miércoles, 12 de septiembre de 2018

A solas en el ‘taller del diablo’


Hay que imaginarse la escena. Donald Trump, recién levantado de la cama pero todavía en el dormitorio principal de la Casa Blanca –lo que algunos de sus colaboradores han bautizado ácidamente como el taller del diablo–. Conecta la televisión y ve las noticias de la ultraconservadora Fox News –la cadena amiga–, se calienta, se enerva, coge el móvil y empieza a tuitear. Son las 7 de la mañana –a veces las 6, a veces antes, depende del grado de insomnio–, la hora bruja, el momento en que el presidente de Estados Unidos  entra en su cuenta personal de Twitter –@realDonaldTrump, no la oficial, @POTUS– y empieza a dar rienda suelta a sus demonios. Sin consultar a nadie. Sin pararse a pensar un minuto. Atacando a diestro y siniestro las más de las veces. Marcando, otras,  los sesgos de la política exterior sin que nadie pueda frenarle (o sustraerle directamente los papeles de la mesa de su despacho) Lo cual es mucho más problemático.

Jueves 6 de septiembre, 6.58 de la mañana. Extasiado por los elogios que le dedica el dictador norcoreano Kim Jong Un, mientras el país digiere los primeros y demoledores avances del libro de uno de los dos periodistas del Washington Post que destaparon el caso Watergate y hundieron a Richard Nixon, Bob Woodward –Fear, Donald Trump in the White House (Miedo, Donald Trump en la Casa Blanca)–, el presidente norteamericano escribe: “Kim Jong Un de Corea del Norte proclama su ‘inquebrantable fe en el presidente Trump’. Gracias, presidente Kim. ¡Juntos lo conseguiremos!”.

Para nadie es un secreto la fascinación que el joven y astuto tirano norcoreano ejerce sobre Donald Trump –como otros líderes fuertes a los que les gustaría parecerse, de Vladímir Putin a Recep Tayyip Erdogan–, hasta el punto de que el brillante camarada se llevó descaradamente el gato al agua en la histórica cumbre que ambos celebraron el 12 de junio en Singapur. Fiel a su carácter, Trump celebró por todo lo alto los resultados del encuentro, pese a ser más que inconcretos, y vaticinó el inicio de una nueva era de paz. El hecho es que apenas dos meses después tanto los servicios de inteligencia norteamericanos como la Agencia internacional de la energía atómica (OIEA) constataron que Corea del Norte  seguía adelante con su programa nuclear... Todas las bravuconadas y amenazas con destruir el país y a su líder, al que despectivamente llamó hombre cohete, se fundieron en unos sorprendentes 45 minutos de tête-à-tête sin más compañía que los intérpretes.

Lunes 4 de septiembre, día festivo en Estados Unidos (Labour Day), 18.20h, Trump tuitea: “El presidente Bashar el Asad de Siria no debe atacar temerariamente la provincia de Idlib. Rusos e iraníes cometerían un grave error humanitario si toman parte en esta potencial tragedia humana. ¡No dejemos que suceda!”. Parece una amenaza, pero no lo es. Incluso como advertencia es suave. “¡No dejemos que suceda!”: podría escribirlo cualquier tuitero dispuesto a comprar unos gramos de buena conciencia por el módico precio de 280 caracteres. Pero Trump, que se ve a sí mismo –en su inmensa modestia– como “el Shakespeare” de Twitter, no es un tuitero cualquiera. Es el presidente de Estados Unidos, la primera potencia económica y militar –y cada vez menos política– del mundo. Y con su tuit no hacía más que exhibir su impotencia. Igual que cuando fuera de sí –como describe Woodward en su libro– pedía matar a El Asad o acabar con el problema de Afganistán a sangre y fuego... Lo cierto es que  ayer, en Teherán, el ruso Vladímir Putin, el turco Recep Tayyip Erdogan y el iraní Hasan Rohani, se reunieron para decidir el futuro de la provincia de Idlib y, más allá, de la Siria de posguerra, sin contar para nada con Washington, dramáticamente al margen pese a sostener a una de las milicias armadas en juego en el conflicto.

La política de Donald Trump desde su llegada a la Casa Blanca en enero del 2016 ha provocado un auténtico seísmo en la política exterior estadounidense y, en no pocos aspectos, ha arruinado –a golpe de tuit, calentón tras calentón– la labor de años del Departamento de Estado y del servicio diplomático. El presidente, adicto a una determinada manera de enfocar sus negocios,  parece  conocer únicamente el arma de la amenaza y la extorsión. Así sea con sus enemigos –véase la escalada de sanciones económicas a Corea del Norte, Irán , Turquía o China– como con sus aliados de toda la vida –castigos comerciales a la UE, Canadá y México–, sin importarle  el debilitamiento  de la alianza occidental (¡su menosprecio hacia Europa y la OTAN es proporcional a su atracción fatal por los autócratas!)

