lunes, 27 de octubre de 2025

Una mosca en la Casa Blanca

Newsletter 'Europa'

Los giros constantes e imprevisibles de Trump sobre la guerra de Ucrania descolocan a los países europeos

 

En 1897, el biólogo y botánico escocés John Brown estaba examinando un grano de polen en el agua bajo las lentes del microscopio cuando detectó que determinadas partículas se movían de forma aleatoria y caótica. El fenómeno, conocido hoy como movimiento browniano, sirve desde entonces -más allá de sus aplicaciones prácticas en medicina y física- para caracterizar situaciones o comportamientos anárquicos. Julio Cortázar lo utilizó de manera sublime en su gran novela Rayuela (1963) para describir los encuentros y desencuentros de dos amantes: “Vamos componiendo una figura absurda, dibujamos con nuestros movimientos una figura idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza, de aquí para allá, bruscamente dan media vuelta, de allá para aquí”.

La metáfora es aplicable a un sinfín de situaciones. Pero pocas son tan merecedoras de esta descripción como la actual política exterior de Estados Unidos y, muy particularmente, la forma desconcertante con que el presidente Donald Trump ha abordado hasta ahora la guerra de Ucrania. Para perplejidad y desesperación de los dirigentes europeos, marginados una y otra vez por su aliado trasatlántico.

Cual una mosca inquieta e imprevisible, Trump ha pasado en escasas semanas de vaticinar una derrota de Rusia y valorar la posibilidad de suministrar misiles de largo alcance a Ucrania a instar -en un giro espectacular- al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a rendirse a las exigencias territoriales de Moscú -o ser “destruido”-, para acabar finalmente abortando una futura cumbre con su homólogo ruso, Vladímir Putin, y aprobar sanciones económicas de incierto alcance contra Rusia.

“Cada vez que hablo con Vladímir, tengo buenas conversaciones y luego no llegan a nada”, ha admitido esta semana el presidente norteamericano -entre exasperado e impotente- recordando la cumbre de Alaska del mes de agosto entre ambos mandatarios. Hoy, como entonces, Trump asume las reclamaciones territoriales de Putin en Ucrania -quedarse todo el Donbass, incluidas aquella parte que no ha logrado conquistar en más de tres años de guerra- como condición para alcanzar la paz, pero a cambio el líder ruso no le ofrece absolutamente nada. La reiterada negativa del Kremlin a aceptar un alto el fuego inmediato le ha sacado de sus casillas.

La última secuencia empezó hace hoy una semana con una nueva reunión entre Trump y los más destacados miembros de su gabinete con una delegación ucraniana encabezada por Zelenski en la Casa Blanca. Esta vez no hubo humillación pública, pero de puertas adentro las cosas fueron más bien ásperas. Si una imagen pudiera simbolizar el tenor de la reunión es la del secretario del Departamento de Guerra -antaño, de Defensa-, Pete Hegseth, luciendo una corbata con los colores de la bandera rusa: blanco-azul-rojo (en Amazon pueden encontrarse diferentes modelos de esta prenda por 9,15 euros, pero seguro que la de Hegseth era más cara)

Zelenski acudió a la reunión confiando en que su interlocutor aceptaría su petición de suministrarle los poderosos misiles Tomahawk -con un alcance de entre 1.600 y 2.500 kilómetros, capaces de llegar a Moscú, y muy difíciles de detectar-, que le permitirían forzar a Putin a negociar y poner fin a la guerra. Pero se encontró con un Trump dando largas -para evitar una “escalada”- y alineándose con las posiciones del Kremlin.

La explicación no era un secretario para nadie. La víspera, viendo el peligro, Putin tomó el teléfono y llamó a Trump, a quien logró atraer de nuevo a su terreno. La conversación entre ambos, de más de dos horas, fue calificada por la Casa Blanca de “buena y productiva”, hasta el punto de anunciar la celebración de una cumbre entre los dos mandatarios en la capital de Hungría, Budapest -para mayor humillación europea-, en el plazo de dos semanas. Poco duró el encantamiento, sin embargo, y el martes Trump dio la cumbre por suspendida: “No quiero perder el tiempo”, dijo. Encastillado en el Kremlin, Putin probablemente menospreció el efecto que tendría en la personalidad vanidosa de Trump su falta absoluta de concesiones.

En lugar de limitarse a expresar su queja, el presidente de EE.UU. ha querido mostrar esta vez su enfado adoptando medidas de presión y ha anunciado la imposición de sanciones a todo aquel particular o empresa que compre -o utilice dólares para comprar- petróleo a las compañías rusas Rosneft y Lukoil, un sector extremadamente sensible del que depende buena parte de los ingresos que permiten a Moscú financiar la guerra. La medida, también adoptada por el Reino Unido, tendrá un efecto inapreciable en EE.UU., que apenas tiene intercambios de este tipo con Rusia. Pero puede afectar a terceros. ¿Hasta qué punto? No está claro.

La agencia Reuters avanzó ayer que, cautelarmente, las grandes petroleras estatales chinas han decidido suspender las compras de crudo a las dos compañías rusas (aunque solo el petróleo transportado por mar, que no es la mayoría) y lo mismo se disponen a hacer las grandes refinerías indias. Sin embargo, algunos analistas creen que Moscú encontrará caminos alternativos -vía intermediarios- y sus consecuencias serán mínimas.

