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sábado, 3 de septiembre de 2016

Más que un trozo de tela

En un rincón de la banlieue sur de París, un colegio de monjas perteneciente a la Fraternidad de Saint Pie X –fundada en 1970 por el excomulgado obispo Marcel Lefebvre–, instruye a las proles de los integristas católicos franceses en la estricta moral preconciliar. Cada mañana, en la plazoleta que hay junto a la escuela, cerca de la mansión de Jean-Marie Le Pen –cuya nieta Marion estudió aquí–, se agolpan coches monovolumen llenos de niños. Muchas de las madres y algunas niñas llevan el cabello pudorosamente cubierto con un pañuelo.

El abad de la fraternidad Christophe Beaublat, en un escrito del 2009 sobre La caridad en el vestido, subrayaba que el principal objetivo de la indumentaria es “velar el cuerpo” y “ocultar lo que podría excitar la concupiscencia”. Y apelaba a la Biblia para justificar las restricciones que deben observar las mujeres: evitar “vestimentas impúdicas”, rechazar las ropas masculinas –“No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre de mujer, pues quien lo hace es abominable ante Dios” (Deuteronomio 22:5)– y cubrir sus cabellos con un velo en la iglesia –“El hombre no debe cubrirse la cabeza, pues es la imagen y la gloria de Dios, mientras que la mujer es la gloria del hombre (...) La mujer debe llevar en la cabeza un signo de sumisión” (primera epístola de san Pablo a los Corintios)

Con su vestido, recuerda el abad, la mujer no debe “incitar al deseo impuro” al hombre. Y tampoco pretender igualarse a él, puesto que Dios la ha situado en una posición subalterna: “Las mujeres , puesto que no tienen una autoridad que les venga de Dios sino por intermediación de los hombres, deben velarse en signo de dependencia social”. Es una visión de hace más de dos mil años reivindicada en pleno siglo XXI por una secta integrista cristiana...

Si a Christophe Beaublat le quitáramos la sotana y le pusiéramos una túnica, podría pasar perfectamente por un imán predicando en la mezquita y llamando a las mujeres musulmanas a guardar el debido recato y a mantenerse en su sitio. A fin de cuentas, el velo islámico en todas sus declinaciones –hiyab, niqab, burqa, burkini...– tiene esencialmente la misma función que el fular y las largas faldas de las lefebvristas: ocultar total o parcialmente el cuerpo de la mujer para no provocar el deseo irrefrenable de los varones –“¡Profeta! Di a tus esposas que se cubran con el manto. Es lo mejor para que se las distinga y no sean molestadas”, dice el Corán–. Y, de paso, subrayar su sometimiento a los hombres.

La imagen de unos policías municipales de Niza (Costa Azul) este verano obligando a una mujer a desvestirse en la playa en cumplimiento de un decreto municipal anti-burkini recuerda enormemente la de los policías norteamericanos midiendo la longitud de los trajes de baño femeninos en las playas de Florida en los años treinta del siglo pasado. La vestimenta de las mujeres ha obsesionado a los hombres desde tiempos inmemoriales y sólo muy recientemente –y sólo en una parte del mundo– el férreo control masculino impuesto a la indumentaria femenina ha acabado deshaciéndose. Todavía en 1938, Helen Hulick, profesora en una guardería de 28 años, fue encarcelada cinco días por un juez de Los Ángeles por haber persistido en su decisión de testificar en una vista llevando pantalones. Y hasta hace sólo tres años aún seguía vigente en Francia un decreto de la época revolucionaria (de 1800) que prohibía a las mujeres vestir dicha prenda.

En Europa, tras décadas de lucha por sus derechos, las mujeres han conseguido también reconquistar su libertad a la hora de vestir. Y justamente en nombre de esta libertad individual, el Consejo de Estado francés dictaminó que los decretos municipales que prohíben el burkini en las playas vulneran los derechos fundamentales y deben ser suspendidos. Probablemente es la decisión más coherente. Pero no deja de ser irónico que la libertad sea garante justamente de un atuendo que la niega.

