Newsletter ‘Europa’
Los tropiezos con la Justicia que está encontrando el proyecto de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, de enviar a los inmigrantes irregulares a centros de retención y expulsión en Albania no parece arredrar a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ni a un puñado de países comunitarios, decididos también a implementar “soluciones innovadoras” (es el eufemismo oficial) para agilizar los trámites de asilo y la repatriación de aquellos inmigrantes a quienes se les deniegue. La principal y más controvertida de ellas, la externalización del procedimiento instalando centros especiales en países terceros a cambio de una compensación económica y/o política. Los inmigrantes, mejor fuera de la vista.
Von der Leyen,
quien ya trasladó sus planes al respecto a los jefes de Estado y de gobierno de
la UE en una carta antes de la última cumbre, se propone presentar antes del
próximo mes de marzo una propuesta
de reforma legislativa para mejorar y agilizar el procedimiento de expulsión,
que hasta ahora fracasa en el 80% de los casos. Entre las nuevas medidas la
Comisión Europea tiene la intención de incluir la instalación de centros de
retención y deportación exteriores a la UE, siguiendo el modelo italiano. Para
ello, ya ha empezado a estudiar los aspectos legales, operacionales, prácticos y financieros
de la idea, así como el modo de que este sistema respete los derechos
fundamentales de las personas y el marco jurídico comunitario. Cuestión espinosa.
Italia ha sido –no sin dificultades- el
país precursor en este terreno, pero no está solo. Hay un puñado de gobiernos
europeos que integran la vanguardia de esta iniciativa: la Republica Checa,
Chipre, Dinamarca, Grecia, Hungría, Malta, Países Bajos, Polonia y Suecia. A
los que podrían sumarse Alemania si la derecha recupera el gobierno, tal como
vaticinan los sondeos, tras las elecciones del próximo mes de febrero y
–también posible, aunque más difícil- Francia, cuyo ministro del Interior,
Bruno Retailleau –del ala dura de Los Republicanos- está en cualquier caso
atraído por la idea. La propia Von der Leyen está personalmente comprometida,
tanto por el giro a la derecha que han dado en esta materia su partido, la CDU,
y el Partido Popular Europeo (PPE), liderado por el alemán Manfred Weber, como
por sus propios compromisos de investidura.
La instalación de centros de
deportación en terceros países se enfrenta, más allá de las objeciones
políticas o morales que pueda suscitar la iniciativa, a complicaciones
jurídicas, como ha demostrado la intervención hasta ahora de la Justicia
italiana. Sucesivas sentencias han
frenado la iniciativa de Meloni y obligado a trasladar a Italia al puñado
de inmigrantes que habían sido derivados al flamante centro de retención de
Shengjin, en la costa albanesa, que permanece custodiado por la policía
italiana pero absolutamente vacío. Los jueces italianos han considerado que los
países de origen de los inmigrantes, a los que se les pretendía devolver, no son
seguros, en contra de lo que sostiene el Gobierno italiano. Algo que deberá
dirimir ahora el Tribunal de Justicia de la UE.
Giorgia Meloni, sin embargo, está
decidida a dar la batalla y ya ha anunciado que a partir del 11 de enero reactivará
el envío de inmigrantes irregulares a Albania, apoyándose en un cambio de
jurisdicción interna que considera favorable. La primera ministra italiana se
siente confortada además por una sentencia del Tribunal de Casación según la
cual corresponde al Gobierno determinar cuáles son los “países de origen
seguros” cuyos ciudadanos pueden someterse a procedimientos rápidos de
expulsión. Otra buena noticia para el frente duro antiinmigración ha sido la absolución
de Matteo Salvini, líder de La Liga, que había sido juzgado por el bloqueo,
cuando era ministro del Interior, de un barco de la oenegé española Open Arms
con 147 inmigrantes rescatados en el mar.
El debate de la inmigración se mantiene
muy vivo en toda Europa, alimentado por una extrema derecha que crece electoralmente
espoleando el miedo de la población a los extranjeros. En este contexto, el
inexplicable atentado
contra el mercadillo navideño de Magdeburgo, en Alemania, el viernes 20,
con un balance de cinco muertos y más de 200 heridos, puede disparar las
expectativas de la extremista Alternativa para Alemania (AfD), que ya iba en
segundo lugar en las encuestas con un apoyo del 19% y que, según un sondeo de
urgencia realizado tras el ataque por al instituto INSA por encargo del diario Bild, habría subido al 24%.
