domingo, 22 de agosto de 2021

Abandonad toda esperanza


@Lluis_Uria

Hace sólo una semana –parece una eternidad–, seis países de la UE dirigieron una carta a la Comisión Europea en la que manifestaban su rechazo a suspender las deportaciones de ciudadanos afganos a su país, desoyendo la petición expresa del moribundo Gobierno de Afganistán. Eran Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Grecia y  Países Bajos. Sería “una señal equivocada”, decían. Para entonces, los talibanes –que entre 1996 y 2001 instauraron un régimen de terror– iban ganando territorio con pasmosa rapidez, mientras se deshacía el ejército regular afgano y miles de ciudadanos huían hacia la capital, Kabul.

Sólo hace una semana, pero quien no quiere ver, no quiere ver. Únicamente alemanes y holandeses decidieron a los pocos días dar marcha atrás y suspender las expulsiones, algo que Francia había decidido en julio. Hasta ayer mismo, como quien dice,  Europa consideraba a Afganistán un “país seguro”, razón por la cual los afganos demandantes de asilo (sólo en el 2020 hubo 47.000 solicitudes) que veían su petición denegada eran devueltos a su país.

Ver en Afganistán un “país seguro” forma parte del mismo tipo de ceguera interesada que ha llevado a Estados Unidos y sus aliados de la OTAN a considerar, tras veinte años de ocupación, que el país había conseguido construir un Estado sólido y un ejército capaz (coartada última para llevar a cabo la retirada unilateral decidida por EE.UU.) En pocos días, la ficción ha quedado dramáticamente al descubierto. La invasión militar del 2001, en respuesta a  los atentados del 11-S, sirvió para expulsar del país a la organización terrorista Al Qaeda y desalojar del poder a los talibanes. Pero nada más. Y ni siquiera de forma duradera. Los talibanes han vuelto. Y respecto a lo de Al Qaeda, ya veremos.

No han sido sólo los países europeos los que han preferido mirar hacia otro lado. También Irán y Pakistán, con idénticos argumentos. De hecho, la propia Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) puso en marcha, poco después de la “pacificación” occidental del país, un programa de retorno voluntario que se ha mantenido hasta ahora mismo: entre marzo del 2002 y marzo de este año, 5,2 millones de afganos han regresado a su país.

Y, sin embargo, la paz nunca ha sido verdaderamente conquistada. Cada año, la víctimas civiles del conflicto –soldados occidentales y milicianos talibanes aparte– se han ido contando por miles. El primer semestre de este año el balance ha sido de casi 1.700 muertos. ¿Un país seguro? ¿En qué sentido?

Afganistán lleva en guerra más o menos intermitente los últimos cuarenta años y, tras Siria, es el país que más refugiados acumula en el mundo: entre 2,5 y 2,6 millones. Y el número amenaza ahora con dispararse.

Frente a esta tragedia, Europa ha decidido enrocarse detrás de un muro. Los países involucrados en la invasión de Afganistán –ya retiradas sus tropas– han puesto en marcha una operación de evacuación de sus nacionales y de unos pocos miles de colaboradores afganos y sus familias. Francia, que se enorgullece de autotitularse “la patria de los derechos del hombre”, ha prometido ayudar asimismo a aquellos militantes de los derechos humanos, artistas y periodistas cuya vida esté en riesgo por su compromiso.

Pero el resto de afganos, los ciudadanos de a pie, tendrán que apechugar. Las intervenciones el lunes de Angela Merkel y Emmanuel Macron –hay elecciones próximas en Alemania y Francia– ya lo dejaron claro. Y la reunión europea de ayer así lo confirmó. La apertura de fronteras del 2015 decidida para los refugiados sirios no se repetirá. La UE apuesta una vez más por externalizar el problema, pagando a los países vecinos. Los afganos pueden abandonar toda esperanza de que Europa acuda en su socorro.


lunes, 12 de julio de 2021

En medio, como el de Los Chichos


@Lluis_Uria

"Libre, libre quiero ser, quiero ser, quiero ser libre”, cantaban Los Chichos allá por el año 1973, su primer gran éxito discográfico. El alma del trío, uno de los grandes exponentes de la rumba flamenca, era Juan Antonio Jiménez Muñoz, El Jero, cronista de la vida callejera en los barrios marginales tomados por la droga y la delincuencia en los años setenta y ochenta. Principal compositor y vocalista del grupo –integrado también por los hermanos González Gabarre–, El Jero lo abandonó en 1990 para seguir su carrera en solitario. No le fueron las cosas muy bien. Años después, Estopa le dedicó la canción El del medio de Los Chichos.

Boris Johnson también quería ser libre. Y condujo al Reino Unido a abandonar la Unión Europea –no hace falta detallar ahora las dotes de trilero político que puso al servicio de tal empeño– con el objetivo de recuperar su plena soberanía. Sin embargo, y ésta es una más de las paradojas del Brexit, el primer ministro británico no ha querido romper el trío que forma con la alemana Angela Merkel y el francés Emmanuel Macron, y en el que hoy aparece como un elemento externo, incrustado en medio de la pareja francoalemana. Londres abomina de Bruselas, pero se aferra a Berlín y París.

