lunes, 29 de septiembre de 2025

“La debilidad de Europa es una invitación a la agresión”

Entrevista a Raphaël Glucksmann, eurodiputado francés y líder de Plaza Pública

Ensayista y político, Raphaël Glucksmann (Boulogne-Billancourt, 1979) se ha erigido en uno de los principales referentes de la izquierda francesa. Eurodiputado desde el 2019, aspira a liderar desde el partido Plaza Pública –coaligado hasta ahora con los socialistas– el resurgimiento en Francia de un espacio socialdemócrata, ecologista y europeísta. El jueves estuvo en Barcelona para apoyar la candidatura de su partido en la elección parcial de la 5ª circunscripción de franceses en el extranjero, que engloba a España, Portugal, Andorra y Mónaco.

El orden internacional que conocíamos ha saltado por los aires. Ante eso, Europa parece inerme.

Estamos en un momento decisivo para Europa. ¿Vamos a caer en la nada, en el abismo? ¿O vamos a decidirnos por fin a existir? Es  un momento hamletiano, de ser o no ser. Hasta ahora, no hemos estado a la altura. Tenemos una guerra en el continente europeo que nos afecta directamente. Y hoy, después de tres años y medio, seguimos importando gas ruso y financiando la maquinaria bélica que nos amenaza. Nuestra debilidad anima al agresor.

Que multiplica las provocaciones en las fronteras de la UE...

Y esto va a ir a más. Porque para los depredadores que dominan hoy el mundo, y el primero y más peligroso para nosotros es Vladímir Putin, nuestra debilidad es una invitación a la agresión. Hay que plantearse una pregunta sencilla: ¿Qué queremos para nuestro continente? ¿Queremos existir? Si queremos existir, debemos pasar a una Europa más federal. Debemos asumir nuestra propia defensa, nuestra autonomía estratégica. Y eso es algo que aún no hemos decidido. Es como si estuviéramos despiertos, pero sin conseguir levantarnos de la cama.

Avanzar por este camino choca con fuertes divisiones internas.

Lo que se necesita es una unión de voluntades. Hay que recuperar la fe en la construcción europea, y eso no es fácil.  Sabemos que no lo conseguiremos con 27. El problema es que algunos países están dirigidos por partidarios de Trump y Putin, mientras otros muy importantes para la construcción europea se encuentran en una profunda crisis interna. Tengo la impresión de que los europeos tienen dificultades para comprender que lo que está sucediendo ahora definirá nuestro futuro durante décadas. Nada nos garantiza que tendremos paz en Europa dentro de dos años, que no habrá una guerra abierta con Rusia.

 Europa sí fue capaz de actuar unida frente a la pandemia.

Fue un momento extremadamente importante. Contra la covid hicimos lo contrario de lo que hicimos en la crisis griega, cuando los egoísmos nacionales impidieron que la solidaridad europea funcionara. ¿Por qué lo que fuimos capaces de hacer frente a una pandemia no somos capaces de hacerlo frente a la guerra? Porque nos afectaba personalmente. Hoy en día somos incapaces de proyectarnos fuera de nosotros mismos. Y eso es un problema enorme, porque cuando la guerra llegue a nuestro territorio, será demasiado tarde. Tengo la impresión de que, hasta que los bombarderos rusos no hayan arrasado Varsovia, no comprenderemos que existe una amenaza existencial.  Lo que hicimos contra la pandemia debemos ser capaces de hacerlo frente al riesgo de guerra,  la catástrofe climática y nuestro retraso tecnológico. Si no, Europa se convertirá en un conjunto de ciudades-museo para tycoons americanos, dignatarios del PC Chino, emires qataríes y oligarcas rusos.

Hay quienes se oponen a esta idea de Europa. En todas partes hay un auge de los partidos nacionalistas de extrema derecha.

Estamos en una crisis de civilización, una crisis de la democracia liberal occidental. Ninguna está inmune. ¿Por qué? En primer lugar, porque ya no sabemos quiénes somos, cuál es nuestro papel en la Historia. Estamos en una especie de vértigo identitario. En segundo lugar, las democracias occidentales han vivido 80 años de progreso y estabilidad gracias a la promesa que se hizo a su clase media de mejorar sus condiciones de vida, su existencia, a través del trabajo. Y esa promesa ya no se cumple. El resultado de ello es el auge del populismo. Pero limitarse a subir a una barricada y decir “¡No pasarán, fascistas!”, no es suficiente. Hay que responder a esa promesa incumplida. Hay que entender por qué la clase media, que está atravesando una crisis de identidad y una crisis social, se vuelve contra las democracias liberales, contra el pensamiento progresista. Frente a la crisis identitaria, debemos reapropiarnos de la idea de que se puede hablar de la identidad de un pueblo, de lo que significa formar una nación. Y en eso la izquierda ha fallado.

¿Una crisis identitaria exacerbada por la inmigración?

Si somos incapaces de decir quiénes somos, cualquier presencia extranjera será percibida como hostil. La crisis migratoria es, ante todo, una crisis de definición de lo que somos, de inseguridad cultural o identitaria. Tenemos que ser capaces de contarlo. ¿Quiénes somos¿ ¿Qué significa ser español, catalán, francés? ¿Qué significa ser europeo? Si nos contentamos con decir simplemente “¡fascista, fascista!”, cuando alguien responde a esta angustia, seremos barridos por los pueblos.

La extrema derecha tiene especial predicamento entre los más jóvenes, ¿por qué?

Sobre todo entre los chicos, sí, que se sienten desestabilizados a la vez en su identidad nacional y de género. Las chicas, en cambio, son más de izquierdas.

Es una fractura preocupante, ¿a qué la atribuye?

Los jóvenes de hoy en día se sienten amenazados tanto por el declive de Europa en el mundo, como por el declive de su país, por su propio declive social y también por un declive de género. Me refiero al auge del feminismo, que es sin duda una de las principales transformaciones positivas de nuestras sociedades y, en particular, de la sociedad española, porque es en España donde se ha producido el cambio más espectacular en este sentido. Son grandes cambios. Pero estos cambios han debilitado a millones de jóvenes que no encuentran su lugar y que tienen la impresión de estar estigmatizados o excluidos del discurso sobre lo que somos juntos. Frente a esto, existe la idea de que ahora es la extrema derecha la que va a encarnar el gran cambio, la que tiene el impulso revolucionario, mientras que la izquierda aparece como la defensora de las élites y del statu quo. Y eso es un reto enorme al que nos enfrentamos. Tenemos que conseguir demostrar que la democracia sigue siendo transformadora. Está en juego la propia existencia de nuestras democracias, del espíritu democrático. Y si no conseguimos refundarlo, no resistiremos ni a la extrema derecha en nuestros países ni a Putin en nuestras fronteras. Es una carrera contra reloj.