A tenor de lo visto hasta ahora, y de lo revelado  sobre las interioridades de la actual Administración norteamericana por numerosas fuentes –desde el libro de Woodward al anterior de  Michael Wolff (Fuego y furia), pasando por el anónimo y espeluznante artículo publicado por un “alto cargo” esta semana en The New York Times–, la Casa Blanca es una olla de grillos, donde los más osados intentan frenar o boicotear en secreto –al menos hasta ahora– las iniciativas más desmesuradas e irreflexivas de Donald Trump, al que describen como un ignorante que lo desconoce casi todo del mundo, no se interesa por los informes que requieren una mínima lectura y se aburre con los briefings de sus servicios de inteligencia. Según testimonios recogidos por el periodista del Washington Post, la sumaria opinión del defenestrado secretario de Estado Rex Tillerson  sobre el presidente de EE.UU. no puede ser más diáfana: “Es un imbécil”.



lunes, 3 de septiembre de 2018

Las vacaciones (forzosas) de M. Hulot

Cuando algo no funcionaba, había que llamar a Monsieur Hulot, el arquitecto que había proyectado el inmueble. Jacques Tatischeff, nieto de un general del Zar que en el futuro sería conocido por el nombre artístico de Jacques Tati, se lo escuchó mil veces a la conserje del edificio donde vivía en París cada vez que le iba con algún problema. Hasta el punto de que, convertido en cineasta, decidió adoptar el mismo apellido para crear al torpe, despistado y a la vez entrañable personaje –sombrero, impermeable y pipa– que  encarnaría en sus principales películas:  Las vacaciones de M. Hulot (1953) o Mi tío (1958), que recibiría el Oscar a la mejor película extranjera. Hoy, Monsieur Hulot –el nieto del arquitecto– es el nombre de un ministro dimitido,  de un ecologista decepcionado.

El martes, Nicolas Hulot, de 63 años y aspecto eternamente juvenil, anunció inopinadamente en la radio su dimisión como ministro para la Transición Ecológica y Solidaria del Gobierno francés. No había avisado a nadie. Ni al presidente Emmanuel Macron. Ni siquiera a su familia. “No quiero seguir mintiéndome”, dijo.

Antes de esa teatral renuncia, mucho antes de  soñar con llegar al Gobierno, Nicolas Hulot era sobre todo una estrella de televisión. Una celebridad. Fotógrafo, periodista y presentador, en los años ochenta y noventa logró atraer cada semana a millones de telespectadores a su emisión Ushuaïa, en el canal TF1, desde donde mostraba la compleja diversidad del mundo y concienciaba a la audiencia sobre la necesidad de salvaguardar la naturaleza. Para quienes tengan suficiente memoria televisiva, era la versión francesa del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente, autor del popular programa El hombre y la Tierra, emitido por TVE en los setenta.

Nicolas Hulot se ganó el corazón de los franceses desde la pequeña pantalla. Y también se ganó más que confortablemente la vida. De acuerdo con la declaración de bienes hecha pública cuando accedió al cargo de ministro, era el segundo miembro más rico del Gobierno francés, con un patrimonio estimado oficialmente en 7,2 millones de euros, entre los que se incluyen nueve vehículos de motor... Los ecologistas con pedigrí –que nunca le han acabado de perdonar su advenedizo liderazgo– se lo han reprochado más de una vez. Como el hecho de que su programa, así como su fundación –creada en 1990–, recibiera financiación de firmas a priori tan poco verdes como EDF, Veolia, L’Oréal o Kering, de quienes sigue percibiendo royaltis. Hulot, sin embargo, nunca ha pretendido ser quien no es y fue el primero en reconocer que no nació ecologista, se convirtió.

El caso es que su popularidad acabó siendo un hecho tan incontrovertible que pronto despertó el apetito –y el temor– de los partidos. Hasta el punto de que la sola amenaza de que pudiera presentarse en las elecciones al Elíseo en el 2007 hizo que el resto de candidatos aceptara mansamente –a cambio de su retirada– firmar en actos públicos su “pacto ecológico”. De Nicolas Sarkozy a Ségolène Royal, todos pasaron a rendir pleitesía al astro. Difícil pensar que tamañas reverencias no tuvieran efecto alguno en su ego, como le han reprochado sus adversarios. Tan es así que, tras el mandato de Sarkozy, Hulot intentó encabezar la candidatura de los ecologistas en el 2012. Pero fue batido en las primarias por la exjuez anticorrupción Eva Joly, un severo correctivo que –añadido al fracaso de su documental El síndrome del Titanic (2009)– le dejó a merced de las opas hostiles de la política. La primera le llegó en el 2012 de la mano de François Hollande, que le nombró enviado especial  para la protección del planeta. La segunda y definitiva, en el 2017, cuando  Macron le hizo ministro. Había llegado su gran momento...

Pero la gloria sólo ha durado 15 meses. Quienes le quieren mal  –dentro y fuera de sus filas, a derecha e izquierda– se han apresurado a señalar como causa de su fracaso a él mismo: a su impaciencia, su radicalismo, su tibieza, su individualismo... Pero  no hay más que repasar la fulgurante caída de otros ministros de Medio Ambiente anteriores –de Nicole Bricq a Delphine Batho– para comprender que el problema de fondo trasciende la personalidad de quien ocupe el Hôtel de Roquelaure. Las exigencias de la ecología casan mal con  las políticas de relanzamiento económico que han puesto en práctica los sucesivos gobiernos. Y chocan con los intereses de poderosos grupos de presión con gran entrada en las esferas del poder.

