jueves, 29 de agosto de 2024

Una piedra en el zapato


Newsletter ‘Europa’

@Lluis_Uria

El lema de la presidencia semestral húngara de la Unión Europea había dejado claro desde el principio cuál iba a ser el tenor de esta etapa: la provocación. Make Europa Great Again (Hagamos Europa grande de nuevo) fue el eslogan elegido por el controvertido primer ministro Viktor Orbán, un guiño muy poco sutil a su admirado Donald Trump y el movimiento ultraconservador norteamericano MAGA (Make America Great Again), tan apegado a las reglas básicas de la democracia liberal como el líder magiar y su partido, Fidesz. “No queremos trolear, sino conducir una presidencia normal”, declaró poco antes de asumir la dirección rotatoria de la Unión, el pasado 1 de julio, un portavoz gubernamental húngaro a Radio Free Europe, según recogió el Courrier International. Afortunadamente no querían trolear…

El desafío llegó enseguida con la organización de una presunta “misión de paz”. Una gira internacional que llevó a Viktor Orbán en el plazo de diez días a Kyiv (el 2 de julio), Moscú (el 5), Pekín (el 8) y –cómo no- Mar-a-Lago, Florida (el 11) para entrevistarse con Volodímir Zelensky, Vladímir Putin, Xi Jinping y Donald Trump. En esta gira, calculadamente rodeada de ambigüedad -¿era el primer ministro húngaro quien hablaba o el presidente rotatorio de la UE?-, Orbán se desmarcó como es habitual de la línea oficial europea respecto a la guerra de Ucrania. Declaradamente porrruso, si por algo ha destacado hasta ahora el premier húngaro ha sido por poner trabas al despliegue de la ayuda comunitaria a Kyiv para hacer frente a la agresión de Rusia.

Obviamente, a Bruselas le faltó tiempo para subrayar que Orbán no tenía ningún mandato para hablar en nombre de los 27, cada vez más irritados con Budapest. Como primera represalia, La Comisión Europea anunció que no participaría directamente –sino enviando representantes de segundo rango, altos funcionarios en lugar de comisarios-  en las reuniones informales que la presidencia húngara organice hasta finales de año en su país. Un boicot no explicitado al que se sumó después simbólicamente –evocando una opinión mayoritaria- el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, quien anunció que la reunión informal de titulares de Exteriores y Defensa que se preveía celebrar a finales de agosto en Budapest, se realizaría en Bruselas.

Las críticas llovieron de todos lados. La ministra alemana de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, censuró lo que definió como “el viaje ególatra” de Orbán. Y el viceministro polaco, Wladyslaw Teofil Bartoszewski, invitó al premier húngaro a reflexionar sobre su permanencia en la UE y la OTAN: “No entiendo por qué Hungría quiere seguir siendo miembro de organizaciones que tango le desagradan”, declaró. Varsovia y Budapest, que antaño habían hecho piña en el grupo de Visegrado –sobre todo cuando el frente del Gobierno polaco estaba el ultracatólico partido Ley y Justicia (PiS)-, están hoy vivamente enfrentadas por el alineamiento de Orbán con Moscú.

Cabía esperar, acaso, que el paréntesis estival de agosto calmara un poco las aguas. No ha sido así. A principios de mes se supo que el Gobierno húngaro ha acordado extender a rusos y bielorrusos un tipo de visado laboral que permitirá a ciudadanos de esta nacionalidad trabajar en Hungría durante dos años –prorrogables-, solicitar la residencia permanente y traer a su familia, sin necesidad de medidas especiales de seguridad. La decisión, aunque soberana, disparó de nuevo las alarmas en Bruselas, que vio en esta medida una amenaza a la seguridad de la UE. Rusia ya consigue introducir suficientes espías en Europa como para encima abrirle las puertas de par en par…

La comisaria europea de Interior, la socialdemócrata sueca Ylva Johansson, trasladó a Budapest su inquietud y le requirió formalmente que aclarara este asunto antes del 19 de agosto. El Gobierno húngaro no se dio mucha prisa y no respondió hasta el 21, minimizando el riesgo que podría suponer esta apertura. Habrá que ver cómo reaccionan los 27 a la vuelta de las vacaciones, pero no cabría descartar que algún país ponga sobre la mesa la conveniencia de excluir a Hungría del espacio Schengen de libre circulación.

