domingo, 26 de enero de 2025

Cuando despertó, Hamas todavía estaba allí


Visión periférica

Las armas han callado, por el momento, en Gaza. La guerra se ha detenido y algunos de los rehenes israelíes todavía en manos de Hamas han empezado a ser liberados. Pero el alivio apenas basta para tapar el horror de estos últimos quince meses de destrucción y muerte. ¿Y con qué resultado? ¿Ha conseguido Israel en Gaza algo más que satisfacer su sed de venganza? La guerra desencadenada en represalia por el salvaje ataque del 7 de octubre del 2023 de Hamas contra la población civil del sur de Israel –con un balance de 1.200 muertos y más de 250 secuestrados– debía servir para acabar para siempre con la organización islamista palestina. Así lo prometió el primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu. Pero nada de eso ha sucedido. Parafraseando a Augusto Monterroso  en su célebre microrrelato de  El dinosaurio: “Cuando Israel despertó, Hamas todavía estaba allí”. El enemigo no ha sido destruido. Y el problema palestino sigue ahí, agravado.

A pesar de la brutalidad de la ofensiva israelí –con más de 45.000 palestinos muertos, la inmensa mayoría civiles (una cifra que la revista científica The Lancet eleva a 65.000 solo hasta junio), y dos millones de desplazados–, Hamas no solo no ha sido destruida, sino que ha podido reemplazar las bajas que ha sufrido con nuevos combatientes.

Lo constató con crudeza, poco antes de dejar el cargo, el secretario de Estado saliente de Estados Unidos, Antony Blinken, en su discurso de despedida ante el Atlantic Council: “Cada vez que Israel completa sus acciones militares y se retira, los militantes de Hamas se reagrupan y resurgen, porque no hay nada más que llene el vacío. De hecho, calculamos que Hamas ha reclutado a casi tantos militantes nuevos como ha perdido”. Según fuentes de la seguridad israelí citados por los medios hebreos, Hamas habría enrolado a unos 4.000 nuevos combatientes solo en el pasado mes, hasta sumar la cifra actual de unos 20.000 militantes armados en Gaza, a los que se deberían añadir otros 4.000 más del grupo Yihad Islámica.

Los servicios de seguridad israelíes sugieren que Hamas estaría “comprando” a sus nuevos reclutas con dinero y acceso a la ayuda humanitaria y  a tratamiento médico. Es perfectamente posible. Pero probablemente hay razones de fondo más poderosas: la barbarie perpetrada por Israel contra la población civil palestina habrá contribuido decisivamente a engrosar las filas de Hamas con nuevos voluntarios.

“Hace tiempo que le hemos dicho al Gobierno israelí que no se puede derrotar a Hamas solo con una campaña militar, que sin una alternativa clara, un plan para después del conflicto y un horizonte creíble para los palestinos, Hamas o algo igualmente aborrecible y peligroso volverá a crecer”, constató –impotente– Antony Blinken, para quien la línea seguida  por el gobierno de Netanyahu está irremisiblemente abocada al fracaso: “Es una receta para una insurgencia duradera y una guerra perpetua”, concluyó.  Tres cuartos de siglo de conflicto así lo atestiguan.

No se puede decir que EE.UU., bajo la Administración de Joe Biden, haya puesto precisamente toda la carne en el asador para convencer a su refractario aliado. Durante estos quince meses, Washington ha enviado ayuda militar a Israel por valor de casi 18.000 millones de dólares (según el Watson Institute  for International and Public Affairs). Un apoyo incondicional que el ya expresidente, en su último mensaje desde la Casa Blanca,  justificó  a fin de evitar la extensión de la guerra a escala regional. Lo cierto es que el desprecio de Netanyahu hacia su gran protector y aliado no ha podido ser mayor. Y si finalmente acabó aceptando cerrar un acuerdo para un alto el fuego con Hamas apadrinado por EE.UU. –algo que meses atrás había rechazado– fue para no importunarse el primer día con el presidente electo, Donald Trump, que se involucró en la negociación. Pero habrá que ver si Netanyahu, presionado a su vez por sus socios de extrema derecha, mantiene el alto el fuego más allá de la primera fase de 42 días.

La Administración Biden dejó sobre la mesa una propuesta  para una vía de salida del conflicto, que pasaría por  expulsar a Hamas de Gaza, devolver el gobierno de la Franja a una Autoridad Nacional Palestina reformada, bajo la supervisión y con el apoyo –económico y de seguridad– de la comunidad internacional, y abordar la reconstrucción del enclave. Junto a todo ello habría que establecer una hoja de ruta, con  unas condiciones y unos plazos precisos (nada de un “proceso interminable”), para la creación de un Estado palestino independiente. Algo que la derecha y la extrema derecha israelíes rechazan de plano...

El regreso de Trump a la Casa Blanca puede arruinar esta iniciativa y dar nuevas alas a los extremistas israelíes que sueñan en privado –y a veces incluso en público– con la expulsión de todos los palestinos de una tierra que, apelando a los textos sagrados, aseguran que les pertenece. Durante su primer mandato (2017-2021), Trump se alineó incondicionalmente con Israel y trabajó por la normalización de las relaciones entre el Estado hebreo y los países árabes mediante los Acuerdos de Abraham, desdeñando las aspiraciones de los palestinos. El ataque del 7 de octubre, lanzado por Hamas justamente con el fin de desbaratar la aproximación entre Israel y Arabia Saudí, demostró el escaso recorrido de esta vía.

No es descartable que los mismos actores se empecinen en el mismo error. Pero, por mucho que se empeñen, no habrá paz y seguridad para nadie en Oriente Medio si no se resuelve el problema palestino. Como gráficamente resumió Blinken ante el Atlantic Council: “Siete millones de judíos israelíes y cinco millones de palestinos están arraigados en la misma tierra. Ninguno de los dos va a desaparecer”.

