar el esplendor y la riqueza perdidas al grito de America first! En pago a su entrega, el presidente de Estados Unidos –con el aplauso entusiasta del partido republicano– ha impulsado una reforma fiscal, aprobada por el Congreso esta misma semana, que beneficiará esencialmente a las grandes empresas y  a las mayores rentas y que amenaza con agravar de forma notable el déficit público (hasta en un billón de dólares). Así que , además de desmontar el Obamacare, EE.UU. ya puede empezar a prepararse para nuevos recortes en los programas sociales.

En Twitter, Trump aseguraba ayer que “el 95% de los americanos van a pagar menos o, en el peor de los casos, la misma cuantía de impuestos (la mayoría mucho menos)”. Desde luego, no en la misma medida. Según el Centro de Política Fiscal, quienes ganan menos de 25.000 dólares al año se ahorrarán en impuestos 60 dólares, los que ganan más de 733.000, se ahorrarán 51.000. Como subrayaba el economista Richard Reeves, de la Brookings Institution, en Libération: “El 5%  de los más ricos van a ganar decenas de miles de millones de dólares al año, para ellos será un festín, mientras que los trabajadores de la clase media sólo obtendrán migajas”.

El panorama, en la medida en que este proceso no amenaza sino con agravarse, no puede ser más sombrío. Branko Milanovic, autor de Global Innequality y padre del gráfico llamado curva del elefante, ha vaticinado que poco a poco las clases medias occidentales –hasta ahora mundialmente privilegiadas– irán perdiendo poder adquisitivo y acabarán superadas económicamente por las clases medias asiáticas. Con amplias capas de población convertidas en nuevos pobres, los países occidentales se enfrentarán a un riesgo de “desarticulación social” que podría poner en peligro los propios regímenes democráticos.




lunes, 11 de diciembre de 2017

La falla del Este

Hay focos cuya luminosidad oculta todo cuanto hay alrededor en una forzada oscuridad. Este miércoles, mientras el mundo entero se arremolinaba frente a los televisores para ver cómo Donald Trump echaba por tierra un trabajo diplomático de décadas en el complejo conflicto israelo-palestino –reconociendo a Jerusalén como la capital de Israel–, en el tablero de Europa se movía una pieza importante. En el Castillo de Praga , donde en 1614 fueron lanzados por la ventana tres representantes imperiales –lo que fue el detonante de la Guerra de los Treinta Años y consagró, de paso, la expresión “defenestración”–, el presidente de la República Checa, Milos Zeman, socialdemócrata y excomunista convertido a la xenofobia antiislámica y al euroescepticismo, designó primer ministro a otro no menos controvertido personaje: Andrej Babis, el llamado Trump checo.

Al igual que el inquilino de la Casa Blanca, el nuevo primer ministro checo es un empresario –la segunda fortuna del país, calculada por Forbes en 4.000 millones de dólares– que dice querer dirigir la República Checa como si fuera una empresa, un hombre que alardea de hablar con franqueza, se dice perseguido por los medios de comunicación que no controla directamente, desprecia a los inmigrantes a no ser que sean de origen eslavo  y rechaza la entrada en la zona euro. Euroescéptico variable, está investigado por un caso de presunta corrupción precisamente en la recepción de ayudas europeas.

A sus 63 años y al frente de un movimiento populista bautizado Alianza de Ciudadanos Descontentos (ANO, en sus siglas en checo, que quieren decir “sí”), Andrej Babis obtuvo en las elecciones del pasado octubre el primer puesto con el 29,6% de los votos y 78 de los 200 escaños en juego. Está lejos de la mayoría absoluta y tiene de tiempo hasta enero para intentar lograr que alguno de los otros partidos de la cámara le deje ni que sea gobernar en minoría (acaso los comunistas, que ya se han mostrado dispuestos, o los ultras del checojaponés Tomio Okamura). Pero, mientras tanto, la semana que viene se sentará en su primera cumbre europea, dispuesto a alinearse con sus colegas del grupo de Visegrado en su rechazo a las cuotas de refugiados.

