lunes, 5 de enero de 2026

Que quince años no es nada…

Newsletter ‘Europa’

Ucrania condiciona todo acuerdo de paz a obtener garantías de protección verdaderamente disuasorias y duraderas frente a Rusia

 

Veinte años no es nada, cantaba Carlos Gardel en su célebre tango Volver. Quince, todavía menos. Este es el exiguo plazo ofrecido por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, para asegurar la protección de Ucrania frente a un nuevo ataque de Rusia tras un eventual acuerdo de paz. Se trata de uno de los puntos cruciales y más complejos -junto a la cesión de territorios exigida por Moscú- para poder poner fin a la guerra desatada por el líder ruso, Vladímir Putin, en 2022. El 24 de febrero se cumplirán ya cuatro años.

La propuesta sobre las garantías de seguridad estuvo sobre la mesa en la reunión que mantuvieron en Mar-a-Lago (Florida) el pasado domingo, 28 de diciembre, las delegaciones norteamericana y ucraniana para abordar los detalles y posibles enmiendas al plan de paz elaborado por la Casa Blanca. Quince años… ¡Un suspiro! Rusia sabe esperar ese tiempo y más. Tardó veinte años en decidirse a invadir y anexionarse la península de Crimea, en 2014, vulnerando los acuerdos firmados con Ucrania a raíz de su independencia a principios de los 90, en los que se comprometió a respetar la integridad del nuevo Estado. Zelenski lo sabe perfectamente y por eso pidió un periodo de tiempo más disuasorio: 50 años, medio siglo. Para entonces, por lo menos, ya no estará Putin en el Kremlin.

Descartado el ingreso de Ucrania en la OTAN -una de las exigencias de Rusia que el plan de paz norteamericano ha incorporado de entrada-, para Kyiv es esencial que EE.UU. se comprometa como garante de su seguridad y que lo haga no solo por un periodo suficientemente largo, sino con un compromiso firme. Se trataría de que el acuerdo incluyera un mecanismo análogo al del artículo 5 de la Alianza Atlántica (que garantiza la defensa colectiva de cualquiera de sus miembros si es atacado por terceros). Un elemento de disuasión clave frente a futuros ataques.

La insistencia en este punto es crucial para Kyiv, que ha sufrido en sus carnes el poco respeto que Moscú, bajo el mando autocrático de Vladímir Putin, tiene a los tratados internacionales firmados por su país. Sobre todo los vinculados a la desaparición de la Unión Soviética, que personalmente nunca ha aceptado. Tras la declaración de independencia de Ucrania en 1991, Rusia firmó con este país y Bielorrusia el tratado de Belavezha por el cual se decidió -a expensas del poder central, representado en aquel momento por un debilitado Mijaíl Gorbachov- la disolución de la URSS y el reconocimiento de la secesión de ambas repúblicas. Tres años más tarde, en 1994, Rusia y Ucrania firmaron el Memorándum de Budapest por el cual Kyiv aceptó entregar a Moscú el arsenal nuclear soviético que estaba desplegado en su territorio. A cambio, Rusia, EE.UU. y el Reino Unido se comprometieron a asegurar la independencia e integridad territorial de Ucrania. Ya se ha visto.

Ese compromiso fue roto unilateralmente por Rusia en 2014. Ese año, Moscú invadió la península de Crimea, que reivindicaba como propia, mientras apoyaba bajo mano -aunque a la vista de todo el mundo- a las milicias separatistas prorrussas de la región oriental ucraniana del Donbass. Comprobada la tibieza occidental, ocho años más tarde, en febrero del 2022, lanzó un ataque militar masivo contra Ucrania por varios frentes con el objetivo de derribar al gobierno y colocar a un presidente títere prorruso. Es obvio, a la vista de estos acontecimientos, que la firma de Rusia en un papel vale muy poca cosa si no hay una fuerza externa con suficiente capacidad de coerción para hacerlo cumplir

Ucrania cuenta con el apoyo de la Unión Europea, que en su última cumbre acordó concederle un préstamo de 90.000 millones de euros para seguir sosteniendo su esfuerzo militar (ahora que la contribución norteamericana casi ha desaparecido). Y que entre sus planes está facilitar su incorporación al club comunitario (aunque hasta el momento el gobierno prorruso de Viktor Orbán en Hungría ha vetado el inicio de las negociaciones con Bruselas). El plan de paz que están negociando ucranianos y estadounidenses también prevé el ingreso de Ucrania en la UE, a lo que, en principio, Moscú ya no se opondría como antes.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó el martes en la red social X que la adhesión de Ucrania “es una garantía de seguridad clave por sí misma”. Pero ¿es lo bastante fuerte? La UE, ciertamente, cuenta con una cláusula de defensa mutua (el artículo 42.7 del Tratado de Lisboa) por la cual los estados miembros se obligan a prestarse ayuda si uno de ellos es atacado. Pero, hoy por hoy, y una vez más, el paraguas norteamericano sigue siendo imprescindible.

