martes, 16 de octubre de 2018

La amenazadora ‘Estrella de la Muerte’


¿Quién está detrás de las manifestaciones de mujeres en Estados Unidos contra el nuevo juez del Tribunal Supremo, Brett Kavanaugh, acusado de agresión sexual? ¿Quién maniobra contra Donald Trump en la sombra? ¿Quién alentó la campaña de protesta contra el himno de EE.UU. que llevó a cabo el jugador de fútbol americano Colin Kaepernick por la brutalidad policial contra los negros? ¿Quién movió sus hilos contra el Brexit y promueve ahora un segundo referéndum para que el Reino Unido dé marcha atrás? ¿Quién busca con artimañas llenar Europa de inmigrantes, desde Hungría a Italia? ¿Quién trata de socavar el poder de Vladímir Putin en Rusia? ¿Y  de Viktor Orbán en Hungría? ¿Quién pagó a los manifestantes de este verano contra el Gobierno  de Viorica Dancila en Rumanía? ¿Quién apoyó la revolución de las rosas en Georgia? ¿Quién actuó bajo mano en la revolución del Maidán en Ucrania? ¿Quién activó las redes sociales con fake news y agitadores de todo tipo en favor de la secesión de Catalunya?

La lista de acusaciones  da vértigo. Y la sola idea de que un personaje todopoderoso pudiera actuar en todos estos frentes desde la sombra suscita incredulidad. Sin embargo, las redes sociales van llenas. Y, más llamativo todavía, importantes dirigentes políticos en Europa y en Estados Unidos las avalan (o sugieren) personalmente. Todos los dedos señalan a una persona: el multimillonario norteamericano de origen húngaro George Soros, antiguo buitre de Wall Street reconvertido en filántropo mundial a través de su fundación Open Society. Según este relato, difundido activamente desde la extrema derecha y las corrientes políticas iliberales y autoritarias, Soros sería un híbrido entre el profesor Moriarty, el gran criminal internacional de las novelas de Arthur Conan Doyle, y Ernst Stavro Blofeld, el líder de la siniestra organización Spectre, que Ian Fleming imaginó como un megalómano que ambicionaba dominar el mundo (salvo que ahí estaba James Bond, el agente 007, para impedirlo). O sea, el enemigo público número uno.

La comparación suena a caricatura, pero no lo es más que al apodo que le dedica a Soros el portal norteamericano de extrema derecha Breitbart –fundado por Steve Bannon, el otrora gurú personal de Trump reciclado hoy en profeta de un movimiento ultra europeo a través de The Mouvement–, y que alude al arma definitiva del maligno imperio de La guerra de las galaxias: Death Star, la Estrella de la Muerte...

Naturalmente, George Soros –quien, por otra parte, nunca ha sido una hermanita de la caridad– reúne los elementos necesarios para alimentar toda suerte de tesis conspiracionistas: tiene un pasado oscuro como tiburón de las finanzas, mueve presupuestos milmillonarios, está al frente de una organización tentacular con presencia en 140 países... y es judío.  Un dato, este último, que encuentra notable eco en los países del Este de Europa, donde el antisemitismo aún está fuertemente arraigado.

¿Pero quién es George Soros? Nacido en Budapest en 1930 bajo el nombre de György Schwartz, el futuro magnate y su familia lograron escapar a la persecución nazi cambiando su identidad. En 1947, bajo la ocupación soviética, Soros abandonó Hungría y se trasladó a Londres, estudiando en la London School of Economics, donde tuvo como profesor e inspirador al filósofo Karl Popper (de quien tomaría la idea de la open society, la sociedad abierta, para dar nombre a su fundación). A finales de los 50 emigró de nuevo a Estados Unidos y empezó una carrera ascendente en Wall Street que le llevó a crear en 1970 su propio fondo de inversión, el Soros Fund Management, que sería la base de su fortuna, construida y multiplicada a base de especular en los noventa contra la libra esterlina (en sólo un día de 1992  doblegó al Banco de Inglaterra y ganó 1.000 millones dólares) y contra otras monedas asiáticas.

En 1979 dio un giro a su trayectoria y con el dinero ganado creó la Fundación Open Society, que se estrenó ayudando a la escolarización de los niños negros en la Sudáfrica del apartheid. Muy activa en los países del bloque soviético a partir de los años 80, la fundación de Soros se fijó como objetivo promover la democracia, el libre intercambio de ideas y la defensa de los derechos individuales en todo el mundo, sobre todo a través de la educación: en 1991 fundó en Budapest la Universidad  de Europa Central  (cuya sede ha sido recientemente trasladada a Viena a causa del hostigamiento legal del Gobierno húngaro). El año pasado Soros, que  ya tiene 88 años, transfirió 18.000 millones de dólares (casi la totalidad de su fortuna personal, que  según la revista Forbes ha quedado reducida tras ese traspaso a 8.300 millones) a la fundación para garantizar su futuro.

