martes, 8 de septiembre de 2020

Un país en armas


@Lluis_Uria

Tiene cara de ser un chaval majo. Sus compañeros dicen de él que es un “buen tipo”, un chico agradable que ingresó en la policía para seguir los pasos de su abuelo y “servir a la gente”, y al que le gusta de vez en cuando poner la sirena para divertir a los niños del barrio. En las fotos en las que posa con su uniforme de la unidad ciclista de la Policía de Kenosha (Wisconsin), de patrulla por la ribera del lago Michigan, se ve a un hombre afable y simpático. Y, sin embargo, el  pasado 23 de agosto, el agente Rusten Sheskey disparó a bocajarro siete tiros en la espalda a un ciudadano negro, Jacob Blake, cuando iba a entrar en su coche –en el que estaban sus hijos menores– haciendo caso omiso de las indicaciones de los policías.

La acción de Sheskey ha puesto a Kenosha –una ciudad dormitorio a medio camino entre Chicago y Milwaukee, y villa natal de Orson Welles– en el epicentro del seísmo racial que sacude a Estados Unidos, colocando al país al borde de un enfrentamiento civil violento.

Jacob Blake, que yace en el hospital paralizado de cintura para abajo, no representaba una amenaza. La policía había sido llamada por una banal disputa doméstica y el sospechoso no esgrimía ningún arma en el momento del intento de detención (aunque se encontró un cuchillo en el suelo del interior del coche).  Donald Trump ha declarado que Sheskey probablemente “se atascó” ante la situación y erró en su reacción al disparar (“como en el golf cuando fallas a un metro del hoyo”, añadió el presidente de Estados Unidos en una disparatada comparación)

Quizá sí, quizá el policía de Kenosha  se atascó y temió que Blake fuera a buscar un arma en el interior del vehículo. Su reacción en todo caso fue absolutamente desproporcionada. Y es pertinente preguntarse si el agente Sheskey hubiera actuado de la misma manera de haber sido el sospechoso un hombre blanco y si, en el fondo, no le salieron ahí –incluso aunque él mismo no lo admita– los prejuicios  racistas que siguen fuertemente arraigados en la sociedad norteamericana.

La policía en EE.UU. –un país plagado de armas– tiene el gatillo fácil, cualquier encuentro fútil con los uniformados puede acabar en tragedia por un mal gesto o una confusión. En lo que llevamos del año 2020, los agentes han matado –según el recuento de Mapping Police Violence hasta el pasado 30 de agosto– a 765 personas. Una enormidad. Y en esta tragedia, los negros pagan el peaje más elevado: representan el 28% de las víctimas, cuando no son más que el 13% de la población.

El doble rasero de la policía norteamericana quedó obscenamente de manifiesto en la misma Kenosha dos días después. Mientras la mera sospecha de que Jacob Blake se estaba introduciendo en su coche en busca de un arma le valió siete tiros por la espalda, el jovencito Kyle Rittenhouse –un chaval de 17 años de Antioch, en el vecino estado de Illinois– se paseó impunemente delante de la policía armado con un rifle semiautomático AR-15, tras haber matado a dos personas y malherido a una tercera, sin que ningún agente le considerara una amenaza y procediera al menos a su arresto. Claro que era percibido como uno de los suyos... Fue detenido horas después, ya en su casa.

Rittenhouse, declarado seguidor de Trump y del movimiento en favor de las fuerzas del orden bautizado como Blue Lives Matter –en oposición al Black Lives Matter–, se apuntó a un llamamiento realizado a través de las redes sociales que incitaba a acudir a Kenosha para proteger viviendas y comercios frente a los grupos violentos incrustados entre los manifestantes que protestaban por el tiroteo a Jacob Blake. La ciudad estaba esa noche llena de civiles armados sin ningún control. Rittenhouse era uno de ellos. Cerca de medianoche, y en circunstancias no del todo aclaradas, mató a un primer manifestante (Joseph Rosenbaum) y después, tras caer al suelo en su carrera, volvió a disparar contra un grupo que le perseguía (matando a Anthony M. Huber y malhiriendo a Gaige Grosskreutz) Ninguna de sus víctimas iba armada.

En lugar de tratar de apaciguar la tensión creciente en la sociedad norteamericana, el presidente –cuyo objetivo de ganar la reelección el 3 de noviembre pasa por encima de toda consideración moral o ética– se ha dedicado a profundizar en la fractura social y racial, e incluso a instigar implícitamente la violencia que formalmente pretende combatir (Ley y orden es su nuevo lema). Pero no es sólo él. Su partido, el otrora respetable GOP –convertido hoy en un hooligan de la Casa Blanca–, también. Cuando en la reciente convención republicana se ensalzó y puso como ejemplo la actitud del matrimonio McCloskey –que el 28 de junio amenazaron con sus armas a los manifestantes en San Luis– se estaba empujando a todos los Rittenhouse del país a salir a la calle y disparar.

Donald Trump visitó Kenosha y no tuvo la delicadeza (o los arrestos) de ir a ver a Jacob Blake y su familia en el hospital, pero sí fue a reconfortar a la policía. No ha tenido palabras de consuelo para la víctima del atascado agente Sheskey, ni para las del joven extremista  Rittenhouse, pero se apresuró a disculpar a ambos. “Creo que actuó en defensa propia”, aventuró sobre este último. En cambio, le faltó tiempo para dar el pésame vía Twitter por la muerte de un miembro de las milicias ultras tiroteado en Portland por un manifestante izquierdista la noche del sábado 20 de agosto. Hay dos Américas enfrentadas –de forma cada vez más violenta– y Trump ha decidido  erigirse en el  señor de la guerra de una de ellas.