Francia está inmersa en una profunda crisis política. ¿El sistema de la V República ha muerto?

Esta verticalidad del poder se ha acabado. El presidente Emmanuel Macron ha llevado la concentración del poder a su máxima expresión y eso ya no funcionará. Por eso hay que cambiar el sistema electoral, pasando a uno proporcional,  y descentralizar el poder, hacer que la democracia francesa respire. No podemos seguir con una situación en la que cada cinco años elegimos a un rey todopoderoso y todo el país se vuelve dependiente de sus caprichos. Ya hemos visto lo que ha pasado con Macron. Cuando elegimos a Narciso y Narciso decide romper el juguete que tiene en las manos como un niño, toda Francia entra en crisis. Eso ya no es posible. Tenemos que convertirnos en una democracia adulta.  Esto supone un cambio institucional, pero también una revolución mental. Hay que dejar de buscar constantemente el regreso del rey.


¿Puede Ucrania ganar la guerra?

Newsletter 'Europa'

Rusia, que multiplica las provocaciones en las fronteras de la UE, afronta graves problemas económicos

 

“Tras conocer y comprender plenamente la situación militar y económica entre Ucrania y Rusia, y tras observar los problemas económicos que está causando a Rusia, creo que…”. Con este curioso y desconcertante arranque, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, introdujo esta semana un giro copernicano en su opinión sobre la guerra de Ucrania. En un mensaje colgado en su red social particular -Truth Social-, Trump hizo un nuevo vaticinio según el cual Ucrania no solo no se enfrenta a una derrota inevitable -hasta ahora, el mensaje oficial de la Casa Blanca-, sino que puede ganar la guerra y recuperar todos los territorios arrebatados por Moscú, incluyendo la península de Crimea (anexionada en 2014)

Todo indica que, decepcionado por la actitud del presidente ruso, Vladímir Putin, a quien ha agasajado todo lo agasajable sin resultado tangible, Trump ha decidido poner fin a su operación seducción y lavarse las manos sobre una posible salida negociada al conflicto (pinchando de paso el orgullo de Moscú, a quien tilda de “tigre de papel”). En su mensaje, el presidente se desentiende en gran medida de la guerra, subrayando que la ayuda a Ucrania debe provenir de la Unión Europea y la OTAN, y tan solo promete seguir suministrando armas -esto es, vendiéndolas- para que la Alianza “haga con ellas lo que quiera”.

El radical cambio de discurso de EE.UU. rompe el relato imperante según el cual Ucrania no tenía otra opción que rendirse ante la superioridad de Rusia. El Kremlin alimenta activamente esta idea y recientemente transmitió a través de la agencia Bloomberg la idea de que Putin no concibe otra cosa que una victoria y está determinado a impulsar una nueva escalada militar hasta alcanzar sus objetivos. Sus ataques masivos con drones sobre las ciudades ucranianas parecen tratar de demostrarlo, y de demostrárselo particularmente a un Trump cada vez más descreído. Al igual que las provocaciones en las fronteras de la OTAN.

Lo cierto es que Ucrania, que ha resistido ya tres años y medio los avances rusos, ha demostrado una gran resiliencia y se está convirtiendo -si no lo ha hecho ya- en una pujante potencia militar, especialmente en el nuevo tipo de guerra basado en el uso de drones. Hasta el punto de que la OTAN quiere enviar militares e ingenieros a Kyiv a formarse en este terreno y la UE anunció recientemente una inversión de 6.000 millones de euros en una alianza industrial con Ucrania para la fabricación conjunta de UAV (Vehículos Aéreos No tripulados)

En Rusia, el esfuerzo de guerra se está comiendo literalmente la economía, sin que ello se traduzca decisivamente en el campo de batalla. Moscú dedica ya a la guerra alrededor del 50% del PIB, unos 500 millones de euros diarios, mientras los ingresos por la venta de petróleo, que representan un tercio del total, se están hundiendo -han caído un 18,5 % en el primer semestre del año- en gran parte por el descenso del precio del barril. Kyiv contribuye a ello atacando oleoductos -como el Druzhba, que suministra a Hungría y Eslovaquia- y refinerías de petróleo.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha fijado a la baja las previsiones de crecimiento de Rusia para este año al 0,9% -frente a índices de años anteriores de en torno al 4%-, mientras que el pasado mes de junio el ministro de Economía, Maxim Rechetnikov, admitió que el país se encontraba “al borde de la recesión”. Con un déficit al alza y unos ingresos a la baja, el Gobierno ruso se va a ver obligado a recortar gastos sociales -ya que no en defensa- y aumentar impuestos. De momento, el IVA va a subir del 20% al 22%. Mientras, la inflación crece (está en el 8,1%) y los tipos de interés siguen muy altos (el tipo director está en el 17%)

Entonces… ¿Ucrania puede ganar? Así lo cree, entre otros, el historiador Phillips P. Obrien, profesor de Estudios Estratégicos en la Universidad de St. Andrews (Escocia), para quien “Rusia es una potencia enormemente sobrevalorada”, con una economía cada vez más débil. “Por primera vez, Trump dijo claramente lo que siempre ha sido verdad”, ha escrito en Substack, un cambio que atribuye a nuevos informes de inteligencia de EE.UU. Lo mismo piensa el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con base en Washignton, cuyos analistas consideran que “una victoria militar rusa en Ucrania no es inevitable, y que Ucrania, EE.UU. y los países europeos mantienen el control sobre el resultado de la guerra”.

La ayuda exterior sigue siendo aquí fundamental. Y es justamente por parte norteamericana por donde ha empezado a fallar. La UE se ha convertido ya en el principal apoyo de Ucrania. Más de la mitad de la ayuda occidental -militar, económica y humanitaria-, 167.400 millones de euros, han sido aportados por Europa, frente a 114.600 millones de EE.UU. Con Trump de nuevo en la Casa Blanca, Washington ha decidido inhibirse en gran parte del conflicto y el mensaje del presidente así parece confirmarlo. El final podría firmarlo Poncio Pilatos: “¡Buena suerte a todos!”.

 

Provocaciones calculadas. En este contexto, Rusia ha multiplicado en las últimas semanas los incidentes en las fronteras de la OTAN. El 10 de septiembre una veintena de drones rusos kamikazes Shahed 136 y Geran 2 -sin carga explosiva- se adentraron en territorio de Polonia bastantes kilómetros antes de ser derribados. Cinco días después otro dron apareció en Rumanía. Y el día 19, tres aviones de combate rusos MiG-31 entraron en el espacio aéreo de Estonia, antes de ser interceptados por aviones de la OTAN y conminados a salir del territorio. Ese mismo día, otros dos aviones rusos -¿acaso los mismos?- sobrevolaron a baja altura una plataforma petrolera en el mar Báltico de la compañía polaca Petrobaltic. Y Alemania también ha señalado el sobrevuelo de una de sus fragatas en el Báltico por un avión ruso.

