'VISIÓN PERIFÉRICA'
En solo siete semanas, Donald Trump ha empezado un trabajo de derribo del orden mundial impulsado por el propio Estados Unidos hace 80 años para sustituirlo por el retorno a la ley de la selva y el reparto de zonas de influencia.
Hay imágenes que lo dicen casi todo. Es el caso del polémico vídeo sobre el futuro imaginado por Donald Trump para la franja de Gaza –arrasada hoy por las bombas israelíes–, a la que desearía ver controlada por Estados Unidos, vaciada de sus habitantes palestinos y reconstruida como un gran centro turístico de lujo, una especie de Mar-a-Lago oriental. En el vídeo, que el propio Trump ha difundido en las redes sociales, aparece una gigantesca estatua dorada del presidente de EE.UU., convertido en objeto de culto cual si fuera un líder norcoreano. Así es como se ve Trump. Y así es como ve el mundo.
En las escasas siete semanas que lleva en la Casa Blanca, el
nuevo presidente norteamericano ha empezado un sistemático trabajo de
demolición del orden mundial impulsado a partir de 1945 por el propio EE.UU.
–en el que Washington ha sustentado históricamente su papel de superpotencia
hegemónica– y promovido el retorno a un nuevo-viejo orden basado en la ley de
la selva en el que las grandes potencias se repartirían las respectivas esferas
de influencia. Un mundo sin reglas, regido por un puñado de hombres fuertes
cuyos acuerdos se impondrían a todos los demás y en el que EE.UU. renunciaría a
su papel de gendarme mundial.
La forma en que está extorsionando a sus socios americanos
–Canadá y México– y en que expresa sus apetitos territoriales –con el mismo
Canadá, el canal de Panamá, Groenlandia...–, su desprecio hacia Europa –tan
lejana ahora a sus valores– y su acercamiento a la Rusia de Vladímir Putin, con
quien se muestra tan obsequioso como brutal fue con el presidente ucraniano,
Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca, responden a estos nuevos aires.
Formateado según la visión de EE.UU., el orden mundial
establecido tras la Segunda Guerra Mundial se ha basado hasta ahora en un
sistema de relaciones internacionales regulado por normas e instituciones
multilaterales (la ONU y todas sus agencias, el Banco Mundial, el Fondo
Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio...) en el que
Washington ejercía de impulsor y garante.
Todo este andamiaje político-institucional, construido a
partir de la visión universalista que prevalecía en Washington, es el que Trump
pretende destruir. Y ya ha empezado a hacerlo. “Mi Administración está
rompiendo decisivamente con los valores de la política exterior de la
Administración anterior y, francamente, con el pasado”. Lo ha dicho el propio
Trump y, por una vez, no es ni exagerado ni falso.
En sus primeras semanas de gobierno Trump ha dado ya pasos
claros en su camino hacia la unilateralidad. Ha abandonado el Acuerdo de París
contra el cambio climático –cosa que ya hizo en su primer mandato–, ha salido
de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Consejo de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas, ha suspendido la financiación americana de la agencia
para los refugiados UNRWA, cortado de cuajo la cooperación exterior a través de
la USAid e ignorado olímpicamente las reglas de la OMC. Estados Unidos nunca ha
formado parte de la Corte Penal Internacional, pero ahora además la persigue,
aprobando sanciones contra sus jueces.
¿Hasta dónde llegará?
Si se deja convencer por el sector más radical del mundo MAGA (Make America
great Again), puede acabar por marcharse incluso de la OTAN y de la misma ONU.
Puede sonar a aberración, pero es lo que han defendido ya públicamente figuras
como el senador republicano Mike Lee y –más importante todavía– el megalómano
multimillonario Elon Musk, su mano derecha.
Hay quien busca las raíces de esta voluntad de desconexión
en el aislacionismo de los años 30 del siglo pasado, cuando nació el discurso
de America First (América primero), otros lo entroncan más bien con los
movimientos anticomunistas y antiliberales de los años 50 y, más tarde, con las
ideas a principios de siglo de Pat Buchanan, que en La muerte de Occidente
oponía el capitalismo global al verdadero conservadurismo (Michael Kimmage, en
Foreign Affairs). Y hay quienes ven aquí una reedición de la doctrina Monroe,
que centraba el interés internacional de EE.UU. en el continente americano o
Western Hemisphere, cuyo dominio se reservaba para sí (David Lubin y Michael
Klein, en Chatham House) y que en los mapas de Trump incluiría a Groenlandia.
Este proceso –lo estamos viendo– conlleva también un cuestionamiento de la histórica
alianza geoestratégica con Europa, a la que EE.UU. ve ahora principalmente como
un rival económico. El Proyecto 2025 de la Heritage Foundation, convertido en
la biblia de los ultraconservadores norteamericanos y que Trump usa como guía,
ya planteaba “reorientar significativamente” la postura de EE.UU. en política
exterior hacia amigos y adversarios y proponía realizar “evaluaciones mucho más
honestas sobre quiénes son amigos y quiénes no”. “Esta reorientación –vaticinaba– podría
representar el cambio más significativo en los principios básicos de política
exterior y la acción correspondiente desde el final de la guerra fría”.
El escenario que se está configurando es, a juicio de
algunos analistas, como Ian Bremmer (Eurasia Group), extremadamente
inquietante, toda vez que el desmoronamiento de la arquitectura económica y de
seguridad mundial traerá una inestabilidad geopolítica peligrosa. “El riesgo de
una crisis mundial generacional, incluso de una guerra global, es mayor que en
cualquier otro momento de nuestras vidas”, escribía el pasado diciembre
anticipando el vuelco político en Washington. Antes, pues, de que Donald Trump
entrara en la Casa Blanca como un elefante en una cacharrería...

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