Aaron Danielson, conocido también como Jay Bishop, era según sus amigos “una buena persona que amaba la naturaleza y los animales”. Era también miembro de una milicia extremista pro Trump, los Patriot Prayer, que desde hace meses hostiga a los manifestantes que semanalmente protestan en Portland por la muerte de otro ciudadano negro, George Floyd, muerto en mayo en Minneapolis bajo la rodilla de un policía. Danielson iba en una caravana de vehículos con banderas americanas desde donde hombres armados disparaban paintballs a los manifestantes. Uno de ellos, tras una discusión en la calzada, le mató.

El autor de los disparos, Michael Reinoehl, apenas tuvo tiempo de declarar el jueves al canal digital Vice News que había disparado en defensa propia –“No tuve elección, podía haberme quedado sentado y ver cómo mataban a un amigo mío de color, pero no iba a hacer eso”, dijo– antes de que la policía le matara a su vez pocas horas después en Lacey (Washington) cuando iba a detenerle. La investigación ha confirmado que su oponente en Portland, Aaron Danielson, iba también armado con una pistola Glock cargada.

La espiral es enormemente peligrosa. Estados Unidos se encuentra al borde de un grave enfrentamiento civil. No es inevitable, pero tampoco inverosímil. Las armas han empezado a hablar por ambos bandos. Y desde los altos despachos  de la nación, en lugar de lanzar mensajes de apaciguamiento, se reparte munición.


lunes, 24 de agosto de 2020

¿Nos besamos?

@Lluis_Uria

 Condado de Logan, Illinois (Estados Unidos). Clara Morison habla con el doctor Macgregor de la llegada de sus sobrinos, a los que debe cuidar durante unos días: “Cuando James me ha llamado le he dicho que me trajera a los niños cuanto antes. El señor Paisley y yo íbamos a pasar la fiesta de Acción de Gracias en Vandalia, pero con esto de la epidemia y tanta gente enferma como hay, hemos decidido quedarnos en casa”. La tía Clara es un personaje de ficción. Pero podría ser  perfectamente real, al igual que la conversación. ¡Cuántas veces habrán llegado a pronunciarse frases semejantes estos meses en todo el mundo! Sin embargo, el comentario de Clara Morison no alude a la actual epidemia de Covid-19, sino a la de  gripe española de 1918...

 El diálogo está entresacado  de la novela Vinieron como golondrinas, una pequeña joya publicada en 1937 por William Maxwell, menos conocido por su trayectoria como novelista que como editor literario de The New Yorker, donde trabajó durante cuarenta años convirtiéndose en un referente para muchos otros escritores, de Salinger a Updike.

 La novela de Maxwell, relato minimalista del impacto sobre una familia del Medio Oeste de la llegada de la enfermedad y la muerte, es un eco de su propia biografía, pues el escritor –nacido justamente en Lincoln, capital del condado de Logan– perdió a su madre a causa de la gripe española cuando tenía 10 años. Su lectura, además del placer que suscita, proyecta turbadores paralelismos con la crisis sanitaria actual.

Empezando por los síntomas de la enfermedad que describen los diarios de la época y que el padre lee en voz alta para toda la familia –“Es una clase muy contagiosa de catarro, acompañada de fiebre, dolores de cabeza, ojos, espalda y otras partes del cuerpo, además de una sensación de profundo malestar. En la mayoría de los casos los síntomas desaparecen al cabo de tres o cuatro días y el paciente se recupera rápidamente. Algunos de los pacientes, sin embargo, desarrollan una neumonía (...) y se produce la muerte”–. Y siguiendo por las medidas adoptadas por las autoridades de la época para frenar la epidemia –cierre de las escuelas, suspensión de los oficios religiosos, recomendaciones para evitar las reuniones de grandes grupos o viajar en tren “si no es estrictamente necesario”–. Todo recuerda vivamente lo que estamos pasando hoy.

 “La junta escolar y el consejero de sanidad han puesto carteles en los colegios y en varios lugares de la ciudad anunciando que los centros de enseñanza estarán cerrados hasta nuevo aviso’... Robert notó un cosquilleo muy leve en la columna vertebral. Leyó la primera frase dos veces, para asegurarse de que no se trataba de un error. Su madre no podía tenerle metido en casa indefinidamente. Era imposible que pasara algo así de horrible”, le hace reflexionar William Maxwell en su novela al primogénito de los Morison. ¿Quién no reconocería en él a los adolescentes de hoy frente al confinamiento forzoso?

 El propio debate sobre la conveniencia o no del uso de la mascarilla es también un eco del de 1918. En la imagen que ilustra esta página puede verse a dos ciudadanos franceses en las calles de París animando a utilizar la mascarilla con los lemas: “El boche (alemán) ha sido vencido, la gripe no” –en alusión a la victoria aliada en la Primera Guerra Mundial– y “Enmascárense los unos a los otros, probarlo es adoptarlo”.

