Newsletter ‘Europa’
Los estadounidenses tienen una gráfica manera de referirse al presidente que encara la recta final de su mandato y al que le queda, por consiguiente, una capacidad de maniobra política progresivamente mermada: lame duck (pato cojo). Utilizando otro símil animal, Alemania y Francia, los dos motores de la Unión Europea, se asemejan hoy a dos pollos sin cabeza, corriendo hacia no se sabe dónde.
Ambos países
atraviesan una etapa de parálisis política debido a la inestabilidad de sus
gobiernos que se añade a una preocupante crisis económica, con Alemania
absolutamente estancada –Bruselas prevé que cierre el año con una
contracción del PIB del -0,1% y se recupere muy débilmente en 2025 con un 0,7%
positivo- y Francia en una situación
económica no mucho mejor (crecimiento del 1,1% para este año y del 0,8%
para el próximo) y lastrada por un déficit público del 6% y una deuda del 110% del PIB.
En minoría desde
principios de noviembre, cuando rompió su pacto de gobierno con los liberales,
el canciller alemán, Olaf Scholz, perdió
el lunes la cuestión de confianza que había presentado en el Bundestag de
cara a convocar elecciones anticipadas. Mientras tanto, a mil kilómetros de
allí, en París, el presidente francés, Emmanuel Macron, a la deriva desde que decidiera
convocar sorpresivamente a las urnas en junio, acababa de nombrar al frente del
Gobierno al centrista François
Bayrou en sustitución del conservador Michel Barnier, quemado y derribado
por una moción de censura en tan solo tres meses. Segundo intento, sin
demasiadas garantías, para salir del marasmo.
La inestabilidad
política que arrastra Francia desde hace medio año ha acabado por extenderse a
Alemania, donde las diferencias entre los miembros del gobierno tripartito de
socialdemócratas, verdes y liberales –sobre todo en materia fiscal y
presupuestaria- acabaron desembocando hace mes y medio en la ruptura del pacto.
Incapaz de aprobar los presupuestos del 2025, el socialdemócrata Scholz –con
una popularidad que ha alcanzado profundidades abisales- se vio forzado a
acordar con la oposición democristiana un adelanto electoral -cuestión de
confianza mediante- para el 23 de febrero.
Scholz se lo
juega todo a esa carta, y no es muy buena. Pero no tenía otro remedio. Aunque
los analistas aconsejan no menospreciar al líder socialdemócrata, lo cierto es
que los sondeos le son adversos y le colocan en tercer lugar. Las últimas encuestas
–confirmando la tendencia del último año- dan como ganadora a la democristiana
CDU, con Friedrich Merz al frente (31%), seguida a mucha distancia por la
ultraderechista Alianza para Alemania (Afd), con Alice Weider como candidata
(19%), y después los socialdemócratas (SPD) de Scholz (17%)
Si la CDU no
obtiene la mayoría absoluta, no son pocos los observadores que vaticinan el
retorno de la gran coalición entre
democristianos y socialdemócratas, toda vez que el sesgo neonazi de AfD –uno de
los grupos de extrema derecha europeos más radicales- hace muy difícil, por no
decir imposible, su confluencia con la derecha tradicional. De hecho, los
ultras han sido ya sistemáticamente aislados por acuerdos de gobierno y
alianzas de investidura entre los demás partidos en Brandeburgo, Sajonia y
Turingia.
El gran reto de
Alemania es reactivar la economía y, si bien las dos principales fuerzas
parecen de acuerdo en derogar la disposición constitucional que dificulta el
endeudamiento del Gobierno, sus enfoques son diametralmente opuestos. Si la CDU
plantea una rebaja amplia de impuestos, el SPD pone en cambio el acento en un
fuerte programa de inversiones, algo de lo que Alemania va muy falta.
No es muy
diferente el debate en Francia, donde el sello de Macron ha sido hasta ahora la
línea de las rebajas fiscales para estimular la inversión. Dado el estado de
las finanzas públicas, el fenecido gobierno de Michel Barnier proponía combinar
subidas de impuestos y recortes del gasto, una vía esta última en la que se
estrelló por la oposición combinada de la izquierda y la ultraderecha (el
Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen votó la censura ante la negativa del
jefe del Ejecutivo a revalorizar las pensiones en proporción de la inflación)
Macron, a
diferencia de Scholz, no tenía ninguna necesidad en junio de disolver el
Parlamento y convocar elecciones, a pesar del triunfo del RN en los comicios
europeos. Y es evidente, a la vista del resultado, que cometió un grave error
de juicio. La actual inestabilidad política francesa es fruto de aquella
absurda decisión.
