Newsletter ‘Europa’
El acuerdo comercial con Mercosur y el recorte de la PAC encrespan a los agricultores europeos
Desde que Estados Unidos se ha convertido, con el
regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, en un aliado poco de fiar y un adversario
comercial inclinado a la extorsión, Europa busca denodadamente nuevos mercados
para compensar el retroceso de las exportaciones a EE.UU., gravadas ahora por
unos aranceles generales del 15% y un dólar depreciado. De ahí la importancia
del tratado comercial suscrito, tras veinticinco años de negociaciones, con los
países del Mercosur -Argentina, Brasil, Paraguay e Uruguay, un mercado de más
de 700 millones de consumidores-, que puede incrementar las exportaciones
europeas en un 39%, hasta los 49.000 millones de euros anuales.
Sin embargo, no todo es tan bonito como parece. No
para todo el mundo, al menos. El acuerdo es muy positivo para la industria
europea -de ahí la presión de Alemania por aprobarlo-, pero amenaza con tener efectos
negativos para la agricultura y la ganadería, que ya tienen que remontar los
aranceles norteamericanos y pronto verán además cómo se recortan las ayudas comunitarias
de la Política Agraria Común (PAC). El campo europeo ha empezado a entrar en
combustión.
Los agricultores llevan tiempo en pie de guerra. Hace
dos años ya organizaron amplias movilizaciones -en Alemania, España, Francia,
Países Bajos- contra las medidas medioambientales de Bruselas, algunas de las
cuales consideraban lesivas para sus intereses. Hoy el comercio exterior, con
el proteccionismo de EE.UU. y la apertura de las fronteras europeas a los
productos cárnicos y agrícolas sudamericanos, es el nuevo frente de batalla.
Las organizaciones agrarias europeas organizaron una jornada de protesta en
Bruselas este verano, mientras los agricultores franceses -secundados en algún
caso por los alemanes- han salido ya tres veces a la calle este otoño. Y la
protesta tenderá a crecer.
Francia es con diferencia el país donde más rechazo político
suscita el acuerdo comercial con el Mercosur -que también genera fuerte
oposición en Italia, Países Bajos o Polonia-. La mayoría de los partidos
políticos franceses está en contra. Y una llamativa muestra de ello es que
cuatro eurodiputados franceses del Partido Popular Europeo (PPE) votaron, por
este motivo, a favor de una de las dos mociones de censura contra la presidenta
de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen -correligionaria suya-, debatidas
el pasado día 9 en la cámara de Estrasburgo.
A principios de septiembre, casi un año después de la
firma en Montevideo, la Comisión lanzó el proceso de ratificación del tratado,
después de convencer al presidente francés, Emmanuel Macron, de que se
adoptarían cláusulas de salvaguarda para proteger a los agricultores europeos
de una eventual avalancha de productos del Mercosur.
Estas medidas, dadas a conocer la semana pasada, se
activarían en el caso de que los precios de los productos importados cayeran al
menos un 10 % por debajo de los precios de la UE, o que las importaciones en
condiciones preferenciales aumentaran más de un 10 % anual. En caso de
perjuicio grave, los aranceles preferenciales podrían retirarse temporalmente.
Y productos como la carne de vacuno, las aves de corral, los huevos, el arroz,
la miel, los ajos, el etanol y el azúcar estarán particularmente vigilados.
Nada de ello ha servido, por el momento, para
tranquilizar a los sectores afectados y tampoco para ampliar el apoyo político
al tratado. Por el contrario, Macron -cuyo gobierno es extremadamente débil- es
cada vez más contestado en este terreno. La UE no necesita la unanimidad de los
27 para ratificar al acuerdo, basta con una mayoría cualificada (al menos 15
estados que representen como mínimo el 65% de la población comunitaria). Pero
¿puede llevarlo adelante con la oposición frontal, política y social, de
Francia, donde la extrema derecha está al acecho?
