'Visión periférica'
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, alarma
advirtiendo de que Europa se encamina a una conflagración a gran escala como la
que vivieron nuestros abuelos. Pero Rusia, la gran amenaza, ni siquiera es
capaz de doblegar a Ucrania.
A Isaac Johannes Rutte (1879-1954), el estallido de la
Primera Guerra Mundial (1914-1918) le pilló ya con 35 años. Sufrió, como otros
neerlandeses, los efectos colaterales –escasez, paro– de la gran conflagración
europea, pero no combatió. Los Países Bajos se mantuvieron neutrales durante
toda la contienda, mientras alemanes y franceses –estos, con el apoyo de los
británicos– se desangraban en las trincheras del Somme y de Verdún. El káiser
Guillermo II no vio necesario invadir Holanda, como sí hizo con Bélgica.
En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los Países Bajos
persistieron en su neutralidad, pero esta vez Hitler no la respetó. El pequeño
ejército de la reina Guillermina resistió tan solo cinco días –del 10 al 14 de
mayo de 1940– el empuje de las tropas alemanas y el brutal bombardeo de
Rotterdam, tras lo cual capituló. A lo largo de la guerra morirían 250.000
neerlandeses, incluyendo las víctimas judías del Holocausto. Entre ellas, la
joven Anna Frank.
Al hijo de Isaac Johannes Rutte, Izaäk (1909-1988), la
guerra le pilló en la antigua colonia neerlandesa de las Indias Orientales, hoy
Indonesia, donde trabajaba para una empresa comercial. Pero no se libró de sus
efectos. Japón invadió la colonia en 1942 y envió a unos 100.000 civiles
neerlandeses a campos de concentración bajo condiciones inhumanas (como
magníficamente recordaba en estas páginas la periodista Elianne Ros a propósito
de la historia de su familia)
Izaäk Rutte y su primera esposa, Petronella Hermanna
Dilling, fueron internados en el campo de prisioneros de Tjideng, en la antigua
Batavia (hoy, Yakarta), donde la mujer acabaría falleciendo. Tras la contienda,
Izaäk Rutte se casó en segundas nupcias con su cuñada, Hermina Cornelia
Dilling, con quien tuvo varios hijos. El menor de ellos, Mark Rutte (La Haya,
1967), acabaría siendo líder del liberal-conservador Partido Popular por la
Libertad y la Democracia (VVD), primer ministro de los Países Bajos (2010-2024)
y, desde hace poco más de un año, flamante secretario general de la OTAN.
Si es pertinente hablar de los antepasados del jefe político
de la Alianza Atlántica es porque él mismo los invocó. “Debemos estar
preparados para la magnitud de la guerra que soportaron nuestros abuelos y
bisabuelos”, advirtió Rutte en tono alarmista el pasado 11 de diciembre en
Berlín. “Somos el próximo objetivo de Rusia”, abundó, antes de pintar un
sombrío panorama de “destrucción, reclutamientos masivos y sufrimiento
generalizado”. ¡Con qué desenvoltura se habla de muerte y devastación cuando la
guerra se observa desde la seguridad del cuartel general de la OTAN y no se
tienen hijos!
El ardor guerrero del que, a punto de cumplir 59 años, hace
gala hoy Mark Rutte contrasta con su trayectoria personal. Joven sensible que
en algún momento soñó con ser pianista, eludió hacer la mili (obligatoria en
los Países Bajos hasta 1997) y optó por
el servicio social alternativo propuesto a los objetores de conciencia,
que prestó –según el columnista Gert Jan Mulder– en el Ministerio de Asuntos
Sociales y Empleo. Similar flexibilidad ha demostrado Teflon Mark –mote que le
adjudicaron porque nada se le pega– a la hora de gastar en defensa. El otrora
profeta de la austeridad es hoy uno de los más ardientes defensores de elevar
el gasto militar al 5% del PIB –tal como exigía Donald Trump– y una de las
voces que más alimenta el ambiente prebélico en Europa.
No es que el peligro no exista. La Rusia de Vladímir Putin
es una potencia imperialista agresiva y constituye hoy la principal amenaza
para la paz y la seguridad en Europa, tal como la guerra de Ucrania ha
confirmado. El nuevo zar añora los territorios perdidos de la antigua Unión
Soviética, lo que más allá de Ucrania incluye a los países bálticos miembros de
la Unión Europea: Estonia, Letonia y Lituania. Es lógico que Europa busque
reforzar su defensa y su capacidad de disuasión, toda vez que Estados Unidos
parece querer desentenderse de la seguridad del continente. Pero de ahí a
hablar de una guerra inminente e inevitable va un trecho.
La antigua URSS empleó algo menos de cuatro años en vencer a
la Alemania nazi: los que van desde el inicio de la ofensiva hitleriana en junio de 1941 a la toma de Berlín por el
Ejército Rojo en mayo de 1945. La Rusia de Putin lleva casi el mismo tiempo
luchando en Ucrania (el próximo 24 de febrero se cumplirán cuatro años) y no ha
logrado vencer a un adversario infinitamente menos poderoso, a quien ha
arrebatado apenas el 20% de su territorio. La guerra, concebida como una
“operación militar especial” que pretendía derrocar en una acción relámpago al
presidente Volodímir Zelenski y colocar a un gobierno títere, ha sido un
fracaso colosal de Putin, que se aferra a la anexión del Donbass –la región
rusófona del este de Ucrania, en gran parte ya en sus manos– para poder cantar
victoria de puertas adentro. ¿Y esta Rusia incapaz de doblegar a su vecino es
la que ha de atacar a la UE y la OTAN?
La guerra de Ucrania le ha costado ya a Rusia, un país en grave declive demográfico y
con la economía dañada a causa de las
sanciones europeas y norteamericanas, más de un millón de bajas –de las cuales
250.000 muertos–, según estimaciones de los servicios de inteligencia
occidentales. Hasta ahora, Putin ha reclutado a sus tropas apelando al
patriotismo y esgrimiendo incentivos salariales, y no ha dudado en buscar a
mercenarios de otros países, de Corea del Norte a Indonesia, de Kenya a Nepal,
con tal de evitar una movilización general que podría encrespar a la nación y
resultar extremadamente peligrosa para la estabilidad de su régimen. Ir más
allá sería suicida. Seguro que tiene presente que al zar Nicolás II la
desastrosa implicación rusa en la Primera Guerra Mundial le costó la corona. Y
la vida.

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