Newsletter ‘Europa’
“Con amigos como Trump, ¿quién necesita enemigos?”. Con su franqueza y lenguaje directo habituales, Donald Tusk (el otro Donald, según jocosa autodefinición), a la sazón presidente del Consejo Europeo, resumió así en 2018 la tensa relación con el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Hoy, primer ministro de Polonia y presidente de turno de la Unión Europea –justo en el semestre en que Trump está a punto de regresar a la Casa Blanca-, Tusk podría decir lo mismo, corregido y aumentado. Porque el doble acoso al que el líder republicano y su alter ego, el magnate Elon Musk, están sometiendo a Europa estas semanas no tiene precedentes.
Donald Trump es
un extorsionador profesional. Es su manera de abordar cualquier negociación. Lo
es como hombre de negocios y, como político, lo demostró ampliamente durante su
primer mandato como presidente (2017-2021). No solo con sus adversarios –China,
en primer lugar-, sino también y sorprendentemente con sus más estrechos socios
comerciales (no hay más que preguntar a canadienses y mexicanos) y con sus
aliados europeos, objeto de críticas y ataques sistemáticos. Tusk se lo
advirtió ya entonces: “Querida América, aprecia a tus aliados, después de todo
no tienes tantos”. La advertencia no pareció preocupar a Trump entonces y menos
le preocupa ahora.
Cuando aun
faltan once días para que tome posesión de su cargo, el nuevo presidente de
EE.UU. ya ha tenido tiempo de amenazar a Europa con aplicar
aranceles suplementarios a sus productos, si no compra “masivamente” el gas
y el petróleo norteamericanos, y de expresar con particular voracidad su
interés por Groenlandia (territorio autónomo perteneciente a Dinamarca), que ya
planteó comprar en el 2019.
El interés de
EE.UU. por Groenlandia, donde tiene una base aérea militar en Thule, no es
nuevo. La voluntad de adquirir este territorio ya fue expresada por Washington
al menos en dos ocasiones en los siglos XIX y XX, y ese interés ha crecido a
medida que ha ido avanzando el proceso de deshielo en el Ártico, que abre la
posibilidad de nuevas rutas de navegación y explotación de recursos naturales,
con Rusia y China como grandes adversarios geopolíticos.
Lo nuevo, lo
realmente inédito y descabellado, es que Trump evoque el posible “uso
de la fuerza” para conseguir el dominio de este territorio, lo que supone
una amenaza grave y directa contra Dinamarca, un miembro fundador de la OTAN y,
por consiguiente, aliado de EE.UU. Y, más allá, un desafío en toda regla a la
Unión Europea. Evidentemente, no es concebible que lleve a cabo tal amenaza,
pero las palabras pesan y el mero hecho de expresar algo así emponzoña de nuevo
las relaciones trasatlánticas.
Pero no es solo
Trump quien, esta vez, da rienda suelta a sus delirios políticos. El megalómano
fundador de Space X y Tesla, y propietario actual de la red social X (antes Twitter),
Elon Musk, convertido en el personaje más influyente del entorno del presidente
electo de EE.UU. y futuro miembro del Gobierno estadounidense, ha lanzado una
campaña en toda regla contra algunos dirigentes políticos europeos –particularmente
el británico Keir Starmer y el alemán Olaf Scholz- y de apoyo a los grupos de
extrema derecha, difundiendo toda clase de bulos y falsedades a través de X.
Ante esta
avalancha, los
europeos han reaccionado de forma dispersa. Keir Starmer y Olaf Scholz se
han revuelto contra los ataques de Musk y los planes expansionistas de Trump,
apoyados por el presidente francés, Emmanuel Macron. Pero por furibundos que sean
los ataques desde el otro lado del Atlántico, la UE en su conjunto está lejos
de ofrecer una posición unánime. Hay un grupo de países, los más escorados
hacia la extrema derecha, donde Trump y Musk no solo no provocan rechazo, sino
que suscitan entusiastas adhesiones.
Al frente de
todos ellos está Italia, donde la primera ministra, Giorgia Meloni, gusta de
codearse con ambos personajes. La líder del posfascista Hermanos de Italia ha
pasado ya por Mar-a-Lago a rendir pleitesía al nuevo líder de Occidente y negocia
un contrato de 1.500 millones de dólares que pondría el cifrado de las
comunicaciones de Internet y telefonía del Gobierno italiano en manos de la red
de satélites de Elon Musk, Starlink.
