domingo, 29 de junio de 2025

Ahora todos querrán la bomba

'Visión periférica'

El ataque de Israel y EE.UU. a Irán, lejos de disuadirle, le habrá convencido más que nunca de la necesidad de tener la bomba atómica. El mundo está lanzándose a una nueva carrera armamentística, incluidas las armas nucleares.


Hace un par de semanas, la Fuerza Aérea de Estados Unidos presentó su nuevo misil de crucero de largo alcance AGM-181 para armar a los bombarderos estratégicos B-21 Raider y B-52 Stratofortress con bombas nucleares. Este nuevo misil, en cuyo programa se han comprometido 16.000 millones de dólares y que empezará a desplegarse en el 2027, podrá transportar una ojiva nuclear del tipo W80-4, con una potencia de hasta 150 kilotones (diez veces más que la bomba atómica de Hiroshima). Es una muestra del reforzamiento de los arsenales nucleares que se está produciendo en todo el mundo, en un proceso de rearme general no visto desde la guerra fría.

En el 2017 la ONU aprobó, con el voto de 122 países, un tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares. Fue solo un gesto simbólico, puesto que ninguna de las nueve potencias nucleares (China, Corea del Norte, EE.UU., Francia, India, Israel, Pakistán, Reino Unido y Rusia) lo ratificó, pero que buscaba impulsar un nuevo proceso de desarme. Nada más lejos.

En su último informe, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri) ha denunciado una nueva carrera nuclear. Los arsenales no solo no se están desmantelando, sino que la tendencia es la inversa. “La era de la reducción de armas nucleares parece haber terminado”, ha constatado el director del Sipri, Dan Smith. Las nueve potencias atómicas disponen de 12.241 ojivas nucleares, de las que 9.614 están listas para su uso militar.

El contexto internacional ha cambiado radicalmente y no se parece en nada al periodo de distensión que había en julio de 1991, cuando George Bush y Mijaíl Gorbachov firmaron el primer tratado Start de reducción de armas estratégicas entre EE.UU. y la todavía Unión Soviética. Todo lo contrario, el último acuerdo de este tipo, el New Start –firmado el 2010 y prorrogado hasta el 2026– está en suspenso a causa de la guerra de Ucrania. En respuesta a la implicación de EE.UU. en defensa de Kyiv, el presidente ruso, Vladímir Putin, decidió en febrero del 2023 suspender la participación de Rusia en el tratado. Que no está roto, pero casi.

Aún manteniendo sus arsenales nucleares en sus dimensiones actuales, tanto EE.UU. como Rusia están embarcados en importantes programas de modernización y refuerzo. Washington tiene previsto invertir en ello del orden de 950.000 millones dólares en los próximos diez años, según la Oficina de Presupuestos del Congreso. Por su parte, Moscú, que a causa de la guerra de Ucrania ha elevado su gasto en defensa al 7,1% del PIB, no ha proporcionado cifras, pero días atrás Putin se jactó públicamente de que  el 95% de los sistemas de las fuerzas nucleares estratégicas rusas ya están modernizados y encargó elaborar un nuevo programa de armamento para el periodo 2027-2036.

El mundo entero se está armando de nuevo a unos niveles no vistos desde hace mucho tiempo. El gasto mundial en defensa alcanzó el año pasado 2,7 billones de dólares, lo que supone un aumento del 9,4% respecto a 2023, según el Sipri. En cabeza están EE.UU. (997.000 millones, el primero con distancia), China (314.000 millones) y Rusia (149.000 millones). El gasto militar en Europa occidental lo lideran Alemania (con 88.500 millones, en el cuarto puesto del ranking), Reino Unido (81.800 millones) y Francia (64.700 millones) como principales polos.

Y aún crecerá más si los aliados europeos de la OTAN cumplen con el compromiso –al que se han plegado esta semana por presiones del presidente de  EE.UU, Donald Trump– de aumentar el gasto de defensa, de aquí al año 2035, hasta el 5% del PIB (de momento, solo una veintena de los 32 miembros de la Alianza han alcanzado o superado el objetivo del 2%)

Europa ha acatado casi sin chistar el nuevo listón del 5% como si su principal necesidad fuera gastar más en defensa, cuando el problema principal es gastar mejor (EE.UU tiene un solo modelo de carro de combate, mientras en la UE hay 19, por ejemplo). Y el reto de que los ejércitos europeos puedan actuar de forma coordinada y bajo una cadena de mando común. 

En todo caso, el rearme de un país o de un bloque de países induce automáticamente, en un peligroso engranaje, el rearme del adversario, haciendo al mundo más inseguro. Vladímir Putin, que acostumbra a obviar su grave responsabilidad en la situación actual al invadir Ucrania en 2022, acusó el lunes a la OTAN de propiciar una nueva carrera armamentística, ante lo cual –avanzó– Rusia reforzará su tríada nuclear.

En un mundo donde parece volver a regir, más que nunca, la ley del más fuerte, el arma atómica aparece como el único baluarte que garantiza suficiente poder de disuasión para evitar ser atacado. Tras alcanzar su independencia, en 1994 Ucrania –junto a Bielorrusia y Kazajistán– accedió a entregar a Rusia el arsenal nuclear soviético que tenía en su territorio a cambio de garantías de seguridad. De haberlo conservado, deben pensar tras la flagrante traición de Moscú, jamás los tanques rusos hubieran traspasado la frontera.

De igual modo debe pensar Irán. Los bombardeos combinados de Israel y Estados Unidos para acabar con su capacidad nuclear –dañada pero no destruida, según un informe del propio Pentágono– no habrán hecho más que convencerle de la absoluta necesidad de disponer de la bomba atómica. ¿Acaso alguien se ha atrevido a atacar a Corea del Norte? Su arsenal nuclear es el que garantiza, en última instancia, la pervivencia del régimen.

Si el nuevo orden de Putin y Trump implica que los poderosos puedan hacer lo que quieran con los más débiles, sin respeto a los tratados ni la ley internacional, al final todos querrán tener la bomba. Y entonces el desastre estará asegurado.


Arrinconados en el desván

Newsletter ‘Europa’

EE.UU. ignora sistemáticamente a los europeos en los asuntos internacionales, de Ucrania a Oriente Medio

Hace hoy una semana, en Ginebra, los máximos responsables diplomáticos de Europa se encontraron con el ministro de Exteriores de Irán, Abás Araqchí, para tratar de buscar una salida diplomática al conflicto sobre el programa nuclear iraní que pusiera fin a la guerra abierta con Israel y evitara una escalada con la intervención de Estados Unidos. Había si no optimismo, sí cierto alivio en el ambiente, después de que la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, declarara la víspera que el presidente Donald Trump se daba dos semanas para decidir si bombardeaba las instalaciones nucleares iraníes. “Dos semanas para negociar”, tituló el Washington Post. Parecía una luz en medio del túnel.

