Visión periférica
El giro prorruso de la política exterior de EE.UU. ha vuelto a poner de actualidad las sospechas sobre los vínculos entre Donald Trump y el Kremlin, objeto de una investigación en el 2016 que no obtuvo pruebas concluyentes
El senador demócrata por Oregon Jeff Merkley no se anduvo con rodeos el pasado 4 de marzo cuando le tocó el turno de examinar al candidato a subsecretario de Estado Christopher Landau, antiguo embajador de Estados Unidos en México y nuevo número dos del secretario de Estado, Marco Rubio. Sin mayor preámbulo, Merkley le espetó a bocajarro: “Señor Landau, ¿es el presidente Trump un agente ruso?”. “En absoluto”, respondió éste con cara de sorpresa.
¿Es posible, o verosímil, que Donald Trump sea un agente de
Moscú? Probablemente, el senador Merkley no lo crea y simplemente utilizó este
recurso retórico para poner en evidencia el giro prorruso de la nueva política
exterior de EE.UU. Pero si formuló su pregunta de esta forma es porque esa
sospecha planea sobre el historial del presidente norteamericano desde hace
años.
Quien ha asegurado explícitamente que el presidente de
EE.UU. es un agente ruso encubierto es Alnur Mussayev, exjefe del Comité de
Seguridad Nacional (KNB) de Kazajistán y antiguo agente del KGB soviético.
Actualmente residente en Austria, el exespía aseguró el pasado mes de febrero
en declaraciones a Kursiv Media que Trump fue reclutado como agente a mediados
de los años ochenta por el KGB, que le habría dado el nombre en clave de
Krasnov. Mussayev no aportó ninguna
prueba de tan espectacular como incierta revelación y varios expertos ponen en
duda que él pudiera tener acceso –en caso de ser veraz– a tal información. Pero
no hace falta llegar a tanto. Antiguos miembros de los servicios de
inteligencia no descartan, en cambio, que los soviéticos trabajaran durante
años para atraerse a Trump y hacerlo suyo de alguna forma.
Esta es la hipótesis que defiende Yuri Shvets, un antiguo
agente del KGB, destacado en la década de los ochenta en Washington como falso
periodista de la agencia Tass y exsocio de Alexander Litvinenko –un exespía
disidente asesinado en Londres en 2006. Shvets declaró a The Guardian que Trump
fue cultivado por los servicios secretos rusos durante 40 años.
La aproximación al magnate se inició, según varias fuentes,
a mediados de los setenta, tras su boda en 1977 con la modelo checa Ivana
Zelnickova, su primera esposa. La joven pareja empezó a ser vigilada por los
servicios secretos checoslovacos, según consta en archivos desclasificados en
el 2016 por el gobierno de Praga consultados por Politico. En todo caso, el
acercamiento decisivo se produjo en 1987, cuando el entonces embajador
soviético en Estados Unidos, Yuri Dubinin –quien anteriormente lo había sido en
España (1978-1986)–, invitó a Trump, interesado en hacer negocios inmobiliarios
en la URSS, a visitar Moscú y San Petersburgo. Es en ese momento cuando los
servicios secretos habrían lanzado su red sobre el futuro presidente de EE.UU.
Los amantes de las conspiraciones atribuyen la presunta
captación de Trump a un chantaje, a partir de supuestas pruebas comprometedoras
–desde un vídeo sexual a información financiera– según la vieja práctica
soviética del kompromat. Otros, más realistas, creen que los rusos simplemente
detectaron la principal debilidad de la personalidad del hoy líder republicano
–su desmedida vanidad– para atraerlo hacia sus intereses por medio de la
adulación. Y de algunos favores...
Sea como fuere, a su regreso a Nueva York, Trump –hasta
entonces centrado exclusivamente en sus negocios– abandonó su discreción
política y empezó a cuestionar públicamente la política exterior de Washington
y la participación de su país en la OTAN, publicando incluso anuncios de página
entera en los diarios.
Durante los años noventa, Trump tuvo negocios con inversores
rusos y en el 2013, en tanto que copropietario de la empresa que tenía la
titularidad, llevó el concurso de miss Universo a Moscú, cuya organización le
puso en contacto con personas vinculadas al Kremlin. Fue a través de esos
contactos que, tres años después –en plena campaña de las elecciones
presidenciales–, se organizaría una
controvertida reunión de su hijo mayor, Donald Trump Jr.; su yerno,
Hared Kushner, y su director de campaña, Paul Manafort, con una abogada rusa
que les había prometido información comprometedora sobre su rival, la demócrata
Hillary Clinton.
A partir de aquí, todo es más conocido. Los servicios de
inteligencia estadounidenses constataron la injerencia de Moscú en la campaña
electoral del 2016 para beneficiar a Trump, lo que –unido a los contactos de
miembros de su equipo con ciudadanos rusos– llevó al FBI a abrir una
investigación para determinar si el candidato republicano trabajaba
secretamente para Moscú. Tras su elección como presidente, Trump destituyó de
manera fulminante al director del FBI, James Comey, por negarse a cerrar la
investigación, pero no pudo impedir que su adjunto, Rod Rosenstein, nombrara un
fiscal especial, Robert Mueller, para investigar lo que se acabó llamando el
Rusiagate.
El informe final de Mueller, presentado en el 2019, constató
las interferencias rusas –desinformación a través de las redes sociales,
pirateo de los ordenadores del equipo de Clinton– pero no encontró ninguna
prueba concluyente de una cooperación criminal entre el Kremlin y el equipo de
campaña electoral de Trump.
Durante su primer mandato, el presidente de EE.UU. ya mostró
un extraordinario entendimiento con su homólogo ruso, pero en el arranque de
este segundo ha ido aún más allá, asumiendo las tesis de Moscú sobre la guerra
de Ucrania. Tras preguntar si Trump podría ser un agente ruso, el senador
demócrata Jeff Merkley repasó las declaraciones y tomas de posición del
presidente y concluyó con otra pregunta: “¿Qué podría hacer un agente ruso que
Trump no haya hecho ya?”.

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