El ruso Vladímir Putin fue uno de los primeros en actuar contra el proselitismo liberal de Soros. Tras aprobar en el Senado una ley de Organizaciones Indeseables Extranjeras, en el 2015 la fiscalía instó la prohibición de toda actividad de la fundación Open Society y sus filiales en Rusia por considerarla una “amenaza para los fundamentos del sistema constitucional de Rusia y para la seguridad del Estado”. Pero sin duda el más beligerante ha sido el primer ministro húngaro, el nacionalista Viktor Orbán (quien curiosamente estudió en el extranjero gracias a una beca de la fundación Soros), que también ha llevado su batalla al terreno legal. No sólo ha aprobado un cambio legislativo que pone trabas a la acción de su Universidad, sino que este verano dio luz verde a la denominada ley Stop Soros, que criminaliza a toda oenegé que ayude a los inmigrantes (lo cual le ha valido que Bruselas le haya abierto un expediente). Orbán acusa a Soros de pretender abrir las fronteras europeas a la inmigración masiva, una idea retomada ahora por el ministro italiano del Interior y líder de la ultraderechista Liga, Matteo Salvini: “Soros quiere llenar Italia y Europa con migrantes porque les gustan los esclavos”.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sido el último en subirse al carro y hace una semana, retomando las informaciones de Breitbart, acusó a las mujeres que se manifestaban frente al Capitolio de Washington contra la nominación del juez Kavanugh de ser “profesionales pagadas por Soros”.

Se dirá, no sin razón, que la injerencia directa o indirecta de las organizaciones de Soros en la política interna de algunos países –él mismo reconoció en su día haber apoyado a Saakashvili en Georgia, lo que consideró después un “error”– pone sobre la mesa una delicada cuestión de legitimidad. A fin de cuentas, a Soros nadie lo ha elegido y no responde ante nadie. Aunque la identidad de sus críticos –Putin, Orbán, Salvini, Trump– es aún más inquietante.


lunes, 1 de octubre de 2018

Mirando a Menton


La primera playa mediterránea de Francia, entrando desde la frontera italiana, recibe el rimbombante nombre de Hawaï. No justamente por sus palmeras, que no tiene –aunque haberlas haylas en abundancia en el pueblo de Menton, en cuyo término municipal está enclavada–, sino probablemente por su oleaje. Es una estrecha lámina de piedras y rocas, con apenas arena, donde no es extraño encontrar algún que otro surfista local. Al fondo se recorta Menton,  vanidoso con sus casas de vivos colores ocres y sus voluptuosos jardines. Ciudad de adopción del poeta y pintor  Jean Cocteau –que tiene dedicado un museo–, durante cuatro siglos perteneció al cercano Principado de Mónaco y hoy es una de las joyas de la Costa Azul, la riviera francesa.

Menton es la imagen de postal que ven –impotentes– desde el otro lado de la frontera los inmigrantes africanos que se agolpan en la cercana ciudad italiana de Ventimiglia, uno de los cul-de-sac de la Europa que se jacta de la libre circulación de personas. Los gendarmes no les dejan pasar (suponiendo que los carabinieri no los hayan interceptado antes). Los franceses hacen lo mismo –de tapón– en Calais con los migrantes que quieren alcanzar el Reino Unido. La diferencia es que los británicos nunca llegaron a adoptar la Europa sin fronteras del tratado de Schengen. Francia e Italia, sí.

El problema de Ventimiglia, ciudad balnearia que en otras circunstancias hubiera sido como Menton –Cocteau aparte– y ahora ha perdido a los turistas, viene de lejos. Se arrastra desde hace más de una década. La crisis de Ventimiglia, que no es sino la crisis de Schengen, arrancó en un ya lejano 2011 cuando la primavera árabe arrojó a  las costas italianas a miles de tunecinos. Ante el alud que se avecinaba –y en una actitud muy lejana de la que adoptaría la canciller alemana, Angela Merkel, con la crisis siria en el 2015–, el Gobierno francés de la época suspendió el servicio ferroviario entre ambos países durante horas y planteó suspender temporalmente el tratado de Schengen. El presidente francés era entonces Nicolas Sarkozy. Y las medidas excepcionales que se adoptaron han acabado por enquistarse de forma provisionalmente permanente... Siguieron con François Hollande y ahora con Emmanuel Macron.

Francia no se ha andado con paños calientes a la hora de sellar su frontera sur. La justicia ha actuado contra todos aquellos ciudadanos franceses que, por convicciones, han ayudado a los migrantes a pasar la frontera francoitaliana (en el 2017 el agricultor Cédric Herrou fue condenado a cuatro meses de prisión por ello, antes de que este mes de julio el Consejo Constitucional le absolviera en nombre del “principio de fraternidad”). Y las fuerzas de seguridad muestran un celo extremo en el cumplimiento de su misión: el pasado mes de abril se desencadenó una pequeña crisis diplomática entre París y Roma después de que gendarmes franceses armados irrumpieran en un centro de acogida de inmigrantes en la localidad de  Bardonecchia, en la frontera alpina.

Todo esto ha ido sucediendo bajo la presidencia del europeísta Emmanuel Macron, quien no he tenido empacho en criticar ásperamente la nueva actitud de dureza del Gobierno populista italiano de la Liga y los grillini con la inmigración. El presidente francés acusó de “cinismo” e “irresponsabilidad” al Gobierno italiano por negarse el pasado mes de junio a que el buque Aquarius –con más de 600 inmigrantes rescatados a bordo– atracara en un puerto italiano. A lo que el ministro italiano del Interior, el ultraderechista Matteo Salvini, a quien se puede criticar –y mucho– por su política xenófoba y sus tics racistas, respondió en este caso no sin razón: “Desde principios del 2017 hasta hoy la Francia del valiente Macron ha rechazado más de 48.000 inmigrantes en la frontera con Italia (...) En lugar de dar lecciones a los otros, invitaría al hipócrita presidente francés a reabrir las fronteras”, escribió en las redes sociales.