En el nuevo documento estratégico Revisión Integrada de Seguridad, Defensa, Desarrollo y Política Exterior, aprobado el pasado mes de marzo, el Reino Unido se presenta como “un país europeo”, aunque con una proyección e intereses globales únicos que lo diferencian de los demás. Y declara a Estados Unidos como su “más importante socio y aliado estratégico”, mientras que los países europeos quedan en un segundo plano, reducidos a “socios vitales”. En su presentación, Boris Johnson reafirmó el compromiso británico con la seguridad de Europa, pero enfatizó más el interés por la región Indo-Pacífico que por el viejo continente, como si Londres sintiera, en tanto que recién divorciado, la necesidad de marcar diferencias con su ex. Entre los europeos, no obstante, el documento otorga una atención especial a tres países: Irlanda, por razones políticas e históricas obvias, y después  Francia y Alemania. Por este orden.

“Nosotros no tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber seguirlos”, dijo Lord Palmerston en el siglo XIX. Desde entonces, es una máxima no refutada. La principal ambición de los promotores del Brexit, una vez recuperada la plena autonomía en materia de política exterior, es devolver al Reino Unido un papel preeminente en todo el mundo –bajo el lema Global Britain–, sin compromisos ni condicionantes. De ahí que Johnson rechazara la oferta de la UE de incluir las relaciones internacionales en el Acuerdo Comercial y de Cooperación firmado con los 27 para regular las relaciones mutuas tras el divorcio.

El Reino Unido, quinta economía y quinto poder nuclear del mundo, no sólo es una potencia económica y militar, sino también diplomática. A través del Foreign Office –dotado con 17.300 efectivos– tiene  presencia directa en 229 países y participa en una decena de las principales organizaciones internacionales. Junto a Francia, es el único país europeo miembro permanente –con derecho de veto– del Consejo de Seguridad de la ONU.

Pero la Gran Bretaña de hoy está lejos de tener el peso y la influencia de las épocas imperiales. Y si algo son los británicos es esencialmente pragmáticos. Así que, con Brexit o sin Brexit, han decidido mantener y potenciar la alianza tripartita  tejida en los últimos años con sus dos grandes exsocios europeos: Francia, con quien mantiene acuerdos bilaterales de seguridad y defensa –los tratados de Lancaster House– y Alemania. El llamado grupo E3.

Todo empezó en el 2003, cuando los tres países iniciaron los contactos con Irán que acabarían desembocando en el acuerdo nuclear con Teherán del 2014, con la participación de EE.UU., Rusia y China. Desde entonces, Londres, París y Berlín han consolidado una línea de colaboración informal  que no se ha limitado al asunto de Irán y Oriente Medio, sino que se ha extendido a otros terrenos. Representantes del trío se reúnen regularmente y han emitido numerosas declaraciones conjuntas sobre los asuntos internacionales. Tras el Brexit, aún más.

El grupo E3 ha establecido también un canal con EE.UU., dando lugar a un formato bautizado como Quad: el pasado febrero, los responsables de Exteriores de los cuatro se reunieron por segunda vez para abordar la cuestión iraní, pero de paso hablaron también –según su comunicado– de Irak, China, el cambio climático, Birmania, la OTAN y la pandemia de covid... ¡Toda una agenda!

La existencia del E3 resulta muy útil a Londres –que pese a todas sus declaraciones de amor no siempre está alineado con Washington– y también a París y Berlín, que tienen así una vía para escapar del corsé de la política exterior comunitaria, mediatizada por la regla de la unanimidad (y que les valió recientemente una derrota a manos de los países del Este, que vetaron su propuesta de una cumbre con Rusia).  El problema, naturalmente, es que la potenciación del E3 amenaza con debilitar a la UE, como ya han advertido con cierto enojo algunos países, poniendo más plomo en las ya de por sí pesadas alas de la política exterior y de seguridad común. 


lunes, 28 de junio de 2021

Los robots ya han empezado a matarnos


@Lluis_Uria

En 1973, cuando enfilaba el final de una larga y exitosa carrera cinematográfica, el actor norteamericano de origen ruso Yul Brynner volvió a enfundarse su traje negro del Oeste para encarnar a un pistolero sin nombre. Un pistolero implacable y sin emociones. La película, titulada Westworld –en España, Almas de metal–, era una distopía futurista desarrollada en un parque temático que ofrecía a sus visitantes la posibilidad de protagonizar aventuras ambientadas en la Roma imperial, la Edad Media y el Salvaje Oeste, donde afrontaban –sin riesgo aparente– toda clase de peligros. Todos los figurantes del espectáculo eran robots programados para dar veracidad a la historia.

Naturalmente, las cosas no salen como estaban previstas y un fallo inexplicable hace que los robots se descontrolen y empiecen a perseguir a muerte a todos los humanos. La película, cuyo éxito llevó a realizar una secuela tres años después, Futureworld, y dio lugar a la actual serie homónima de HBO, fue una de las primeras en plantear el riesgo de rebelión de las máquinas contra los hombres (que ya había desarrollado Stanley Kubrick en 1968 en 2001: una odisea en el espacio, donde el computador de la nave Discovery, Hal-9000, tomaba el mando y trataba de eliminar a sus astronautas) Luego han venido muchas más.

