lunes, 29 de diciembre de 2025

La guerra de Mark Rutte (y sus antepasados)

'Visión periférica'

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, alarma advirtiendo de que Europa se encamina a una conflagración a gran escala como la que vivieron nuestros abuelos. Pero Rusia, la gran amenaza, ni siquiera es capaz de doblegar a Ucrania.


A Isaac Johannes Rutte (1879-1954), el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) le pilló ya con 35 años. Sufrió, como otros neerlandeses, los efectos colaterales –escasez, paro– de la gran conflagración europea, pero no combatió. Los Países Bajos se mantuvieron neutrales durante toda la contienda, mientras alemanes y franceses –estos, con el apoyo de los británicos– se desangraban en las trincheras del Somme y de Verdún. El káiser Guillermo II no vio necesario invadir Holanda, como sí hizo con Bélgica.

En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los Países Bajos persistieron en su neutralidad, pero esta vez Hitler no la respetó. El pequeño ejército de la reina Guillermina resistió tan solo cinco días –del 10 al 14 de mayo de 1940– el empuje de las tropas alemanas y el brutal bombardeo de Rotterdam, tras lo cual capituló. A lo largo de la guerra morirían 250.000 neerlandeses, incluyendo las víctimas judías del Holocausto. Entre ellas, la joven Anna Frank.

Al hijo de Isaac Johannes Rutte, Izaäk (1909-1988), la guerra le pilló en la antigua colonia neerlandesa de las Indias Orientales, hoy Indonesia, donde trabajaba para una empresa comercial. Pero no se libró de sus efectos. Japón invadió la colonia en 1942 y envió a unos 100.000 civiles neerlandeses a campos de concentración bajo condiciones inhumanas (como magníficamente recordaba en estas páginas la periodista Elianne Ros a propósito de la historia de su familia)

Izaäk Rutte y su primera esposa, Petronella Hermanna Dilling, fueron internados en el campo de prisioneros de Tjideng, en la antigua Batavia (hoy, Yakarta), donde la mujer acabaría falleciendo. Tras la contienda, Izaäk Rutte se casó en segundas nupcias con su cuñada, Hermina Cornelia Dilling, con quien tuvo varios hijos. El menor de ellos, Mark Rutte (La Haya, 1967), acabaría siendo líder del liberal-conservador Partido Popular por la Libertad y la Democracia (VVD), primer ministro de los Países Bajos (2010-2024) y, desde hace poco más de un año, flamante secretario general de la OTAN.

Si es pertinente hablar de los antepasados del jefe político de la Alianza Atlántica es porque él mismo los invocó. “Debemos estar preparados para la magnitud de la guerra que soportaron nuestros abuelos y bisabuelos”, advirtió Rutte en tono alarmista el pasado 11 de diciembre en Berlín. “Somos el próximo objetivo de Rusia”, abundó, antes de pintar un sombrío panorama de “destrucción, reclutamientos masivos y sufrimiento generalizado”. ¡Con qué desenvoltura se habla de muerte y devastación cuando la guerra se observa desde la seguridad del cuartel general de la OTAN y no se tienen hijos!

El ardor guerrero del que, a punto de cumplir 59 años, hace gala hoy Mark Rutte contrasta con su trayectoria personal. Joven sensible que en algún momento soñó con ser pianista, eludió hacer la mili (obligatoria en los Países Bajos hasta 1997) y optó por  el servicio social alternativo propuesto a los objetores de conciencia, que prestó –según el columnista Gert Jan Mulder– en el Ministerio de Asuntos Sociales y Empleo. Similar flexibilidad ha demostrado Teflon Mark –mote que le adjudicaron porque nada se le pega– a la hora de gastar en defensa. El otrora profeta de la austeridad es hoy uno de los más ardientes defensores de elevar el gasto militar al 5% del PIB –tal como exigía Donald Trump– y una de las voces que más alimenta el ambiente prebélico en Europa.

No es que el peligro no exista. La Rusia de Vladímir Putin es una potencia imperialista agresiva y constituye hoy la principal amenaza para la paz y la seguridad en Europa, tal como la guerra de Ucrania ha confirmado. El nuevo zar añora los territorios perdidos de la antigua Unión Soviética, lo que más allá de Ucrania incluye a los países bálticos miembros de la Unión Europea: Estonia, Letonia y Lituania. Es lógico que Europa busque reforzar su defensa y su capacidad de disuasión, toda vez que Estados Unidos parece querer desentenderse de la seguridad del continente. Pero de ahí a hablar de una guerra inminente e inevitable va un trecho.

La antigua URSS empleó algo menos de cuatro años en vencer a la Alemania nazi: los que van desde el inicio de la ofensiva hitleriana  en junio de 1941 a la toma de Berlín por el Ejército Rojo en mayo de 1945. La Rusia de Putin lleva casi el mismo tiempo luchando en Ucrania (el próximo 24 de febrero se cumplirán cuatro años) y no ha logrado vencer a un adversario infinitamente menos poderoso, a quien ha arrebatado apenas el 20% de su territorio. La guerra, concebida como una “operación militar especial” que pretendía derrocar en una acción relámpago al presidente Volodímir Zelenski y colocar a un gobierno títere, ha sido un fracaso colosal de Putin, que se aferra a la anexión del Donbass –la región rusófona del este de Ucrania, en gran parte ya en sus manos– para poder cantar victoria de puertas adentro. ¿Y esta Rusia incapaz de doblegar a su vecino es la que ha de atacar a la UE y la OTAN?

La guerra de Ucrania le ha costado ya a  Rusia, un país en grave declive demográfico y con la economía dañada a causa de  las sanciones europeas y norteamericanas, más de un millón de bajas –de las cuales 250.000 muertos–, según estimaciones de los servicios de inteligencia occidentales. Hasta ahora, Putin ha reclutado a sus tropas apelando al patriotismo y esgrimiendo incentivos salariales, y no ha dudado en buscar a mercenarios de otros países, de Corea del Norte a Indonesia, de Kenya a Nepal, con tal de evitar una movilización general que podría encrespar a la nación y resultar extremadamente peligrosa para la estabilidad de su régimen. Ir más allá sería suicida. Seguro que tiene presente que al zar Nicolás II la desastrosa implicación rusa en la Primera Guerra Mundial le costó la corona. Y la vida.


 

La traición de fin de año

Newsletter ‘Europa’

Una alianza de circunstancias entre Francia e Italia pone coto a las iniciativas de Alemania en la UE


El democristiano Friedrich Merz asumió el 6 de mayo la Cancillería de Alemania con un objetivo en mente: dar un gran salto adelante en política exterior, aumentando la implicación e influencia de Alemania en el mundo y asumiendo un liderazgo más decidido en Europa. Algo que, en los últimos siete meses, ha pretendido ejercer en numerosos frentes, particularmente en el dossier de la guerra de Ucrania. Sin embargo, todo este activismo se frustró en la madrugada del pasado 19 de diciembre, en la crucial y agitada cumbre europea de fin de año, donde Berlín sufrió un revés histórico. Hace tiempo que Alemania dejó de ganar siempre al fútbol -desmintiendo el popular adagio del británico Gary Lineker-, pero nunca había perdido en un asunto esencial en la Unión Europea. Hasta ahora. Merz despidió 2025 con una amarga derrota fruto de la acción conjunta del presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, una alianza de circunstancias que puede tener importantes consecuencias para las relaciones entre Berlín y París.

Pero vayamos un poco hacia atrás. El lunes 15 de diciembre, Merz acogió como anfitrión en Berlín un importante encuentro entre el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, los emisarios especiales del presidente de Estados Unidos, Steve Witkoff y Jared Kushner -yerno de Donald Trump-, y un grupo de líderes europeos y de la OTAN, en busca de acordar un plan de paz conjunto que presentar a Rusia. Fue una auténtica puesta de largo de Alemania en política exterior. Al día siguiente, martes 16, el canciller alemán se anotó otro importante triunfo -económico, esta vez- al forzar a la Comisión Europea a dar marcha atrás en su objetivo de prohibir totalmente la fabricación de coches con motor de combustión a partir de 2035, para alivio de la potente y angustiada industria alemana del automóvil. En vísperas del último Consejo Europeo del año, aparentemente todo empezaba bien para Friedrich Merz. Pero se torció.

El primer tropiezo empezó a vislumbrarse el miércoles 17. Francia, que hasta ese momento se había resistido prácticamente en solitario a la ratificación del tratado comercial entre la UE y los países del Mercosur -Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay-, se encontró de pronto con que Italia se mostraba dubitativa. Macron, que semanas antes se había manifestado dispuesto a transigir a cambio de una serie de cláusulas de salvaguarda que protegieran a la agricultura y la ganadería europeas, se vio forzado a endurecer de nuevo su posición y tratar de ganar tiempo a la vista de las fuertes protestas del sector en Francia. Alemania, la gran beneficiada por el acuerdo -especialmente positivo para la industria-, y la Comisión presionaban para firmar el tratado antes de finalizar el año, pero la confluencia de Roma con la posición de París abortó los planes de Berlín y Bruselas. Al día siguiente, jueves 18, la Comisión decidió aplazar la firma al mes de enero. Era el primer día de la cumbre y la conjunción transalpina daba su primer disgusto.