El velo no es una prenda neutra. Es un símbolo. Y su significado es contrario al de la libertad y la igualdad. En muchos países islámicos, las mujeres lo llevan por obligación. Y pueden recibir castigos infames si transgreden la norma. En Europa, las mujeres que no lo hacen por imposición marital, sino por propia decisión –por convicción religiosa, por ostentación identitaria, por moda–, tienen todo el derecho a vestirlo. Como las integristas católicas de Saint Pie X. Pero ello no lo hace más defendible. Y sus declinaciones más agresivas –velo integral, burkini– son directamente ultrajantes, porque atentan frontalmente contra los derechos de las mujeres como individuo, a las que los islamistas querrían ver encerradas en sus casas y definitivamente sojuzgadas.

En toda Europa, y particularmente en Francia –donde hay la mayor población musulmana de la UE–, los fundamentalistas islámicos, que beben ideológica y financieramente del wahabismo saudí, llevan tiempo intentando socavar el principio de igualdad e imponer su oscurantista visión del mundo. Es una batalla en muchos frentes: en los barrios de los suburbios, en los hospitales, en las piscinas públicas... y ahora también en las playas. Quizá la prohibición del burkini era desmesurada. Pero en algún momento hay que frenarles. “No seamos naifs sobre el símbolo de esta tela” –escribía el editor egipcio Aalam Wassef en Libération–. Prohibir los burkinis, cuyo nombre alude hasta la náusea al burqa de los talibanes, no es un acto islamófobo. Es más bien el signo de que no tenemos miedo de decir que islam y wahabismo son dos cosas radicalmente distintas, y que el segundo amenaza al primero desde hace más dos siglos”.

sábado, 27 de agosto de 2016

Nicolas II

   

En Francia, todo –o casi todo– es "petit", o susceptible de serlo. Aunque no pequeño... La ausencia de sufijos diminutivos en la lengua francesa ha generalizado el adjetivo, que sin embargo ha adquirido con los siglos variados matices y significados. Hasta el punto de que el tamaño es lo que menos importa... Uno puede levantarse por la mañana bien temprano, a la hora del "petit matin", tomar un "petit-déjéuner" con su "petite amie" (o "petit ami") y salir a dar una "petite promenade" por París, antes de ir a comer a un "petit resto" que –en el caso de estar de vacaciones– puede desembocar en una "petite sieste", antes de salir de nuevo a tomar unas copas en "petit comité"... El apego de los franceses al adjetivo "petit" contrasta con los pocos estudios lingüísticos que existen al respecto.

Así lo subrayaba, en una conferencia pronunciada en el 2012 en el Congreso Mundial de Lingüística Francesa, el profesor australiano Bert Peeters, quien apuntaba, entre sus funciones, la de suavizar un significado –en general, un gesto de buena educación–, minimizar la importancia de un hecho o subrayar una dimensión particular o afectiva.

 Sin duda, hay una cierta mezcla de voluntad de minimización y de afectividad en el concepto "petits blancs" (pequeños blancos) introducido hace tres años en el lenguaje político por el profesor Aymeric Patricot en su libro "Les petits blancs: un voyage a la France d’en bas" (Los pequeños blancos: un viaje a la Francia de abajo), a través del cual retrataba a la clase trabajadora francesa blanca, empobrecida, donde se incuba hoy un fuerte resentimiento anti sistema y anti inmigración.

Los "petits blancs" serían, según esta percepción, una suerte de minoría excluida y marginada en su propio país, olvidada por las élites acomodadas y bienpensantes de las grandes ciudades, y discriminada frente a una población de origen extranjero inmigrante que se beneficiaría ampliamente –según una de las leyendas urbanas más extendidas y arraigadas– de todas las ayudas. Un concepto similar al de los "white trash" de Estados Unidos.