Pero no había ninguna luz. Ni dos semanas, ni nada. Porque mientras el viernes 20 los jefes de Exteriores de Alemania, Johann Wadephul; Francia, Jean-Noël Barrot; Reino Unido, David Lammy, y la Unión Europea, Kaja Kallas, se reunían con su homólogo iraní, la fuerza aérea de EE.UU. había enviado ya a las bases de Rota y Morón los aviones cisterna que iban a abastecer en vuelo a los bombarderos B-2 que se preparaban para bombardear Irán la noche del día siguiente. Ya podía salir esperanzado del encuentro el alemán Wadephul -Teherán, dijo, estaba abierta a discutir sobre “todas las cuestiones esenciales”-, que las cartas estaban marcadas de antemano. El propio Trump lo dejó caer casi al mismo tiempo: “Europa no va a poder ayudar en este tema”, zanjó.

¿Europa no podía ayudar? Europa ya había ayudado, y mucho. Alemania, Francia y el Reino Unido se habían involucrado decisivamente en el 2015 para alcanzar un acuerdo con Irán para frenarcon el objetivo de frenar su programa nuclear, junto a EE.UU., Rusia y China. Era la época de Barack Obama y aquel acuerdo, que el premier israelí Beniamin Netanyahu odiaba con todas sus fuerzas, fue roto unilateralmente por Trump en el 2018, en su primer mandato. Ahora, el presidente norteamericano -infantilmente obsesionado con tener el Nobel de la Paz- quería firmar él su propio acuerdo con Irán, pero Netanyahu abortó esta posibilidad con su ataque y acabó arrastrando al propio Trump a su terreno. No es que Europa no pueda ayudar, es que Trump no ha querido.

El episodio es absolutamente revelador del ninguneo y menosprecio que el presidente de EE.UU. siente por sus aliados europeos, a los que quiere dejar absolutamente al margen en todos los asuntos internacionales. Rompiendo una tradición,Trump no avisó personalmente a ninguno de sus aliados europeos del lanzamiento del ataque a Irán, a ninguno. Como si fueran para él un montón de trastos inservibles olvidados en un desván.

Lo sucedido con el ataque a Irán no es el primer sinsabor que Europa tiene con el actual inquilino de la Casa Blanca. En lo concerniente a Oriente Medio -ya sea el dossier iraní o el conflicto israelo-palestino-, Trump ha mostrado repetidas veces su escaso interés en involucrar a los europeos. Quedó claro durante la última cumbre del G-7 en Alberta (Canadá), los pasados 16 y 17 de junio, que abandonó antes de hora, ignorando también la llegada del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. De hecho, el primer y más grave desencuentro entre Europa y EE.UU. ha sido con la guerra de Ucrania. Trump no sólo ha comprado las tesis del ruso Vladímir Putin sobre el origen del conflicto, sino que, en su objetivo de lograr el fin de la guerra, ha prescindido de la opinión y la acción de sus aliados y ha optado por conducir el asunto bilateralmente y de forma personal. Hasta ahora sin ningún éxito, por cierto.

La actitud prepotente de Trump hacia Europa, y la reacción en general servil de los europeos, alcanzó su paroxismo esta semana en la cumbre de la OTAN, en la que sus miembros han aceptado casi sin rechistar la imposición arbitraria de un objetivo de gasto militar equivalente al 5% del PIB por el capricho del presidente de EE.UU., cuyo compromiso con la seguridad del continente sigue siendo ambiguo e impreciso. Solo España, en gran medida por razones de política interna, plantó cara al emperador, lo que le ha merecido toda suerte de amenazas. Es difícil, no obstante, que la gallardía -ya se verá si quijotesca- del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, pueda compensar el vergonzoso vasallaje del secretario general de la OTAN, el ex primer ministro neerlandés Mark Rutte, convertido en una suerte de cheerleader trumpista.

En la visión de Donald Trump, amante de la ley del más fuerte, el mundo debe estar regido por un puñado de grandes potencias, gobernadas por hombres fuertes y con sus respectivas esferas de influencia reconocidas. El ruso Vladímir Putin, el chino Xi Jinping y él mismo encajan en el molde de estos nuevos señores del mundo, en una perspectiva casi feudal de las relaciones internacionales. ¿Y Europa? Europa no es una gran potencia -aunque podría serlo- y su voz es cada vez menos escuchada.

Como apunta el politólogo Pol Morillas, director del Cidob, en su reciente libro Al pati dels grans (En el patio de los mayores), hay una brecha entre las ambiciones de la UE y su capacidad real de acción, lastrada por sus divisiones estratégicas -que el principio de la unanimidad agrava-, la falta de unos presupuestos a la altura de las circunstancias y la ausencia de instrumentos clave en materia de seguridad y defensa. Ser una potencia comercial y reguladora no basta. “Europa ha declarado ser poder antes de ser potencia”, escribe Morillas, pero para serlo realmente “necesitará mejorar sus capacidades y dosis mayores de integración política”. Y una parte de los propios gobiernos europeos juegan a la contra.


APUNTES

Israel, laissez faire. Un reciente informe del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) ha concluido que Israel está incumpliendo sus obligaciones en materia de respeto y protección de los derechos humanos en Gaza. Una mayoría de 17 países de la UE forzó la elaboración de este informe con el objetivo de proponer medidas contra el Gobierno de Beniamin Netanyahu por incumplir uno de los aspectos esenciales del Acuerdo de Asociación entre Israel y la UE. Sin embargo, la falta de consenso entre los 27 -España aboga por suspender el acuerdo, mientras Alemania lo rechaza- hará que todo quede en agua de borrajas. La cumbre de ayer decidió pasar de puntillas sobre el asunto por la división existente.

Ucrania olvidada. Las guerras en Oriente Medio -en Gaza, en Líbano, en Irán- han oscurecido otro conflicto que, sin embargo, sigue fuertemente activo, con su rosario de muerte y destrucción. Casi tres años y medio después de la invasión rusa, la guerra de Ucrania sigue su curso sin que nadie, aparentemente, recuerde ya los últimos intentos de pactar un alto el fuego. En los últimos meses, el ejército ruso ha utilizado abundantemente una nueva arma, el dron suicida de origen iraní Shahed-136, que lanza en oleadas masivas para bombardear sus objetivos saturando las defensas antiaéreas ucranianas. Cada unidad cuesta solo 20.000 dólares, pero se ha convertido en una auténtica pesadilla.

Agenda ultra en Lisboa. La presión del partido de extrema derecha Chega, que liderado por André Ventura se convirtió en las elecciones del pasado mes de mayo en la segunda fuerza de Portugal, ha empezado a marcar la política del Gobierno conservador de Luís Montenegro, quien parece haber acabado por asumir el discurso que vincula inmigración con delincuencia. El Ejecutivo se ha estrenado con la aprobación de un paquete de medidas sobre inmigración que, entre otras cosas, incluye la retirada de la nacionalidad a los naturalizados condenados a penas de al menos cinco años de cárcel. Hace poco tiempo, cuando Chega presentó esta misma propuesta en el Parlamento en el 2020 no fue ni admitida a trámite por haber sido considerada inconstitucional.