Los poco más de cuatro meses que restan hasta final de año prometen traer nuevos roces y conflictos, aunque no parece que ello pueda afectar de manera importante –más allá de la política obstruccionista habitual sobre Ucrania- a proyectos esenciales de la Unión. Otra cosa, naturalmente, es la capacidad de distorsión que Budapest seguirá teniendo sobre la política comunitaria allí donde justamente –como en la política exterior y de defensa- se requiere la unanimidad de los 27.

Viktor Orbán tendrá asimismo una nueva palanca en el Parlamento Europeo, donde ha dejado de ser el apéndice díscolo –y posteriormente excluido- del Partido Popular Europeo (PPE) para pasar a ser el principal promotor y fundador –lo de líder es más discutible, estando la francesa Marine le Pen por en medio, con la delegación más numerosa- del tercer grupo de la cámara, Patriotas por Europa, declaradamente de ultraderecha, euroescéptico y sensible a los intereses de Moscú.

 

Consultas tardías. El presidente francés, Emmanuel Macron, se ha tomado su tiempo para iniciar la ronda de consultas con los partidos políticos para formar un nuevo Gobierno tras las elecciones anticipadas de julio. Los primeros en pasar por el Elíseo, el viernes pasado, fueron los representantes del Nuevo Frente Popular (NFP), que fue el más votado pero carece de mayoría absoluta, y hoy lo harán los del ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN). La complejidad del escenario político ha hecho que se barajen diversos nombres para primer ministro: uno de ellos es el del socialista Karim Bouamrane, al que algunos llaman el Obama francés, alcalde de Saint-Ouen.

Pasaporte europeo. Sabido era que tras el triunfo del Brexit en el referéndum del 2016, por el que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea, muchos ciudadanos con derecho a la doble nacionalidad corrieron a hacerse pasaportes comunitarios para poder seguir disfrutando del derecho a la libre circulación por Europa. El tiempo pasado desde entonces no ha hecho sino consolidar el convencimiento de que aquella salida fue un mal negocio y hoy miles de británicos rastrean en los registros e incluso se hacen pruebas de ADN para comprobar si entre sus antepasados hay irlandeses, italianos o españoles y lograr hacerse de este modo con una identidad europea.

Ojo con la leche. La nueva propuesta de aranceles de la Comisión Europea sobre los vehículos eléctricos fabricados en China tendrá efectos sobre el consumidor español, ya que cerca del 30% de las ventas de estos turismos corresponde a marcas del país asiático o a modelos de Tesla susceptibles de producirse en él. La propuesta de Bruselas, a confirmarse en octubre, prevé aranceles específicos para cada marca, que en el caso de SAIC (MG) llegan al 36,3%, y en el de BYD al 17%, que se sumarían a los del 10% ya en vigor desde el 5 de julio. Como respuesta, el Ministerio de Comercio de China ha anunciado una investigación sobre la importación de productos lácteos de la UE.


Los ‘hombres de negro’ amenazan Ucrania


@Lluis_Uria

Los hombres de negro están de vuelta. No, no hemos regresado a los turbulentos años de la crisis del euro, cuando la propia existencia de la Unión Europea parecía amenazada. Los inspectores de la llamada troika –integrada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI)– ya no viajan a  Atenas o Lisboa como pájaros de mal agüero para cobrarse en forma de salvajes recortes presupuestarios el apoyo económico que prestaban a los países rescatados, en castigo por sus alegrías fiscales pasadas. Los temidos –y odiados– hombres de negro ya son historia... Pero su espíritu subsiste. Y su legendaria intransigencia ha ido a llamar ahora a la puerta de Ucrania.

