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sábado, 7 de noviembre de 2020

La mano que empuña el cuchillo


@Lluis_Uria

Contaba Marco Polo en su Libro de las Maravillas que en la fortaleza del Alamut, al norte del actual Irán, un líder religioso conocido como el Viejo de la Montaña drogaba a sus seguidores y les mostraba un anticipo de los placeres del paraíso –hermosos jardines, bellas mujeres– antes de enviarlos a jugarse la vida en misiones suicidas. El viajero italiano se hacía eco aquí de viejas leyendas de lo que se conoció como la secta de los asesinos, objeto de antiguas fábulas y modernos videojuegos.

Entre los siglos XI y XII, una secta chií de la corriente del ismailismo, los nizaríes, practicó  la resistencia violenta contra el sultanato turco de la dinastía selyúcida, que se había extendido por gran parte de Oriente Medio. Sus dirigentes levantaron una red de castillos difícilmente accesibles en las montañas –el más importante, el del Alamut– y se dedicaron a hostigar al régimen suní a través de asesinatos selectivos.

Durante años, según explica el orientalista Bernard Lewis en su libro El Oriente Proximo, “los grandes maestros de la secta mandaron a una banda de seguidores devotos y fanáticos a realizar una campaña de terror”, que se concretó en “una serie de crímenes espantosos de destacados hombres de Estado y generales del islam”. Entre sus víctimas sobresalió el gran visir Nizam al Mulk, acuchillado en 1092 mientras viajaba de Isfahán a Bagdad. Terrorismo avant la lettre.

Los miembros de esta suerte de comandos chiíes medievales, cuyo instrumento principal era la daga, acabaron siendo conocidos despectivamente en árabe como haššašin –lo que según algunas versiones aludiría a su hábito de consumir cannabis–. La palabra derivaría después en numerosas lenguas en la moderna acepción de “asesino”: el que mata a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa.

Entre los antiguos nizaríes y los yihadistas que diez siglos después siembran la muerte cuchillo en mano –como en Francia estas últimas semanas– hay  un indudable vínculo. Es el mismo fanatismo, los mismos métodos. Y también el mismo objetivo: desestabilizar al poder establecido mediante el terror con el objetivo  –más o menos quimérico– de derribarlo. En el caso de los ataques yihadistas en los países europeos, los islamistas buscan imponer su agenda política a base de ahondar la fractura –y azuzar el enfrentamiento– con las poblaciones de confesión musulmana.

El pasado 25 de septiembre, un joven pakistaní que había llegado a Francia tres años antes simulando ser menor de edad, Zaheer Hassan Mahmoud, atacó e hirió de gravedad con un cuchillo de carnicero a dos periodistas que se encontraban fumando a las puertas de la antigua sede parisina del semanario satírico Charlie Hebdo –objeto de un bárbaro atentado en el 2015 en que murieron 12 personas– por haber vuelto a publicar caricaturas de Mahoma (equivocándose de lugar). El 16 de octubre, un joven refugiado ruso de origen checheno, Abdoullakh Abouyezidovitch Anzorov, decapitó salvajemente con un cuchillo a un profesor de secundaria de Conflans-Sainte-Honorine, Samuel Paty, por haber osado suscitar en clase un debate sobre las caricaturas de Charlie Hebdo y la libertad de expresión. Y el jueves 29 otro joven tunecino, Ibrahim Issaoui, llegado en una patera a la isla italiana de Lampedusa hace apenas mes y medio, asesinó con un  cuchillo a tres personas en la basílica de Notre-Dame-de-l’Assomption, en Niza, por el mero hecho de ser cristianas.

Probablemente, encontraríamos muchas similitudes en la trayectoria vital de estos tres jóvenes desarraigados. Y podríamos llegar a comprender el mecanismo por el cual cayeron en la telaraña del fanatismo religioso. Pero no es eso lo esencial. A fin de cuentas no son más que peones, como los asesinos nizaríes. Ellos empuñan el cuchillo, pero otros dirigen su brazo.