 

domingo, 22 de junio de 2025

El retorno de las fronteras










Newsletter 'Europa'

En su impactante libro de memorias El mundo de ayer, publicado póstumamente en 1942, el escritor austriaco Stefan Zweig rememoraba los tiempos anteriores a la hecatombe de la Primera Guerra Mundial, una época donde -entre muchas otras cosas- se podía viajar con total libertad. “El mundo entero se abría ante nosotros, podíamos viajar sin pasaporte ni permiso adonde nos diera la gana, nadie nos examinaba por razón de ideología, raza, origen o religión”, recordaba. Hoy lo más parecido que existe a ese mundo desaparecido es el llamado espacio Schengen de libre circulación en Europa.

Schengen es un pueblo vitivinícola luxemburgués situado a orillas del río Mosela, en un vértice junto a las fronteras de Alemania y Francia. Su posición geográfica, ya que no su historia, hizo que cinco de los países fundadores de la Unión –Alemania, Francia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo- firmaran allí el 14 de junio de 1985 el tratado que lleva su nombre, que instauraba la libertad de movimiento de todos los ciudadanos y la supresión de facto de las fronteras interiores.

El espacio Schengen se fue ampliando, a partir de ahí, en sucesivas oleadas -España se sumó en el 2000- hasta culminar con la incorporación a principios de este año de Bulgaria y Rumanía. Hoy atañe a una población de 450 millones de habitantes de 29 países, 25 de ellos de la Unión Europea -todos menos Irlanda y Chipre- y cuatro extracomunitarios -Islandia, Liechtenstein, Noruega Suiza-.

La libre circulación por Europa es uno de los signos más visibles de la integración europea -junto al euro- y de los más apreciados por los ciudadanos. Sin embargo, la conmemoración del 40º aniversario del tratado es más bien agridulce, en un momento en que su letra y su espíritu están siendo seriamente puestos a prueba. Con mil excusas y pretextos, pero bajo el común objetivo de frenar la inmigración ilegal, numerosos países han restablecido los controles fronterizos interiores.

La desaparición de las fronteras interiores tenía como contrapartida el refuerzo de las fronteras exteriores de la UE. Y a lo largo de los años se han puesto en marcha sucesivos instrumentos para poner en común una política tradicionalmente asociada a la soberanía nacional: el Sistema de Información Schengen (SIS), el Sistema Integrado de Vigilancia Externa (SIVE), la agencia Frontex y el pacto sobre inmigración y asilo (la última actualización del cual fue aprobada en abril de 2024 no sin fuertes discrepancias y con una entrada en vigor diferida hasta el 2026). Pero su funcionamiento es discutido.

Tan discutido que incluso aquellos países más fervorosamente europeístas se han acogido a las excepciones previstas en el propio tratado de Schengen para suspender temporalmente la libre circulación y restablecer los controles fronterizos. El problema es que se trata de una temporalidad que tiende a alargarse demasiado. Inicialmente, este mecanismo se utilizaba en momentos puntuales: una cumbre internacional o en caso de alertas por terrorismo. Pero desde el 2015, tras el alud de refugiados procedentes de Siria y Afganistán, el motivo principal es la inmigración.


En los últimos años, hasta una decena de países han restablecido los controles fronterizos, alegando amenazas a la seguridad o la necesidad de controlar la inmigración ilegal. No son pocos, ni insignificantes: Alemania, Austria, Bulgaria -nada más entrar, con su vecina Rumanía-, Dinamarca, Eslovenia, Francia, Italia, Noruega, Países Bajos y Suecia. El acuerdo de Schengen estipula que estas situaciones deben ser excepcionales y temporales -y así lo subrayaba una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) en un fallo del 26 de abril del 2022-, pero nadie hace demasiado caso y la Comisión Europea va renovando las autorizaciones mientras mira hacia otro lado.

La tendencia no es precisamente a corregir esta deriva, sino a profundizarla. Ante la presión creciente de la extrema derecha en materia de política migratoria, los gobiernos tienden a endurecer su legislación y su acción. Así, el primer ministro polaco, Donald Tusk, advirtió recientemente que podría sumarse también al club de las restricciones.

En esta línea, el ministro francés del Interior, Bruno Retailleau -nuevo líder de Los Republicanos y exponente del ala más próxima a la extrema derecha de la derecha presuntamente gaullista-, acaba de movilizar durante 48 horas a 4.000 agentes del orden para perseguir a inmigrantes ilegales en ferrocarriles y estaciones de tren, en una operación de evocaciones trumpistas. Ignorante, al parecer, de lo estipulado por Schengen -del que Francia es país impulsor-, ha anunciado asimismo la creación de una “fuerza de frontera” para extremar los controles.

La progresiva transformación de Europa en una fortaleza -para algunos, insuficiente- se está haciendo además a costa de una espeluznante tragedia humana en el Mediterráneo, donde han perecido o desaparecido desde el 2014 más de 75.000 migrantes, según datos oficiales de la ONU. “Si los acuerdos de Schengen constituyen un avance extraordinario en la vía de la supresión de las fronteras para los europeos, parecen haber agravado, en un clima de crecimiento del miedo y la afirmación de los soberanismos, el respeto de los derechos humanos alrededor de las fronteras exteriores de Europa”, constataba con motivo del 40º aniversario la Fundación Schuman. Es la otra cara de Schengen.

· Retorno a Europa. Dos días antes de que un puñado de países firmara el acuerdo de Schengen, que instauró la libre circulación entre países europeos por encima de las fronteras, España firmaba su ingreso en la que acabara convirtiéndose en la Unión Europea. Cuarenta años después, pese a que la conmemoración quedó deslucida por la lucha partidista, la adhesión de España a Europa suscita un amplio consenso entre los españoles, que se cuentan entre los más europeístas del continente: siete de cada diez se sienten vinculados a la identidad europea. La incorporación a la construcción europea fue, en España, una aspiración colectiva vinculada a la recuperación de la democracia tras la larga dictadura franquista, doble cara de una misma moneda.

· ¡Viva la aceleración! Acelerar, acelerar… parece ser el nuevo mantra en las difíciles negociaciones comerciales entre la UE y Estados Unidos. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el presidente Donald Trump se encontraron por primera vez esta semana en la cumbre del G-7, en Canadá, y acordaron “acelerar” las negociaciones. De hecho, en su primera conversación telefónica, el pasado 26 de mayo, acordaron exactamente lo mismo: “acelerar”. El problema no es el ritmo, sino la resistencia de la UE a acceder a algunas de las demandas de Washington. Trump, que se muestra irritado con esta resistencia, ha puesto el 9 de julio como fecha límite para llegar a un acuerdo que él considere justo para EE.UU. Si no, volverá la guerra de los aranceles.