Todo ello aderezado por unas masivas maniobras militares conjuntas -con la participación de 100.000 soldados, ya finalizadas- en Bielorrusia y en medio de acciones de guerra híbrida en las que todo el mundo ve la mano de Moscú, como los ciberataques sufridos por los aeropuertos de Bruselas, Berlín y Londres (Heathrow), o los reiterados vuelos de drones que han distorsionado el tráfico aéreo en Copenhague y otros aeródromos daneses.

Para los expertos, no se trata de accidentes, sino de acciones calculadas. En opinión del ISW, “Rusia está probando deliberadamente los límites de las capacidades de la OTAN con diversas incursiones aéreas en un esfuerzo por recopilar datos sobre las medidas de respuesta y la voluntad política de la Alianza" que Rusia podría aprovechar en futuros conflictos.

“Es una clara provocación con dos propósitos bien definidos”, sostiene por su parte en una reciente nota el analista Jesús A. Núñez Villaverde, del Instituto Elcano. “Por un lado, desde el punto de vista militar, acciones de este tipo buscan chequear el despliegue y el nivel de operatividad de las defensas antiaéreas del enemigo (…) Por otro, en el plano político, cabe imaginar que Putin busca tensar aún más las relaciones entre EE.UU. y sus aliados europeos de la OTAN y ensanchar las fracturas internas entre los miembros de la UE, poniendo a prueba su unidad y la voluntad de los gobiernos nacionales en su apoyo a Ucrania y en la estrategia a seguir con la propia Rusia”.

Ante esto, ¿qué hacer? Muy desenvuelto esta semana, Donald Trump defendió que la OTAN derribe los aviones rusos que violen su espacio aéreo, durante un encuentro con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la sede de la ONU en Nueva York, aunque se guardó mucho de comprometer a su país en una respuesta militar: “Depende de las circunstancias”, dijo. El propio secretario general de la Alianza, Mark Rutte, no descartó una acción de este tipo si se produce una amenaza inminente contra la seguridad, aunque el presidente francés, Emmanuel Macron, mucho más circunspecto, ha marcado distancias.

El 24 de noviembre de 2015, un avión de combate ruso Shukoi Su-24 fue derribado por cazas turcos por haber violado el espacio aéreo de Turquía -país miembro de la OTAN- cerca de la frontera con Siria. Las autoridades de Ankara aseguraron que el cazabombardero ruso, cuyos dos pilotos murieron, ignoró hasta diez advertencias de las fuerzas aéreas turcas. Moscú lo negó y el presidente ruso, Vladímir Putin, acusó a su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, de haber propinado un “golpe a traición”. Pero no pasó nada. El incidente, vinculado directamente a la guerra civil en Siria, donde cada uno tenía aliados contrapuestos, no desencadenó un enfrentamiento armado y ambos países acabaron enterrando la disputa meses después. Nada asegura que aquí hubiera el mismo desenlace.

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

¿En qué momento se jodió EE.UU.?

'Visión periférica'

La democracia en EE.UU. agoniza sin que nadie ponga freno a la deriva autoritaria de Donald Trump, cada vez más agresivo. La sociedad norteamericana asiste impasible a su colapso, como la rana que al final se deja cocer en el agua hirviendo.


"¿En qué momento se jodió el Perú?”, le hace preguntarse Mario Vargas Llosa al protagonista de la novela, Zavalita, en su colosal Conversación en La Catedral (1969). La misma pregunta podría hacerse hoy sobre Estados Unidos. La democracia norteamericana agoniza ante nuestros ojos. EE.UU. se ha dejado arrastrar de la mano de Donald Trump –presidente con vocación de autócrata– a una marcada deriva autoritaria sin que los resortes del Estado democrático se hayan activado para frenarla. Hasta el punto de que lo oportuno, a estas alturas, sería preguntarse si se ha sobrepasado el punto de no retorno y si la democracia estadounidense no puede darse ya por muerta.

En los últimos ocho meses, Trump ha tensionado o violentado todos los principios democráticos. Ha gobernado por decreto en detrimento del poder legislativo –gracias a un Congreso acomodaticio que le ha dejado hacer–, ha ejecutado purgas ideológicas en la Administración federal a todos los niveles; ha desobedecido  órdenes de los tribunales; ha desplegado al ejército en las grandes ciudades con el pretexto de combatir la delincuencia; extorsiona a las universidades para que se alineen políticamente, y lanza al FBI contra los disidentes –como su ex consejero John Bolton–.

El presidente de EE.UU. está cercenando la libertad de expresión atacando a las voces críticas –con despidos de humoristas en televisión, amenazas de supresión de licencias y demandas astronómicas contra la prensa escrita–, busca la manera de impedir un triunfo demócrata en las elecciones legislativas midterm del 2026 por medios tramposos –anulación del voto por correo, rediseño de las circunscripciones electorales en beneficio de los republicanos– y ahora utiliza el asesinato del influencer conservador Charlie Kirk para reprimir a las organizaciones de izquierda (lo que no se le ocurrió hacer con la extrema derecha, sus propias bases, tras el asesinato de una congresista demócrata de Minnesota y su marido en junio)

Las acciones son cada vez más agresivas, mientras gran parte de la sociedad norteamericana contempla complacida cómo sueña públicamente con presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales en el 2028 –algo prohibido por la Constitución– y sugiere que el país desea un dictador. Todo ello sin que la máxima instancia judicial, el Tribunal Supremo –de mayoría abrumadoramente conservadora y tres de cuyos nueve miembros fueron directamente designados por Trump– mueva un solo dedo. Y sin que la oposición demócrata –con la excepción de un puñado de figuras, como Gavin Newsom, Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez– presente resistencia.

¿Cómo ha llegado EE.UU. hasta aquí?  El politólogo Daniel Ziblatt, profesor de la Universidad de Harvard y coautor del libro Cómo mueren las democracias, ha analizado el colapso de la República de Weimar y el ascenso de Adolf Hitler en la Alemania de los años treinta, y alerta sobre el riesgo de la rendición gradual de las democracias ante los autócratas. La legitimación de los nazis por parte de la derecha alemana –que pretendía utilizarlos en su beneficio– y el ofrecimiento posterior a Hitler de la Cancillería del Reich –pese a que solo tenía el 30% de los votos y en la confianza de poder manejarle a su antojo– acabarían desembocando, concesión tras concesión,  en la aprobación de la Ley Habilitante de 1933 que otorgaría al Führer todo el poder y traería la dictadura.

“La democracia rara vez muere de un momento a otro, se erosiona mediante la abdicación”, advierte Ziblatt, para quien la gran lección de Weimar es que “el extremismo nunca triunfa por sí solo, triunfa porque otros lo facilitan: por su ambición, por su miedo o porque juzgan mal los peligros de las pequeñas concesiones”, escribía este verano en Foreign Affairs.

