'Visión periférica'
El giro de la política exterior de EE.UU. con Donald Trump ha revalorizado a ojos de Europa la relación con Turquía, poseedora del segundo mayor ejército de la OTAN. Erdogan es un aliado incómodo pero cada vez más imprescindible.
El lenguaje corporal suele ser traicionero. Puede causar
malentendidos o crear situaciones embarazosas. El presidente francés, Emmanuel
Macron, ha sufrido recientemente varias contrariedades de este tipo. Y aunque
la más replicada en todo el mundo fue la bofetada cómplice que le dio su mujer,
Brigitte, a su llegada en visita oficial a Vietnam, la de mayor significado
político fue el extraño saludo que le brindó el presidente de Turquía, Recep
Tayyip Erdogan, en la reunión de la Comunidad Política Europea celebrada el 16
de mayo en Tirana (Albania)
Macron, siempre efusivo, tomó con las dos manos las de su homólogo turco, quien aprovechó la circunstancia para retenerle uno de sus dedos durante unos largos segundos. El anómalo gesto fue interpretado en Turquía como una demostración de poder y percibido en Francia como una humillación. Fue, en cualquier caso, una metáfora perfecta de la dependencia de la Unión Europea respecto a Turquía, un aliado tan incómodo como imprescindible. El sultán Erdogan tiene a Europa pillada por los dedos.
Las relaciones entre la UE y Turquía no son fáciles y han
pasado por numerosos altibajos. Aliada en la OTAN y candidata oficial a la
adhesión al club desde 1999 –aunque las negociaciones están suspendidas desde
hace ya seis años–, las profundas discrepancias en política internacional y la
deriva autoritaria del régimen de Erdogan han alejado a Turquía de una
integración que algunos países europeos ven ya de por sí con enorme recelo.
En los últimos años Erdogan, aun manteniendo sus vínculos
occidentales, se ha lanzado a practicar una política exterior multipolar,
incrementando sus tratos comerciales con Asia y África, manteniendo sus relaciones con Rusia
–negándose a aplicarle sanciones, aunque armando a Ucrania– y ejerciendo, cada
vez más, un papel de potencia regional decisiva en Oriente Medio (como se ha
visto con su participación en la caída de Bashar el Asad en Siria). Muestra de
esta geometría variable, Ankara se ha
sumado al proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road) e incluso
ha solicitado la incorporación al grupo de países emergentes BRICS, que
pretenden erigirse en un polo económico y político alternativo al occidental
liderado por Estados Unidos.
Por un lado, Turquía parece estarse alejando de Europa pero,
por otro, mantiene vínculos cada vez más estrechos. El proceso de adhesión
sigue congelado –el Parlamento Europeo
votó en mayo mantenerlo suspendido debido a los retrocesos democráticos en el
país–, pero para la UE se ha convertido
en un socio indispensable en asuntos cruciales como la inmigración y –cada vez
más– la defensa.
Un momento fundamental fue la gran oleada de refugiados que
se dirigieron a Europa en 2015 huyendo de la guerra civil en Siria. Para
aliviar esta presión, los 27 suscribieron en 2016 un controvertido acuerdo con
Ankara por el cual se comprometía a cerrar el paso a los inmigrantes camino de
la UE a cambio de compensaciones económicas –hasta ahora, 9.000 millones de
euros– para sostener a los refugiados sirios acogidos en su territorio (hoy,
tres millones). Desde entonces, el control de la frontera otorga a Erdogan un
poderoso medio de presión sobre Europa.
El papel de Turquía se ha revalorizado aún más con el
espectacular giro político de EE.UU. tras el retorno de Donald Trump, cada vez
menos comprometido con la seguridad del continente. Ante la progresiva
desconexión norteamericana y la amenaza rusa, contar con Ankara resulta
esencial. Además de su importante posición geoestratégica, Turquía tiene el
segundo mayor ejército de la OTAN –más de 800.000 efectivos, de los cuales
335.000 en activo, según el informe de Global Firepower– y una pujante y
moderna industria de defensa –con el dron Bayraktar TB2 como producto
estrella–.
Muestra del creciente interés europeo es el hecho de que la
Comisión haya incorporado a Turquía –junto a otros países extracomunitarios
como el Reino Unido y Noruega– al nuevo programa de defensa SAFE, dotado con
150.000 millones de euros, o que Ankara haya sido convocada a las cumbres de
seguridad que, promovidas por París y Londres, tratan de articular una
coalición de voluntarios para enviar tropas a Ucrania en misión de paz en caso
de un acuerdo para poner fin a las hostilidades. Aquí, Turquía juega un papel
doblemente importante, al actuar como mediador en las negociaciones entre rusos
y ucranianos.
En este proceso de aproximación, que podría culminar en un
acuerdo de defensa, Erdogan ha allanado el camino arreglando las relaciones
–históricamente tumultuosas– con Grecia, con cuyo primer ministro, Kiriakos
Mitsotakis, firmó en diciembre del 2023 una Declaración de Amistad con una
serie de acuerdos bilaterales, y reforzando sus vínculos económicos y
comerciales –así como la cooperación armamentística– con Italia, sellado con
Giorgia Meloni el pasado mes de abril en Roma.
En esta arcadia feliz la gran disonancia es la situación
interna en Turquía, donde el endurecimiento del régimen lo acerca cada vez más
a una autocracia en toda regla. La detención, el pasado mes de marzo, del
alcalde de Estambul y principal rival político de Erdogan de cara a las
elecciones del 2028, Ekrem Imamoglu –acusado de corrupción y terrorismo–,
seguida por varias oleadas de arrestos, ha representado un grave punto de
inflexión. Confrontada a esta deriva antidemocrática, que el jefe del opositor
Partido Republicano del Pueblo (CHP) Özgür Özel, ha calificado de “golpe de
Estado”, la reacción de Europa ha sido
más que tímida. Ha habido declaraciones de condena y una llamada a
respetar los derechos humanos, claro. Pero no ha pasado de aquí. El pragmatismo
más descarnado se ha impuesto.

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