· Macron en el Ártico. Crecientemente absorbido por la crisis de Oriente Medio, que ha derivado en los últimos días en una guerra abierta entre Israel e Irán, Donald Trump parece haberse olvidado momentáneamente de sus ambiciones territoriales sobre Groenlandia, territorio ártico que pertenece a Dinamarca. El presidente francés, Emmanuel Macron, no lo ha olvidado y aprovechó su viaje hacia Canadá para participar en la cumbre del G-7 para hacer una escala en Groenlandia y expresar su apoyo y solidaridad a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen. “Es importante que Dinamarca y los europeos se comprometan con este territorio, que tiene gran importancia estratégica y cuya integridad territorial debe respetarse”, declaró.

domingo, 15 de junio de 2025

La pasión turca

'Visión periférica' 

El giro de la política exterior de EE.UU. con Donald Trump ha revalorizado a ojos de Europa la relación con Turquía, poseedora del segundo mayor ejército de la OTAN. Erdogan es un aliado incómodo pero cada vez más imprescindible.

 

El lenguaje corporal suele ser traicionero. Puede causar malentendidos o crear situaciones embarazosas. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha sufrido recientemente varias contrariedades de este tipo. Y aunque la más replicada en todo el mundo fue la bofetada cómplice que le dio su mujer, Brigitte, a su llegada en visita oficial a Vietnam, la de mayor significado político fue el extraño saludo que le brindó el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en la reunión de la Comunidad Política Europea celebrada el 16 de mayo en Tirana (Albania)

Macron, siempre efusivo, tomó con las dos manos las de su homólogo turco, quien aprovechó la circunstancia para retenerle uno de sus dedos durante unos largos segundos. El anómalo gesto fue interpretado en Turquía como una demostración de poder y percibido en Francia como una humillación. Fue, en cualquier caso, una metáfora perfecta de la dependencia de la Unión Europea respecto a Turquía, un aliado tan incómodo como imprescindible. El sultán Erdogan tiene a Europa pillada por los dedos.

Las relaciones entre la UE y Turquía no son fáciles y han pasado por numerosos altibajos. Aliada en la OTAN y candidata oficial a la adhesión al club desde 1999 –aunque las negociaciones están suspendidas desde hace ya seis años–, las profundas discrepancias en política internacional y la deriva autoritaria del régimen de Erdogan han alejado a Turquía de una integración que algunos países europeos ven ya de por sí con enorme recelo.

En los últimos años Erdogan, aun manteniendo sus vínculos occidentales, se ha lanzado a practicar una política exterior multipolar, incrementando sus tratos comerciales con Asia y África,  manteniendo sus relaciones con Rusia –negándose a aplicarle sanciones, aunque armando a Ucrania– y ejerciendo, cada vez más, un papel de potencia regional decisiva en Oriente Medio (como se ha visto con su participación en la caída de Bashar el Asad en Siria). Muestra de esta geometría  variable, Ankara se ha sumado al proyecto chino de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road) e incluso ha solicitado la incorporación al grupo de países emergentes BRICS, que pretenden erigirse en un polo económico y político alternativo al occidental liderado por Estados Unidos.

Por un lado, Turquía parece estarse alejando de Europa pero, por otro, mantiene vínculos cada vez más estrechos. El proceso de adhesión sigue  congelado –el Parlamento Europeo votó en mayo mantenerlo suspendido debido a los retrocesos democráticos en el país–, pero para  la UE se ha convertido en un socio indispensable en asuntos cruciales como la inmigración y –cada vez más– la defensa.

Un momento fundamental fue la gran oleada de refugiados que se dirigieron a Europa en 2015 huyendo de la guerra civil en Siria. Para aliviar esta presión, los 27 suscribieron en 2016 un controvertido acuerdo con Ankara por el cual se comprometía a cerrar el paso a los inmigrantes camino de la UE a cambio de compensaciones económicas –hasta ahora, 9.000 millones de euros– para sostener a los refugiados sirios acogidos en su territorio (hoy, tres millones). Desde entonces, el control de la frontera otorga a Erdogan un poderoso medio de presión sobre Europa.

El papel de Turquía se ha revalorizado aún más con el espectacular giro político de EE.UU. tras el retorno de Donald Trump, cada vez menos comprometido con la seguridad del continente. Ante la progresiva desconexión norteamericana y la amenaza rusa, contar con Ankara resulta esencial. Además de su importante posición geoestratégica, Turquía tiene el segundo mayor ejército de la OTAN –más de 800.000 efectivos, de los cuales 335.000 en activo, según el informe de Global Firepower– y una pujante y moderna industria de defensa –con el dron Bayraktar TB2 como producto estrella–.

Muestra del creciente interés europeo es el hecho de que la Comisión haya incorporado a Turquía –junto a otros países extracomunitarios como el Reino Unido y Noruega– al nuevo programa de defensa SAFE, dotado con 150.000 millones de euros, o que Ankara haya sido convocada a las cumbres de seguridad que, promovidas por París y Londres, tratan de articular una coalición de voluntarios para enviar tropas a Ucrania en misión de paz en caso de un acuerdo para poner fin a las hostilidades. Aquí, Turquía juega un papel doblemente importante, al actuar como mediador en las negociaciones entre rusos y ucranianos.

En este proceso de aproximación, que podría culminar en un acuerdo de defensa, Erdogan ha allanado el camino arreglando las relaciones –históricamente tumultuosas– con Grecia, con cuyo primer ministro, Kiriakos Mitsotakis, firmó en diciembre del 2023 una Declaración de Amistad con una serie de acuerdos bilaterales, y reforzando sus vínculos económicos y comerciales –así como la cooperación armamentística– con Italia, sellado con Giorgia Meloni el pasado mes de abril en Roma.

En esta arcadia feliz la gran disonancia es la situación interna en Turquía, donde el endurecimiento del régimen lo acerca cada vez más a una autocracia en toda regla. La detención, el pasado mes de marzo, del alcalde de Estambul y principal rival político de Erdogan de cara a las elecciones del 2028, Ekrem Imamoglu –acusado de corrupción y terrorismo–, seguida por varias oleadas de arrestos, ha representado un grave punto de inflexión. Confrontada a esta deriva antidemocrática, que el jefe del opositor Partido Republicano del Pueblo (CHP) Özgür Özel, ha calificado de “golpe de Estado”, la reacción de Europa ha sido  más que tímida. Ha habido declaraciones de condena y una llamada a respetar los derechos humanos, claro. Pero no ha pasado de aquí. El pragmatismo más descarnado se ha impuesto.



Pentecostés antieuropeo

Newsletter ‘Europa’

Los ultras de Patriotas por Europa apuestan por un vuelco en Francia para dar el asalto a la UE


El Lunes de Pentecostés los cristianos celebran el advenimiento del Espíritu Santo. Coincidiendo con esta festividad, el pasado lunes los líderes del grupo europeo de extrema derecha Patriotas por Europa se reunieron en una pequeña localidad del centro de Francia, Mormant-sur-Vernisson, para conmemorar el primer aniversario de las elecciones que auparon al Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen a la condición de primera fuerza política francesa y hacer votos por el futuro advenimiento de una presidenta (o presidente) ultra en el Elíseo. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, lo dejó sucintamente claro: “Sin vosotros, no podremos ocupar Bruselas”. La conquista de la Unión Europea para desmantelarla desde dentro, objetivo común y declarado de los nacionalistas euroescépticos, pasa por su victoria en Francia.

