Newsletter ‘Europa’
Ucrania condiciona todo acuerdo de paz a obtener garantías de protección verdaderamente disuasorias y duraderas frente a Rusia
Veinte
años no es nada, cantaba Carlos Gardel en su célebre tango Volver.
Quince, todavía menos. Este es el exiguo plazo ofrecido por el presidente de
Estados Unidos, Donald Trump, a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, para
asegurar la protección de Ucrania frente a un nuevo ataque de Rusia tras un
eventual acuerdo de paz. Se trata de uno de los puntos cruciales y más
complejos -junto a la cesión de territorios exigida por Moscú- para poder poner
fin a la guerra desatada por el líder ruso, Vladímir Putin, en 2022. El 24 de
febrero se cumplirán ya cuatro años.
La
propuesta sobre las garantías de seguridad estuvo sobre la mesa en la reunión que mantuvieron en
Mar-a-Lago
(Florida) el pasado domingo, 28 de diciembre, las delegaciones
norteamericana y ucraniana para abordar los detalles y posibles enmiendas al
plan de paz elaborado por la Casa Blanca. Quince años… ¡Un suspiro! Rusia sabe
esperar ese tiempo y más. Tardó veinte años en decidirse a invadir y
anexionarse la península de Crimea, en 2014, vulnerando los acuerdos firmados
con Ucrania a raíz de su independencia a principios de los 90, en los que se
comprometió a respetar la integridad del nuevo Estado. Zelenski lo sabe
perfectamente y por eso pidió un periodo de tiempo más disuasorio: 50 años,
medio siglo. Para entonces, por lo menos, ya no estará Putin en el Kremlin.
Descartado
el ingreso de Ucrania en la OTAN -una de las exigencias de Rusia que el plan de
paz norteamericano ha incorporado de entrada-, para Kyiv es esencial que EE.UU.
se comprometa como garante de su seguridad y que lo haga no solo por un periodo
suficientemente largo, sino con un compromiso firme. Se trataría de que el
acuerdo incluyera un mecanismo análogo al del artículo 5 de la Alianza
Atlántica (que garantiza la defensa colectiva de cualquiera de sus miembros si
es atacado por terceros). Un elemento de disuasión clave frente a futuros
ataques.
La
insistencia en este punto es crucial para Kyiv, que ha sufrido en sus carnes el
poco respeto que Moscú, bajo el mando autocrático de Vladímir Putin, tiene a
los tratados internacionales firmados por su país. Sobre todo los vinculados a
la desaparición de la Unión Soviética, que personalmente nunca ha aceptado.
Tras la declaración de independencia de Ucrania en 1991, Rusia firmó con este
país y Bielorrusia el tratado de Belavezha por el cual se decidió -a expensas
del poder central, representado en aquel momento por un debilitado Mijaíl
Gorbachov- la disolución de la URSS y el reconocimiento de la secesión de ambas
repúblicas. Tres años más tarde, en 1994, Rusia y Ucrania firmaron el
Memorándum de Budapest por el cual Kyiv aceptó entregar a Moscú el arsenal
nuclear soviético que estaba desplegado en su territorio. A cambio, Rusia,
EE.UU. y el Reino Unido se comprometieron a asegurar la independencia e
integridad territorial de Ucrania. Ya se ha visto.
Ese
compromiso fue roto unilateralmente por Rusia en 2014. Ese año, Moscú invadió
la península de Crimea, que reivindicaba como propia, mientras apoyaba bajo
mano -aunque a la vista de todo el mundo- a las milicias separatistas
prorrussas de la región oriental ucraniana del Donbass. Comprobada la tibieza
occidental, ocho años más tarde, en febrero del 2022, lanzó un ataque militar
masivo contra Ucrania por varios frentes con el objetivo de derribar al
gobierno y colocar a un presidente títere prorruso. Es obvio, a la vista
de estos acontecimientos, que la firma de Rusia en un papel vale muy poca cosa
si no hay una fuerza externa con suficiente capacidad de coerción para hacerlo
cumplir
Ucrania
cuenta con el apoyo de la Unión Europea, que en su última cumbre acordó
concederle un préstamo de 90.000 millones de euros para seguir sosteniendo su
esfuerzo militar (ahora que la contribución norteamericana casi ha
desaparecido). Y que entre sus planes está facilitar su incorporación al club
comunitario (aunque hasta el momento el gobierno prorruso de Viktor Orbán en
Hungría ha vetado el inicio de las negociaciones con Bruselas). El plan de paz
que están negociando ucranianos y estadounidenses también prevé el ingreso de
Ucrania en la UE, a lo que, en principio, Moscú ya no se opondría como antes.
La
presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó el martes en la
red social X que la adhesión de Ucrania “es una garantía de seguridad clave por
sí misma”. Pero ¿es lo bastante fuerte? La UE, ciertamente, cuenta con una
cláusula de defensa mutua (el artículo 42.7 del Tratado de Lisboa) por la cual
los estados miembros se obligan a prestarse ayuda si uno de ellos es atacado.