El otro frente, será el futuro de las ayudas europeas
al campo. Tal como están las cosas actualmente, la Comisión propone lisa y
llanamente la eliminación de la PAC -así como de los Fondos de Cohesión- y la
redistribución de ambos fondos en nuevos paquetes de ayuda específicos para
cada país, lo que en la jerga comunitaria han bautizado como el “sobre
nacional”. Este cambio radical no solo implica una renuncia a mantener una
política agraria común -puesto que cada uno de los 27 estados podrá aplicar el fondo
de ayuda a su manera-, sino que además esconde, o al menos eso parece,
importantes recortes.
El proyecto de marco financiero plurianual 2028-2034
asciende a unos 2 billones de euros, de los que 865.000 millones de euros
serían para dotar los nuevos Planes de Asociación Nacionales y Regionales
(donde se fusionarían la política agrícola y los fondos de cohesión). Ello
podría repercutir en la práctica, según cálculos del grupo socialista del
Parlamento Europeo y del propio sector agrario, en una sustancial rebaja del
20% del dinero de la PAC. Otros especialistas, como Alan Matthews, profesor
emérito de Política Agrícola Europea en el Trinity College de Dublín, citado
por Politico, cifra la posible reducción en el 15 %.
Bruselas niega el recorte, aduciendo que junto a las
ayudas reservadas directamente para el campo hay otras partidas que cada país
podrá atribuir -o no- a la agricultura. Si la refundición de ayudas es algo más
que un artificio para enmascarar una reducción de la PAC y el Fondo de
Cohesión, el tiempo lo dirá. En todo caso, lo que ha emergido ya con claridad
es que la UE tiene sobre la mesa una nueva prioridad, política y económica: la
defensa. Y esa apuesta irá en detrimento de otras.
APUNTES
Schengen militar. La
Comisión Europea ha propuesto, dentro de su hoja de ruta de la defensa, la
creación de una red de rutas terrestres, aéreas y marítimas para desplazar
tropas y equipos rápidamente por toda Europa en caso de crisis, lo que en
Bruselas han bautizado ya como un espacio Schengen de los ejércitos. La
Comisión ha identificado más de 500 proyectos “prioritarios” -que costarían
100.000 millones de euros- para eliminar los obstáculos encontrados en cuatro
corredores específicos de movilidad militar. La hoja de ruta incluye también
los proyectos de bandera, o ‘flagship projects’, como el ‘muro de drones’, para
promover la cooperación voluntaria de varios países en proyectos comunes.
Convidados de piedra. Varios
líderes europeos, de Friedrich Merz a Emmanuel Macron, de Keir Starmer a
Giorgia Meloni y Pedro Sánchez, fueron invitados al acto solemne organizado en
Egipto para formalizar el alto el fuego en Gaza entre Israel y Hamas, a mayor
gloria del gran hacedor, el presidente de Estados Unidos. Donald Trump quería
su presencia -ojo, en ningún caso la de dirigentes de la UE como tal- para
subrayar el aplauso mundial a su iniciativa de paz, pero en la práctica ha
dejado a los europeos absolutamente al margen. La Unión es uno de los mayores
contribuyentes en ayuda humanitaria a Palestina (más de 1.250 millones de euros
desde el 2000) y ahora propone participar en la reconstrucción de Gaza. Si
EE.UU. y sus interese inmobiliarios le dejan.
Resurrección de Lecornu. Hace
justo una semana, este boletín consignaba la renuncia del enésimo primer
ministro francés, Sébastien Lecornu -cuyo gobierno había durado solo 14 horas,
un récord-, y el inminente nombramiento de su sustituto por el presidente
Emmanuel Macron. Sorpresa tras sorpresa, el elegido fue otra vez Lecornu -pese
a que él mismo había dado por acabada su “misión”-, solo que esta vez, y a
pesar de la enorme fragilidad del nuevo Ejecutivo, el arranque parece más
prometedor. A cambio de suspender la aplicación de la controvertida reforma de
las pensiones, el nuevo primer ministro consiguió la benevolente abstención del
PS en sus dos primeras mociones de censura.

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