El caso del profesor Samuel Paty es ilustrativo. El asesino, previamente dopado por una violenta propaganda islamista a través de internet y con contactos en Siria –adonde llamó por teléfono antes de ser muerto por la policía–, no llegó hasta su víctima por casualidad. Previamente, el padre de una alumna del instituto, escoltado por un conocido islamista, había lanzado una virulenta campaña de acoso contra el profesor en las redes sociales, de la que se hicieron eco en foros y mezquitas. Fue su sentencia de muerte. El ejecutor, un chaval de 18 años, fue sólo el último eslabón.

Los Anzorov que hay, ha habido y habrá, constituyen un grave problema. Pero atacar los tentáculos del monstruo no es suficiente. Ciertamente, es fundamental abordar las condiciones sociales que hacen posible el caldo de cultivo del islamismo radical entre la población musulmana europea. Pero hay otro frente primordial: hay que combatir sin complejos el islamismo, una ideología totalitaria –más política que religiosa, aunque utilice el islam como estandarte– que  de forma organizada intenta acabar con la democracia para imponer un régimen teocrático autoritario y represivo.  Paty representaba la libertad y la razón. Por eso le asesinaron.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha decidido asumirlo sin medias tintas  y el pasado mes de septiembre presentó un proyecto de ley contra el separatismo islamista con medidas que pretenden acabar con los intentos de imponer reglas islámicas por encima de las leyes republicanas, sobre todo en la enseñanza, así como frenar la injerencia extranjera en los centros de culto. Por eso está siendo objeto de furibundos ataques en el mundo islámico y por eso Francia se ha convertido de nuevo en escenario de una ofensiva terrorista. El primer paso, tras el asesinato del profesor Paty, ha sido la clausura de una mezquita y de varias asociaciones islamistas...

Lo que está claro, como apuntaba  días atrás en Le Monde el profesor Gilles Kepel, es que la política actual, centrada en la lucha antiterrorista, ya no  basta para combatir el fenómeno. Hay que ir más allá. Hay que asaltar el castillo del Alamut.


sábado, 20 de agosto de 2016

Descreídos y desnortados



Todo aspirante a integrar las filas del Estado Islámico (EI) tiene que rellenar un formulario –ningún Estado que se precie, aunque de él sólo tenga el nombre, puede existir sin burocracia– en el que, entre otras cuestiones, se inquiere sobre la experiencia profesional. En el suyo, un turco de 24 años sin más oficio ni beneficio anotó con llana sinceridad: “Vendedor de droga”. Semejante actividad, contraria a los principios del islam, no fue óbice para que el aspirante fuera aceptado. “¡Que Dios nos perdone!”, anotó a bolígrafo el yihadista que lo reclutó. Y que de puertas afuera sería seguramente el primero en dictar penas de latigazos, amputaciones y lapidaciones en nombre de la presunta ley de Dios...

La anécdota está entresacada de un estudio realizado por el Combating Terrorism Center (CTC) –un organismo norteamericano vinculado a la academia militar de West Point– a partir de 4.600 fichas obtenidas por la cadena de televisión NBC de un antiguo militante del EI. Cada candidato debía responder a 23 preguntas, lo cual permite trazar un perfil bastante ajustado del yihadista medio. La mayoría son jóvenes (26-27 años), solteros (61%), formados (30% con estudios secundarios, 22% con estudios superiores) y sin actividad laboral, o sea, en el paro (65%). Pocos (sólo el 12%) están dispuestos al martirio –ni siquiera con el anzuelo de las bellas huríes del paraíso–. Y aún menos (5%) conocen en profundidad la ley islámica.

