domingo, 29 de diciembre de 2024

Enredados en el fango


Visión periférica

Si alguien todavía tenía dudas sobre el cariz tendencioso del algoritmo que gobierna la red social X (antes, Twitter) desde que el megalómano multimillonario Elon Musk la compró, deberían haber desaparecido por completo la noche del viernes 20 de diciembre tras conocerse el atentado en el mercadillo navideño de la ciudad alemana de Magdeburgo, con un balance de cinco muertos y más de 200 heridos.

Cuando nada se sabía aún a ciencia cierta, más allá de que un coche se había lanzado a toda velocidad sobre la multitud, todos los voceros de la extrema derecha aseguraban que el conductor –detenido inmediatamente después por la policía– era un refugiado sirio. Bastaba escribir el nombre de Magdeburgo en X para que apareciera una ristra interminable de informaciones falsas y tendenciosas. ¿Alguna fuente fiable entre todo este alud? Nada. Ignoradas por el algoritmo.

El propio Elon Musk, a pesar de estar ocupado marraneando en la negociación presupuestaria en Estados Unidos, se sumó al calentamiento del ambiente, avalando con sus retuits a quienes asociaban la matanza con la inmigración extranjera. Antes del atentado, de hecho, ya había mostrado su obsesión con este asunto, elogiando la línea dura contra los inmigrantes de la candidata ultra Alice Weider, de Alternativa para Alemania (“Obviamente, no es extrema derecha, solo políticas de sentido común”), y de celebrar, por lo mismo, la absolución del líder de la Liga italiana, Matteo Salvini, juzgado por haber retenido un barco de rescate de Open Arms con inmigrantes a bordo (“¡Bravo!”, escribió)

El señalamiento en las redes de un refugiado sirio como autor del atentado no era gratuito ni inocente. La extrema derecha alemana ha crecido a base de explotar el malestar social por la entrada masiva de refugiados sirios autorizada en el 2015 por la entonces canciller Angela Merkel. Y cualquier incidente o suceso en el que aparece involucrado –o interesadamente se sugiere que puede estarlo– un miembro de esta comunidad es aprovechado para lanzar furibundas campañas contra los sirios y los musulmanes. La última ocasión fue el ataque con cuchillo perpetrado el pasado mes de agosto por un joven sirio en Solingen, donde asesinó a tres personas. Pocos días después, el respaldo a la ultraderecha se disparó en las elecciones celebradas en los länder orientales de Turingia –donde ganó– y de Sajonia.

La contradictoria y desconcertante personalidad del autor del atentado de Magdeburgo, Taled Jawad al Abdulmohsen –que no es sirio, sino saudí– debería dificultar un poco esta vez la utilización política habitual de la tragedia. Médico psiquiatra de 50 años, empleado en una clínica de la localidad de Bernburg y asilado en Alemania desde el 2006, Abdulmohsen lejos de ser un islamista es un musulmán apóstata que en las redes acusa a Merkel de haber favorecido la “islamización de Alemania” y expresa sus simpatías por los ultraderechistas de AfD (“combatimos al mismo enemigo”), el movimiento antivacunas y ¡Elon Musk!

Lo que ha ido trascendiendo después dibuja una mente desequilibrada, en ningún caso un yihadista. Pero eso no contará para nada. Al fin y al cabo, se trata de un árabe y el objetivo de su ataque, una tradición vinculada a una festividad cristiana (por desacralizada y comercializada que esté la Navidad). En un homenaje a las víctimas de Magdeburgo la víspera de Nochebuena, la  líder ultra, Alice Weider, no dudó en mentir descaradamente y presentar al atacante como un  “islamista lleno de odio”, mientras el respaldo electoral a la AfD subía en dos días –según un sondeo del diario Bild– del 19% al 24%.

Por supuesto, no es únicamente la extrema derecha la que prospera en el lodazal de las redes sociales. Los islamistas las utilizan también a destajo para hacer proselitismo, reclutar yihadistas, mentir, difamar y amenazar. El mismo viernes del atentado de Magdeburgo hubo un vivo recordatorio en París, donde el tribunal especial que ha juzgado el asesinato del profesor francés Samuel Paty en octubre del 2020 –decapitado por un yihadista checheno por haber osado debatir en clase sobre las caricaturas de Mahoma– dictó una sentencia histórica.

Hablamos de este asunto en esta misma tribuna hace quince días. Bajo el título Padre no hay más que uno, abordábamos el funesto papel representado en la tragedia por Brahim Chnina, el –crédulo y presuntamente bienintencionado– padre de la estudiante de 13 años cuyas mentiras condujeron al asesinato del infortunado profesor. Chnina, secundado e instrumentalizado por un conocido activista islamista, Abdelhakim Sefrioui, fue el responsable de la campaña de calumnias y de odio lanzada contra Samuel Paty en las redes que desembocó en su atroz asesinato.

En un severo veredicto, el tribunal condenó a ambos a 13 y 15 años de prisión, respectivamente, por asociación criminal terrorista, sentando una nueva jurisprudencia sobre las consecuencias penales de las campañas de este tipo. En su sentencia, el tribunal considera que ambos hombres no podían ignorar que, dado el contexto, su acción en las redes colocaba al profesor en un riesgo evidente para su integridad física y preparaba las condiciones para la perpetración de un atentado terrorista, como así sucedió.

Ninguno de los dos, en sus mensajes, llamó explícitamente a la venganza ni a la violencia contra Samuel Paty, pero a juicio del tribunal la falta de intencionalidad no les exime de responsabilidad. El fallo implica que a partir de ahora –al menos, en Francia– cualquier campaña mediática que ponga en riesgo la vida de una persona puede ser considerada a posteriori un delito de terrorismo si provoca un atentado. Una decisión discutida, pero que abre la puerta al fin de la impunidad.