François
Bayrou, un hombre procedente de la UDF de Giscard d’Estaing –que
reconvirtió en el Movimiento Demócrata (MoDem)- y apegado a la Francia rural, es
el encargado ahora de tratar de reconducir la situación, pero no lo va a tener
mejor que Barnier pese a su talante dialogante. Los tres grandes bloques –el
centro, la izquierda y la extrema derecha- tienen un peso equivalente y la
única manera de romper este círculo vicioso sería quebrar la unidad del Nuevo
Frente Popular (NFP) atrayéndose a los socialistas. Pero los dirigentes del PS,
para quienes el cargo de primer ministro debería recaer en una figura de la
izquierda –por su mayor peso parlamentario-, han decidido mantenerse en la
oposición. A partir de aquí, es la cuadratura del círculo.
Como Francia no
es Estados Unidos, la Asamblea Nacional votó por unanimidad esta semana una Ley
Especial para garantizar, en ausencia de presupuesto, que el Estado pueda
seguir funcionando (cobrando impuestos y endeudándose en los mercados). Pero la
negociación para la aprobación de las cuentas de 2025 volverá a ser ardua. Y
unos y otros ya han advertido que si el Gobierno tiene la tentación de
aprobarlas por decreto (vía el polémico artículo 49.3 de la Constitución) será
censurado como el de Barnier. Pero para eso aún falta un Gobierno, pues Bayrou
aún no ha nombrado a sus ministros.
Si la apuesta de
Bayrou fracasa, se volverá a la casilla de salida. Una y otra vez. Y así hasta
que en junio puedan volverse a convocar elecciones legislativas. Pero es
difícil pensar que semejante inestabilidad y desgaste sea soportable para
Emmanuel Macron, que pese a tener mandato hasta el año 2027 podría verse
forzado a dimitir.
Nuestro compañero
Domingo Marchena explicaba hace poco la increíble historia del legendario
pollo sin cabeza de Fruita (Colorado). El animal, conocido popularmente
como Mike the Headless Chicken sobrevivió en
Turquía, otra vez clave. Después de la masiva llegada de
refugiados sirios a Europa en 2015, marcada por la decisión de la entonces
canciller de Alemania, Angela Merkel, de abrir la frontera con Hungría y
dejarlos entrar, la UE dirigió la mirada hacia Turquía en busca de árnica. Y la
obtuvo. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aceptó convertirse en
gendarme y frenar el paso de ciudadanos sirios camino de Europa a cambio de una
sustanciosa –y legítima- compensación económica (Turquía es el país que más
refugiados de la guerra de Siria acoge: más de 3 millones). La caída del
dictador Bashar el Asad ha abierto un nuevo escenario político que podría
favorecer el retorno de algunos de los refugiados (horizonte que excita a
algunas fuerzas políticas en Europa). La presidenta de la Comisión Europea,
Ursula von der Leyen, se
reunió el martes con Erdogan en Ankara, cuyo apoyo busca Bruselas para esta
nueva fase.
Premio Sájarov. El líder opositor venezolano Edmundo
González, que se atribuye la victoria en las elecciones del 28 de julio pasado,
recibió
el martes en Estrasburgo el premio Sájarov a la Libertad de Conciencia,
otorgado por el Parlamento Europeo, que ha premiado asimismo a su compañera
María Corina Machado, oculta en su país. La Eurocámara reconoce a González como
presidente legítimo de Venezuela y rechaza, por fraudulentos, los resultados
oficiales del régimen chavista que dieron por buena la reelección de Nicolás
Maduro. En una entrevista
con La Vanguardia, González –que
hasta ahora vive exiliado en Madrid- reiteró que en enero piensa volver a
Venezuela para tomar posesión simbólicamente de su cargo. La oposición
venezolana fue galardonada por primera vez con el Sájarov en 2017.
Georgia se escapa. Se trataba de una elección indirecta, realizada por un organismo controlado por el partido del poder, Sueño Georgianbo, así que las cartas estaban marcadas desde el principio: el sábado pasado, el exfutbolista profesional Mijeíl Kavelashvili, de 53 años, prorruso y antioccidental, fue elegido nuevo presidente de Georgia, en sustitución de la proeuropea Salomé Zurabishvili (última en el cargo en haber sido elegida por votación popular). Único aspirante en una votación boicoteada por la oposición, Mijeíl Kavelashvili recibió el apoyo de 224 de los 300 diputados nacionales y municipales que forman el colegio electoral. La elección fue respondida por renovadas protestas en las calles, que prolongan a las que suscitó la decisión del primer ministro, Irakli Kobajidze, de suspender las negociaciones de adhesión a la UE.

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