Este es uno de los principales y mayores equívocos de la yihad. Una guerra desatada en nombre de Dios y de la religión verdadera cuyos combatientes apenas tienen idea de lo que defienden. Particularmente los occidentales, muchos de los cuales –pese a su origen– ni siquiera balbucean el árabe. Gran parte de los yihadistas surgidos de los barrios suburbiales de Francia, Bélgica, Alemania o el Reino Unido no pisaban jamás la mezquita en su vida anterior –aunque sí las discotecas–, tenían unos hábitos más bien poco piadosos –donde no faltaba el sexo y el alcohol–, ignoraban los fundamentos de su propia religión –algunos han confesado haber encargado por Amazon el libro L’islam pour les nuls – y no pocos de ellos se dedicaban al robo y el narcotráfico. Nada que importune, curiosamente, a la dirección del Estado Islámico, que mientras retrocede militarmente en Siria y Libia se apunta con alegría la autoría de todo atentado que cometa en su nombre cualquier desequilibrado (a quien, de acuerdo con su desquiciada ley, en otras circunstancias le cortarían la mano o le defenestrarían, como hacen con los desdichados homosexuales que caen en sus manos)

La religiosidad de los propios dirigentes del EI, cuyo núcleo originario son oficiales y soldados suníes del desmantelado ejército regular de Sadam Husein –el error sin duda más trágico que cometió en el 2003 el administrador norteamericano Paul Bremer–, es cuanto menos tibia. Su autoproclamado califa , el iraquí Abu Bakr al Bagdadi, es presentado como un hombre profundamente religioso y gran conocedor del islam. Sin embargo, los pocos testimonios que hay de quienes le conocieron en su vida pasada –cuando era un joven retraído, callado y solitario– no ponen demasiado el acento en su fervor místico. Y algunos ­expertos, como Sajad Jiyad –politólogo iraquí asentado en Londres, citado por Newsweek –, consideran que su gran piedad no es más que una “leyenda”, una invención del aparato de propaganda del EI.

Sus acólitos europeos no son más piadosos. El autor de la matanza de Niza de este verano, Mohamed Lahouaiej Bouhlel –quien lanzó su camión contra la multitud en el paseo de los Ingleses y causó la muerte a 85 personas–, un tunecino residente en Francia, era un hombre violento, con problemas psiquiátricos y antecedentes como maltratador. ¿Rezaba? Quién sabe. Pero apenas pisaba la mezquita y pasaba de ayunar durante el Ramadán. También bebía alcohol, fumaba porros y comía cerdo. Bisexual, tras la separación de su mujer, multiplicaba las relaciones con mujeres y hombres indistintamente. Su reconversión y radicalización islamista fue tardía. Y vertiginosa: cuestión de semanas.

Cuando se rasca en otros casos similares, salen perfiles muy parecidos. En todos, la religión es mero pretexto. Un retrato robot realizado por el Centro de Prevención contra las Derivas Sectarias del Islam (CPDSI) –dependiente del Ministerio del Interior francés– recoge varias constantes: en su mayoría, los yihadistas franceses son jóvenes de la banlieue con una infancia desgraciada y un historial vinculado a la pequeña delincuencia y a la prisión. La mayoría de ellos ha redescubierto –o se ha convertido– el islam más tarde, después de llevar una vida descreída. Lo que les conduce a la yihad no es la fe en Dios, sino el sentimiento de exclusión social transformado en odio. Y no es justamente en las mezquitas donde se apuntan al islamismo radical, sino a través de internet (donde los captadores del EI usan descaradamente la mitología de los videojuegos de guerra). Junto a estos jóvenes marginales, han aparecido más recientemente individuos de clase media, generalmente de familias ateas, con problemas de adaptación o depresión, que buscan algún sentido a su vida.

En el 2011, el consultor Hakim el Karoui, a la sazón director adjunto del Banco Rothschild y presidente del Instituto de las Culturas del Islam, de París, alertaba en estas páginas del riesgo que se incubaba en los suburbios: “La situación en las cités es muy peligrosa porque ahí la integración falla”, decía sentado en un café de la capital francesa. Seis años atrás, el malestar social había explotado dando lugar a la revuelta de las banlieues del otoño del 2005. Ahora, ese odio incubado en los barrios de extrarradio, que tan magistralmente anticipó en 1995 Mathieu Kassovitz en su película La Haine, ha encontrado su vehículo ideal en la yihad. La religión es sólo el envoltorio.