 

Socios o vasallos


Newsletter ‘Europa’

Un día tardó Donald Trump en desviar su mirada de los asuntos internos de Estados Unidos para dirigirla hacia el Viejo Continente. Y, como era de esperar, no fue precisamente amable. El martes pasado, al día siguiente de su toma de posesión como 47º presidente de EE.UU., Trump volvió a amenazar a Europa. Pero ya no era el líder republicano quien lo hacía, sino el jefe de gobierno de la primera potencia mundial. El jueves, ante el Foro Económico Mundial de Davos, volvió a atacar.

“La UE es muy mala para nosotros. Nos tratan muy mal. No compran nuestros coches ni nuestros productos agrícolas. En realidad no compran mucho”, dijo el martes en una conferencia de prensa en la Casa Blanca (la misma en que confundió a España con uno de los países emergentes, los BRICS, en una muestra más de su insondable ignorancia). Trump volvió a sacar ahí la amenaza –o más bien el anuncio- de que impondrá aranceles a las importaciones europeas, “único medio” -a su entender- de “ser tratados correctamente”. Durante la campaña electoral ya había blandido esta advertencia, llegando a afirmar que la Unión Europea era como “una pequeña China”.

El presidente de EE.UU. volvió a insistir en un tema que le obsesiona, el déficit comercial con la UE, que cifró en 350.000 millones de dólares. Una exageración, pues según datos oficiales de la Oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos, dependiente de la Casa Blanca, el déficit comercial con Europa en el 2022 fue de 131.300 millones de dólares. ¿Cuándo se materializará la amenaza? Bien podría ser a partir del 1 de febrero, fecha que explicitó como el momento para imponer aranceles adicionales del 25% a Canadá y México.

En Davos, la presidenta de la Comisión Europea, una ya recuperada Ursula von der Leyen, subrayó por su parte que la UE está dispuesta a negociar con la nueva Administración de Washington. “Seremos pragmáticos, pero siempre mantendremos nuestros principios. Proteger nuestros intereses y defender nuestros valores, esa es la forma de ser europea”, declaró. ¿Hasta el punto de tomar represalias del mismo calibre contra Washington? Aquí hay opiniones divergentes: están quienes, como el excomisario Thierry Breton –la pesadilla de Elon Musk-, abogan por plantar cara y no mostrar debilidad y quienes defienden abordar el problema con prudencia, a través del diálogo.

Reunidos el miércoles en París, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Olaf Scholz, parecieron apuntarse a una línea más dura, comprometiéndose a trabajar por una Europa fuerte y unida para afrontar el desafío que supone la presidencia de Trump. “Europa es un gran espacio económico con casi 450 millones de ciudadanos -recordó Scholz-, somos fuertes, estamos unidos. Europa no se doblegará ni se esconderá, sino que será un socio constructivo, seguro de sí mismo”. Por detrás de las palabras, sin embargo, la realidad es menos firme. Nunca el dúo francoalemán ha sido políticamente tan débil ni la presunta unidad europea tan frágil, con la italiana Giorgia Meloni y el húngaro Viktor Orbán dispuestos a reírle todas las gracias al presidente norteamericano.

Hay también cuestiones de orden práctico que desaconsejan una guerra abierta. El 35% de las importaciones europeas de EE.UU. son materias primas e hidrocarburos –gas y petróleo, más necesarios que nunca tras la reducción de las transacciones con Rusia-; gravarlos con derechos de aduana adicionales repercutiría negativamente en la propia economía europea. En el primer mandato de Trump (2017-2021), en el que el mandatario norteamericano ya aplicó su política de extorsión comercial, la respuesta frente a los aranceles sobre el acero y el aluminio fue simbólica, gravando entre otras cosas el bourbon.

Ante el peligro real de un choque comercial con EE.UU. –o al menos, de escaramuzas-, Von der Leyen apostó en Davos por diversificar los mercados y buscar nuevos clientes, como los países del Mercosur o México –con quienes se acaban de cerrar acuerdos comerciales-, así como India y China, a la que propuso “profundizar las relaciones” siempre que sea sobre la base de la equidad y la reciprocidad.

La presidenta de la Comisión Europea considera asimismo imprescindible suprimir todos lo obstáculos para una real unión energética, que permita unos precios bajos y estables de la energía (una red europea integrada permitiría ahorrar, según cálculos de Bruselas, entre 12.000 y 40.000 millones de euros al año). Y establecer definitivamente una unión de los mercados de capitales que permita canalizar el ahorro de los europeos, que ahora se va mayoritariamente hacia EE.UU., hacia inversiones en Europa, algo en lo que han insistido reiteradamente Enrico Letta y Mario Draghi en sus últimos informes.

Si el desafío es económico, también es militar. Donald Trump, que ha suspendido la ayuda internacional de EE.UU. durante 90 días para reevaluarla, podría suprimir la asistencia –crucial- a Ucrania, que es lo que ha permitido a Kyiv resistir a la invasión de Rusia. Y desentenderse de la seguridad de Europa en su conjunto desvinculándose –formalmente o en la práctica- del compromiso de mutua defensa de la OTAN. Frente a esta posibilidad, la única salida que tiene Europa es reforzar su autonomía y hacerse progresivamente cargo de su propia seguridad. Algo en lo que lleva décadas insistiendo Francia -¡ya desde De Gaulle!- frente a las reticencias de los socios más proatlánticos.

La situación puede cambiar, sin embargo, como un calcetín con Trump en la Casa Blanca. Y países como Polonia, que actualmente ostenta la presidencia semestral europea y es uno de los más firmes defensores de la alianza con Washington, promueven ahora que la UE dé un salto cualitativo en materia de defensa. El primer ministro polaco, Donald Tusk, secundado aquí por los países bálticos y la Alta representante para la Política Exterior y de Seguridad –la estonia Kaja Kallas-, ha vuelto a reclamar esta semana que los países europeos aumenten sus presupuestos de defensa por encima incluso del 2% del PIB al que están comprometidos los miembros de la Alianza Atlántica (Varsovia va netamente en cabeza, con una previsión del 4,7% para este año)

La convicción creciente de que Europa no puede seguir delegando su defensa en un tercero puede abrir caminos impensables, como la posibilidad planteada por el ministro polaco de Exteriores, Radoslaw Sikorski, de emitir eurobonos o crear un banco europeo de la defensa para financiar las inversiones necesarias para reforzar la seguridad europea. Alemania, uno de los socios más reacios a aceptar fórmulas de endeudamiento conjunto –asumió el de la recuperación tras la pandemia de covid como algo excepcional-, podría apuntarse ahora a esta vía. Así lo sugirió el líder de la CDU, y presumiblemente próximo canciller tras las elecciones del 23 de febrero, Friedrich Merz.

Para la Unión Europea ha sonado –una vez más- la hora de la verdad. El reto que impone el giro estratégico de Estados Unidos no le deja muchas salidas. O da un salto adelante en materia de integración económica y política, o se verá reducida a rendirse como un vasallo ante el nuevo emperador. Que no es Marco Aurelio, sino Calígula.

La red X, en el visor. La Comisión Europea ha decidido ampliar la investigación abierta en diciembre del 2023 sobre los incumplimientos de la red social X de lo dispuesto en la ley comunitaria sobre Servicios Digitales (DSA). En un primer informe provisional, Bruselas considera que X efectivamente vulnera la normativa en varios aspectos (el acceso a investigadores independientes, la publicidad y la verificación de los usuarios), lo que podría suceder también con las recomendaciones de la plataforma. La decisión se produce en medio de una fuerte marejada entre la UE y el propietario de X, el magnate Elon Musk –consejero áulico del presidente de Estados Unidos, Donald Trump-, que se ha dedicado a interferir en el debate político europeo, particularmente en Alemania y el Reino Unido, a favor de la extrema derecha.

El Partido Socialista, resucitado. Las líneas se están moviendo en el paisaje político francés. La abstención del Partido Socialista (PS) en la primera moción de censura contra el Gobierno del centrista François Bayrou –desmarcándose de la izquierda radical- abrió una puerta al desbloqueo de la situación actual. Bayrou no tiene garantizada la aprobación de los presupuestos ni su propia continuidad, pero su mano tendida a los socialdemócratas ha roto de facto la alianza de la izquierda. Así lo ha entendido el líder de la Francia Insumisa, el radical Jean-Luc Mélenchon, quien no considera ya a los socialistas como socios. El expresidente François Hollande ha confirmado esta desconexión subrayando que el PS, con sus 66 diputados, tiene hoy la llave de la legislatura y del retorno a una mínima estabilidad política.

Kallas ficha a una española. La nueva Alta Representante de la Unión Europea para Política Exterior, la ex primera ministra estonia Kaja Kallas, ha designado como nueva secretaria general del Servicio de Acción Exterior de la UE (SEAE) a la diplomática española Belén Martínez Carbonell, que a partir del 1 de febrero sustituirá en el cargo al italiano Stefano Sannino. La nueva número dos de Kallas lleva quince años trabajando en el área de la política exterior comunitaria y actualmente ocupaba el puesto de directora general de la Agenda Global y Relaciones Multilaterales. Nacida en Orense en 1969, Belén Martínez Carbonell trabajó anteriormente como consejera en la delegación de la UE en Washington y fue miembro del gabinete de la excomisaria austriaca de Relaciones Exteriores Benita Ferrero Waldner.


domingo, 19 de enero de 2025

El último bastión en el Este


NEWSLETTER 'EUROPA'

Hasta octubre del 2023, Polonia era –junto a Hungría- una de las principales preocupaciones de la Unión Europea. Bajo la dirección del ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczynski, de tendencias autocráticas y euroescépticas, Varsovia había emprendido un peligroso proceso de desguace del Estado de Derecho, lo que le había valido sanciones de Bruselas y condenas de la Justicia europea. Hoy, Polonia, además de ser uno de los dos motores –junto con España- de la economía europea, se ha convertido en un bastión del europeísmo, la democracia liberal y la resistencia frente a la amenaza rusa en un entorno crecientemente hostil.

El inminente retorno de Donald Trump a la Casa Blanca es probablemente el mayor desafío al que se enfrenta en este momento la UE, aunque –en conexión con el cambio político en Washington- no lo es menos la deriva que se está extendiendo por Europa del Este hacia posiciones ultraderechistas, antieuropeas y prorrusas, que entre otras cosas pone gravemente en cuestión la ayuda militar a Ucrania frente a la agresión de Moscú.

Lo recordábamos la semana pasada: “Europa tiene la suerte de que en este momento difícil de nuestra historia Polonia asegure la presidencia”, declaró el primer ministro polaco, Donald Tusk, en la gala de inauguración de la presidencia de turno europea el 3 de enero en el Gran Teatro de Varsovia. No va desencaminado. La presidencia semestral no otorga grandes atribuciones al país que la ostenta, pero sí poder de influencia e impulso político. Y ante la abstención de Alemania y Francia –cada cual enmarañada en sus propios problemas internos-, Polonia está determinada a aprovechar la ocasión.

Donald Tusk ha puesto la seguridad y la defensa en el frontispicio de su semestre europeo. Y la amenaza de Rusia, en su principal motivo de inquietud. Para Polonia, con una atormentada historia víctima del apetito de sus poderosos vecinos, la agresividad demostrada por Vladímir Putin con la invasión de Ucrania hace casi tres años ha situado a Europa ante un peligro evidente. Por eso, Varsovia ha incrementado como nadie sus gastos de defensa –hasta el 4,7% este año- y ha instado a los países de la OTAN más renuentes a cumplir el compromiso de alcanzar un gasto del 2%. El miércoles recibió en Varsovia al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ante quien reiteró el compromiso de su país de mantener la ayuda a Kyiv y acelerar su proceso de adhesión a la UE.

Pero no es precisamente esta música la que más suena a su alrededor. Sus antiguos aliados del llamado Grupo de Visegrado –roto en la práctica a causa de la invasión rusa- y algunos otros países de la zona se están inclinando hacia la extrema derecha y a posiciones favorables a las tesis de Moscú, poniendo en cuestión la ayuda a Ucrania.

Dos de los otros tres miembros fundadores de Visegrado, todos ellos procedentes del antiguo Pacto de Varsovia, están alineados en este asunto. Y el tercero podría añadirse próximamente. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, está a la cabeza del movimiento, bloqueando cuando ha podido las ayudas a Kyiv y codeándose con Putin en el Kremlin o con Donald Trump en Florida (este último verano, sin ir más lejos), secundado por su homólogo eslovaco, Robert Fico, quien también se ha paseado recientemente por Moscú y se muestra reacio a apoyar a Kyiv. En la República Checa, los prooccidentales están en el Gobierno, pero esto podría cambiar pronto: en las elecciones legislativas previstas para el próximo octubre los sondeos vaticinan un triunfo claro (con el 33% de los votos) del populista Andrej Babis.

No todo se reduce a Visegrado, sin embargo. El fenómeno se va extendiendo como una mancha de aceite. En Bulgaria, cuyo Parlamento bloqueó en diciembre un tratado de seguridad y cooperación con Ucrania, el prorruso Partido Socialista Búlgaro –heredero del antiguo Partido Comunista de la época soviética- se incorporará próximamente a un gobierno de coalición con los conservadores, y en Rumanía, como es sabido, la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado mes de noviembre fue anulada por el Tribunal Constitucional tras la victoria –bajo sospechas de injerencia rusa- del prorruso Calin Georgescu. Los nuevos comicios se celebrarán del 4 al 18 de mayo, a los que la coalición que gobierna en Bucarest –con una escuálida mayoría parlamentaria- intenta presentar un candidato común contra Georgescu, quien vuelve a aparecer como favorito.

La mancha se extiende también por Europa central y por los Balcanes. Ha llegado hasta Austria, donde el presidente del país, el ecologista Alexander van der Bellen, no ha tenido otra opción que encargar la formación de gobierno al líder del partido de extrema derecha FPÖ, Herbert Kickl, un radical de tendencias claramente prorrusas, tras fracasar la formación de una coalición de conservadores, socialdemócratas y liberales. Y prorruso pasa por ser también el ex primer ministro croata Zoran Milanovic, que ganó las elecciones presidenciales de Croacia el pasado día 12.

No es extraño que Polonia aparezca, en este contexto, como un baluarte. Pero, pese a la rocosa personalidad de Donad Tusk, es menos sólido de lo que parece. El premier polaco está al frente del Gobierno gracias al apoyo de una variopinta coalición que reúne a la práctica totalidad de la oposición, única manera de desalojar del poder al ultranacionalista Ley y Justicia, que sin embargo fue la fuerza política más votada en el 2023. El presidente del país, Andrezj Duda, de hecho sigue siendo de este partido y utiliza cuanto puede su derecho de veto para obstaculizar los planes del Gobierno.

El cambio capitaneado por Tusk se confrontará con las urnas el próximo 18 de mayo, fecha de las elecciones presidenciales, a las que Duda no puede volver a presentarse. El popular y carismático alcalde de Varsovia, Rafał Trzaskowski, miembro del partido de Tusk y uno de los líderes de la resistencia democrática frente a la deriva autoritaria del gobierno anterior, parte esta vez como favorito, después de haberlo intentado infructuosamente en el 2020. En sus manos está que el bastión resista.

 

Von der Leyen, ausente. En lo más crudo del ataque combinado de Donald Trump y su alter ego, el megalómano multimillonario Elon Musk, contra Europa nadie en Bruselas alzó la voz. ¿Prudencia? Sin duda, pero no solo. Después de haber comunicado la semana anterior la suspensión de su agenda por razones de salud, el viernes 10 el gabinete de la presidenta de la Comisión Europea admitió que Ursula von der Leyen había estado hospitalizada durante una semana a causa de una neumonía severa en un centro hospitalario de Hannover (Alemania). Para entonces ya había recibido el alta y se encontraba en su domicilio. El secretismo y la opacidad de la presidencia de la Comisión han causado estupor en Bruselas. Aún no del todo restablecida, la reunión de la CE de este miércoles fue presidida por la vicepresidenta primera, Teresa Ribera.

Bayrou, en la cuerda floja. La corta vida del gobierno de Michel Barnier en Francia –derribado a los tres meses por una moción de censura votada al unísono el pasado mes de diciembre por la izquierda y la extrema derecha- dejó claro que un gabinete apoyado únicamente por liberales y conservadores era sumamente frágil. Por eso, su sucesor, el centrista François Bayrou, se ha empleado a fondo en buscar el apoyo del Partido Socialista, para lo cual no ha dudado en reabrir la espinosa cuestión de la reforma de las pensiones, que la izquierda desearía ver derogada. Sus avances, sin embargo, han sido considerados insuficientes y el PS, si bien se abstuvo este jueves de votar la moción de censura presentada por la izquierda radical, no descarta apoyar la próxima. Lo mismo que la ultraderecha de Marine Le Pen, cuya benevolencia inicial es condicional.