Le Pen, provisionalmente inhabilitada por una sentencia judicial en un caso de financiación ilegal -pendiente de recurso-, presentó su condena como una maniobra de los poderes ocultos para frenar su llegada al Elíseo. Lo cierto, sin embargo, es que su situación personal no ha afectado para nada a las expectativas electorales del RN, tanto si la candidata a las elecciones presidenciales del 2027 es ella o si se ve obligada a delegar en su delfín, Jordan Bardella. El papel de víctima, en todo caso, da votos. A modo de homenaje unánime -o jubilación anticipada-, sus socios europeos le otrogaron el título de presidenta de honor de Patriotas por Europa.

La posibilidad de que Francia tuviera un presidente de extrema derecha siempre había parecido un ejercicio de política-ficción. El sistema electoral francés, a doble vuelta, había funcionado hasta ahora como un cerrojo aún en aquellas ocasiones en que el candidato ultra había logrado pasar a la segunda vuelta (Jean-Marie Le Pen en 2002, su hija Marine en 2017 y 2022). Sin embargo, esto va camino de cambiar. A falta de un candidato sólido a derecha o izquierda, y con los dos grandes partidos históricos -Los Republicanos (LR) y el Partido socialista (PS)- en estado crítico, el RN encabeza hoy todos los sondeos para la primera vuelta con entre el 30% y el 34% de los votos. Y la mayoría de las encuestas, y eso es lo nuevo, le da también ganador en la segunda vuelta.

De producirse un resultado así dentro de dos años sería un terremoto político de incalculables consecuencias. Para Francia, por supuesto. Pero para Europa también, porque perdería uno de sus dos pilares fundamentales. El discurso de Le Pen y Bardella es claramente hostil a la Unión Europea, que presentan como un “imperio” opresivo que ahoga a las naciones y al que hay que combatir. El RN ya no abona el Frexit, ni la salida del euro, sino la reducción de la UE a la mínima expresión. “No queremos abandonar la mesa. Queremos terminar la partida y ganarla, tomar el poder en Francia y en Europa para devolvérselo a los pueblos”, expuso Le Pen ante los 5.000 simpatizantes de extrema derecha que acudieron a la bautizada como Fiesta de la Victoria.

A la cita de Mormant-sur-Vernisson, una aldea rural de apenas 150 habitantes, acudió lo más granado de la extrema derecha europea. Además del húngaro Viktor Orbán, allí estaban el italiano Matteo Salvini, el checo Andrej Babis, el flamenco Tom Van Grieken –“Si Francia se levanta, Europa seguirá”, vaticinó- y el español Santiago Abascal, entre otros. El líder de Vox, además de arremeter contra el “gobierno criminal” de Pedro Sánchez, atacó las “imposiciones globalistas” de Bruselas, que en su opinión reduce a los países miembros a un estado de “esclavitud”.

El segundo hilo conductor de todos los oradores -estrechamente vinculado al primero- fue el de la inmigración, presentada como la némesis de Europa. En mayor o menor medida, el grupo parece haber asumido la tesis conspiracionista del “gran reemplazo”, según la cual habría un programa político orquestado para sustituir progresivamente a la población cristiana europea por musulmanes. Quien más explícitamente aludió a ello fue Orbán: “Hay un intercambio organizado de poblaciones para reemplazar el sustrato cultural de Europa (…) No les dejaremos destruir nuestras ciudades, violar a nuestras hijas y nuestras mujeres, matar a ciudadanos pacíficos”, dijo en tono trumpista.

Los demás siguieron una letanía parecida. Aludiendo al pacto migratorio europeo, le Pen denunció un “pacto con el diablo, un pacto de sumersión migratoria, un pacto de dilución demográfica, un pacto de desaparición cultural de Europa”. Salvini habló de “una invasión de clandestinos, principalmente islamistas, financiada y organizada en el silencio de Bruselas”. Y Abascal reivindicó la soberanía nacional para decidir quién entra y para “acompañar a las familias europeas, no para reemplazarlas”.

El gran ausente del aquelarre ultra fue el neerlandés Geert Wilders -quien envió su intervención grabada en vídeo-, demasiado ocupado con la crisis política que ha desencadenado en los Países Bajos al romper el pacto de coalición y hacer caer al Gobierno. El líder del Partido para la Libertad (PVV) rompió formalmente la baraja en desacuerdo con la supuesta tibieza del Ejecutivo en materia de inmigración, aunque todo indica que su interés último era forzar nuevas elecciones -que se celebrarán el 29 de octubre- en un nuevo intento por lograr ser primer ministro, cosa que no consiguió tras los comicios del año pasado pese a ser el más votado. Pero con un 21% de intención de voto -solo dos puntos por encima de su inmediato seguidor- y con unos potenciales socios de gobierno irritados con él no parece que ahora lo vaya a tener más fácil.

 

APUNTES

Voto de confianza en Polonia. El primer ministro polaco, el conservador Donald Tusk, ha salido reforzado esta semana al ganar -por 243 a 210 votos- la moción de confianza que había presentado en el Parlamento para reforzar su Gobierno tras el batacazo de las elecciones presidenciales, en las que ganó ajustadamente el candidato ultranacionalista Karol Nawrocki. Al frente de una coalición que va de la derecha al centroizquierda, Tusk habrá logrado cerrar filas con los suyos, pero el escenario político no ha cambiado, con un jefe del Estado que -como el anterior, también de Ley y Justicia (PiS)- podrá seguir imponiendo su veto a algunas de las reformas del Ejecutivo.

Acuerdo en Gibraltar. Nueve años después de que los británicos decidieran en referéndum abandonar al Unión Europea, uno de los últimos flecos del Brexit ha quedado resuelto con la incorporación de Gibraltar al espacio Schengen de libre circulación. El ministro español de Exteriores, José Manuel Albares; su homólogo británico, David Lammy; el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, y el ministro principal del Peñón, Fabian Picardo, llegaron a un acuerdo definitivo -con detalles que deberán perfilarse ahora- por el cual desaparecerá la Verja y los controles fronterizos en el puerto y el aeropuerto serán conjuntos.

Más presión sobre Rusia. La Comisión Europea presentó esta semana el 18º paquete de sanciones contra Rusia por la guerra de Ucrania, cuyo objetivo es forzar al régimen de Vladímir Putin a sentarse a negociar de verdad un alto el fuego (hasta ahora, las conversaciones con los ucranianos solo han dado como resultado el intercambio de prisioneros). Las nuevas sanciones prohíben todo tipo de transacciones relacionadas con los gasoductos Nord Stream 1 y 2 -que, de todos modos, están paralizados- y, lo más importante, imponen una rebaja sustancial del precio del petróleo –de los 60 dólares por barril actuales a los 45 dólar- que la UE pagará por el crudo ruso.