Lo cierto es que el Aquarius, que acabó en Valencia a invitación del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, pudo haberse quedado en Ajaccio –como proponían las autoridades corsas, no en vano costeó el sur de la isla de Córcega– pero París lo rechazó. Como lo ha negado esta semana otra vez. Fletado por dos oenegés francesas, Médicos sin fronteras (MSF) y SOS Mediterranée, el Aquarius pidió desembarcar en Marsella a los 58 inmigrantes que llevaba, pero el Gobierno francés no quiso saber nada: forzó que atracara en Malta y que los rescatados sean repartidos entre tres países europeos. ¡Son tantos!

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, reza un dicho castellano. “Sempre t’enmascararà el drap brut de la cuina”, dice otro catalán. Francia,  que se enorgullece de presentarse como   patria de los Derechos del Hombre –nada de Humanos, del Hombre–, da a veces más lecciones de las que realmente está en posición de poder dar.

Adalid de la lucha mundial contra el cambio climático, Emmanuel Macron obtuvo esta semana en la ONU el reconocimiento a su labor internacional en este terreno al ser galardonado por el foro One Planet Summit con el grandilocuente título de “Capitán de la Tierra”. No está claro que su dimitido ministro para la Transición Ecológica, Nicolas Hulot –el auténtico Capità Enciam de allende los Pirineos–, quien tiró la toalla ante las renuncias de su presidente en materia de medio ambiente, esté del todo de acuerdo.


martes, 18 de septiembre de 2018

Yo, el pueblo


"Tantos enemigos, tanto honor!” (Tanti nemici, tanto onore!), tuiteó el ministro italiano del Interior y líder de la ultraderechista Liga, Matteo Salvini, el pasado 29 de julio, encantado en el fondo de estar en el centro del escenario, aunque sea para ser atacado. Es lo que busca desde que, hace poco más de cien días, formó gobierno con los grillini de Luigi di Maio, a quien –pese a ser el socio mayoritario de la coalición antisistema italiana– ha logrado ya ensombrecer y sobrepasar en los sondeos de intención de voto. La frase podría haber pasado sin pena ni gloria, como uno más de los 27.000 tuits que ha lanzado desde el 2011 –lejos, pero no tanto, de los 38.900 de su admirado Donald Trump, que empezó dos años antes–,  si no fuera porque parafraseó una sentencia de Benito Mussolini, que éste hizo grabar en piedra en el Foro Itálico: “Molti nemici, molto onore”.  Por si fuera poco, Salvini tuvo la ocurrencia –pura casualidad, sostiene, aunque la duda es más que legítima– de escribir el tuit el mismo día en que se cumplía el 135º aniversario del nacimiento del dictador fascista (el 29 de julio de 1883)

Preguntado esta semana por esta polémica, y por su  eventual proximidad ideológica con el fascismo, en el programa de entrevistas de la BBC Hard Talk, conducido por el periodista Stephen Sackur, Matteo Salvini contestó: “Ya no estamos en la época del comunismo contra el fascismo, ni de la izquierda contra la derecha, hoy es el pueblo contra las élites”. Y del pueblo, por supuesto, es él su más genuino representante, su defensor.

El pueblo contra las élites, el pueblo contra el establishment, el pueblo contra los poderes establecidos –ocultos o no–, contra la clase política tradicional, contra los jerarcas económicos, contra las instituciones –entre ellas, la justicia–, contra los medios de comunicación... Es algo más que el nuevo mantra. Es un clima que se va extendiendo en la política europea y norteamericana y que parece calcado, en no pocos aspectos, del que se difundió en Europa en el periodo de entreguerras y que alumbró ideologías totalitarias como el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia, y cobijó entre los años treinta y cuarenta regímenes autoritarios en muchos otros países, desde España a Francia –no se olvide el Gobierno de Vichy–, pasando por Austria,  Eslovaquia, Grecia, Hungría, Noruega, Portugal o Rumanía.

Como Mussolini en los años treinta, los nuevos populistas apelan al pueblo en su oposición a los poderes establecidos. Y atacan a  todos los contrapesos democráticos que puedan obstaculizar sus objetivos con el fin de deslegitimarlos. Lo hace Matteo Salvini en Italia, Jarosław Kaczynski en Polonia, Viktor Orbán en Hungría, Donald Trump en Estados Unidos... Y otros muchos aspiran a hacerlo en toda Europa, donde las fuerzas de ultraderecha van avanzando posiciones: la última, los Demócratas de Suecia (SD) –equívoco nombre para un partido de orígenes neonazis–, que obtuvieron un 17,6% de los votos el domingo pasado... Quienes están ya en el gobierno, en los antiguos países del Este y en Italia –por su peso político y económico, sin duda el caso más preocupante–, y quienes lo acechan se preparan para dar una batalla crucial en las elecciones europeas de mayo del año que viene, en las que aspiran a entrar como caballo de Troya en la Eurocámara para desmontar la UE.