Xi Jinping, señor del cielo. La alianza entre la Rusia de Vladímir Putin y la China de Xi Jinping en el contexto de la guerra de Ucrania tiene numerosas derivadas. Una de las consecuencias más curiosas es la creciente penetración de las compañías aéreas chinas en las conexiones entre Europa y el gigante asiático. Si en el 2019, antes del derrumbe mundial del sector causado por la pandemia, las aerolíneas chinas operaban el 60% de los vuelos y la capacidad de la conexión chinoeuropea, hoy copan ya el 85%. En el caso de algunos países, como España, Italia, Portugal, Polonia o Hungría, la penetración alcanza el 100%. La causa es la prohibición, para las compañías europeas, de atravesar el espacio aéreo ruso, lo que alarga el viaje en casi dos horas, con el consiguiente gasto suplementario de queroseno y encarecimiento del precio de los billetes.

 

domingo, 12 de enero de 2025

La guerra de ‘Kekius Maximus’


'Visión periférica'

Durante unas horas, en el filo del cambio de año, el príncipe Elon Musk se convirtió en rana. No en un vulgar y anónimo anfibio, sino en una reencarnación guerrera de Pepe the Frog (Pepe la Rana), un popular meme inspirado en un cómic creado hace veinte años por el dibujante estadounidense Matt Furie. El fundador y propietario de Space X, Tesla y la red social X trocó por unas horas el nombre de su cuenta personal en X por el de Kekius Maximus y su foto, por la de Pepe the Frog en plan centurión romano. La broma, de la que no dio ninguna explicación, pudo desconcertar a algunos seguidores, pero no a los más ultramontanos.

La mutación de Musk en rana no tenía nada de superflua. Pepe the Frog, que aparece en las redes –particularmente en el sitio 4chan– con multitud de derivadas, se ha convertido en los últimos años en un meme utilizado por los grupos de extrema derecha y el trumpista movimiento MAGA (Make America Great Again), algunas de cuyas versiones tienen un sesgo racista y antisemita y han sido calificadas por la Liga Anti Difamación (ADL, en sus siglas en inglés) como símbolo de odio. Junto a la imagen de Pepe the Frog, Musk posteó: “Brothers in arms” (Hermanos de armas)

El nombre de Kekius –al que añadió el epíteto Maximus en aparente evocación del Gladiator de Russel Crowe– haría referencia a otro de los símbolos de estos grupos, que han creado un falso culto religioso al dios Kek –deidad egipcia de las tinieblas– y un país ficticio, la república de Kekistán, cuya bandera recuerda a la enseña nazi (en verde y sin la cruz gamada). Algunos de los participantes en el  asalto al Capitolio de Washington hace cuatro años lucían en sus camisetas a Pepe the Frog y ondeaban banderas de Kekistán.

El guiño de Elon Musk es solo una evidencia más de la deriva hacia la extrema derecha del megalómano multimillonario de origen sudafricano, convertido hoy en el personaje más influyente del entorno del presidente electo de Estados Unidos,  Donald Trump, y futuro miembro de la Administración norteamericana.

Musk,  Kekius Maximus, se ha lanzado a una guerra política e ideológica contra la izquierda socialdemócrata europea, a la que acusa de tibieza en el tema de la inmigración, tratando de desacreditar a sus dirigentes con falsas acusaciones y apoyando a los partidos de extrema derecha. Desde su púlpito de X, no pierde oportunidad de interferir en el debate político de países como el Reino Unido o Alemania  dando pábulo a todo tipo de falsedades.

Uno de sus objetivos preferentes ha sido el primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, a quien ha acusado de amparar –en su época como fiscal general– las agresiones sexuales a menores por parte de inmigrantes y ha calificado de “cómplice” de los pederastas, mientras expresa sus simpatías por el partido ultranacionalista Reform UK, de Nigel Farage –el gran agitador del Brexit–, a quien sin embargo no considera lo suficientemente duro (“No tiene lo que hay que tener”)

El magnate se ha implicado asimismo en una campaña por la liberación de Stephen Yaxley-Lennon –alias Tommy Robinson–, un activista de ultraderecha, fundador de la Liga de Defensa Inglesa –un grupo nacionalista islamófobo conocido por sus violentas protestas callejeras–, encarcelado por desacato a la Justicia. Musk acusa al Gobierno laborista de montar un “Estado policial” y reclama al rey Carlos III que disuelva el Parlamento y convoque nuevas elecciones.

Por mucho empeño que le ponga, eso no va a suceder. Pero donde sí hay elecciones, y muy cercanas –el 23 de febrero–, es en Alemania, donde el propietario de X ha entrado a matar contra el canciller Olaf Scholz –al que ha tratado de “imbécil” e “incompetente”– y el presidente federal, Frank-Walter Steimeier –un “tirano antidemocrático”, según dice­–, a la vez que expresa reiteradamente su total apoyo  al partido Alternativa para Alemania (AdF), de resabios neonazis.

Musk se ha empleado a fondo publicando el 29 de diciembre un controvertido artículo en el diario Die Welt, en el que presentaba a AfD como “el último rayo de esperanza” para Alemania, y entrevistando en directo en X, el jueves, a la líder del partido, Alice Weidel.

En los últimos días, Musk ha dirigido también su mirada a España, redifundiendo un post del sitio Visegrad24 con una información del diario La Razón según la cual el 91% de los condenados por violación en Catalunya son extranjeros.