La Unión Europea, mientras tanto, aprobó ayer el 19º paquete de sanciones contra Rusia, después de que Eslovaquia -esta vez, el húngaro Viktor Orbán delegó el papel de díscolo en Robert Fico- levantara su veto. Los 27 acordaron prohibir la importación de gas natural licuado ruso en el 2027 -un año antes de lo previsto- y abordaron la discusión sobre el uso de los haberes rusos congelados en Europa para ayudar a Kyiv. Con esta garantía, y a cuenta de futuras reparaciones de guerra que Moscú eventualmente debería pagar, Bruselas propone conceder a Ucrania un préstamo de 140.000 millones de euros. Antes, sin embargo, habrá que vencer la resistencia de Bélgica, donde están la mayor parte de los activos rusos y que reclama a sus socios garantías para compartir los riesgos.

La financiación de la ayuda militar a Ucrania es más crucial que nunca, después de que EE.UU. se haya desentendido. La ayuda europea concedida desde el inicio de la guerra en 2022 ya supera a la norteamericana -180.000 frente a 114.000 millones de euros- y esa diferencia no va sino a aumentar. Algunos países, como Francia, insisten en que el gasto sirva para alimentar la industria de defensa europea, pero lo cierto es que los países europeos ya están pagando -y España se ha comprometido a hacer lo propio- para comprar armas a EE.UU. y entregárselas al Gobierno de Kyiv. Lo ha reiterado Trump esta semana: la guerra de Ucrania ya no les cuesta nada. Y además hacen negocio.

 

Adiós a ‘Mamma Erasmus’. La pedagoga italiana Sofia Corradi, inspiradora del programa de intercambio de estudiantes europeos Erasmus, murió el sábado pasado en Roma a los 91 años de edad. Corradi, conocida como ‘Mamma Erasmus’, presentó por primera vez su plan de intercambio de estudiantes en 1969 ante la Asamblea General de Rectores de las Comunidades Europeas, pero no fue implantado hasta 1987, bajo la presidencia de turno española y con el compromiso decidido del entonces comisario europeo de Educación, el español Manuel Marín. Desde entonces, unos 16 millones de universitarios han participado en el programa, que ha hecho más que ningún otro por la integración europea.

Un expresidente en prisión. Situación inédita en Francia, el expresidente Nicolas Sarkozy ingresó el martes en prisión para cumplir la condena de cinco años de cárcel que le impuso el Tribunal Penal de París por un delito de asociación de malhechores en un intento de lograr financiación irregular del dictador libio Muamar el Gadafi en la campaña electoral del 2007. El exmandatario tiene una celda individual, permanece aislado de los demás reclusos y goza de la protección de dos guardaespaldas. La condena no es firme, por lo que sus abogados esperan conseguir pronto su libertad condicional. Sarkozy es el primer presidente de la V República en ser encarcelado. Jacques Chirac fue condenado -también por financiación irregular- pero por su edad y estado de salud no llegó a ingresar en prisión.

 

lunes, 20 de octubre de 2025

Operación cabezas de cerdo

'Visión periférica'

Más allá de los drones, la guerra híbrida de Rusia se libra en las redes. Agentes rusos multiplican las provocaciones y las operaciones masivas de desinformación con el fin de socavar el apoyo a Ucrania y desestabilizar a los países europeos.

 

El 9 de septiembre, unos desconocidos depositaron nueve cabezas de cerdo frente a otras tantas mezquitas de París y su región, en lo que inicialmente se interpretó como un ataque islamófobo en un momento de creciente tensión social e intercomunitaria en Francia. La acción, difundida por los autores a través de las redes sociales –como era su fin–, causó consternación general y a la izquierda radical le faltó tiempo para acusar a la extrema derecha. Pero no era tal.

A la policía no le costó mucho seguir la pista de los provocadores, unos aficionados –muy probablemente reclutados por cuatro cuartos– que habían viajado a Francia con un coche de matrícula serbia. Veinte días después, la policía serbia detuvo a 11 personas de esta nacionalidad en Belgrado y otras poblaciones, acusadas de llevar a cabo esta y otras operaciones similares en Francia y en Alemania. El organizador, identificado, logró darse a la fuga.

El Ministerio del Interior serbio les acusa de organizar acciones de carácter provocador con el objetivo de “incitar al odio, la discriminación y la violencia” atizando las diferencias nacionales, étnicas o religiosas (en abril, el mismo u otro grupo había tirado pintura sobre el Memorial de la Shoa y varias sinagogas de la capital francesa y dejado mensajes antisemitas). Los detenidos habrían actuado, según la policía serbia, por encargo de “un servicio de información extranjero”. Los investigadores franceses apuntan al servicio militar ruso GRU.

Los ataques dirigidos a desestabilizar desde el interior a los principales países europeos responden a uno de los objetivos de la guerra híbrida lanzada por Moscú, que más allá de las violaciones del espacio aéreo de la OTAN –un viejo hábito de la guerra fría– tiene su principal campo de batalla en las redes sociales a través de campañas de desinformación, con la propagación masiva de bulos y falsedades.

“Mientras la atención de Europa se centra, con razón, en la construcción de barcos, tanques y drones, otra forma de guerra está socavando los cimientos de nuestras democracias, no con misiles, sino con mensajes”, escribe Chris Kremidas-Courtney, investigador del European Policy Centre, quien subraya que estamos ante una operación de influencia “diseñada para corroer la confianza, secuestrar la realidad y transformar la opinión pública en Europa y Norteamérica”.