¿En qué momento se produjo la decisión fatal que abrió el camino a la deriva autoritaria actual en EE.UU.? Los historiadores analizarán en el futuro las sucesivas encrucijadas en las que la democracia estadounidense pudo frenarla. Probablemente la primera ocasión, y la primera renuncia, se produjo cuando los republicanos impidieron en febrero del 2021 que el Senado despojara a Trump de sus poderes (en su segundo impeachment) por incitar al asalto del Capitolio el 6 de enero con el objetivo de impedir la certificación de la victoria del demócrata Joe Biden en las elecciones de noviembre del 2020 y retener el poder. Un intento de golpe de Estado en toda regla (uno de verdad, tal como lo define la Real Academia de la Lengua Española, una acción violenta y rápida para hacerse con el gobierno, no como los que se cuentan por aquí)

La segunda oportunidad perdida fue cuando el Supremo, en julio del 2024, dictó una sentencia en la que falló que “todo expresidente tiene derecho a inmunidad absoluta frente a un proceso penal por acciones dentro de su autoridad constitucional concluyente”. Lo que abrió la puerta a que volviera a presentarse en las elecciones y se archivaran todas las investigaciones abiertas en su contra.

Desde que la formuló, la pregunta de Vargas Llosa sobre el Perú ha suscitado infinitas respuestas. La del escritor  peruano Jeremías Gamboa es quizá de las más perturbadoras: “La brillantez de esa pregunta es que no tiene respuesta, o tiene una respuesta demasiado quemante: el Perú se jodió al momento mismo de nacer. Su concepción tuvo como base un hecho asimétrico y brutal que fundó una nación herida y enemistada con una de sus mitades, la indígena”. La analogía es tentadora. Quizá EE.UU. empezó a joderse también en el mismo momento de su fundación, cuando creyó poder construir una democracia solo para los blancos, asentada en el exterminio de los indígenas y la esclavitud de millones de negros africanos.


Dos Europas frente a frente

Newsletter ‘Europa’

La UE se desgarra entre la necesidad de una mayor integración y crecientes fuerzas centrífugas

 

Ocho meses han bastado, los que lleva Donald Trump en la Casa Blanca en su segundo mandato -mucho más radical que el de 2017-2020-, para poner crudamente en evidencia la fragilidad geopolítica de Europa, un gigante económico que no alcanza a ser una superpotencia. Extorsionada y ninguneada por su teórico aliado, la Unión Europea se ha visto forzada a aceptar un acuerdo comercial desequilibrado e imposiciones de gasto impensables por parte de Estados Unidos, mientras era ignorada en los grandes conflictos internacionales, desde Ucrania a Gaza.

Lo resumió claramente hace unas semanas, en un seminario en Rimini, el expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y ex primer ministro italiano, Mario Draghi: “Durante años, la UE creyó que su tamaño económico, con 450 millones de consumidores, le otorgaba poder geopolítico e influencia en las relaciones comerciales internacionales. Este año será recordado como el año en que esta ilusión se desvaneció”.

El martes, Draghi acudió a Bruselas con motivo del primer aniversario de la entrega de su informe sobre la competitividad de la UE, en el que proponía ambiciosas reformas para recuperar el terreno perdido y poner a Europa a la altura de EE.UU. y China. Su diagnóstico no fue demasiado optimista. Todo va demasiado lento, dijo, y advirtió que los retrasos tienen un coste: según datos del BCE, las necesidades de inversión anual de Europa en el periodo 2025-2031 han pasado en un año de 800.000 millones a 1,2 billones de euros. El italiano puso en cuestión que los gobiernos hayan “comprendido la gravedad del momento”.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quiso ver el vaso medio lleno y relató las iniciativas que el Ejecutivo de Bruselas ha puesto en marcha en el último año (Brújula de la Competitividad, Pacto para una Industria Limpia, plan de gigafactorías para la IA, Plan de Acción para una Energía Asequible, Unión de Ahorros e Inversiones, aumento de la inversión en defensa con el programa SAFE, próxima propuesta de un Fondo de Competitividad de 400.000 millones de euros, hoja de ruta para eliminar las barreras del mercado único en 2028…) Sin embargo, un informe del think tank European Policy Innovation Council (EPIC) sostiene que solo se ha completado el 11,2% de las 383 medidas propuestas por el informe Draghi. ¿Lento? Más bien sí.

Uno de los principales retos de la UE, en que poco o nada se ha avanzado, es acabar con la fragmentación de hecho del mercado interior por la superposición de reglamentaciones nacionales. La no culminación del mercado único tiene un coste equivalente, según cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI), al que tendrían unos aranceles interiores del 45% para los bienes y del 100% para los servicios. ¡Ríete tú del 15% de Trump! En este terreno, es clamorosa la ausencia de una unión de los mercados de capitales, que hace que gran parte del ahorro de los europeos -unos 300.000 millones de euros al año- se invierta en EE.UU. y no en Europa.

Draghi hace mucho hincapié en la culminación del mercado único, sobre la que los 27 llevan una década mareando. Y también en la necesidad de seguir aplicando el modelo, ya ensayado con los fondos Next Generation para superar la crisis económica provocada por la pandemia de covid, de financiar grandes programas de inversión comunes con la emisión de deuda conjunta. Una propuesta que eriza el vello de los países llamados frugales (Austria, Dinamarca, Países Bajos, Suecia), que ven ahí la puerta abierta a todos los desmanes, y que incomoda a otros, como Alemania.

No va a ser fácil que accedan de nuevo. De hecho, la austeridad comunitaria parece ser tendencia en este otoño de 2025. De cara a los próximos presupuestos comunitarios -subrayan fuentes de Bruselas-, la mayoría de los países miembros rechazan aumentar sus aportaciones pese a que está previsto incrementar los gastos en defensa y competitividad. Lo cual, si no se encuentran nuevas y suficientes fuentes de ingresos -otro campo de batalla-, irá necesariamente en detrimento de otras partidas, como la Política Agraria Común (PAC) o los fondos de Cohesión. Salir del marasmo económico y geopolítico que denuncia Draghi necesita inversiones masivas, pero también y sobre todo una apuesta decidida por profundizar la integración europea, económica y política. Si Europa quiere ser escuchada en el mundo, debe dotarse del poder político y militar necesario y hablar con una sola voz, algo que hoy por hoy parece una quimera. La propia Von der Leyen, en el reciente debate sobre el Estado de la Unión, clamó por introducir el voto cualificado en la política exterior y abandonar definitivamente los “grilletes” de la unanimidad.