Si ciertos rasgos de su trayectoria y de su carácter le acercan a la personalidad de Trump –“Sólo hay que ver cómo sufre en el Parlamento forzado a escuchar a los demás”, declaraba al New York Times el politólogo checo Jiri Pehe–, otros le aproximan al italiano Silvio Berlusconi. Porque si es cierto que Babis ha construido su fortuna a partir de la industria agroalimentaria y química, también lo es que a partir de aquí controla dos de los diarios de más circulación, una emisora de radio y una TV.

Andrej Babis, si consigue el mes que viene el aval del Parlamento, se sumará a la lista –creciente– de líderes de la Europa del Este, los más recientemente llegados a la UE, reacios a asumir las obligaciones de la solidaridad europea, refractarios a las iniciativas de Bruselas y con un discurso y una práctica políticas que ponen a veces seriamente en cuestión los principios mismos de la democracia liberal. Ahí están los ejemplos del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y del polaco Jaroslaw Kaczynski, líder del partido Ley y Justicia y auténtico hombre fuerte del país, que ayer mismo perpetró en el Parlamento el golpe definitivo a la independencia judicial, en un claro desafío a las autoridades europeas.

¿Por qué los tres países del antiguo Pacto de Varsovia que estuvieron en la vanguardia de los intentos de reforma y democratización de los regímenes comunistas –el levantamiento de Hungría  en 1956, la Primavera de Praga de 1968, la revolución del sindicato polaco Solidarnosc en 1980– son hoy la avanzadilla de la reacción antiliberal y antieuropea en el continente? La Historia  explicará algún día este fenómeno, que se extiende también a otros países del centro de Europa: la misma deriva ha empezado a verse también en Austria, donde el joven primer ministro electo, el conservador cristiano Sebastian Kurz, ultima estos días un acuerdo de gobierno –que podría ver la luz justo antes de Navidad– con los ultraderechistas del FPO.

La antigua frontera del telón de acero parece estar convirtiéndose hoy en una falla tectónica, una línea de fractura  entre dos Europas que podría poner seriamente en cuestión la cohesión y el futuro de la Unión Europea. Hace un mes, el semanario alemán Der Spiegel reveló el contenido de un documento secreto del Ministerio de Defensa germano  sobre los posibles desafíos estratégicos en el horizonte del año 2040.  El análisis plantea hasta seis escenarios posibles, la mayoría de los cuales tienen justamente su epicentro en la falla del Este: la posibilidad de que un grupo de países comunitarios se ponga del lado de Rusia y adopte su modelo político y económico, la salida de alguno de ellos de la UE, la desintegración pura y simple a causa de la deserción del bloque del Este para formar un nuevo club, o el ascenso de las fuerzas populistas de extrema derecha para implantar regímenes de capitalismo de Estado a imagen y semejanza del de Vladímir Putin...


Rusia lleva ya un tiempo cultivando a determinados dirigentes y grupos políticos de la órbita nacionalista y populista en Europa, con especial fuerza en el Este, y su aproximación a la Hungría de Viktor Orbán ha culminado hasta ahora en la firma, en el 2014, de un acuerdo en materia de energía nuclear civil. Pero no sólo para Moscú tiene interés la Europa del Este. También para Pekín es un sujeto diferenciado. China ha institucionalizado desde hace cuatro años –la última cumbre se celebró en Budapest los pasados días 27 y 28 de noviembre– un foro económico exclusivo con un grupo de países de Europa central y del Este, miembros de la UE y de los Balcanes. El grupo ha sido bautizado como 16+1. Y Bruselas no pinta nada.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Una buena mala noticia