Gran parte de este flujo de información falsa difundido desde Rusia alude a la guerra de Ucrania (en septiembre, por ejemplo, la propaganda rusa saturó las redes acusando a Kyiv de los drones rusos que invadieron el espacio aéreo de Polonia), pero otra parte busca socavar la cohesión interna de las sociedades occidentales. Uno de los vehículos más activos es el bautizado como operación Storm 15-16, cuyo objetivo principal es desacreditar a Ucrania y tratar de erosionar el apoyo occidental a Kyiv. Desde que empezó a funcionar, en agosto de 2023, ha realizado 77 operaciones de desinformación contra Europa. “Lo que hace que Storm 15-16 sea más peligroso que esfuerzos anteriores es su escala industrial y su evolución tecnológica”, advierte Kremidas-Courtney.

La operación Storm 15-16 es un modus operandi de desinformación “particularmente virulento”, constata por su parte un informe del pasado mes de mayo del Ministerio de los Ejércitos francés, según el cual esta operación está “orquestada  directamente por la inteligencia militar rusa (GRU)”. Storm 15-16 no actúa en solitario, sino coordinadamente con otras organizaciones como la Agencia de Diseño Social y la red Portal Kombat, con un triple objetivo: “polarizar a la sociedad, debilitar el apoyo a Ucrania y fracturar la cohesión nacional”. Entre sus acciones destaca la difusión, en enero, de un supuesto vídeo del grupo yihadista Hayat Tahrir al-Cham amenazando con incendiar la catedral de Notre Dame si Francia no liberaba al autor del atentado en la basílica de Niza en 2020. “El efecto deseado de estas operaciones –dice el informe– reside menos en la persuasión inmediata que en el deseo de crear una niebla informativa persistente para, en última instancia, corromper la verdad”.

En la primera mitad del año, la plataforma Portal Kombat publicó casi un millón de artículos con información falsa, redactados por IA y luego traducidos masivamente. En paralelo, la Agencia de Diseño Social (SDA), una supuesta agencia de comunicación política, produjo entre enero de 2023 y abril de 2024, casi 140.000 piezas de contenido: desde artículos generados por IA a memes, vídeos manipulados, deepfakes y otros.

El grupo Cassini, un equipo de investigadores europeos que se dedica a cartografiar la estrategia de desestabilización promovida por Rusia, detectó en 2024 hasta 115 acciones de todo tipo con este objetivo, más de la mitad en Alemania y Francia. “Más que nunca, las acciones ‘híbridas’ de Rusia en el continente europeo acaparan titulares. Ya se trate de sabotajes, maniobras informativas o actos vandálicos, estas acciones suelen ser tratadas por separado en los medios –explican–. Se acumulan, formando una especie de bombardeo permanente cuyo objetivo es provocar una sensación de saturación y ansiedad en la opinión pública”.

El viernes 10 de octubre, un sacristán de la catedral de Notre Dame de París halló entre los cirios una carta anónima, escrita a máquina, en la que se advertía de un inminente atentado e instaba a cerrar el templo ese fin de semana. “No abran la catedral, habrá visitantes extranjeros que, con la ayuda de otros visitantes, ya han escondido cuchillos en la catedral en los últimos días y causarán una masacre. Por favor, no abran la catedral”, decía el mensaje. Una discreta inspección policial, sin cerrar el templo, no dio resultado alguno. ¿Broma de mal gusto de un chiflado? ¿O una acción más de guerra híbrida?

El campo entra en combustión

Newsletter ‘Europa’

El acuerdo comercial con Mercosur y el recorte de la PAC encrespan a los agricultores europeos

 

Desde que Estados Unidos se ha convertido, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, en un aliado poco de fiar y un adversario comercial inclinado a la extorsión, Europa busca denodadamente nuevos mercados para compensar el retroceso de las exportaciones a EE.UU., gravadas ahora por unos aranceles generales del 15% y un dólar depreciado. De ahí la importancia del tratado comercial suscrito, tras veinticinco años de negociaciones, con los países del Mercosur -Argentina, Brasil, Paraguay e Uruguay, un mercado de más de 700 millones de consumidores-, que puede incrementar las exportaciones europeas en un 39%, hasta los 49.000 millones de euros anuales.

Sin embargo, no todo es tan bonito como parece. No para todo el mundo, al menos. El acuerdo es muy positivo para la industria europea -de ahí la presión de Alemania por aprobarlo-, pero amenaza con tener efectos negativos para la agricultura y la ganadería, que ya tienen que remontar los aranceles norteamericanos y pronto verán además cómo se recortan las ayudas comunitarias de la Política Agraria Común (PAC). El campo europeo ha empezado a entrar en combustión.

Los agricultores llevan tiempo en pie de guerra. Hace dos años ya organizaron amplias movilizaciones -en Alemania, España, Francia, Países Bajos- contra las medidas medioambientales de Bruselas, algunas de las cuales consideraban lesivas para sus intereses. Hoy el comercio exterior, con el proteccionismo de EE.UU. y la apertura de las fronteras europeas a los productos cárnicos y agrícolas sudamericanos, es el nuevo frente de batalla. Las organizaciones agrarias europeas organizaron una jornada de protesta en Bruselas este verano, mientras los agricultores franceses -secundados en algún caso por los alemanes- han salido ya tres veces a la calle este otoño. Y la protesta tenderá a crecer.

Francia es con diferencia el país donde más rechazo político suscita el acuerdo comercial con el Mercosur -que también genera fuerte oposición en Italia, Países Bajos o Polonia-. La mayoría de los partidos políticos franceses está en contra. Y una llamativa muestra de ello es que cuatro eurodiputados franceses del Partido Popular Europeo (PPE) votaron, por este motivo, a favor de una de las dos mociones de censura contra la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen -correligionaria suya-, debatidas el pasado día 9 en la cámara de Estrasburgo.