 

 

lunes, 9 de junio de 2025

El voto del campesino polaco

Newsletter ‘Europa’

La victoria ultranacionalista en las presidenciales de Polonia fragiliza un puntal de la UE


Fue por un pelo, pero el resultado es inapelable. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebrada en Polonia el pasado domingo, el candidato nacionalista y ultraconservador Karol Nawrocki -independiente en las filas del partido Ley y Justicia (PiS), actualmente en la oposición-, venció por la mínima al liberal y europeísta Rafal Trzaskowski, alcalde de Varsovia y candidato de la Plataforma Cívica del primer ministro, Donald Tusk. Fue por un ajustado 50,9% a 49,1%, menos de un punto de diferencia, apenas 370.000 votos sobre más de 10 millones cada uno. Pero representó un serio revés para Donald Tusk. Y también para la Unión Europea.

Sobre el papel, apenas nada ha cambiado. El presidente saliente, Andrzej Duda, también era del PiS. Pero para Tusk ese es justamente el problema, que todo sigue igual. Porque el desalojo de los nacionalpopulistas de la jefatura del Estado era imprescindible para desbloquear la acción del Gobierno. El primer ministro confiaba en lograrlo con Rafal Trzaskowski, que en la primera vuelta acabó con una ligera ventaja. Pero el asalto definitivo al último reducto de poder del partido de Jaroslaw Kaczynski fracasó.

En Polonia, el presidente tiene cierto poder de veto sobre las leyes aprobadas por el Parlamento -solo superable con el apoyo de las tres quintas partes de la cámara, el Sejm- y Duda lo ha utilizado para obstruir algunas de las grandes reformas impulsadas por el Gobierno. Entre ellas, y fundamentalmente, la reversión de la reforma judicial impulsada por el PiS, que le valió a Varsovia sanciones europeas por atentar contra la independencia de los jueces y los principios del Estado de Derecho. La victoria de Karol Nawrocki consolidará este proceder. Y, a tenor de sus declaraciones, puede agravarlo.

Bruselas quiere creer que Polonia mantendrá sus compromisos con Europa, pero la debilidad del Gobierno no se lo va a poner fácil. Y Nawrocki no es un perfil muy tranquilizador. Presidente del Instituto de la Memoria Nacional -un instrumento de la reescritura de la Historia de acuerdo con la visión nacionalista-, euroescéptico notorio -“Polonia primero”, es su lema-, crítico con la agenda verde europea y el pacto migratorio, era el candidato declarado del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien lo recibió con parabienes en la Casa Blanca en plena campaña electoral.

Quinto país por población (37,8 millones de habitantes), sexta economía y sexta potencia militar de la UE, Polonia es un pilar fundamental de la Unión, cuyo papel central en la antigua Europa del Este se ha revalorizado con la guerra de Ucrania y la amenaza que representan las ansias expansionistas de la Rusia de Vladímir Putin. Cualquier vacilación en este frente puede hacer tambalear toda la estructura. Hasta ahora, Polonia ha sido la punta de lanza de la ayuda europea a Ucrania, canalizando la entrega de armamento y acogiendo a un millón de refugiados. Pero eso puede cambiar. Nawrocki es favorable a mantener la ayuda militar a Kyiv, pero defiende recortar las prestaciones a los refugiados y rechaza los planes de adhesión de Ucrania a la OTAN.

Ante este tropiezo, Donald Tusk se someterá a una cuestión de confianza en el Parlamento el próximo día 11 con el objetivo de reforzar la legitimidad del Ejecutivo. Y en principio ha descartado disolver la cámara y convocar elecciones anticipadas. “Las elecciones se harán cuando toca, dentro de dos años y medio”, ha dicho. O sea, en 2027. Avanzarlas serían probablemente lo más parecido a un suicidio político. La victoria liberal-europeísta de octubre del 2023, recibida con gran esperanza en gran parte de Europa, fue un poco un espejismo: el PiS perdió la mayoría absoluta -y con ella el poder-, pero fue entonces la fuerza política más votada. Y lo sigue siendo hoy. El Gobierno actual, fruto de la coalición de tres partidos, se asienta sobre una mayoría frágil.

Las elecciones del pasado domingo han confirmado de nuevo la fractura y extrema polarización que existe en Polonia. Hay una clara división política y electoral entre el este y el oeste del país, entre las zonas rurales y las ciudades, entre los segmentos de población menos instruidos y los que tienen estudios superiores. Entre los primeros arrasó Nawrocki, mientras el alcalde de Varsovia ganaba de largo entre los segundos. Conservador, tradicionalista, profundamente católico, resentido con las élites urbanas, desconfiado hacia Bruselas -política climática, acuerdo comercial con el Mercosur- y dolido por las ventajas concedidas a los ucranianos -ya sean las prestaciones a los refugiados o las facilidades a las importaciones de grano-, el campesino polaco ha impuesto su malestar en las urnas.

La gran novedad de este escrutinio ha sido el ascenso de fuerzas de extrema derecha más radicales que el PiS, que en la primera vuelta lograron más del 20% de los votos -Confederación, el 14,8% y Corona, el 6,3%-, en parte debido al voto joven. Como subraya Alicja Ptak, de Notes from Poland, más de la mitad de los jóvenes apoyó en la primera vuelta a grupos antisistema, como el citado Confederación o el izquierdista Juntos, y en la segunda la mayoría se decantó por el candidato ultranacionalista. Una tendencia poco favorable a la Polonia europeísta.


APUNTES

Cae el Gobierno neerlandés. La compleja coalición que sostenía al Gobierno de los Países Bajos, presidido por el independiente Dick Schoof como primer ministro, saltó por los aires esta semana a causa de la decisión del líder ultraderechista Geert Wilders de retirarle su apoyo alegando una -a su juicio- falta de firmeza en la política migratoria. Wilders, jefe de filas del Partido de la Libertad, disentía también sobre la propuesta de aumentar el gasto de defensa. Pocas horas después, Schoof presentó su dimisión, lo que conducirá a unas nuevas elecciones, probablemente en octubre.

Londres quiere más submarinos. Quien no tiene reparos en aumentar el gasto militar es el primer ministro británico, Keir Starmer, quien ha anunciado la inversión de 18.000 millones de euros en la renovación de su arsenal nuclear y la construcción de doce submarinos de ataque (hasta llegar a la cifra de 16, cuatro de ellos capaces de llevar armas atómicas), así como el desarrollo de 7.000 armas adicionales (entre ellas drones). El Gobierno británico tiene previsto aumentar el gasto militar hasta el 2,5% del PIB para el año 2027, lejos todavía de lo que EE.UU. exige a sus aliados de la OTAN.

Multa a las ‘delivery’. La Comisión Europea ha multado a las empresas de reparto de comida a domicilio Glovo –con sede en Barcelona– y la alemana Delivery Hero por haber integrado durante cuatro años un cártel para repartirse los mercados nacionales de la distribución de alimentos y productos en línea, compartir información sensible y no robarse empleados mutuamente. La sanción impuesta por Bruselas es de 329 millones para ambas empresas. De estos, Glovo deberá pagar 106 millones (calculado sobre la base del 10% de su facturación anual mundial) y Delivery Hero 223 millones. La cuantía de la multa ha sido acordada con las empresas, que se han beneficiado de un 10% de descuento por haber reconocido las infracciones.