Todos los caminos conducen a Roma


Newsletter ‘Europa’

Los tropiezos con la Justicia que está encontrando el proyecto de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, de enviar a los inmigrantes irregulares a centros de retención y expulsión en Albania no parece arredrar a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ni a un puñado de países comunitarios, decididos también a implementar “soluciones innovadoras” (es el eufemismo oficial) para agilizar los trámites de asilo y la repatriación de aquellos inmigrantes a quienes se les deniegue. La principal y más controvertida de ellas, la externalización del procedimiento instalando centros especiales en países terceros a cambio de una compensación económica y/o política. Los inmigrantes, mejor fuera de la vista.

Von der Leyen, quien ya trasladó sus planes al respecto a los jefes de Estado y de gobierno de la UE en una carta antes de la última cumbre, se propone presentar antes del próximo mes de marzo una propuesta de reforma legislativa para mejorar y agilizar el procedimiento de expulsión, que hasta ahora fracasa en el 80% de los casos. Entre las nuevas medidas la Comisión Europea tiene la intención de incluir la instalación de centros de retención y deportación exteriores a la UE, siguiendo el modelo italiano. Para ello, ya ha empezado a estudiar los aspectos legales, operacionales, prácticos y financieros de la idea, así como el modo de que este sistema respete los derechos fundamentales de las personas y el marco jurídico comunitario. Cuestión espinosa.

Italia ha sido –no sin dificultades- el país precursor en este terreno, pero no está solo. Hay un puñado de gobiernos europeos que integran la vanguardia de esta iniciativa: la Republica Checa, Chipre, Dinamarca, Grecia, Hungría, Malta, Países Bajos, Polonia y Suecia. A los que podrían sumarse Alemania si la derecha recupera el gobierno, tal como vaticinan los sondeos, tras las elecciones del próximo mes de febrero y –también posible, aunque más difícil- Francia, cuyo ministro del Interior, Bruno Retailleau –del ala dura de Los Republicanos- está en cualquier caso atraído por la idea. La propia Von der Leyen está personalmente comprometida, tanto por el giro a la derecha que han dado en esta materia su partido, la CDU, y el Partido Popular Europeo (PPE), liderado por el alemán Manfred Weber, como por sus propios compromisos de investidura.

La instalación de centros de deportación en terceros países se enfrenta, más allá de las objeciones políticas o morales que pueda suscitar la iniciativa, a complicaciones jurídicas, como ha demostrado la intervención hasta ahora de la Justicia italiana. Sucesivas sentencias han frenado la iniciativa de Meloni y obligado a trasladar a Italia al puñado de inmigrantes que habían sido derivados al flamante centro de retención de Shengjin, en la costa albanesa, que permanece custodiado por la policía italiana pero absolutamente vacío. Los jueces italianos han considerado que los países de origen de los inmigrantes, a los que se les pretendía devolver, no son seguros, en contra de lo que sostiene el Gobierno italiano. Algo que deberá dirimir ahora el Tribunal de Justicia de la UE.

Giorgia Meloni, sin embargo, está decidida a dar la batalla y ya ha anunciado que a partir del 11 de enero reactivará el envío de inmigrantes irregulares a Albania, apoyándose en un cambio de jurisdicción interna que considera favorable. La primera ministra italiana se siente confortada además por una sentencia del Tribunal de Casación según la cual corresponde al Gobierno determinar cuáles son los “países de origen seguros” cuyos ciudadanos pueden someterse a procedimientos rápidos de expulsión. Otra buena noticia para el frente duro antiinmigración ha sido la absolución de Matteo Salvini, líder de La Liga, que había sido juzgado por el bloqueo, cuando era ministro del Interior, de un barco de la oenegé española Open Arms con 147 inmigrantes rescatados en el mar.

El debate de la inmigración se mantiene muy vivo en toda Europa, alimentado por una extrema derecha que crece electoralmente espoleando el miedo de la población a los extranjeros. En este contexto, el inexplicable atentado contra el mercadillo navideño de Magdeburgo, en Alemania, el viernes 20, con un balance de cinco muertos y más de 200 heridos, puede disparar las expectativas de la extremista Alternativa para Alemania (AfD), que ya iba en segundo lugar en las encuestas con un apoyo del 19% y que, según un sondeo de urgencia realizado tras el ataque por al instituto INSA por encargo del diario Bild, habría subido al 24%.

El autor del atentado, un médico saudí de 50 años, Taleb Khawad al-Abdulmohsen, quien se lanzó en coche sobre la multitud, no responde al perfil habitual de un terrorista, sino más bien al de un desequilibrado: apóstata del Islam, había expresado incluso en las redes sociales sus simpatías por la AfD. Pero tales matices se perderán por el camino: la idea que quedará es que, de nuevo, se trata de un atentado cometido por un árabe contra la expresión de una festividad cristiana (por desacralizada que esté)

El terrorismo islamista, o el percibido como tal, es el gran aliado histórico de la extrema derecha europea. El que la alimenta. Así sucedió también con el atentado yihadista en La Rambla de Barcelona de 2017, perpetrado por un grupo de musulmanes de Ripoll y desencadenante del nacimiento del partido de ultraderecha Aliança Catalana, que siete años después está presente en el Parlament y se extiende hoy por toda Catalunya.

La inmigración masiva supone un reto para los países de acogida, pero reducir el fenómeno a sus extremos más problemáticos –en el límite, los atentados terroristas islamistas- y achacarle todos los problemas de la sociedad es una caricatura grosera que oscurece su dimensión humana. Detrás de cada inmigrante hay una historia personal, como la del ghanés Ahmed Mansur (premio Erasmus), que llegó a España en patera y aquí ha logrado formarse y trabajar para una multinacional, o como la del marroquí Lachen Elkabouri, que también cruzó el mar y, tras vivir varios meses en la calle, está estudiando para trabajar como mecánico. Son historias sobre sueños cumplidos o camino de cumplirse. Pero no dan votos. El miedo, sí.