Nicolas Sarkozy, en el mitin central de la campaña del 2012 en la plaza parisina de Trocadéro (Reuters)

Los "petits blancs" constituyen desde hace tiempo el electorado objetivo al que se dirige el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen, especialmente fuerte en las zonas obreras desindustrializadas y con gran concentración de inmigrantes. Y parecen haberse convertido también en el destinatario principal del discurso del expresidente Nicolas Sarkozy, líder del partido conservador rebautizado como Los Republicanos y aspirante –elecciones primarias mediante– a presentarse por tercera vez como candidato al Elíseo. 

Siempre hay algo de viejo en todo nuevo Sarkozy –un político que aspira a presentarse como un hombre en permanente renovación–. Y también lo hay en el Sarkozy edición 2017. Pero quien hoy aspira a coronarse el año que viene como Nicolas II tiene menos que ver con el reformador Nicolas I del primer quinquenio (2007-2012) que con el frustrado candidato derrotado por el socialista François Hollande hace poco más de cuatro años. Desoyendo a quienes, desde sus propias filas, le indicaban que las elecciones sólo se podían ganar desde el centro político, Sarkozy dio un acusado giro a la derecha en su campaña electoral, siguiendo los consejos de uno de sus asesores más influyentes, Patrick Buisson, un oscuro personaje surgido de las entrañas de la extrema derecha según el cual el combate electoral se disputaba en el terreno del FN. Sarkozy así lo hizo. Y perdió.

 Nicolas II no sólo va por el mismo camino, sino que da señales de hacerlo con aún más determinación, combatividad y desparpajo que en el 2012. Su lanzamiento como candidato a las primarias de la derecha esta semana –con la presentación de un libro-manifiesto, "Tout pour la France" (Todo por Francia), entrevistas y mítines– ha mostrado a las claras el terreno en que Sarkozy plantea batalla. Sus dos principales ideas fuerza son la identidad (léase, islam) y la seguridad (léase, terrorismo islamista). Y la forma en que las aborda recuerda dramáticamente a Donald Trump y Nigel Farage, no porque sí tanto los votantes del Brexit como los apoyos de Trump tienen la misma extracción social y perfil étnico –obreros blancos empobrecidos– que los que busca Sarko.

 Hace cuatro años Sarkozy perdió. Y cualquier podría estar tentado de pensar que el expresidente no ha aprendido la lección. Quizá esté en lo cierto... O quizá es sólo que se adelantó al momento. Hoy sus enmascaradas proclamas autoritarias y xenófobas –disfrazadas de firmeza y republicanismo laico– triunfan en toda Europa y en Estados Unidos. Nicolas II, en caso de ser nuevamente coronado, promete defender la “identidad nacional” y forzar la “asimilación” de los extranjeros –dificultando el acceso a la nacionalidad francesa y eliminando parcialmente el “derecho de suelo”–, frenar la “inmigración de masas” –restringiendo el reagrupamiento familiar, recortando las prestaciones sociales–, y poner coto al islam –prohibiendo los signos religiosos (léase el velo, además del burkini ) no sólo en las escuelas, sino en universidades, administraciones públicas, empresas... y colocando a los imanes de las mezquitas bajo control del Ministerio del Interior. En materia de seguridad, defiende poner en retención o bajo vigilancia no sólo a los yihadistas –una vez salgan de prisión–, sino a cualquier sospechoso de haberse radicalizado y representar una amenaza para el país, además de consolidar los registros domiciliarios –de día o de noche– más allá del estado de emergencia.

 Es más, mucho más, de lo que proponía en el 2012. Pero entonces aún no habían sucedido las matanzas del Bataclan ni del paseo de Niza... “No soy el candidato del agua tibia”, ha proclamado. La incógnita es cuánta gente hay hoy en Francia dispuesta a escaldarse.