Visión periférica
Fuera de América Latina, donde EE.UU. está imponiendo su ‘imperium’ en una actualización de la doctrina Monroe, la política exterior de Donald Trump zozobra, así en Europa como en Asia y Oriente Medio, su talón de Aquiles.
Unas veces con el puño en
alto, otras con el pulgar extendido, al presidente de Estados Unidos le gusta
transmitir constantemente una imagen de fortaleza y seguridad en sí mismo. El
hombre más poderoso del país más poderoso del mundo
no concibe otro horizonte que el triunfo, otro desenlace que la victoria. Para
Donald Trump no hay nada peor en este mundo que ser un perdedor, un loser. Y,
sin embargo, con una popularidad a escala interna en caída libre (solo el 33%
de los estadounidenses aprueba su gestión) y serios fracasos a escala
internacional, su trayectoria está tomando justamente ese rumbo.
La errática y caprichosa
política exterior de Trump ha conducido
a EE.UU. a una situación paradójica en la que pesan más los fracasos
autoinfligidos que los éxitos. Si bien su apuesta por actualizar la doctrina
Monroe –rebautizada, naturalmente, como Donroe– para reforzar su dominio
sobre el conjunto del continente americano parece estar funcionando, al menos a
corto plazo, en el resto del mundo la
hegemonía de la primera potencia mundial
está haciendo agua.
En América Latina, la gran
baza que puede presentar Trump –quien
todavía se regala con la operación que condujo a la captura de Nicolás Maduro–
es la puesta de Venezuela bajo tutela, con el secretario de Estado, Marco
Rubio, en el papel de virrey controlando la explotación y
comercialización –ingresos incluidos– del petróleo venezolano (lo de la
democratización del régimen, eso, parece menos prioritario). Junto al control
de Venezuela, al que puede acabar sumándose Cuba, Trump
ha contado con una oleada de victorias electorales de la derecha y la extrema
derecha, del Caribe a la Patagonia, que han afianzado su impronta y se han
traducido ya en la constitución de una gran coalición militar para combatir a
los cárteles de la droga, en la que participan 19 países. Solo los tres grandes
–Brasil, Canadá y México– se escapan al afán de control de Washington.
Pero, fuera del hemisferio
occidental, todo lo demás patina. En Europa, la alianza trasatlántica se
debilita a ojos vistas, mientras Washington –en un espectacular giro doctrinal–
ha dejado de tratar a Rusia como un adversario, sin que por ello haya conseguido
poner fin a la guerra de Ucrania. Recientemente, el Gobierno estadounidense
envió a sus socios de la OTAN un cuestionario para evaluar no ya el compromiso
europeo con la defensa común, sino su respaldo a la política exterior de
Washington, con vistas a una reasignación de sus recursos militares en el
continente (que, más allá de su reparto entre buenos y malos,
serán reducidos).
En Asia, teóricamente la
segunda gran prioridad de la política exterior norteamericana, la práctica
dista mucho de lo que cabría deducir del documento de Estrategia de Seguridad
Nacional aprobado hace menos de un año. Terminado provisionalmente en tablas el
gran pulso comercial con China lanzado por el presidente norteamericano en el
2025, la realidad es que también aquí EE.UU. está dejando de la mano a sus
aliados históricos –esta misma semana ha desairado a Corea del Sur mientras
mostraba su complicidad con el dictador norcoreano, Kim Jong Un– y ha
debilitado su despliegue militar en la región a causa de sus azarosas aventuras
en otros escenarios.
¿Todo ello, para qué? Para
intervenir en una región del mundo,
Oriente Medio, de la que formalmente el trumpismo
parecía decidido a desentenderse (“Los días en que Oriente Medio dominaba la
política exterior americana (...) afortunadamente han acabado”, rezaba el nuevo
y sin embargo ya caduco documento de Estrategia de Seguridad Nacional, aprobado
en noviembre del 2025).
Oriente Medio se ha
convertido en el verdadero talón de Aquiles de Trump.
Un auténtico agujero negro. La irreflexiva y desnortada intervención armada
contra Irán –arrastrado por Israel– se ha convertido en una catástrofe militar,
económica y geopolítica. Convertida en una guerra interminable, ha fragilizado
como ninguna otra la imagen de EE.UU., que aparece como un gigante impotente.
Hasta el punto de que todo el mundo en
la región, tanto enemigos como aliados, se le está subiendo a las barbas.
El conflicto con Irán, que se
arrastra desde hace ya casi seis meses, amenaza con enquistarse
indefinidamente, vista la incapacidad militar de EE.UU. para doblegar al
régimen de los ayatolás, que, lejos de rendirse a sus –vacuas– amenazas, ha
redoblado sus exigencias para reabrir Ormuz. ¡Hasta le reclama reparaciones
económicas! Mientras tanto, todos los objetivos iniciales de la guerra parecen
estar decayendo para centrarse prioritariamente en la reapertura del estrecho,
por el que antes de la guerra pasaba el 20% de la producción mundial de petróleo y gas licuado sin ninguna
restricción a la navegación. ¿Todo eso para esto?
No solo los enemigos le alzan
la voz a Trump: los propios aliados de
EE.UU. osan también contestarle. El primero de ellos, corresponsable del
desastre, es el primer ministro de Israel, Beniamin Netanyahu, que ha rechazado
la hoja de ruta del presidente estadounidense para Gaza. El premier israelí reiteró
su rechazo esta semana al enviado especial, el yernísimo Jared Kushner.
Tan débil aparece hoy EE.UU.,
tanto política como militarmente –corto de misiles y de municiones antiaéreas,
obligado a trasladar a la zona el último portaaviones que le quedaba
patrullando en el Pacífico–, que su principal aliado árabe ha buscado otros
cobijos. Así, Arabia Saudí firmó el pasado día 7 con Turquía y Pakistán un
pacto tripartito de defensa que consolida un nuevo eje de poder islámico suní,
frente a la amenaza del Irán chií.
No es de extrañar que
últimamente los puños en alto y los pulgares extendidos de Trump sean cada vez más mecánicos, más
desganados. Y su semblante, más serio, más cerrado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario