domingo, 30 de marzo de 2025

Enemigo en la Casa Blanca



Newsletter ‘Europa’

¿Tiene sentido seguir considerando a Estados Unidos un aliado, a la vista del desdén y la animadversión que el gobierno de Donald Trump manifiesta hacia Europa? Críticas, amenazas, menosprecios, apetitos anexionistas… los gestos públicos de la nueva Administración norteamericana, en sus apenas diez semanas de vida, hacia sus históricos aliados europeos no han podido ser más negativos. Pero siempre cabía interpretarlo como una simple táctica negociadora para imponer los intereses de EE.UU. en sus renovados tratos con el continente, en la lógica “transaccional” que caracteriza -o caracterizaba- al presidente estadounidense. Sin embargo, la publicación de una conversación privada de los más altos cargos del Gobierno norteamericano, a propósito de la última operación militar en Yemen, ha revelado una hostilidad profunda.

Todo Washington anda escandalizado estos días por la divulgación de un chat privado, que debía suponerse del máximo secreto, donde los miembros más relevantes del Ejecutivo hablaban de los preparativos para atacar a las milicias hutíes de Yemen que amenazan el transporte marítimo por el estrecho de Bab el-Mandeb y el Canal de Suez (el ataque se produjo el pasado 15 de marzo y siguió en días posteriores). Ahí estaban el vicepresidente, J.D. Vance; el secretario de Defensa, Pete Hegseth; el consejero de Seguridad Nacional, Michael Waltz, y el secretario de Estado, Marco Rubio, entre otros. A la conversación, a través de la plataforma Signal -un medio no autorizado en estos casos por inseguro-, fue añadido además por error el jefe de redacción de The Atlantic, Jeffrey Goldberg, quien esta semana ha publicado el contenido.

Más allá del amateurismo de la nueva Administración, el intercambio muestra con crudeza la fijación del nuevo Gobierno norteamericano con Europa, a la que ataca a la mínima oportunidad venga o no a cuento. J.D. Vance no es el único, pero sí el más beligerante. El vicepresidente expresa en ese chat su rechazo a la operación militar en Yemen por entender que su objetivo era sacarle las castañas del fuego a la Unión Europea, mucho más perjudicada que EE.UU. por los ataques hutíes en el Mar Rojo (por donde, según sus datos, pasa solo el 3% del comercio norteamericano mientras que representa el 40% del europeo)

“No estoy seguro de que el presidente sea consciente de lo incoherente que (la operación) sería con su posición actual sobre Europa”, expone Vance, mientras aventura que “el público” tampoco lo entendería. Pese a sus reticencias, y a la vista de que estaba en minoría, el vicepresidente acaba por ceder: “Si crees que deberíamos hacerlo, adelante. Simplemente odio tener que rescatar a Europa otra vez”, concluye. El jefe del Pentágono, Pete Hegseth, le da la razón –“Comparto totalmente tu desprecio por cómo se aprovechan los europeos, es patético”, dice-, mientras otros participantes empiezan a plantear que Europa debería “remunerar” a Estados Unidos por su intervención militar.

Presentar la operación en Yemen como un servicio prestado a Europa -por más que los europeos resulten beneficiarios, al igual que China y otros países- solo puede ser atribuible a la ignorancia o a la mala fe. Es cierto que los ataques hutíes contra los barcos mercantes, lanzados a partir del otoño del 2023 como represalia por la guerra de Israel en Gaza, han afectado gravemente al transporte marítimo, que ha caído hasta un 60% por esta ruta, obligando a dar grandes rodeos. Y que Europa, aunque ha desplegado una flota de buques de guerra para escoltar a los mercantes (Operación Aspides), ha evitado implicarse en ataques militares (con excepción, en un primer momento, del Reino Unido). Pero también lo es que Estados Unidos está interviniendo en Yemen, desde hace al menos una década, en defensa de sus propios intereses estratégicos.

Los hutíes yemeníes, de confesión chií, integran -a través de la organización Ansar Allah (Partidarios de Dios)- uno de los brazos armados del llamado Eje de la Resistencia, el rosario de milicias -del que también forman parte la libanesa Hizbulah y la palestina Hamas- a través del que Irán interviene militarmente en la región. Y contra Irán, enemigo existencial de Israel y rival geopolítico de Arabia Saudí -los dos grandes aliados de EE.UU. en Oriente Medio-, es contra quien Washington actúa cuando ataca a los hutíes. Ya en 2015 intervino en la guerra civil yemení apoyando militarmente a la coalición liderada por los saudíes que invadió el país para frenar a los rebeldes. A raíz de la guerra en Gaza, los hutíes han atacado barcos mercantes pero también han lanzado misiles balísticos contra Israel. Este es el contexto real de la intervención americana, que no hace sino seguir los pasos de la Administración Biden.

Un antieuropeísmo militante, que flirtea a veces con la obsesión patológica, impregna el Gobierno actual de Washington. Para el analista norteamericano Ian Bremmer, EE.UU. no es ya que sea un aliado poco fiable para Europa, sino que ha devenido un “potencia hostil” y exigirá a los europeos un verdadero salto adelante. El nuevo escenario podía deducirse ya de las acciones y declaraciones públicas emitidas hasta ahora por la nueva Administración estadounidense, pero el Signalgate lo ha corroborado de forma cristalina.

Al frente de este movimiento antieuropeo se destaca nítidamente el vicepresidente J.D. Vance, quien ya mostró su inquina hacia la UE en el discurso inaugural que pronunció el pasado mes de febrero en la Conferencia de Seguridad de Munich y que después no ha perdido ocasión de reiterar (su última provocación es la visita programada para hoy, junto a su mujer, Usha, a Groenlandia, que Trump quiere anexionarse)

Nacido hace 40 años en el seno de una familia disfuncional de Ohio -con un padre desaparecido y una madre drogadicta, fue criado por sus abuelos y acabó graduándose en Yale gracias a una beca conseguida por prestar servicio en el ejército en Irak-, Vance saltó a la fama en 2016 al publicar un interesante retrato de las depauperadas clases trabajadoras blancas del Medio Oeste, Hillbily, una elegía rural (Deusto, 2016), base electoral fundamental del triunfo de Donald Trump en las elecciones de ese año.

J.D. Vance no era trumpista en esa época, todo lo contrario. Consideraba que el líder republicano era un “idiota”, un “imbécil cínico”, con afán de convertirse en el “Hitler de América”. Poco le duró esta opinión. Le bastó darse cuenta de que si quería hacer carrera política en el Partido Republicano y aspirar a ser elegido senador por Ohio en 2022 -como así logró- necesitaba a Trump para hacer acto de contrición. Trump se lo hizo pagar humillándole en público en un mitin electoral en Youngstown: “J.D. me está besando el culo, quiere mi apoyo con todas sus fuerzas”, espetó. Convertido al catolicismo integrista, Vance milita hoy en el ala más ultraconservadora e iliberal del Partido Republicano.

Para el politólogo alemán Yascha Mounk, “es difícil comprender del todo qué impulsa la animadversión de Vance contra Europa”, pero esta existe más allá de toda duda razonable. “Para J.D. Vance, Europa es realmente el enemigo”, sostiene en un reciente artículo. Y añade: “Sería muy peligroso para los europeos subestimar la influencia actual de Vance y sus perspectivas de futuro”. Más activo y visible que un vicepresidente al uso, Vance trabaja para colocarse en cabeza cara a la nominación republicana para las elecciones presidenciales del 2028 y podría acabar siendo -con permiso de Trump, camino ya de los 79 años- el próximo presidente de Estados Unidos. 

La tregua que no llega. Donald Trump prometió -retóricamente- acabar con la guerra de Ucrania en 24 horas, pero lo cierto es que las negociaciones para alcanzar una tregua parcial de 30 días se están poniendo muy cuesta arriba. El encuentro de esta semana en Arabia Saudí alumbró un ambiguo principio de acuerdo de alto el fuego en el mar Negro -cara a facilitar la reanudación segura de la exportación de cereales- pero enseguida Rusia lo condicionó al levantamiento de sanciones, lo que tanto Ucrania como Europa rechazan. Mientras, Francia y el Reino Unido siguen trabajando para reunir una misión militar europea para enviar a Ucrania en el marco de un hipotético acuerdo de paz, algo que Washington desdeña: el enviado especial de Donald Trump para Ucrania y para Oriente Medio, Steve Witkoff -un promotor inmobiliario neoyorquino de origen ruso-, lo ha ridiculizado calificándolo de “postureo”.

Kit de supervivencia. En su empecinada carrera por tratar de sensibilizar a los ciudadanos europeos sobre la necesidad de un rearme militar a base de llamar al lobo día sí, día también, blandiendo la amenaza de guerra, la Comisión Europea sorprendió esta semana a todo el mundo aconsejando a los ciudadanos que preparen un kit de supervivencia para poder aguantar 72 horas en caso de conflicto bélico o catástrofe. La comisaria europea de Preparación y Gestión de Crisis e Igualdad, Hadja Lahbib, difundió un vídeo con instrucciones que ya ha sido objeto de todo tipo de memes. En todo caso, el último Eurobarómetro confirma la diferente percepción del peligro que existe entre los ciudadanos de los países del Este, fronterizos con Rusia, y los países del Sur.

Aranceles a los coches. En la guerra comercial por fases que ha decidido emprender contra el resto del mundo, Donald Trump anunció esta semana la imposición, a partir del 2 de abril, de aranceles especiales del 25% sobre todos los automóviles importados por Estados Unidos, lo que en el caso de Europa afecta muy especialmente a Alemania. La UE no tardó en lamentar la decisión del presidente de EE.UU. y avanzó que tomará medidas de represalia. “No puedo decir los tiempos exactos para nuestra potencial respuesta a unas medidas estadounidenses que todavía no han sido implementadas, pero puedo asegurar que llegarán en el debido tiempo, que serán robustas y bien calibradas y que lograrán el impacto que esperamos”, declaró el portavoz de Comercio comunitario, Olof Gill.

 

 

 

 

domingo, 23 de marzo de 2025

¿Camarada ‘Krasnov’?


Visión periférica

El giro prorruso de la política exterior de EE.UU. ha vuelto a poner de actualidad las sospechas sobre los vínculos entre Donald Trump y el Kremlin, objeto de una investigación en el 2016 que no obtuvo pruebas concluyentes


El senador demócrata por Oregon Jeff Merkley no se anduvo con rodeos el pasado 4 de marzo cuando le tocó el turno de examinar al candidato a subsecretario de Estado Christopher Landau, antiguo embajador de Estados Unidos en México y nuevo número dos del secretario de Estado, Marco Rubio. Sin mayor  preámbulo, Merkley le espetó a bocajarro: “Señor Landau, ¿es el presidente Trump un agente ruso?”. “En absoluto”, respondió éste con cara de sorpresa.

¿Es posible, o verosímil, que Donald Trump sea un agente de Moscú? Probablemente, el senador Merkley no lo crea y simplemente utilizó este recurso retórico para poner en evidencia el giro prorruso de la nueva política exterior de EE.UU. Pero si formuló su pregunta de esta forma es porque esa sospecha planea sobre el historial del presidente norteamericano desde hace años.

Quien ha asegurado explícitamente que el presidente de EE.UU. es un agente ruso encubierto es Alnur Mussayev, exjefe del Comité de Seguridad Nacional (KNB) de Kazajistán y antiguo agente del KGB soviético. Actualmente residente en Austria, el exespía aseguró el pasado mes de febrero en declaraciones a Kursiv Media que Trump fue reclutado como agente a mediados de los años ochenta  por el  KGB, que le habría dado el nombre en clave de Krasnov.   Mussayev no aportó ninguna prueba de tan espectacular como incierta revelación y varios expertos ponen en duda que él pudiera tener acceso –en caso de ser veraz– a tal información. Pero no hace falta llegar a tanto. Antiguos miembros de los servicios de inteligencia no descartan, en cambio, que los soviéticos trabajaran durante años para atraerse a Trump y hacerlo suyo de alguna forma.