Las preocupaciones del canciller alemán, sin embargo, no acababan aquí. Más allá del tratado con el Mercosur, su gran objetivo era ver aprobado su plan -elaborado en coordinación con la presidenta de la Comisión, la también alemana y correligionaria suya, Ursula von der Leyen- para financiar a partir del año que viene la ayuda militar y económica a Ucrania utilizando para ello los activos rusos -unos 210.000 millones de euros- depositados en entidades financieras europeas y congelados como sanción por la invasión de Ucrania en 2022. La fórmula consistía en utilizar ese dinero como garantía de un préstamo que Kyiv no debería devolver hasta que Moscú le pagara en el futuro eventuales reparaciones de guerra. De este modo, la UE podía seguir sosteniendo el esfuerzo bélico de Ucrania -privada con Trump de la ayuda norteamericana- sin cargar los presupuestos europeos. Sobre el papel, parecía una solución ideal, pero en la realidad presentaba numerosos problemas.

La incautación de los haberes rusos -de dudosa legalidad- podía tener importantes implicaciones económicas, tanto para la estabilidad de los mercados financieros europeos -tal como había advertido el propio BCE- como para los países más expuestos. Y entre estos, prácticamente de forma exclusiva, Bélgica, que custodia la mayor parte de estos fondos en la entidad financiera Euroclear. El férreo primer ministro belga, el nacionalista flamenco Bart de Wever, se oponía ferozmente a cargar en solitario sobre sus espaldas con todos los riesgos y se mantuvo firme en su rechazo a pesar de las presiones insistentes de Merz y Von der Leyen. Solo si había garantías suficientes de que el conjunto de la UE asumiría solidariamente las consecuencias se mostraba dispuesto a aceptar. Aquí es cuando el plan empezó a hacer aguas por todas partes.

El gran error del tándem Merz-Von der Leyen fue apostarlo todo a una única opción y descartar cualquier otra fórmula -consecuencia de la telúrica aversión germana al endeudamiento-, de tal modo que cuando su plan fue rechazado la derrota fue palmaria. El canciller alemán intentó hacer ver lo contrario en una alambicada intervención ante los medios de comunicación, pero los hechos eran tozudos: el Consejo Europeo acordó financiar a Ucrania con un préstamo de 90.000 millones de euros obtenidos a través de eurobonos avalados por el presupuesto comunitario (eso sí, con la excepción de la tríada prorrusa del Este -Eslovaquia, Hungría y República Checa-, que quedaron desvinculados del acuerdo). Con esta fórmula, los activos rusos se presentan como un respaldo de último recurso, pero seguirán donde están.

La UE debía imperativamente encontrar antes de final de año la forma de seguir ayudando económicamente a la defensa de Ucrania. Era una cuestión de vida o muerte. Y no falló. No lo hizo de la forma esperada pero lo hizo, rompiendo por segunda vez el tabú de la deuda conjunta. La primera ocasión fue en 2020, para financiar los fondos Next Generation, con los que combatir la crisis económica inducida por la pandemia de covid y que ha llevado el endeudamiento común acumulado a unos 700.000 millones de euros, a los que ahora se añadirán los de Kyiv.

La solución final se fraguó en una compleja negociación de madrugada, en la que volvió a actuar implícitamente el tándem Macron-Meloni. Dinamarca -que ejercía la presidencia semestral europea-, Polonia y los países bálticos presionaban a favor del plan de Alemania. Pero Bélgica no estaba sola en el envite. Varios países mostraban también sus dudas sobre la incautación de los activos rusos y sobre el alcance de las garantías que se pretendían exigir a todos, entre ellos y principalmente Italia, que junto con Bulgaria, la República Checa y Malta hicieron pública una declaración pidiendo que se exploraran “soluciones alternativas”. Francia no sumó su voz, pero su papel fue decisivo, pues por detrás iba trabajando ya en la solución alternativa que finalmente se adoptó, negociando discretamente con Hungría. Berlín lo vivió poco menos que como una traición. La pareja francoalemana puede acabarse resintiendo.

 

APUNTES

Última versión del plan de paz. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, desveló en vísperas de Navidad, las líneas esenciales de la última versión del plan de paz negociado con EE.UU. y los europeos para presentar a Moscú. La propuesta prevé un pacto mutuo de no agresión con Rusia, la reducción del ejército ucraniano a 800.000 soldados en tiempos de paz, el ingreso de Ucrania en la UE -no así en la OTAN- y fuertes garantías de seguridad para el país por parte de sus aliados en caso de que Rusia vulnerara el acuerdo. La cuestión territorial, sin embargo, sigue abierta. Zelenski se niega a ceder las partes del Donbass que controla y defiende fijar para el alto el fuego la actual línea del frente, aunque se muestra abierto a un posible compromiso, que consistiría en crear una zona económica especial, desmilitarizada, con la participación norteamericana en los territorios que Moscú reclama.

Venganza norteamericana. El Gobierno de Estados Unidos nunca ha aceptado la regulación europea sobre los Servicios Digitales (DSA), que considera lesiva para los intereses de las grandes tecnológicas norteamericanas y, por ende, un ataque contra los intereses nacionales de EE.UU. Desde el retorno al poder de Donald Trump, a principios de año, Washington ha multiplicado las presiones para dejar sin efecto tal regulación. Su último movimiento -con regusto a venganza- ha consistido en sancionar a varias personalidades europeas prohibiendo su entrada en el país. Se trata del excomisario europeo de Mercado Interior y padre de la DSA, Thierry Breton, y cuatro representantes de oenegés que combaten la desinformación y la incitación al odio en las redes sociales en Alemania y el Reino Unido: Imran Ahmed, del Center for Countering Digital Hate; Clare Melford, de The Global Disinformation Index, y Anna-Lena von Hodenberg y Josephine Ballon, de HateAid.

Londres, cada vez más cerca. Aunque uno de los objetivos declarados del actual primer ministro británico, Keir Starmer, es resetear las relaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea, hasta ahora no se habían producido grandes avances en este terreno (más allá de la unidad de acción en el tema de la guerra de Ucrania). La primera decisión tangible de Londres en este sentido ha sido la de regresar, a partir del curso académico 2027-2028, al programa Erasmus de intercambio de estudiantes. No se trata de un gesto aislado. Casi diez años después de la aprobación en referéndum del Brexit, una parte del Gobierno británico y un sector importante del partido Laborista se muestran favorables a solicitar a Bruselas el retorno a la unión aduanera con la UE. Eso sí, los sondeos dan como primera fuerza política en el Reino Unido al partido del nacionalista antieuropeo Nigel Farage.

 

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

El mundo según Trump

'Visión periférica'

La renovada Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. resucita la doctrina Monroe –“América, para los americanos”– y centra sus intereses en el hemisferio occidental, busca un reequilibrio con China en Asia y ataca a Europa.


La visión del mundo que tiene Estados Unidos de Donald Trump se resume en 33 páginas. Son las que ocupa la renovada Estrategia Nacional de Seguridad, que actualiza –y también corrige– las grandes apuestas históricas de la política internacional norteamericana. Su tono y contenido, donde se mezclan análisis y alegatos ideológicos, se acerca a ratos al de un panfleto político. Pero su lectura es esclarecedora sobre el nuevo enfoque de la política exterior de EE.UU.

La actuación de Trump desde su retorno al poder, el pasado mes de enero –no hace aún ni un año–, ha dejado claro su afán de ruptura. Y la nueva hoja de ruta así lo confirma, dando por terminada la etapa abierta tras la finalización de la guerra fría en que EE.UU. pretendió ejercer su hegemonía por todo el mundo. “Las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente de Estados Unidos sobre el mundo entero redundaba en beneficio de nuestro país. Sin embargo, los asuntos de otros países solo nos incumben si sus activi­dades amenazan directamente nuestros intereses”, reza el documento, que fija como absoluta prioridad para el país asegurar su preeminencia en el continente americano, o hemisferio occidental. 

La imagen que acompaña este artículo imagina con ironía un mundo repartido en tres grandes regiones donde reinarían  tres superseñores feudales –el propio Trump, el ruso Vladímir Putin y el chino Xi Jinping–. “El peor mapa geopolítico que he visto en mucho tiempo; tan malo que vale la pena compartirlo”, escribió el politólogo norteamericano Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia, al redifundirlo por las redes (sin aludir al autor).

El mapa es una caricatura de la tendencia de Trump a avalar un nuevo orden mundial regido por hombres fuertes y dividido en esferas de influencia. Algo que, de algún modo, está haciendo cuando asume las tesis de Rusia sobre Ucrania. A cada cual, lo suyo. Pero con un límite: siempre que Estados Unidos mantenga su condición de primera superpotencia mundial. “EE.UU no puede permitir que ninguna nación se convierta en tan dominante que amenace nuestros intereses”, remarca la nueva estrategia de seguridad.

El principal bastión que defender de apetitos extraños es el hemisferio occidental. El documento resucita y actualiza la doctrina Monroe –rebautizada por los analistas como Donroe–, según la cual el continente americano debe ser la esfera de influencia propia de EE.UU. y quedar a salvo de injerencias exteriores. Cuando James Monroe estableció su doctrina, en 1823, los adversarios eran los europeos. Ahora es China, que ha multiplicado en los últimos años sus intercambios comerciales e inversiones en América del Sur.