 La gran diferencia entre 1918 y 2020, naturalmente, es la mortandad. La gripe española –llamada así porque España, al ser neutral, fue de los primeros países en informar de la epidemia, al no aplicar la censura militar– fue detectada por primera vez en marzo de 1918 en la base militar norteamericana de Fort Riley (Kansas), base de la Primera División de Infantería, aunque no está claro su origen real. En todo caso, los ejércitos movilizados en la Gran Guerra  fueron el canal idóneo para su expansión, y en un par de años –no duró más– la gripe infectó a un tercio de la población mundial y mató a unos 50 millones de personas, siendo la segunda oleada más letal que la primera.

 Hoy, la epidemia de Covid-19 lleva ya 22 millones de personas contagiadas en todo el mundo y se ha cobrado cerca de 800.000 muertos. Los servicios de salud y los recursos médicos actuales son infinitamente mejores que hace un siglo, pero las medidas básicas que se están adoptando –desinfección de espacios colectivos, confinamientos, suspensión de eventos, cierres de fronteras– no han cambiado apenas.

 Y tampoco son tan diferentes  las actitudes y comportamientos de las personas. Miremos a nuestro alrededor. Todos somos, en alguna medida, como la tía Clara. Mucha gente ha optado este verano por quedarse prudentemente en casa o hacer viajes cercanos, evitar las grandes concentraciones de personas y cumplir a rajatabla con la obligación de llevar la mascarilla puesta por la calle... Pero, al igual que Clara Morison con sus sobrinos, todas estas precauciones saltan por los aires con la familia y los amigos cercanos. “Con esto de la epidemia, hemos decidido quedarnos en casa”, dice... ¡Pero que traigan a los niños cuanto antes!

 Con parientes y amigos caen las mascarillas y la distancia social se hace añicos, como si la enfermedad sólo pudiera venir de fuera y ser contagiada por extraños. No hay más que ver las terrazas de los bares, los grupos en las calles, las reuniones en los domicilios particulares... Es aquí donde se producen entre el 50% y el 75% de las infecciones.

 Afueras de París (Francia). Un grupo de amigos se reencuentra este verano después de semanas sin haberse visto a causa de la Covid-19. Hay un primer momento de duda... ¿Cómo deben saludarse? ¿Por gestos? ¿O dándose dos besos como siempre? Las mascarillas ya han sido retiradas cuando uno de ellos rompe el hielo y se acerca a los otros con los brazos extendidos exclamando: “On s’embrasse?”.


También en La Vanguardia digital:

https://www.lavanguardia.com/internacional/20200823/482923114602/epidemia-pandemia-covid-19-gripe-espanola-william-maxwell.html



 

lunes, 13 de julio de 2020

Bienvenidos al Norte


@Lluis_Uria

Hace unos años, en algunos puntos de la frontera francoespañola, como el del Coll dels Belitres, entre Portbou y Cerbère, aparecieron unos nuevos carteles informativos del departamento francés de los Pirineos Orientales dando la bienvenida a la “Catalunya Nord”. Al conductor avisado, sabedor de hasta qué punto esta apelación geográfica levanta ampollas a este lado de la cordillera, no podía dejar de sorprenderle la iniciativa, aun más viniendo de un país tan centralista como Francia, donde la palabra Catalogne ni siquiera aparece en la nomenclatura oficial (intentos ha habido, pero siempre han fracasado: la última oportunidad se perdió con la reciente integración de las regiones de Languedoc-Rossellón y Midi-Pirineos, que ha acabado denominándose simplemente Occitania). De todos modos, la extrañeza duró poco: en París tampoco debió gustar, porque el cartel del Coll dels Belitres no tardó en desaparecer.

No hace falta un cartel para constatar que la Catalunya Nord existe. Como referencia geográfica. Como hecho histórico. Como herencia cultural y lingüística. ¿Como realidad? Eso ya es otra cosa. Más de tres siglos y medio después del tratado de los Pirineos (1659) –por el que España cedió a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y parte de la Cerdanya–, la Catalunya francesa tiene más de lo segundo que de lo primero. Y todo intento, con los parámetros del sur, de comprender el norte –donde el catalán apenas se habla, el sentimiento catalanista está reducido a sus aspectos más folclóricos y la identidad regional se expresa en aficiones como el rugby y los toros– está abocado al fracaso.

Lo mismo sucede en el terreno político. La victoria del candidato del Reagrupamiento Nacional (RN) –extrema derecha– a la alcaldía de Perpiñán, Louis Aliot, en la segunda vuelta de las elecciones municipales el 28 de junio tiene muy poco que ver con la correlación de fuerzas y los movimientos de fondo de la política catalana. En el norte, el procés es observado con simpatía, pero con una inmensa distancia. Y cuando Louis Aliot va por los barrios acariciando los sentimientos identitarios de sus diferentes clientelas electorales, lo hace siempre desde la identidad francesa, que la renovada ultraderecha de Marine Le Pen presenta como asediada por la inmigración musulmana de origen magrebí.

Hace seis años, cuando Aliot lanzó el primer gran asalto a la alcaldía de la capital –ganó en la primera vuelta, pero perdió en la segunda–, le dijo a este periodista en su cuartel general del bulevar Wilson: “La verdadera amenaza para la identidad catalana es la inmigración masiva; en las escuelas de Perpiñán se ofrece a los niños la posibilidad de aprender árabe, pero no catalán”. Esta vez no le ha hecho falta blandir el espectro de la inmigración –su posición está más que acreditada– para ganar.