Esta es la hipótesis que defiende Yuri Shvets, un antiguo agente del KGB, destacado en la década de los ochenta en Washington como falso periodista de la agencia Tass y exsocio de Alexander Litvinenko –un exespía disidente asesinado en Londres en 2006. Shvets declaró a The Guardian que Trump fue cultivado por los servicios secretos rusos durante 40 años.

La aproximación al magnate se inició, según varias fuentes, a mediados de los setenta, tras su boda en 1977 con la modelo checa Ivana Zelnickova, su primera esposa. La joven pareja empezó a ser vigilada por los servicios secretos checoslovacos, según consta en archivos desclasificados en el 2016 por el gobierno de Praga consultados por Politico. En todo caso, el acercamiento decisivo se produjo en 1987, cuando el entonces embajador soviético en Estados Unidos, Yuri Dubinin –quien anteriormente lo había sido en España (1978-1986)–, invitó a Trump, interesado en hacer negocios inmobiliarios en la URSS, a visitar Moscú y San Petersburgo. Es en ese momento cuando los servicios secretos habrían lanzado su red sobre el futuro presidente de EE.UU.

Los amantes de las conspiraciones atribuyen la presunta captación de Trump a un chantaje, a partir de supuestas pruebas comprometedoras –desde un vídeo sexual a información financiera– según la vieja práctica soviética del kompromat. Otros, más realistas, creen que los rusos simplemente detectaron la principal debilidad de la personalidad del hoy líder republicano –su desmedida vanidad– para atraerlo hacia sus intereses por medio de la adulación. Y de algunos favores...

Sea como fuere, a su regreso a Nueva York, Trump –hasta entonces centrado exclusivamente en sus negocios– abandonó su discreción política y empezó a cuestionar públicamente la política exterior de Washington y la participación de su país en la OTAN, publicando incluso anuncios de página entera en los diarios.

Durante los años noventa, Trump tuvo negocios con inversores rusos y en el 2013, en tanto que copropietario de la empresa que tenía la titularidad, llevó el concurso de miss Universo a Moscú, cuya organización le puso en contacto con personas vinculadas al Kremlin. Fue a través de esos contactos que, tres años después –en plena campaña de las elecciones presidenciales–, se organizaría una  controvertida reunión de su hijo mayor, Donald Trump Jr.; su yerno, Hared Kushner, y su director de campaña, Paul Manafort, con una abogada rusa que les había prometido información comprometedora sobre su rival, la demócrata Hillary Clinton.

A partir de aquí, todo es más conocido. Los servicios de inteligencia estadounidenses constataron la injerencia de Moscú en la campaña electoral del 2016 para beneficiar a Trump, lo que –unido a los contactos de miembros de su equipo con ciudadanos rusos– llevó al FBI a abrir una investigación para determinar si el candidato republicano trabajaba secretamente para Moscú. Tras su elección como presidente, Trump destituyó de manera fulminante al director del FBI, James Comey, por negarse a cerrar la investigación, pero no pudo impedir que su adjunto, Rod Rosenstein, nombrara un fiscal especial, Robert Mueller, para investigar lo que se acabó llamando el Rusiagate.

El informe final de Mueller, presentado en el 2019, constató las interferencias rusas –desinformación a través de las redes sociales, pirateo de los ordenadores del equipo de Clinton– pero no encontró ninguna prueba concluyente de una cooperación criminal entre el Kremlin y el equipo de campaña electoral de Trump.

Durante su primer mandato, el presidente de EE.UU. ya mostró un extraordinario entendimiento con su homólogo ruso, pero en el arranque de este segundo ha ido aún más allá, asumiendo las tesis de Moscú sobre la guerra de Ucrania. Tras preguntar si Trump podría ser un agente ruso, el senador demócrata Jeff Merkley repasó las declaraciones y tomas de posición del presidente y concluyó con otra pregunta: “¿Qué podría hacer un agente ruso que Trump no haya hecho ya?”.


Millones son amores…



Newsletter ‘Europa’

Todos los gobiernos -o casi- de la Unión Europea están de acuerdo en la necesidad de aumentar el gasto de defensa para afrontar la nueva situación geopolítica internacional, con una Rusia hostil y unos Estados Unidos en retirada. La ruptura de la política exterior norteamericana impulsada por Donald Trump ha puesto en entredicho la alianza estratégica con EE.UU. y el paraguas protector de la OTAN, lo que ha acabado de convencer a los más reacios de que la UE debe asumir a partir de ahora la responsabilidad de su propia defensa (algo que algunos países, como Francia, predicaban desde hace años en el desierto). Menos unanimidad suscita entre los 27, sin embargo, la forma de financiar este importante esfuerzo económico.

El plan preparado por la Comisión Europea, y aprobado en la cumbre del 6 de marzo, prevé movilizar hasta 800.000 millones de euros de aquí al año 2030 para rearmar Europa y modernizar sus ejércitos, de los que 150.000 millones saldrían de un instrumento europeo -bautizado SAFE (Security Action For Europe)- con préstamos a interés preferencial. Bruselas concretó esta semana su hoja de ruta en el Libro blanco para la Defensa Europea, que pasa por fomentar la mutualización de las compras y priorizar la industria europea. Los 650.000 millones restantes irán a cuenta de cada Estado, con sus propios recursos; esto es, lo que buenamente quieran o puedan invertir. Para ello, serán dispensados parcialmente de las reglas fiscales sobre el déficit. Es todo.

Como plan europeo, la cosa se queda financieramente coja. Hay países, como Alemania (con una deuda pública del 62% del PIB y un déficit del 2,4%), que tienen suficientes recursos y margen de endeudamiento para asumir el reto. Y así parece dispuesta a hacerlo, por una vez. En un giro muy significativo, Berlín ha dado esta semana carpetazo al dogma de la austeridad a toda costa y -de la mano de Friedrich Merz, pese a no haber sido investido todavía canciller- ha liberado el corsé constitucional al límite del déficit para impulsar las inversiones en defensa y, también -no es un dato menor-, en infraestructuras. En el horizonte de los próximos años se habla de cientos de miles de millones.

Pero no todos los países europeos tienen este margen. Francia, el segundo país de la UE desde el punto de vista demográfico, económico y militar, tiene una deuda muy superior a la alemana (112%) y un déficit desbocado (6%) que tiene muchas dificultades para frenar. París pretende doblar el presupuesto de Defensa de aquí al 2030. Pero, por el momento, lo que ha decidido es movilizar 1.700 millones de euros a través de la banca pública para financiar a las empresas de defensa y emitir un fondo para que los particulares puedan invertir en el sector hasta 450 millones.

Así que no es de extrañar que Francia encabece al grupo de países, del que también forman parte España e Italia, que abogan por una verdadera mutualización europea de los costes y proponen la creación de un fondo especial análogo al puesto en marcha para recuperar la economía europea tras la crisis de la covid, financiado con eurobonos (los fondos Next Generation, dotados de 750.000 millones). Alemania, que accedió a una solución de este tipo en aquel momento como algo excepcional y sin que sirviera de precedente, quizá podría ahora flexibilizar su posición. Pero hay un grupo de los llamados países frugales, encabezado por los Países Bajos, que se opone frontalmente.

Europa se juega mucho en este envite. Cualquier recorte del gasto social en beneficio del gasto militar será muy mal recibido por los ciudadanos en muchos países, toda vez que no todos los europeos sienten la amenaza rusa como lo hacen los países bálticos y algunos de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia (no todos), y alimentará los populismos. España e Italia, por razones políticas -para salvaguardar los apoyos parlamentarios de su Gobierno, pero también endulzar el trago a la opinión pública-, coinciden no solo en reclamar ayuda directa europea sino en pedir una suavización del lenguaje, sustituyendo la palabra “rearme” por otras fórmulas menos marciales. No es la línea justamente de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que habla día sí día también de prepararse para la guerra como si un conflicto armado con Moscú fuera inevitable e inminente (a riesgo de dejar a la extrema derecha el camino expedito para reivindicar el pacifismo, sentimiento mayoritario en la sociedad)

Mientras, la guerra sigue en Europa y la UE trata denodadamente de sostener a Ucrania frente a la agresión de Rusia. El Consejo Europeo -con la ya tradicional excepción de Hungría, sensible a los intereses de Moscú- reafirmó ayer su apoyo a Kyiv y se comprometió a mantener su ayuda militar (aunque con dificultades: la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, se ha visto forzada a rebajar de 40.000 a 5.000 millones el paquete de ayuda que proponía y ni así). El Reino Unido y Francia, por su parte, prosiguen su labor para preparar una eventual fuerza militar de paz para contribuir a una tregua. Ayer también, el primer ministro británico, Keir Starmer, se reunió en Londres con los jefes militares de una treintena de países, después de que el presidente francés, Emmanuel Macron, hiciera lo mismo la semana pasada en París.

La participación de Europa en unas futuras negociaciones de paz está, sin embargo, en el alero. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prefiere conducir el diálogo personalmente y tratar directamente con su homólogo ruso, Vladímir Putin, con quien conversó telefónicamente el martes por espacio de una hora y media. Tras esta primera entrevista, lo único que logró arrancar Trump fue, no ya la tregua total de treinta días que buscaba, sino una pausa por este mismo periodo de tiempo de los ataques a las infraestructuras energéticas y civiles, exclusivamente. No parece mucho para quien se presenta -y así proclaman sus corifeos- como “el mejor negociador del planeta”.


Las risas de Rutte. Al secretario general de la OTAN, el ex primer ministro neerlandés Mark Rutte, ya estuvo a punto de desencajársele la mandíbula compartiendo unas risas con el nuevo secretario norteamericano de Defensa, el excomentarista de FoxTV Pete Hegseth, en su primer encuentro en el cuartel general de Bruselas. Y algo parecido le pasó en la entrevista que mantuvo la semana pasada con Donald Trump en la Casa Blanca. Tan acomodaticio se mostró Rutte que optó por callar cuando el presidente de EE.UU. insistió en anexionarse Groenlandia, territorio de un país aliado de la OTAN, Dinamarca, por lo que ha recibido numerosas críticas. Mientras, los daneses, han rechazado la petición de ayuda norteamericana para que les venda huevos, cada vez más caros en EE.UU. a causa de la gripe aviar.

Elecciones en Portugal. Los portugueses volverán a las urnas, por tercera vez en tres años, el próximo 18 de mayo. Así lo decidió el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, tras la caída del Gobierno en una moción de confianza. El hasta ahora primer ministro, Luis Montenegro (centroderecha), objeto de una investigación de la fiscalía y en el centro de un escándalo por sus actividades empresariales privadas, decidió presentar una moción de confianza pese a que el líder del Partido Socialista, Pedro Nuno Santos, que reclamaba una comisión de investigación, le recomendó que no lo hiciera. A falta de acuerdo, los socialistas precipitaron su caída.

Sospechas de soborno. La justicia de Bélgica ha abierto una investigación por las sospechas de soborno de hasta una quincena de miembros del Parlamento Europeo por parte del gigante tecnológico chino Huawei y los lobistas que actúan en defensa de sus intereses. La policía federal belga registró oficinas y domicilios de los presuntos implicados -y varios despachos de la Eurocámara fueron precintados-, que podrían ser acusados de soborno, falsificación, blanqueo de dinero y organización delictiva. El objetivo de Huawei sería influir para lograr la apertura de los mercados europeos y evitar vetos como el de EE.UU. en el desarrollo de la red de telefonía móvil 5G.


domingo, 9 de marzo de 2025

El nuevo (des)orden mundia



'VISIÓN PERIFÉRICA'

En solo siete semanas, Donald Trump ha empezado un trabajo de derribo del orden mundial impulsado por el propio Estados Unidos hace 80 años para sustituirlo por el retorno a la ley de la selva y el reparto de zonas de influencia.