El temor de que los seres humanos puedan llegar algún día a ser tiranizados o aniquilados por las máquinas que ellos mismos han creado viene de lejos. El escritor y bioquímico Isaac Asimov, autor de novelas de ciencia-ficción y divulgador científico, ya abordó la cuestión en la colección de relatos que escribió entre 1940 y 1950 reunidos bajo el título Yo, robot. Asimov estableció allí lo que a su juicio deberían ser las tres leyes fundamentales de la robótica. La primera reza así: “Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño”. Las otras dos remiten a la primera...

Hace tiempo que algunos de los países más avanzados tecnológicamente trabajan en el desarrollo de robots destinados a matar, máquinas-soldado que vulneran desde el primer momento de su concepción la primera ley de Asimov. Y hace el mismo tiempo que un grupo de países  y organizaciones internacionales no gubernamentales luchan denodadamente –hasta ahora sin éxito– por prohibir, o en el menor de los casos encuadrar restrictivamente, estos artilugios, que se han bautizado oficialmente como Sistemas de armas autónomas letales (LAWS, en sus siglas en inglés). Esto es, robots asesinos.

Pero la realidad avanza muy rápido y la amenaza tanto tiempo temida ha dejado de ser virtual para convertirse en un hecho. No se trata de un riesgo futuro o de una fantasía. Los robots asesinos ya han empezado a matar. Y han empezado a hacerlo en la guerra civil de Libia.

Un informe remitido el 8 de marzo pasado por el Grupo de Expertos  de ONU sobre Libia al Consejo de Seguridad constató por primera vez que drones militares completamente autónomos habían atacado a humanos sin intervención directa de ninguna persona. Los drones, de fabricación turca, fueron utilizados en la ofensiva lanzada en marzo del 2020 –o sea, un año antes– por las fuerzas gubernamentales libias contra las milicias del mariscal  Jalifa Haftar. El informe dedica sólo tres párrafos en sus 555 páginas a este asunto. Pero su lectura tiene un efecto desestabilizador.

“Los convoyes logísticos y las fuerzas afiliadas a Haftar en retirada fueron posteriormente perseguidos y atacados a distancia por vehículos aéreos de combate no tripulados o sistemas de armas autónomas letales como el STM Kargu-2 y otras municiones de merodeo”, señala el informe, que precisa que “los sistemas de armas autónomas letales se programaron para atacar objetivos sin requerir la conectividad de datos entre el operador y la munición”. Es decir, de algún modo, a su libre albedrío.

El Kargu-2 es un dron cuadricóptero de 7 kilos de peso desarrollado por la compañía turca STM, capaz una vez lanzado de buscar, seleccionar y atacar a sus objetivos de forma automática. Turquía ha utilizado drones en sus últimas intervenciones militares en el exterior, como Siria o Nagorno-Karabaj, pero el caso de Libia es el primero que se documenta sobre el uso totalmente autónomo de este tipo de armas. Sin dirección humana.

“Las unidades (de Haftar) no estaban ni entrenadas ni motivadas para defenderse del uso efectivo de esta nueva tecnología y normalmente se retiraban en desbandada. Una vez en retirada –prosigue el informe de Naciones Unidas– eran sometidos a un acoso continuo por parte de los vehículos aéreos de combate y los sistemas de armas autónomas letales”. No hay una evaluación sobre el número de víctimas que causaron. Pero puede intuirse el terror de las tropas perseguidas por un enjambre de drones atacando sin conciencia ni piedad.

Todo el debate está ahí. Hasta qué punto es moralmente aceptable permitir que una máquina inteligente pueda decidir de forma completamente autónoma, sin una decisión humana explícita, sobre la vida y la muerte de personas. Desde el año 2016 la ONU canaliza, a través de un Grupo de Expertos Gubernamentales, la discusión internacional de cara a acordar una legislación al respecto. Las cosas no han avanzado mucho, sobre todo a causa de los frenos que imponen los países más reticentes a la regulación: Estados Unidos y Rusia.

 Ambos países defienden la idea de que este nuevo tipo de armas pueden ser incluso beneficiosas por su fiabilidad, pues minimizarían los riesgos de un error humano. Los países contrarios y las oenegés más implicadas, como la Cruz Roja Internacional o Human Rights Watch –coordinadora de la campaña Stop Killer Robots–, consideran en cambio que son éticamente inaceptables y reclaman su prohibición.

Pero mientras se discute, los robots han empezado ya a matar. A matarnos. Ayer en Libia. Mañana...


lunes, 14 de junio de 2021

¡Adiós y sálvese quien pueda!

@Lluis_Uria


La paz es una promesa de liberación. Pero no siempre. Ni para todos. En la primavera de 1962, miles de argelinos que habían colaborado o trabajado para  el ejército y la administración colonial francesa en Argelia –conocidos como harkis– trataban desesperadamente de embarcar hacia Francia, huyendo de la venganza de los milicianos del FLN, mientras la antigua metrópoli se retiraba mirando hacia otro lado. En otra primavera, la  de 1975, miles de survietnamitas comprometidos con los norteamericanos se agolpaban para tratar de ser evacuados en los últimos helicópteros del ejército de Estados Unidos ante el temor de las represalias de las fuerzas comunistas del norte, que estaban entrando en Saigón.