 

domingo, 1 de junio de 2025

La maldición de Amalec

Visión periférica 

Netanyahu ha invocado el mito bíblico de Amalec, encarnación de los enemigos de Israel, para justificar la guerra de Gaza como una lucha entre el bien y el mal. Su respuesta a Hamas también es bíblica: venganza y exterminio.

 

En la tradición religiosa judía, Amalec representa el mal absoluto. La Biblia hebrea y el Antiguo Testamento presentan al rey de los amalecitas –tribu que, según las escrituras, hostigó a los israelíes durante su éxodo de Egipto– como el enemigo por antonomasia del pueblo de Israel, al que la propia divinidad alienta a combatir hasta borrar de la faz de la Tierra. Hay quienes han interpretado esta figura como una metáfora del mal, del alejamiento de Dios. Pero históricamente ha sido utilizada para designar a los enemigos materiales del pueblo judío. “Recordad lo que Amalec os hizo” es  una exhortación recurrente, que figura, por ejemplo, en el Memorial del Holocausto Yad Vashem, en Jerusalén.

El primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu –muy inclinado a las evocaciones bíblicas–, describió tiempo atrás la guerra de Gaza contra la milicia islamista de Hamas como un episodio más de la legendaria  lucha contra Amalec. La alusión suscitó un escándalo fuera de Israel, donde se asimiló a un intento de justificar el genocidio contra el pueblo palestino.

El peligro de invocar los textos sagrados está en su literalidad. Sobre todo cuando la divinidad se presenta en su forma más violenta, cruel y vengativa. Baste un fragmento del Libro de Samuel (1 Samuel 15): “Samuel dijo a Saúl: El Señor me ha enviado a ti, para ungirte rey sobre su pueblo Israel. Escucha las palabras del Señor. 2 Así dice el Señor del universo: Voy a pedir cuentas a Amalec de lo que hizo a Israel, cerrándole el camino, cuando subía de Egipto. 3 Ve ahora y bate a Amalec. Entregaréis al anatema todo cuanto tiene, sin perdonarlo. Darás muerte a hombres y mujeres, a muchachos, niños de pecho, a vacas y ovejas, a camellos y asnos”. Según el relato bíblico, Saúl exterminó sin piedad a todo el pueblo de Amalec, pero perdonó a su líder, Agag, y a algunos animales, lo que le valió el castigo de Dios y la pérdida de su cetro de rey.

Viendo la barbarie con que el Israel de hoy está vengando el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre del 2023 –que se saldó con 1.200 muertos y más de 250 secuestrados, algunos de ellos todavía en manos de sus captores– se diría empeñado en reproducir a rajatabla las atrocidades bíblicas. Acaso el mito de Amalec esconda en el fondo una maldición: la de convertir a las víctimas en verdugos.

Tras 600 días de guerra, la ofensiva militar israelí en Gaza ha matado a más de 54.000 palestinos –la mayoría civiles, con miles de mujeres y niños entre las víctimas–, ha sometido a los gazatíes a un bloqueo que amenaza con causar una hambruna pavorosa y ha arrasado más de la mitad del enclave. Asediados por las bombas del ejército israelí, forzados una y otra vez a desalojar sus hogares y sus improvisados asentamientos, privados de ayuda humanitaria, los palestinos están viviendo un infierno sin que nadie mueva un dedo, y menos que nadie EE.UU. y Europa.

Lastrada en gran medida por las culpas de Alemania y sus aliados bajo el nazismo, la UE apenas ha alzado la voz. Solo en los últimos días el canciller Friedrich Merz –y, a rebufo, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen– han empezado a criticar a Israel. Canadá, Francia y Reino Unido han instado al Gobierno de Netanyahu a detener la ofensiva militar, bajo amenaza de tomar “medidas concretas”, y España ha propuesto la imposición de un embargo de armas y de sanciones. Pero, hasta el momento, no ha habido nada tangible. La presión tampoco ha hecho mella en Netanyahu. Lejos de ahí, ha acusado a los europeos de complicidad con Hamas.

El premier israelí y sus socios ultraderechistas se dicen “horrorizados” –con razón– por el asesinato de dos miembros de la embajada israelí en Washington por un activista propalestino mientras asisten impávidos –si no regocijados– al baño de sangre que están perpetrando en Gaza. Reproduciendo los mecanismos que los propios judíos han sufrido históricamente, los extremistas israelíes se han dedicado a deshumanizar a los palestinos –“animales humanos”, los han llamado– y a atribuirles una culpa universal que alcanza a la nación entera, sin distinguir entre combatientes o civiles, hombres o mujeres, adultos o niños. “Es una lucha de la civilización contra la barbarie”, ha dicho Netanyahu. Pero lo cierto es que la civilización, aquí, no se ve por ningún lado.

El Estado judío ha sido formalmente acusado ante la Corte Penal Internacional de genocidio y sobre Netanyahu recae una orden de arresto internacional. Dónde empieza y acaba el delito de genocidio es algo que los tribunales terminarán dirimiendo. Pero es indudable que el Gobierno israelí está embarcado en una política de exterminio cuyo objetivo es empujar a los palestinos al éxodo.

La destrucción programada de Gaza y lo que está sucediendo en Cisjordania –extensión de nuevos asentamientos,  hostigamiento violento contra  los palestinos, desplazamientos forzados de población– responden a un programa deliberado de limpieza étnica. El fin último es arrebatar definitivamente a los palestinos el único territorio que les queda y enterrar toda esperanza de un Estado palestino. Israel quiere quedarse con todo, con una tierra que consideran –lo ha dicho Netanyahu– les “pertenece desde hace 3.500 años”.

No es algo nuevo. En los años treinta y cuarenta, algunos sectores del movimiento sionista ya rechazaban la solución de dos estados –finalmente decidida por la ONU en 1947–, consideraban que la permanencia de los árabes nativos en Palestina suponía un obstáculo para la construcción del nuevo Israel y proponían abiertamente su “transferencia” a los países árabes vecinos. No cuajó ningún plan concreto al respecto, pero desde entonces esa idea ha poblado los sueños de la derecha ultranacionalista israelí. Y ahora creen haber visto la oportunidad de aplicarla.


¿Apaciguar al rey loco?

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La UE trata de salvar la negociación comercial con Trump pero las posiciones siguen muy distantes

 

La guerra arancelaria de Donald Trump contra el resto del mundo es lo más parecido a una ducha escocesa. El frío y el calor se suceden con un ritmo implacable. Europa lo sabe bien. Un día, el presidente de Estados Unidos ordena la aplicación de nuevas tarifas sobre las importaciones europeas, luego las suspende temporalmente para dar una oportunidad al diálogo, a continuación amenaza con subirlas todavía más porque no le gusta el tenor de las negociaciones y, todo, para volver a conceder inmediatamente una nueva tregua... En este baile solo faltaba que un tribunal federal bloqueara ahora todos los aranceles “recíprocos” anunciados por Trump en el pomposamente bautizado como el Día de la Liberación, dando al traste con su política de extorsión comercial.

