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Una alianza de circunstancias entre Francia e Italia pone coto a las iniciativas de Alemania en la UE
El democristiano
Friedrich Merz asumió el 6 de mayo la Cancillería de Alemania con un objetivo
en mente: dar un gran salto adelante en política exterior, aumentando la
implicación e influencia de Alemania en el mundo y asumiendo un liderazgo más
decidido en Europa. Algo que, en los últimos siete meses, ha pretendido ejercer
en numerosos frentes, particularmente en el dossier de la guerra de Ucrania.
Sin embargo, todo este activismo se frustró en la madrugada del pasado 19 de
diciembre, en la crucial y agitada cumbre europea de fin de año, donde Berlín
sufrió un revés histórico. Hace tiempo que Alemania dejó de ganar siempre al
fútbol -desmintiendo el popular adagio del británico Gary Lineker-, pero nunca
había perdido en un asunto esencial en la Unión Europea. Hasta ahora. Merz
despidió 2025 con una amarga derrota fruto de la acción conjunta del presidente
francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, una
alianza de circunstancias que puede tener importantes consecuencias para las
relaciones entre Berlín y París.
Pero
vayamos un poco hacia atrás. El lunes 15 de diciembre, Merz acogió como
anfitrión en Berlín un importante encuentro entre el presidente ucraniano,
Volodímir Zelenski, los emisarios especiales del presidente de Estados Unidos, Steve
Witkoff y Jared Kushner -yerno de Donald Trump-, y un grupo de líderes europeos
y de la OTAN, en busca de acordar un plan de paz conjunto que presentar a
Rusia. Fue una auténtica puesta de largo de Alemania en política exterior. Al
día siguiente, martes 16, el canciller alemán se anotó otro importante triunfo -económico,
esta vez- al forzar a la Comisión Europea a dar marcha atrás en su objetivo de
prohibir totalmente la fabricación de coches con motor de combustión a partir
de 2035, para alivio de la potente y angustiada industria alemana del automóvil.
En vísperas del último Consejo Europeo del año, aparentemente todo empezaba
bien para Friedrich Merz. Pero se torció.
El primer
tropiezo empezó a vislumbrarse el miércoles 17. Francia, que hasta ese momento
se había resistido prácticamente en solitario a la ratificación del tratado
comercial entre la UE y los países del Mercosur -Argentina, Bolivia, Brasil,
Paraguay y Uruguay-, se encontró de pronto con que Italia se mostraba
dubitativa. Macron, que semanas antes se había manifestado dispuesto a
transigir a cambio de una serie de cláusulas de salvaguarda que protegieran a
la agricultura y la ganadería europeas, se vio forzado a endurecer de nuevo su
posición y tratar de ganar tiempo a la vista de las fuertes protestas del
sector en Francia. Alemania, la gran beneficiada por el acuerdo -especialmente
positivo para la industria-, y la Comisión presionaban para firmar el tratado
antes de finalizar el año, pero la confluencia de Roma con la posición de París
abortó los planes de Berlín y Bruselas. Al día siguiente, jueves 18, la Comisión
decidió aplazar la firma al mes de enero. Era el primer día de la cumbre y la conjunción
transalpina daba su primer disgusto.
Las
preocupaciones del canciller alemán, sin embargo, no acababan aquí. Más allá
del tratado con el Mercosur, su gran objetivo era ver aprobado su plan -elaborado
en coordinación con la presidenta de la Comisión, la también alemana y correligionaria
suya, Ursula von der Leyen- para financiar a partir del año que viene la ayuda
militar y económica a Ucrania utilizando para ello los activos rusos -unos
210.000 millones de euros- depositados en entidades financieras europeas y
congelados como sanción por la invasión de Ucrania en 2022. La fórmula consistía
en utilizar ese dinero como garantía de un préstamo que Kyiv no debería
devolver hasta que Moscú le pagara en el futuro eventuales reparaciones de
guerra. De este modo, la UE podía seguir sosteniendo el esfuerzo bélico de
Ucrania -privada con Trump de la ayuda norteamericana- sin cargar los
presupuestos europeos. Sobre el papel, parecía una solución ideal, pero en la
realidad presentaba numerosos problemas.
La
incautación de los haberes rusos -de dudosa legalidad- podía tener importantes
implicaciones económicas, tanto para la estabilidad de los mercados financieros
europeos -tal como había advertido el propio BCE- como para los países más
expuestos. Y entre estos, prácticamente de forma exclusiva, Bélgica, que
custodia la mayor parte de estos fondos en la entidad financiera Euroclear. El férreo
primer ministro belga, el nacionalista flamenco Bart de Wever, se oponía
ferozmente a cargar en solitario sobre sus espaldas con todos los riesgos y se
mantuvo firme en su rechazo a pesar de las presiones insistentes de Merz y Von
der Leyen. Solo si había garantías suficientes de que el conjunto de la UE
asumiría solidariamente las consecuencias se mostraba dispuesto a aceptar. Aquí
es cuando el plan empezó a hacer aguas por todas partes.