El guardián del rigor y de la austeridad tiene de nuevo acento alemán. Ayer se llamaba Wolfgang Schäuble, hoy recibe el nombre de Christian Lindner. El ministro germano de Finanzas, del partido liberal –socio menor pero determinante de la coalición que sostiene al gobierno del socialdemócrata Olaf Scholz–, está determinado a aplicar a rajatabla la política de apretarse el cinturón, que para eso los legisladores introdujeron en la Constitución en 2009 –en plena tormenta financiera– un freno al endeudamiento público (schuldenbremse). La crisis económica provocada por la pandemia de covid forzó a Berlín en los años 2020 y 2021 a suspender temporalmente dicho precepto y volvió a hacerlo en 2023 para poder sostener las ayudas a las familias por la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania. Pero, para Lindner, la fiesta se ha acabado.

Y uno de los principales perjudicados va a ser justamente Kyiv. En una carta enviada a los ministros de Defensa, el socialdemócrata Boris Pistorius, y de Asuntos Exteriores, la ecologista Annalena Baerbock, su colega de Finanzas les advertía recientemente que el presupuesto federal no podrá dedicar en 2025 más de 4.000 millones de euros a la ayuda militar a Ucrania, apenas algo más de la mitad que este año (7.500 millones). Nada de cirugía, pues, amputación y sin anestesia. Como alternativa, Lindner proponía buscar financiación europea a partir de los intereses generados por los fondos rusos congelados en los bancos de la UE, una idea planteada en el seno del G-7 pero que está lejos de haberse concretado.

La decisión ha sido asumida –con mayor o menor fatalidad– por sus socios de gobierno, poco dispuestos a abrir una crisis por el cierre del presupuesto en un momento de gran debilidad política. La cuestión de la ayuda a Ucrania es, por otro lado, un asunto muy sensible y divisivo, hasta el punto de haberse erigido en uno de los temas centrales de la campaña de las elecciones regionales en Brandeburgo, Sajonia y Turingia que se han de celebrar el próximo septiembre.

En estos tres länder de la antigua Alemania del Este, los sondeos otorgan una elevada expectativa de voto al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (Afd), que podría quedar, según el territorio, en primer o segundo lugar con entre un 24% y un 30% de apoyo, y también a la nueva formación de izquierdas liderada por Sahra Wagenknecht, BSW, que opta al tercer o cuarto puesto con entre el 13% y 18%. Ambas formaciones son contrarias a mantener la ayuda militar a Ucrania y abogan por el diálogo con Rusia (además de reclamar, cada uno desde su óptica, un freno a la inmigración)

La situación es dramática para Kyiv, porque Alemania es hoy uno de los principales contribuyentes internacionales al esfuerzo de guerra ucraniano para frenar la invasión rusa. “La seguridad de Europa depende de la capacidad y de la voluntad política de Alemania de seguir jugando un papel principal en la ayuda aportada a nuestro país”, clamó el embajador ucraniano en Berlín, Oleksii Makeiev, en el Bild. Al principio de la guerra, Alemania arrastró los pies –recuerden la primera oferta de enviar a Kyiv cascos y chalecos antibalas–, pero después se ha convertido en el segundo donante de ayuda militar: 17.700 millones de euros desde el inicio de la invasión, según el Instituto Kiel para la Economía Mundial (IfW), solo superado por los 42.000 millones de Estados Unidos.

En abril, tras arduas negociaciones, el Senado norteamericano dio luz verde a un nuevo paquete de ayuda militar y económica a Ucrania por 60.800 millones de dólares (54.700 millones de euros) y la Casa Blanca anunció la semana pasada, al calor de la contraofensiva ucraniana en la región rusa de Kursk, el envío de más armas.