El otro punto clave es la cuestión territorial. Rusia exige que se le reconozca la posesión de todos los territorios que ya ha ocupado a raíz de la guerra -con alguna pequeña corrección- y que se le ceda la parte del Donbass que todavía no ha conseguido después de casi cuatro años de sangrientos combates. La exigencia es inaceptable para Ucrania y a lo más que está dispuesto a llegar Zelenski es a aceptar la creación aquí de una zona desmilitarizada. Putin asegura que si no se le cede todo el Donbass, lo conquistará por la fuerza. Pero no le está resultando nada fácil.

En todo el año 2025 apenas ha arrebatado al ejército ucraniano un 1% de territorio adicional, según los analistas de DeepState, que cartografía el conflicto. Y eso, a un coste humano terrible. Según los servicios de inteligencia occidentales, Rusia ha sufrido desde el inicio de la guerra más de un millón de bajas, de las cuales 250.000 muertos.

En su mensaje de fin de año, el miércoles, el presidente ucraniano confirmó los avances logrados en los últimos días en las conversaciones con los norteamericanos y, al igual que hiciera Trump, cifró el grado de acuerdo en estos momentos en el 90% (a falta, claro, de los rusos). Pero eso es mucho y nada a la vez. Porque el 10% restante es justamente la parte más difícil. Es la que -según sus propias palabras- lo “contiene todo”. Todo lo esencial. Y advirtió: “Quienes piensan que Ucrania está dispuesta a rendirse se equivocan profundamente”.

No otra cosa pretende Putin. El líder ruso ha logrado convencer al presidente de EE.UU. de que quiere la paz. Pero en realidad solo está dispuesto a aceptar un acuerdo hecho a su medida, como el que logró venderle a Trump en la desconcertante cumbre de Alaska del pasado verano. Tan a su medida que equivaldría a una capitulación de Kyiv. Para el jefe del Kremlin, la consolidación y reconocimiento internacional de sus posesiones en el este de Ucrania es fundamental para poder cantar victoria (aunque sea una victoria engañosa y parcial)

Por eso, cada vez que Trump se muestra demasiado sensible a las tesis de Ucrania y de sus aliados europeos y que las conversaciones para un plan de paz más equilibrado avanzan, se dedica a torpedearlas. Así, para enfriar el optimismo mostrado por Trump desde Mar-a-Lago, Moscú acusó al día siguiente a Kyiv de haber intentado
bombardear con drones la dacha que Putin utiliza como residencia secundaria en la región de Nóvgorod -algo que los servicios occidentales ponen en duda- y avanzó su intención de “endurecer”, como represalia, su posición negociadora. Su objetivo es dar largas y ganar tiempo, en la esperanza de que EE.UU. se ponga de su lado. O se canse y abandone a Ucrania y a Europa a su suerte.

 

APUNTES

Cuatro décadas juntos. El 1 de enero de 1986, España ingresó junto a Portugal en las entonces llamadas Comunidades Europeas, que con el tiempo darían paso a la UE. Cuarenta años después, el balance no puede ser más positivo. La adhesión europea consolidó la democracia en nuestro país y las transferencias comunitarias permitieron dar un salto modernizador. No es extraño que durante mucho tiempo los españoles se hayan contado entre los más europeístas del continente, aunque esta percepción positiva empezó a erosionarse a raíz de la crisis financiera del 2008. Hoy, tres cuartas partes de los ciudadanos consideran que el futuro de España está mejor dentro de la UE que fuera. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, conmemoró el aniversario valorando las ventajas que esa adhesión representó para el conjunto: “Todos nos hemos beneficiado de nuestra estrecha colaboración. Habéis enriquecido Europa con vuestra cultura e increíble creatividad. Habéis jugado un papel clave en la integración europea, apoyando proyectos europeos estratégicos como el euro y la ampliación”.

Nuevo socio en la Eurozona. Este 1 de enero Bulgaria se convirtió en el vigésimo primer país en sumarse a la zona euro, casi dos décadas después de su adhesión a la UE. Pero el acontecimiento no fue objeto de muchas fiestas. La adopción del euro y el abandono de la moneda propia (la leva) llega en un momento de una grave crisis política, con un Gobierno en funciones y en medio de un gran escepticismo popular (con casi el 49% de los ciudadanos en contra). Los búlgaros temen que la implantación del euro comporte un sensible aumento de los precios, en un país que es uno de los más pobres de Europa, pese a los mensajes de tranquilidad lanzados por el BCE. El primer ministro de Bulgaria, Rosen Zhelyazkov, presentó el pasado mes de octubre la dimisión de su gobierno -encabezado por el conservador GERB e integrado por el Partido Socialista Búlgaro (BSP) y el populista y antisistema ITN- en respuesta a las protestas multitudinarias por los escándalos de corrupción. Se espera que haya nuevas elecciones anticipadas en la próxima primavera.

 

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