El turno le ha llegado ahora a Afganistán. El inicio de la retirada definitiva de las fuerzas de EE.UU. y  sus aliados occidentales después de casi veinte años de guerra  –que ha de culminar el 11 de septiembre– está precipitando el desmoronamiento del ejército afgano ante al empuje de los talibanes y ha sembrado el pánico entre los miles de empleados y colaboradores de los occidentales. En las últimas semanas se suceden las manifestaciones frente a las legaciones diplomáticas extranjeras pidiendo que les saquen de allí. El grito –en varios idiomas– es unánime: “¡Salva mi vida!”.

El movimiento ha adquirido tal amplitud que los talibanes emitieron esta semana un comunicado –calculadamente ambiguo– en que prometían a los afganos involucrados con los ejércitos occidentales, entre ellos muchos traductores e intérpretes, que no tenían nada que temer.

“El Emirato Islámico no les buscará problemas. Han de volver a una vida normal y servir a su país (...) No deberían tener miedo”, aseguraban los talibanes en su declaración. Aunque subrayando que, para eso, los implicados “deberían expresar remordimiento por sus acciones pasadas y no comprometerse de nuevo en actividades semejantes, que comportan una traición al islam y a su país”. Hay ahí un condicional inquietante. Y una acusación: traidores.

“No me lo creo, los talibanes no han cambiado”, declaró a un enviado de la agencia AFP un intérprete del ejército norteamericano, Mohamed Shoaib Walizada. “Vendrán a por nosotros porque nos consideran agentes o espías”, añadió. Walizada, con el apoyo de un sargento norteamericano, pidió acogerse a los visados especiales que EE.UU. tiene establecidos para estos casos, pero tras serle concedido inicialmente luego le fue revocado. Lo mismo teme su colega Omid Mahmudi. “Nos encontrarán y nos decapitarán, los talibanes no nos perdonarán jamás”, expresa con fatalismo. Muchos intérpretes han sido asesinados –al menos 300 desde el 2016– y la mayoría han recibido amenazas de muerte.

La retirada norteamericana ha sido como un pistoletazo de salida para las fuerzas insurgentes. En el último mes, los talibanes han reforzado su ofensiva contra el ejército afgano –en paralelo a las conversaciones de paz de Qatar–, a quien han arrebatado once distritos. Y una treintena de puestos avanzados y bases del ejército regular se han rendido en cuatro provincias ante el avance de los islamistas, muchas veces a través de la mediación de los dirigentes tribales locales. Un millar de soldados se habrían entregado sin disparar un tiro.

La sensación de que el régimen de Kabul está al borde del colapso ha disparado la urgencia entre quienes más tienen que perder con la victoria de los talibanes. No son pocos. En una entrevista con la agencia AP, el antropólogo Noah Coburn calculaba en unos 300.000 los civiles que durante veinte años habrán trabajado en Afganistán para las fuerzas de la OTAN.

Estados Unidos, que ha desplegado la principal fuerza militar occidental, es también el principal empleador. A lo largo de estos años más de 18.000 afganos –que junto con sus familias han sumado 45.000 personas– han emigrado a América gracias al régimen especial de visados.  Pero aún quedan otras 18.000 peticiones en estudio y el proceso acostumbra a durar una media de tres años. El secretario de Estado, Antony Blinken, ha prometido acelerar los trámites, pero la organización  No One Left Behind, que ayuda a estas personas, cree que las cosas no avanzan con suficiente rapidez.

El Reino Unido, por su parte, que empleó aproximadamente a 7.000 civiles, ha concedido 1.358 visados y prepara ahora de forma acelerada 3.000 más. Francia, que se retiró ya en el 2012, concedió en su momento unos 300 –entre fuertes protestas de quienes se quedaron fuera–, y ahora ha reactivado la concesión de otro centenar, mientras crecen las demandas de antiguos empleados que siguen en el país. España,  que recibió el 13 de mayo al último contingente que quedaba en Afganistán –24  militares y dos intérpretes nacionales–, rescató en los últimos años a una treintena de sus colaboradores e indemnizó económicamente a otros.

Pero no todos los solicitantes obtienen el ansiado visado. Ni en EE.UU., ni en el Reino Unido, ni en Francia, ni en España... Nuestra compañera Rosa Maria Bosch encontró por azar a un intérprete del ejército español en el 2017 en la isla griega de Lesbos. Jawad Ali Aslami, pese a diplomas y cartas de agradecimiento, había visto denegada su petición de ser acogido en España. Así que, tras salir del país y alcanzar Turquía, se lanzó al mar en una patera. Muchos otros han seguido el mismo camino.

En 1962, según lo estipulado en los acuerdos que pusieron fin a la guerra de Argelia, Francia empezó a retirarse de su antigua colonia. Alrededor de 60.000 harkis lograron pasar a Francia –donde el trato que recibieron daría lugar a abrir otro capítulo de la ignominia–, los demás quedaron a merced de la venganza de los suyos. Los historiadores calculan que las masacres que siguieron costaron la vida a entre 50.000 y 70.000 personas.  Hubo que esperar al 2017 para que un presidente francés, Emmanuel Macron, calificara crudamente la acción de su país: “Fue una traición”.


lunes, 31 de mayo de 2021

América ha vuelto... pero ¿a dónde?