Así, las batallas ganadas por Hulot durante su breve mandato –particularmente la suspensión del proyecto del aeropuerto de Nuestra Señora de las Landas– parecen pírricas al lado de sus  derrotas: así en la ley de Hidrocarburos –considerablemente descafeinada– como ante los intereses de los agricultores en materia de alimentación o de pesticidas.

Probablemente lo que más daño le haya hecho es la política nuclear –“Esta locura económica y técnicamente inútil en la que nos empeñamos”, según sus palabras–, donde ya se había visto obligado a una primera renuncia al aceptar retrasar al menos hasta el 2030 el objetivo de reducir del 75% al 50% la producción eléctrica de origen nuclear. Y todo indica que su empeño en fijar un programa detallado de cierre de centrales iba a acabar del mismo modo, no en vano la industria –que tiene su principal aliado en el propio primer ministro, Édouard Philippe, antiguo directivo del gigante nuclear Areva– ejerce una fuerte presión en contra del cierre e incluso quiere aumentar la construcción de reactores de nueva generación EPR. En su adiós radiofónico, el ministro puso el dedo en la llaga al señalar el peso  de los lobbies en las políticas públicas preguntándose: “¿Quién tiene el poder? ¿Quién gobierna?”.

Amortizado prematuramente, si algo está claro es que ante el próximo problema ya no podrá llamarse a Monsieur Hulot.


lunes, 27 de agosto de 2018

Cuando la verdad no es la verdad


Esta semana las redes se llenaron con la presunta noticia de la supuesta ejecución de la activista chií Israa al Gomgam, detenida en el 2015 por apoyar y difundir las protestas de esta minoría en Arabia Saudí. Los autores de la información habían añadido, como vía para reforzar su veracidad,  las imágenes de la decapitación de una mujer, rubricándola con un latiguillo de probada eficacia: “Silencio absoluto de los medios de comunicación occidentales”. Lamentablemente, la ejecución podría convertirse algún día en realidad, puesto que la fiscalía saudí ha pedido contra Al Gomgam la pena de muerte. Pero, en el momento de ser difundida, la noticia era totalmente falsa. Lo que no impidió que fuera amplia, y tan indignada como irreflexivamente, retuiteada.

Ejemplos como el de la activista saudí hay a cientos en las redes. Uno de los de más éxito –por recurrente– es el del  barco cargado con supuestos refugiados europeos huyendo durante la Segunda Guerra Mundial hacia el norte de África. El autor lo utiliza para afear el egoísmo de Europa hacia los inmigrantes de África y Oriente Medio, y concluye con esta admonición: “Antes de cerrar las fronteras ¡consulten a sus abuelos!”. Sólo que, una vez más, los hechos expuestos son falsos. El barco, identificable en las imágenes, es el Vlora y condujo a miles de refugiados albaneses a las costas italianas en 1991. Nada que ver con lo que se dice.

Nunca antes como ahora se habían difundido tantas noticias falsas y tan rápidamente. Las nuevas tecnologías y modos de intercomunicación social son los detonantes de este fenómeno. Pero la causa principal, como lo ha sido siempre –los rumores son tan antiguos como la humanidad–, es la credulidad.  Y no deja de ser paradójico que sea la desconfianza hacia los medios de comunicación tradicionales la que empuje a mucha gente a entregar alegremente su confianza a cualquier fuente que se aparte de la línea oficial, sin saber quién está detrás y qué oscuros intereses esconde.

Un estudio publicado el año pasado por  la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos sobre 376 millones de interacciones de usuarios de Facebook relativas a 900 noticias confirmó que la gente “sigue la información que se alinea con sus puntos de vista” –sólo escucha lo que quiere oír– y concluyó que ello la hace “más vulnerable a la desinformación”. Otro estudio del Pew Research Center del 2016 demostró a su vez que  el 64% de los adultos se cree las noticias falsas que circulan por las redes... “Por cada hecho hay su contrario, y unos y otros tienen idéntico aspecto online, lo que confunde a la mayoría de la gente”, constataba el año pasado en la BBC Kevin Kelly, fundador y director de la revista Wired, especializada en las nuevas tecnologías.

En este caldo de cultivo, algunos regímenes autocráticos –con Rusia a la cabeza– y otros grupos de presión se están poniendo las botas difundiendo informaciones falsas. Su objetivo: sembrar la confusión, minar la confianza, desestabilizar al adversario, manipular a la opinión pública... En la campaña de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, la sociedad Cambridge Analytica –detrás de la que se encontraba el ultraderechista Steve Bannon, otrora gurú de Donald Trump– se hizo con los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook y los utilizó para lanzar mensajes selectivos con el objetivo de tratar de influir en el comportamiento electoral.

Facebook dice haber aprendido la lección y prepara ahora salvaguardas cara a las elecciones legislativas de noviembre en EE.UU.: el martes pasado anunció haber cerrado 650 páginas de grupos y cuentas destinadas a manipular a la opinión. La compañía Microsoft, por su parte, anunció el mismo día haber bloqueado varios intentos de crear webs paralelas de algunos senadores norteamericanos y de dos think tanks republicanos por parte de hackers vinculados a los servicios secretos rusos... Hay una guerra en las redes y en esta guerra la principal víctima es la verdad.

