En los últimos años, hasta una decena de países han restablecido los controles fronterizos, alegando amenazas a la seguridad o la necesidad de controlar la inmigración ilegal. No son pocos, ni insignificantes: Alemania, Austria, Bulgaria -nada más entrar, con su vecina Rumanía-, Dinamarca, Eslovenia, Francia, Italia, Noruega, Países Bajos y Suecia. El acuerdo de Schengen estipula que estas situaciones deben ser excepcionales y temporales -y así lo subrayaba una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) en un fallo del 26 de abril del 2022-, pero nadie hace demasiado caso y la Comisión Europea va renovando las autorizaciones mientras mira hacia otro lado.
La tendencia no es precisamente a corregir esta deriva, sino a profundizarla. Ante la presión creciente de la extrema derecha en materia de política migratoria, los gobiernos tienden a endurecer su legislación y su acción. Así, el primer ministro polaco, Donald Tusk, advirtió recientemente que podría sumarse también al club de las restricciones.
En esta línea, el ministro francés del Interior, Bruno Retailleau -nuevo líder de Los Republicanos y exponente del ala más próxima a la extrema derecha de la derecha presuntamente gaullista-, acaba de movilizar durante 48 horas a 4.000 agentes del orden para perseguir a inmigrantes ilegales en ferrocarriles y estaciones de tren, en una operación de evocaciones trumpistas. Ignorante, al parecer, de lo estipulado por Schengen -del que Francia es país impulsor-, ha anunciado asimismo la creación de una “fuerza de frontera” para extremar los controles.
La progresiva transformación de Europa en una fortaleza -para algunos, insuficiente- se está haciendo además a costa de una espeluznante tragedia humana en el Mediterráneo, donde han perecido o desaparecido desde el 2014 más de 75.000 migrantes, según datos oficiales de la ONU. “Si los acuerdos de Schengen constituyen un avance extraordinario en la vía de la supresión de las fronteras para los europeos, parecen haber agravado, en un clima de crecimiento del miedo y la afirmación de los soberanismos, el respeto de los derechos humanos alrededor de las fronteras exteriores de Europa”, constataba con motivo del 40º aniversario la Fundación Schuman. Es la otra cara de Schengen. |
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