lunes, 29 de diciembre de 2025

La guerra de Mark Rutte (y sus antepasados)

'Visión periférica'

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, alarma advirtiendo de que Europa se encamina a una conflagración a gran escala como la que vivieron nuestros abuelos. Pero Rusia, la gran amenaza, ni siquiera es capaz de doblegar a Ucrania.


A Isaac Johannes Rutte (1879-1954), el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) le pilló ya con 35 años. Sufrió, como otros neerlandeses, los efectos colaterales –escasez, paro– de la gran conflagración europea, pero no combatió. Los Países Bajos se mantuvieron neutrales durante toda la contienda, mientras alemanes y franceses –estos, con el apoyo de los británicos– se desangraban en las trincheras del Somme y de Verdún. El káiser Guillermo II no vio necesario invadir Holanda, como sí hizo con Bélgica.

En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los Países Bajos persistieron en su neutralidad, pero esta vez Hitler no la respetó. El pequeño ejército de la reina Guillermina resistió tan solo cinco días –del 10 al 14 de mayo de 1940– el empuje de las tropas alemanas y el brutal bombardeo de Rotterdam, tras lo cual capituló. A lo largo de la guerra morirían 250.000 neerlandeses, incluyendo las víctimas judías del Holocausto. Entre ellas, la joven Anna Frank.

Al hijo de Isaac Johannes Rutte, Izaäk (1909-1988), la guerra le pilló en la antigua colonia neerlandesa de las Indias Orientales, hoy Indonesia, donde trabajaba para una empresa comercial. Pero no se libró de sus efectos. Japón invadió la colonia en 1942 y envió a unos 100.000 civiles neerlandeses a campos de concentración bajo condiciones inhumanas (como magníficamente recordaba en estas páginas la periodista Elianne Ros a propósito de la historia de su familia)

Izaäk Rutte y su primera esposa, Petronella Hermanna Dilling, fueron internados en el campo de prisioneros de Tjideng, en la antigua Batavia (hoy, Yakarta), donde la mujer acabaría falleciendo. Tras la contienda, Izaäk Rutte se casó en segundas nupcias con su cuñada, Hermina Cornelia Dilling, con quien tuvo varios hijos. El menor de ellos, Mark Rutte (La Haya, 1967), acabaría siendo líder del liberal-conservador Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), primer ministro de los Países Bajos (2010-2024) y, desde hace poco más de un año, flamante secretario general de la OTAN.

Si es pertinente hablar de los antepasados del jefe político de la Alianza Atlántica es porque él mismo los invocó. “Debemos estar preparados para la magnitud de la guerra que soportaron nuestros abuelos y bisabuelos”, advirtió Rutte en tono alarmista el pasado 11 de diciembre en Berlín. “Somos el próximo objetivo de Rusia”, abundó, antes de pintar un sombrío panorama de “destrucción, reclutamientos masivos y sufrimiento generalizado”. ¡Con qué desenvoltura se habla de muerte y devastación cuando la guerra se observa desde la seguridad del cuartel general de la OTAN y no se tienen hijos!

El ardor guerrero del que, a punto de cumplir 59 años, hace gala hoy Mark Rutte contrasta con su trayectoria personal. Joven sensible que en algún momento soñó con ser pianista, eludió hacer la mili (obligatoria en los Países Bajos hasta 1997) y optó por  el servicio social alternativo propuesto a los objetores de conciencia, que prestó –según el columnista Gert Jan Mulder– en el Ministerio de Asuntos Sociales y Empleo. Similar flexibilidad ha demostrado Teflon Mark –mote que le adjudicaron porque nada se le pega– a la hora de gastar en defensa. El otrora profeta de la austeridad es hoy uno de los más ardientes defensores de elevar el gasto militar al 5% del PIB –tal como exigía Donald Trump– y una de las voces que más alimenta el ambiente prebélico en Europa.

No es que el peligro no exista. La Rusia de Vladímir Putin es una potencia imperialista agresiva y constituye hoy la principal amenaza para la paz y la seguridad en Europa, tal como la guerra de Ucrania ha confirmado. El nuevo zar añora los territorios perdidos de la antigua Unión Soviética, lo que más allá de Ucrania incluye a los países bálticos miembros de la Unión Europea: Estonia, Letonia y Lituania. Es lógico que Europa busque reforzar su defensa y su capacidad de disuasión, toda vez que Estados Unidos parece querer desentenderse de la seguridad del continente. Pero de ahí a hablar de una guerra inminente e inevitable va un trecho.

La antigua URSS empleó algo menos de cuatro años en vencer a la Alemania nazi: los que van desde el inicio de la ofensiva hitleriana  en junio de 1941 a la toma de Berlín por el Ejército Rojo en mayo de 1945. La Rusia de Putin lleva casi el mismo tiempo luchando en Ucrania (el próximo 24 de febrero se cumplirán cuatro años) y no ha logrado vencer a un adversario infinitamente menos poderoso, a quien ha arrebatado apenas el 20% de su territorio. La guerra, concebida como una “operación militar especial” que pretendía derrocar en una acción relámpago al presidente Volodímir Zelenski y colocar a un gobierno títere, ha sido un fracaso colosal de Putin, que se aferra a la anexión del Donbass –la región rusófona del este de Ucrania, en gran parte ya en sus manos– para poder cantar victoria de puertas adentro. ¿Y esta Rusia incapaz de doblegar a su vecino es la que ha de atacar a la UE y la OTAN?

La guerra de Ucrania le ha costado ya a  Rusia, un país en grave declive demográfico y con la economía dañada a causa de  las sanciones europeas y norteamericanas, más de un millón de bajas –de las cuales 250.000 muertos–, según estimaciones de los servicios de inteligencia occidentales. Hasta ahora, Putin ha reclutado a sus tropas apelando al patriotismo y esgrimiendo incentivos salariales, y no ha dudado en buscar a mercenarios de otros países, de Corea del Norte a Indonesia, de Kenya a Nepal, con tal de evitar una movilización general que podría encrespar a la nación y resultar extremadamente peligrosa para la estabilidad de su régimen. Ir más allá sería suicida. Seguro que tiene presente que al zar Nicolás II la desastrosa implicación rusa en la Primera Guerra Mundial le costó la corona. Y la vida.


 

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