@Lluis_Uria

Donald Trump no leía, le aburría soberanamente. Los informes que regularmente llegaban a su mesa agonizaban sin que el entonces presidente de Estados Unidos lograra vencer su fastidio. Sus colaboradores sabían que tenían sólo unos pocos segundos para abordar un tema y lograr captar su atención, tras lo cual pasaba indefectiblemente a otra cosa. Su principal guía en el proceso de toma de decisiones era su propia intuición. Joe Biden es completamente diferente. Su reverso, incluso. El nuevo inquilino de la Casa Blanca, según han confirmado diversas fuentes a The New York Times, lo quiere saber todo, absolutamente todo. Y esta “obsesión por los detalles” exige –y consume– horas y horas de reuniones para tomar una decisión.

¿Será por eso que Biden tardó tanto tiempo en reaccionar ante la escalada de violencia en Gaza? ¿O era simplemente que el conflicto israelo-palestino estaba fuera de su radar? Cuando por fin se decidió a intervenir, presionando al primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, para que pactara una tregua con la organización palestina Hamas, tampoco logró gran cosa. Netanyahu se hizo el remolón hasta que sus generales le aseguraron haber alcanzado sus objetivos militares.

¿Acaso Estados Unidos ha dejado de ser el que era? En cierta medida, sí. Los cuatro años de Trump en la Casa Blanca, con su política proteccionista y aislacionista, su renuncia a seguir ejerciendo el liderazgo mundial, dejaron un enorme vacío. De hecho, nadie ha sido capaz de llenarlo. Pero la inhibición de Washington hizo que el resto del mundo empezara a espabilarse por su cuenta. “América ha vuelto”, proclamó Biden el 4 de febrero en un discurso en el Departamento de Estado. Sí, ha vuelto, pero el mundo ya no es el mismo.

El caso palestino es ejemplar. EE.UU. siempre ha sido el más sólido aliado de Israel. Pero tradicionalmente había tratado además de mantener una apariencia de relativo equilibrio que le permitía hacer un trabajo de mediación. Con su descarado respaldo a la línea dura de Netanyahu, Trump arruinó por completo este papel.

El problema, sin embargo, viene de más atrás. La deriva de Trump fue la puntilla a una errática y desastrosa intervención en Oriente Medio en las dos últimas décadas (fracaso en Irak, inhibición en Siria) que ha erosionado la preeminencia de EE.UU. y ha permitido la entrada con fuerza de nuevos actores, como Rusia y Turquía.

Enfrentado de nuevo al eterno conflicto israelo-palestino, Biden se ha encontrado no sólo con que la voz de Washington es menos audible en la región, sino que incluso Israel –que cada vez está menos necesitado de la ayuda económica y militar norteamericana– se permite el lujo de mirar hacia otro lado y ponerse a silbar.

Para completar el panorama, China ha osado por primera vez meterse en este terreno y tratar de segarle la hierba bajo los pies. Todo el aparato diplomático y de propaganda de Pekín –según ha seguido Étienne Soula, investigador del German Marshall Fund– se ha dedicado con ahínco a “acusar a Estados Unidos de alimentar el conflicto” y a “presentar al Gobierno chino como un líder global alternativo, más imparcial”. Una señal inequívoca, para Michael Singh, director del Washington Institute for Near East Policy, de que “la competencia entre las dos grandes potencias se está librando en más regiones del mundo”.

América ha vuelto, sí. Y los primeros pasos de Biden en el concierto internacional han consistido en deshacer los nudos dejados por su antecesor, retomando la vía del multilateralismo: regreso al Acuerdo de París sobre el clima y a la OMS, intento de recuperar el abandonado pacto nuclear con Irán, restablecimiento de la sintonía con los aliados occidentales, prórroga del tratado de reducción de armas estratégicas New Start con Rusia... Pero aún no ha tomado iniciativas realmente nuevas.

Respecto a China, considerada definitivamente como el gran adversario, el presidente de EE.UU. mantiene básicamente la misma línea de Trump, en un eco de guerra fría que el ex secretario general de la OTAN Javier Solana consideró recientemente en La Vanguardia un “disparate”.

En todo caso, la China de hoy ya no es la de antes. Su economía se ha multiplicado, pasando de representar el 9% del PIB mundial cuando Barack Obama –y el propio Biden como vicepresidente– accedieron a la Casa Blanca en el 2008 al 16% de la actualidad, mientras EE.UU. ha bajado al 24%. La acción exterior de Pekín  se despliega ya activamente por todos los continentes –incluida América Latina, el patio trasero de EE.UU.– con una notable asertividad, por decirlo suavemente, aprovechando el vacío dejado por Washington. Y su rápida y tajante gestión de la covid, unida a su diplomacia de las vacunas –mientras los norteamericanos se hundían en el caos y renunciaban a tomar el timón de la lucha mundial contra la pandemia–,  no ha hecho más que realzar su estatura de potencia.

