Newsletter 'Europa'
La UE se
muestra incapaz de reaccionar ante la fractura histórica de la alianza trasatlántica
auspiciada por EE.UU.
Un beso de
amor despertó, tras un hechizo de un siglo, a la bella princesa durmiente del
cuento (al menos, en la versión de los Hermanos Grimm), anticipando un final
feliz. A Europa nadie la ha dado un beso, ni le augura un futuro dichoso. Todo
lo contrario. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no para de darle
bofetadas. Y, aún así, sigue durmiendo. El último ataque, aderezado con declaraciones
y comentarios hostiles a todos los niveles, ha sido la difusión de la renovada Estrategia
Nacional de Seguridad de EE.UU., donde la nueva élite gobernante estadounidense
expone negro sobre blanco el enorme desprecio que siente hacia sus aliados -si
todavía pueden llamarse así-, declara su intención de intervenir en apoyo de
las fuerzas de extrema derecha europeas y presenta a la Unión Europea como un
ente totalitario al que combatir y neutralizar.
La
difusión del documento, la semana pasada, no ha dejado indiferente a nadie. En
Moscú han aplaudido con entusiasmo -las nuevas tesis de Washington
“corresponden en muchos aspectos con nuestra visión”, se congratuló el portavoz
del Kremlin, Dimitri Peskov-, mientras los líderes europeos se han sumido en
una profunda consternación. Sólo el presidente del Consejo Europeo, António
Costa, ha alzado la voz: “No podemos aceptar esta amenaza de injerencia en la
vida política europea”, dijo, antes de llamar a reforzar Europa para
“protegerse no solo de los adversarios, sino también de los aliados que nos
desafían”. La mayoría de los dirigentes europeos prefirió callar o
contemporizar.
La
reacción más desoladora ha sido la del canciller alemán, Friedrich Merz, quien,
tras una aparente protesta en la que calificó de “inaceptables” algunos puntos
del documento, abogando por que Europa sea “mucho más independiente” de su
aliado norteamericano, hizo esta sorprendente afirmación: “EE.UU. también
necesita socios en el mundo y Europa puede ser uno de ellos; y si no puedes
trabajar con Europa, entonces al menos haz de Alemania tu socio”. Cada uno a lo
suyo... Justo lo que Washington -y, por supuesto, Moscú- buscan: la
desintegración de la UE, la atomización de Europa en una galaxia de pequeños
países, débiles e impotentes, condenados a convertirse en vasallos
La nueva
Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. dedica 83 líneas a Europa, a la que
sitúa como su tercera prioridad, tras el continente americano -el Hemisferio Occidental, que pasa a ser su principal foco
de interés, en una actualización de la doctrina Monroe- y la región
Asia-Pacífico. El documento implica una revisión de arriba a abajo de la
política exterior de EE.UU. y una ruptura total con la línea mantenida desde el
final de la guerra fría. Y aunque formalmente no pone en cuestión la
continuidad de la alianza occidental y la OTAN, en la práctica presenta a
Europa -la Europa actual, la realmente existente- poco menos que como un
adversario. Ningún otro país, ni China ni Rusia, merece tantas diatribas ni
juicios tan severos.
Tras la
divisa de “Promocionar la grandeza europea”, el documento describe a Europa
como un continente en declive económico y moral, donde la UE somete a los
agentes económicos a una asfixia regulatoria, censura la libertad de expresión,
socava la libertad política, promueve la persecución de la oposición, favorece
la pérdida de identidad europea con sus políticas migratorias y, a la postre,
aboca a Europa a la desaparición (“borrado”) de su civilización. “Si esta
tendencia continúa, el continente será irreconocible en 20 años o menos”,
afirma categóricamente. El gobierno de Trump acusa asimismo a los gobiernos
europeos –“inestables y minoritarios”- de abonar el campo de la guerra en el
caso de Ucrania, frente a una opinión pública pacifista a la que -asegura- se
silencia mediante “la subversión de los procesos democráticos”.
Ante este
panorama, en cuya descripción el documento renuncia a todo análisis riguroso
para lanzarse por el camino del panfleto -repleto de los prejuicios y
obsesiones ideológicas de la derecha norteamericana-, Washington declara
abiertamente su voluntad de intervenir en la política europea apoyando a los
“partidos patrióticos” (nacionalistas y de extrema derecha), que califica de
“aliados”, para revertir esta deriva. Antes, en las consideraciones generales,
se declara a favor de los Estados-nación, cuya soberanía -denuncia- es socavada
por “las incursiones de las más intrusivas organizaciones transnacionales”, en
alusión inequívoca a la UE.
La
publicación del documento ha provocado un terremoto considerable. Pero no puede
decirse que no haya habido en los últimos meses movimientos sísmicos de alerta.
Ante los ataques -ya sea en forma verbal o mediante la imposición de
draconianos aranceles comerciales- y el menosprecio y ninguneo constantes de la
Administración Trump -cruelmente evidente en el caso de la guerra de Ucrania-,
la respuesta de los líderes europeos ha sido la del apaciguamiento. Todo se ha
supeditado al objetivo de no irritar al inquilino de la Casa Blanca. De
entrada, porque Europa es todavía enormemente dependiente de EE.UU. en materia
de seguridad y defensa, y cambiar eso precisará de muchos años. Y probablemente
porque han querido creer que el segundo Trump volverá a ser un paréntesis en la
política norteamericana y algún día las aguas volverán a su cauce. Pero nada es
menos seguro.