Hoy como entonces, el objetivo de EE.UU. es evitar que potencias externas “posicionen fuerzas u otras capacidades amenazantes, o posean o controlen estratégicamente activos vitales” del hemisferio occidental. Léase, desde infraestructuras sensibles a materias primas esenciales. Junto a esta preocupación está, obviamente, la de asegurarse la cooperación de los países del continente en la lucha contra la inmigración masiva y el narcotráfico, dos de las grandes preocupaciones de la actual Administración.

Antes dicho que hecho, EE.UU. ya ha empezado a aplicar esta política con mano de hierro, como han demostrado su agresiva extorsión comercial a Canadá y México, la coacción para excluir a China de la gestión del canal de Panamá, la expulsión masiva de inmigrantes a varios países centroamericanos, la intervención económico-política para sostener a Javier Milei en Argentina, la injerencia en las elecciones de Honduras, o la presión sobre México, Colombia y Venezuela para combatir las redes del narcotráfico. El despliegue de una potente flota en el Caribe, mientras se amenaza a Caracas con una intervención para expulsar del poder a Nicolás Maduro, da la medida de la renovada vocación policial de Washington.

La segunda gran preocupación de EE.UU. es Asia, que afianza el giro de la política exterior que ya empezó a imprimir el demócrata Barack Obama en la década pasada. Washington no quiere perder pie en esta región crucial y para ello se propone como objetivo central “reequilibrar” en favor propio las relaciones económicas con China , disuadir todo conflicto armado y asegurar la libertad de navegación en la región, lo que incluye mantener a salvo el actual statu quo en Taiwán. Con Pekín, en todo caso, se aspira a “mantener una relación económica genuina y mutuamente ventajosa”.

(África y Oriente Medio merecen menos espacio. Es llamativa la distancia con que el documento aborda la situación en esta última región, pese a la implicación personal de Trump en el conflicto israelo-palestino: “Los días en que Oriente Medio dominaba la política exterior americana (...) afortunadamente han acabado”.)

Es curioso contrastar el trato que recibe China, a la que se reprochan sus prácticas comerciales y poco más, con el dado a Europa, a la que trata casi como un adversario. Washington dice que ya no pretende erigirse en el guardián de los derechos humanos, la libertad y la democracia en el mundo, que solo le ocupan sus propios ­intereses. “Buscamos buenas relaciones y relaciones comerciales pacíficas con las naciones del mundo sin imponerles cambios democráticos o sociales”, declara. Pero eso no lo aplica a Europa. Quizá porque aquí sí ve amenazados sus intereses.

En efecto, en lo que concierne al continente europeo, la Administración Trump pinta un panorama apocalíptico –llegó a vaticinar el fin de la civilización europea a causa de la inmigración extranjera– y ataca con dureza a la UE, a la que acusa de ser un ente antidemocrático que cercena la libertad y socava la soberanía de los países (además de imponer severas regulaciones a las grandes tecnológicos norteamericanas). Para corregir esta situación, Washington se propone intervenir apoyando a los “partidos patrióticos” (nacionalistas y de extrema derecha), considerados “aliados”. Los líderes europeos aún no se han recuperado de la impresión.


Europa, la bella durmiente

Newsletter 'Europa'

La UE se muestra incapaz de reaccionar ante la fractura histórica de la alianza trasatlántica auspiciada por EE.UU.

 

Un beso de amor despertó, tras un hechizo de un siglo, a la bella princesa durmiente del cuento (al menos, en la versión de los Hermanos Grimm), anticipando un final feliz. A Europa nadie la ha dado un beso, ni le augura un futuro dichoso. Todo lo contrario. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no para de darle bofetadas. Y, aún así, sigue durmiendo. El último ataque, aderezado con declaraciones y comentarios hostiles a todos los niveles, ha sido la difusión de la renovada Estrategia Nacional de Seguridad de EE.UU., donde la nueva élite gobernante estadounidense expone negro sobre blanco el enorme desprecio que siente hacia sus aliados -si todavía pueden llamarse así-, declara su intención de intervenir en apoyo de las fuerzas de extrema derecha europeas y presenta a la Unión Europea como un ente totalitario al que combatir y neutralizar.

La difusión del documento, la semana pasada, no ha dejado indiferente a nadie. En Moscú han aplaudido con entusiasmo -las nuevas tesis de Washington “corresponden en muchos aspectos con nuestra visión”, se congratuló el portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov-, mientras los líderes europeos se han sumido en una profunda consternación. Sólo el presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha alzado la voz: “No podemos aceptar esta amenaza de injerencia en la vida política europea”, dijo, antes de llamar a reforzar Europa para “protegerse no solo de los adversarios, sino también de los aliados que nos desafían”. La mayoría de los dirigentes europeos prefirió callar o contemporizar.

La reacción más desoladora ha sido la del canciller alemán, Friedrich Merz, quien, tras una aparente protesta en la que calificó de “inaceptables” algunos puntos del documento, abogando por que Europa sea “mucho más independiente” de su aliado norteamericano, hizo esta sorprendente afirmación: “EE.UU. también necesita socios en el mundo y Europa puede ser uno de ellos; y si no puedes trabajar con Europa, entonces al menos haz de Alemania tu socio”. Cada uno a lo suyo... Justo lo que Washington -y, por supuesto, Moscú- buscan: la desintegración de la UE, la atomización de Europa en una galaxia de pequeños países, débiles e impotentes, condenados a convertirse en vasallos

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. dedica 83 líneas a Europa, a la que sitúa como su tercera prioridad, tras el continente americano -el Hemisferio  Occidental, que pasa a ser su principal foco de interés, en una actualización de la doctrina Monroe- y la región Asia-Pacífico. El documento implica una revisión de arriba a abajo de la política exterior de EE.UU. y una ruptura total con la línea mantenida desde el final de la guerra fría. Y aunque formalmente no pone en cuestión la continuidad de la alianza occidental y la OTAN, en la práctica presenta a Europa -la Europa actual, la realmente existente- poco menos que como un adversario. Ningún otro país, ni China ni Rusia, merece tantas diatribas ni juicios tan severos.

Tras la divisa de “Promocionar la grandeza europea”, el documento describe a Europa como un continente en declive económico y moral, donde la UE somete a los agentes económicos a una asfixia regulatoria, censura la libertad de expresión, socava la libertad política, promueve la persecución de la oposición, favorece la pérdida de identidad europea con sus políticas migratorias y, a la postre, aboca a Europa a la desaparición (“borrado”) de su civilización. “Si esta tendencia continúa, el continente será irreconocible en 20 años o menos”, afirma categóricamente. El gobierno de Trump acusa asimismo a los gobiernos europeos –“inestables y minoritarios”- de abonar el campo de la guerra en el caso de Ucrania, frente a una opinión pública pacifista a la que -asegura- se silencia mediante “la subversión de los procesos democráticos”.

Ante este panorama, en cuya descripción el documento renuncia a todo análisis riguroso para lanzarse por el camino del panfleto -repleto de los prejuicios y obsesiones ideológicas de la derecha norteamericana-, Washington declara abiertamente su voluntad de intervenir en la política europea apoyando a los “partidos patrióticos” (nacionalistas y de extrema derecha), que califica de “aliados”, para revertir esta deriva. Antes, en las consideraciones generales, se declara a favor de los Estados-nación, cuya soberanía -denuncia- es socavada por “las incursiones de las más intrusivas organizaciones transnacionales”, en alusión inequívoca a la UE.

La publicación del documento ha provocado un terremoto considerable. Pero no puede decirse que no haya habido en los últimos meses movimientos sísmicos de alerta. Ante los ataques -ya sea en forma verbal o mediante la imposición de draconianos aranceles comerciales- y el menosprecio y ninguneo constantes de la Administración Trump -cruelmente evidente en el caso de la guerra de Ucrania-, la respuesta de los líderes europeos ha sido la del apaciguamiento. Todo se ha supeditado al objetivo de no irritar al inquilino de la Casa Blanca. De entrada, porque Europa es todavía enormemente dependiente de EE.UU. en materia de seguridad y defensa, y cambiar eso precisará de muchos años. Y probablemente porque han querido creer que el segundo Trump volverá a ser un paréntesis en la política norteamericana y algún día las aguas volverán a su cauce. Pero nada es menos seguro.

Donald Trump no durará siempre. El presidente de EE.UU., pese a que le tienta la idea de presentarse por tercera vez a la elección presidencial -violentando la Constitución si es preciso-, tiene ya una edad avanzada, 79 años, y su estado de salud empieza a ser puesto en cuestión. Pero no está solo. En los últimos años, el Partido Republicano ha sido formateado a su imagen y semejanza, controlado por el movimiento MAGA (Make America Great Again). Y quien aparece como mejor situado para sucederle, el vicepresidente J.D. Vance, es tanto o más radical. El primer jarro de agua fría de la nueva Administración norteamericana -lanzado tempranamente, el mes de febrero- vino precisamente de él, con un ataque brutal contra Europa y sus valores en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Quien quiso ver ahí solo un desvarío se equivocó.