Sin embargo, esta vía choca frontalmente con las fuerzas centrífugas que se han desatado en el interior de la Unión. No es ya que los gobiernos tiendan a dar prioridad a los intereses nacionales frente a los comunitarios en muchos asuntos, sino que las fuerzas abiertamente euroescépticas o antieuropeas -nacionalistas y de extrema derecha- está creciendo exponencialmente en todo el continente. Tras el Brexit, ya nadie quiere abandonar el club. Pero su apuesta común es reducir la UE a la mínima expresión, convertirla en una especie de cáscara vacía de contenido y devolver todo el poder a los Estados nacionales.

Los nacionalistas gobiernan o participan hoy en el gobierno de media docena de países de la UE: Croacia, Eslovaquia, Finlandia, Hungría, Italia y Países Bajos (en Italia, Giorgia Meloni se ha alineado coyunturalmente con el mainstream europeo, pero nada le impedirá volver a sus raíces euroescépticas si cambian las tornas, mientras que la salida del Gobierno neerlandés del partido de Geert Wilders, minoritario pero el más votado, debe entenderse como algo temporal, a la espera de las elecciones anticipadas del próximo octubre). Y en otros ocho, pese a no estar en el Gobierno, los nacionalistas son la primera o segunda fuerza electoral (bien tras los últimos comicios, bien en los sondeos): Alemania, Austria, Bélgica, Francia, Polonia, Portugal, República Checa y Rumanía. También en el Reino Unido, aunque ya fuera de la UE, las cosas van por aquí.

“Destruir la integración europea para regresar a la soberanía nacional no haría sino exponernos aún más a la voluntad de las grandes potencias”, ha advertido con razón Mario Draghi ante la tentación de repliegue. El pulso político dominante en las sociedades europeas, sin embargo, va en buena medida en el sentido contrario. El escenario que dibujan los nacionalistas, bajo el equívoco eslogan trumpista de Make Europe Great Again, es el de una Europa compuesta por diminutos países mirándose el ombligo, orgullosos de sus presuntas glorias pasadas y prestos a rendir servidumbre a los nuevos grandes señores feudales del mundo.

 

Test electoral en Alemania. Los electores del land de Renania del Norte-Westfalia acudieron el domingo pasado a las urnas para elegir a sus ayuntamientos. Pese a tratarse de unas elecciones locales parciales, habían despertado el interés por tratarse de las primeras desde que el democristiano Friedrich Merz fue elegido canciller.  La CDU volvió a ganar, seguida en segundo lugar por el SPD, pero lo más destacable es que la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) -fuerte en los lander del este y otrora casi testimonial en los del oeste- triplicó sus votos, pasando a obtener el 16,4%. Los últimos sondeos de intención de voto a nivel general otorgan a la AfD un 26%, empatando en cabeza con la CDU.

Francia, degradada. La inestabilidad política, en un contexto de déficit desenfrenado y endeudamiento creciente, ha llevado a la agencia de notación Ficht a rebajar la calificación de la deuda soberana de Francia de AA- (calidad elevada) a A+ (calidad media superior), un nivel más próximo al de España (A-) que al de Alemania (AAA). Mientras el nuevo primer ministro francés, Sébastien Lecornu, multiplica los contactos para tratar de formar un gobierno mínimamente estable y abordar los presupuestos del 2026, los sindicatos organizaron ayer una jornada de huelgas y manifestaciones contra los recortes que movilizó a cientos de miles de personas y se tradujo en paros parciales en los servicios públicos.

Sanciones a Israel. Tal como anunció Uursula von der Leyen ante el Parlamento de Estrasburgo la semana pasada, la Comisión Europea ha aprobado proponer sanciones contra Israel por lo que la ONU ha calificado ya de genocidio en Gaza. La propuesta incluye suspender la parte comercial del Acuerdo de Asociación, sancionar a dos ministros extremistas israelíes y a los colonos violentos de Cisjordania, y paralizar las ayudas bilaterales. Fuera de esto último -que es lo único que depende directamente de Bruselas y que es testimonial-, lo demás depende del acuerdo de los 27, ya sea por mayoría cualificada o por unanimidad. Visto lo que ha pasado hasta ahora, corre el serio riesgo de quedar en nada

 

 

 

domingo, 14 de septiembre de 2025

General Von der Leyen

Newsletter ‘Europa’

Encarnar a la Unión Europea puede deparar algunos momentos de gloria y muchos sinsabores. Lo sabe bien Ursula von der Leyen (alemana de Bruselas, donde nació como en una especie de augurio), otrora elogiada y hoy fuertemente discutida presidenta de la Comisión Europea. Si en 2020-2022 todo eran flores, gracias a la rápida, unida y efectiva reacción de la UE frente a la pandemia de covid (vacunas), la crisis económica que le siguió (fondos Next Generation) y la invasión rusa de Ucrania, los cambios producidos por el retorno este año de Donald Trump a la Casa Blanca han trocado esa imagen por la de la debilidad, la impotencia y la división. Y la jefa del Ejecutivo comunitario lo está pagando.

Quizá por ello, Ursula von der Leyen arrancó el miércoles su discurso sobre el Estado de la Unión con fuerza militar. “Europa está en combate” fueron sus primeras palabras. Y en lo que por momentos pareció la arenga de un general dirigiéndose a sus tropas, llamó a la movilización general. “La UE es un proyecto de paz, pero el mundo de hoy es implacable y no podemos limitarnos a esperar a que pase la tormenta”, afirmó.

Ante la construcción de un nuevo orden mundial basado en el poder -alertó-, “Europa ha de luchar por su lugar en el mundo”, defendiendo su independencia y libertad frente a “potencias ambivalentes y hostiles”. Y se interrogó: “¿Tiene Europa estómago para este combate? ¿Tiene la unidad y el sentido de la urgencia? ¿O preferimos luchar entre nosotros?”. “Solo una Europa unida podrá ser una Europa independiente”, subrayó.

La incursión de una docena de drones rusos en el espacio aéreo de Polonia -calculadamente accidental- sirvió para reforzar sus palabras y añadir dramatismo al momento: “Europa defenderá hasta el último centímetro de su territorio”, aseguró quien fuera ministra de Defensa de Angela Merkel. Grandes palabras. Y también grandes preguntas. Las respuestas, sin embargo, siguen siendo ambiguas y contradictorias. Sería muy fácil e injusto, sin embargo, cargar todas las faltas en la general Von der Leyen, cuando la mayor responsabilidad está en el Estado Mayor de la UE. Esto es, en los gobiernos de cada uno de los 27 países miembros.

Veamos Ucrania. Europa es hoy quien más ayuda económica y militar aporta a Kyiv –170.000 millones de euros desde el inicio de la guerra-, hasta el punto de que ya es el principal donante, por delante de Estados Unidos; se propone reforzar al ejército ucraniano financiando -con 6.000 millones- una alianza industrial para la fabricación de drones (el arma fundamental actualmente en el campo de batalla, donde los carros de combate han pasado a segundo plano), promete -por enésima vez- recurrir a los fondos rusos congelados en los bancos europeos para sostener el esfuerzo de guerra de Kyiv y prepara una nueva oleada de sanciones económicas (la 19ª) contra Moscú.