Para entender la victoria del Regrupamiento Nacional hace falta entender lo que es Perpiñán, una ciudad-mosaico de senyeres y quebabs donde conviven sin mezclarse catalanes de origen –menos de la mitad–, pied-noirs repatriados de Argelia en 1962, gitanos, magrebíes y otros inmigrantes venidos del norte de Francia (muchos jubilados modestos en busca de sol y vivienda asequible). Y cuyo máximo éxito reciente fue la victoria del equipo de la USAP en el campeonato francés de rugby del 2010 en un Camp Nou adaptado para la ocasión (Campions de França, tituló en catalán su portada el diario L’Équipe)

Nada que haya podido hacer olvidar los arraigados problemas de la ciudad: declive económico, paro, pobreza, tensiones étnicas, delincuencia –aumentada con la llegada reciente de bandas de narcotraficantes marselleses– y el agotamiento definitivo de un sistema político clientelar que había dominado la municipalidad desde finales de los años 50.  Todo ello ha alimentado el descontento de una población que se siente olvidada por el poder político y que se ha traducido en la victoria de una extrema derecha oportunamente reconvertida y despojada de sus aristas más afiladas.

El triunfo de Aliot tenía algo de “inevitable”. Así lo juzga el geógrafo David Giband, profesor de la Universidad de Perpiñán, que ve en el nuevo alcalde de la capital catalano-francesa y en su camarada Robert Ménard –reelegido por mayoría aplastante en Béziers– a “los nuevos Señores del Sur”. Lejos de ser general, el triunfo de la ultraderecha en estos comicios se ha focalizado en esta zona y particularmente en estas dos ciudades, la cuarta y la primera más pobres de Francia.

“Perpiñán es históricamente un terreno fértil para la extrema derecha –desde la llegada de los pied-noirs– y el antiguo Frente Nacional (hoy Reagrupamiento) está implantado aquí desde los años noventa. Aliot además ha hecho una buena campaña, presentándose como una persona independiente y sensata. Pero su victoria es sobre todo la derrota de Jean-Marc Pujol (el alcalde saliente), heredero del clan Alduy”, reflexiona Giband al otro lado del teléfono, aludiendo al político conservador Paul Alduy (alcalde de 1959 a 1993) y su  hijo Jean-Paul (que le sucedió entre 1993 y el 2009). “La gente estaba harta del sistema”, concluye.

Hace diez años, Jean-Paul Alduy –entonces senador–, cantaba las alabanzas de la inminente conexión transpirenáica de alta velocidad, a la que apostaba el futuro de su ciudad. “Perpiñán, que ha sido hasta ahora un cul-de-sac, pasará a ser una ciudad-puente, rótula de enlace de la península Ibérica con el resto de Europa, habrá un cambio de escala”, contaba con entusiasmo a este –entonces– corresponsal. Los TGV pasan diariamente por Perpiñán desde diciembre del 2013. Apenas baja gente. El tren de alta velocidad no ha sido el factor dinamizador de la economía que algunos esperaban. Ni ha convertido a Perpiñán en el centro del mundo. Por más que el nombre del centro comercial de la nueva estación –bautizado con el aserto daliniano– intente convencer de lo contrario.



En La Vanguardia:
https://www.lavanguardia.com/internacional/20200712/482244242523/francia-perpinan-catalunya-nord-louis-aliot-reagrupamiento-nacional.html?utm_term=botones_sociales_app&utm_source=social-otros&utm_medium=social

lunes, 29 de junio de 2020

No somos ángeles


@Lluis_Uria

Hubo un tiempo en que las estatuas de Lenin, el padre de la revolución bolchevique, poblaban las ciudades de Rusia y de los países comunistas del este de Europa. Todo empezó a derrumbarse con la caída del Muro de Berlín en 1989. Y, tras él, cayeron miles de monumentos soviéticos. En las poblaciones del norte obrero de París –ciudad donde vivió exiliado entre 1908 y 1912–, también se rindió homenaje al revolucionario ruso. Pero sus efigies acabaron asimismo retiradas. Una de estas estatuas, de bronce y tamaño natural, acabaría años después en uno de los mercadillos de antigüedades del Marché des Puces, a un precio sobre el que el vendedor guardaba calculada discreción. No tardó en venderla. Otras esculturas similares acabaron en los vertederos.

La suerte de las estatuas de Lenin la han seguido las de miles de personajes a lo largo de la Historia. Templos, estatuas y monumentos erigidos por el poder del momento para honrar a sus dioses y a sus prohombres –promujeres, muy pocas– han sido derribados por quienes han venido después, que a su vez han levantado sus propios ídolos. No hay de qué extrañarse. Ni tampoco lamentar (al margen de las barrabasadas contra el patrimonio artístico). La memoria colectiva es tan cambiante y caprichosa con sus olvidos como la individual. Y el reparto de honores, discutible.

El movimiento de protesta provocado en Estados Unidos por el asesinato de un ciudadano negro, George Floyd, a manos de un policía blanco en Minneapolis ha generado un amplio movimiento para desterrar del espacio público aquellos monumentos erigidos en honor de los dirigentes y jefes militares de los estados confederados del Sur, que en la guerra civil norteamericana defendieron la esclavitud de los negros. Pero pronto se ha extendido, en todo el mundo, a todas aquellas figuras que mantuvieron comportamientos racistas.

