Newsletter ‘Europa’
El peso de los intereses nacionales lastra la defensa común europea
En el plazo de unos pocos días, dos figuras relevantes
de la política y el periodismo han expuesto en sendas entrevistas en La
Vanguardia su preocupación por la falta de reacción de Europa ante los
peligros que presenta la situación mundial, con una Rusia crecientemente
agresiva y unos Estados Unidos cada vez más indiferentes -si no adversos- a
mantener la histórica alianza trasatlántica. Lo curioso, lo llamativo, es que
ambos utilizaron el mismo símil para mostrar su desazón: Europa ya se ha despertado
pero le cuesta levantarse de la cama. La cumbre de Copenhague del miércoles ha confirmado
que aún se le pegan las sábanas.
“Debemos asumir nuestra propia defensa, nuestra
autonomía estratégica. Y eso es algo que aún no hemos decidido (…) Tengo la
impresión de que, hasta que los bombarderos rusos no hayan arrasado Varsovia,
no comprenderemos que existe una amenaza existencial”, advertía el eurodiputado
Raphaël Glucksmann, líder de Plaza Pública y una de las figuras emergentes de
la izquierda francesa. A lo que el historiador y periodista británico Timothy
Garton Ash -premio Vanguardia de Periodismo 2025- añadía: “¿Ha despertado Europa?
Cuanto más al oeste y al sur de Europa se avanza, menos clara es la respuesta.
Sin embargo, para responder a estos desafíos, Europa tiene que actuar como una
sola”.
No es, de momento, lo que está haciendo. Si la amenaza
rusa y la deserción norteamericana han despertado en la UE la urgencia de
rearmarse, no han sido suficientes hasta ahora para convencer a cada unos de
los 27 de la necesidad de poner realmente en común la política de defensa. La
cumbre informal de Copenhague debía servir para avanzar en este camino,
reforzando la frontera oriental -puesta a prueba por las reiteradas violaciones
rusas del espacio aéreo europeo- y asegurando la capacidad de Ucrania para resistir
la agresión de Moscú. Ni en una cosa ni en otra se consiguieron progresos. Y
habrá que esperar a un nuevo intento en el Consejo Europeo del 23 y 24 de
octubre en Bruselas. Por lo menos.
Con la capital danesa sometida a un férreo dispositivo de seguridad, la
presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, expuso a los
dirigentes europeos los planes elaborados por Bruselas -algo que ya de por sí
provoca urticaria en varias capitales europeas- para reforzar la defensa de la
Unión, entre ellos el proyecto de levantar una especie de muro antidrones. Su
modalidad y su financiación no suscitaron acuerdo.
Los países del Norte y del Este de Europa -tan poco
solidarios en otros asuntos, como el de la inmigración en el Mediterráneo-
pidieron la solidaridad y el compromiso de los países del Sur. Italia, España y
Grecia no se negaron, pero reclamaron no perder de vista la seguridad global y
atender también a la defensa del flanco sur. No fue, sin embargo, una división
geográfica tan neta. Alemania y Francia tampoco quedaron muy convencidas y
cuestionaron la viabilidad misma del proyecto del muro.
“La idea de un muro de drones pondrá a prueba la
capacidad de Europa -y, en general, de la OTAN- para acordar los costes, el
despliegue e incluso su propósito”, había advertido el analista estadounidense
Ian Bremmer. La cuestión es si, más allá del proyecto en concreto del muro, la
UE está dispuesta realmente a convertir la defensa en una política común, como
hizo con la lucha contra la pandemia de covid. Y no lo parece en absoluto.
Europa está determinada a rearmarse, sí, incluso
recortando el Estado del bienestar -lo que no estará exento de fuertes
tensiones sociales y políticas-, pero cada uno por su lado y a su bola,
dilapidando el dinero como ha venido sucediendo hasta ahora. No hay más que ver
la tensión nacionalista que está envenenando el proyecto tripartito del nuevo
avión de combate europeo (Future Combat Air System, FCAS), con Alemania
y Francia a la greña -el grupo francés Dassault amenaza con abandonar si no
lidera el proyecto- y España de espectador impotente.