"Miren, miren, qué tractores hacíamos, qué maravilla, ¡eran fabulosos!”. Detrás de la barra del bar, en un pueblo encaramado en la Alpujarra granadina, el hombre blandía un catálogo a todo color de  Massey-Ferguson. Obrero en la cadena de montaje de una fábrica de tractores de la firma americana en Alemania, el cierre de la planta a causa de la crisis de los años ochenta puso fin a su aventura germánica y con el dinero de la indemnización había abierto un café en su pueblo, donde trataba de rehacer su vida y adaptarse a un horizonte de repente empequeñecido. No había rastro de amargura en sus palabras, sino de nostalgia. Y también de orgullo. La fábrica, los tractores, eran algo tan suyo como sus propias hijas, alemanas de nueva generación forzadas a reinstalarse en una tierra repoblada paradójicamente por  colonos alemanes y flamencos en el siglo XVIII bajo el reinado de Carlos III.

La identificación de Antonio –pues ese era su nombre– con su empresa  podría sorprender a marxistas unidimensionales, pero es moneda corriente en Alemania, donde los trabajadores están directamente implicados en la gestión y la buena marcha de la compañía para la que trabajan. Heredera, como tantas otras cosas, de la  fallida república de Weimar, el consecuente advenimiento de Hitler y la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, la llamada “cogestión” (Mitbestimmung) en las empresas ha sido desarrollada en sucesivas leyes en Alemania a partir de 1951 y ha acabado conformando una manera propia de abordar las relaciones laborales. Los trabajadores participan en los órganos de dirección de las empresas –hasta el máximo nivel– y los sindicatos, coherentemente reformistas y pragmáticos, dan prioridad a la negociación y al pacto por encima del conflicto y el enfrentamiento. Es la cultura del compromiso, del diálogo, del acuerdo.

Una cultura que también ha impregnado la política alemana desde la posguerra. Hay quien busca las raíces de este sentido político del pacto en la Guerra de los Treinta Años y la fractura entre católicos y protestantes –viva todavía hoy en no pocas familias alemanas, ¡lo que afecta incluso a los matrimonios!–, pero sin duda la traumática experiencia del periodo de entreguerras y el ascenso del nazismo resultó fundamental para su consolidación. En cualquier caso, este espíritu del compromiso es el que ha funcionado desde la creación de la República Federal, cuya organización territorial e institucional impide la concentración del poder en un solo partido y favorece el establecimiento de alianzas y acuerdos para poder gobernar. La gran coalición entre los dos grandes partidos de la derecha y la izquierda (la tan aplaudida como criticada Grosse Koalition) es el máximo exponente de esta cultura política.

Pues bien, este sentido del compromiso es el que ha roto esta semana el líder del partido liberal FDP, Christian Lindner, al abandonar inopinadamente las conversaciones para formar una coalición de gobierno con la CDU de Angela Merkel –más sus aliados bávaros de la CSU– y Los Verdes, sin dar ninguna explicación plausible. Cuando se ocultan las razones últimas de una decisión es que acostumbran a ser inconfesables y, en este caso, los analistas más benévolos apuntan a que Lindner habría dado marcha atrás para evitar que con su incorporación al Gobierno su partido pudiera acabar políticamente fagocitado. De hecho, el FDP (siglas en alemán de Partido Democrático Libre) quedó fuera del Bundestag en el 2013 –al no alcanzar el mínimo del 5% de los votos necesario para obtener representación parlamentaria– tras haber formado parte del Gobierno federal.