Las injerencias de Musk han soliviantado a gran parte de los dirigentes políticos europeos, empezando por los propios Keir Starmer y Olaf Scholz, secundados por el presidente francés, Emmanuel Macron. Y los principales grupos políticos del Parlamento Europeo han pedido que la Cámara y la Comisión Europea –parapetada hoy en la prudencia– tomen cartas en el asunto.  Más allá de la línea ideológica que promueve Elon Musk, el gran objeto de preocupación es el uso sesgado y manipulador que está haciendo de X, un instrumento de una potencia fabulosa que bajo la apariencia de un foro abierto de debate funciona en la práctica –desde que adquirió el antiguo Twitter en 2022– como una herramienta exclusivamente al servicio de sus fines políticos y personales.

A finales del 2023, Bruselas abrió un procedimiento de infracción para evaluar si X vulnera la reglamentación comunitaria –la Digital Services Act– en materia de difusión de contenidos ilícitos y en la eficacia de las medidas contra la manipulación de la información.  Si se llega a la conclusión de que así es, X podría ser sancionado con una multa equivalente a hasta el 6% de su cifra de negocios mundial (que se calcula habrá rondado los 2.900 millones de dólares en 2024). La guerra de Kekius Maximus también es económica.


Con amigos como estos…


Newsletter ‘Europa’

“Con amigos como Trump, ¿quién necesita enemigos?”. Con su franqueza y lenguaje directo habituales, Donald Tusk (el otro Donald, según jocosa autodefinición), a la sazón presidente del Consejo Europeo, resumió así en 2018 la tensa relación con el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Hoy, primer ministro de Polonia y presidente de turno de la Unión Europea –justo en el semestre en que Trump está a punto de regresar a la Casa Blanca-, Tusk podría decir lo mismo, corregido y aumentado. Porque el doble acoso al que el líder republicano y su alter ego, el magnate Elon Musk, están sometiendo a Europa estas semanas no tiene precedentes.

Donald Trump es un extorsionador profesional. Es su manera de abordar cualquier negociación. Lo es como hombre de negocios y, como político, lo demostró ampliamente durante su primer mandato como presidente (2017-2021). No solo con sus adversarios –China, en primer lugar-, sino también y sorprendentemente con sus más estrechos socios comerciales (no hay más que preguntar a canadienses y mexicanos) y con sus aliados europeos, objeto de críticas y ataques sistemáticos. Tusk se lo advirtió ya entonces: “Querida América, aprecia a tus aliados, después de todo no tienes tantos”. La advertencia no pareció preocupar a Trump entonces y menos le preocupa ahora.

Cuando aun faltan once días para que tome posesión de su cargo, el nuevo presidente de EE.UU. ya ha tenido tiempo de amenazar a Europa con aplicar aranceles suplementarios a sus productos, si no compra “masivamente” el gas y el petróleo norteamericanos, y de expresar con particular voracidad su interés por Groenlandia (territorio autónomo perteneciente a Dinamarca), que ya planteó comprar en el 2019.

El interés de EE.UU. por Groenlandia, donde tiene una base aérea militar en Thule, no es nuevo. La voluntad de adquirir este territorio ya fue expresada por Washington al menos en dos ocasiones en los siglos XIX y XX, y ese interés ha crecido a medida que ha ido avanzando el proceso de deshielo en el Ártico, que abre la posibilidad de nuevas rutas de navegación y explotación de recursos naturales, con Rusia y China como grandes adversarios geopolíticos.

Lo nuevo, lo realmente inédito y descabellado, es que Trump evoque el posible “uso de la fuerza” para conseguir el dominio de este territorio, lo que supone una amenaza grave y directa contra Dinamarca, un miembro fundador de la OTAN y, por consiguiente, aliado de EE.UU. Y, más allá, un desafío en toda regla a la Unión Europea. Evidentemente, no es concebible que lleve a cabo tal amenaza, pero las palabras pesan y el mero hecho de expresar algo así emponzoña de nuevo las relaciones trasatlánticas.

Pero no es solo Trump quien, esta vez, da rienda suelta a sus delirios políticos. El megalómano fundador de Space X y Tesla, y propietario actual de la red social X (antes Twitter), Elon Musk, convertido en el personaje más influyente del entorno del presidente electo de EE.UU. y futuro miembro del Gobierno estadounidense, ha lanzado una campaña en toda regla contra algunos dirigentes políticos europeos –particularmente el británico Keir Starmer y el alemán Olaf Scholz- y de apoyo a los grupos de extrema derecha, difundiendo toda clase de bulos y falsedades a través de X.

Ante esta avalancha, los europeos han reaccionado de forma dispersa. Keir Starmer y Olaf Scholz se han revuelto contra los ataques de Musk y los planes expansionistas de Trump, apoyados por el presidente francés, Emmanuel Macron. Pero por furibundos que sean los ataques desde el otro lado del Atlántico, la UE en su conjunto está lejos de ofrecer una posición unánime. Hay un grupo de países, los más escorados hacia la extrema derecha, donde Trump y Musk no solo no provocan rechazo, sino que suscitan entusiastas adhesiones.

Al frente de todos ellos está Italia, donde la primera ministra, Giorgia Meloni, gusta de codearse con ambos personajes. La líder del posfascista Hermanos de Italia ha pasado ya por Mar-a-Lago a rendir pleitesía al nuevo líder de Occidente y negocia un contrato de 1.500 millones de dólares que pondría el cifrado de las comunicaciones de Internet y telefonía del Gobierno italiano en manos de la red de satélites de Elon Musk, Starlink.

Quizá por ello, la Comisión Europea ha preferido, por el momento, evitar un enfrentamiento directo con el líder norteamericano y ha optado por templar gaitas. Claro que el ejecutivo comunitario se encuentra también en un estado de hibernación temporal con su presidenta, Ursula von der Leyen, de baja por una neumonía.