En este juicio popular y sumarísimo  contra el racismo sucede, sin embargo,  que la complejidad cede su espacio a la simplificación. Y que la discusión en profundidad que podría abrirse sobre algunas actitudes y el estado de opinión de determinadas épocas –como defendía hace unos años la exministra francesa Christiane Taubira, negra de origen guyanés, militante contra el racismo y contra los debates simplistas– queda barrido por las proclamas facilonas. Dos de los personajes históricos recientemente denunciados en este proceso –el presidente de EE.UU. entre 1901 y 1909, Theodore Roosevelt, y el ministro principal del rey Luis XIV de Francia de 1661 a 1683, Jean-Baptiste Colbert– muestran la complejidad de las cosas, donde ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos.

Las protestas han llevado al Museo de Historia Natural de Nueva York a acceder a retirar de su entrada una estatua ecuestre de Roosevelt escoltado por dos figuras, a pie, de un negro y un nativo americano que de algún modo subraya la superioridad blanca. Es una decisión, sin duda, acertada. Pero ¿era el presidente un racista como la escultura sugiere? Probablemente. Los prejuicios contra los negros eran moneda corriente entre la clase alta norteamericana a la que Roosevelt pertenecía. Pese a lo cual fue el primer presidente en invitar a cenar en la  Casa Blanca a un líder de la comunidad negra, el pedagogo Booker T. Washington. Por lo demás, si Roosevelt ha sido objeto de numerosos monumentos –entre ellos el del monte Rushmore– y es hoy reconocido como uno de los más importantes presidentes de la historia de EE.UU., es porque hizo una política social progresista –gracias a su intervención, los mineros vieron reducida su jornada laboral a 8 horas–, reguló la actividad económica y puso coto a los monopolios, reforzó el poder federal, aplicó por primera vez una amplia política  conservacionista –creó una quincena larga de monumentos nacionales para proteger espacios naturales, entre ellos el Gran Cañón– y en 1906 recibió el premio Nobel de la Paz por mediar para poner fin a la guerra entre Rusia y Japón.

Jean-Baptiste Colbert, asimismo procedente de una familia acaudalada, tuvo también en la historia de Francia un papel de una relevancia que va más allá de las querellas actuales. Cierto, en 1682 y por encargo de Luis XIV empezó la elaboración del llamado Código Negro –aprobado tres años más tarde, ya sin su concurso–, que por primera vez regulaba las condiciones de la esclavitud en las colonias francesas. También las suavizó, en comparación con las prácticas originales. En todo caso, si Colbert ha pasado a la Historia no es por el Código Negro, sino porque saneó las finanzas del reino, puso coto a la impunidad de los nobles –obligados a partir de entonces a pagar impuestos–, promovió el comercio y la industria, impulsó las artes y las ciencias, y reforzó el patrimonio forestal público. Su política, bautizada como colbertismo, que otorgaba al Estado un papel fundamental en la dirección de la economía, impregna todavía hoy las políticas públicas.

Si atendemos principalmente al comportamiento de Roosevelt y Colbert hacia los negros y la esclavitud, puede mantenerse la conclusión, ¿por qué no?, de que deben retirarse todos sus monumentos. Pero no podemos conformarnos con una caricatura. Roosevelt y Colbert no eran, sin duda, unos ángeles. Ninguno lo somos. Los que piden su excomunión, tampoco.

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También en La Vanguardia digital:





martes, 16 de junio de 2020

El paseíllo


@Lluis_Uria

Una pequeña caminata puede bastar para retratar a una persona. Los cinco minutos que Donald Trump empleó en cubrir a pie los 300 metros que separan la Casa Blanca de la iglesia episcopal de Saint John –conocida en Washington como la iglesia de los presidentes–, el Lunes de Pentecostés, se han convertido en uno de esos momentos definitorios.

Para recorrer esos 300 metros, el presidente de Estados Unidos pisoteó los principios democráticos consagrados en la Constitución norteamericana –al ordenar la dispersión violenta de una manifestación legal y pacífica con el único fin de abrirse paso–. Y remató su fatuo paseíllo con una  Biblia en la mano apelando a “la ley y el orden”, amenazando con movilizar al ejército contra quienes han gritado en todo el país su rabia por la enésima muerte de un ciudadano negro –George Floyd, en Minneapolis– por la violencia racista de  un policía blanco y atizar una vez más las fracturas que dividen a la sociedad norteamericana. El presidente, que calificó a los participantes en los disturbios de “terroristas”, incitó implícitamente al enfrentamiento civil al invocar la Segunda enmienda, que otorga a los ciudadanos el derecho a llevar –y utilizar– armas de fuego. Trump pretendía hacer un acto de desagravio al templo, que la víspera había sufrido un incendio intencionado. En realidad, lo ultrajó.

La visita causó consternación y desagrado en la Iglesia. La obispa Mariann Edgar Brudde fue muy dura: “El presidente ha usado la Biblia, nuestro texto sagrado, y una de las iglesias de nuestra diócesis, sin permiso, como fondo para  lanzar un mensaje antitético a las enseñanzas de Jesús”. “No mencionó a George Floyd –añadió–, no habló de la agonía de la gente que ha sido sometida por esta horrible muestra de racismo y supremacía blanca durante cientos de años. Necesitamos un presidente que pueda unir y sanar, él ha hecho todo lo contrario”. La reprobación de las autoridades eclesiásticas no ha sido la única. En todo EE.UU. se han alzado críticas contra la deriva sectaria y autoritaria de Trump. Pero lo más inaudito ha sido la censura pública de varios altos mandos del ejército de EE.UU. a la pretensión del presidente de utilizar las fuerzas armadas para combatir las protestas.