Hay imágenes que lo dicen casi todo. Es el caso del polémico vídeo sobre el futuro imaginado por Donald Trump para la franja de Gaza –arrasada hoy por las bombas israelíes–, a la que desearía ver controlada por Estados Unidos, vaciada de sus habitantes palestinos y reconstruida como un gran centro turístico de lujo, una especie de Mar-a-Lago oriental. En el vídeo, que el propio  Trump ha difundido en las redes sociales, aparece  una  gigantesca estatua dorada del presidente de EE.UU., convertido en objeto de culto cual si fuera  un líder norcoreano. Así es como se ve Trump. Y así es como ve el mundo.

En las escasas siete semanas que lleva en la Casa Blanca, el nuevo presidente norteamericano ha empezado un sistemático trabajo de demolición del orden mundial impulsado a partir de 1945 por el propio EE.UU. –en el que Washington ha sustentado históricamente su papel de superpotencia hegemónica– y promovido el retorno a un nuevo-viejo orden basado en la ley de la selva en el que las grandes potencias se repartirían las respectivas esferas de influencia. Un mundo sin reglas, regido por un puñado de hombres fuertes cuyos acuerdos se impondrían a todos los demás y en el que EE.UU. renunciaría a su papel de gendarme mundial.

La forma en que está extorsionando a sus socios americanos –Canadá y México– y en que expresa sus apetitos territoriales –con el mismo Canadá, el canal de Panamá, Groenlandia...–, su desprecio hacia Europa –tan lejana ahora a sus valores– y su acercamiento a la Rusia de Vladímir Putin, con quien se muestra tan obsequioso como brutal fue con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca, responden a estos nuevos aires.

Formateado según la visión de EE.UU., el orden mundial establecido tras la Segunda Guerra Mundial se ha basado hasta ahora en un sistema de relaciones internacionales regulado por normas e instituciones multilaterales (la ONU y todas sus agencias, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio...) en el que Washington ejercía de impulsor y garante.

Todo este andamiaje político-institucional, construido a partir de la visión universalista que prevalecía en Washington, es el que Trump pretende destruir. Y ya ha empezado a hacerlo. “Mi Administración está rompiendo decisivamente con los valores de la política exterior de la Administración anterior y, francamente, con el pasado”. Lo ha dicho el propio Trump y, por una vez, no es ni exagerado ni falso.

En sus primeras semanas de gobierno Trump ha dado ya pasos claros en su camino hacia la unilateralidad. Ha abandonado el Acuerdo de París contra el cambio climático –cosa que ya hizo en su primer mandato–, ha salido de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, ha suspendido la financiación americana de la agencia para los refugiados UNRWA, cortado de cuajo la cooperación exterior a través de la USAid e ignorado olímpicamente las reglas de la OMC. Estados Unidos nunca ha formado parte de la Corte Penal Internacional, pero ahora además la persigue, aprobando sanciones contra sus jueces.

 ¿Hasta dónde llegará? Si se deja convencer por el sector más radical del mundo MAGA (Make America great Again), puede acabar por marcharse incluso de la OTAN y de la misma ONU. Puede sonar a aberración, pero es lo que han defendido ya públicamente figuras como el senador republicano Mike Lee y –más importante todavía– el megalómano multimillonario Elon Musk, su mano derecha.

Hay quien busca las raíces de esta voluntad de desconexión en el aislacionismo de los años 30 del siglo pasado, cuando nació el discurso de America First (América primero), otros lo entroncan más bien con los movimientos anticomunistas y antiliberales de los años 50 y, más tarde, con las ideas a principios de siglo de Pat Buchanan, que en La muerte de Occidente oponía el capitalismo global al verdadero conservadurismo (Michael Kimmage, en Foreign Affairs). Y hay quienes ven aquí una reedición de la doctrina Monroe, que centraba el interés internacional de EE.UU. en el continente americano o Western Hemisphere, cuyo dominio se reservaba para sí (David Lubin y Michael Klein, en Chatham House) y que en los mapas de Trump incluiría a Groenlandia.

Este proceso –lo estamos viendo– conlleva  también un cuestionamiento de la histórica alianza geoestratégica con Europa, a la que EE.UU. ve ahora principalmente como un rival económico. El Proyecto 2025 de la Heritage Foundation, convertido en la biblia de los ultraconservadores norteamericanos y que Trump usa como guía, ya planteaba “reorientar significativamente” la postura de EE.UU. en política exterior hacia amigos y adversarios y proponía realizar “evaluaciones mucho más honestas sobre quiénes son amigos y quiénes no”.  “Esta reorientación –vaticinaba– podría representar el cambio más significativo en los principios básicos de política exterior y la acción correspondiente desde el final de la guerra fría”.

El escenario que se está configurando es, a juicio de algunos analistas, como Ian Bremmer (Eurasia Group), extremadamente inquietante, toda vez que el desmoronamiento de la arquitectura económica y de seguridad mundial traerá una inestabilidad geopolítica peligrosa. “El riesgo de una crisis mundial generacional, incluso de una guerra global, es mayor que en cualquier otro momento de nuestras vidas”, escribía el pasado diciembre anticipando el vuelco político en Washington. Antes, pues, de que Donald Trump entrara en la Casa Blanca como un elefante en una cacharrería...


Rearme militar, rearme político



NEWSLETTER 'EUROPA'

Ochenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, la alianza occidental cimentada sobre los rescoldos de la conflagración europea y la guerra fría está deshaciéndose a ojos vista. En unas pocas semanas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado un radical giro a las líneas maestras de la política exterior y de alianzas que Washington había desplegado durante ocho décadas, acercándose a Rusia y alejándose de Europa, a la que ha empezado a tratar como rival. El despertar ha sido abrupto y la Unión Europa se da cuenta de que, tras haber delegado su protección en un tercero, va camino de quedarse sola. Y de que, a partir de ahora, si ella misma no se ocupa de su defensa, nadie más lo hará.