La madrugada del jueves el Tribunal de Comercio Internacional de EE.UU. declaró ilegal la aplicación de aranceles decidida por el presidente, por entender que se excedió en sus atribuciones al invocar la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), de 1977, y dio diez días al Gobierno para aplicar efectivamente la medida. La intervención judicial dio un breve respiro a Europa (y a otros), pero en absoluto definitivo. La Casa Blanca apeló de urgencia y consiguió  una suspensión cautelar, mientras los tribunales dirimen el fondo de la cuestión.

La negociación comercial entre la UE y EE.UU. ha vivido esta última semana nuevos sobresaltos. El viernes 23 Trump expresó su hartazgo por el rumbo de las conversaciones y anunció la imposición de unos aranceles del 50% sobre las importaciones comunitarias a partir del 1 de junio. El lunes 26, tras una conversación telefónica con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, volvió a dejar su anuncio en suspenso y apostó por la reanudación de las negociaciones que él mismo había dado por rotas tan solo tres días antes. Fecha límite esta vez: el 9 de julio. Tras lo cual, y de no mediar acuerdo, la guerra comercial sería inevitable. Y quizá lo sea, dada la distancia que separa a ambas partes.

Bruselas ha propuesto a Washington dejar a “cero” los aranceles mutuos sobre los productos industriales, así como aumentar las compras europeas de productos estadounidenses por valor de 50.000 millones de euros (gas licuado, soja) con el fin de aliviar el déficit comercial de EE.UU. respecto a Europa que tanto preocupa a Trump. Pero no acepta las exigencias norteamericanas de suprimir la fiscalidad del IVA o derogar las regulaciones que afectan a las grandes tecnológicas.

Europa se ha mostrado hasta ahora extremadamente cautelosa y prudente. Y, si bien ha preparado dos paquetes de represalias -con aranceles suplementarios sobre productos de EE.UU. por valor de 26.000 y 100.000 millones de euros-, no ha aplicado hasta el momento ninguna contramedida. Washington, por su parte, mantiene las tarifas especiales sobre el acero, el aluminio y los automóviles (del 25%), así como los nuevos aranceles básicos generales para todo el mundo del 10%. Pero llegará un momento en que Europa deberá decidir si cede o planta cara.

No estaría de más recordar lo que ha pasado en los otros frentes comerciales abiertos por Trump. El más importante ha sido el entablado con China, el gran rival sistémico de EE.UU. Tras una escalada incontrolable que llevó a la imposición de unos aranceles del 145% por parte de Washington y del 125% por parte de Pekín como represalia, los mercados financieros -y en particular el de los bonos del Tesoro estadounidenses- forzaron al presidente norteamericano a dar marcha atrás y acordar una tregua. Mientras ambas partes negocian -para lo que se dieron 90 días, a contar a partir del 14 de mayo-, los aranceles respectivos han vuelto a parámetros más moderados: del 30% y del 10%.

Con el Reino Unido, el gran aliado de EE.UU., el país de la legendaria ‘relación especial’, el acuerdo ya alcanzado -anunciado el 8 de mayo- no es para lanzar cohetes por parte de Londres. El Gobierno del laborista Keir Starmer ha conseguido reducir los aranceles sobre los automóviles y eliminar los que pesaban sobre el acero y el aluminio, a cambio de abrir su mercado a los productos agrícolas norteamericanos, entre otras cosas. Pero no ha logrado sacarse de encima un arancel general del 10%, pese a que EE.UU. tiene aquí superávit comercial.

Con Europa, en cambio, tiene déficit (aunque existan cálculos inflados al respecto). En 2024, según datos oficiales de Bruselas, los intercambios comerciales entre EE.UU. y la UE alcanzaron los 865.000 millones de euros: Europa importó bienes por valor de 333.400 millones y exportó por 531.600 millones, lo cual arroja para Estados Unidos un déficit de 198.200 millones. Pero en el terreno de los servicios ocurre a la inversa: los norteamericanos obtuvieron en el 2023 un superávit de 108.600 millones (vendieron por 427.300 millones y compraron por 318.700 millones). El balance global, pues, dista mucho de ser tan negativo para EE.UU. como Donald Trump lo presenta.

El economista estadounidense Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, considera que el déficit comercial de Estados Unidos respecto a Europa, además de ser en parte ficticio -consecuencia de maniobras fiscales realizadas por algunas multinacionales a través de Irlanda-, es relativamente pequeño y, sobre todo, inocuo.

En una “Carta a Europa” publicada este lunes, Krugman aconseja a los líderes europeos que “no intenten apaciguar a Trump”. “No pueden hacer concesiones sustanciales, porque sus políticas hacia las exportaciones estadounidenses ya son bastante favorables. E incluso darle a Trump una victoria simbólica y sin sentido -prosigue- solo lo envalentonará”. Y concluye: “El mensaje para Europa es que se defienda. En comercio, en PIB, incluso en todo, excepto en la tecnología más avanzada, no dependen más de EE.UU. de lo que EE.UU. depende de ustedes. No hay nada que los obligue a complacer los delirios del rey loco de Estados Unidos”.

 

APUNTES 

Confianza en Europa. En estos momentos de crisis y desconcierto internacional, los europeos parecen encontrar más que nunca en la UE un referente sólido al que aferrarse. Así se desprende del último Eurobarómetro, según el cual el 52% de los ciudadanos de la Unión dice confiar en la UE, el resultado más alto desde el 2007 y muy por encima del que otorgan a los gobiernos de sus respectivos países (36%). Respecto a las amenazas comerciales procedentes de Estados Unidos, el 80% de los encuestados considera que la UE debe imponer aranceles como represalia en defensa de sus intereses.

Lenguas cooficiales. La falta de unanimidad en el seno de la UE ha vuelto a dejar sobre la mesa el reconocimiento de las lenguas cooficiales de España -catalán, euskera y gallego- como lenguas oficiales de la Unión. El Gobierno español contaba con obtener una posición favorable en la reunión del Consejo de Asuntos Generales del martes, pero ante las dudas expresadas por varios países -entre ellos, Alemania e Italia-, la presidencia polaca decidió posponer el asunto. El PP español, fiel a su hábito de utilizar las instituciones europeas como caja de resonancia de su combate contra el Gobierno, hizo gestiones entre bambalinas para hacer capotar la iniciativa.

Chega, segundo. El aparente empate producido en las elecciones de Portugal en la disputa por el segundo puesto, entre el Partido Socialista (PS) y la organización ultraderechista Chega, se ha roto en beneficio de este último. El recuento del voto de los portugueses residentes en el extranjero ha decantado el resultado, de modo que el partido de extrema derecha dirigido por André Ventura (con 60 escaños) ha quedado como segunda fuerza del Parlamento luso, largamente por detrás del conservados PSD (con 91) pero ligeramente por delante del PS (58), algo nunca visto.