De aquí podría venir el siguiente –y, si se produjera, demoledor– disgusto para Ucrania. Porque si los ucranianos han resistido hasta ahora a las fuerzas rusas, se debe en gran medida a la ayuda norteamericana. Sin Washington, todo se derrumbaría. Y eso podría pasar a partir del año que viene en el caso de que el republicano Donald Trump –admirador del presidente ruso, Vladímir Putin, e inclinado a poner fin a la guerra rápidamente– ganara las elecciones del 5 de noviembre y volviera a la Casa Blanca.

En este sentido, las memorias de próxima aparición del general H. R. McMaster, que fuera asesor de Seguridad Nacional con Trump entre 2017 y 2018, no son precisamente tranquilizadoras. Según avanzó esta semana The Guardian, en su libro –titulado En guerra con nosotros mismos: mi periodo de servicio en la Casa Blanca de Trump–, McMaster dice que “Putin jugó con el ego y las inseguridades de Trump con halagos” hasta hacerlo suyo. Y añade: “Después de más de un año en este trabajo, no puedo entender el control que Putin tiene sobre Trump”. Dicho queda.


Meloni, estrella fugaz


Newsletter 'Europa'

@Lluis_Uria

Tenía que ser la nueva estrella fulgurante del firmamento europeo, el gran referente continental de la nueva derecha, la figura que podía hacer decantar la balanza en el Parlamento de Estrasburgo, pero su luz ha palidecido de forma vertiginosa. Giorgia Meloni, la primera ministra italiana, tiene un lugar importante, inamovible, en Europa. Cualquier jefe de Gobierno de Italia –tercer país de la UE por población y por potencia económica- lo tiene por el mero hecho de serlo. Pero la aspiración de la líder del posfascista Hermanos de Italia de emerger como la cabeza de filas de la tercera fuerza política europea y capitanear la convergencia entre la extrema derecha y la corriente más conservadora de la derecha tradicional se ha venido abajo nada más empezar la partida.

Retrocedamos un par de meses, a los días del 13 al 15 de junio. Meloni era la anfitriona de la 50ª cumbre del G-7, en la Apulia, en lo que constituía su gran puesta de largo en la escena internacional. Reforzada por un buen resultado en las elecciones europeas, en las que su candidatura quedó en primer lugar con casi el 29% de los votos, ya se veía liderando la galaxia en expansión de la extrema derecha europea y hablando de tú a tú a los dirigentes del Partido Popular Europeo (PPE), cuyo líder, el alemán Manfred Weber, le hacía ojitos desde hacía tiempo. Durante la cumbre, la primera ministra italiana incluso se permitió entablar un pulso –que ganó- con el presidente francés, Emmanuel Macron, forzando la retirada de toda alusión al aborto en la declaración final.

Pero la alegría duró poco y la carroza se convirtió en calabaza en cuanto sonó medianoche. O casi. Dos días después de despedir a sus ilustres invitados, Meloni se dio de bruces con la realidad. Los representantes de los tres grupos políticos que habían asegurado en el pasado –y siguen asegurando hoy- una mayoría europeísta en Estrasburgo se reunieron para negociar el reparto de los altos cargos comunitarios… Sin ella. Ahí estaban el primer ministro polaco, Donald Tusk, y su homólogo griego, Kiriakos Mitsotakis, por parte de los populares; el canciller de Alemania, Olaf Scholz, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, por los socialistas, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el primer ministro en funciones de los Países Bajos, Mark Rutte, por parte de los liberales. La primera ministra italiana hizo patente su disgusto.

Todavía resentida, Meloni ordenó un mes después a los europarlamentarios de Hermanos de Italia –con cuya abstención se había especulado- que votaran finalmente en contra de la reelección de la democristiana Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea, rompiendo abruptamente con el rumbo de aproximación hacia los populares que había mantenido hasta ese momento (pese a lo cual ha obtenido puestos relevantes en una docena de comisiones parlamentarias en Estrasburgo). Echarse al monte, en todo caso, no parece que le vaya a acarrear muchos beneficios: casi inmediatamente después, el disgusto de Roma se convirtió en ira al enterarse de que la OTAN había elegido a un español –el diplomático Javier Colomina- y no a un italiano como representante especial de la Alianza Atlántica para el Mediterráneo, el denominado flanco sur.