El primer ministro de Polonia, Donald Tusk, ha ilustrado la paradoja de la situación con no poca ironía: “Resulta que hay 400 millones de europeos que piden a 300 millones de norteamericanos que les protejan de 150 millones de rusos”. Las cosas no son tan simples, obviamente. Con una economía diez veces menor que la de la UE y una demografía en recesión, Rusia no sería tan inquietante si no fuera porque es una superpotencia nuclear. Y porque su política exterior es agresiva y expansionista.

En el supuesto de que EE.UU. retirara su presencia militar en Europa -donde tiene desplegados entre 80.000 y 100.000 soldados, además de otras unidades preparadas para ser desplazadas rápidamente desde el otro lado del Atlántico-, Europa necesitaría hacer un esfuerzo muy importante para restablecer el poder de disuasión. Un informe del Instituto Bruegel -ya citado en este boletín- cifraba en 300.000 soldados las tropas de combate adicionales que sería necesario movilizar y en 250.000 millones el crecimiento del presupuesto anual global en defensa.

El problema fundamental de los ejércitos europeos no es su número. Todos juntos suman alrededor de 1,5 millones de soldados. El gasto global de defensa no está tampoco tan alejado del del ruso (457.000 millones de dólares anuales frente a 462.000 millones, en cifras ajustadas). Y, sin embargo, Europa no está preparada para afrontar una eventual guerra con Rusia. Los expertos coinciden en que haría falta elevar sustancialmente el gasto en defensa, con el fin de modernizar y aumentar el armamento -dando prioridad a la industria europea- y cubrir algunas de las carencias detectadas en materia de inteligencia o logística. Pero, sobre todo, impulsar una mayor coordinación entre los ejércitos europeos y adoptar una estructura de mando conjunta.

En este contexto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó el martes una propuesta para movilizar 800.000 millones de euros, a cuatro años vista, destinados al rearme de Europa. El plan prevé flexibilizar las actuales reglas fiscales de la UE para que los Estados puedan gastar -endeudándose- 650.000 millones adicionales en defensa sin que se les compute en los límites del déficit, a los que se añadirían 150.000 millones más en préstamos procedentes de un “instrumento” comunitario aún por definir. Ante la velocidad de los acontecimientos, los líderes de la UE se reunieron ayer en una cumbre de urgencia en Bruselas para analizar la situación creada, dar el visto bueno al plan Von der Leyen y reiterar su apoyo a Ucrania. Punto este último que es siempre motivo de fricción con el húngaro Viktor Orbán.

De momento, los dos grandes han empezado a movilizarse. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, envió esta semana un mensaje televisado a la nación en el que apelaba a la amenaza rusa para justificar un próximo aumento de los presupuestos de defensa y abría formalmente el debate sobre si las fuerzas francesas de disuasión nuclear deberían extender su protección al conjunto de la UE. Con menos parafernalia, el próximo canciller de Alemania, Friedrich Merz, acordaba con su futuro socio de coalición, el SPD, la retirada del freno constitucional al endeudamiento -para lo que hará falta el voto de los 2/3 del Bundestag- en lo relativo a las inversiones en materia de defensa y de infraestructuras.

Si la cuantía que se pretende movilizar para el rearme militar de Europa es importante, el plan obvia -por el momento- entrar en el meollo de la cuestión: ¿debe seguir Europa dejando su defensa en manos de los Estados nacionales o debe dar un salto hacia una auténtica integración militar? O planteado de otra manera, ¿servirá de algo el gasto militar si Europa no da un verdadero salto adelante en su integración política? ¿Tendrá algo que decir la UE en el mundo que se está configurando sin tener una sola voz?

La necesidad de reforzar la defensa común es un imperativo a medio y largo plazo. Pero, antes que nada, Europa tiene un desafío urgente e inmediato que afrontar: sostener a Ucrania y evitar que el vuelco político en Washington -empeñado en poner término rápidamente a la guerra- alumbre una paz frágil y otorgue a Rusia una victoria estratégica.  Convocados a una cumbre en Londres por el premier británico, Keir Starmer, una amplia representación de los países europeos y de sus aliados -de Canadá a Turquía- reafirmaron el domingo su solidaridad con Ucrania, expresaron su determinación de mantener su ayuda a Kyiv y se comprometieron a promover un plan de paz que garantice la soberanía y seguridad del país. Eso sí, en todo momento dejaron claro que cualquier solución pasa por que EE.UU. sea el garante definitivo…

Los dirigentes europeos, con Starmer y Macron a la cabeza, se están esforzando en tratar de atraerse a Donald Trump. Pero, visto lo visto hasta ahora, no será fácil que el presidente de EE.UU. se amolde a los requerimientos europeos. Para sostener su plan, el Reino Unido y Francia proponen, entre otras cosas, constituir una misión europea de paz compuesta por hasta 30.000 soldados. Una propuesta que el Kremlin se ha apresurado a rechazar y que la Casa Blanca, a través del vicepresidente J.D. Vance (que parece decidido a disputar su condición de número dos del trumpismo al megalómano Elon Musk a base de ejercer el papel de dóberman), ha ridiculizado sin miramiento alguno.

Donald Trump quiere ir rápido y a su manera, sin tener en cuenta las consecuencias estratégicas a largo plazo de un acuerdo de paz precipitado y sin que le produzca ningún empacho asumir acríticamente la propaganda rusa y convertir por arte de birlibirloque en aliado potencial al otrora enemigo histórico de EE.UU. Con este fin, no ha dudado en extorsionar a Kyiv, como demostró la vergonzosa encerrona que sufrió el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, la semana pasada en la Casa Blanca, maltratado en público por el presidente de EE.UU. y su belicoso vicepresidente. Tras el triste episodio del despacho Oval, Trump ha seguido apretando las tuerzas a los ucranianos, a quienes ha suspendido la ayuda militar y la información de inteligencia. Hasta que no han tenido más remedio que ceder: el martes, Zelenski hizo de tripas corazón, amagó una disculpa y mostró su disposición a “trabajar bajo el fuerte liderazgo” del presidente de EE.UU. Trump apreció públicamente su sumisión.