El paréntesis de Trump ha tenido también un efecto en Europa, donde ha acabado calando la idea de que no se puede confiar eternamente en Estados Unidos y que cada cual ha de sacarse las castañas del fuego, empezando por la defensa, pero no únicamente. Porque...  ¿quién asegura que el paréntesis no vaya a ser Biden? La sociedad norteamericana está enormemente dividida y polarizada –como puso de manifiesto el vergonzoso e impensable asalto al Capitolio– y el Partido Republicano se ha echado definitivamente al monte de la mano de Trump, con lo que nada es descartable. Los europeos han empezado a asumir que han de actuar de forma más autónoma y convertir a la UE en la potencia global que políticamente no ha acabado de emerger. De ahí que no atendieran a la opinión americana para firmar con China un ambicioso plan de inversiones (ahora congelado) que irritó sobremanera a Washington.

América ha vuelto, sí. Pero mientras estaba fuera, el mundo no ha esperado.


lunes, 17 de mayo de 2021

Una lejana primavera en Tel Aviv


@Lluis_Uria

En la primavera del 2005 no caían bombas sobre Tel Aviv. El tiempo era agradable, cálido. Y el horizonte que se abría  entonces en el eterno conflicto entre israelíes y palestinos, después del trágico fracaso de las conversaciones de paz de Camp David cinco años atrás, parecía proyectar una nueva luz. El primer ministro israelí del momento y líder del Likud, el exgeneral Ariel Sharon –héroe militar para los israelíes, criminal de guerra para los palestinos–, se disponía a llevar a cabo la retirada unilateral del territorio ocupado de la franja de Gaza, lo que conllevaría en los meses siguientes la evacuación de una veintena de asentamientos judíos.

“Después vendrá Cisjordania”, vaticinaba por aquellos días un amigo judío, veterano periodista y gran conocedor de la política de Oriente Medio, junto a unas cervezas en una terraza de Tel Aviv. Los huérfanos de Yitzhak Rabin sentían un contenido optimismo. Sharon, el general que había combatido en el Sinaí en la guerra de los Seis Días en  1967 y en la de Yom Kippur en 1973, ya había sido capaz en 1982 de devolver como ministro de Defensa este territorio a Egipto, desalojando manu militari a los colonos que se resistieron. Ahora le tocaba a Gaza. Y luego...

No hubo un luego. En  enero del 2006 un derrame cerebral dejó a Sharon en coma irreversible, hasta su muerte en el 2014. Nunca sabremos lo que hubiera pasado de haber seguido al frente del Gobierno israelí, hasta dónde hubiera llegado. Pero lo que sí sabemos es lo que ha pasado. Y tiene muy poco que ver con las esperanzas de aquella primavera en Tel Aviv.

El detonante del actual estallido de violencia entre palestinos e israelíes  tiene relativa importancia. Amenaza de expulsión de familias palestinas en Jerusalén Este, marchas antiárabes de ultranacionalistas judíos, actuación policial en Al Aqsa... Siempre son pequeñas chispas las que prenden la pólvora. Y había mucha.

Que la situación haya sido aprovechada para sus fines políticos, de forma oportunista y criminal, por la organización palestina Hamas –con ataques indiscriminados con cohetes sobre la población civil en Israel, a sabiendas de las represalias militares que iban a sufrir de paso los propios palestinos de Gaza, su feudo– no es ninguna sorpresa. En todo caso, lo es su magnitud.

Pero el problema de fondo es otro y lleva incubándose desde hace mucho tiempo. Los choques sectarios que, por primera vez, están enfrentando en el interior mismo de Israel a judíos y árabes israelíes –que constituyen el 21% de la población– muestran la gravedad del mal. A la vista de la fractura que se está abriendo en el país, donde se han producido linchamientos de una parte y de otra,  sería necio despachar alegremente la crisis reduciéndola a una mera maniobra artera de Hamas.

Los palestinos de los territorios ocupados, privados de sus derechos elementales, habitantes de un país inexistente y sin futuro, viven un presente sin esperanza. Y eso siempre acaba por explotar. Algunos quisieron creer que el problema había desaparecido por arte de birlibirloque con el acercamiento entre Israel y los países árabes, estimulado por su común preocupación por Irán. Pero la realidad es tozuda.

Hace tiempo que nadie busca de verdad una solución al conflicto. Desde la espantada palestina del 2000 en Camp David –donde Arafat perdió dramáticamente su gran oportunidad–  nada se ha avanzado. Por incapacidad, por indiferencia, por lasitud. También por interés... Hay quienes, en lugar de la paz, prefieren buscar la victoria. Otros, el cuanto peor, mejor.

Nadie sabe si Ariel Sharon hubiera llegado a forzar la retirada israelí de Cisjordania, despejando el camino a la tan repetida –y prácticamente abandonada– idea de la creación de dos estados, histórica piedra angular de la solución al conflicto israelo-palestino. Lo que sí se sabe es que el primer ministro Beniamin Netanyahu –actualmente en funciones y pendiente de un juicio por corrupción– ha seguido el camino contrario. Al frente del gobierno israelí desde el 2009, el líder conservador no sólo no tenía intención de retirarse de Cisjordania, sino que ha alentado la colonización –el número de colonos ha alcanzado bajo su mandato los 700.000– y preparado su anexión.