“Los problemas vuelan siempre en escuadrilla”, solía decir el desaparecido Jacques Chirac. Los sinsabores de Meloni tampoco acabaron aquí. Las maniobras de pasillos en la Eurocámara la dejaron también sin el preciado trofeo de estar al frente del tercer grupo del Parlamento, la coalición Conservadores y Reformistas Europeos (CRE). Cuando se quiso dar cuenta, su homólogo húngaro le robó la cartera y la desplazó al cuarto lugar. Ahora, tras los grupos popular y socialista (con 188 y 136 escaños), viene la nueva marca apadrinada por Viktor Orbán: Patriotas por Europa (con 84).

El verdadero enfant terrible de la UE, excluido en su día de los populares y sin adscripción a ningún grupo, consiguió atraer de entrada a su proyecto al FPÖ austriaco y al checo ANO –que por una percepción distorsionada de la realidad estaba con los liberales-, y pronto hubo una auténtica cascada de adhesiones: el neerlandés PVV, el Partido Popular danés, el flamenco Vlaams Belang, la Liga italiana, el Chega portugués y hasta el español Vox, que agradecía de esta curiosa manera el apoyo que la primera ministra italiana había prestado a Santiago Abascal. Pero sin duda el fichaje determinante fue el del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen. Los ultras franceses –con 30 diputados- constituyen el subgrupo más numeroso, lo que les ha permitido poner a su líder Jordan Bardella al frente del invento como presidente del grupo.

Para completar el mapa, por el otro extremo, los partidos ultras más radicales se reagruparon en la nueva coalición Europa de las Naciones Soberanas (25 diputados), que lidera Alternativa para Alemania, cada vez más próxima a las tesis neonazis.

Todo este corrimiento ha dejado al grupo de Giorgia Meloni (con 78 escaños) muy tocado. Y podría haber quedado desarbolado del todo si los polacos de Ley y Justicia se hubieran apuntado a Patriotas… Si no fue así, finalmente, es porque los de Orbán-Le Pen tienen una marcada orientación prorrusa y, por ahí, los polacos no pasan. Tampoco pasará la mayoría europeísta del Parlamento, ni la Comisión Europea ni las principales capitales comunitarias. La línea pragmática mostrada en la pasada legislatura por Meloni en Bruselas y Estrasburgo –donde guardó en un cajón su euroescepticismo- y su alineamiento con la OTAN en la guerra de Ucrania le conferían hasta ahora, al menos para un sector de la derecha, el estatus de aliado potencial. Habrá que ver si la mantiene.

(No todo han sido fugas en el grupo de Meloni. El pintoresco partido del español Alvise Pérez ha pedido entrar en el CRE, pero aunque sus tres diputados no son desdeñables, el grupo de la premier italiana se ha tomado hasta septiembre para pensárselo)


  •  Fin del espejismo. El éxito de los Juegos Olímpicos de París elevó la autoestima de los franceses, que por quince días olvidaron todos sus problemas y sus preocupaciones. También su acendrado pesimismo. Sin embargo, cerrado este “paréntesis mágico”, Francia se ve obligada a afrontar de nuevo la realidad de un país amenazado por la inestabilidad política. Con un Gobierno interino y una Asamblea Nacional de la que no emerge una mayoría suficiente, Emmanuel Macron debe nombrar con urgencia un nuevo primer ministro y un nuevo Gobierno. El presidente no quiere saber nada de la candidata de la izquierda, Lucie Castets, y busca una solución más hacia el centro.