¿Su fuerza? La gente... Como en el siglo  pasado, los populistas crecen en el desconcierto, la angustia y el resentimiento de una parte de los ciudadanos, desorientados y castigados por la globalización, a quienes ofrecen un cóctel de demoledora eficacia: prometen soluciones simples para problemas complejos,  ofrecen protección y orden, exacerban el sentimiento identitario y buscan un enemigo exterior (un país tercero, los inmigrantes extranjeros, Bruselas, todo a la vez...) que asuma la culpa de todos los males.  “Así es como los tentáculos del fascismo se extienden en el seno de una democracia. A diferencia de la monarquía o de una dictadura militar impuesta desde arriba, el fascismo obtiene energía de los hombres y las mujeres que están descontentos por una guerra perdida, un empleo perdido, el recuerdo de una humillación o la idea de un país que está en declive”,  subraya la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright en su reciente libro Fascismo. Una advertencia (Paidós, 2018) Para la responsable de la diplomacia estadounidense  con Bill Clinton, la democracia está hoy amenazada en todo el mundo, empezando por Estados Unidos: “Si consideramos el fascismo como una herida del pasado que estaba prácticamente curada, el acceso de Donald Trump a la Casa Blanca sería algo así como arrancarse la venda y llevarse con ella la costra”.

Ésta es quizá, y en cierto sentido, la principal diferencia  con los años treinta: en esta ocasión, EE.UU. no aparece como el salvador, sino como la punta de lanza del ataque contra la democracia. Trump arremete día sí, día también, contra los pilares del sistema democrático, contra la Constitución y las leyes, contra la justicia independiente, contra la libertad de información... y siempre en nombre de un pueblo que en una parte no desdeñable sigue aplaudiéndole. En su obra El pueblo contra la democracia (Paidós, 2018), el politólogo Yascha Mounk, profesor de Harvard, describe cómo los norteamericanos se están alejando del ideal democrático, especialmente los más jóvenes –un apoyo de sólo el 29% entre los nacidos en la década de los 80– y se inclinan cada vez más hacia posiciones autoritarias –un 24% de los jóvenes de 18 a 24 años apoyarían un gobierno militar–. Una base sobre la que puede germinar la idea de la necesidad de un hombre fuerte, libre de todos los contrapoderes que puedan impedirle “llevar a cabo la voluntad del pueblo”.

Mounk, que sin embargo se muestra esperanzado en la posibilidad de revertir esta deriva –si se lucha por ello, claro está–, advierte que la predominancia de la democracia liberal como sistema político en buena parte del mundo “podría estar tocando ahora a su fin”. Y alerta de cómo cayó la república de Roma, lentamente, a pequeños pasos: “Cuando los romanos corrientes tomaron por fin conciencia de que habían perdido la libertad de autogobernarse, hacía ya mucho tiempo que la República estaba perdida”. Y llegó el Imperio.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

A solas en el ‘taller del diablo’


Hay que imaginarse la escena. Donald Trump, recién levantado de la cama pero todavía en el dormitorio principal de la Casa Blanca –lo que algunos de sus colaboradores han bautizado ácidamente como el taller del diablo–. Conecta la televisión y ve las noticias de la ultraconservadora Fox News –la cadena amiga–, se calienta, se enerva, coge el móvil y empieza a tuitear. Son las 7 de la mañana –a veces las 6, a veces antes, depende del grado de insomnio–, la hora bruja, el momento en que el presidente de Estados Unidos  entra en su cuenta personal de Twitter –@realDonaldTrump, no la oficial, @POTUS– y empieza a dar rienda suelta a sus demonios. Sin consultar a nadie. Sin pararse a pensar un minuto. Atacando a diestro y siniestro las más de las veces. Marcando, otras,  los sesgos de la política exterior sin que nadie pueda frenarle (o sustraerle directamente los papeles de la mesa de su despacho) Lo cual es mucho más problemático.

Jueves 6 de septiembre, 6.58 de la mañana. Extasiado por los elogios que le dedica el dictador norcoreano Kim Jong Un, mientras el país digiere los primeros y demoledores avances del libro de uno de los dos periodistas del Washington Post que destaparon el caso Watergate y hundieron a Richard Nixon, Bob Woodward –Fear, Donald Trump in the White House (Miedo, Donald Trump en la Casa Blanca)–, el presidente norteamericano escribe: “Kim Jong Un de Corea del Norte proclama su ‘inquebrantable fe en el presidente Trump’. Gracias, presidente Kim. ¡Juntos lo conseguiremos!”.

Para nadie es un secreto la fascinación que el joven y astuto tirano norcoreano ejerce sobre Donald Trump –como otros líderes fuertes a los que les gustaría parecerse, de Vladímir Putin a Recep Tayyip Erdogan–, hasta el punto de que el brillante camarada se llevó descaradamente el gato al agua en la histórica cumbre que ambos celebraron el 12 de junio en Singapur. Fiel a su carácter, Trump celebró por todo lo alto los resultados del encuentro, pese a ser más que inconcretos, y vaticinó el inicio de una nueva era de paz. El hecho es que apenas dos meses después tanto los servicios de inteligencia norteamericanos como la Agencia internacional de la energía atómica (OIEA) constataron que Corea del Norte  seguía adelante con su programa nuclear... Todas las bravuconadas y amenazas con destruir el país y a su líder, al que despectivamente llamó hombre cohete, se fundieron en unos sorprendentes 45 minutos de tête-à-tête sin más compañía que los intérpretes.