 

La diplomacia de la extorsión. Donald Trump no cree en la existencia de acuerdos de mutuo beneficio (lo que en la jerga internacional se conoce como win-win); para él, siempre hay alguien que gana y alguien que pierde, así en los negocios como en la política internacional. Determinado a revisar en beneficio de EE.UU. las relaciones comerciales con Europa, no ha esperado a tomar posesión como presidente para empezar a extorsionar –su método preferido de negociación- a la UE. En un mensaje a través de las redes sociales amenazó con imponer aranceles suplementarios a las importaciones de los países europeos si estos no compran “masivamente” gas y petróleo estadounidense. Se da la circunstancia de que, a raíz de la guerra de Ucrania, EE.UU. es la principal fuente de las importaciones europeas de gas y petróleo. Pero le da igual.

Nuevo gobierno en Francia. El nuevo primer ministro francés, el centrista François Bayrou, presentó esta semana su nuevo gobierno, con el reto de superar los tres meses de vida del equipo de su predecesor, el conservador Michel Barnier (breve jefe del Ejecutivo pese a tratarse de un hombre bregado en la difícil negociación del Brexit en nombre de la UE). El talante dialogante de Bayrou no le ha servido para atraerse a los socialistas –lo que le hubiera permitido ampliar su base parlamentaria-, mientras sigue bajo la amenaza de la ultraderecha. En este sentido, el nuevo gobierno nace tan frágil como el anterior. La gran novedad –sobre todo de cara a la opinión pública española, aunque también para la francesa- es el retorno a la primera línea política del ex primer ministro francés Manuel Valls, malogrado candidato a la alcaldía de Barcelona en 2019.

Un toque navideño. En una Europa unida y un mundo globalizado no es sorprendente que algunas tradiciones locales atraviesen las fronteras y se extiendan por todas partes (sobre todo las de Estados Unidos, gracias al inmenso altavoz de Hollywood). Una de las más recientes es la tradición navideña sajona del cascanueces, una figurita tallada en madera con uniforme de húsar (o similar) que se utiliza como ornamento navideño y tiene su origen en el cuento del escritor alemán Theodor Amadeus Hoffman titulado El cascanueces y el rey de los ratones. En el relato, una niña recibe como regalo navideño un cascanueces en forma de militar, que esa noche cobra vida y, tras derrotar al rey ratón, la lleva a un reino de ensueño poblado por muñecos. Otra tradición culinaria europea cada vez más presente en nuestras mesas por Navidad es el panettone milanés.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Dos pollos sin cabeza


Newsletter ‘Europa’

Los estadounidenses tienen una gráfica manera de referirse al presidente que encara la recta final de su mandato y al que le queda, por consiguiente, una capacidad de maniobra política progresivamente mermada: lame duck (pato cojo). Utilizando otro símil animal, Alemania y Francia, los dos motores de la Unión Europea, se asemejan hoy a dos pollos sin cabeza, corriendo hacia no se sabe dónde.

Ambos países atraviesan una etapa de parálisis política debido a la inestabilidad de sus gobiernos que se añade a una preocupante crisis económica, con Alemania absolutamente estancada –Bruselas prevé que cierre el año con una contracción del PIB del -0,1% y se recupere muy débilmente en 2025 con un 0,7% positivo- y Francia en una situación económica no mucho mejor (crecimiento del 1,1% para este año y del 0,8% para el próximo) y lastrada por un déficit público del 6% y  una deuda del 110% del PIB.

En minoría desde principios de noviembre, cuando rompió su pacto de gobierno con los liberales, el canciller alemán, Olaf Scholz, perdió el lunes la cuestión de confianza que había presentado en el Bundestag de cara a convocar elecciones anticipadas. Mientras tanto, a mil kilómetros de allí, en París, el presidente francés, Emmanuel Macron, a la deriva desde que decidiera convocar sorpresivamente a las urnas en junio, acababa de nombrar al frente del Gobierno al centrista François Bayrou en sustitución del conservador Michel Barnier, quemado y derribado por una moción de censura en tan solo tres meses. Segundo intento, sin demasiadas garantías, para salir del marasmo.

La inestabilidad política que arrastra Francia desde hace medio año ha acabado por extenderse a Alemania, donde las diferencias entre los miembros del gobierno tripartito de socialdemócratas, verdes y liberales –sobre todo en materia fiscal y presupuestaria- acabaron desembocando hace mes y medio en la ruptura del pacto. Incapaz de aprobar los presupuestos del 2025, el socialdemócrata Scholz –con una popularidad que ha alcanzado profundidades abisales- se vio forzado a acordar con la oposición democristiana un adelanto electoral -cuestión de confianza mediante- para el 23 de febrero.

Scholz se lo juega todo a esa carta, y no es muy buena. Pero no tenía otro remedio. Aunque los analistas aconsejan no menospreciar al líder socialdemócrata, lo cierto es que los sondeos le son adversos y le colocan en tercer lugar. Las últimas encuestas –confirmando la tendencia del último año- dan como ganadora a la democristiana CDU, con Friedrich Merz al frente (31%), seguida a mucha distancia por la ultraderechista Alianza para Alemania (Afd), con Alice Weider como candidata (19%), y después los socialdemócratas (SPD) de Scholz (17%)

Si la CDU no obtiene la mayoría absoluta, no son pocos los observadores que vaticinan el retorno de la gran coalición entre democristianos y socialdemócratas, toda vez que el sesgo neonazi de AfD –uno de los grupos de extrema derecha europeos más radicales- hace muy difícil, por no decir imposible, su confluencia con la derecha tradicional. De hecho, los ultras han sido ya sistemáticamente aislados por acuerdos de gobierno y alianzas de investidura entre los demás partidos en Brandeburgo, Sajonia y Turingia.