Christian Lindner, que tomó justamente las riendas del partido tras este fiasco electoral, conocía perfectamente los riesgos desde el principio. No en vano, él formó parte del equipo negociador de la coalición que llevó al FDP a la ruina política. No podía llamarse a engaño, pero probablemente tampoco podía desdeñar –desde una óptica absolutamente partidista– la oportunidad de subrayar ante la opinión pública el nuevo rol preeminente de los liberales. Opiniones menos benevolentes, como la del eurodiputado francoalemán  Daniel Cohn-Bendit,  señalan en Lindner a un político populista que juega con conceptos políticos caros a la ultraderecha como el nacionalismo económico, el euroescepticismo y la xenofobia (camuflada en un discurso contra la inmigración irregular extranjera)

La espantada de  Lindner ha provocado  un shock en Alemania, demasiado apegada a la estabilidad gubernamental como para digerir fácilmente el actual momento de incertidumbre (un  momento que puede acabar siendo bien breve a la vista de la reacción  resignada de los socialdemócratas del SPD para facilitar directa o indirectamente –desde dentro o desde fuera– la formación de gobierno).


La crisis abierta por al FDP ha llevado a algunos comentaristas a hacer arriesgadas comparaciones con la caótica época de los años veinte y treinta en Alemania. Y a otros, a alertar del parón que puede sufrir la agenda europea –este mismo mes de diciembre la UE debería empezar a abordar el reforzamiento de la zona euro– por la falta de un interlocutor sólido en Berlín. Sin embargo, lo que puede aparecer como una mala noticia para Europa puede resultar, al fin y a la postre, todo lo contrario. A fin de cuentas, la intransigencia del FDP aparecía como el principal obstáculo para que Angela Merkel pudiera alcanzar un compromiso razonable con el presidente francés, Emmanuel Macron, de cara a refundar institucionalmente la zona euro, el gran reto que hay por delante. La posibilidad, alternativa, de que fragüe un Gobierno democristiano con ecologistas y socialdemócratas como socios –internos o externos– arroja una luz completamente diferente. Para Alemania. Y también para Europa.


lunes, 13 de noviembre de 2017

La tentación del hombre providencial

Bajo la majestuosa cúpula de Los Inválidos, en el centro de París, reposan los restos de Napoleón I, inhumado con todos los honores –por orden de la misma monarquía a la que combatió– cuarenta años después de morir en el destierro atlántico de la isla de Santa Helena. Un enorme sarcófago de cuarcita roja, dentro del cual se suceden hasta cinco ataúdes –de hojalata, plomo y más plomo, caoba y ébano–, encierra las cenizas del que fuera efímero Señor de Europa entre 1805 y 1814. El Águila, para sus admiradores. El Ogro, para sus detractores.

Miles de turistas visitan cada año la tumba del emperador, probablemente sin saber que están pisando el mismo suelo que pisó Adolf Hitler. El 23 de junio de 1940, con Francia rendida a los pies de las botas de la Wehrmacht, el Fürher realiza una rápida visita a París –la Ópera, los Campos Elíseos, el Arco de Triunfo, la torre Eiffel, el Panteón, Notre Dame...–, ciudad que siempre había soñado con visitar. Ese día lo hace como conquistador.

En su periplo, hay una cita ineludible: la tumba de su admirado Napoleón. El nuevo amo de Europa quiere rendir homenaje a su histórico antecesor. Enfundado para la ocasión en una gabardina blanca, Hitler se descubre y guarda varios minutos de silencio en lo que –según sus palabras– será uno de los momentos más grandes de su vida. Tan emocionado está que concibe en ese momento un gran gesto de reparación: la repatriación a Francia de los restos del único hijo de Napoleón –Napoleón II, rey de Roma, fruto de su matrimonio con María Luisa de Austria–, muerto prematuramente a los 21 años en Viena, para que reposen junto a los de su padre en París. Ahí están.

Antes de embarcarse en una megalómana campaña de conquistas militares por toda Europa, antes de hacerse coronar emperador por el mismísimo Papa, Napoleón había sido aclamado en Francia –agotada por la inestabilidad y la violencia revolucionarias– como un hombre providencial, un salvador. Su llegada al poder en 1799 permitió restablecer el orden, salvaguardar las principales conquistas de la Revolución y defender al país del ataque de las monarquías europeas. Hitler también fue percibido en su momento como un hombre providencial. Cuando alcanzó el poder, en las elecciones de 1933, Alemania se encontraba absolutamente postrada y exhausta, empobrecida por una inflación galopante que había dejado en la ruina a millones de alemanes y con un profundo sentido de la humillación por el trato recibido tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Hitler prometió devolverles el orgullo, la prosperidad y el poder perdidos.