Lunes 4 de septiembre, día festivo en Estados Unidos (Labour Day), 18.20h, Trump tuitea: “El presidente Bashar el Asad de Siria no debe atacar temerariamente la provincia de Idlib. Rusos e iraníes cometerían un grave error humanitario si toman parte en esta potencial tragedia humana. ¡No dejemos que suceda!”. Parece una amenaza, pero no lo es. Incluso como advertencia es suave. “¡No dejemos que suceda!”: podría escribirlo cualquier tuitero dispuesto a comprar unos gramos de buena conciencia por el módico precio de 280 caracteres. Pero Trump, que se ve a sí mismo –en su inmensa modestia– como “el Shakespeare” de Twitter, no es un tuitero cualquiera. Es el presidente de Estados Unidos, la primera potencia económica y militar –y cada vez menos política– del mundo. Y con su tuit no hacía más que exhibir su impotencia. Igual que cuando fuera de sí –como describe Woodward en su libro– pedía matar a El Asad o acabar con el problema de Afganistán a sangre y fuego... Lo cierto es que  ayer, en Teherán, el ruso Vladímir Putin, el turco Recep Tayyip Erdogan y el iraní Hasan Rohani, se reunieron para decidir el futuro de la provincia de Idlib y, más allá, de la Siria de posguerra, sin contar para nada con Washington, dramáticamente al margen pese a sostener a una de las milicias armadas en juego en el conflicto.

La política de Donald Trump desde su llegada a la Casa Blanca en enero del 2016 ha provocado un auténtico seísmo en la política exterior estadounidense y, en no pocos aspectos, ha arruinado –a golpe de tuit, calentón tras calentón– la labor de años del Departamento de Estado y del servicio diplomático. El presidente, adicto a una determinada manera de enfocar sus negocios,  parece  conocer únicamente el arma de la amenaza y la extorsión. Así sea con sus enemigos –véase la escalada de sanciones económicas a Corea del Norte, Irán , Turquía o China– como con sus aliados de toda la vida –castigos comerciales a la UE, Canadá y México–, sin importarle  el debilitamiento  de la alianza occidental (¡su menosprecio hacia Europa y la OTAN es proporcional a su atracción fatal por los autócratas!)

A tenor de lo visto hasta ahora, y de lo revelado  sobre las interioridades de la actual Administración norteamericana por numerosas fuentes –desde el libro de Woodward al anterior de  Michael Wolff (Fuego y furia), pasando por el anónimo y espeluznante artículo publicado por un “alto cargo” esta semana en The New York Times–, la Casa Blanca es una olla de grillos, donde los más osados intentan frenar o boicotear en secreto –al menos hasta ahora– las iniciativas más desmesuradas e irreflexivas de Donald Trump, al que describen como un ignorante que lo desconoce casi todo del mundo, no se interesa por los informes que requieren una mínima lectura y se aburre con los briefings de sus servicios de inteligencia. Según testimonios recogidos por el periodista del Washington Post, la sumaria opinión del defenestrado secretario de Estado Rex Tillerson  sobre el presidente de EE.UU. no puede ser más diáfana: “Es un imbécil”.



lunes, 3 de septiembre de 2018

Las vacaciones (forzosas) de M. Hulot

Cuando algo no funcionaba, había que llamar a Monsieur Hulot, el arquitecto que había proyectado el inmueble. Jacques Tatischeff, nieto de un general del Zar que en el futuro sería conocido por el nombre artístico de Jacques Tati, se lo escuchó mil veces a la conserje del edificio donde vivía en París cada vez que le iba con algún problema. Hasta el punto de que, convertido en cineasta, decidió adoptar el mismo apellido para crear al torpe, despistado y a la vez entrañable personaje –sombrero, impermeable y pipa– que  encarnaría en sus principales películas:  Las vacaciones de M. Hulot (1953) o Mi tío (1958), que recibiría el Oscar a la mejor película extranjera. Hoy, Monsieur Hulot –el nieto del arquitecto– es el nombre de un ministro dimitido,  de un ecologista decepcionado.

El martes, Nicolas Hulot, de 63 años y aspecto eternamente juvenil, anunció inopinadamente en la radio su dimisión como ministro para la Transición Ecológica y Solidaria del Gobierno francés. No había avisado a nadie. Ni al presidente Emmanuel Macron. Ni siquiera a su familia. “No quiero seguir mintiéndome”, dijo.

Antes de esa teatral renuncia, mucho antes de  soñar con llegar al Gobierno, Nicolas Hulot era sobre todo una estrella de televisión. Una celebridad. Fotógrafo, periodista y presentador, en los años ochenta y noventa logró atraer cada semana a millones de telespectadores a su emisión Ushuaïa, en el canal TF1, desde donde mostraba la compleja diversidad del mundo y concienciaba a la audiencia sobre la necesidad de salvaguardar la naturaleza. Para quienes tengan suficiente memoria televisiva, era la versión francesa del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente, autor del popular programa El hombre y la Tierra, emitido por TVE en los setenta.