Pero, hoy por hoy, y una vez más, el paraguas norteamericano sigue siendo
imprescindible.
El otro
punto clave es la cuestión territorial. Rusia exige que se le reconozca la
posesión de todos los territorios que ya ha ocupado a raíz de la guerra -con
alguna pequeña corrección- y que se le ceda la parte del Donbass que todavía no
ha conseguido después de casi cuatro años de sangrientos combates. La exigencia
es inaceptable para Ucrania y a lo más que está dispuesto a llegar Zelenski es
a aceptar la creación aquí de una zona desmilitarizada. Putin asegura que si no
se le cede todo el Donbass, lo conquistará por la fuerza. Pero no le está
resultando nada fácil.
En todo el año 2025 apenas ha arrebatado al ejército ucraniano un 1% de
territorio adicional, según los analistas de DeepState, que cartografía el
conflicto. Y eso, a un coste humano terrible. Según los servicios de
inteligencia occidentales, Rusia ha sufrido desde el inicio de la guerra más de
un millón de bajas, de las cuales 250.000 muertos.
En su
mensaje de fin de año, el miércoles, el presidente ucraniano confirmó los
avances logrados en los últimos días en las conversaciones con los
norteamericanos y, al igual que hiciera Trump, cifró el grado de acuerdo en
estos momentos en el 90% (a falta, claro, de los rusos). Pero eso es mucho y
nada a la vez. Porque el 10% restante es justamente la parte más difícil. Es la
que -según sus propias palabras- lo “contiene todo”. Todo lo esencial. Y
advirtió: “Quienes piensan que Ucrania está dispuesta a rendirse se equivocan
profundamente”.
No otra
cosa pretende Putin. El líder ruso ha logrado convencer al presidente de EE.UU.
de que quiere la paz. Pero en realidad solo está dispuesto a aceptar un acuerdo
hecho a su medida, como el que logró venderle a Trump en la desconcertante
cumbre de Alaska del pasado verano. Tan a su medida que equivaldría a una
capitulación de Kyiv. Para el jefe del Kremlin, la consolidación y
reconocimiento internacional de sus posesiones en el este de Ucrania es
fundamental para poder cantar victoria (aunque sea una victoria engañosa y
parcial)
Por eso, cada vez que Trump se muestra demasiado sensible a las tesis de
Ucrania y de sus aliados europeos y que las conversaciones para un plan de paz
más equilibrado avanzan, se dedica a torpedearlas. Así, para enfriar el
optimismo mostrado por Trump desde Mar-a-Lago, Moscú acusó al día siguiente a
Kyiv de haber intentado bombardear con drones la dacha que Putin utiliza como
residencia secundaria en la región de Nóvgorod -algo que los servicios
occidentales ponen en duda- y avanzó su intención de “endurecer”, como
represalia, su posición negociadora. Su objetivo es dar largas y ganar tiempo,
en la esperanza de que EE.UU. se ponga de su lado. O se canse y abandone a
Ucrania y a Europa a su suerte.
APUNTES
Cuatro décadas juntos. El 1 de enero de 1986, España ingresó junto a Portugal en las entonces llamadas Comunidades Europeas, que con el tiempo darían paso a la UE. Cuarenta años después, el balance no puede ser más positivo. La adhesión europea consolidó la democracia en nuestro país y las transferencias comunitarias permitieron dar un salto modernizador. No es extraño que durante mucho tiempo los españoles se hayan contado entre los más europeístas del continente, aunque esta percepción positiva empezó a erosionarse a raíz de la crisis financiera del 2008. Hoy, tres cuartas partes de los ciudadanos consideran que el futuro de España está mejor dentro de la UE que fuera. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, conmemoró el aniversario valorando las ventajas que esa adhesión representó para el conjunto: “Todos nos hemos beneficiado de nuestra estrecha colaboración. Habéis enriquecido Europa con vuestra cultura e increíble creatividad. Habéis jugado un papel clave en la integración europea, apoyando proyectos europeos estratégicos como el euro y la ampliación”.
Nuevo
socio en la Eurozona.
Este 1 de enero Bulgaria se convirtió en el vigésimo primer país en sumarse a
la zona euro, casi dos décadas después de su adhesión a la UE. Pero el
acontecimiento no fue objeto de muchas fiestas. La adopción del euro y el
abandono de la moneda propia (la leva) llega en un momento de una grave crisis
política, con un Gobierno en funciones y en medio de un gran escepticismo popular (con casi el 49% de los ciudadanos
en contra). Los búlgaros temen que la implantación del euro comporte un
sensible aumento de los precios, en un país que es uno de los más pobres de
Europa, pese a los mensajes de tranquilidad lanzados por el BCE. El primer
ministro de Bulgaria, Rosen Zhelyazkov, presentó el pasado mes de octubre la
dimisión de su gobierno -encabezado por el conservador GERB e integrado por el
Partido Socialista Búlgaro (BSP) y el populista y antisistema ITN- en respuesta
a las protestas multitudinarias por los escándalos de corrupción. Se espera que
haya nuevas elecciones anticipadas en la próxima primavera.

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