J.D. Vance es el hombre de los tecno-oligarcas que, al amparo de Trump, están haciéndose con el poder en Estados Unidos y que están detrás de la ofensiva contra la UE, el único ente internacional que hasta ahora -mal que bien- se les ha resistido y ha intentado ponerles coto. Entre las conexiones de Vance con la casta de Silicon Valley, un superpoder en la sombra que amenaza a la propia democracia americana, destaca la del magnate de origen alemán Peter Thiel, cofundador de PayPal y gurú del libertarismo americano de extrema derecha, que ha financiado sus campañas electorales, y el inversor de origen sudafricano David Sacks, de Craft Ventures, otro factótum de la ultraderecha conservadora convertido ahora en consejero especial del presidente de EE.UU. para las criptomonedas y la Inteligencia Artificial (IA)

Un grupo en el que también está el megalómano Elon Musk (Tesla, Space X), quien ha tenido el honor de recibir la primera multa de la Comisión Europea -de 120 millones de euros- por vulnerar en su red social X (antes Twitter) varios preceptos de la odiada ley europea de Servicios Digitales (DSA por sus siglas en inglés). Para EE.UU., los límites impuestos por la regulación europea a las grandes tecnológicas estadounidenses constituyen un casus belli. Y están dispuestos a utilizar todos los resortes a su alcance para tratar de tumbarlos. De ahí, los furibundos ataques contra Bruselas y el conjunto de la UE.

Tras recibir la sanción, Elon Musk publicó un indignado mensaje en X donde afirmaba que “la UE debe ser abolida y la soberanía, devuelta a cada uno de los países”. Su afirmación, perfectamente en línea con los planteamientos expuestos en el documento del Departamento de Estado, fue rápidamente aplaudida por el expresidente y ex primer ministro ruso Dimitri Medvédev, antiguo número dos de Vladímir Putin reconvertido hoy en un hooligan del ultranacionalismo ruso, quien apostilló: “Exactamente”. Estos son los enemigos de la UE. Son poderosos y no van a desaparecer. Si Europa no se despierta ya y no reacciona ante este desafío, dando un revolucionario salto adelante en su integración política, más adelante puede ser demasiado tarde para romper el hechizo.

 

APUNTES

La guerra de los activos rusos. La disputa sobre el uso de los activos rusos depositados en Europa -alrededor de 210.00 millones de euros- y congelados por las autoridades europeas a raíz de la guerra de Ucrania no acaba sino de empezar. Los 27 dieron ayer un primer paso para utilizarlos como garantía para nuevos préstamos a Kyiv aprobando su inmovilización indefinida -hasta ahora, la medida se había de renovar cada seis meses-, para lo que invocaron los poderes de emergencia del artículo 122 de los tratados, que permitía aprobarlo por mayoría cualificada y sortear el veto del húngaro Viktor Orbán. La decisión última no está tomada. Además de Hungría, Bélgica se opone a la incautación de los fondos, puesto que la mayor parte de esos activos -unos 185.000 millones- están depositados en la entidad financiera Euroclear, con sede en Bruselas, y otros países, como Italia o Bulgaria, han expresado también sus reticencias. A la espera de acontecimientos, el Banco Central de Rusia ha anunciado ya acciones jurídicas contra una confiscación que consideran ilegal.

Solidaridad recortada. Reflejo del mal momento que atraviesa el espíritu de cohesión en el seno de la UE, los ministros de Interior de los 27 aprobaron el lunes reducir las cuotas del mecanismo de solidaridad previsto en el Pacto europeo de Migración y Asilo, por el cual los grandes países receptores de inmigración irregular -España, Italia, Grecia y Chipre- podrán derivar a partir de 2026 a una parte de los migrantes y solicitantes de asilo a otros países comunitarios, o bien recibir una compensación económica. La propuesta inicial de la Comisión, de reubicar a 30.000 migrantes anuales y establecer unas ayudas de 600 millones de euros, ha pasado a 21.000 y 420 millones respectivamente. Esta misma semana, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, anunció un refuerzo de la vigilancia de las fronteras exteriores de la UE triplicando -hasta 30.000- el número de efectivos de Frontex.

Diplomacia científica. Sede de la Unión por el Mediterráneo (UpM), Barcelona se ha convertido en la capital de la cooperación euromediterránea, también a nivel científico. Con un presupuesto de 700 millones para invertir hasta el 2027, el programa Prima (Partnership for Research and Innovation in the Mediterranean Area), dirigido por el médico catalán Octavi Quintana, impulsa proyectos transnacionales en los que obligatoriamente deben participar científicos e investigadores de universidades de países de ambas riberas del Mediterráneo. En la actualidad hay 269 proyectos en marcha, en los que están involucrados más de 20 países, centrados en los grandes retos de la región, como el cambio climático, la seguridad hídrica y la soberanía alimentaria. El programa negocia ahora su presupuesto para el periodo 2027-2034.

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

¡Pum! Estás muerto’

Newsletter 'Europa' 

Los europeos proyectan reinstaurar el servicio militar por la amenaza rusa, pero siguen sin resolver la ayuda a Ucrania


Yo hice la mili. No se alarmen, no voy a torturarles con las anécdotas de mi servicio militar. Pero déjenme confiarles un dato. En los 14 meses que estuve en el ejército, la escueta instrucción que recibí estuvo más centrada en enseñarme a desfilar que a combatir, además de a obedecer sin pestañear cualquier orden, por absurda que fuera (especialmente si era absurda). En todo ese tiempo solo participé en un ejercicio de simulación de combate. Se trataba del asalto a una posición situada en lo alto de una pequeña colina. Mientras mis compañeros y yo avanzábamos torpemente hacia el objetivo, tratando de encontrar parapetos para evitar el supuesto fuego enemigo, el sargento instructor iba siguiéndonos y cada vez que sorprendía a uno de nosotros en un error flagrante le apuntaba con los dedos simulando una pistola y exclamaba: “¡Pum! Estás muerto”. No quedó nadie. Tampoco hubo más lecciones. Eso fue todo.

El ejército español estaba integrado en aquella época -años 80- por unos 230.000 efectivos, la mayoría de ellos soldados de reemplazo con una formación similar a la mía. Aquel mediocre ejército de reclutas se acabó en 2001, con el fin del servicio militar obligatorio, y fue sustituido por uno cien por cien profesional. Hoy los integrantes de las fuerzas armadas apenas llegan a 120.000, pero tienen unas competencias infinitamente superiores. Si enfrentáramos al ejército que yo conocí con el actual -con los mismos medios- no cabe ninguna duda de cuál sería el vencedor.

Es oportuno subrayar esta evidencia en un momento en que varios países europeos se proponen restaurar el servicio militar, en el contexto del ambiente prebélico propagado a raíz de la guerra desatada por Rusia al invadir Ucrania en 2022. En la actualidad, una decena de países de la UE mantienen algún tipo de servicio militar obligatorio (sobre todo, los países bálticos y escandinavos), pero la lista va a ampliarse: Alemania anunció el 12 de diciembre -y el Bundestag aprobó ayer- el restablecimiento de un servicio militar voluntario y Francia hizo lo propio dos semanas después (eso sí, con remuneraciones radicalmente diferentes: 2.600 euros mensuales en el primer caso, 800 en el segundo). En Italia -un país no especialmente marcial- ha abierto el debate el ministro de Defensa, Guido Crosetto, mientras en España nadie ha osado hasta ahora plantearl

Sobre el papel, todos estos movimientos se justifican con el objetivo de incrementar los efectivos militares para poder hacer frente a una potencial amenaza rusa. Pero no está tan claro que los ejércitos europeos vayan menguados de tropas. Con 1,5 millones de soldados -casi 2 millones si se suma Turquía, que es un país aliado de la OTAN-, los ejércitos nacionales europeos tienen un potencial equivalente, o ligeramente superior, al del ejército ruso, con 1,3 millones. El principal valor del retorno de la mili parecería más bien el de concienciar a la ciudadanía sobre los riesgos de una guerra con Rusia (algo que el propio presidente ruso, Vladímir Putin, se dedica a alimentar regularmente).

El problema militar de Europa no es tanto de efectivos, ni de medios económicos y materiales, como de dispersión y falta de coordinación. Fuera de la OTAN -una alianza cada vez más en cuestión por la inhibición de Estados Unidos-, los países europeos van normalmente cada uno por su lado, no en vano la defensa es uno de los últimos reductos de la soberanía nacional y se resisten a cederlo. En ocasiones, los tics nacionalistas pueden llegar a poner en riesgo proyectos conjuntos importantes, como el del nuevo avión de combate europeo FCAS (Futur Combat Air System), impulsado por Alemania, Francia y España, en peligro por el choque entre el grupo francés Dassault y Airbus.

La Comisión Europea, que bajo la batuta de Ursula von der Leryen, muestra un notable activismo militar, ha puesto en marcha varias iniciativas para superar toda esta fragmentación y el despilfarro que supone. Desde el programa SAFE -dotado con 150.000 millones de euros en créditos-, que busca potenciar la adquisición y desarrollo conjunto de nuevo armamento, y al que se acaba de sumar Canadá, hasta el proyecto de crear una especie de zona Schengen militar, creando corredores especiales para, en caso de movilización, poder trasladar tropas rápidamente en tres días en el seno de la UE.