La voz más potente ha sido la del general de los marines Jim Mattis, de 69 años, veterano de las guerras de Irak y Afganistán y cuyo apodo –mat dog (perro rabioso)– es en realidad más aplicable a su comandante en jefe que a él mismo. “Donald Trump es el primer presidente en toda mi vida que no intenta unir a los ciudadanos americanos, que ni siquiera pretende intentarlo. Por el contrario, trata de dividirnos –dijo–. Estamos viendo las consecuencias de tres años de este deliberado esfuerzo, de tres años de un liderazgo inmaduro”. Y amoral, cabría decir.

Mattis sabe muy bien de lo que habla, porque entre enero del 2017 y diciembre del 2018 –en que dimitió– fue su secretario de Defensa. Y uno de los altos cargos del Gobierno y de la Casa Blanca que todavía eran capaces de moderar las ocurrencias y desenfrenos que el presidente incuba mientras traga horas y horas de televisión –leer, no lee ni los informes de Inteligencia– y se excita con las tertulias políticas.

En el 2017, Trump ya incendió medio país al mostrarse comprensivo con los supremacistas blancos que se enfrentaron a grupos antifascistas en Charlottesville y mataron a una mujer. Entonces, sus colaboradores lograron compensar sus inclinaciones naturales haciéndole leer un discurso condenatorio de la violencia racista y llamando a la unidad del país. Tres años después, nadie parece ya capaz de frenarle.

A cinco meses de las elecciones presidenciales de noviembre, el panorama se ha oscurecido para el aspirante a la reelección. A la crisis sanitaria y económica de la Covid-19 –cuya desastrosa gestión ha dejado hasta el momento un rastro de dos millones de infectados, más de 113.000 muertos y 40 millones de desempleados– se ha sumado la crisis racial, mientras su rival, el demócrata Joe Biden, le saca ocho puntos de ventaja en los sondeos. Así que Trump trata de recuperarse electoralmente agitando la cara oscura de su electorado. Esta táctica, basada en “inflamar la división, a riesgo de una mayor inestabilidad y violencia”, plantea una “grave amenaza para la democracia americana”, alerta en un análisis para el think tank británico Chatham House la politóloga Leslie Vinjamuri.

La amenaza es, en realidad, Trump en sí mismo, un hombre caprichoso y ególatra, con pulsiones tiránicas, que gobierna utilizando la mentira y el miedo, y a quien le gustaría ejercer el poder sin más trabas que las que tienen sus admirados autócratas Vladímir Putin, Recep Tayyip Erdogan e incluso Kim Jong Un. El último informe anual de la organización norteamericana Freedom House alertaba justamente de la erosión que puede sufrir la democracia en EE.UU. a causa de un presidente que busca –afortunadamente sin demasiado éxito hasta ahora– “romper las salvaguardas institucionales” y que ignora los derechos de la oposición y las minorías.

 El mayor problema es que Trump no está solo, tiene a su partido detrás. Indignamente callado, el GOP ha renunciado a sus principios. “El Partido Republicano está traicionando la democracia, está demostrando que ya no le interesa una democracia multipartidista, sino que sólo le preocupa consolidar el poder”, advertía recientemente Jason Stanley, profesor de filosofía de la Univerdidad de Yale, en el Washington Post. Y cuando todo vale, la dictadura puede estar a la vuelta de la esquina.




lunes, 1 de junio de 2020

Guerra de religión en la UE


La división de Europa ante la pandemia de la Covid-19 es un reflejo contemporáneo de la fractura entre protestantes y católicos

@Lluis_Uria

El cuadro que ilustra esta página, pintado a finales del siglo XIX por Henri-Paul Motte –popular autor de temas históricos–, presenta al cardenal Richelieu, el todopoderoso primer ministro del rey Luis XIII, mitad monje mitad soldado, supervisando el sitio de La Rochelle en 1628. El ejército del rey de Francia buscaba poner fin a la sublevación de los protestantes de este importante puerto de la costa atlántica, que siete años antes habían proclamado la independencia y contaban con el apoyo militar de Inglaterra. El cardenal Richelieu, obispo y –por encima de todo– estadista, consideró que se había traspasado la frontera de lo admisible: “Hay que cortar la cabeza del dragón”, declaró. O así cuenta la leyenda.

El asedio de La Rochelle, que fue bloqueada por mar con la construcción de un gran  dique, se prolongó durante un año y acabó con la victoria de las tropas reales, dejando tras de sí la muerte de la mayoría de los 28.000 habitantes de la ciudad. El desenlace fue decisivo para el futuro de Francia, pues comportó el sometimiento –y posterior expulsión– de la comunidad protestante y la consolidación definitiva del país como una potencia católica.