Nicolas Hulot se ganó el corazón de los franceses desde la pequeña pantalla. Y también se ganó más que confortablemente la vida. De acuerdo con la declaración de bienes hecha pública cuando accedió al cargo de ministro, era el segundo miembro más rico del Gobierno francés, con un patrimonio estimado oficialmente en 7,2 millones de euros, entre los que se incluyen nueve vehículos de motor... Los ecologistas con pedigrí –que nunca le han acabado de perdonar su advenedizo liderazgo– se lo han reprochado más de una vez. Como el hecho de que su programa, así como su fundación –creada en 1990–, recibiera financiación de firmas a priori tan poco verdes como EDF, Veolia, L’Oréal o Kering, de quienes sigue percibiendo royaltis. Hulot, sin embargo, nunca ha pretendido ser quien no es y fue el primero en reconocer que no nació ecologista, se convirtió.

El caso es que su popularidad acabó siendo un hecho tan incontrovertible que pronto despertó el apetito –y el temor– de los partidos. Hasta el punto de que la sola amenaza de que pudiera presentarse en las elecciones al Elíseo en el 2007 hizo que el resto de candidatos aceptara mansamente –a cambio de su retirada– firmar en actos públicos su “pacto ecológico”. De Nicolas Sarkozy a Ségolène Royal, todos pasaron a rendir pleitesía al astro. Difícil pensar que tamañas reverencias no tuvieran efecto alguno en su ego, como le han reprochado sus adversarios. Tan es así que, tras el mandato de Sarkozy, Hulot intentó encabezar la candidatura de los ecologistas en el 2012. Pero fue batido en las primarias por la exjuez anticorrupción Eva Joly, un severo correctivo que –añadido al fracaso de su documental El síndrome del Titanic (2009)– le dejó a merced de las opas hostiles de la política. La primera le llegó en el 2012 de la mano de François Hollande, que le nombró enviado especial  para la protección del planeta. La segunda y definitiva, en el 2017, cuando  Macron le hizo ministro. Había llegado su gran momento...

Pero la gloria sólo ha durado 15 meses. Quienes le quieren mal  –dentro y fuera de sus filas, a derecha e izquierda– se han apresurado a señalar como causa de su fracaso a él mismo: a su impaciencia, su radicalismo, su tibieza, su individualismo... Pero  no hay más que repasar la fulgurante caída de otros ministros de Medio Ambiente anteriores –de Nicole Bricq a Delphine Batho– para comprender que el problema de fondo trasciende la personalidad de quien ocupe el Hôtel de Roquelaure. Las exigencias de la ecología casan mal con  las políticas de relanzamiento económico que han puesto en práctica los sucesivos gobiernos. Y chocan con los intereses de poderosos grupos de presión con gran entrada en las esferas del poder.

Así, las batallas ganadas por Hulot durante su breve mandato –particularmente la suspensión del proyecto del aeropuerto de Nuestra Señora de las Landas– parecen pírricas al lado de sus  derrotas: así en la ley de Hidrocarburos –considerablemente descafeinada– como ante los intereses de los agricultores en materia de alimentación o de pesticidas.

Probablemente lo que más daño le haya hecho es la política nuclear –“Esta locura económica y técnicamente inútil en la que nos empeñamos”, según sus palabras–, donde ya se había visto obligado a una primera renuncia al aceptar retrasar al menos hasta el 2030 el objetivo de reducir del 75% al 50% la producción eléctrica de origen nuclear. Y todo indica que su empeño en fijar un programa detallado de cierre de centrales iba a acabar del mismo modo, no en vano la industria –que tiene su principal aliado en el propio primer ministro, Édouard Philippe, antiguo directivo del gigante nuclear Areva– ejerce una fuerte presión en contra del cierre e incluso quiere aumentar la construcción de reactores de nueva generación EPR. En su adiós radiofónico, el ministro puso el dedo en la llaga al señalar el peso  de los lobbies en las políticas públicas preguntándose: “¿Quién tiene el poder? ¿Quién gobierna?”.

Amortizado prematuramente, si algo está claro es que ante el próximo problema ya no podrá llamarse a Monsieur Hulot.


lunes, 27 de agosto de 2018

Cuando la verdad no es la verdad


Esta semana las redes se llenaron con la presunta noticia de la supuesta ejecución de la activista chií Israa al Gomgam, detenida en el 2015 por apoyar y difundir las protestas de esta minoría en Arabia Saudí. Los autores de la información habían añadido, como vía para reforzar su veracidad,  las imágenes de la decapitación de una mujer, rubricándola con un latiguillo de probada eficacia: “Silencio absoluto de los medios de comunicación occidentales”. Lamentablemente, la ejecución podría convertirse algún día en realidad, puesto que la fiscalía saudí ha pedido contra Al Gomgam la pena de muerte. Pero, en el momento de ser difundida, la noticia era totalmente falsa. Lo que no impidió que fuera amplia, y tan indignada como irreflexivamente, retuiteada.