  •  Entraron para quedarse. La incursión militar ucraniana en Rusia no ha sido tal. No era una mera “penetración de corta duración en territorio enemigo”, una razzia. Casi dos semanas después de lanzada la ofensiva, Kyiv controla un territorio de 1.000 km2 en la región rusa de Kursk, que intenta consolidar, mientras sigue avanzando ante la impotencia del ejército ruso. Para Rusia, que no había sufrido una invasión exterior desde la de la Alemania nazi en 1941, es un golpe moral terrible. Especialmente para Vladímir Putin, cuyos planes y objetivos cuando ordenó la invasión de Ucrania hace más de dos años no tenían nada que ver con lo que finalmente ha sucedido.

  •  Atenas, rodeada por las llamas. Tres días necesitaron los bomberos griegos para detener las llamas que se cernían la semana pasada sobre Atenas. Atizado por fuertes vientos y la sequedad extrema del terreno, el incendio forestal declarado el domingo 11 devoró rápidamente 10.000 hectáreas y llegó hasta el mismo casco urbano de la capital griega, causando la muerte de una persona y el desplazamiento de decenas de miles de vecinos. El fuego arrasó casas, tiendas y automóviles, además de cultivos y vegetación. Las autoridades griegas recibieron ayuda del Mecanismo de Protección Civil de la UE, así como apoyo de Italia, Francia, Serbia, la República Checa, Turquía, Jordania, Malta y Rumanía.

domingo, 18 de agosto de 2024

El disputado voto de la América profunda


@Lluis_Uria

¿Está preparado Estados Unidos para confiar, por primera vez, la presidencia del país a una mujer? Esta pregunta se repite estos días a raíz de la nominación de la vicepresidenta Kamala Harris como candidata del Partido Demócrata a la Casa Blanca en las elecciones de noviembre. Pero no es la pregunta pertinente. EE.UU. está perfectamente preparado. De hecho, ya votó masivamente por una mujer, Hillary Clinton, en las elecciones presidenciales del 2016: la candidata demócrata obtuvo entonces en el conjunto del país tres millones de votos más que Donald Trump, aunque no le sirviera de nada. El magnate neoyorquino quedó por detrás, pero obtuvo la mayoría de los 538 compromisarios del colegio electoral (un órgano de representación indirecta que es el que en realidad elige al presidente y al vicepresidente)

La pregunta, en consecuencia, sería más bien otra: ¿están los dirigentes políticos estadounidenses dispuestos a revisar –y poner fin– a un sistema electoral sesgado que refuerza el voto de los estados menos poblados del interior del país frente a los que albergan las grandes concentraciones urbanas de las costas Este y Oeste? La respuesta es no. Algunos tienen mucho que perder. Los republicanos, que han sido tradicionalmente los más beneficiados por este sistema –George W. Bush también fue elegido en el 2000 con menos votos que el demócrata Al Gore– no sólo no están dispuestos a reformar el reparto de votos electorales en la elección presidencial, sino que en aquellos estados donde gobiernan redibujan las circunscripciones electorales a su medida para asentar su dominio y tratar de garantizarse el control del Senado in aeternum.

Así que Harris va a enfrentarse a los mismos obstáculos que condujeron a Clinton a la derrota en 2016 (y que Joe Biden superó en 2020). Ya puede lograr arrastrar el voto mayoritario de sus conciudadanos, que si no obtiene la victoria en un puñado de estados clave –donde la diferencia puede venir de unos miles de votos– no tendrá ninguna posibilidad de alcanzar la Casa Blanca. Si Estados Unidos hubiera sido Francia, donde los ciudadanos votan directamente al presidente, Trump nunca hubiera sido elegido. Lo hubiera sido Clinton. Pero la exsecretaria de Estado falló allí donde menos podía fallar: los estados del Medio Oeste, la América profunda, a cuyos votantes trató poco menos que de paletos. En 2016 y en 2020 el voto de los estados de Michigan, Pensilvania y Wisconsin –en el llamado cinturón del óxido, la zona industrial en declive en torno a los grandes lagos– fue clave, así como los de Arizona, Carolina del Norte o Georgia. Y lo volverán a ser ahora de nuevo.