Donald
Trump no durará siempre. El presidente de EE.UU., pese a que le tienta la idea
de presentarse por tercera vez a la elección presidencial -violentando la
Constitución si es preciso-, tiene ya una edad avanzada, 79 años, y su estado
de salud empieza a ser puesto en cuestión. Pero no está solo. En los últimos
años, el Partido Republicano ha sido formateado a su imagen y semejanza,
controlado por el movimiento MAGA (Make America Great Again). Y quien
aparece como mejor situado para sucederle, el vicepresidente J.D. Vance, es
tanto o más radical. El primer jarro de agua fría de la nueva Administración
norteamericana -lanzado tempranamente, el mes de febrero- vino precisamente de
él, con un ataque brutal contra Europa y sus valores en la Conferencia de
Seguridad de Múnich. Quien quiso ver ahí solo un desvarío se equivocó.
J.D. Vance
es el hombre de los tecno-oligarcas que, al amparo de Trump, están haciéndose
con el poder en Estados Unidos y que están detrás de la ofensiva contra la UE,
el único ente internacional que hasta ahora -mal que bien- se les ha resistido
y ha intentado ponerles coto. Entre las conexiones de Vance con la casta de
Silicon Valley, un superpoder en la sombra que amenaza a la propia democracia
americana, destaca la del magnate de origen alemán Peter Thiel, cofundador de
PayPal y gurú del libertarismo americano de extrema derecha, que ha financiado
sus campañas electorales, y el inversor de origen sudafricano David Sacks, de Craft
Ventures, otro factótum de la ultraderecha conservadora convertido ahora en
consejero especial del presidente de EE.UU. para las criptomonedas y la
Inteligencia Artificial (IA)
Un grupo
en el que también está el megalómano Elon Musk (Tesla, Space X), quien ha
tenido el honor de recibir la primera multa de la Comisión Europea -de 120
millones de euros- por vulnerar en su red social X (antes Twitter) varios
preceptos de la odiada ley europea de Servicios Digitales (DSA por sus siglas
en inglés). Para EE.UU., los límites impuestos por la regulación europea a las
grandes tecnológicas estadounidenses constituyen un casus belli. Y están
dispuestos a utilizar todos los resortes a su alcance para tratar de tumbarlos.
De ahí, los furibundos ataques contra Bruselas y el conjunto de la UE.
Tras
recibir la sanción, Elon Musk publicó un indignado mensaje en X donde afirmaba
que “la UE debe ser abolida y la soberanía, devuelta a cada uno de los países”.
Su afirmación, perfectamente en línea con los planteamientos expuestos en el
documento del Departamento de Estado, fue rápidamente aplaudida por el
expresidente y ex primer ministro ruso Dimitri Medvédev, antiguo número dos de
Vladímir Putin reconvertido hoy en un hooligan del ultranacionalismo
ruso, quien apostilló: “Exactamente”. Estos son los enemigos de la UE. Son
poderosos y no van a desaparecer. Si Europa no se despierta ya y no reacciona ante
este desafío, dando un revolucionario salto adelante en su integración política,
más adelante puede ser demasiado tarde para romper el hechizo.
APUNTES
La guerra de los activos rusos. La disputa sobre el uso de los activos rusos depositados en Europa -alrededor de 210.00 millones de euros- y congelados por las autoridades europeas a raíz de la guerra de Ucrania no acaba sino de empezar. Los 27 dieron ayer un primer paso para utilizarlos como garantía para nuevos préstamos a Kyiv aprobando su inmovilización indefinida -hasta ahora, la medida se había de renovar cada seis meses-, para lo que invocaron los poderes de emergencia del artículo 122 de los tratados, que permitía aprobarlo por mayoría cualificada y sortear el veto del húngaro Viktor Orbán. La decisión última no está tomada. Además de Hungría, Bélgica se opone a la incautación de los fondos, puesto que la mayor parte de esos activos -unos 185.000 millones- están depositados en la entidad financiera Euroclear, con sede en Bruselas, y otros países, como Italia o Bulgaria, han expresado también sus reticencias. A la espera de acontecimientos, el Banco Central de Rusia ha anunciado ya acciones jurídicas contra una confiscación que consideran ilegal.
Solidaridad
recortada. Reflejo
del mal momento que atraviesa el espíritu de cohesión en el seno de la UE, los
ministros de Interior de los 27 aprobaron el lunes reducir las cuotas del
mecanismo de solidaridad previsto en el Pacto europeo de Migración y Asilo, por
el cual los grandes países receptores de inmigración irregular -España, Italia,
Grecia y Chipre- podrán derivar a partir de 2026 a una parte de los migrantes y
solicitantes de asilo a otros países comunitarios, o bien recibir una
compensación económica. La propuesta inicial de la Comisión, de reubicar a
30.000 migrantes anuales y establecer unas ayudas de 600 millones de euros, ha
pasado a 21.000 y 420 millones respectivamente. Esta misma semana, la
presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, anunció un refuerzo de la
vigilancia de las fronteras exteriores de la UE triplicando -hasta 30.000- el
número de efectivos de Frontex.
Diplomacia
científica. Sede
de la Unión por el Mediterráneo (UpM), Barcelona se ha convertido en la capital
de la cooperación euromediterránea, también a nivel científico. Con un
presupuesto de 700 millones para invertir hasta el 2027, el programa Prima (Partnership
for Research and Innovation in the Mediterranean Area), dirigido por el médico
catalán Octavi Quintana, impulsa proyectos transnacionales en los que
obligatoriamente deben participar científicos e investigadores de universidades
de países de ambas riberas del Mediterráneo. En la actualidad hay 269 proyectos
en marcha, en los que están involucrados más de 20 países, centrados en los grandes
retos de la región, como el cambio climático, la seguridad hídrica y la
soberanía alimentaria. El programa negocia ahora su presupuesto para el periodo
2027-2034.

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