Pero ni el reforzamiento de las capacidades de defensa propias ni la restauración del servicio militar tendrán fuerza disuasoria suficiente si cae el primer bastión, esto es, Ucrania. Y aquí Europa está ante una encrucijada existencial. Con Donald Trump en la Casa Blanca, EE.UU. ha abandonado a Ucrania a su suerte -cortando toda ayuda financiera- y empuja al gobierno de Kyiv a aceptar un acuerdo de paz ventajoso para Moscú. Lo que deja a los europeos solos con toda la responsabilidad.

Para seguir resistiendo, Ucrania necesita en los próximos dos años cerca de 140.000 millones de euros. Si no recibe nada, en abril puede no tener con qué mantener el esfuerzo de guerra. Las necesidades están perfectamente identificadas, pero después de varias semanas de discusiones, los europeos siguen sin ponerse de acuerdo en cómo pagar. La propuesta de la Comisión, respaldada activamente por Alemania, es utilizar los haberes rusos congelados en Europa como base para un préstamo a Kyiv -a cuenta de eventuales e inciertas reparaciones de guerra a pagar por Rusia en el futuro-, lo que parece sobre el papel una solución justa y económicamente indolora. Pero no es tan fácil.

 

La utilización de estos activos plantea importantes incertidumbres jurídicas -no en vano, se trataría de una confiscación de difícil encaje legal- y podría acabar teniendo efectos negativos sobre los mercados financieros. El país más afectado es Bélgica, pues es una entidad financiera belga, Euroclear, la que tiene en depósito la mayor parte de los activos rusos. Y el primer ministro belga, Bart De Wever, se ha mostrado determinado a imponer su veto si no se le ofrecen garantías de que el conjunto de la UE asumirá las responsabilidades jurídicas y económicas que puedan derivarse. Así llevamos semanas.

Para intentar salir del atolladero, Von der Leyen ha presentado esta semana una revisión de su plan que reduciría la exposición europea a 90.000 millones, canalizados a través de un préstamo que sería cubierto bien por los activos rusos, bien por un nuevo endeudamiento conjunto europeo (como los fondos Next Generation de la covid), o por ambos medios. Si fuera por la primera vía, Bruselas asegura que el reparto de responsabilidades -si hubiera lugar a ello- sería equitativo. El canciller alemán, Friedrich Merz, junto con la propia Von der Leyen, cenaban anoche con Bart de Weber para tratar de convencerle. La fecha límite para tomar una decisión es el Consejo Europeo del próximo 18 de diciembre.

Pero los belgas no son los únicos en poner objeciones. Están también los países prorrusos, como Hungría y Eslovaquia. Y otros que tienen dudas. La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha advertido esta semana en el Europarlamento que el BCE no será el garante de último recurso en la operación diseñada por la Comisión, puesto que esto supondría violar los Tratados europeos, y advirtió del riesgo de que una medida de este tipo pudiera vulnerar la legislación internacional y afectar a la estabilidad financiera y la confianza en el euro. Lagarde sugirió como solución alternativa la emisión de eurobonos, algo que provoca alergia en Alemania y otros países de los llamados frugales.

Y hay otra oposición de peso: Estados Unidos. Los norteamericanos rechazan de plano que Europa se incaute del dinero ruso porque tiene otros planes para esos fondos. El plan de paz de 28 puntos presentado por Trump -y que Ucrania, con el apoyo europeo, trata de enmendar- prevé que 100.000 millones procedentes de los haberes rusos congelados serían invertidos en la reconstrucción de Ucrania tras la guerra en una operación rusoamericana en la que Washington se reserva el 50% de los beneficios.

Así las cosas, parece difícil que Europa pueda evitar rascarse el bolsillo. Necesitará hacerlo para ayudar a Ucrania, primera trinchera de defensa ante el neozarismo ruso. Para forzar a Rusia a hacer concesiones -cosa que por ahora no está dispuesta a hacer- y pactar un alto el fuego. Y para poder pesar en la mesa de negociaciones cara a un futuro acuerdo de paz

El politólogo Grégoire Roos, director de los programas Europa, Rusia y Eurasia del think tank Chatham House, subrayaba esta semana que para los EE.UU. de Trump -que observa Europa con desdén y la considera un aliado poco fiable- solo cuenta quien pueda poner dinero sobre la mesa, e invitaba a los europeos a lanzar un nuevo mecanismo de financiación conjunta similar al Next Generation, con entre 300.000 y 400.000 millones de euros, para reforzar la capacidad de defensa y garantizar un apoyo a largo plazo a Ucrania. “Si Europa no logra aportar una financiación significativa, debería esperar un papel marginal, y no debería sorprenderse si se la deja al margen de las negociaciones”, advertía.

No solo eso. Si no hace el esfuerzo, y contribuye por su inacción a que Rusia se imponga en la guerra, se arriesga a que un día Putin llame a su puerta y, apuntando con los dos dedos, diga: “¡Pum! Estás muerto”.

 

APUNTES

Doble desconexión. El Consejo Europeo y el Parlamento Europeo han acordado cesar las importaciones de gas natural licuado (GLN) ruso para el 31 de diciembre del 2026 y del que llega en gasoducto para el 30 de septiembre del 2027, una medida que quiere extenderse al petróleo y que busca cortar definitivamente la dependencia energética de Rusia. En una iniciativa análoga, la Comisión presentó el miércoles su estrategia ReSourceEU, cuyo objetivo es reducir la dependencia exterior en el suministro de minerales críticos, actualmente en manos de China casi al 100%. La propuesta de Bruselas es crear un nuevo Centro Europeo de Materias Primas, que se encargaría de compras conjuntas -buscando nuevos proveedores-, y un programa para impulsar la inversión en proyectos estratégicos de extracción y refinado de metales y minerales básicos para la industria de defensa o la fabricación de baterías.

Conmoción en Bruselas. Un viento helado atravesó las instituciones europeas este martes cuando se supo que la italiana Federica Mogherini, quien fuera responsable de política exterior de la UE entre 2014 y 2019 -cargo en el que le sucedieron Josep Borrell y, ahora, Kaja Kallas-, había sido detenida en el marco de una investigación por fraude y corrupción. La Fiscalía Europea sospecha que la licitación del proyecto de la Academia Diplomática de la UE, un programa de formación destinado a jóvenes diplomáticos de todos los países comunitarios, no fue limpia, sino que estuvo contaminada por favoritismo. El programa fue adjudicado por el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) al Colegio de Europa, dirigido por Mogherini, para el periodo 2021-2022. Imputada formalmente, la italiana dimitió de todos sus cargos el miércoles..

Castigo para X. Bruselas decidió ayer penalizar con una multa de 120 millones de euros a la compañía de la red social X (ante, Twitter), propiedad del multimillonario Elon Musk, por violar la legislación europea sobre Servicios Digitales (DSA, por sus siglas en inglés). Es la primera sanción que se aplica bajo esta normativa, destinada a vigilar a las plataformas online y proteger a los usuarios europeos de contenidos ilícitos, ampliamente contestada por Estados Unidos. Washington, que interpreta interesadamente esta normativa como un ataque directo a las grandes tecnológicas norteamericanas, condicionó recientemente la rebaja de los aranceles sobre al acero y el aluminio (que están en el 50%) a una suavización de la reglamentación. El vicepresidente J.D. Vance la considera un ataque a la libertad de expresión.

lunes, 1 de diciembre de 2025

El advenimiento de los hombres-caballo

'Visión periférica'

El desarrollo y generalización de la IA amenaza el mundo del trabajo tal como lo conocemos y podría condenar a los humanos a desaparecer como fuerza laboral, al igual que sucedió con los caballos a raíz de la revolución industrial


En 1986, la comercialización de ordenadores personales apenas estaba despuntando, internet todavía no había llegado a nuestras vidas y el desarrollo de una inteligencia artificial (IA) capaz de competir con la humana parecía algo de ciencia ficción. Pero el rápido desarrollo de la informática y su incorporación a los procesos productivos empezaba ya a preocupar a algunos economistas por sus efectos en el mercado de trabajo. Ese año, el economista Wassily Leontief, premio Nobel de Economía 1973, publicó un ensayo –El futuro impacto de la automatización sobre los trabajadores– que alertaba del riesgo de una pérdida masiva de empleos.

Leontief acuñó una comparación que hizo fortuna. Las nuevas tecnologías, vino a decir, podrían representar para la fuerza de trabajo humana lo mismo que representó para los caballos la revolución industrial, con la irrupción de la máquina de vapor primero y el motor de combustión después. Al principio, y durante varias décadas, los caballos siguieron siendo importantes, así en las labores agrícolas como en el transporte. Entre 1849 y 1900, la población equina de Estados Unidos incluso se multiplicó, hasta alcanzar la cifra de más de 21 millones de caballos y mulos. La aparición de los automóviles y los tractores, sin embargo, revirtió totalmente la situación y en 1960 ya solo quedaban tres millones. Fuera de los nostálgicos cowboys, ya nadie los necesitaba para nada.