Ejemplos como el de la activista saudí hay a cientos en las redes. Uno de los de más éxito –por recurrente– es el del  barco cargado con supuestos refugiados europeos huyendo durante la Segunda Guerra Mundial hacia el norte de África. El autor lo utiliza para afear el egoísmo de Europa hacia los inmigrantes de África y Oriente Medio, y concluye con esta admonición: “Antes de cerrar las fronteras ¡consulten a sus abuelos!”. Sólo que, una vez más, los hechos expuestos son falsos. El barco, identificable en las imágenes, es el Vlora y condujo a miles de refugiados albaneses a las costas italianas en 1991. Nada que ver con lo que se dice.

Nunca antes como ahora se habían difundido tantas noticias falsas y tan rápidamente. Las nuevas tecnologías y modos de intercomunicación social son los detonantes de este fenómeno. Pero la causa principal, como lo ha sido siempre –los rumores son tan antiguos como la humanidad–, es la credulidad.  Y no deja de ser paradójico que sea la desconfianza hacia los medios de comunicación tradicionales la que empuje a mucha gente a entregar alegremente su confianza a cualquier fuente que se aparte de la línea oficial, sin saber quién está detrás y qué oscuros intereses esconde.

Un estudio publicado el año pasado por  la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos sobre 376 millones de interacciones de usuarios de Facebook relativas a 900 noticias confirmó que la gente “sigue la información que se alinea con sus puntos de vista” –sólo escucha lo que quiere oír– y concluyó que ello la hace “más vulnerable a la desinformación”. Otro estudio del Pew Research Center del 2016 demostró a su vez que  el 64% de los adultos se cree las noticias falsas que circulan por las redes... “Por cada hecho hay su contrario, y unos y otros tienen idéntico aspecto online, lo que confunde a la mayoría de la gente”, constataba el año pasado en la BBC Kevin Kelly, fundador y director de la revista Wired, especializada en las nuevas tecnologías.

En este caldo de cultivo, algunos regímenes autocráticos –con Rusia a la cabeza– y otros grupos de presión se están poniendo las botas difundiendo informaciones falsas. Su objetivo: sembrar la confusión, minar la confianza, desestabilizar al adversario, manipular a la opinión pública... En la campaña de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, la sociedad Cambridge Analytica –detrás de la que se encontraba el ultraderechista Steve Bannon, otrora gurú de Donald Trump– se hizo con los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook y los utilizó para lanzar mensajes selectivos con el objetivo de tratar de influir en el comportamiento electoral.

Facebook dice haber aprendido la lección y prepara ahora salvaguardas cara a las elecciones legislativas de noviembre en EE.UU.: el martes pasado anunció haber cerrado 650 páginas de grupos y cuentas destinadas a manipular a la opinión. La compañía Microsoft, por su parte, anunció el mismo día haber bloqueado varios intentos de crear webs paralelas de algunos senadores norteamericanos y de dos think tanks republicanos por parte de hackers vinculados a los servicios secretos rusos... Hay una guerra en las redes y en esta guerra la principal víctima es la verdad.

El presidente Donald Trump –cuyos problemas con el FBI por el Rusiagate se deben justamente a que su equipo de campaña quiso obtener de los rusos  información para ensuciar la imagen de su rival, Hillary Clinton– ha hecho de la mentira el eje de su política.   Probablemente ningún otro presidente de EE.UU. haya mentido tanto y con tanta desfachatez. Un análisis exhaustivo del New York Times de sus declaraciones públicas detectó en el primer año de su mandato un total de 103 mentiras –descontados errores e imprecisiones–, por sólo 18 de su antecesor, Barack Obama, en el mismo periodo de tiempo.

Ante esto, Trump se defiende atacando: acusa a los medios de comunicación críticos de difundir noticias falsas para desacreditarle –alude a ellos de forma  genérica y despectiva como los Fake news– y frente a toda información negativa esgrime sus “hechos alternativos”, en expresión de la exportavoz de la Casa Blanca Kellyanne Conway. Trump miente con descaro porque sabe que a sus seguidores les da igual. Creen lo que quieren creer.

La teoría de los hechos alternativos la ha llevado esta semana al paroxismo Rudolph Giuliani, exalcalde de Nueva York reconvertido en asesor legal del magnate. En un programa de la NBC expresó su opinión de que Trump no debería testificar ante el fiscal especial del Rusiagate, Robert Mueller, por el riesgo de ser “atrapado en  perjurio”. Y no porque el presidente fuera a mentir en su declaración –argumentó–, sino porque expondría “su versión de la verdad”.

–La verdad es la verdad –objetó el conductor del programa, Chuck Todd.

–No, la verdad no es la verdad –replicó Giuliani para estupefacción general.

Cuando la verdad no es la verdad, lo que está en juego es la supervivencia misma de la democracia. Porque, como decía Albert Camus, “allí donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa”.



miércoles, 22 de agosto de 2018

El amigo turco


Hace ahora poco más de un año, a principios de julio del 2017, el Gobierno alemán ordenó la evacuación del contingente militar que tenía desplegado en la base aérea de la OTAN de Incirlik, junto a la ciudad turca de Adana, y su traslado a la base militar de Al Azraq, en Jordania. No era un gran contingente: seis aviones Tornado –encargados de misiones de reconocimiento en las operaciones contra el Estado Islámico–, un avión de reabastecimiento y  260 militares. Pero el gesto de la retirada tuvo un fuerte simbolismo político.