Pero la capacidad de Europa para cambiar el curso de los acontecimientos y forzar al líder ruso, Vladímir Putin, a negociar un alto el fuego es prácticamente nula. Solo EE.UU. tiene capacidad para ello. Y Trump, el ambivalente, no ha conseguido hasta ahora ninguna concesión de calibre de su homólogo ruso (ni en la sonrojante cumbre de Alaska ni después).

La UE como tal, debido a sus divisiones internas, no pinta nada. Un puñado de países europeos y extracomunitarios, liderados por Francia y el Reino Unido, reunidos en la llamada “coalición de voluntarios”, se muestran determinados a implicarse en una resolución negociada del conflicto, contribuyendo a garantizar el cumplimiento de un eventual acuerdo de alto el fuego movilizando medios militares -aunque solo París y Londres parecen dispuestos a enviar tropas sobre el terreno-.

Pero todo este despliegue tiene mucho de performance, pues Moscú rechaza de plano toda presencia de soldados occidentales en Ucrania. Su objetivo fundamental es poner en evidencia a Putin, contrarrestar la narrativa de Moscú y evitar que Trump ceda a las pretensiones rusas, así haya que aceptar una humillante foto de grupo en la Casa Blanca (manual del mal menor, también aplicado en la negociación del acuerdo comercial con Washington). Así que no es de extrañar que, visto lo visto, la alta representante de Asuntos Exteriores de la UE, Kaja Kallas -quien como ex primera ministra estonia conoce de cerca al oso ruso-, calcule que, lejos de acabar, la guerra en Ucrania pueda durar todavía dos años más…

Mucho sería si durara dos años el asimétrico acuerdo comercial sellado finalmente con Trump en sus predios de Escocia a finales de agosto (15% de aranceles para los productos europeos exportados a EE.UU., 0% para los americanos en sentido inverso), vistos los vaivenes que emanan de Washington. En el hemiciclo de Estrasburgo, Von der Leyen volvió a defender el acuerdo como “el mejor posible dadas las circunstancias”.

Se trataba, subrayó, de evitar una guerra comercial total que pusiera en peligro el comercio con EE.UU. (más de 500.000 millones de euros en exportaciones) y millones de puestos de trabajo. Se trataba, sobre todo, de proteger a la industria del automóvil europea -castigada con aranceles provisionales del 27,5%- y particularmente la alemana, que estaba empezando a zozobrar. Aunque fuera a cambio de hincar la rodilla.

El problema, de nuevo, es que la “estabilidad y predictibilidad” buscada a toda costa no puede ser más frágil y el propio presidente estadounidense ya se ha encargado de ponerlo en evidencia con amenazas de nuevos aranceles como represalia por la multa de 2.950 millones de euros impuesta por Bruselas a Google por prácticas abusivas en la publicidad.

El annus horribilis de la UE, y de Von der Leyen, lo completa la guerra -si es que todavía se puede llamar así- de Gaza, donde el ejército israelí ha matado ya a más de 60.000 palestinos -la mayoría, civiles- ante la mirada impávida de Europa. No de sus ciudadanos, sino de sus instituciones. Cada vez más presionada para actuar -su propia vicepresidenta primera, la española Teresa Ribera, ha acusado a Israel de genocidio-, la presidenta de la Comisión admitió que lo que está ocurriendo es “inaceptable” y que “Europa debe hacer más” para tratar de detener las masacres.

Von der Leyen anunció, pues, en Estrasburgo la suspensión de la ayuda bilateral a Israel que concierne directamente a la Comisión -poca cosa en términos económicos- y propuso que la UE sancione a los ministros extremistas del Gobierno de Beniamin Netanyahu, así como a los colonos violentos de Cisjordania, y suspenda la parte comercial del Acuerdo de Asociación con Israel. Medidas de mucho más calado, sin duda, pero cuya traslación a la realidad se vislumbra más que incierta (ni siquiera la suspensión del programa científico Horizon, propuesta con anterioridad, se ha hecho efectiva) debido a las divisiones internas. Hay un grupo de países, encabezados por Alemania, que rechaza toda medida punitiva.

“Soy consciente de la dificultad de encontrar mayorías”, admitió con impotencia Von der Leyen, que al final de su discurso hizo un desesperado llamamiento a introducir el voto cualificado en la política exterior y abandonar definitivamente los “grilletes” de la unanimidad. Mientras no sea así -y no lo será todavía durante mucho tiempo-, Europa no tendrá voz en el mundo. Y la general Von der Leyen -mejor o peor estratega- tendrá que seguir lidiando con un ejército como el de Pancho Villa.


La obsesión de Weber. En su intervención durante el debate del Estado de la Unión, el líder de los populares europeos, el también alemán Manfred Weber, se dedicó en parte a socavar los intentos de Von der Leyen por afianzar la “mayoría propeuropea” que la votó y mantener a los socialistas a su vera. Mucho más propenso a buscar mayorías alternativas con algunos sectores de la extrema derecha y beligerante con la izquierda, el líder bávaro atacó a los socialistas por su rechazo al acuerdo comercial con Washington y aprovechó la ocasión para dar rienda suelta a su obsesión por el presidente español, Pedro Sánchez, y pinchar a la líder del grupo parlamentario socialdemócrata, la española Iratxe García. Weber opuso el socialismo español al que representa la primera ministra danesa, Mette Frederiksen -antiinmigración, prorrearme-, e hizo votos por que “la realidad política española no se desparrame por Europa”.

Francia en su laberinto. Cortes de carreteras, incendios provocados, manifestaciones, barricadas, paros salvajes… En la mejor tradición francesa, un atomizado movimiento de extrema izquierda de identidad difusa -aunque respaldado parcialmente por los sindicatos- organizó el miércoles una jornada general de protesta contra el presidente Emmanuel Macron y su política económica y social con la divisa “Bloqueemos todo”. El país no se bloqueó, pero hubo dificultades un poco por todo el territorio, en lo que podría constituir el germen de una protesta similar a la de los chalecos amarillos en 2019. Mientras eso pasaba, tomaba posesión como nuevo primer ministro el hasta ahora ministro de Defensa, Sébastien Lecornu, tercer intento de Macron de lograr un Gobierno estable desde el desastroso adelanto electoral del 2024. Su antecesor, François Bayrou, cayó el lunes en la moción de confianza que él mismo había convocado para hacerse el harakiri. Ya nadie se acuerda de él.


 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Proyecto Madagascar

'Visión periférica'

En 1940, antes de optar por la Solución Final, la Alemania nazi planeaba expulsar a los judíos de Europa a la isla de Madagascar. Hoy, Israel y EE.UU. estudian oficiosamente  la viabilidad de enviar a los palestinos de Gaza a algún país africano.