El presidente Donald Trump –cuyos problemas con el FBI por el Rusiagate se deben justamente a que su equipo de campaña quiso obtener de los rusos  información para ensuciar la imagen de su rival, Hillary Clinton– ha hecho de la mentira el eje de su política.   Probablemente ningún otro presidente de EE.UU. haya mentido tanto y con tanta desfachatez. Un análisis exhaustivo del New York Times de sus declaraciones públicas detectó en el primer año de su mandato un total de 103 mentiras –descontados errores e imprecisiones–, por sólo 18 de su antecesor, Barack Obama, en el mismo periodo de tiempo.

Ante esto, Trump se defiende atacando: acusa a los medios de comunicación críticos de difundir noticias falsas para desacreditarle –alude a ellos de forma  genérica y despectiva como los Fake news– y frente a toda información negativa esgrime sus “hechos alternativos”, en expresión de la exportavoz de la Casa Blanca Kellyanne Conway. Trump miente con descaro porque sabe que a sus seguidores les da igual. Creen lo que quieren creer.

La teoría de los hechos alternativos la ha llevado esta semana al paroxismo Rudolph Giuliani, exalcalde de Nueva York reconvertido en asesor legal del magnate. En un programa de la NBC expresó su opinión de que Trump no debería testificar ante el fiscal especial del Rusiagate, Robert Mueller, por el riesgo de ser “atrapado en  perjurio”. Y no porque el presidente fuera a mentir en su declaración –argumentó–, sino porque expondría “su versión de la verdad”.

–La verdad es la verdad –objetó el conductor del programa, Chuck Todd.

–No, la verdad no es la verdad –replicó Giuliani para estupefacción general.

Cuando la verdad no es la verdad, lo que está en juego es la supervivencia misma de la democracia. Porque, como decía Albert Camus, “allí donde la mentira prolifera, la tiranía se anuncia o se perpetúa”.



miércoles, 22 de agosto de 2018

El amigo turco


Hace ahora poco más de un año, a principios de julio del 2017, el Gobierno alemán ordenó la evacuación del contingente militar que tenía desplegado en la base aérea de la OTAN de Incirlik, junto a la ciudad turca de Adana, y su traslado a la base militar de Al Azraq, en Jordania. No era un gran contingente: seis aviones Tornado –encargados de misiones de reconocimiento en las operaciones contra el Estado Islámico–, un avión de reabastecimiento y  260 militares. Pero el gesto de la retirada tuvo un fuerte simbolismo político.

Las relaciones entre Ankara y Berlín habían caído a su punto más bajo después de que Alemania aceptara dar asilo a turcos huidos tras la intentona de golpe de Estado del año anterior y vetara los mítines de ministros turcos en el país. Después de que las autoridades turcas negaran por dos veces la visita de parlamentarios alemanes a Incirlik, el Gobierno de Angela Merkel decidió abandonar la base militar.

Un año después, el rifirrafe es con Washington. Y aunque el desencadenante –el mantenimiento en prisión por parte de la justicia turca de un pastor evangélico estadounidense acusado de conexiones golpistas y terroristas– y las circunstancias –la brutalidad de la política exterior de Donald Trump– son diferentes, ambas crisis son el exponente de un mismo problema: la creciente fractura  entre Turquía y sus aliados occidentales de la OTAN.

Algunos observadores empiezan ya a especular con la posibilidad de que el gesto de Alemania de hace un año se pueda acabar convirtiendo en algo general y definitivo. Y que la OTAN decida, en su momento, sustituir Incirlik por la base de Al Azraq... También en ciertos medios se apunta desde hace un tiempo que Estados Unidos estaría preparando en secreto –si no lo hubiera hecho ya– el traslado fuera de Incirlik de su arsenal nuclear táctico, integrado por una veintena de bombas B61-12. La situación de descontrol que se vivió en Incirlik durante la intentona golpista del 16 de julio –el Gobierno turco clausuró la base, desconectó la electricidad, prohibió las operaciones aéreas y acabó deteniendo al coronel al mando– puso de relieve la fragilidad de la situación en Turquía. Pero no se trata sólo de eso, sino de la desconfianza hacia la política de Recep Tayyip Erdogan.

De hecho, las suspicacias occidentales empezaron casi desde el mismo momento en que el líder islamista conservador llegó al poder en Turquía, hace 15 años, y han ido aumentando conforme el régimen iba adquiriendo tintes autoritarios. La distancia quedó crudamente en evidencia con la reacción tibia que tuvieron los países occidentales ante el intento de golpe de Estado del 2016. Wait and see. Esperar y ver... Erdogan no lo ha perdonado. Como no ha perdonado que Estados Unidos mantenga bajo su protección al exiliado teólogo Fethullah Gülen, a quien Ankara responsabiliza de la intentona golpista, así como de dirigir una vasta organización edificada para hacerse con todos los resortes del poder. La negativa de la justicia de EE.UU. a extraditar a Gülen está detrás de la perse­cución contra el reverendo Andrew Brunson en Turquía, desencadenante de la guerra de sanciones mutuas entablada este mes de agosto entre Washington y Ankara.
            