A principios de septiembre, casi un año después de la firma en Montevideo, la Comisión lanzó el proceso de ratificación del tratado, después de convencer al presidente francés, Emmanuel Macron, de que se adoptarían cláusulas de salvaguarda para proteger a los agricultores europeos de una eventual avalancha de productos del Mercosur.

Estas medidas, dadas a conocer la semana pasada, se activarían en el caso de que los precios de los productos importados cayeran al menos un 10 % por debajo de los precios de la UE, o que las importaciones en condiciones preferenciales aumentaran más de un 10 % anual. En caso de perjuicio grave, los aranceles preferenciales podrían retirarse temporalmente. Y productos como la carne de vacuno, las aves de corral, los huevos, el arroz, la miel, los ajos, el etanol y el azúcar estarán particularmente vigilados.

Nada de ello ha servido, por el momento, para tranquilizar a los sectores afectados y tampoco para ampliar el apoyo político al tratado. Por el contrario, Macron -cuyo gobierno es extremadamente débil- es cada vez más contestado en este terreno. La UE no necesita la unanimidad de los 27 para ratificar al acuerdo, basta con una mayoría cualificada (al menos 15 estados que representen como mínimo el 65% de la población comunitaria). Pero ¿puede llevarlo adelante con la oposición frontal, política y social, de Francia, donde la extrema derecha está al acecho?

El otro frente, será el futuro de las ayudas europeas al campo. Tal como están las cosas actualmente, la Comisión propone lisa y llanamente la eliminación de la PAC -así como de los Fondos de Cohesión- y la redistribución de ambos fondos en nuevos paquetes de ayuda específicos para cada país, lo que en la jerga comunitaria han bautizado como el “sobre nacional”. Este cambio radical no solo implica una renuncia a mantener una política agraria común -puesto que cada uno de los 27 estados podrá aplicar el fondo de ayuda a su manera-, sino que además esconde, o al menos eso parece, importantes recortes.

El proyecto de marco financiero plurianual 2028-2034 asciende a unos 2 billones de euros, de los que 865.000 millones de euros serían para dotar los nuevos Planes de Asociación Nacionales y Regionales (donde se fusionarían la política agrícola y los fondos de cohesión). Ello podría repercutir en la práctica, según cálculos del grupo socialista del Parlamento Europeo y del propio sector agrario, en una sustancial rebaja del 20% del dinero de la PAC. Otros especialistas, como Alan Matthews, profesor emérito de Política Agrícola Europea en el Trinity College de Dublín, citado por Politico, cifra la posible reducción en el 15 %.

Bruselas niega el recorte, aduciendo que junto a las ayudas reservadas directamente para el campo hay otras partidas que cada país podrá atribuir -o no- a la agricultura. Si la refundición de ayudas es algo más que un artificio para enmascarar una reducción de la PAC y el Fondo de Cohesión, el tiempo lo dirá. En todo caso, lo que ha emergido ya con claridad es que la UE tiene sobre la mesa una nueva prioridad, política y económica: la defensa. Y esa apuesta irá en detrimento de otras.

 

APUNTES

Schengen militar. La Comisión Europea ha propuesto, dentro de su hoja de ruta de la defensa, la creación de una red de rutas terrestres, aéreas y marítimas para desplazar tropas y equipos rápidamente por toda Europa en caso de crisis, lo que en Bruselas han bautizado ya como un espacio Schengen de los ejércitos. La Comisión ha identificado más de 500 proyectos “prioritarios” -que costarían 100.000 millones de euros- para eliminar los obstáculos encontrados en cuatro corredores específicos de movilidad militar. La hoja de ruta incluye también los proyectos de bandera, o ‘flagship projects’, como el ‘muro de drones’, para promover la cooperación voluntaria de varios países en proyectos comunes.

Convidados de piedra. Varios líderes europeos, de Friedrich Merz a Emmanuel Macron, de Keir Starmer a Giorgia Meloni y Pedro Sánchez, fueron invitados al acto solemne organizado en Egipto para formalizar el alto el fuego en Gaza entre Israel y Hamas, a mayor gloria del gran hacedor, el presidente de Estados Unidos. Donald Trump quería su presencia -ojo, en ningún caso la de dirigentes de la UE como tal- para subrayar el aplauso mundial a su iniciativa de paz, pero en la práctica ha dejado a los europeos absolutamente al margen. La Unión es uno de los mayores contribuyentes en ayuda humanitaria a Palestina (más de 1.250 millones de euros desde el 2000) y ahora propone participar en la reconstrucción de Gaza. Si EE.UU. y sus interese inmobiliarios le dejan.

Resurrección de Lecornu. Hace justo una semana, este boletín consignaba la renuncia del enésimo primer ministro francés, Sébastien Lecornu -cuyo gobierno había durado solo 14 horas, un récord-, y el inminente nombramiento de su sustituto por el presidente Emmanuel Macron. Sorpresa tras sorpresa, el elegido fue otra vez Lecornu -pese a que él mismo había dado por acabada su “misión”-, solo que esta vez, y a pesar de la enorme fragilidad del nuevo Ejecutivo, el arranque parece más prometedor. A cambio de suspender la aplicación de la controvertida reforma de las pensiones, el nuevo primer ministro consiguió la benevolente abstención del PS en sus dos primeras mociones de censura.