Defensa del automóvil europeo. En el actual contexto de preguerra comercial con EE.UU., que ha anunciado la próxima imposición de aranceles del 25% sobre las importaciones procedentes de Europa, Bruselas ha decidido cambiar el paso y actuar para impulsar el desarrollo del sector del automóvil europeo, que representa el 7% del PIB de la UE. El plan de la Comisión contiene una serie de medidas de tipo proteccionista -incluidas ayudas públicas- para potenciar el Made in Europe. En esta misma línea se entiende la propuesta de Ursula von der Leyen de ampliar el plazo de uno a tres años para alcanzar los objetivos de descarbonización del sector, cuyo incumplimiento le hubiera supuesto la imposición de las primeras sanciones.

Freno a la ultraderecha en Austria. Ha pasado una semana, pero vale la pena consignarlo aquí. Después de un intento fracasado el pasado mes de enero, el partido conservador ÖVP, el socialdemócrata SPÖ y el liberal NEOS alcanzaron un acuerdo para formar un gobierno de coalición tripartito en Austria, dejando así fuera al partido de extrema derecha FPÖ, que fue la fuerza política más votada en las elecciones del pasado 29 de septiembre. Aunque socialdemócratas y conservadores, los dos grandes partidos tradicionales del país, han gobernado juntos a menudo en un formato de gran coalición, es la primera vez que se constituye un tripartito desde la posguerra. El líder del FPÖ les tildó de “coalición de perdedores” y reclamó nuevas elecciones.

A Londres, como cruzar el Atlántico. Aunque la situación internacional está acercando de nuevo a británicos y europeos, el Brexit es el Brexit y sus consecuencias se van desplegando de forma implacable. Al igual que ya sucede con Estados Unidos o Canadá, a partir del próximo 2 de abril, para poder viajar al Reino Unido los ciudadanos de la UE deberán solicitar previamente la Electronic Travel Authorization (ETA), requisito imprescindible para estancias cortas –menos de seis meses– por turismo, negocios, visitas familiares o tránsito que requiera el paso por un control fronterizo. La obtención de esta autorización, que solo puede solicitarse por internet, tiene un coste inicial de 10 libras (12 euros) y en caso de denegación, no hay recurso y la tasa no es reembolsable.


domingo, 2 de marzo de 2025

La hora de Alemania


Newsletter ‘Europa’

Toda Europa tiene sus ojos puestos en Berlín. La victoria del democristiano Friedrich Merz en las elecciones del pasado domingo en Alemania ha abierto muchas expectativas –y esperanzas- en un momento extremadamente delicado para la Unión Europea, que se juega su ser o no ser. Frente al desafío que supone el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca y la ruptura de facto de la histórica alianza occidental con Estados Unidos, con el riesgo de un mal desenlace de la guerra de Ucrania y la amenaza de una Rusia militarmente crecida, hacía falta alguien que pusiera fin a meses de interinidad política y tomara el mando de la primera potencia europea. Así se producirá en las próximas semanas. La siguiente pregunta es: ¿será Merz la persona que Europa necesita?

El resultado de las elecciones del 23 de febrero no ha significado un gran triunfo para los conservadores alemanes. Merz tuvo un resultado corto (28,5%), que le obligará a gobernar en coalición, mientras que la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) experimentó un ascenso histórico, doblando sus votos (hasta el 20,8%) y arrasando especialmente en la Alemania del Este (donde se acercó incluso al 40% en algunos casos, como en el land de Turingia). Momento habrá de volver sobre ello. En todo caso, la debilidad de partida de Merz puede favorecer, paradójicamente, un gobierno más sólido y estable, al empujarle a reeditar la llamada Grosse Koalition (gran coalición) con el Partido Socialdemócrata (SPD) de Olaf Scholz (que cayó al 16,4%)

Merz tiene muchos retos sobre la mesa. La preocupante situación económica del país –que encadena dos años de recesión-, el malestar social por la inmigración extranjera, la polarización política que ha revelado el ascenso de la ultraderecha… Y Europa.

Angela Merkel, que gobernó Alemania durante dieciséis años (2005-2021) y marcó de forma sustancial el rumbo de la Unión Europea, se convirtió en europeísta un poco por la fuerza de los hechos. Nacida bajo el régimen comunista de la antigua RDA, el ideal europeo no estaba en su ADN político. No es el caso del futuro canciller de Alemania. Nacido hace 69 años en Brilon (Renania del Norte-Westfalia), el líder actual de la Unión Cristiana Demócrata (CDU) es un europeísta convencido, que pretende inscribirse en la línea de Hemult Kohl y Konrad Adenauer.

Con Merkel, la UE avanzó con el freno de mano puesto. Con Merz, podría ser muy diferente. Abogado de formación, sin experiencia ninguna de gobierno, hay quien pone en duda su capacidad para ejercer el liderazgo europeo que reivindica. Pero es en los momentos excepcionales cuando las personas se crecen y revelan sus cualidades. ¿Lo hará Merz? Perseverancia no le falta y es consciente del momento.