Las purgas y persecuciones desencadenas por Erdogan tras el golpe –contra los gulenistas y, de paso, toda la oposición– creó gran malestar en Europa y Estados Unidos, y el entonces secretario de Estado norteamericano John Kerry llegó a sugerir la posibilidad de excluir a Turquía de la OTAN... Una idea, por cierto, que defienden abiertamente algunos analistas e intelectuales (particularmente en Francia, que nunca ha sido el país más atlantista del mundo). Pero  la cuestión empieza a ser no tanto si Turquía debe ser o no expulsada de la OTAN como si no es justamente Turquía la que ha empezado a irse...

El enfriamiento con sus aliados occidentales ha coincidido con un acercamiento ostensible de Erdogan al presidente ruso, Vladímir Putin, con quien al principio tenía intereses totalmente divergentes en la crisis siria (Turquía quería el desalojo de Bashar el Asad, de quien Rusia se ha erigido en salvador). La tensión entre ambos países llegó al máximo en noviembre del 2015, cuando las fuerzas aéreas turcas derribaron un caza ruso en la frontera con Siria... Pero todo cambió con el golpe. Erdogan se sintió abandonado por Occidente, pero no así por Putin.

Desde entonces,  Ankara y Moscú no sólo se han puesto de acuerdo sobre  la salida que debe darse a la guerra de Siria –con la anuencia de Irán–, sino que han acrecentado su cooperación bilateral. En septiembre del año pasado, el Gobierno turco acordó adquirir sistemas de misiles antiaéreos rusos X-400, y en marzo pasado concedió a un consorcio empresarial ruso la construcción y explotación de su primera central nu­clear. También China ha hecho su aparición, con la concesión, el mes pasado, de un préstamo a Ankara de 3.600 millones de dólares a través del ICBC.

La compra de misiles rusos puso los pelos de punta a la OTAN y ha hecho que EE.UU. haya congelado por el momento la entrega a Ankara de un centenar de aviones de combate F-35A. Pero no inquietó menos el lanzamiento en enero de la ofensiva militar turca –de acuerdo con Moscú– contra las fuerzas kurdas del YPG en Afrin, que acabó con la toma del enclave tres meses después, un ataque directo contra los más firmes aliados de EE.UU. en el teatro de operaciones sirio y que amenazaba con extenderse a la ciudad de Manbij, donde hay fuerzas especiales estadounidenses. Un riesgo por ahora congelado.

En pleno pulso con Trump, cuyas sanciones han puesto a la economía turca contra la pared, Erdogan acusó a Washington de apuñalarle por la espalda y de poner en juego su alianza. Y advirtió que Turquía “buscará nuevos amigos y aliados”. En realidad, ya ha empezado a hacerlo...



lunes, 9 de julio de 2018

No es Europa, somos nosotros


Bruselas tiene las espaldas anchas. Todas las culpas del mundo caben sobre sus hombros. Según la tradición bíblica, en tiempos de Moisés, el Día de la Expiación el sumo sacerdote imponía sus manos sobre un macho cabrío –el chivo expiatorio– y confesaba sobre él todos los pecados y transgresiones del pueblo de Israel. Una vez transferidas todas las culpas al desgraciado animal, éste era enviado al desierto a morir de sed. En la antigua Grecia, el receptáculo de la expiación era una persona, Pharmakos, sacrificada también para sanar las culpas de toda la ciudad. En este siglo XXI, abandonados ya todos los ritos sanguinarios de la Antigüedad, los europeos parecemos haber encontrado en Bruselas al culpable ideal de todas nuestras faltas y carencias. Cuando, en todo caso, no es sino el reflejo.

El miércoles pasado Barcelona recibió con gran algarabía  a 60 inmigrantes rescatados en el Mediterráneo central por el barco catalán Open Arms cuyo desembarco había sido rechazado por Italia y Malta. Se dijeron grandes palabras y se criticó con dureza  la política migratoria de la Unión Europea.  Como cuando  Valencia recibió –para acabar repartiendo poco después– a los 629 rescatados en el Aquarius, condenados por la nueva política radical del liguista Matteo Salvini a errar por aguas de nadie ante la impotencia de sus socios comunitarios. ¡Qué malvada es Europa! ¡Y qué fácil es ganarse el cielo con un par de bellos gestos, jaleados por quienes se compran una buena conciencia con 140 caracteres! (Poco importa que ya dispongan de 280, a la mayoría de ideas que se expresan les sobran la mitad)

La verdadera gesta, la verdadera audacia –que todavía está pagando, y a cada día que pasa, más cara– es la que protagonizó la denostada canciller Angela Merkel cuando en el 2015, en el peor  y más grave momento de la afluencia masiva de refugiados a Europa –huyendo de la guerra de Siria–, decidió abrir de par en par las puertas de Alemania. Ese sí fue un ejemplo de humanidad, determinación y sangre fría. Sólo en ese año llegaron a Alemania no 60, ni 629 inmigrantes, sino cerca de un millón. Sí, Angela Merkel tiene fama bien ganada de  reaccionar tarde a las crisis. Tarde, mal y nunca, se dice... Salvo en esa ocasión.