El desarrollo y la generalización de la informática en el último medio siglo no ha acabado con el empleo humano, ha destruido algunos trabajos, pero ha creado otros. ¿Pasará lo mismo con la IA? ¿O estamos los seres humanos condenados a acabar como los caballos, como una fuerza laboral desechable? En el horizonte se perfilan cambios sociales drásticos.

“La IA reemplazará empleos a la velocidad del rayo” y en veinte años el trabajo podría acabar siendo “opcional”, ha vaticinado el visionario Elon Musk –propietario de Tesla, Space X y xAI–, quien sin embargo se muestra optimista sobre una expansión inédita de la riqueza. En una línea parecida, Sam Altman, el factótum de OpenAI –la compañía  creadora de ChatGPT–, augura que a corto plazo la IA “destruirá muchos puestos de trabajo”, pero al mismo tiempo generará un gran crecimiento económico y es de esperar que haga surgir nuevos tipos de empleos.

Hay, sin embargo, otras perspectivas más sombrías. Y no solo a corto plazo.  Geoffrey Hinton,  premio Nobel de Física 2024 y considerado uno de los padres de la IA, se muestra muy escéptico sobre su capacidad para generar nuevos empleos que sustituyan a los que destruirá. “Puede que en el futuro, algunos puestos asociados a la creatividad humana sobrevivan, pero con el concepto de superinteligencia nada perdurará”, ha dicho. Otro premio Nobel, este de Economía 2008, Paul Krugman, se inclina por aconsejar a los jóvenes que aprendan trabajos manuales. Aunque no parece probable que vaya a haber trabajo para tantos fontaneros...

De momento, los primeros síntomas son inquietantes. En EE.UU., según un informe difundido por la CNN el mes pasado, los anuncios de despidos en los primeros 10 meses del año superaron el millón, lo que representa un aumento del 65% respecto al mismo periodo del año anterior y la cifra acumulada más elevada en un mes de octubre en más de 20 años. El informe cita a la IA  como uno de las factores –aunque no el único– que lo explican.

Hace diez años, los economistas Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee –autores, entre otros ensayos, de La segunda era de las máquinas– publicaron en la revista Foreign Affairs un artículo titulado ¿Seguirán los humanos el camino de los caballos? en el que retomaban las reflexiones de Leontief y auguraban que a largo plazo el retroceso de la fuerza laboral humana es inexorable, con su consiguiente repercusión sobre empleos y salarios. Brynjolfsson y McAfee, con todo, se mostraban confiados en la capacidad  de los hombres para corregir esta  deriva a través del voto o la contestación. Porque a diferencia de los caballos, subrayaban, “los humanos pueden rebelarse”.

No será tan fácil, sin embargo. Los oligarcas tecnológicos tienen potentísimas armas para desviar cualquier brote de descontento social. Como muestra la enorme capacidad de desinformación y manipulación de las  redes sociales, cuyos algoritmos  están diseñados  para promover la máxima polarización política y privilegiar las ideas de extrema derecha tan caras a los nuevos amos del universo, empeñados en reorientar las conductas políticas y alterar los procesos electorales.

A ello se añade ahora el efecto pernicioso de la IA, que amenaza con matar cualquier pensamiento crítico. Como explicaba esta semana nuestro compañero Francesc Bracero en su imprescindible newsletter Artificial, un estudio del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) ha mostrado que el uso generalizado de la IA –a la que cada vez más se le encarga que piense por nosotros– puede favorecer el “deterioro cognitivo humano”, con efectos a nivel neuronal, lingüístico y conductual.

La IA puede estar fabricando un mundo de necios. Pero incluso a estos –como a los caballos– hay que alimentarlos. Y si el trabajo tal como lo conocemos va camino de desaparecer, habrá que abordar muy seriamente la cuestión del reparto de la riqueza. Y aquí las grandes corporaciones tendrán que rascarse el bolsillo. La insumisión fiscal que pregonan los tecno-oligarcas de Silicon Valley, empezando por el magnate Peter Thiel –cofundador de PayPal y uno de los más influyentes ideólogos del anarcocapitalismo ultraconservador y autoritario americano–, será insostenible. A no ser, claro, que un ejército de robots sofoque los inevitables estallidos revolucionarios que vendrán.


El sur también existe

Newsletter 'Europa' 

La UE busca reactivar la apuesta euromediterránea treinta años después del Proceso de Barcelona

 

Europa, la Europa central, la Europa germánica, siempre ha mirado al este. Es su zona de influencia natural. Para que mire al sur siempre ha habido que forzarle un poco la mano. El Proceso de Barcelona -embrión de la actual Unión por el Mediterráneo-, del que ayer se cumplieron 30 años, nació así, como contrapeso. En 1995 la prioridad de Alemania, que había culminado cinco años atrás su reunificación tras la caída del Muro de Berlín, era impulsar la integración en la Unión Europea de los países de la Europa Oriental postsoviética. ¿El Mediterráneo? Un lugar de veraneo (la inmigración irregular procedente del Norte de África no había adquirido aún el carácter masivo actual y el Sahel estaba lejos también de convertirse en el nido de terrorismo yihadista que es hoy)

Fue fundamental la presión de España, y particularmente del presidente Felipe González -que en el segundo semestre de ese año ostentaba la presidencia rotatoria de la UE-, para arrancar el compromiso político y económico del canciller Helmut Kohl con el Proceso de Barcelona, mientras Francia -así lo recuerda el exdiplomático español Javier Elorza en sus memorias europeas, Una pica en Flandes- lo observaba entre la aversión y la resignación. No en vano, España se estaba metiendo en sus antiguos dominios coloniales -Argelia, Marruecos, Túnez, con quienes París mantenía un trato preferente- y la iniciativa implicaba que la relación entre Europa y los países de la ribera sur y este del Mediterráneo pasaba a ser una cuestión principalmente comunitaria.

El Proceso de Barcelona nació, pues, como un instrumento de reequilibrio de la política exterior europea. Y en un momento particularmente propicio, espoleado por la esperanza -que pronto se arruinaría- de hallar una solución al conflicto de Oriente Medio. La participación en la Conferencia Euromediterránea de Barcelona del ya desaparecido líder palestino, Yasser Arafat, y del entonces ministro de Exteriores israelí –y futuro primer ministro–, Ehud Barak, fue una muestra del acercamiento entre los eternos enemigos en busca de un acuerdo de paz que se acabaría frustrando en la cumbre de Camp David del 2000.

El foro del Proceso de Barcelona, pese a mantener durante todo este tiempo entre sus miembros a palestinos e israelíes -estos últimos regresaron ayer a una conferencia ministerial tras dos años de ausencia-, nunca sirvió realmente como vehículo para resucitar el proceso de paz. Lo admitía días atrás en La Vanguardia el secretario general de la Unión por el Mediterráneo (UpM), el egipcio Nasser Kamel, quien calificaba generosamente su aportación de “limitada”.

La creación de la UpM en 2008, fruto de un impulso personal del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, fue un intento de refundar y dar un nuevo empuje al Proceso de Barcelona con acento francés. Pero eso tampoco cambió esencialmente las cosas. Ni en Oriente Medio ni en la cuenca mediterránea en su conjunto, donde la vocación estabilizadora de la UpM no logró apaciguar tampoco las rivalidades históricas -como la de Argelia y Marruecos- ni prevenir conflictos como las guerras de Siria y Libia tras las fallidas primaveras árabes de los años 2010-2012.

El Proceso de Barcelona, primero, y la Unión por el Mediterráneo después, aspiraban a impulsar el diálogo y los intercambios políticos, económicos y culturales, y fomentar la paz, la estabilidad y la prosperidad en la cuenca mediterránea. Grandes ambiciones, pero con medios y logros más bien modestos. Desde su creación, la UpM ha patrocinado y contribuido a financiar decenas de proyectos concretos, que sin embargo no han alcanzado a tener un impacto decisivo.

Tampoco el objetivo de convertir el Mediterráneo en una amplia zona de libre comercio -con importantes limitaciones, todo hay que decirlo- ha conseguido cambiar las dinámicas de fondo. Según datos de 2024, la UE es con diferencia el primer socio de los países de la ribera sur en el comercio de bienes con el resto del mundo: con un 41%, está muy por delante de China (10,4 %) y Estados Unidos (8,6 %). En cifras absolutas, las exportaciones de la UE a sus socios mediterráneos ascendieron a 126.600 millones de euros, por 119.900 millones las importaciones.

En el terreno comercial, la nueva política europea para el Mediterráneo, vehiculada a través de acuerdos bilaterales, ha tenido un efecto moderado. Así lo ponía de manifiesto una evaluación del año 2021 sobre el impacto de los Acuerdos de Asociación Euromediterráneos firmados con Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Marruecos, Palestina y Túnez. Las exportaciones europeas han crecido en este tiempo, sí. Pero, a pesar de la implementación de estos acuerdos, las importaciones de estos países procedentes de otros socios comerciales externos a la región “han crecido más rápidamente que las de la UE en los últimos diez años”.