En Francia hay aparentemente una cierta querencia –al menos, es una idea cultivada de forma recurrente por algunos analistas e historiadores– por la figura del hombre providencial, del hombre fuerte (o en su caso, de la mujer). No se trata sólo de Napoleón. Ahí está Juana de Arco, la gran heroína sacrificada en la lucha contra los ingleses, o el general De Gaulle, padre de la Resistencia contra los nazis y fundador de la V República, cuyo fundamento  es justamente el de otorgar la máxima concentración de poder ejecutivo a una sola persona: el presidente. Evidentemente, de hombres fuertes –más o menos providenciales– que prometen nuevos amaneceres la historia está llena. Y el panorama político actual, también. Cada cual a su modo, con más o menos contrapesos, ahí están Donald Trump en Estados Unidos –elegido como salvador, por más que los poderes legislativo y judicial hayan frenado hasta ahora sus planes–, Vladímir Putin en Rusia –líder indiscutido que tiene bien amarrada a la oposición– o Xi Jinping  en China –recién encumbrado a la misma dignidad que Mao–.

El problema, en momentos de crisis, desorientación y ansiedad colectiva como los actuales, es que la figura del hombre providencial, del hombre fuerte, gana peligrosamente adeptos. Un estudio del Pew Research Center realizado en 38 países y publicado este pasado mes de octubre, constata que la democracia representativa sigue teniendo un apoyo mayoritario en las opiniones públicas (78%) pero en los últimos años ha sufrido un cierta “recesión”, mientras ganan adeptos las opciones autoritarias. Lo más interesante del estudio es comprobar hasta dónde llega –o no– el compromiso de los ciudadanos con el sistema democrático: en realidad sólo el 23% se adhieren de forma absoluta, mientras que un 42% admitiría también alguna forma de gobierno no democrático –tecnocrático, autoritario o incluso militar– y un 13% es directamente antidemocrático.

A nadie sorprenderá que en Rusia los demócratas tibios alcancen el 61%. Más chocante es que  esta proporción sea del 46% en Estados Unidos, del 47% en el Reino Unido, del 45% en Francia, del 42% en Alemania, del 40% en España... y del 60% en la Hungría de Viktor Orbán. El ascenso de las opciones autoritarias va íntimamente ligado al descontento con el sistema.

Otro estudio también publicado en octubre, éste realizado por Ipsos y dirigido por el presidente de Fondapol, Dominique Reynié, titulado Où va la démocratie? (¿Dónde va la democracia?), ha percibido asimismo –a partir de un cuestionario a 22.000 ciudadanos de 26 países– un deseo latente de autoridad, incluso de autocracia, en Occidente  vinculado a la decepción sobre el funcionamiento de la democracia: una mayoría de europeos (55%) y de norteamericanos (54%) considera que la democracia funciona mal y este sentimiento está particularmente enraizado en los países del Mediterráneo (79% en Italia, 60% en España) y en la Europa excomunista. Como consecuencia, un tercio de los europeos –¡hasta el 50% en el Este!– se abonarían a un régimen autoritario.