No es sólo humanamente encomiable acoger y socorrer a quienes huyen de la guerra, la violencia y la persecución. También es de justicia. Ojalá pudiera hacerse también con quienes buscan escapar al hambre, o a una vida sin horizontes. ¿Quién puede no identificarse con esos jóvenes africanos, muchos de ellos con formación, que aspiran a vivir una vida plena en uno de los continentes más ricos y libres, y con más oportunidades de realización personal,  del mundo? Es comprensible que lo intenten, comprensible y lícito. Pero también es fácil de entender que las sociedades europeas no tienen una capacidad ilimitada para acoger e integrar en su seno a miles o millones de inmigrantes en un pequeño lapso de tiempo. “Francia no puede acoger toda la miseria del mundo”, constató en su día el desaparecido ex primer ministro socialista Michel Rocard. Ni siquiera Alemania, por envejecida y necesitada que esté –demográfica y económicamente– de sangre nueva. Los tiempos en que, como rememoraba Stefan Zweig en El mundo de ayer, era posible viajar y moverse libremente por el mundo sin necesidad de pasaporte se acabaron con la Primera Guerra Mundial. Y nunca más volverán. Somos ya demasiados sobre la Tierra. Y la xenofobia parece desgraciadamente marcada a fuego en el ADN de los Homo sapiens (¿no somos acaso los seres humanos de hoy los supervivientes de quienes exterminaron a todas las otras razas humanas, como los neandertales, hace miles de años, según propone Yuval Noah Harari en  Sapiens?)

Un millón de inmigrantes en un año –da igual si son refugiados o migrantes económicos– no es fácil de digerir para ninguna sociedad. Y más aún si proceden de una cultura y una religión diferentes a la de sociedad de acogida. El primer choque con esta realidad lo tuvo Alemania el mismo año 2015, cuando esa Nochevieja cientos de inmigrantes –algunos de ellos solicitantes de asilo– agredieron sexualmente e incluso violaron a numerosas mujeres en la ciudad de Colonia.  Sabemos lo que ha ocurrido desde entonces. A caballo del estupor general, la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD) no ha hecho más que crecer elección tras elección, hasta el punto de arrastrar a los conservadores bávaros de la CSU y, de carambola, forzar a Merkel –la estabilidad de su Gobierno dependía de ello– a endurecer su política de inmigración. Parecida evolución ha habido en Hungría, Austria o  Italia.

Que el número de llegadas a las fronteras europeas haya caído considerablemente –este año han entrado a través del Mediterráneo 46.000 personas hasta el 1 de julio, la mitad que el año anterior en el mismo periodo– importa poco. La realidad, últimamente, tiene poco predicamento en el debate político. Los sentimientos, las sensaciones, es lo que cuenta. Y es el fermento donde germina la posverdad, la mentira. El resultado es un ascenso electoral  de las fuerzas populistas y de ultraderecha, que están ya en el gobierno de un número creciente de países europeos y que, desde esta posición, condicionan de forma inquietante la política europea. Y más que lo harán aún si las elecciones de mayo del 2019 les otorgan un mayor peso en el Parlamento Europeo.

Pero no nos engañemos. No estamos ante una conspiración internacional. Bruselas no es la sede de la malvada organización Spectra ni el refugio del perverso profesor Moriarty. Somos nosotros, los europeos, quienes estamos votando a los ultras, quienes nos estamos dejando seducir por sus cantos de sirena. Somos nosotros quienes estamos haciendo bascular la política europea. Nosotros, los responsables de la deriva. Por más que señalemos al chivo...


lunes, 25 de junio de 2018

¡Que vienen los indios!


El vídeo, grabado hace dos semanas y media en el Parlamento neerlandés, ha sido visto cientos de miles de veces en YouTube. En él puede verse al primer ministro, Mark Rutte, vertiendo accidentalmente un vaso de café en las puertas del control de entrada y limpiando él mismo el desaguisado con un mocho, mientras las mujeres de la limpieza –todas inmigrantes– ríen y aplauden. Rutte, consciente de que está siendo grabado, también ríe. Un político a quien no le caen los anillos por coger la fregona... Un spot magnífico.

Mark Rutte (La Haya, 1967), joven, moderno, protestante, conservador –es el líder del derechista Partido por la Libertad y la Democracia (VVD), en el que milita desde siempre–, simpático y bien plantado, es un hombre sencillo y cercano. Vive en el mismo barrio de La Haya en el que creció y, pese a sus responsabilidades de gobierno, sigue dando clases en el instituto de secundaria Johan de Witt de la ciudad.

Rutte proyecta la manida imagen del yerno ideal, un buen partido. Pero toda imagen brillante tiene un reverso en sombra. El premier holandés, a sus 51 años, a saber por qué –es uno de los grandes misterios de la política neerlandesa–, sigue soltero y vive en casa de su madre...