 

 


lunes, 13 de octubre de 2025

Francia en su bucle

Newsletter ‘Europa’

La crisis política francesa se agrava y deja a Macron extremadamente debilitado en un delicado momento para Europa

 

A Emmanuel Macron se le ha pegado la crisis política a la piel como al capitán Haddock el pertinaz esparadrapo de El efecto Tornasol. Al igual que el amigo del célebre Tintin, que en su intento de deshacerse del apósito lo va enganchando a todos los que tiene alrededor para que al final vuelva irremisiblemente a él, el presidente francés gira y gira en un bucle interminable intentando -infructuosamente- salir de la crisis en la que él mismo sumió al país con su decisión de disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones anticipadas en el verano de 2024. Desde entonces, la vida política francesa -y, por ende, la europea- es un sinvivir.

El anuncio de cada nuevo Gobierno en Francia sigue siempre el mismo patrón: el secretario general del Elíseo sale al patio central del palacio presidencial y, desde lo alto de la escalinata, o a veces en una sala interior, va desgranando los nombres de los nuevos ministros. Al día siguiente, en cada ministerio se producen los relevos, con sonrisas, discursos, aplausos y algún llanto de despedida (al menos, cuando los ministros duraban)

El pasado domingo, 5 de octubre, siguiendo la costumbre, el secretario general del Elíseo, Emmanuel Moulin, leyó el nombre de los 18 ministros del nuevo gabinete de Sébastien Lecornu, designado primer ministro el 9 de septiembre anterior. Faltaban pocos minutos para las 8 de la tarde -siempre al caer la noche, otro hábito- y todo parecía arrancar, una vez más, como siempre. Salvo que esta vez el nuevo Gobierno iba a tener el recorrido más corto de la historia de la V República y más allá: catorce horas después, Lecornu presentaba su dimisión al presidente y, con ella, la del nuevo Ejecutivo. Más fugaz que un relámpago.

Las disensiones en el seno de la propia mayoría presidencial mataron al nuevo Gobierno prácticamente en el huevo. Disensiones más oportunistas que políticas, todo hay que decirlo. Cada vez falta menos para la próxima elección presidencial -en la primavera del 2027-, Macron no puede volver a presentarse y todos los barones y aspirantes del llamado núcleo común intentan tomar posiciones en la parrilla de salida. Quien primero rompió las hostilidades fue el ministro del Interior, Bruno Retailleau, líder de Los Republicanos (la última marca de la derecha gaullista de toda la vida, aunque más ultra que nunca), responsable principal de esta enésima crisis. Pero pronto le siguieron dos ex primeros ministros, Gabriel Attal y Édouard Philippe, que se mostraron críticos con el presidente (y el segundo de ellos le instó directamente a presentar también la dimisión)

El apenas nato gobierno de Lecornu era el quinto del segundo mandato presidencial de Emmanuel Macron y el tercero desde que -en una apuesta suicida por recuperar la mayoría absoluta perdida en 2022- convocara elecciones anticipadas y acabara todavía peor de lo que estaba, dejando un cuadro ingobernable. Desde entonces, Macron ha tratado infructuosamente de seguir gobernando sobre la base de una alianza entre su coalición de centro liberal y la derecha republicana, una mayoría insuficiente que ha chocado con la oposición de los dos principales grupos de la cámara: la coalición de izquierdas Nuevo Frente Popular (NFP) y la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional (RN)

Lecornu, en un último servicio a Macron, ha logrado reunir un consenso mayoritario -excluido el RN- para evitar nuevas elecciones anticipadas en este momento, por lo que el nombramiento de un nuevo primer ministro es inminente. Pero los obstáculos para el nuevo Gobierno -que tiene la imperativa obligación de aprobar un nuevo presupuesto- serán los mismos.

La inestabilidad francesa, de importantes consecuencias para Europa, es algo más que el fruto del empecinamiento de una persona -que también-. Es el resultado del colapso definitivo del régimen presidencialista de la V República, que hasta ahora había garantizado gobiernos y mayorías sólidas y que, en una situación de fragmentación como la actual, no responde. Casi siete décadas con este sistema de poder vertical, de ordeno y mando, han generado además una clase política incapaz para el compromiso y el pacto que dificulta enormemente la salida de la crisis.

Las coaliciones son la receta más común de gobierno en Europa. Al margen de Grecia y de Hungría, el resto de países de la UE están gobernados hoy por coaliciones -algunas, múltiples- o tienen ejecutivos en minoría que necesitan el apoyo parlamentario de otras fuerzas políticas. Esto, en un contexto de creciente fragmentación, ha llevado en los últimos tiempos a sucesivos adelantos electorales en todo el continente: los próximos comicios adelantados están previstos el 29 de octubre en los Países Bajos, después de que el extremista Partido de la Libertad de Geert Wilders rompiera el acuerdo de coalición con otros tres partidos.

El resultado de todo ello es una acumulación alarmante en toda Europa de gobiernos frágiles, cuyos inestables equilibrios de fuerzas lastran todavía más la toma de decisiones a nivel europeo. Y dejan a la UE con su motor tocado. Es obvio que Francia no está en disposición hoy de tirar del carro, aunque Alemania -con un movedizo gobierno de coalición entre democristianos y socialdemócratas, con intereses contrapuestos- no está tampoco en su mejor momento, ni económico ni político.