“Hay una multiplicación de signos inquietantes que indican un debilitamiento de la democracia”, constata Dominique Reynié, quien alerta: “Si no se encuentra una solución al actual descrédito de las instituciones y de la clase política, nos enfrentamos al declive de la democracia”. El  hombre providencial aguarda tras la puerta...



lunes, 23 de octubre de 2017

La república del miedo

El escritor norteamericano de origen indio Anand Giridharadas ilustró en el año 2014 la profunda división que atraviesa Estados Unidos con una cruda imagen: “América está fracturada en dos sociedades, una república de los sueños y una república del miedo”.  Dos años después, en noviembre del 2016, la república del miedo se impuso a la de los sueños y encumbró a la Casa Blanca al político más burdamente populista y demagogo del mundo occidental. ¿Cómo pudieron millones de estadounidenses confiar el futuro de su país a un charlatán ignorante y psicológicamente inestable como Donald Trump? Porque les dijo exactamente lo que ansiaban oír, lo que necesitaban desesperadamente oír: que bajo su mando todo volvería a ser como antes, que volverían la seguridad y la prosperidad de los buenos viejos tiempos, que la sangría de la deslocalización de industrias se detendría igual que la llegada masiva de inmigrantes...

No es una particularidad norteamericana. La misma división fractura las sociedades europeas, de norte a sur, de este a oeste. De un lado, los beneficiarios de la globalización, los que aprovechan a fondo las grandes oportunidades del mundo interconectado de hoy, los habitantes de las grandes concentraciones urbanas mundiales. Del otro, las víctimas de este orbe abierto, concentradas en las zonas rurales y perirubanas, en las cuencas industriales deprimidas, olvidadas de la mano de Dios. Es aquí, en estas zonas en las que se incuba el rencor, donde se gesta la república del miedo y se prepara la victoria de los nacionalismos populistas. Desde Trump hasta el Brexit.

Los mapas del Brexit son escalofriantes en la medida en que muestran claramente la quiebra de una sociedad: el gran Londres y otras urbes, masivamente a favor de Europa; las zonas industriales del norte de Inglaterra, radicalmente en contra.

Los vendedores de elixires hicieron su agosto en la campaña del Brexit, donde la concentración de mentiras y falsas verdades por metro cuadrado –realismo mágico, se le llama ahora– rompió todos los límites. Si triunfó es porque había un terreno fuertemente abonado por la credulidad. Tras el voto de los británicos a favor de la salida de la Unión Europea del 23 de junio del 2016 –por 52% a 48%–, los promotores del Brexit, desde los eurófobos convencidos como Nigel Farage hasta los más cínicos oportunistas como Boris Johnson, no tardaron ni cuarenta y ocho horas en admitir que algunos de los argumentos defendidos apasionadamente en el calor de la campaña tenían muy poco o nada que ver con la realidad. Un año y medio después, la constatación de que todo aquello fue un fabuloso engaño ha quedado dramáticamente al descubierto. Hasta el punto de que, según los últimos sondeos realizados en el Reino Unido, si hoy se repitiera el referéndum, la opción de quedarse en la Unión Europea ganaría por 49% a 45% (Survation, 5 de octubre)

Una de las mentiras más groseras quedó recientemente desmentida por el vicedirector del Institute for Fiscal Studies, Carl Emmerson: frente a la aseveración de que con la salida de la UE se iba a corregir el déficit fiscal y las arcas públicas británicas iban a recuperar para el erario 350 millones de libras a la semana, la realidad es que el saldo final será una pérdida de 300 millones semanales. Portentoso.
Frente a quienes prometían recuperar poco menos que las glorias del Imperio británico –Rule Britannia!– y cargaban sobre la Unión Europea las culpas de todos los males (incluida la durísima cura de austeridad aprobada por los conservadores por sí solos, que para eso tienen  la libra esterlina y no están sometidos a la disciplina de la zona euro), la realidad ha venido pronto a llamar a la puerta. Aún sin haber abandonado Europa, la economía británica ha empezado ya a resentirse. No ha sido un golpe brutal y repentino, sino un goteo constante y progresivo, que amenaza con agravarse considerablemente si al final se acaba imponiendo el Brexit duro –que es en el fondo el que compraron los electores: ni un solo inmigrante más, nada de libre circulación de trabajadores, nada de reglas europeas– y Gran Bretaña se queda fuera del mercado único y la unión aduanera.