El gran reto de Alemania es reactivar la economía y, si bien las dos principales fuerzas parecen de acuerdo en derogar la disposición constitucional que dificulta el endeudamiento del Gobierno, sus enfoques son diametralmente opuestos. Si la CDU plantea una rebaja amplia de impuestos, el SPD pone en cambio el acento en un fuerte programa de inversiones, algo de lo que Alemania va muy falta.

No es muy diferente el debate en Francia, donde el sello de Macron ha sido hasta ahora la línea de las rebajas fiscales para estimular la inversión. Dado el estado de las finanzas públicas, el fenecido gobierno de Michel Barnier proponía combinar subidas de impuestos y recortes del gasto, una vía esta última en la que se estrelló por la oposición combinada de la izquierda y la ultraderecha (el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen votó la censura ante la negativa del jefe del Ejecutivo a revalorizar las pensiones en proporción de la inflación)

Macron, a diferencia de Scholz, no tenía ninguna necesidad en junio de disolver el Parlamento y convocar elecciones, a pesar del triunfo del RN en los comicios europeos. Y es evidente, a la vista del resultado, que cometió un grave error de juicio. La actual inestabilidad política francesa es fruto de aquella absurda decisión.

François Bayrou, un hombre procedente de la UDF de Giscard d’Estaing –que reconvirtió en el Movimiento Demócrata (MoDem)- y apegado a la Francia rural, es el encargado ahora de tratar de reconducir la situación, pero no lo va a tener mejor que Barnier pese a su talante dialogante. Los tres grandes bloques –el centro, la izquierda y la extrema derecha- tienen un peso equivalente y la única manera de romper este círculo vicioso sería quebrar la unidad del Nuevo Frente Popular (NFP) atrayéndose a los socialistas. Pero los dirigentes del PS, para quienes el cargo de primer ministro debería recaer en una figura de la izquierda –por su mayor peso parlamentario-, han decidido mantenerse en la oposición. A partir de aquí, es la cuadratura del círculo.

Como Francia no es Estados Unidos, la Asamblea Nacional votó por unanimidad esta semana una Ley Especial para garantizar, en ausencia de presupuesto, que el Estado pueda seguir funcionando (cobrando impuestos y endeudándose en los mercados). Pero la negociación para la aprobación de las cuentas de 2025 volverá a ser ardua. Y unos y otros ya han advertido que si el Gobierno tiene la tentación de aprobarlas por decreto (vía el polémico artículo 49.3 de la Constitución) será censurado como el de Barnier. Pero para eso aún falta un Gobierno, pues Bayrou aún no ha nombrado a sus ministros.

Si la apuesta de Bayrou fracasa, se volverá a la casilla de salida. Una y otra vez. Y así hasta que en junio puedan volverse a convocar elecciones legislativas. Pero es difícil pensar que semejante inestabilidad y desgaste sea soportable para Emmanuel Macron, que pese a tener mandato hasta el año 2027 podría verse forzado a dimitir.

Nuestro compañero Domingo Marchena explicaba hace poco la increíble historia del legendario pollo sin cabeza de Fruita (Colorado). El animal, conocido popularmente como Mike the Headless Chicken sobrevivió en 1945 a su decapitación –un hecho extraordinario pero científicamente explicable- y logró prolongar su torturada vida durante 18 meses. Tampoco más. Y convertido en un espectáculo de feria.

 

Turquía, otra vez clave. Después de la masiva llegada de refugiados sirios a Europa en 2015, marcada por la decisión de la entonces canciller de Alemania, Angela Merkel, de abrir la frontera con Hungría y dejarlos entrar, la UE dirigió la mirada hacia Turquía en busca de árnica. Y la obtuvo. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aceptó convertirse en gendarme y frenar el paso de ciudadanos sirios camino de Europa a cambio de una sustanciosa –y legítima- compensación económica (Turquía es el país que más refugiados de la guerra de Siria acoge: más de 3 millones). La caída del dictador Bashar el Asad ha abierto un nuevo escenario político que podría favorecer el retorno de algunos de los refugiados (horizonte que excita a algunas fuerzas políticas en Europa). La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se reunió el martes con Erdogan en Ankara, cuyo apoyo busca Bruselas para esta nueva fase.

Premio Sájarov. El líder opositor venezolano Edmundo González, que se atribuye la victoria en las elecciones del 28 de julio pasado, recibió el martes en Estrasburgo el premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, otorgado por el Parlamento Europeo, que ha premiado asimismo a su compañera María Corina Machado, oculta en su país. La Eurocámara reconoce a González como presidente legítimo de Venezuela y rechaza, por fraudulentos, los resultados oficiales del régimen chavista que dieron por buena la reelección de Nicolás Maduro. En una entrevista con La Vanguardia, González –que hasta ahora vive exiliado en Madrid- reiteró que en enero piensa volver a Venezuela para tomar posesión simbólicamente de su cargo. La oposición venezolana fue galardonada por primera vez con el Sájarov en 2017.