La caída de La Rochelle fue un golpe determinante para los hugonotes, los seguidores del fundador del calvinismo, el teólogo francés Juan Calvino. La derrota de los calvinistas puso fin a las concesiones territoriales que mediante el Edicto de Nantes  habían recibido del rey Enrique IV –quien había reconocido el establecimiento de una cincuentena de plazas fuertes para los protestantes– y abrió el camino para que en 1685 el rey Luis XIV revocara  completamente el edicto y suprimiera la libertad de culto en Francia. Aquella decisión precipitó el éxodo de miles de hugonotes, que buscaron refugio en los países protestantes, entre ellos la recién independizada Holanda, convertida en la nueva patria del calvinismo.

Algunos analistas, como el ensayista francés Alain Minc –un influyente asesor de los presidentes Nicolas Sarkozy y François Hollande–, opinan que la expulsión de los hugonotes tuvo nefastas consecuencias para Francia, que de este modo se vio privada de una “burguesía de los negocios” que a su juicio el catolicismo engendró con mayor dificultad, mientras que este éxodo alimentó el nuevo capitalismo en Holanda y Prusia. “Sin la revocación (del Edicto de Nantes), Francia se hubiera industrializado mucho más rápidamente”, sostiene.

Lo que Francia perdió lo ganó Holanda, que en el siglo XVII se convirtió en la gran  potencia  comercial y marítima continental con el concurso decisivo de los refugiados hugonotes. El economista alemán decimonónico Eberhard Gothein no dudó en calificar la diáspora calvinista como el “vivero de la economía capitalista”.

El papel  que el protestantismo en sus diferentes ramas  –anglicanismo, luteranismo, calvinismo...– tuvo en el surgimiento del capitalismo en Europa ha sido ampliamente documentado. En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de 1905, el filósofo germano Max Weber sostiene que la concepción protestante sobre el valor del trabajo, y la legitimación de la búsqueda del provecho, contribuyó de forma determinante a la aparición del capitalismo. Y también a la formación de una ética que conjuga ascetismo y puritanismo –especialmente en el calvinismo, que rechaza todo tipo de frivolidad y disfrute, así como el “derroche ocioso del dinero y del tiempo”– y que ha modelado la manera de vivir y de pensar de media Europa.

Cuando el ministro de Finanzas neerlandés, Wopke Hoekstra, rechazó recientemente la emisión de deuda pública europea para ayudar a los países más afectados por la pandemia de Covid-19 –España e Italia– acusándoles de haberse quedado sin margen de maniobra presupuestaria por haber despilfarrado el dinero en su momento, estaba actuando como un auténtico calvinista, cuyo apego a la austeridad va parejo al hábito de hablar con ruda franqueza. Lo mismo había hecho su antecesor, Jeroen Dijsselbloem, a raíz de la crisis financiera del 2008 cuando acusó a los países meridionales europeos de actuar como las cigarras: “No se puede gastar todo el dinero en copas y mujeres y luego pedir que te ayuden”, declaró, abonando un prejuicio que ha vuelto a aparecer estos días en la portada del semanario holandés Elsevier.

Holanda lidera hoy el grupo de los llamados “países frugales”, que rechazan conceder ayudas a fondo perdido y mutualizar deuda en la Unión Europea.  Es una división entre el Norte y el Sur, entre países ricos y pobres,  pero también –y fundamentalmente– entre protestantes y católicos.
Hablando de la crisis griega en una entrevista con La Libre Belgique en el 2017, el historiador  neerlandés Luuk van Middelaar sostenía que en Europa se enfrentan “dos concepciones de la vida política”, donde se reflejan “los mismos debates que durante las guerras de religión”. “Los protestantes –decía– insisten en el respeto a las reglas y a la ley, apelan a la verdad y acusan a los otros de hipócritas, mientras que el catolicismo está más centrado en el amor, lo que hoy se traduce por solidaridad, y deja más margen a la discrecionalidad en la aplicación de las reglas”. Europa no ha superado aún esta dicotomía entre sus dos almas.

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha hablado en estos mismos términos en varias ocasiones. “Hemos vuelto a la guerra de religión que opone a la Europa católica y la Europa calvinista, y que históricamente ha conducido siempre a Europa a su perdición”, alertaba hace cuatro años.
Hoy, la pandemia de la Covid-19 ha vuelto a poner esta fractura sobre el tapete. La gran diferencia respecto a la crisis financiera del 2008 es que en esta ocasión Alemania –históricamente alineada con Holanda– ha asumido por primera vez, de la mano de  Francia, el principio de la solidaridad europea sin condiciones. Y ha sido la hija de un pastor luterano, la canciller Angela Merkel, quien ha roto el tabú.

https://www.lavanguardia.com/internacional/20200531/481472342235/europa-ue-covid-19-francia-alemania-protestantes-catolicos-calvinistas-holanda.html





lunes, 9 de marzo de 2020

Víctimas de la paz


@Lluis_Uria

"Era cerca de Bagram... Entramos en un kishlak (aldea) y pedimos comida. Según sus leyes, si un hombre entra en tu casa y está hambriento, no puedes negarle una torta caliente. Las mujeres nos dejaron sentarnos a su mesa y nos dieron de comer. Cuando nos hubimos marchado, los vecinos apedrearon a esas mujeres y a sus hijos hasta la muerte”. Es el testimonio de un soldado extranjero en Afganistán. En este caso, un soldado ruso de los miles que participaron en la guerra en que se empantanó la desaparecida Unión Soviética entre 1979 y 1989. Sus recuerdos están recogidos, junto a otros muchos, en el impactante libro Los muchachos de zinc, de Svetlana Alexiévich.