Mark Rutte también pasa por ser un convencido europeísta. Así se declara él mismo. Heredero de la tradición histórica de uno de los países fundadores de la Europa unida, tiene poco que ver en este punto con los nacionalistas euroescépticos del Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders, con quienes gobernó en coalición durante un breve periodo de tiempo. Y, sin embargo, el primer ministro holandés se está erigiendo en el líder de un pelotón de pequeños países del norte de Europa –la Liga Hanseática 2.0, los han bautizado– que, huérfanos del liderazgo euroescéptico del Reino Unido, se están uniendo para frenar toda profundización de la UE en sentido federal. Un nuevo grupo de irreductibles –junto al frente de los ex miembros de la Europa del Este, reunidos en el grupo de Visegrado– determinado a contrarrestar las veleidades europeístas del presidente francés, Emmanuel Macron, ante la impotencia, o acaso la  complicidad –según los malpensados–, de la canciller de Alemania, Angela Merkel.

El martes 12 de junio, ante un hemiciclo semivacío, Mark Rutte expuso sus ideas sobre la UE en el pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo. No a hacer más cosas, sino a hacerlas mejor, fue su máxima. “En la contención es donde se muestra el maestro”, declaró citando a Goethe, a lo que añadió –por si alguien en el Elíseo no lo había captado– el lema minimalista de “menos es más”. En su opinión, el objetivo primordial de la UE debe ser proteger. Y trazó una metáfora que, pretendiendo ser tranquilizadora, acabó resultado inquietante. “Me gusta comparar (Europa) con las caravanas de las películas de John Wayne que veía de niño –dijo– (...) Cuando caía la noche, o amenazaba el peligro, los colonos disponían sus carretas en círculo. Eso les daba más fuerza, estabilidad y seguridad. Es lo mismo con la Unión Europea”. Difícilmente se puede encontrar una metáfora más triste. Ni, lamentablemente, más idónea para ilustrar el miedo que atenaza a Europa.

La cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la UE que se celebra la semana que viene en Bruselas debía abordar, como tema estrella,  la contestada reforma de la zona euro, para la que la pareja Macron-Merkel encontró el martes una propuesta de compromiso en el palacio de Meseberg, al norte de Berlín (sin por ello asegurarse, todo hay que decirlo, el apoyo de los más renuentes, con Mark Rutte a la cabeza). A día de hoy, sin embargo, el asunto ha quedado totalmente eclipsado por la violencia del debate en torno a la política migratoria y de asilo europea, que será objeto mañana de una minicumbre informal que tiene marcado a fuego el estigma del fracaso.

Acosada por sus propios socios de gobierno en Alemania –la CSA bávara–, Merkel quiere endurecer la política migratoria para zafarse  de la tenaza. Ma non troppo. Así que la solución que pueda impulsar con Francia y –eventualmente– España difícilmente satisfará al bloque del Este, al que se ha asociado ahora Austria,  por un lado, y a Italia por otro, cuyas reclamaciones son totalmente contrapuestas. Todos abogan por el cierre de las fronteras exteriores a cal y canto. Pero unos quieren que los inmigrantes se queden en el país de llegada. Y los otros, que se repartan equitativamente.
Media Europa tiene hoy gobiernos participados o condicionados por las fuerzas populistas y de extrema derecha, una “lepra” –por utilizar la expresión de Macron– que alimenta y se nutre del desconcierto y el miedo de amplias capas de la sociedad europea.  Su propuesta es simple: pongamos las carretas en círculo y cerremos filas ante el enemigo de fuera. ¡Que vienen los indios!, parecen gritar.

Los voceros del apocalipsis migratorio están excitando con gran éxito electoral los temores de los europeos con medias verdades y mentiras groseras. Sin ánimo de minimizar la importancia del flujo migratorio que llega a Europa, ni de negar el potencial desestabilizador que comporta, lo cierto es que el problema, en lugar de agravarse, se ha atenuado. El alud migratorio del 2015 y el 2016 ha sido frenado considerablemente –el año pasado bajó un 44%– pese a los inflamados discursos que proclaman lo contrario. También ha caído la llegada de pateras a Italia –cuatro veces menos entre enero y abril respecto a hace un año– contradiciendo el discurso tremendista del ultra Matteo Salvini. Del mismo modo que apenas hay extranjeros en Hungría –un 5% de la población, sobre todo rumanos, ucranianos y serbios–, lo que no es óbice para que Viktor Orbán clame contra el presunto intento de la UE de cambiar la “composición étnica” del país...

Atrincherados en el círculo de caravanas, mientras discuten si vienen tres o tres mil indios, los europeos amenazan con empezar a dispararse entre sí.



lunes, 11 de junio de 2018

La cruzada de Bannon


El miércoles que viene, día 13, se producirá una curiosa –y, dada la personalidad de los protagonistas, infrecuente– cita en Berlín. El canciller de Austria, el conservador Sebastian Kurz –que gobierna en Viena junto con el ultraderechista FPO–, será recibido en la capital alemana por el nuevo y ya controvertido embajador de Estados Unidos, Richard Grenell, en la imponente mansión oficial que comparte con su compañero sentimental, Matt Lashey, y su perra, Lola (con quienes ha posado esta semana, sonriente y desenfadado, en la revista Bunte)

Grenell no ha ahorrado elogios hacia Kurz, al que  admira como político y ha llegado a calificar de “rock star”. Pero si el encuentro ha levantado cierta polvareda no es ya por lo insólito –por no decir diplomáticamente inapropiado– de la reunión, sino porque se produce después de que el impetuoso embajador haya abogado abiertamente, desde el portal de noticias ultraderechista Breitbart, por apoyar y alentar en Europa a las nuevas fuerzas conservadoras y populistas que ponen en cuestión el actual establishment.