El 30º aniversario del Proceso de Barcelona coincide con un nuevo momento de focalización de Europa en su frontera este, consecuencia de la guerra desencadenada por Rusia contra Ucrania en 2022 y la amenaza que representan los renovados afanes imperialistas de Moscú ante la creciente inhibición de EE.UU. Los países mediterráneos han tenido que presionar fuertemente de nuevo -no solo España, también Italia y Grecia- para recodar que, desde el punto de vista de la seguridad tan importante como el flanco este es el flanco sur, marcado por el efecto desestabilizador de las migraciones masivas y la amenaza terrorista con la implantación del Estado Islámico (EI) en el Sahel.

En este contexto, el 10º Foro Regional celebrado ayer en el Palau de Pedralbes de Barcelona (sede del secretariado permanente de la UpM), copresidido por la alta representante de la UE para la política exterior y vicepresidenta de la Comisión Europea, Kaja Kallas, y el ministro jordano de Asuntos Exteriores y viceprimer ministro, Ayman Safadi, y con el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, como anfitrión, fue el escenario de un nuevo intento refundador, con el lanzamiento de un nuevo Pacto por el Mediterráneo y los planes de reforma interna de la propia UpM para dotarla de mayor operatividad. Además de caja de resonancia -de nuevo- del eterno conflicto israelo-palestino, en un momento mucho más grave esta vez

El Pacto por el Mediterráneo es un nuevo esfuerzo por incrementar la presencia e influencia de Europa en un espacio geopolíticamente fundamental, donde países como China, Rusia o EE.UU. han incrementado sus intereses en los últimos años. La UE, que en el primer trimestre del año que viene tiene previsto aprobar un plan de acción al respecto, ha previsto destinar una inversión de 42.000 millones de euros a cuenta de los fondos del Instrumento de Vecindad, Cooperación al Desarrollo y Cooperación Internacional (IVDCI) para el periodo 2021-2027. Como novedad, el plan estará abierto asimismo para países de la región del Golfo o del África subsahariana.

Treinta años después, el Proceso de Barcelona aborda una nueva refundación. ¿A la tercera será la vencida?

 

Y más abajo... El lunes, parte de la atención mundial se centró en la capital de Angola, Luanda, donde los líderes de la UE mantuvieron una reunión informal para abordar el desarrollo de las negociaciones sobre el plan de paz impulsado por el presidente de EE.UU., Donald Trump, para Ucrania. Los líderes europeos, sin embargo, no habían viajado casi 10.000 kilómetros para tratar sobre la guerra en Europa, sino para participar en la séptima cumbre entre la UE y África. Si ayer, viernes, el objetivo europeo era relanzar la cooperación euromediterránea, el lunes se trataba de hacer lo propio con el continente africano, donde China, EE.UU. y Rusia se mueven activamente desde hace tiempo.

Lastrada por el pasado colonial, que se ha traducido recientemente en la expulsión de Francia de los principales países de África occidental -la antigua Françafrique-, Europa busca la manera de recuperar el terreno perdido con un enfoque más humilde y de igual a igual. Y con el fin de contrarrestar el despliegue chino a partir de la llamada Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road), lanzó a finales del 2021 su propio programa de influencia mundial, Global Gateway, que prevé invertir en África 150.000 millones de euros. En Luanda, ambas partes acordaron reforzar su cooperación en diversos frentes, entre ellos el de las migraciones irregulares, con la voluntad no solo de combatir las tramas de tráfico de personas, sino de atacar las causas profundas del problema y mejorar las vías legales para una migración ordenada y regular.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Es triste pedir, pero más triste es…

Newsletter Europa

El Rafale es uno de los aviones de combate más avanzados que existen hoy en el mercado de la guerra. En unas maniobras desarrolladas por la OTAN el pasado mes de agosto en Finlandia -las Trident Atlantic 2025- consiguió, para pasmo general, derribar virtualmente a un F-35 estadounidense, que pasa por ser poco menos que invencible. Fabricado por el constructor francés Dassault -el mismo de los célebres Mirage-, durante mucho tiempo tuvo dificultades para ser exportado debido a su coste y su sofisticación. Pero eso ya quedó atrás. Hoy, además de en Francia, sirve en países como Egipto, Grecia, India o Qatar.

El último éxito del grupo Dassault ha sido el acuerdo firmado el lunes pasado por el presidente francés, Emmanuel Macron, y su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, por el cual Kyiv adquirirá nada menos que 100 cazabombarderos Rafale -¡una cifra nunca vista hasta ahora!- por un valor estimado de 6.500 millones de euros. Podría hablarse de contrato del siglo, si no fuera porque no está claro quién lo va a pagar.

Ucrania está pasando por un momento extremadamente delicado. En el campo de batalla, Rusia está cerca de tomar la ciudad de Pokrovsk -la más importante desde la caída de Bajmut en 2023- y ha lanzado una durísima campaña sobre las infraestructuras energéticas del país, mientras a nivel político afronta un escándalo de sobornos vinculado a la agencia estatal de energía nuclear, Energoatom. En el exterior, las cosas no están mejor. Washington ha vuelto a negociar a sus expensas con Moscú un plan de paz que equivale a una capitulación, y Europa sigue enredada en la discusión sobre cómo pagar la ayuda militar a Kyiv en 2026 y 2027.

Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, en enero de este año, la ayuda norteamericana prácticamente ha desaparecido. Si durante los tres primeros años de guerra, EE.UU. y Europa se repartían el coste de forma bastante equilibrada, en 2025 el esfuerzo ha recaído casi exclusivamente en los europeos, que hasta el mes de agosto aportaron 49.110 millones de euros por solo 480 millones de EEUU, según datos de The Kiel Institute for the World Economy. Las armas estadounidenses siguen llegando a Kyiv, pero esta vez son compradas por los europeos y distribuidas por la OTAN. A eso irá, por ejemplo, una parte de los 817 millones de euros de ayuda que anunció el presidente español, Pedro Sánchez, al recibir a Zelenski en Madrid esta semana. Lo único esencial que Washington sigue haciendo por Ucrania -y que utiliza como arma de presión- es compartir información de inteligencia.

El desafío que afronta Europa, y del que dependerá en última instancia la capacidad de resistencia de Ucrania, es encontrar la manera de seguir costeando el esfuerzo bélico ucraniano en un contexto de tensiones presupuestarias nacionales. La Comisión Europea pareció haber encontrado la llave utilizando como base los fondos rusos -más de 200.000 millones de euros- depositados y congelados en entidades financieras europeas. La idea, ya conocida, sería habilitar un préstamo de 140.000 millones a Kyiv a cuenta de esos fondos como avance de las eventuales reparaciones de guerra que Moscú debería satisfacer al término del conflicto. Pero eso es más fácil de proponer que de hacer.

En el Consejo Europeo del pasado octubre, Bélgica vetó esa solución mientras no se le dieran garantías de que Europa entera respondería en caso de que tuviera que afrontar responsabilidades económicas por la confiscación de ese dinero. Su preocupación es lógica: la mayor parte de los haberes rusos -unos 185.000 millones- están depositados en la entidad de servicios financieros Euroclear, con sede en Bruselas. Más allá de la resistencia belga -y de las dudas legales de otros países-, la propuesta genera inquietud por los efectos negativos que pudiera tener una medida de este tipo sobre los mercados financieros. Algo sobre lo que ha alertado el propio Banco Central Europeo (BCE)

El lunes, mientras Macron y Zelenski rubricaban sonrientes el acuerdo sobre los 100 Rafale, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, enviaba una carta a los 27 en la que les instaba a acordar antes de fin de año -la cita sería el Consejo Europeo del 18 y 19 de diciembre- una fórmula para poder seguir manteniendo la ayuda militar a Kyiv. En caso de no aceptar la propuesta de Bruselas sobre los fondos rusos, Von der Leyen da como únicas opciones -combinadas o no- la entrega de donaciones individuales por parte de los Estados miembros o un nuevo endeudamiento europeo, como con la covid. Dos opciones que generan resistencia -e incluso urticaria- en muchos países.

El Mientras Europa se desgarra discutiendo de dónde saca el dinero necesario, EE.UU. ha vuelto a actuar a sus espaldas. Después de que la iniciativa de paz que Donald Trump impulsó el pasado mes de agosto en la cumbre de Alaska con su homólogo ruso, Vladímir Putin, encallara por la falta de compromiso del inquilino del Kremlin, las sanciones norteamericanas sobre las petroleras rusas Rosneft y Lukoil parecen haber servido para desbloquear las cosas. Pero no para mejor. Las conversaciones entre Washington y Moscú van por el mismo camino que entonces -con EE.UU. aceptando todas las reclamaciones de Rusia sin grandes concesiones a cambio-, pero a diferencia de hace tres meses los norteamericanos ya ni siquiera piden un alto el fuego previo, sino que este no entraría en vigor hasta después de la firma de un eventual acuerdo.