Georgia se escapa. Se trataba de una elección indirecta, realizada por un organismo controlado por el partido del poder, Sueño Georgianbo, así que las cartas estaban marcadas desde el principio: el sábado pasado, el exfutbolista profesional Mijeíl Kavelashvili, de 53 años, prorruso y antioccidental, fue elegido nuevo presidente de Georgia, en sustitución de la proeuropea Salomé Zurabishvili (última en el cargo en haber sido elegida por votación popular). Único aspirante en una votación boicoteada por la oposición, Mijeíl Kavelashvili recibió el apoyo de 224 de los 300 diputados nacionales y municipales que forman el colegio electoral. La elección fue respondida por renovadas protestas en las calles, que prolongan a las que suscitó la decisión del primer ministro, Irakli Kobajidze, de suspender las negociaciones de adhesión a la UE.


domingo, 15 de diciembre de 2024

Padre no hay más que uno


Visión periférica

Todo empezó con una mentira. Una mentira mil veces repetida en las redes sociales que puso en marcha un engranaje fatal.  La autora, escondida por razones jurídicas bajo la falsa identidad de Zohra, o simplemente Z., tenía 13 años en aquel entonces, octubre del 2020, en plena pandemia. Turbulenta e indisciplinada, la directora del colegio donde Zohra estudiaba decidió expulsarla dos días por su mal comportamiento. Con miedo a la reacción de sus padres, se le ocurrió improvisar un embuste: su expulsión –les explicó– había sido consecuencia de haber protestado por la decisión de su profesor de Geografía e Historia de invitar a los alumnos musulmanes a abandonar el aula antes de proyectar las polémicas caricaturas de Mahoma que desencadenaron el atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo en 2015.

El docente, cuyo objetivo era organizar un debate sobre la libertad de expresión, nunca echó de clase a los musulmanes –solo ofreció salir a quien se sintiera incómodo– y Zohra hablaba de oídas, pues tampoco había ido ese día al colegio. Pero la excusa funcionó...

Lo que pasó a partir de aquí es conocido. El padre de la niña, alentado y secundado por un activista islamista, expresó airadamente su protesta a través de las redes sociales, que la replicaron hasta el infinito, desencadenando un alud de insultos y amenazas. Hasta que un desnortado integrista de 18 años, el refugiado checheno Abdoullakh Anzorov, decidió tomarse la justicia divina por su mano y el 16 de octubre decapitó al infortunado profesor, Samuel Paty, antes de ser muerto a su vez por la policía. Desde el pasado mes de noviembre se celebra en París el juicio contra aquellos que pusieron en marcha la maquinaria de la venganza y la muerte.

Zohra, condenada en el 2023 por un tribunal de menores a 18 meses de libertad condicional por mentira calumniosa, ha acudido esta vez al tribunal como testigo. En el banquillo de los acusados está, entre otros, su padre, Brahim Chnina, que lleva cuatro años en prisión provisional y podrían caerle 30. En su declaración, el pasado día 26, la hoy adolescente de 17 años pidió perdón a la familia de su profesor, intentó justificarse diciendo que había caído “prisionera” de su propia mentira  y trató de exculpar a su padre, de cuya “ingenuidad y bondad”, dijo, se aprovechó.

Es interesante el papel del padre. Brahim Chnina, nacido hace 52 años en Orán (Argelia) y llegado a Francia cuando era un niño, trabajador en una sociedad de ayuda a personas discapacitadas y progenitor devoto de una prole de seis hijas, ha aparecido ante la corte como un buen hombre, una persona afectuosa y un padre sobreprotector. Un papa poule (papá gallina) como se dice en Francia. Su trayectoria personal y familiar tampoco le señalan como un musulmán integrista, más bien al contrario –incluso alertó en 2014 a los servicios antiterroristas de la captación de una de sus hermanas por los yihadistas–, lo que no hace sino más misteriosa la relación que mantuvo con el islamista Abdelhakim Sefrioui, este sí, un fundamentalista que se erigió en el auténtico director de la campaña contra Paty.

En su declaración ante el tribunal, el día 2, Chnina, delgado y envejecido, negó ser un islamista radical y dijo lamentar profundamente el asesinato del profesor, un desenlace que nunca imaginó. “Lo que hice es irreparable e imperdonable”, admitió. ¿Por qué lo hizo? A eso no dio una respuesta clara, pero tras sus explicaciones se intuye una voluntad desmedida de salir en defensa de su retoño, que creyó víctima de una injusticia, más allá de toda duda. “Cometí el error de creer a mi hija”, reconoció. La familia, por encima de todo.

Puede parecer una comparación excesiva, pero hay una corriente de fondo que liga el comportamiento de Brahim Chnina y el del presidente saliente de Estados Unidos, Joe Biden, al decidir el indulto de su hijo Robert Hunter, condenado por posesión ilegal de armas de fuego y evasión fiscal. El perdón presidencial causó sorpresa e indignación en el Partido Demócrata y desconcierto en la Casa Blanca, que en el último año y medio había desmentido al menos una decena de veces que el presidente fuera a indultar a su vástago.

Si la decisión de Biden es política y éticamente reprensible, es perfectamente posible comprender los resortes emocionales que han llevado al presidente norteamericano a tomar una decisión que empaña el final de su larga trayectoria. Biden tiene 82 años, está a punto de abandonar la Casa Blanca y no tiene ninguna ambición política que proteger. Su familia ha sufrido momentos muy traumáticos. Casado en primeras nupcias en 1966 con Neilia Hunter, su mujer y su hija pequeña, Naomi Christina, Amy, murieron en 1972 en un accidente de tráfico cuando iban a comprar regalos de Navidad, y su hijo primogénito, Joseph Robinette, Beau, que había seguido también la carrera política de su padre, murió de cáncer en el 2015. Hunter, el indultado, es el único hijo vivo que queda de su primer matrimonio.

Todo ello en un contexto en el que las reglas y códigos morales están seriamente en cuestión en EE.UU. Donald Trump ya indultó a su consuegro en su primer mandato y valoraba descaradamente indultarse incluso a sí mismo de no ser porque todas las causas judiciales en su contra han decaído como un dominó tras su nueva elección. También ha anunciado que todos los condenados por el asalto al Capitolio en 2021, del que él fue inductor, serán perdonados. Si a los más de 77 millones de  estadounidenses que  le votaron, todo esto les da igual, ¿por qué Biden debería refrenarse? La familia, por encima de todo.