En su primer discurso tras certificarse su victoria electoral, Merz hizo una declaración de intenciones que muchos consideraron valiente y otros, osada, pero totalmente lúcida: “Mi prioridad absoluta es hacer a Europa independiente de EE.UU.”, dijo, lo que en boca de un reconocido atlantista tiene todavía más fuerza. El futuro canciller abogó por “establecer una capacidad de defensa europea independiente” cuanto más rápido mejor y, en el caso de Ucrania, reivindicó el derecho de Europa a “estar en la mesa principal y defender nuestros intereses frente a Rusia y China, incluido si es necesario oponiéndonos a Estados Unidos” 

Merz tiene en mente plantear una reforma de la Constitución para suprimir controvertido “freno de la deuda” -un dogal que limita el déficit presupuestario estructural al 0,35%-, pero sin esperar a ello ha empezado a explorar la dotación de un fondo especial de defensa por valor de unos 200.000 millones de euros.

La construcción de una auténtica Europa de la Defensa es algo por lo que Francia siempre había trabajado, más bien en solitario, así que Berlín y París se encontrarán ahora en la misma onda. La primera salida internacional de Merz, tres días después de su victoria electoral, fue precisamente a París, donde el miércoles por la noche se reunió con el presidente francés, Emmanuel Macron, en el Elíseo. “Muchas gracias, querido Emmanuel Macron, por tu amistad y la confianza que depositas en las relaciones franco-alemanas”, escribió en un post bilingüe en la red social X al filo de la medianoche, con una foto de ambos. Y agregó: “Juntos, nuestros países pueden lograr grandes cosas para Europa”.

Los líderes europeos buscan el modo de aumentar su presupuesto de defensa, y no únicamente para contentar al inquilino de la Casa Blanca. Macron, quien sin embargo tiene un gobierno en minoría, planteó días atrás la posibilidad de aumentar el gasto del 2,1% al 5% del PIB. El primer ministro británico, Keir Starmer –desde fuera de la UE pero cada vez más involucrado en la seguridad colectiva de Europa- ha anunciado una subida inicial al 2,5%... Un camino inevitable pero que tardará años en poder cubrir una eventual retirada del paraguas de EE.UU.

Un informe reciente del think tank bruselense Bruegel llega a la conclusión de que, para sustituir a las fuerzas norteamericanas en el continente, Europa necesitaría aumentar la capacidad de combate en 300.000 soldados, lo que se traduciría en la creación de 50 nuevas brigadas europeas. Una disuasión creíble exigiría, además, un mínimo de 1.400 tanques, 2.000 vehículos de combate de infantería y 700 piezas de artillería adicionales. Todo lo cual implicaría aumentar el gasto en defensa en 250.000 millones de euros anuales. Un volumen que abonaría la idea –planteada por algunos países- de recurrir al endeudamiento europeo, siguiendo el ejemplo de lo hecho con la pandemia de covid.

El esfuerzo adicional de Europa en esta materia podría redundar en su propio crecimiento económico: hasta un 1,5% podría aumentar su PIB, según un informe del Instituto de Kiel para la Economía Mundial (Alemania), a condición naturalmente de que se gaste en la industria europea… lo que sin duda exasperaría todavía más al ogro americano, quien esta semana ya ha precisado que los aranceles generales que piensa aplicar a los productos europeos serán del 25% (como a Canadá y México), al grito de que la UE se creó para “fastidiar” a EE.UU.

En cualquier caso, nada de todo esto se consigue en un día y por mucho que se exploren otras iniciativas de apoyo mutuo –como utilizar los arsenales nucleares franceses y británicos como fuerza de disuasión común, estacionando armas atómicas en Alemania, por ejemplo- el apoyo militar de EE.UU. sigue siendo imprescindible.

Macron y Starmer se han sucedido esta semana en Washington -el primero el lunes, el segundo el jueves- para tratar de convencer a Trump de que Europa debe participar en las negociaciones para terminar con la guerra en Ucrania, que un mero alto el fuego solo servirá para alimentar futuras agresiones por parte de Rusia y que cualquier acuerdo de paz –a cuyo sostenimiento podría Europa enviar unos 30.000 soldados- precisa de la garantía de seguridad de EE.UU. La entrevista entre Macron y Trump fue muy cordial –no en vano el francés le invitó personalmente a la reinauguración de la catedral de Notre Dame el pasado diciembre-, pero mientras intercambiaban sonrisas y buenas palabras EE.UU. votaba con Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre Ucrania.

Tres años de guerra. Triste tercer aniversario el lunes de la invasión rusa de Ucrania, bajo la amenaza de Donald Trump de cortar toda ayuda militar a Kyiv. La víspera, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a quien el presidente de EE.UU. ha culpado del inicio de la guerra y ha tildado de dictador, se mostró sin embargo contemporizador, consciente de que sin la perfusión americana su país estaría condenado. En una multitudinaria conferencia de prensa, Zelenski llegó a proponer su retirada política como contrapartida a la entrada de Ucrania en la OTAN, algo que antes –y sobre todo, después- Trump ha descartado absolutamente y que es una línea roja para Moscú.

Apoyo europeo y trasatlántico. El lunes, la cúpula de la Unión Europea, con el presidente del Consejo, António Costa, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a la cabeza, se desplazó junto a varios líderes europeos a Kyiv para reafirmar su apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia. Entre la docena de dirigentes que viajaron a la capital ucraniana se encontraba también el primer ministro canadiense, Justin Trudeau –otro damnificado de la nueva política de Donald Trump-. Von der Leyen anunció un nuevo paquete de ayuda militar por 3.500 millones de euros. Y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, también presente, comprometió por su parte 1.000 millones más.

Minerales y tierras raras. Zelenski se resistió repetidamente a las presiones de Trump para que Ucrania le cediera a EE.UU el 50% de los beneficios de sus recursos mineros, así como acceso preferente  las codiciadas tierras raras, pero ha acabado por ceder. Trump lo exigía en pago por la ayuda militar entregada hasta ahora, bajo la amenaza de cortarla de golpe. Al presidente ucraniano no le quedaban muchas salidas. Otra cosa es que el negocio para EE.UU. sea tan portentoso como publicita el “mejor negociador del planeta” (sic). Lo cierto es que Ucrania no tiene tantas tierras raras como se pretende, son de difícil y costosa extracción, y la mitad de sus recursos mineros están hoy bajo control ruso.