El autor del atentado, un médico saudí
de 50 años, Taleb
Khawad al-Abdulmohsen, quien se lanzó en coche sobre la multitud, no
responde al perfil habitual de un terrorista, sino más bien al de un
desequilibrado: apóstata del Islam, había expresado incluso en las redes
sociales sus simpatías por la AfD. Pero tales matices se perderán por el
camino: la idea que quedará es que, de nuevo, se trata de un atentado cometido
por un árabe contra la expresión de una festividad cristiana (por desacralizada
que esté)
El terrorismo islamista, o el percibido
como tal, es el gran aliado histórico de la extrema derecha europea. El que la
alimenta. Así sucedió también con el atentado yihadista en La Rambla de
Barcelona de 2017, perpetrado por un grupo de musulmanes de Ripoll y
desencadenante del nacimiento del partido de ultraderecha Aliança Catalana, que
siete años después está presente en el Parlament y se
extiende hoy por toda Catalunya.
La inmigración masiva supone un reto para los países de acogida, pero reducir el fenómeno a sus extremos más problemáticos –en el límite, los atentados terroristas islamistas- y achacarle todos los problemas de la sociedad es una caricatura grosera que oscurece su dimensión humana. Detrás de cada inmigrante hay una historia personal, como la del ghanés Ahmed Mansur (premio Erasmus), que llegó a España en patera y aquí ha logrado formarse y trabajar para una multinacional, o como la del marroquí Lachen Elkabouri, que también cruzó el mar y, tras vivir varios meses en la calle, está estudiando para trabajar como mecánico. Son historias sobre sueños cumplidos o camino de cumplirse. Pero no dan votos. El miedo, sí.
La diplomacia de la extorsión. Donald Trump no cree en la existencia de acuerdos de mutuo beneficio (lo que en la jerga internacional se conoce como win-win); para él, siempre hay alguien que gana y alguien que pierde, así en los negocios como en la política internacional. Determinado a revisar en beneficio de EE.UU. las relaciones comerciales con Europa, no ha esperado a tomar posesión como presidente para empezar a extorsionar –su método preferido de negociación- a la UE. En un mensaje a través de las redes sociales amenazó con imponer aranceles suplementarios a las importaciones de los países europeos si estos no compran “masivamente” gas y petróleo estadounidense. Se da la circunstancia de que, a raíz de la guerra de Ucrania, EE.UU. es la principal fuente de las importaciones europeas de gas y petróleo. Pero le da igual.
Nuevo gobierno en Francia. El nuevo primer ministro francés, el centrista François Bayrou, presentó esta semana su nuevo gobierno, con el reto de superar los tres meses de vida del equipo de su predecesor, el conservador Michel Barnier (breve jefe del Ejecutivo pese a tratarse de un hombre bregado en la difícil negociación del Brexit en nombre de la UE). El talante dialogante de Bayrou no le ha servido para atraerse a los socialistas –lo que le hubiera permitido ampliar su base parlamentaria-, mientras sigue bajo la amenaza de la ultraderecha. En este sentido, el nuevo gobierno nace tan frágil como el anterior. La gran novedad –sobre todo de cara a la opinión pública española, aunque también para la francesa- es el retorno a la primera línea política del ex primer ministro francés Manuel Valls, malogrado candidato a la alcaldía de Barcelona en 2019.
Un toque navideño. En una Europa unida y un mundo
globalizado no es sorprendente que algunas tradiciones locales atraviesen las
fronteras y se extiendan por todas partes (sobre todo las de Estados Unidos,
gracias al inmenso altavoz de Hollywood). Una de las más recientes es la tradición
navideña sajona del cascanueces, una figurita tallada en madera con
uniforme de húsar (o similar) que se utiliza como ornamento navideño y tiene su
origen en el cuento del escritor alemán Theodor Amadeus Hoffman titulado El cascanueces y
el rey de los ratones. En el relato, una niña recibe como regalo navideño un
cascanueces en forma de militar, que esa noche cobra vida y, tras derrotar al
rey ratón, la lleva a un reino de ensueño poblado por muñecos. Otra tradición culinaria
europea cada vez más presente en nuestras mesas por Navidad es el panettone
milanés.

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