Es el relato de un soldado ruso en la segunda mitad del siglo XX. Pero podría ser el de un soldado británico de finales del siglo XIX (1839-1842 y 1878-1880). O el de un soldado norteamericano en la primera mitad de este siglo (desde el 2001 hasta hoy) La escena podría ser exactamente la misma. Porque en la guerra, por encima del tiempo y el espacio,  las mujeres son siempre víctimas. Y en Afganistán lo han sido –y pueden volver a serlo– también en la paz.

Afganistán es un país en guerra permanente casi desde el principio de los tiempos. Contra los invasores del exterior y contra sí mismo (entre tribus y señores de la guerra rivales). Tras la retirada soviética, siguió una guerra civil que acabó con la instauración en 1996 del régimen tiránico de los Talibán, derribado por Estados Unidos en el 2001 como represalia por los atentados del 11-S (era bajo sus alas que había encontrado protección la organización terrorista Al Qaeda). Los talibanes se echaron entonces al monte –nunca mejor dicho en el caso de este país fragmentado entre altísimas cumbres– y desde entonces no han dejado de hostigar al ocupante y al régimen de Kabul.

Afganistán lleva 40 años en guerra. Ocho de cada diez afganos han nacido en este tiempo. Ocho de cada diez afganos desconocen lo que es vivir en paz. En los últimos dieciocho años, Estados Unidos y sus aliados occidentales  han perdido 3.500 soldados. Los afganos han pagado el tributo más elevado: entre 100.000 y 150.000 muertos. La Corte Penal Internacional parece dispuesta a investigar ahora los crímenes de guerra cometidos por todas las partes durante este tiempo. Un trabajo ingente...
El bucle en el que está engullido Afganistán se resume en una imagen: en la mesa de negociación entre EE.UU. y los dirigentes talibanes para poner fin a la guerra, que desembocó en la firma la semana pasada en Doha de un acuerdo de vida incierta, se sentaba el mulá Abdul Ghani Baradar, quien en los años 80 combatió contra los soviéticos en uno de los grupos de muyahidines financiados por Washington.

El acuerdo de Doha, por el cual EE.UU. se compromete a abandonar el país en un plazo de 14 meses a cambio de que los talibanes renuncien a dar otra vez cobijo a grupos terroristas, puede poner fin a esta última guerra y permitir a Donald Trump cumplir su promesa de retirarse de Afganistán (sin haber conseguido nada, por otra parte, como los soviéticos, como los británicos...) Pero alcanzar la paz costará bastante más. Los talibanes y el Gobierno de Kabul deberían empezar, a partir de pasado mañana, una negociación bilateral cuyos primeros pasos habrían de incluir la liberación de 5.000 milicianos y 1.000 soldados afganos prisioneros. De momento, los talibanes han empezado a preparar el terreno multiplicando los atentados.

Los afganos pudieron respirar –un poco– durante los días previos a la firma del acuerdo de Doha gracias a la breve tregua que los talibanes aceptaron guardar como gesto de buena voluntad. Acabada, se muestran escépticos sobre el futuro del país, económicamente hundido, moralmente arruinado, sangrado por la violencia y carcomido por la corrupción. Y si esperanza de paz hay, por precaria que sea, tiene también un lado oscuro, tenebroso incluso. Porque para la mitad de la población –las mujeres– puede ser una pesadilla.

El régimen Talibán implicó un regreso a la Edad Media (de la que  las zonas rurales, dicho sea de paso, apenas han salido). A las mujeres se les prohibió estudiar y trabajar, se las confinó en casa y se las encerró en un burka. Toda diversión –incluida la música– estaba vetada. Al mínimo desliz, la pena era la flagelación o la muerte por lapidación.

La caída del régimen islamista trajo un soplo de aire fresco. El ambiente siguió enrarecido, no hay que engañarse –para Amnistía Internacional, Afganistán sigue siendo el peor país del mundo para las mujeres–, pero se hizo un poco más respirable. Al menos en Kabul. En el campo, los malos tratos, la violencia machista, el sometimiento femenino, la (doble) moral sexual, los matrimonios forzados de las niñas... siguen al orden del día. Y los castigos corporales en las zonas controladas por los talibanes son aún moneda corriente. El 80% de los suicidios los protagonizan mujeres...

Frente a esta realidad, en la capital y las áreas bajo control gubernamental en los últimos años se han abierto espacios de libertad. Las mujeres trabajan y crean sus propios negocios, y ocupan una cuarta parte de los escaños del Parlamento, las chicas han regresado a las escuelas y pueden cursar estudios superiores –la Universidad Americana de Afganistán es un oasis–, y en las terrazas de los cafés puede verse a jóvenes de ambos sexos consultando las redes sociales como en cualquier otro lugar. Todo esto podría venirse abajo a poco que los talibanes consigan reinstalarse en el poder. Sus dirigentes han intentado últimamente mostrar una cara más moderada ante la comunidad internacional. Pero nadie se fía de ellos. Y los testimonios de las mujeres afganas muestran una creciente inquietud. Quizá quien mejor lo resumió fue la activista Zara Hussaini al declarar a France Presse el día de la firma del acuerdo de Doha: “Hoy es un día negro”.

https://www.lavanguardia.com/internacional/20200308/474020883113/afganistas-taliban-talibanes-estados-unidos-al-qaeda.html?utm_term=botones_sociales_app