Quizá por ello,
la Comisión Europea ha preferido, por el momento, evitar
un enfrentamiento directo con el líder norteamericano y ha optado por
templar gaitas. Claro que el ejecutivo comunitario se encuentra también en un
estado de hibernación temporal con su presidenta, Ursula von der Leyen, de baja
por una neumonía.
Tampoco Donald
Tusk ha abierto por ahora la boca, probablemente a la espera de que Trump asuma
la presidencia y convierta sus palabras en actos (lo cual no ha impedido que
participara en una multiconferencia esta semana con Olaf Scholz y la primera
ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, para abordar el tema de Groenlandia).
“Europa tiene la suerte de que en este momento difícil de nuestra historia,
Polonia asegure la presidencia”, declaró el primer ministro polaco en la gala
de inauguración de la presidencia de turno europea el 3 de enero en el Gran
Teatro de Varsovia.
En efecto, muy distinta sería la forma de abordar en los próximos meses la
relación con EE.UU. si la presidencia siguiera en manos –como en el semestre
pasado- del premier húngaro Viktor Orbán, que bajo el lema trumpista Make Europe Great Again se lanzó a una gira
internacional en la que se apresuró a visitar también a Trump en su mansión
de Florida (en un momento en que todavía no había ganado las elecciones). Tusk,
con una larga
experiencia política, no se engaña sobre las intenciones de Trump –la presidencia
polaca se propone por ello impulsar la integración europea en materia de
seguridad y defensa- y, además, sabe cómo tratarlo. El propio primer ministro
polaco lo resumió en un proverbio latino: Nec
temere, nec timide. Ni con temeridad, ni con timidez.
Austria se entrega a los
ultras. El presidente de
Austria, el ecologista a Alexander van der Bellen, quiso eludirlo por todos los
medios, pero el fracaso de las negociaciones para constituir un gobierno
tripartito integrado por conservadores, socialdemócratas y liberales –que
desembocó en la dimisión del canciller saliente y líder el Partido Popular
Austriaco (ÖVP), Karl Nehammer-, le ha abocado a lo inevitable: encargar
la formación del nuevo gobierno al máximo dirigente del ultraderechista
Partido de la Libertad (FPÖ), Herbert Kickl, que fue el más votado en las
elecciones del pasado mes de septiembre y que podría contar ahora con el apoyo
de los populares. Herbert Kickl, un radical
euroescéptico y prorruso, del ala más dura de su partido, podría
convertirse en el primer canciller de Austria de extrema derecha desde la
Segunda Guerra Mundial.
De Le Pen a Le Pen. Este martes desapareció el histórico
líder de la extrema derecha francesa Jean-Marie Le Pen, fallecido
a los 96 años. Ha sido sobre todo un final simbólico, pues políticamente el
fundador del Frente Nacional (FN), que en el 2002 dio la campanada al pasar a
la segunda vuelta de las elecciones presidenciales al superar al socialista
Lionel Jospin, estaba amortizado desde hace más de una década. Al frente del
partido –al que cambió el nombre por el de Reagrupamiento Nacional (RN)- desde
2011, su hija Marine ha llevado a cabo un profundo proceso de transformación y
normalización hasta llevarlo a ser la fuerza política más votada en las
elecciones legislativas del pasado verano. La desaparición del viejo patriarca
corta definitivamente el vínculo del RN con la ultraderecha de raíz antisemita.
Visita a Damasco. El primer contacto oficial de Europa con
el nuevo poder islamista de Siria no empezó precisamente con buen pie. Aunque
correcto en todo momento, el nuevo hombre fuerte de Damasco, Abu Mohamed el
Yulani, se negó a estrechar la mano –por el hecho de ser mujer- de la ministra
alemana de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, quien viajó a la capital siria
con su homólogo francés, Jean-Noël Barrot. Se trata del primer viaje realizado
por representantes de la UE a Siria desde la caída del régimen de Bashar el
Asad el pasado 8 de diciembre. Baerbock y Barrot trasladaron a El Yulani la
disposición de la europea a ayudar a la nueva Siria a condición de que se
respeten los derechos civiles y de las minorías. Las primeras señales sobre el
trato a las mujeres no parecen muy esperanzadoras.

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