Más allá de las diferencias entre ambos casos, las acciones de Brahim Chnina y Joe Biden suscitan un dilema moral que interpela a todos los padres. ¿Hasta dónde es legítima la defensa de los propios hijos?

 

Muchas prisas por echar a los sirios


Newsletter ‘Europa’

Anas Modamani, de 27 años, tenía 18 cuando huyó de Damasco y, tras un arduo viaje a través de Turquía, Grecia y Serbia, alcanzó por fin Alemania. Su imagen dio la vuelta al mundo en septiembre del 2015, cuando aprovechó la visita de la entonces canciller Angela Merkel a un centro de refugiados en Berlín para hacerse una selfie con ella. Hoy, casi una década después, Modamani tiene la nacionalidad alemana, está casado con una ucraniana y trabaja como cámara. Su deseo, que arrastra desde que llegó a Europa, es traerse a sus padres a Berlín, pero en ningún momento se le pasa por la cabeza regresar a Siria, como no sea de vacaciones. La caída del sangriento régimen dictatorial de Bashar el Asad, sin embargo, ha despertado en parte de la clase política alemana y de otros países europeos una sorprendente urgencia por repatriar a los refugiados.

Apenas veinticuatro horas después de que las milicias rebeldes, encabezadas por la islamista Organización para la Liberación del Levante -Hayat Tahrir al Sham (HTS)-, tomaran el poder en Damasco y El Asad huyera a Moscú, una decena de países europeos se apresuraron a suspender la tramitación de todas las demandas de asilo pendientes de ciudadanos sirios: Alemania, Bélgica, Dinamarca, Francia, Grecia, Noruega, Países Bajos y Suecia, de la UE, a los que se sumaron el Reino Unido y Suiza. El Gobierno austriaco fue más allá y anunció la elaboración de un programa de repatriaciones.

Algunos de estos países, de hecho, ya habían empezado a valorar el pasado verano la posibilidad de normalizar las relaciones diplomáticas con el régimen caído -que creían o querían creer perfectamente asentado tras más de 13 años de guerra civil- con el objetivo de promover el retorno de sus nacionales a las zonas supuestamente seguras… Pero ¿podía considerarse Siria relativamente un país seguro? ¿Lo es ahora?

Mientras los refugiados sirios salían a las calles de toda Europa para festejar la caída de El Asad, dirigentes de la extrema derecha y de la derecha no tan extrema empezaban a soñar con deshacerse de ellos. Particularmente en Alemania. “Todos aquellos que celebran la ‘Siria libre’ ya no tienen motivos para huir y deberían regresar a Siria inmediatamente”, declaró en la red social X –el ágora de los extremistas- la candidata a la Cancillería de la ultraderechista Alternativa para Alemania (Afd), Alice Wiedel. Pero no fue solo ella, Jens Spahn, diputado y exministro de la CDU, puso sobre la mesa la idea de otorgar primas de 1.000 euros para promover el regreso.

La guerra civil de Siria, desencadenada en marzo del 2011, generó un éxodo humano sin precedentes. Más de 14 millones de personas se convirtieron en desplazadas, la mitad de las cuales aproximadamente siguen viviendo en el país dependientes de la ayuda humanitaria y bajo la más extrema pobreza. El resto tomó el camino del exilio, asentándose sobre todo en los países de alrededor –la mitad, en Turquía- y también en Europa. El país europeo que alberga a más refugiados sirios es Alemania, con alrededor de un millón de personas, fruto de la –inicialmente aplaudida- decisión de Angela Merkel en el 2015 de abrir las fronteras al grito de “podemos hacerlo”.

Hoy aquella decisión es bastante más discutida y las tensiones sociales que esa avalancha generó están detrás –en parte- del ascenso electoral de la extrema derecha (los sondeos siguen colocando a AfD como segundo partido en intención de voto en las elecciones legislativas previstas para febrero). Pero Merkel, que acaba de publicar sus memorias (Libertad, RBA 2024), sigue defendiendo su posición. Consideró, y considera, que rechazar con violencia a los refugiados que se agolpaban en la frontera con Hungría hubiera sido “incompatible con nuestros valores europeos”, tal como explicó en la conversación que mantuvo el martes en Barcelona, en la presentación de su libro, con nuestra corresponsal en Berlín, María-Paz López.

Después de más de una década, no parece que entre los refugiados sirios haya un clamor por regresar a su patria. Algunos han ido retornando, en 2023 lo hicieron unos 38.000, el año anterior unos 51.000, según datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR). Un sondeo regional realizado el año pasado indicaba que sólo un 1,1% se decía dispuesto al regreso en los 12 meses siguientes. Algo habrá cambiado con la caída de El Asad, pero la dramática situación económica y humanitaria en el país, y la incertidumbre sobre el futuro inmediato, no permiten pensar que vaya a haber un regreso masivo, a pesar del llamamiento realizado esta semana por el nuevo primer ministro del gobierno provisional, Mohamed el Bashir, uno de los dirigentes de la HTS.

“Quienes, tras la caída de Bashar el Asad, solo esperan deshacerse lo más rápidamente posible de los refugiados sirios no solo carecen cruelmente de humanidad, sino también de realismo político”, ha escrito el editorialista de Der Spiegel Stefan Kuzmany.

Lo cierto es que la situación en Siria, aún liberada del tirano, es todo menos sólida. El nuevo poder, aunque liderado por la Organización para la Liberación del Levante (HTS), se asienta sobre una inestable coalición de grupos con intereses diversos y no controla todo el país, por lo que el riesgo de choques o nuevos brotes de violencia no es descartable. Por otro lado, la propia organización islamista tiene un pasado oscuro, vinculado a Al Qaeda. La ONU, la UE y Estados Unidos la tienen en su lista de organizaciones terroristas, así como a su líder, Abu Mohamed el Yulani.