El proceso culminó en el 2020 con la presentación del presunto plan de paz urdido con el entonces presidente Donald Trump, con el que Estados Unidos avalaba  la anexión por Israel del Valle del Jordán, la absorción de todo Jerusalén y la amputación en múltiples trozos –los correspondientes a 120 colonias judías– del territorio palestino de Cisjordania, convertido de este modo en un imposible queso de gruyère. ¿Dos estados? ¿En serio? ¿Dónde?

Trump presentó su  plan como el “acuerdo del siglo”, un calificativo tan pomposo y fatuo como él mismo. Pero más que un acuerdo, para los palestinos era un trágala: además de las anexiones territoriales, se sometía al nuevo Estado a una férrea tutela por parte de Israel, se le negaba la cocapitalidad de Jerusalén y el retorno de refugiados, e incluso se abría la posibilidad de “reasignar” una parte de la población árabe israelí a Cisjordania. A cambio, el millonario neoyorquino devenido inquilino temporal de la Casa Blanca creía que bastaría la promesa de 50.000 millones de dólares. 

Lo de la “reasignación” constituyó un serio aviso. Tratados como ciudadanos de segunda, los árabes israelíes han visto en los últimos años cómo la derecha gobernante, aliada con los partidos religiosos, consagraba legalmente a Israel como un Estado étnico judío y les situaba en la práctica como una comunidad ajena. Lo cual abre la vía a su eventual expulsión del país (algo que desearía un 48% de sus conciudadanos judíos, según un sondeo del Pew Research)

“El plan anunciado es una carta de odio de 180 páginas de los americanos (y por extensión de los israelíes) a los palestinos”,  concluyó crudamente el exnegociador y diplomático israelí Daniel Levy, según recogió The Washintgon Post.  Naturalmente, los palestinos lo rechazaron de plano.

La iniciativa de Trump desembocó en septiembre pasado en la normalización de las relaciones de Israel con dos monarquías del golfo, los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, a quienes se añadirían después Marruecos y Sudán.  Nuevamente, la grandilocuencia nominal –los Acuerdos de Abraham, se les llamó– escondía su modestia. Y estaban muy lejos de desactivar el conflicto israelo-palestino, tal como se ha puesto ahora dramáticamente de manifiesto.

El pasado 26 de abril, en una carta abierta, tres antiguos miembros del Comando Central de las Fuerzas de Defensa de Israel –los ex generales Nitzan Alon, Avi Mizrah y Gadi Shamni– alertaban de que israelíes y palestinos se encontraban en “vía de colisión” y pedían la intervención de Estados Unidos para estabilizar la situación. Los tres generales, integrantes de la red Comandantes para la Seguridad de Israel –que agrupa a antiguos altos mandos del Ejército, el Shin Bet, el Mossad y la Policía– apuntaban que, además de los enfrentamientos en Jerusalén Este y la actuación de Hamas, entre los detonantes de esta crisis estaban también la situación humanitaria en la franja de Gaza, la anexión de facto de Cisjordania y la violencia de los colonos israelíes contra los palestinos. Y abogaban por reactivar el plan de los dos estados con un mínimo de generosidad, entendiendo que el palestino debería ser “viable y territorialmente contiguo”.

Las cosas, evidentemente, no van por ahí, sino en sentido contrario. Todo lo que se ha hecho en los últimos años va en la línea de consolidar el actual statu quo, convirtiendo la ocupación en permanente y perpetuando el sometimiento de los palestinos. Recientemente, la organización Human Rights Watch hizo rasgarse muchas vestiduras al calificar esta situación de apartheid. Pero no eran los primeros: el 12 de enero, la oenegé judía B’Tselem utilizó la misma palabra en un informe donde denunciaba el objetivo del gobierno de Israel de “cimentar la supremacía judía” desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo.

En la primavera del 2005 en Tel Aviv, un diplomático israelí defendía en privado ante un café el establecimiento de un Estado palestino viable y el reconocimiento de plenos derechos a los ciudadanos árabes israelíes. “Deberían poder servir en el ejército, ha sido un error no hacerlo así”, decía. Han pasado dieciséis años de esta conversación. Y por en medio, un abismo.


lunes, 3 de mayo de 2021

Adorado monstruo

@Lluis_Uria


Les propongo un ejercicio. Sitúense, ni que sea virtualmente, en la terraza panorámica del Arco de Triunfo de París y miren alrededor con un mapa en la mano. El monumento, uno de los más visitados de la capital francesa, fue mandado construir por Napoleón Bonaparte al estilo de los de la antigua Roma para conmemorar su victoria sobre las tropas de Austria y Rusia en la batalla de Austerlitz, en diciembre de 1805. Su imponente figura irradia el  entorno.