Tampoco hubo acuerdo sobre la manera de financiar la
ayuda a Ucrania ahora que EE.UU. ha decidido lavarse las manos y que los países
europeos se enfrentan a fuertes tensiones presupuestarias. La propuesta de Von
der Leyen, que presentó como “jurídicamente sólida”, consiste en conceder a
Kyiv un préstamo de 140.000 millones de euros a cuenta de los más de 200.000
millones de haberes rusos congelados en Europa y que sólo debería devolver
cuando Moscú le pagara reparaciones de guerra.
Esta solución, que parece un poco el cuento de la
lechera, no convence a un buen puñado de países. Bélgica en primer lugar, pues
la mayor parte de estos activos se encuentran en la entidad financiera belga
Euroclear. Pero tampoco a Francia, quien cree que una decisión unilateral de
este tipo podría dañar gravemente la credibilidad de Europa como plaza
financiera. Y, naturalmente, al frente prorruso capitaneado por el primer
ministro húngaro, Viktor Orbán, y su alter ego eslovaco, Robert Fico (a quien,
por cierto, podría unirse este fin de semana el checo Andrej Babis, favorito en
las elecciones legislativas que se celebran hoy y mañana)
Orbán utilizó de nuevo su poder de veto para hacer
abortar una maniobra auspiciada por el presidente del Consejo Europeo, António
Costa, con el objetivo de acelerar los pasos para la adhesión de Ucrania a la
UE. Costa quería avanzar con mayorías cualificadas y dejar para el último
momento la decisión por unanimidad. El líder húngaro dijo que de ninguna
manera.
En los últimos meses, las relaciones entre Hungría y
Ucrania han sufrido una profunda degradación, que ha desembocado en una crisis
diplomática en toda regla. El punto de inflexión se produjo el pasado mes de
agosto, a raíz de los ataques -hasta tres- que el ejército ucraniano lanzó
contra el oleoducto ruso Druzhba, en su objetivo de socavar la industria
petrolera y gasística del enemigo. El problema es que ese oleoducto suministra
crudo a Hungría, Eslovaquia y la República Checa.
Orbán, que se jacta de su amistad con Putin (y con Trump) y que defiende
abiertamente una normalización de las relaciones con Moscú -con levantamiento
de sanciones incluido-, consideró la acción ucraniana radicalmente hostil y un
ataque directo contra su seguridad energética. El hecho es que Hungría sigue
comprando masivamente petróleo a Rusia -el 87% del total de su suministro- y
hasta ha conseguido que el presidente de EE.UU., que instó a la UE a dejar de
comprar gas y crudo rusos, se muestre comprensivo y le exonere de esta obligación.
Consecuencia de esta escalada de tensión, ambos países
se enzarzaron la semana pasada en un nuevo incidente a raíz de la entrada de un
dron de reconocimiento húngaro en el espacio aéreo ucraniano, en concreto sobre
la región vecina de Transcarpatia (de minoría húngara). Aunque oficialmente
Budapest lo negó, Orbán respondió provocador: “¿Y qué? Ucrania no es un país
independiente, no es un país soberano”. Alguien en el Kremlin debió esbozar una
amplia sonrisa.
Aires proeuropeos en Moldavia.
Mientras algunos países sometidos a Moscú en el fenecido Pacto de Varsovia se
abonan al euroescepticismo y parecen añorar los buenos viejos tiempos de
los vínculos con Rusia, otros, en el espacio de la antigua Unión Soviética,
como Moldavia, intentan sacarse el yugo de encima y acercarse a la UE. En este
pulso, el proeuropeo Partido Acción y Solidaridad (PAS), de la presidente Maia
Sandu, retuvo en las elecciones del domingo pasado la mayoría parlamentaria,
con un 50,16% de los votos, a amplia distancia de la coalición Bloque
Patriótico (24,19%), identificada como prorrusa.
Para comprender más. Europa
se encuentra en una encrucijada vital. De lo que se decida en los próximos
meses y años va a depender su futuro en un mundo que ha dado la espalda al
viejo orden internacional surgido de la II Guerra Mundial y donde las grandes
superpotencias pretenden ejercer su influencia al modo de los viejos imperios
del siglo XIX. El último número de Vanguardia Dossier aborda, bajo el
título Europa, la última oportunidad, el debate sobre los principales
retos del continente: económicos, demográficos y diplomáticos, pero también la
crisis migratoria, el ascenso de la ultraderecha, la seguridad y la defensa.

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