Los nuevos señores de Siria han querido ser tranquilizadores, de entrada. Han pactado una transición ordenada con el gobierno anterior y han prometido respetar a todas las minorías. Pero en su historial hay abusos contra los derechos humanos y una aplicación rigorista del Islam. También los talibanes mostraron una cara moderada al retomar el poder en Afganistán en 2021, algo que su trato posterior a las mujeres ha desmentido.

“Creo que aún no me he acostumbrado a decir lo que pienso. Todavía siento que algo malo me puede pasar si lo hago”, confiaba Mouneen, cooperante de la Media Luna Roja, junto a la prisión de Saidnaya en Damasco, a Helena Pelicano, expresando las dudas que subsisten en la sociedad siria sobre lo que deparará el nuevo poder. El dibujante francés Urbs resumió de forma clarividente esta incertidumbre en una caricatura de la serie Cartooningt for Peace en la portada de Le Monde de este miércoles. En ella se ve a un sirio que acaba de pintar en la pared “¡Libres!”, a lo que su acompañante apostilla: “Yo hubiera puesto signos de interrogación”.

 

Pesca agridulce. La oposición combinada de España e Italia, con el apoyo de Francia, ha logrado esta semana suavizar una propuesta de la Comisión Europea para reducir de forma drástica –a tan solo 27 días al año- la pesca de arrastre para proteger las especies amenazadas en el Mediterráneo occidental, un planteamiento que el Gobierno español, a través del ministro Luis Planas, había calificado de “disparate”. Tras una larga negociación en Bruselas, el Ejecutivo comunitario aceptó ampliar progresivamente el número de días en que se podrá faenar a cambio de adoptar toda una serie de medidas para hacer la pesca más sostenible. Los pescadores creen que las nuevas condiciones van a suponer nuevas dificultades y alargar la agonía del sector.

Mercosur, un acuerdo en suspenso. Si los pescadores estaban quejosos, los agricultores no lo están menos, tanto en España como en otros países europeos, por la firma del acuerdo de libre comercio entre la UE y los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), que a su juicio prima los intereses de la industria por encima de los del sector agropecuario. El tratado, suscrito por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en Montevideo el día 6 después de 25 años de negociaciones abre a Europa el gran mercado latinoamericano en un momento en que el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca hace prever nuevas tensiones en el comercio mundial. Alemania y España han sido los grandes valedores del acuerdo, al que se opone Francia, que busca aliados para bloquear su ratificación.

Injerencia rusa en Rumanía. Después de haber certificado inicialmente los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Rumanía (tal como anotábamos en el último boletín), el Tribunal Constitucional rumano decidió por unanimidad anular el resultado, que había dado como vencedor al candidato prorruso Calin Georgescu, y ordenar la repetición de todo el proceso electoral (lo cual comportó la anulación de la segunda vuelta prevista el domingo pasado). Informes de inteligencia desclasificados a última hora demuestran que la candidatura de Georgescu fue impulsada por la injerencia exterior de un “agente estatal”, que no es otro que Rusia. Los partidos proeuropeos –socialdemócratas, liberales, conservadores y de la minoría magiar-, que tras las elecciones legislativas dominan el Parlamento, han acordado constituir un gobierno de coalición y negocian presentar un candidato único a las presidenciales.

 

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

Derrota y deshonor


Newsletter ‘Europa’


A Winston Churchill se le atribuyen numerosas citas, muchas de ellas apócrifas. Entre las ciertas, está la sentencia con que censuró los Acuerdos de Munich, firmados en 1938 por las potencias democráticas europeas con Hitler, donde cedieron a las exigencias del líder nazi: “Se les dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”. Parafraseando al líder británico, el diputado macronista David Amiel, muy crítico con la línea del conservador Michel Barnier al frente del Gobierno francés, había advertido contra la tentación de pactar con la extrema derecha: “Si intentamos trazar perspectivas basadas en lo que sería aceptable o no para el RN [Reagrupamiento Nacional], tendremos a la vez el deshonor y la derrota”.

La derrota, en efecto, estaba a la vuelta de la esquina. El miércoles, a pesar de las concesiones hechas por Barnier a Marine Le Pen en el proyecto de ley de financiación de la Seguridad Social, el RN sumó sus votos a los de la izquierda en la moción de censura que tumbó al Ejecutivo. El bregado negociador del Brexit no consiguió esta vez salir airoso y se convirtió en el jefe de gobierno más efímero de la V República –exactamente 91 días-, englutido por el endemoniado escenario político surgido de las elecciones anticipadas convocadas en junio por el presidente Emmanuel Macron.

Anoche, Macron descartó dimitir y repartió culpas a diestro y siniestro, acusando a unos y a otros de irresponsabilidad y de abonar un “frente antirrepublicano”. En los últimos días había sido particularmente duro con el Partido Socialista y su predecesor, François Hollande, que se sumó a la censura (¿venganza tardía sobre el ministro de Economía que le traicionó en 2017?). No hubo ningún atisbo de autocrítica. Sin embargo, el principal culpable de la inestabilidad política que atenaza a Francia no es otro que el propio presidente, por su suicida decisión de disolver la Asamblea Nacional, y por el errático y contradictorio rumbo que ha seguido después. Si derrota hay –el deshonor, cada cual juzgará-, no es de Michel Barnier, sino de Emmanuel Macron.