Tampoco Donald Tusk ha abierto por ahora la boca, probablemente a la espera de que Trump asuma la presidencia y convierta sus palabras en actos (lo cual no ha impedido que participara en una multiconferencia esta semana con Olaf Scholz y la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, para abordar el tema de Groenlandia). “Europa tiene la suerte de que en este momento difícil de nuestra historia, Polonia asegure la presidencia”, declaró el primer ministro polaco en la gala de inauguración de la presidencia de turno europea el 3 de enero en el Gran Teatro de Varsovia.

En efecto, muy distinta sería la forma de abordar en los próximos meses la relación con EE.UU. si la presidencia siguiera en manos –como en el semestre pasado- del premier húngaro Viktor Orbán, que bajo el lema trumpista Make Europe Great Again se lanzó a una gira internacional en la que se apresuró a visitar también a Trump en su mansión de Florida (en un momento en que todavía no había ganado las elecciones). Tusk, con una larga experiencia política, no se engaña sobre las intenciones de Trump –la presidencia polaca se propone por ello impulsar la integración europea en materia de seguridad y defensa- y, además, sabe cómo tratarlo. El propio primer ministro polaco lo resumió en un proverbio latino: Nec temere, nec timide. Ni con temeridad, ni con timidez.

 

Austria se entrega a los ultras. El presidente de Austria, el ecologista a Alexander van der Bellen, quiso eludirlo por todos los medios, pero el fracaso de las negociaciones para constituir un gobierno tripartito integrado por conservadores, socialdemócratas y liberales –que desembocó en la dimisión del canciller saliente y líder el Partido Popular Austriaco (ÖVP), Karl Nehammer-, le ha abocado a lo inevitable: encargar la formación del nuevo gobierno al máximo dirigente del ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ), Herbert Kickl, que fue el más votado en las elecciones del pasado mes de septiembre y que podría contar ahora con el apoyo de los populares. Herbert Kickl, un radical euroescéptico y prorruso, del ala más dura de su partido, podría convertirse en el primer canciller de Austria de extrema derecha desde la Segunda Guerra Mundial.

De Le Pen a Le Pen. Este martes desapareció el histórico líder de la extrema derecha francesa Jean-Marie Le Pen, fallecido a los 96 años. Ha sido sobre todo un final simbólico, pues políticamente el fundador del Frente Nacional (FN), que en el 2002 dio la campanada al pasar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales al superar al socialista Lionel Jospin, estaba amortizado desde hace más de una década. Al frente del partido –al que cambió el nombre por el de Reagrupamiento Nacional (RN)- desde 2011, su hija Marine ha llevado a cabo un profundo proceso de transformación y normalización hasta llevarlo a ser la fuerza política más votada en las elecciones legislativas del pasado verano. La desaparición del viejo patriarca corta definitivamente el vínculo del RN con la ultraderecha de raíz antisemita.

Visita a Damasco. El primer contacto oficial de Europa con el nuevo poder islamista de Siria no empezó precisamente con buen pie. Aunque correcto en todo momento, el nuevo hombre fuerte de Damasco, Abu Mohamed el Yulani, se negó a estrechar la mano –por el hecho de ser mujer- de la ministra alemana de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, quien viajó a la capital siria con su homólogo francés, Jean-Noël Barrot. Se trata del primer viaje realizado por representantes de la UE a Siria desde la caída del régimen de Bashar el Asad el pasado 8 de diciembre. Baerbock y Barrot trasladaron a El Yulani la disposición de la europea a ayudar a la nueva Siria a condición de que se respeten los derechos civiles y de las minorías. Las primeras señales sobre el trato a las mujeres no parecen muy esperanzadoras.

 

 

 

 

domingo, 5 de enero de 2025

Fuga de gas


Newsletter ‘Europa’

No era ningún secreto, pero el hecho era poco conocido: por paradójico o contradictorio que pudiera parecer, durante estos casi tres años de guerra, Rusia y Ucrania habían mantenido el acuerdo comercial por el cual Moscú seguía enviando gas a Europa a través del gasoducto Urengói-Pomari-Úzhgorod (conocido en la época soviética por el nombre de Bratstvo, Fraternidad), que atraviesa territorio ucraniano. Mientras ha durado esta situación, los ejércitos ruso y ucraniano han tenido sumo cuidado en que los combates no dañaran esta infraestructura, cuyo funcionamiento ofrecía a ambos ingresos útiles para mantener el esfuerzo de guerra. Pero esto ya se ha acabado.

Aprovechando la finalización del contrato entre la gasista rusa Gazprom y la ucraniana Naftogaz, el 31 de diciembre, el Gobierno ucraniano decidió no renovarlo y poner fin así a esta anómala situación. Desde el día 1 ya no pasa ni una gota. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, lo ha calificado como “una de las mayores derrotas de Moscú”. La ruptura del contrato le costará a Gazprom –y por ende, al Estado ruso- una pérdida del orden de 5.000 a 6.000 millones de euros al año (muy superior al peaje que cobraba Kyiv por el tránsito del gas, de entre 700 y 800 millones anuales)

El corte del gasoducto ucraniano no debería tener en principio un gran impacto en el suministro de gas ni en el precio del mismo en el conjunto de la Unión Europea, en la medida en que era un escenario anticipado. Así lo sostiene Bruselas, que ha asegurado que se han habilitado cuatro vías alternativas para garantizar el suministro a los países más afectados. En el 2023, la vía ucraniana aportaba menos del 10% del gas que llegaba a Europa, pero hay un puñado de países de Europa central y del Este que mantenían su adicción al barato gas ruso y sobre los que el corte tendrá unos efectos más acusados: Austria, Eslovaquia y Hungría, que en el 2023 recibieron por esta vía el 65% de sus importaciones de gas, así como –fuera ya de la UE- Moldavia, el más frágil de todos.