Los otros grandes afrontan también serias dificultades, con la excepción de Italia, donde Giorgia Meloni -líder de Hermanos de Italia, coaligada con otras tres fuerzas- ha logrado consolidar un Gobierno, hoy por hoy, estable. En España, Pedro Sánchez, al frente de una coalición de izquierdas -una rareza hoy en Europa- en minoría, apenas tiene fuerza para llevar adelante sus proyectos legislativos, incluidos unos nuevos presupuestos. Y en Polonia, la coalición múltiple que dirige Donald Tusk debe enfrentarse, tras el tropiezo en las elecciones presidenciales de junio, a un jefe del Estado adverso con una amplia capacidad de veto.

En un momento en que Europa se enfrenta a la necesidad existencial de tomar decisiones trascendentales y dar un decisivo paso adelante, el panorama de los gobiernos nacionales no ofrece mucha confianza.

 

Voto euroescéptico. El populista multimillonario Andrej Babis, trumpista y euroescéptico declarado, ganó las elecciones legislativas del pasado sábado en la República Checa, de la que volverá a ser primer ministro. Su partido, Acción de Ciudadanos Insatisfechos (ANO, por sus siglas en checo), cosechó el 34,6% de los votos, en detrimento de la alianza de centroderecha liberal Juntos (Spolu) del actual primer ministro, el conservador Petr Fiala, que logró el 23,2%. De todos modos, Babis no alcanzó la mayoría absoluta y ya avanzó su intención de negociar un gobierno de coalición con el partido de extrema derecha Libertad y Democracia Directa (SPD) y la formación populista derechista Los Propios Automovilistas (Motoristé sobe), que rechazan el plan de la UE de prohibir a partir del 2035 la venta de coches de motor de combustión

Doble censura superada. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, superó ayer las dos nuevas mociones de censura a las que se enfrentaba en el Parlamento Europeo gracias al apoyo férreo de la coalición integrada por populares, socialdemócratas y liberales. En junio pasado ya tuvo que superar otra. Una de las mociones había sido presentada por el grupo de extrema derecha Patriotas (liderado por el Reagrupamiento Nacional francés, en el que está Vox) y los izquierdistas de The Left. Cuestionada por un lado y por otro, Von der Leyen no pasa por uno de sus mejores momentos, como tampoco la alianza europeísta entre populares y socialdemócratas, sometida a fuertes tensiones internas.

Aranceles de ida y vuelta. La Comisión Europea ha decidido poner freno a su vocacional apertura comercial y proteger la producción europea de acero, muy castigada por los aranceles aprobados por Estados Unidos -cuya reducción sigue en el alero- y la competencia de otros países productores, como China, en un contexto de sobreproducción mundial. Las medidas preparadas por Bruselas consisten en reducir la cuota de importación de acero extranjero libre de aranceles hasta las 18,3 millones de toneladas (un 47% menos que en la actualidad) y doblar los aranceles para quienes excedan estas cuotas del 25% al 50%.


lunes, 6 de octubre de 2025

La rebelión de la generación Z

'Visión periférica'

Los jóvenes de la generación Z están saliendo a las calles en medio mundo –de Nepal a Marruecos, de Madagascar a Indonesia– para reclamar cambios políticos. En Europa, su malestar se vehicula hacia la extrema derecha.

 

Contaba recientemente en estas páginas Mayte Rius que los jóvenes de la generación Z, a diferencia de sus inmediatos predecesores –los milenial–, se sienten cada vez más seducidos por la vida analógica de sus abuelos y aspiran a recuperar el valor de lo físico, de lo material –desde leer en papel a escuchar música en vinilos–, en busca de una vida más auténtica, sin por ello abandonar el mundo digital en el que han nacido. ¿Están recuperando también el espíritu rebelde de sus ancestros?

Si a finales de los sesenta la juventud salía a las calles en Europa y Estados Unidos en pos de un sueño de libertad, paz y justicia, hoy son los jóvenes de la generación Z los que están protagonizando movilizaciones de protesta similares en Asia y África (mientras en los países occidentales se dejan tentar más bien por los discursos antisistema de la extrema derecha)

Las calles de Marruecos, que atravesó la primavera árabe de hace algo más de una década sin mayores tumultos, han ardido en cambio esta semana con las protestas de los jóvenes marroquíes, que reclaman justicia social, mejores servicios públicos –en sanidad y educación–, el fin de la corrupción y la destitución del Gobierno. Detrás de las manifestaciones, reprimidas por la policía (con un balance hasta ahora de tres muertos), se encuentra el movimiento GenZ 212, nombre que identifica a la nueva generación unido al prefijo telefónico internacional de Marruecos. Algo similar está pasando en Madagascar, en África Oriental, donde los jóvenes han forzado la caída del Gobierno y están haciendo tambalear al régimen, al precio también de una veintena de muertos.

No se trata de movimientos aislados. Por el contrario, se inspiran en las movilizaciones que la generación Z está protagonizando en Asia, el auténtico foco originario de un fenómeno que ha empezado a adquirir las proporciones de un seísmo mundial. El origen está en las protestas que acabaron con los gobiernos de Sri Lanka (2022) y Bangladesh (2024), y que han tenido sucesivas réplicas este año en Nepal  –donde el Gobierno fue también derribado y todavía se vislumbra el reflejo de las llamas que incendiaron el Parlamento–, Indonesia, Filipinas y Timor Oriental. Podría cederse a la tentación de identificarlas como una primavera asiática –por analogía con la primavera árabe del 2011–, si no fuera porque está teniendo  derivadas en otras regiones del mundo.