Grenell es un veterano militante republicano, que ya sirvió en la Administración de George W. Bush y en la campaña de Mitt Romney. Y uno de los primeros en apoyar a  Donald Trump, de cuya cadena de televisión favorita –Fox News– fue comentarista político. Su metedura de pata, apenas un mes después de recibir las credenciales como embajador en Berlín, no es sin embargo una salida de tono extemporánea de un francotirador. Responde, por el contrario, a una línea estratégica de fondo que tiene entre sus principales impulsores al otrora consejero áulico de Trump Steve Bannon.

Bannon, nacido hace 64 años en Norfolk (Virginia), cofundador de Breitbart –de cuya dirección fue posteriormente apartado–, es el gran gurú de la ultraderecha norteamericana y el estratega que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca.  Destituido por el presidente de Estados Unidos en agosto del año pasado –tras sólo medio año en el cargo–, más por diferencias personales que ideológicas,  desde entonces Bannon se está empleando a fondo para imponer sus tesis en el Partido Republicano, apoyando activamente a todo candidato ultra que se postule cara a las elecciones legislativas de noviembre, las denominadas mid-term, que han de servir de termómetro sobre la salud del trumpismo. Y extendiendo su cruzada política a Europa.

En los últimos meses, Steve Bannon  ha visitado la República Checa, Hungría, Francia e Italia... donde ha proclamado su particular buena nueva y ha frecuentado a dirigentes políticos de los partidos antisistema y de la extrema derecha. “¡Dejad que os llamen racistas, xenófobos, nativistas, homófobos, misóginos, llevadlo como una medalla de honor!”, clamó a los enfervorizados militantes del Frente Nacional (FN) francés en la clausura, como estrella invitada de Marine Le Pen, del congreso del partido en Lille en marzo pasado. En Budapest, el antiguo cerebro gris de Trump elogió al primer ministro húngaro, Viktor Orbán – un “héroe”–, al que definió como “Trump antes que Trump”; en Praga llamó a poner fin al actual orden político en Europa y echar del poder a Angela Merkel –“la peor figura política del siglo XXI”–, y celebró el reciente acuerdo de gobierno en Italia entre el Movimiento 5 Estrellas (M5E) y la Liga como “un gran éxito”.

Bannon se mueve por Europa desde hace tiempo. En el 2014 tejió relaciones con el Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP) de Nigel Farage, a quien apoyó en su campaña a favor del Brexit, y ese mismo año reunió a activistas ultracatólicos en una conferencia en el Vaticano. Pero su activismo actual es especialmente notable. Hay que decir que el viento le sopla a favor: partidos nacionalistas, populistas y de extrema derecha están hoy en el gobierno –o acarician estarlo de forma inminente– en Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovenia, Austria e Italia, y su peso electoral es remarcable en Francia, Alemania, Holanda o Finlandia.

El mensaje político de Bannon es simple: la civilización judeocristiana está –a su juicio– en peligro, amenazada por la inmigración extranjera  y la globalización, uno de cuyos más peligrosos caballos de  Troya es la Unión Europea, una construcción que propone derribar para restituir a los pueblos su soberanía nacional.  Bannon aborrece a las élites que conforman el establishment actual  y llama a una reacción política del pueblo, esas mayorías silenciosas, sojuzgadas y desposeídas, que en Estados Unidos expresaron su hartazgo votando a Trump hace año y medio...

Hay quien puede ceder a la tentación de pensar que Bannon no es nadie, un charlatán de feria, un  profeta en el desierto.  No lo es. El escándalo  de la sociedad Cambridge Analytica, acusada de utilizar sin autorización los datos personales de 87 millones de usuarios de Facebook con objetivos políticos, ha puesto de relieve las verdaderas malas artes del gurú de Trump. De acuerdo con el testimonio prestado bajo juramente por Christopher Wylie –el analista que destapó el caso– ante el Senado de EE.UU., Bannon estuvo desde el principio en el ajo. El estratega, que según la CNN fue uno de los fundadores de la sociedad, pretendía llevar a cabo una auténtica guerra psicológica para cambiar el comportamiento del electorado. Bannon utilizó los datos captados por Cambridge Analytica y los programas desarrollados por una sociedad paralela –Strategic Communication Laboratories (SCL)– para influir en los votantes durante la campaña presidencial que Trump ganó en el 2016. El objetivo de la ofensiva, lanzada selectivamente a través de las redes sociales, era desmotivar el voto de los electores del Partido Demócrata, y en particular de los negros. Hay expertos que dudan de la efectividad de tales mecanismos. Pero la intención que hay detrás es absolutamente inequívoca. Sólo hay que rodarla.