El Gobierno austriaco ha quitado importancia a la situación y asegura que lo tiene todo bajo control, mientras que el primer ministro eslovaco, el prorruso Robert Fico –quien recientemente fue recibido por el presidente ruso, Vladímir Putin, en el Kremlin-, ha puesto el grito en el cielo y amenazado a Kyiv con cortarle a su vez el suministro de electricidad. Hungría, por su parte, puede seguir recibiendo gas por el TurkStream –de menor capacidad- a través del mar Negro. Peor lo tiene Moldavia, aunque dentro de este país la zona más afectada es justamente la región separatista prorrusa de Transnistria, donde se han quedado sin electricidad ni calefacción en pleno invierno y donde muchas industrias han tenido que parar. No se trata precisamente de los más próximos aliados de Zelenski.

El gasoducto ucraniano era la última conexión importante que quedaba en funcionamiento para transportar el gas ruso hacia Europa, cerrados como están –además de saboteados- los Nord Stream 1 y 2 a través del mar Báltico y el gasoducto Yamal-Europa a través de Polonia. Durante este año, ha pasado por Ucrania una tercera parte del gas importado de Rusia, otra tercera parte por el TurkStream y la tercera parte restante en forma de gas licuado (GNL) por barco, cuyo destino preferente han sido los puertos de España y Francia.

Como se ve, a pesar de la guerra y de las sanciones económicas y financieras contra Moscú, Europa sigue viviendo parcialmente del gas ruso, del que se ha ido desconectando y del pretende desembarazarse completamente en el 2026. Actualmente todavía representa cerca de un 18% de sus importaciones, mucho menos que antes de la guerra, mientras que han crecido exponencialmente las importaciones procedentes de Estados Unidos -el gran suministrador hoy, con casi la mitad del gas que se consume en la UE (47%)- y países como Qatar o Noruega. En este contexto, no deja de ser paradójico que el presidente electo de EE.UU., Donald Trump, haya amenazado a Europa con aplicar aranceles suplementarios a sus productos si no compran “masivamente” gas y petróleo norteamericanos. Es muy posible que lo haga por ignorancia, aunque desde luego no sin mala fe.

El corte del gasoducto ucraniano es un golpe para Rusia, que apenas ha conseguido recolocar en China y otros países una parte del gas natural que antes exportaba a Europa (en el último años, Gazprom registró más de 6.000 millones de euros de pérdidas), y le llega en un momento delicado. Es cierto que en el campo de batalla la guerra se desarrolla a su favor –en el 2024 arrebató 4.000 km2 de terreno al ejército ucraniano-, pero en el ámbito económico el horizonte es más bien oscuro, con un crecimiento a la baja (el FMI prevé un 1,3% para este año), una inflación desbocada (9%) y unos tipos de interés disparados (el Banco Central de la Federación Rusa mantiene el tipo director en el 21%) que ponen a muchas empresas en peligro. A Putin, el aniversario de sus 25 años en el poder se le ha agriado un poco.

 

Espacio Schengen ampliado. Desde este miércoles, 1 de enero, un total de 29 países integran el espacio Schengen de libre circulación, tras la incorporación plena de Bulgaria y Rumanía (desde el verano pasado funcionaba ya en las comunicaciones aéreas y marítimas, pero no en las terrestres). Han tenido que pasar doce años desde que búlgaros y rumanos integraran la Unión Europea, en 2002, para hacerlo posible. Hace dos años la Comisión dio luz verde a su incorporación a Schengen, pero Austria mantuvo hasta el pasado mes de diciembre su veto mientras no se reforzaran las fronteras exteriores de ambos países. Sólo hay dos Estados de la UE que no están integrados en el espacio de libre circulación (Chipre e Irlanda), mientras que sí lo están cuatro que no forman parte de la Unión: Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza.

Giro prorruso confirmado. La deriva de Georgia, país teóricamente candidato a incorporarse a la UE pero en rumbo de aproximación hacia Rusia, se confirmó poco antes de acabar el 2024 con la toma de posesión del nuevo y contestado presidente, Mijeíl Kavelashvili, exfutbolista del Manchester City declaradamente prorruso y antioccidental. La oposición europeísta contesta su elección –a través de un sistema indirecto controlado por un Parlamento que consideran ilegítimo por fraude electoral- y miles de personas salieron a la calle como protesta. La presidenta saliente, la francogeorgiana Salomé Zurabishvili –exdiplomática francesa-, quien sostiene que es la única presidenta legítima del país, amagó con encastillarse en el palacio presidencial, pero finalmente lo abandonó ante la amenaza del Gobierno de sacarla por la fuerza.

25 años con Putin. Si alguien está satisfecho con el giro político en Tiflis, ese es el presidente ruso, Vladímir Putin, quien esta semana cumplió 25 años en el poder (en dos etapas como presidente y una intermedia, entre 2008 y 2012, en que enmascaró su continuidad ejerciendo formalmente como primer ministro). Cuando el entonces presidente Boris Yeltsin anunció en la Nochevieja de 1999 que dimitía del cargo y pasaba el testigo a Putin –un exagente secreto del antiguo KGB más bien gris-, muy pocos supieron calibrar en ese momento el cambio que iba a representar para Rusia y para Europa. En estos 25 años, Putin ha ido laminando paulatinamente la tierna democracia rusa hasta no dejar más que las formas –con los líderes opositores, perseguidos o muertos- y devuelto la guerra al continente con la invasión de Ucrania.