La gran plaza de L’Étoile está rodeada por una decena de calles y avenidas dedicadas a personajes o acontecimientos de los años gloriosos del emperador francés: desde las también victoriosas batallas de Iéna (contra Prusia en 1806), Friedland (Rusia en 1807) y Wagram (Austria en 1809) hasta el –engañoso– tratado de paz de Tilsitt firmado con el zar cinco años antes de que Napoleón se aventurara en 1812 en la fracasada invasión de Rusia (Adolf Hitler haría una maniobra similar más de un siglo después, para acabar en el mismo desastre) La retícula se completa con las vías dedicadas a algunos de sus generales y mariscales (Carnot, Kléber, Lauriston) y culmina en la gran avenida que da continuidad a los Campos Elíseos hacia el oeste y que honra a la Grande Armée, el ejército de un millón de hombres enviado contra Moscú.

¿Alguien se imagina un festival similar en el nomenclátor de Berlín con las hazañas bélicas de la Wehrmacht entre 1939 y 1945? Cierto, Napoleón no es Hitler (quien, todo hay que decir, le admiraba devotamente). Hay una diferencia fundamental: el emperador francés nunca llevó a cabo un programa de exterminio como el perpetrado por el líder nazi contra los judíos. Por lo demás, fue un dictador tiránico que persiguió toda disidencia interior y anegó en sangre las tierras de Europa.

Hay que admitir que el genio político y militar de Napoleón, su programa modernizador y su sueño de una Europa unida –eso sí, con acento francés– hacen de él una figura fascinante. Pero su desprecio manifiesto de la vida humana no le aleja tanto del Führer. “Vos no sois soldado y no sabéis lo que pasa en el interior del alma de un soldado”, le espetó Napoleón al canciller austriaco Metternich en la célebre entrevista que ambos mantuvieron el 26 de junio de 1813 en Dresde y que acabó sellando el destino del emperador francés. “Yo he crecido en los campos de batalla –prosiguió– y a un hombre como yo le preocupa poco la vida de un millón de hombres”. No sólo lo dijo. Lo demostró sobradamente.

Visto en toda Europa como un monstruo sanguinario y un déspota, en Francia sigue siendo idolatrado. Su estatua se yergue orgullosa en el patio de honor de Los Inválidos, donde el Estado francés realiza sus máximos honores nacionales, y su tumba bajo la enorme cúpula –un sarcófago de cuarcita roja, con cinco ataúdes en su interior– no es comparable a la de ningún otro rey o estadista de la historia de Francia.

Doscientos años después de su muerte en el exilio de la isla de Santa Elena, el 5 de mayo de 1821, Napoleón sigue siendo uno de los grandes referentes del imaginario nacional francés (lo que no deja de ser curioso habida cuenta de que, nacido en Córcega –que llevaba apenas treinta años bajo dominio francés–, siempre habló con acento extranjero) No se trata sólo de épica. Muchas de las instituciones francesas actuales –el código civil, las prefecturas, las grandes escuelas, el bachillerato, la orden de la Legión de Honor– llevan su sello.

París está marcada por su legado. El callejero está repleto de referencias y en el subsuelo una cincuentena de estaciones de metro llevan  nombres vinculados a las gestas napoleónicas. Sin embargo, no hay ninguna avenida dedicada a Napoleón I, como si una súbita vergüenza hubiera impedido honrar al enterrador de la República. En su lugar, una modesta calle del distrito VI rinde homenaje a Bonaparte, el general...

Toda la paradoja del personaje –consagrada en la Constitución de 1804 con la fórmula: “El gobierno de la República es confiado a un emperador”– se resume en este desdoblamiento entre Bonaparte y Napoleón, entre el revolucionario y el dictador, entre el héroe y el verdugo. De ahí que pueda concitar a la vez la admiración tanto a  derecha –Grandeur obliga– como a izquierda. Y que su figura genere también una  notable incomodidad.

General celebrado y admirado, Bonaparte salvó la Revolución, amenazada de muerte por su propia orgía de represión y violencia interior, restaurando la ley y el orden. Aunque a costa de imponer un régimen dictatorial. Y la liberó de la amenaza exterior venciendo en el campo de batalla a las grandes monarquías europeas que se habían conjurado para ponerle fin. Pero arrastrando a Francia –fruto de su megalómana ambición– a una desastrosa campaña de conquistas.

Napoleón prometía a los pueblos de Europa la liberación: la destrucción del Antiguo Régimen y los privilegios de la nobleza, la instauración de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley (implantó el código civil allí por donde pasó)... Pero lo que, de entrada, se encontraron fue el reclutamiento obligatorio de decenas de miles de jóvenes para nutrir las filas del ejército imperial, la crisis económica derivada del bloqueo comercial continental impuesto para doblegar a Inglaterra, exacciones fiscales, represión y muerte. La brutalidad de la ocupación despertó reacciones nacionalistas antifrancesas por toda Europa –particularmente en Alemania– y guerras crueles como la de España (1808-1814, hoy es justamente el aniversario del levantamiento de Madrid contra el invasor), en la que murieron entre medio millón y un millón de personas y que significó la primera gran derrota militar y política del emperador.

En los últimos años en Francia se ha cuestionado la figura de Napoleón por su decisión de restablecer  la esclavitud en las colonias de ultramar, como si ese fuera su único gran pecado. De la muerte que sembró por Europa, apenas ni una palabra.