Las relaciones entre Ankara y Berlín habían caído a su punto más bajo después de que Alemania aceptara dar asilo a turcos huidos tras la intentona de golpe de Estado del año anterior y vetara los mítines de ministros turcos en el país. Después de que las autoridades turcas negaran por dos veces la visita de parlamentarios alemanes a Incirlik, el Gobierno de Angela Merkel decidió abandonar la base militar.

Un año después, el rifirrafe es con Washington. Y aunque el desencadenante –el mantenimiento en prisión por parte de la justicia turca de un pastor evangélico estadounidense acusado de conexiones golpistas y terroristas– y las circunstancias –la brutalidad de la política exterior de Donald Trump– son diferentes, ambas crisis son el exponente de un mismo problema: la creciente fractura  entre Turquía y sus aliados occidentales de la OTAN.

Algunos observadores empiezan ya a especular con la posibilidad de que el gesto de Alemania de hace un año se pueda acabar convirtiendo en algo general y definitivo. Y que la OTAN decida, en su momento, sustituir Incirlik por la base de Al Azraq... También en ciertos medios se apunta desde hace un tiempo que Estados Unidos estaría preparando en secreto –si no lo hubiera hecho ya– el traslado fuera de Incirlik de su arsenal nuclear táctico, integrado por una veintena de bombas B61-12. La situación de descontrol que se vivió en Incirlik durante la intentona golpista del 16 de julio –el Gobierno turco clausuró la base, desconectó la electricidad, prohibió las operaciones aéreas y acabó deteniendo al coronel al mando– puso de relieve la fragilidad de la situación en Turquía. Pero no se trata sólo de eso, sino de la desconfianza hacia la política de Recep Tayyip Erdogan.

De hecho, las suspicacias occidentales empezaron casi desde el mismo momento en que el líder islamista conservador llegó al poder en Turquía, hace 15 años, y han ido aumentando conforme el régimen iba adquiriendo tintes autoritarios. La distancia quedó crudamente en evidencia con la reacción tibia que tuvieron los países occidentales ante el intento de golpe de Estado del 2016. Wait and see. Esperar y ver... Erdogan no lo ha perdonado. Como no ha perdonado que Estados Unidos mantenga bajo su protección al exiliado teólogo Fethullah Gülen, a quien Ankara responsabiliza de la intentona golpista, así como de dirigir una vasta organización edificada para hacerse con todos los resortes del poder. La negativa de la justicia de EE.UU. a extraditar a Gülen está detrás de la perse­cución contra el reverendo Andrew Brunson en Turquía, desencadenante de la guerra de sanciones mutuas entablada este mes de agosto entre Washington y Ankara.
            
Las purgas y persecuciones desencadenas por Erdogan tras el golpe –contra los gulenistas y, de paso, toda la oposición– creó gran malestar en Europa y Estados Unidos, y el entonces secretario de Estado norteamericano John Kerry llegó a sugerir la posibilidad de excluir a Turquía de la OTAN... Una idea, por cierto, que defienden abiertamente algunos analistas e intelectuales (particularmente en Francia, que nunca ha sido el país más atlantista del mundo). Pero  la cuestión empieza a ser no tanto si Turquía debe ser o no expulsada de la OTAN como si no es justamente Turquía la que ha empezado a irse...

El enfriamiento con sus aliados occidentales ha coincidido con un acercamiento ostensible de Erdogan al presidente ruso, Vladímir Putin, con quien al principio tenía intereses totalmente divergentes en la crisis siria (Turquía quería el desalojo de Bashar el Asad, de quien Rusia se ha erigido en salvador). La tensión entre ambos países llegó al máximo en noviembre del 2015, cuando las fuerzas aéreas turcas derribaron un caza ruso en la frontera con Siria... Pero todo cambió con el golpe. Erdogan se sintió abandonado por Occidente, pero no así por Putin.

Desde entonces,  Ankara y Moscú no sólo se han puesto de acuerdo sobre  la salida que debe darse a la guerra de Siria –con la anuencia de Irán–, sino que han acrecentado su cooperación bilateral. En septiembre del año pasado, el Gobierno turco acordó adquirir sistemas de misiles antiaéreos rusos X-400, y en marzo pasado concedió a un consorcio empresarial ruso la construcción y explotación de su primera central nu­clear. También China ha hecho su aparición, con la concesión, el mes pasado, de un préstamo a Ankara de 3.600 millones de dólares a través del ICBC.

La compra de misiles rusos puso los pelos de punta a la OTAN y ha hecho que EE.UU. haya congelado por el momento la entrega a Ankara de un centenar de aviones de combate F-35A. Pero no inquietó menos el lanzamiento en enero de la ofensiva militar turca –de acuerdo con Moscú– contra las fuerzas kurdas del YPG en Afrin, que acabó con la toma del enclave tres meses después, un ataque directo contra los más firmes aliados de EE.UU. en el teatro de operaciones sirio y que amenazaba con extenderse a la ciudad de Manbij, donde hay fuerzas especiales estadounidenses. Un riesgo por ahora congelado.

En pleno pulso con Trump, cuyas sanciones han puesto a la economía turca contra la pared, Erdogan acusó a Washington de apuñalarle por la espalda y de poner en juego su alianza. Y advirtió que Turquía “buscará nuevos amigos y aliados”. En realidad, ya ha empezado a hacerlo...