El gran
error del tándem Merz-Von der Leyen fue apostarlo todo a una única opción y
descartar cualquier otra fórmula -consecuencia de la telúrica aversión germana
al endeudamiento-, de tal modo que cuando su plan fue rechazado la derrota fue palmaria.
El canciller alemán intentó hacer ver lo contrario en una alambicada
intervención ante los medios de comunicación, pero los hechos eran tozudos: el
Consejo Europeo acordó financiar a Ucrania con un préstamo de 90.000 millones
de euros obtenidos a través de eurobonos avalados por el presupuesto
comunitario (eso sí, con la excepción de la tríada prorrusa del Este
-Eslovaquia, Hungría y República Checa-, que quedaron desvinculados del acuerdo).
Con esta fórmula, los activos rusos se presentan como un respaldo de último
recurso, pero seguirán donde están.
La UE
debía imperativamente encontrar antes de final de año la forma de seguir
ayudando económicamente a la defensa de Ucrania. Era una cuestión de vida o
muerte. Y no falló. No lo hizo de la forma esperada pero lo hizo, rompiendo por
segunda vez el tabú de la deuda conjunta. La primera ocasión fue en 2020, para
financiar los fondos Next Generation, con los que combatir la crisis económica
inducida por la pandemia de covid y que ha llevado el endeudamiento común
acumulado a unos 700.000 millones de euros, a los que ahora se añadirán los de
Kyiv.
La
solución final se fraguó en una compleja negociación de madrugada, en la que
volvió a actuar implícitamente el tándem Macron-Meloni. Dinamarca -que ejercía
la presidencia semestral europea-, Polonia y los países bálticos presionaban a
favor del plan de Alemania. Pero Bélgica no estaba sola en el envite. Varios
países mostraban también sus dudas sobre la incautación de los activos rusos y
sobre el alcance de las garantías que se pretendían exigir a todos, entre ellos
y principalmente Italia, que junto con Bulgaria, la República Checa y Malta hicieron
pública una declaración pidiendo que se exploraran “soluciones alternativas”. Francia
no sumó su voz, pero su papel fue decisivo, pues por detrás iba trabajando ya
en la solución alternativa que finalmente se adoptó, negociando discretamente
con Hungría. Berlín lo vivió poco menos que como una traición. La pareja
francoalemana puede acabarse resintiendo.
APUNTES
Última
versión del plan de paz.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, desveló en vísperas de Navidad,
las líneas esenciales de la última versión del plan de paz negociado con EE.UU.
y los europeos para presentar a Moscú. La propuesta prevé un pacto mutuo de no
agresión con Rusia, la reducción del ejército ucraniano a 800.000 soldados en
tiempos de paz, el ingreso de Ucrania en la UE -no así en la OTAN- y fuertes garantías
de seguridad para el país por parte de sus aliados en caso de que Rusia
vulnerara el acuerdo. La cuestión territorial, sin embargo, sigue abierta.
Zelenski se niega a ceder las partes del Donbass que controla y defiende fijar para
el alto el fuego la actual línea del frente, aunque se muestra abierto a un
posible compromiso, que consistiría en crear una zona económica especial,
desmilitarizada, con la participación norteamericana en los territorios que
Moscú reclama.
Venganza
norteamericana. El
Gobierno de Estados Unidos nunca ha aceptado la regulación europea sobre los
Servicios Digitales (DSA), que considera lesiva para los intereses de las
grandes tecnológicas norteamericanas y, por ende, un ataque contra los
intereses nacionales de EE.UU. Desde el retorno al poder de Donald Trump, a
principios de año, Washington ha multiplicado las presiones para dejar sin
efecto tal regulación. Su último movimiento -con regusto a venganza- ha
consistido en sancionar a varias personalidades europeas prohibiendo su entrada
en el país. Se trata del excomisario europeo de Mercado Interior y padre
de la DSA, Thierry Breton, y cuatro representantes de oenegés que combaten la
desinformación y la incitación al odio en las redes sociales en Alemania y el
Reino Unido: Imran Ahmed, del Center for Countering Digital Hate; Clare
Melford, de The Global Disinformation Index, y Anna-Lena von Hodenberg y Josephine
Ballon, de HateAid.
Londres,
cada vez más cerca.
Aunque uno de los objetivos declarados del actual primer ministro británico, Keir
Starmer, es resetear las relaciones entre el Reino Unido y la Unión
Europea, hasta ahora no se habían producido grandes avances en este terreno
(más allá de la unidad de acción en el tema de la guerra de Ucrania). La
primera decisión tangible de Londres en este sentido ha sido la de regresar, a
partir del curso académico 2027-2028, al programa Erasmus de intercambio de
estudiantes. No se trata de un gesto aislado. Casi diez años después de la
aprobación en referéndum del Brexit, una parte del Gobierno británico y un
sector importante del partido Laborista se muestran favorables a solicitar a
Bruselas el retorno a la unión aduanera con la UE. Eso sí, los sondeos dan como
primera fuerza política en el Reino Unido al partido del nacionalista
antieuropeo Nigel Farage.

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