­­­­­­­­La isla de Wannsee, situada al sudoeste de Berlín, ha pasado a la Historia de la infamia como el lugar donde empezó a prepararse el Holocausto. Allí, en una gran villa situada en un entorno idílico, el 20 de enero de 1942 los jerarcas del régimen nazi, capitaneados por el siniestro Reinhard Heydrich, jefe de la Seguridad del Reich, decidieron los detalles de lo que bautizaron como la ‘Solución Final’ para la cuestión judía. Esto es, el exterminio de los 11 millones de judíos que, según sus cálculos, vivían entonces en el conjunto de Europa.

Hasta ese momento, siguiendo el avance de los ejércitos alemanes hacia el este, las SS se dedicaban al fusilamiento sistemático de los judíos que encontraban en los territorios ocupados (lo que se conoce como la Shoa por las balas). De lo que se trataba en Wannsee era de dar un paso más y abordar el genocidio  de forma industrial. Tras la comida, los participantes discutieron distendidamente los diversos métodos posibles para conseguir su objetivo, aunque de hecho ya se habían iniciado las primeras pruebas con el mortífero gas Zyklon B y empezado a construirse el campo de Auschwitz II-Bikernau.

Todo esto es de sobras conocido. Menos recordado es el hecho de que, al principio, los nazis no pensaban en métodos tan extremos: su objetivo era la expulsión de la población judía a otros territorios. El propio Heinrich Himmler, lugarteniente de Hitler y jefe de las SS, reprobaba inicialmente el genocidio –“método bolchevique de exterminación física”, según sus palabras–, que consideraba algo “no alemán e imposible”. Así lo recoge el historiador británico Antony Beevor en su obra La Segunda Guerra Mundial, donde explica que en mayo de 1940, Himmler había enviado al Führer un informe titulado Algunas reflexiones sobre el trato de las poblaciones de raza extranjera del este, en el que proponía, entre otras cosas, que los judíos fueran desterrados de Europa, organizando “una gran emigración a África o a alguna otra colonia”. Ahí nació el llamado Madagaskar Projekt.

La idea era deportar a los judíos a la isla de Madagascar, frente a las costas de África Oriental, que en la época era una colonia francesa. Dando por hecho el consentimiento de Francia –cuya derrota en 1940 convirtió al régimen de Vichy en siervo–, el plan preveía reasentar allí a un millón de judíos al año durante cuatro años, convirtiendo la isla en un estado policial controlado por las SS (lo que no hubiera dejado de ser otro tipo de pesadilla para las víctimas). El mayor obstáculo, que al final se juzgó decisivo para abandonar el proyecto, era la imposibilidad de enfrentarse a la fuerza naval británica.

En su obsesión por la pureza racial aria, los nazis aspiraban a deshacerse asimismo de otras poblaciones como los gitanos –que perecieron también en masa en los campos de exterminio– y los eslavos, a quienes consideraban una raza inferior. Para terminar con estos pensaron en deportarlos en masa a Brasil o incluso en matarlos sistemáticamente de hambre –así lo proponía el llamado Hungerplan, elaborado por el secretario de Estado de Agricultura  Herbert Backe–, que nunca se llevó a cabo como tal, aunque sí tuvo una traducción criminal en el trato que recibieron los prisioneros de guerra rusos.

La ensoñación nazi era vaciar las tierras soviéticas y repoblarlas con alemanes y europeos nórdicos. La península de Crimea, que fue rebautizada como Gotengau, estaba llamada a convertirse, según estos planes, en la nueva Costa Azul del imperio alemán en el mar Negro... Un objetivo que guarda escalofriantes similitudes con la idea apadrinada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y bienvenida por el gobierno israelí de Benaimin Netanyahu, de vaciar la franja de Gaza de palestinos, arrasar todo lo que no ha sido arrasado ya y edificar en su lugar un gran centro turístico de lujo. Una nueva Riviera en el Mediterráneo Oriental...

No se trata de una fantasía. El  diario The Washington Post reveló días atrás que la Administración norteamericana está ultimando un plan de reconstrucción de Gaza que implicaría la “relocalización”, en principio temporal y supuestamente voluntaria, de sus más de dos millones de habitantes y la atribución de la gestión de la franja a un fondo de inversión estadounidense durante diez años.

No es difícil imaginar el entusiasmo que esta idea suscita en los miembros más extremistas del gobierno israelí, que defienden sin  tapujos la expulsión de los palestinos de Gaza y la ocupación y recolonización definitiva del territorio (para después seguir con Cisjordania, donde Israel está expulsando ya a palestinos de sus tierras y extendiendo la colonización ilegal)

¿Pero dónde desplazar a los palestinos? El diario Financial Times ha revelado que el Boston Consulting Group (BCG), la consultora que habría preparado el plan para Gaza por encargo de un grupo de hombres de negocios israelíes –con la aquiescencia de Washington y  Jerusalén–, habría elaborado en paralelo un plan para enviar a los palestinos a dos países africanos: Somalia y Somaliland. Otras informaciones, contrastadas por las agencias AP y Reuters, sostienen que también ha habido contactos oficiosos con este fin con Sudán del Sur.  Egipto, que rechaza la expulsión de los palestinos, presiona por el otro lado para abortar estas maniobras.

El paralelismo entre lo que se planteaba a principios de los años cuarenta del siglo pasado en Europa y lo que está pasando hoy en Palestina, con los planes para deportar a los gazatíes a África y las matanzas masivas e indiscriminadas perpetradas por el ejército israelí –más de 60.000 personas, el 83% civiles, han muerto hasta ahora en Gaza, en lo que incluso prominentes figuras israelíes califican de genocidio–, no puede ser más turbador.


Alemania, el motor gripado

Newsletter ‘Europa’

La voluntad de Merz de recortar el Estado del bienestar pone a prueba al gobierno de coalición


La atención de Europa va a estar centrada la próxima semana en gran medida en París, donde el Gobierno de François Bayrou -salvo un giro de guion improbable- tiene los días contados. Solo habrá durado nueve meses, aunque ya será el triple de lo que duró Michel Barnier. Las perspectivas no son mejores hoy que entonces. Tanto si el presidente Emmanuel Macron nombra un nuevo primer ministro como si disuelve otra vez la Asamblea Nacional y convoca elecciones anticipadas -por segunda vez, un año después-, Francia va a agudizar de forma alarmante su inestabilidad política en medio de serias dudas sobre la salud de sus finanzas públicas y de una creciente contestación social. Al otro lado del Rhin, por comparación, Alemania parece más sólida. Sin embargo, la situación es asimismo inestable. El canciller Friedrich Merz, a la cabeza de un gobierno de coalición dividido y con una popularidad por los suelos, enfrenta una situación económica difícil y una agitación política al alza.