La rebelión de los jóvenes Z presenta muchas cosas en común, por encima de las fronteras y las particularidades nacionales. Sus aspiraciones y reivindicaciones son parecidas –protestan contra el inmovilismo del establishment, los privilegios, la corrupción y las desigualdades sociales– y en todas partes expresan una voluntad de ruptura política. Se movilizan y comunican a través de las redes sociales –el servicio instantáneo de mensajería Discord es la nueva estrella– y adoptan incluso los mismos símbolos: la calavera pirata del popular manga japonés One Piece –cuyo protagonista, Luffy, es un joven ingenuo y soñador– puede verse hoy indistintamente en las calles de Manila, Yakarta, Antananarivo, Casablanca o París.

La sublevación de los jóvenes es, hasta cierto punto, la expresión de un mar de fondo más general. En todo el mundo, sin distinción de continentes, existe un creciente hartazgo sobre el actual estado de cosas y una desconfianza profunda hacia la clase política. Así lo pone de manifiesto un reciente sondeo realizado por el Pew Research Center entre 31.000 personas adultas de 25 países. Según la encuesta, en 20 de estos países  la mayoría considera que su sistema político necesita cambios importantes o una reforma total (así en Argentina, como en Grecia, Nigeria, Corea del Sur o Estados Unidos) y al menos cuatro de cada diez encuestados en los 25 países piensan que prácticamente ningún político es honesto, ético, está bien cualificado, comprende las necesidades de la gente común o se centra en los problemas más importantes del país. Entre los jóvenes, las ansias de cambio y la severidad de su juicio sobre la clase política son aún mayores.

La protesta de la generación Z, sin embargo, tiene en Europa traducciones dispares. Hay un sector de la juventud muy movilizado en todos los países –de Italia a España, de Francia al Reino Unido– en torno a la defensa de causas como la palestina y contra el Gobierno de Israel, acusado de perpetrar un genocidio en Gaza. Pero hay otro sector, a priori más silencioso y numéricamente cada vez más importante, que dirige su malestar en otro sentido y alimenta el voto a la extrema derecha, erigida en una oferta netamente anti establisment.

Los jóvenes europeos están en buena parte detrás del ascenso de las expectativas de voto de los partidos nacionalistas de ultraderecha en Europa, desde el Reagrupamiento Nacional (RN) en Francia a Alternativa para Alemania (AfD) al otro lado del Rhin, pasando por los Hermanos de Italia de la primera ministra Giorgia Meloni, Vox en España o Reform UK en el Reino Unido. “La Generación Z impulsa el movimiento patriótico en toda Europa”, destacaba hace poco The European Conservative.

Como apuntaba el eurodiputado francés Raphäel Glucksmann, líder de Plaza Pública, en conversación con este cronista, “entre los jóvenes existe la idea de que ahora es la extrema derecha la que encarna el gran cambio, la que tiene el impulso revolucionario, mientras que la izquierda aparece como la defensora de las élites y del statu quo”.


Europa sigue sin levantarse de la cama

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El peso de los intereses nacionales lastra la defensa común europea


En el plazo de unos pocos días, dos figuras relevantes de la política y el periodismo han expuesto en sendas entrevistas en La Vanguardia su preocupación por la falta de reacción de Europa ante los peligros que presenta la situación mundial, con una Rusia crecientemente agresiva y unos Estados Unidos cada vez más indiferentes -si no adversos- a mantener la histórica alianza trasatlántica. Lo curioso, lo llamativo, es que ambos utilizaron el mismo símil para mostrar su desazón: Europa ya se ha despertado pero le cuesta levantarse de la cama. La cumbre de Copenhague del miércoles ha confirmado que aún se le pegan las sábanas.

“Debemos asumir nuestra propia defensa, nuestra autonomía estratégica. Y eso es algo que aún no hemos decidido (…) Tengo la impresión de que, hasta que los bombarderos rusos no hayan arrasado Varsovia, no comprenderemos que existe una amenaza existencial”, advertía el eurodiputado Raphaël Glucksmann, líder de Plaza Pública y una de las figuras emergentes de la izquierda francesa. A lo que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash -premio Vanguardia de Periodismo 2025- añadía: “¿Ha despertado Europa? Cuanto más al oeste y al sur de Europa se avanza, menos clara es la respuesta. Sin embargo, para responder a estos desafíos, Europa tiene que actuar como una sola”.

No es, de momento, lo que está haciendo. Si la amenaza rusa y la deserción norteamericana han despertado en la UE la urgencia de rearmarse, no han sido suficientes hasta ahora para convencer a cada unos de los 27 de la necesidad de poner realmente en común la política de defensa. La cumbre informal de Copenhague debía servir para avanzar en este camino, reforzando la frontera oriental -puesta a prueba por las reiteradas violaciones rusas del espacio aéreo europeo- y asegurando la capacidad de Ucrania para resistir la agresión de Moscú. Ni en una cosa ni en otra se consiguieron progresos. Y habrá que esperar a un nuevo intento en el Consejo Europeo del 23 y 24 de octubre en Bruselas. Por lo menos.

Con la capital danesa sometida a un férreo dispositivo de seguridad, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, expuso a los dirigentes europeos los planes elaborados por Bruselas -algo que ya de por sí provoca urticaria en varias capitales europeas- para reforzar la defensa de la Unión, entre ellos el proyecto de levantar una especie de muro antidrones. Su modalidad y su financiación no suscitaron acuerdo.