El Parlamento surgido de las elecciones de junio, donde ningún bloque cuenta con mayoría absoluta –la izquierda reúne 193 diputados, los macronistas 166 y la ultraderecha 142- hace muy difícil la gobernabilidad. Tanto más cuanto que los dos extremos del arco parlamentario pueden formar un frente de rechazo –como se ha visto- para derribar al gobierno de turno. Pese a que la izquierda coaligada en el Nuevo Frente Popular fue la que obtuvo mayor número de escaños en la Cámara baja, Macron rehusó encargarle el gobierno y optó por nombrar primer ministro a un hombre procedente de la derecha (Los Republicanos, cuarta fuerza política) con el apoyo de la coalición macronista. Esa opción bloqueó todo acercamiento al PS y dejó al gobierno de Barnier en manos de la benevolencia del Reagrupamiento Nacional. Que ha durado bien poco.

La caída del gobierno Barnier agrava la inestabilidad política de Francia en un momento particularmente delicado para Europa, con Alemania –el otro gran motor de la UE- en horas bajas y en pleno periodo preelectoral, y con el inminente retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. Y sobre todo para la propia Francia, enfrentada a fuertes tensiones sociales y políticas, y en una situación financiera complicada, con un déficit público desbocado (6,1%) y una deuda que roza los 3 billones de euros. La prima de riesgo ha llegado a alcanzar los 90 puntos básicos, ¡por encima de la de Grecia!

Justamente ha sido la cura de austeridad que pretendía imponer Barnier la que ha precipitado la caída de su gobierno, el RN erigiéndose en protector de los intereses de los ciudadanos de a pie (su última demanda, rechazada, era la revalorización de las pensiones en proporción a la inflación). A falta de mayoría suficiente para aprobar la ley de financiación de la SS y los Presupuestos del Estado para 2025, el primer ministro recurrió al artículo 49.3 de la Constitución, que permite aprobar una ley sin el voto del Parlamento a cambio de comprometer la responsabilidad del Gobierno a través de una moción de censura. Es una apuesta drástica: si el Ejecutivo la gana, la ley es aprobada; si pierde, no es solo rechazada la ley sino que cae el primer ministro y todo su gabinete.

El recurso al 49.3 ha sido frecuente y, en los últimos años, los sucesivos gobiernos de Macron lo convirtieron incluso en algo banal. ¡Hasta la reforma de las pensiones se aprobó así! Pero si antes era relativamente fácil superar una moción de censura –en la historia de la V república solo había triunfado una, en 1962-, ahora ya no es así.

Macron deberá designar en las próximas horas o días un nuevo primer ministro, que podría ser esta vez alguien perteneciente a su órbita política. Puestos a lidiar con un Parlamento en contra, puede pensar, mejor hacerlo con alguien de confianza al frente de Matignon. Porque lo cierto es que Michel Barnier, pese a representar a un partido con una escasa presencia parlamentaria y deber su cargo al presidente, ha actuado en completa desconexión con el Elíseo. Los problemas, en cualquier caso, van a seguir siendo los mismos. Y no parece que haya ninguna perspectiva de cambio antes del próximo verano, plazo constitucional para volver a convocar elecciones legislativas.

En abril de 2019, el fuego estuvo a punto de destruir la catedral de Notre Dame de París. Fue un golpe tremendo para una sociedad que se encontraba desmoralizada. Mañana, tras cinco años de laboriosos y arduos trabajos de reconstrucción, la basílica será inaugurada de nuevo para abrir sus puertas definitivamente al público el domingo. Será un gran día de fiesta. Para Macron, que tenía la oportunidad de tratar de recuperar su imagen ante los franceses, será sin duda una jornada agridulce.

 

Agitación en Rumanía. El Tribunal Constitucional rumano certificó el pasado lunes la victoria del neofascista –prorruso y antieuropeo- Colin Georgescu en la primera vuelta de las elecciones presidenciales celebrada el 24 de noviembre, sobre cuya limpieza se habían suscitado serias sospechas por la posible injerencia rusa. Georgescu, que obtuvo el 26% de los votos, se enfrentará en la segunda vuelta, este próximo domingo, a la conservadora Elena Lasconi. Entre ambas fechas, los rumanos acudieron el día 1 otra vez las urnas para elegir al nuevo Parlamento, quedando en cabeza el Partido Socialdemócrata (PSD). Los grupos euroescépticos y de extrema derecha experimentaron una notable progresión, pero sus votos sumados no superaron el 32%.

Georgia se descuelga. Miles de manifestantes están saliendo a diario a las calles de Georgia en protesta por la decisión del primer ministro, Irakli Kobajidze, de suspender las negociaciones para la adhesión a la Unión Europea hasta el 2028. La policía, que reprime las protestas con contundencia, ha detenido ya a varios cientos de personas. La victoria electoral de Kobajidze (del partido Sueño Georgiano, que sostiene posiciones prorrusas), el pasado 26 de octubre, fue contestada por la oposición, que la consideró fraudulenta. Georgia solicitó el ingreso en la UE en marzo del 2022 y obtuvo el estatus de país candidato en diciembre del 2023, pero Bruselas ha puesto en cuestión en repetidas ocasiones las tendencias autoritarias del partido gubernamental.

Relevo en Bruselas. “En este mundo globalizado, la única forma de ser realmente patriota, de tener soberanía, es construir una Europa común”. Con estas palabras arrancó el ex primer ministro portugués António Costa su primer día como presidente del Consejo Europeo, cargo en el que sucede al belga Charles Michel. La toma de posesión de Costa se produjo dos días después de que la nueva Comisión Europea presidida por Ursula von der Leyen recibiera el aval del Parlamento Europeo. Eso sí, con una corta mayoría: 370 votos a favor, por 282 en contra y 36 abstenciones. El PP español votó en contra del nuevo ejecutivo comunitario –sin embargo, mayoritariamente conservador- para expresar su rechazo a la presencia de la socialista Teresa Ribera, confirmando una vez más que su política europea está supeditada a su agenda interior.