De momento, el crecimiento económico se ha contraído ya a la mitad –pasando del 1,8% al 1%–, la moneda se ha devaluado un 15%, lo que ha beneficiado en parte a las exportaciones pero ha penalizado las importaciones, con lo que la inflación se ha alzado al 3% y los salarios han empezado a perder poder adquisitivo, mientras las inversiones extranjeras se han frenado prácticamente en seco. Como consecuencia, se ha devaluado también  la riqueza del país, de modo que –según las últimas cifras de la Oficina de Estadística Nacional británica, correspondientes al primer semestre del 2016– el superávit de 469.000 millones de libras ha pasado a convertirse en un déficit de 22.000 millones.  Numerosos trabajadores europeos altamente cualificados han empezado a irse, al igual que algunas empresas, y los grandes de la City están preparando ya las maletas...

¿En qué momento los británicos se dejaron engañar por quienes prometían el mejor de los mundos sin coste alguno, como quien compra un falso bolso de Louis Vuitton en el top manta al grito de “bueno, bonito, barato”? Los especialistas en psicología colectiva tienen acreditado un doble fenómeno: por un lado, la gente tiende a magnificar los problemas que le provocan ansiedad –la delincuencia, la inmigración–, que perciben como más graves de lo que realmente son, y por otro, menosprecia los argumentos y objeciones que ponen en cuestión sus convicciones y prejuicios.
No es un fenómeno nuevo, es tan viejo como la humanidad. Lo nuevo, lo preocupante, es que el funcionamiento de las nuevas redes sociales lo exacerba. “Encerrados en sus particulares repúblicas, esto es, sus cuentas de Facebook, sus tertulias preferidas descargables en el podcast, sus chats en el Whatssap, ya no tienen ni siquiera que escuchar al adversario. Con un gesto del pulgar basta para silenciarlo. La música de fondo del diálogo se ha apagado”, reflexionaba con perspicacia el colega –y amigo– de La Vanguardia Jaume V. Aroca sobre el caso catalán.

Hoy, un porcentaje crecientemente elevado de ciudadanos se informa directa y exclusivamente a través de las redes sociales, donde la información genuina se mezcla sin pudor con rumores y bulos groseros. Y de donde cada uno puede extirpar cuidadosamente cualquier opinión que no confirme su particular universo.


lunes, 9 de octubre de 2017

El enfado de Michael Kohlhaas

A mediados del siglo XVI, un tratante de ganado alemán llamado Michael Kohlhaas se dirigía a Dresde para vender una recua de caballos cuando, al atravesar los territorios de un señor feudal de Sajonia, se encontró inopinadamente con una aduana donde fue víctima de un atropello impensable. Con toda suerte de pretextos burocráticos, el aristócrata del lugar le obligó a dejar como prenda dos hermosos caballos negros que llevaba al mercado. Cuando, una vez cumplimentados todos los requisitos, regresó a recuperar sus corceles se encontró con que los habían malogrado explotándolos como animales de tiro en el campo. Hombre religioso y ecuánime, con un profundo sentido de la justicia, Kohlhaas exigió una reparación a los tribunales. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano: el noble fue protegido por la casta aristocrática que rodeaba al príncipe elector y el tratante de caballos fue incluso amonestado.

Humillado y furioso, el bueno de Kohlhaas se arrogó el papel de justiciero del pueblo y reunió un pequeño ejército con el que atacó a sangre y fuego el castillo del señor y durante meses se dedicó a arrasar media Sajonia, destruyendo y saqueando todos los pueblos y ciudades donde se había escondido el codicioso noble. Su criminal venganza no cesó hasta que las autoridades aceptaron cursar su demanda judicial y acordaron que tenía derecho a recuperar sus dos animales en perfecto estado y recibir  una compensación económica. El tratante de caballos se entregó en Pirna, en las proximidades de Dresde, donde era propietario de una pequeña finca, antes de verse resarcido y de rendir cuentas a su vez ante la justicia imperial en el cadalso...