Los países del Norte y del Este de Europa -tan poco solidarios en otros asuntos, como el de la inmigración en el Mediterráneo- pidieron la solidaridad y el compromiso de los países del Sur. Italia, España y Grecia no se negaron, pero reclamaron no perder de vista la seguridad global y atender también a la defensa del flanco sur. No fue, sin embargo, una división geográfica tan neta. Alemania y Francia tampoco quedaron muy convencidas y cuestionaron la viabilidad misma del proyecto del muro.

“La idea de un muro de drones pondrá a prueba la capacidad de Europa -y, en general, de la OTAN- para acordar los costes, el despliegue e incluso su propósito”, había advertido el analista estadounidense Ian Bremmer. La cuestión es si, más allá del proyecto en concreto del muro, la UE está dispuesta realmente a convertir la defensa en una política común, como hizo con la lucha contra la pandemia de covid. Y no lo parece en absoluto.

Europa está determinada a rearmarse, sí, incluso recortando el Estado del bienestar -lo que no estará exento de fuertes tensiones sociales y políticas-, pero cada uno por su lado y a su bola, dilapidando el dinero como ha venido sucediendo hasta ahora. No hay más que ver la tensión nacionalista que está envenenando el proyecto tripartito del nuevo avión de combate europeo (Future Combat Air System, FCAS), con Alemania y Francia a la greña -el grupo francés Dassault amenaza con abandonar si no lidera el proyecto- y España de espectador impotente.

Tampoco hubo acuerdo sobre la manera de financiar la ayuda a Ucrania ahora que EE.UU. ha decidido lavarse las manos y que los países europeos se enfrentan a fuertes tensiones presupuestarias. La propuesta de Von der Leyen, que presentó como “jurídicamente sólida”, consiste en conceder a Kyiv un préstamo de 140.000 millones de euros a cuenta de los más de 200.000 millones de haberes rusos congelados en Europa y que sólo debería devolver cuando Moscú le pagara reparaciones de guerra.

Esta solución, que parece un poco el cuento de la lechera, no convence a un buen puñado de países. Bélgica en primer lugar, pues la mayor parte de estos activos se encuentran en la entidad financiera belga Euroclear. Pero tampoco a Francia, quien cree que una decisión unilateral de este tipo podría dañar gravemente la credibilidad de Europa como plaza financiera. Y, naturalmente, al frente prorruso capitaneado por el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y su alter ego eslovaco, Robert Fico (a quien, por cierto, podría unirse este fin de semana el checo Andrej Babis, favorito en las elecciones legislativas que se celebran hoy y mañana)

Orbán utilizó de nuevo su poder de veto para hacer abortar una maniobra auspiciada por el presidente del Consejo Europeo, António Costa, con el objetivo de acelerar los pasos para la adhesión de Ucrania a la UE. Costa quería avanzar con mayorías cualificadas y dejar para el último momento la decisión por unanimidad. El líder húngaro dijo que de ninguna manera.

En los últimos meses, las relaciones entre Hungría y Ucrania han sufrido una profunda degradación, que ha desembocado en una crisis diplomática en toda regla. El punto de inflexión se produjo el pasado mes de agosto, a raíz de los ataques -hasta tres- que el ejército ucraniano lanzó contra el oleoducto ruso Druzhba, en su objetivo de socavar la industria petrolera y gasística del enemigo. El problema es que ese oleoducto suministra crudo a Hungría, Eslovaquia y la República Checa.

Orbán, que se jacta de su amistad con Putin (y con Trump) y que defiende abiertamente una normalización de las relaciones con Moscú -con levantamiento de sanciones incluido-, consideró la acción ucraniana radicalmente hostil y un ataque directo contra su seguridad energética. El hecho es que Hungría sigue comprando masivamente petróleo a Rusia -el 87% del total de su suministro- y hasta ha conseguido que el presidente de EE.UU., que instó a la UE a dejar de comprar gas y crudo rusos, se muestre comprensivo y le exonere de esta obligación.

Consecuencia de esta escalada de tensión, ambos países se enzarzaron la semana pasada en un nuevo incidente a raíz de la entrada de un dron de reconocimiento húngaro en el espacio aéreo ucraniano, en concreto sobre la región vecina de Transcarpatia (de minoría húngara). Aunque oficialmente Budapest lo negó, Orbán respondió provocador: “¿Y qué? Ucrania no es un país independiente, no es un país soberano”. Alguien en el Kremlin debió esbozar una amplia sonrisa.

 

Aires proeuropeos en Moldavia. Mientras algunos países sometidos a Moscú en el fenecido Pacto de Varsovia se abonan al euroescepticismo y parecen añorar los buenos viejos tiempos de los vínculos con Rusia, otros, en el espacio de la antigua Unión Soviética, como Moldavia, intentan sacarse el yugo de encima y acercarse a la UE. En este pulso, el proeuropeo Partido Acción y Solidaridad (PAS), de la presidente Maia Sandu, retuvo en las elecciones del domingo pasado la mayoría parlamentaria, con un 50,16% de los votos, a amplia distancia de la coalición Bloque Patriótico (24,19%), identificada como prorrusa.

Para comprender más. Europa se encuentra en una encrucijada vital. De lo que se decida en los próximos meses y años va a depender su futuro en un mundo que ha dado la espalda al viejo orden internacional surgido de la II Guerra Mundial y donde las grandes superpotencias pretenden ejercer su influencia al modo de los viejos imperios del siglo XIX. El último número de Vanguardia Dossier aborda, bajo el título Europa, la última oportunidad, el debate sobre los principales retos del continente: económicos, demográficos y diplomáticos, pero también la crisis migratoria, el ascenso de la ultraderecha, la seguridad y la defensa.