Merz, que tomó posesión como canciller en mayo pasado, ha planteado en Alemania una auténtica revolución, al romper el tabú del endeudamiento público flexibilizando las normas para triplicar en los próximos cuatro años los gastos de defensa -hasta 152.800 millones de euros en 2029- y dotar un fondo especial para invertir 500 000 millones de euros en la renovación de sus maltrechas infraestructuras en los próximos doce años. Habrá que ver dónde conduce todo esto en materia de finanzas públicas a medio y largo plazo, pero el punto de partida no puede ser mejor: gracias a un rigor presupuestario extremo, Berlín cerró el año 2024 con un déficit del 2,8% y una deuda en torno al 62% del PIB, poco que ver con los parámetros franceses (5,8% y 114%, respectivamente)

La situación general de la economía, sin embargo, ofrece un horizonte mucho más sombrío. La semana pasada, la Oficina Federal de Estadística anunció que el PIB alemán experimentó en el segundo trimestre de este año una contracción del 0,3 %, superior a la prevista. Alemania, en recesión desde hace dos años -y con la economía estancada desde 2019-, es el país europeo en peor situación en este sentido. El Consejo de Expertos en Economía -organismo asesor del Gobierno federal- ha pronosticado para 2025 un estancamiento y solo un ligero repunte del 1% -y aun no seguro- en 2026. Para acabar de redondear el panorama, este agosto se franqueó el umbral psicológico de los tres millones de parados, algo que no sucedía desde hace una década.

El modelo económico alemán, basado en una potente industria exportadora dopada tradicionalmente con fuentes de energía baratas -el famoso gas ruso, ahora prácticamente interrumpido-, está en crisis. La pandemia de 2020, la guerra de Ucrania en 2022, la competencia creciente de China y el radical giro proteccionista de Estados Unidos con el retorno de Donald Trump este año a la Casa Blanca han sido letales, sobre todo para la industria automovilística, su punta de lanza. En buena medida, el esfuerzo inversor decidido por el Gobierno federal -más allá de reforzar la defensa frente a la amenaza de Rusia, que incluye aumentar los efectivos del ejército- busca reactivar la actividad económica. Lo que la economista Dalia Marin, de la Universidad Técnica de Múnich, ha designado en Le Monde como “keynesianismo militar”.

El gran interrogante es cómo va a pagarse todo esto, dado que para Alemania el endeudamiento público incontrolado sigue siendo poco menos que una enfermedad (recordemos que, en alemán, deuda y culpa tienen la misma raíz: schuld) Y aquí, Friedrich Merz ha hecho ya su elección: reacio a subir los impuestos, el canciller ha puesto la proa contra el gasto social. En un discurso pronunciado el 30 de agosto ante la conferencia de la CDU en Osnabrück, el canciller aseguró que el Estado del bienestar del que ha disfrutado hasta ahora Alemania “ya no es financieramente sostenible” y abogó por aprobar medidas “dolorosas”. "Llevamos años viviendo por encima de nuestras posibilidades”, dijo, utilizando una frase muy en boga en Francia.

Según el cálculo del ministro de Finanzas, Lars Klingbeil, el agujero que hay que llenar, por una vía u otra, es de 30.000 millones de euros a partir de 2027. Pero el menú para llevarlo a cabo no será fácil de ejecutar. Los socialdemócratas del SPD, sus socios de gobierno, han denunciado lo que consideran un intento de desmantelar el Estado social y proponen, por el contrario, un aumento de los impuestos a los más ricos. El debate promete ser áspero: la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales, Bärbel Bas, calificó el alarmismo sobre el Estado del bienestar de bullshit (mierda)…

Tampoco será fácil que los alemanes acepten sin rechistar los recortes (por más que difícilmente salgan a incendiarlo todo como suelen hacer los franceses). Friedrich Merz, en lo poco que lleva en la Cancillería, no parece haber logrado convencer a la opinión pública, que no le da mucho crédito: a los cien días, su popularidad estaba en un escaso 32%, muy por detrás de la que tuvieron en el mismo periodo sus predecesores, Olaf Scholz (56%) y Angela Merkel (74%). Más inquietante es la agitación social que reflejan los sondeos de intención de voto.

Las encuestas indican que la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), de resabios neonazis, empataría en cabeza con la propia CDU, con un 25% de apoyo, y algunos sondeos la sitúan incluso como la fuerza política más votada, con el 26%. Algo impensable en Alemania desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero un fenómeno que se está detectando asimismo en Francia y en el Reino Unido. Poco consuelo.


Prueba de fuego para una pareja. En dificultades ambos, Friedrich Merz y Emmanuel Macron tienen una excelente sintonía personal, que pretenden aprovechar para revitalizar la decaída pareja francoalemana. En el 25º  Consejo de Ministros Franco-Alemán, celebrado el 29 de agosto en la población francesa de Toulon, ambos mandatarios se mostraron decididos a superar los desacuerdos que les han lastrado en los últimos años -Berlín y París mantienen serias discrepancias en materia de política comercial, energía o defensa- y dar un nuevo impulso a su cooperación.

Uno de los recientes puntos de fricción es el concerniente al desarrollo del nuevo avión de combate FCAS (Future Combat Air System), compartido por Alemania, Francia y España, que a partir del 2040 debería sustituir a los cazas Rafale franceses y a los Eurofighters alemanes y españoles. El conflicto viene de la pretensión del fabricante francés Dassault -que participa en el proyecto junto a Airbus e Indra- de controlar el 80%. En Toulon, el asunto desapareció por completo de las conclusiones en materia de seguridad y defensa, como no estuviera oculto bajo la decisión de “restablecer” un “grupo de trabajo” para coordinar las cuestiones de cooperación en materia de armamento.

La gran prueba de fuego va a venir ahora con el acuerdo comercial entre la Unión Europea y los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), un pacto que ha tardado medio siglo en concretarse y que está lejos de suscitar la unanimidad en Europa. Bruselas calcula que el tratado abrirá a los productos europeos un mercado de 700 millones de consumidores y permitirá aumentar un 39% las exportaciones, por un valor de 49.000 millones de euros. Una oportunidad de oro a la vista de los aranceles impuestos por EE.UU. a las exportaciones comunitarias.

El del Mercosur es un acuerdo a la medida de los países industriales -Alemania en cabeza- que en todo caso puede perjudicar a los países agrícolas -con Francia, entre ellos-. Hasta ahora París había rechazado ratificar el tratado, pero al parecer las cláusulas de salvaguarda introducidas por Bruselas habrían desatascado el asunto, hasta el punto de que la Comisión ha decidido esta semana lanzar el proceso de ratificación. Habrá que ver, sin embargo, qué pasa en Francia cuando la tensión social aumente y con un Parlamento mayoritariamente a la contra.