La historia de Kohlhaas no es verídica, es sólo una ficción, fruto de la prosa magistral de Heinrich von  Kleist (1777-1811), uno de los más destacados escritores del romanticismo alemán. Pero su relato sobre la transmutación de Michael Kohlhaas y su furiosa respuesta contra los abusos del poder establecido evoca de alguna forma la ira que una parte de los electores alemanes, especialmente en Sajonia, expresó el 24 de septiembre al votar como nunca desde el final de la Segunda Guerra Mundial a un partido de extrema derecha: Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), que obtuvo el 12,6% de los votos y –después de haberse colado en 13 de los 16 länder– entró por primera vez en el Bundestag. En el distrito de Pirna, la población a orillas del Elba –cerca de la frontera checa– donde el irascible Kohlhaas acabó sus andanzas, los ultras fueron los más votados, con un 35,5% de los sufragios, diez puntos por encima de la Unión Cristiana Demócrata de Angela Merkel (y ya no hablemos de los demás). En el conjunto de Sajonia, el resultado fue menos abultado (el 27%), pero aún con todo fue el único land donde la AfD resultó el partido más votado.

Creado en el 2013 como partido euroescéptico –por no decir directamente eurófobo–, Alternativa para Alemania se ha aupado en cuatro años a la condición de tercera fuerza política con un cóctel tan manido como efectivo integrado por equivalentes dosis de nacionalismo, xenofobia e islamofobia. El mejunje ha tenido una efectividad  diversa en el conjunto de Alemania, arraigando especialmente en los länder del este, la antigua RDA, donde el sentimiento de ser los hermanos pobres de la gran Alemania reunificada no ha dejado de crecer desde 1990. Que Sajonia sea la punta de lanza no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que es aquí donde nació también el movimiento ultraderechista Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente), muy activos contra la acogida a los refugiados. El votante tipo de AfD  es un hombre airado que se siente olvidado y menospreciado por las élites políticas, un perjudicado de la globalización que añora los viejos buenos tiempos y muestra unas ganas irreprimibles de dar una patada en señal de protesta. Como los votantes del Brexit. Como los de Trump.

Si Pirna marcó la caída del tratante de caballos Kohlhaas, fue también uno de los escenarios del final de Napoleón I, contra quien –por cierto– luchó Von Kleist, así desde la prensa como en las filas del ejército prusiano. En el otoño de 1813, el emperador francés, en retirada después del enorme fiasco de la invasión de Rusia, se alojó en Pirna –así lo recuerda una placa en la Marienhaus am Markt– para dirigir desde allí la batalla de Dresde contra la gran coalición integrada por Austria, Prusia y Rusia. Fue la última y desesperada victoria de las tropas napoleónicas antes de verse forzadas a retirarse a Francia y rendirse definitivamente (Napoleón volvería después a intentar recuperar el poder y volvería a ser derrotado en Waterloo, pero esa es otra historia)

El otrora victorioso general Bonaparte, salvador –y verdugo– de la Revolución, quiso construir una Europa unida a la medida francesa. Armado con el Código civil, que establecía el fin de los privilegios y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, creyó –o quiso creer– que los pueblos europeos le recibirían como su liberador frente a las viejas monarquías absolutistas.  Sin embargo, el dominio francés  –que sangraba a los países dominados con fuertes exacciones fiscales y el reclutamiento obligatorio de miles de jóvenes para integrar la Grande Armée– despertó justamente el sentimiento contrario. Hasta el punto de que, como subrayan algunos historiadores, la invasión napoleónica fue el sustrato en el que germinó el nacionalismo alemán (del que Von Kleist fue un destacado exponente). Desde esta perspectiva, la eclosión del movimiento Alternativa por Alemania podría entenderse como el último fruto –envenenado– de Napoleón Bonaparte.