El plan de paz pergeñado por el enviado especial estadounidense Steve Witkoff con sus interlocutores rusos, y desvelado esta semana por el Financial Times, otorga a Moscú todo lo que pide: la entrega del Donbass -incluidas aquellas partes que siguen bajo control ucraniano-, el reconocimiento de su soberanía sobre estos territorios más Crimea y la congelación del frente en las zonas de Jersón y Zaporiyia (eso sí, retornaría a Kyiv alguna zona menor en su posesión); la renuncia de Ucrania a ingresar en la OTAN y a desplegar en su territorio tropas europeas, así como la reducción de su ejército a un máximo de 600.000 soldados; el levantamiento de las sanciones a Rusia, su reincorporación al G-8 y la negociación de un acuerdo de cooperación económica bilateral con EE.UU., con quien abriría un nuevo periodo de colaboración que pasaría por la confirmación de los actuales tratados de control de armas nucleares. Ucrania debería celebrar asimismo elecciones en el plazo de cien días (Moscú no para de cuestionar la legitimidad de Zelenski, al que desearía ver fuera del poder). Y la guinda: una amnistía total para los crímenes de guerra y la renuncia a toda reclamación.

A cambio, Ucrania recibiría bien poco: el reconocimiento de su soberanía -algo que Rusia ya había firmado en 1994, con el resultado conocido- y unas garantías de seguridad que en este momento parecen más bien difusas (EE.UU. aparecería como garante, pero sin ningún compromiso militar por ahora en caso de incumplimiento). La propuesta incluye la negociación de un nuevo marco de seguridad y un acuerdo de no agresión entre Rusia y Europa, que incluiría la no ampliación de la OTAN.

Lo que no ha olvidado concretar Trump es el dinero… El plan incluye el lanzamiento de un programa mundial para la reconstrucción de Ucrania, al que Europa -según la propuesta- aportaría 100.000 millones de euros y en el que se invertirían otros 100.000 millones procedentes de los fondos congelados rusos, reservándose Washington el 50% de los beneficios obtenidos en este último caso. ¡El negocio es el negocio!

La Unión Europea ha reaccionado como era de esperar, advirtiendo que cualquier plan de paz ha de contar con el acuerdo de Ucrania -obvio- y de la Unión Europea, y que este ha de asentarse sobre bases justas (lo que está lejos de encontrarse en la propuesta que está sobre la mesa). El presidente ucraniano, que ayer habló telefónicamente con varios líderes europeos -el alemán Friedrich Merz, el francés Emmanuel Macron y el británico Keir Starmer- y con el vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, se mostró dispuesto a hablar “de forma constructiva y honesta” con Washington sobre su plan y avanzó que presentará propuestas alternativas. Pero sin aceptar un trágala. En un mensaje de vídeo dirigido a la nación, aseguró que “no traicionará” a su país y advirtió que Ucrania podría verse confrontada a “una elección muy difícil: la pérdida de la dignidad o el riesgo de perder a un socio clave”. Poco sensible a su oferta, el presidente de EE.UU. le dio una semana para aceptar el plan.

El último giro prorruso de Trump da toda la ventaja a Moscú en un momento en que tampoco para Rusia las cosas van bien. Como apuntaba Edward Carr, director adjunto de The Economist, en un artículo estos días, además de los problemas económicos que afronta el país, Vladímir Putin no tiene una perspectiva clara -ni un plan definido y convincente- para ganar la guerra. Al ritmo de sus avances militares durante este año 2025 -subraya-, el ejército ruso necesitaría cinco años más para conquistar la totalidad del Donbass y eso, a costa de sumar millones de bajas.

Pero para que alguien en Rusia decida que ha llegado el momento de terminar la guerra -e imponerle esta decisión a Putin-, Ucrania ha de poder seguir resistiendo. Y para ello, el compromiso y la determinación de Europa es fundamental. Los europeos aseguran tener muy claro que la defensa de la UE pasa por Ucrania, que ese es el frente que hay que defender a toda costa si se quieren cortar de raíz los sueños imperialistas rusos sobre el continente. Haga lo que haga Estados Unidos. En las próximas semanas tendrán que demostrarlo de verdad.



lunes, 17 de noviembre de 2025

El irresistible encanto del optimismo

'Visión periférica' 

A contracorriente de la atmósfera de depresión, miedo, ira y resentimiento que atizan las redes sociales, dos políticos han demostrado, en los Países Bajos y en Nueva York, que se puede conectar con los ciudadanos con un discurso en positivo.

 

A veces, en plena oscuridad,  saltan inesperados destellos de luz. En un momento en que el mundo parece adentrarse en una etapa sombría, ahogado por los mensajes negativos difundidos hasta el hartazgo por las redes sociales, cuyos algoritmos –nada inocentes– incitan al desasosiego, el rencor, la rabia y el odio, donde las voces que se imponen son las de las fuerzas extremistas y los bots de potencias desestabilizadoras, y donde la mentira se impone a la verdad, dos elecciones políticas en los Países Bajos y Estados Unidos han venido a reivindicar las ideas de esperanza y optimismo.

No se trata del entusiasmo ingenuo que niega las dificultades y la complejidad de la realidad, que cree que todo saldrá bien solo por el hecho de desearlo, sino de una confianza comprometida con el trabajo en común para mejorar las cosas.  Lo expuso de forma magistral ya hace un siglo el teórico marxista Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano (PCI), cuando propuso partir de un examen lúcido de la realidad –el “pesimismo de la inteligencia”– para actuar con el “optimismo de la voluntad”.

El neerlandés Rob Jetten, de 38 años, y el estadounidense Zohran Mamdani, de 34, ganadores –respectivamente– de las elecciones legislativas del 29 de octubre en los Países Bajos y las locales de Nueva York del 4 de noviembre, más allá de pertenecer a la misma generación, tienen pocas cosas en común. Sus orígenes y trayectorias son diferentes. Pero ambos han sabido inyectar en el debate político un mensaje positivo, a contracorriente del discurso hegemónico, y lograr la victoria haciendo bandera del optimismo. El neerlandés recuperó el Yes, we can de Barack Obama con el lema Het kan wél (Es posible), mientras el norteamericano prometía el inicio de una “nueva era”.

 Rob Jetten nació en la provincia de Brabante del Norte en el seno de una familia de clase media, estudió Administración Pública e inició una carrera política que le llevó a ser viceprimer ministro con Mark Rutte. Abiertamente gay –su historia de amor con el jugador de hockey hierba argentino Nicolás Keenan ha jugado también su papel durante la campaña–, se declara liberal progresista y desde el 2023 es el líder del partido centrista D66 (su antecesora, Sigrid Kaag, se retiró de la política a causa de la campañas de “odio, intimidación y amenazas” a su familia). Contra todo pronóstico, la candidatura de Jetten sobrepasó por unos miles de votos a la del ultraderechista Geert Wilders del Partido de la Libertad (PVV) y a él le corresponde la iniciativa de intentar formar una coalición de gobierno, lo cual no será fácil dada la fragmentación del Parlamento.

El nuevo alcalde de Nueva York es una rara avis en la clase política norteamericana. Nacido en Uganda, en el seno de una familia de clase acomodada de origen indio, y de confesión musulmana, Zohran Mamdani se declara socialista –pertenece por tanto al ala más radical del Partido Demócrata de EE.UU.–, lo que lo asimila a un socialdemócrata europeo. El hoy alcalde tenía siete años  cuando llegó a Estados Unidos, país del que en 2018 adquirió la nacionalidad. Licenciado en Estudios Africanos, inició su carrera política como activista hasta acabar siendo elegido miembro de la Asamblea Estatal de Nueva York. En las elecciones municipales se impuso de forma contundente al exgobernador demócrata Andrew Cuomo.

Jetten y Mamdani han sabido conectar especialmente con el electorado joven, no sólo manteniendo una presencia activa en las redes sociales –las que los jóvenes utilizan preferentemente para informarse–, sino atacando el mayor problema al que se enfrenta la juventud de hoy en los países desarrollados: la escasez y encarecimiento de la vivienda. El neerlandés ha propuesto edificar diez nuevas ciudades para combatir el déficit residencial, mientras el estadounidense ha prometido la congelación de los alquileres protegidos y el consejo municipal de la ciudad ha aprobado esta semana reconvertir terrenos en Queens para edificar 15.000 nuevos apartamentos.

Ambos también han moderado algunas de sus aristas. Mamdani ha suavizado algunas de sus posiciones más izquierdistas mientras Jetten ha adoptado una postura más estricta –aunque “humana”– en materia de inmigración.

Hace una semana, en estas páginas, Lola García citaba al sociólogo Giuliano da Empoli –autor de Los ingenieros del caos, un ensayo sobre los propagandistas de los nuevos populismos– para subrayar que los mensajes negativos y alarmistas no bastan para movilizar al electorado contra el ascenso de la extrema derecha y defendía que “el paso de lo negativo a lo positivo es necesario para generar un deseo real de cambio”. Lo positivo ha ganado en los Países Bajos y Nueva York.

En los años treinta, en pleno auge de los movimientos fascistas en Europa, los socialdemócratas suecos se propusieron combatirlos con un proyecto optimista de solidaridad, el Folkhemmet (Hogar del pueblo), que aunaba un programa de asistencia social con una visión moral y política inclusiva, e invitaba a los trabajadores a no sentirse tanto víctimas como actores activos en la construcción de una sociedad más justa. Lo recordaba recientemente Claes-Mikael Ståhl, secretario general adjunto de la Confederación Europea de Sindicatos, en una artículo publicado en International Politics and Society (IPS). Su mensaje era diáfano: “La esperanza no es un optimismo ingenuo, es una decisión política”. Hoy como ayer.