La nominación de Harris, precipitada por la retirada de la carrera electoral del presidente Joe Biden –acuciado por los problemas vinculados a su avanzada edad–, ha devuelto la esperanza y el optimismo a las filas demócratas. La resignación ha dado paso al entusiasmo, un factor fundamental para movilizar al propio electorado y albergar aspiraciones de ganar. Donald Trump, que ya se veía vencedor sin despeinarse –fácil, con la laca que lleva–, ha dejado de repente de ser el favorito incontestable. Y los nervios que ha dejado traslucir en sus últimas apariciones públicas –con furibundos ataques personales contra su rival, enredándose de nuevo en patrañas raciales– dan la medida de su perplejidad.

De repente, ya no es Trump quien encabeza los sondeos, sino Harris. No es una ventaja muy significativa, la de la candidata demócrata, pero la tendencia ha cambiado de signo. Según los datos del agregador de encuestas FiveThirtyEight, en menos de tres semanas Donald Trump ha pasado de estar tres puntos por delante de Joe Biden (43,5% a 40,2%) a estar dos puntos por detrás de Kamala Harris (43,3% frente a 45,4%). La aspirante demócrata aventaja asimismo a su oponente en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, mientras que va por detrás del republicano en Arizona, Carolina del Norte, Georgia y Nevada. Las diferencias son muy estrechas y nada está del todo dicho.

Ante este envite, ambos candidatos han apostado por formar tándem  con dos hombres de una extracción social y territorial parecida, capaces de hablar a los habitantes del Medio Oeste con su mismo lenguaje y con sus mismos códigos: el demócrata Tim Waltz, gobernador de Minnesota –nacido en Nebraska–, y el republicano James D. Vance, senador por Ohio y autor de un celebrado best seller sobre la cruda realidad social de la América interior, Hillbilly Elegy (Hillbilly, una elegía rural, en España), escrito antes de convertirse al trumpismo y abrazarse con pasión a quien antes había despreciado y denigrado. Al hilo de la historia de su disfuncional familia, Vance describe en su obra la amargura y el resentimiento de unas comunidades rurales y postindustriales empobrecidas y en decadencia, conservadoras e incultas, rudimentariamente patriotas, devastadas por el alcohol y las drogas, que se sienten excluidas y abandonadas por el sistema.

 El preciado voto de los hillbillies, término despectivo que podría traducirse por pueblerino o cateto, utilizado originalmente para referirse a los habitantes de las zonas rurales de los Apalaches y luego generalizado para designar a los miembros de la clase trabajadora blanca sin demasiada cultura –al igual que los  peyorativos rednecks o white trash–, vuelve a estar en el centro de la batalla electoral.  El cortejo ha empezado.


jueves, 15 de agosto de 2024

Golpe de mano en Kursk


Newsletter ‘Europa’

@Lluis_Uria

Kursk tiene un nombre evocador. Esta ciudad de 400.000 habitantes, situada en el extremo occidental de Rusia, a unos 130 kilómetros de la frontera con Ucrania, fue el escenario en 1943 de una de las batallas más importantes de la Segunda Guerra Mundial entre los ejércitos de la Alemania nazi y la Unión Soviética, el mayor enfrentamiento de blindados de la Historia. Los rusos salieron victoriosos. Hoy esta región ha regresado a la actualidad internacional a raíz de la sorpresiva y arriesgada ofensiva lanzada por el ejército ucraniano, la primera incursión terrestre de gran magnitud sobre territorio ruso desde la invasión de Ucrania por las tropas de Moscú el 24 de febrero de 2022.

“Rusia trajo la guerra a nuestro país y debería sentir sus efectos”, ha declarado a modo de explicación el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Más allá de esta justificación retórica, poco más se sabe de los objetivos últimos de Kyiv. ¿Se trata de una acción de diversión para aligerar la presión militar rusa en el frente del Donbass y desmoralizar, de paso, al enemigo? ¿O busca consolidar la ocupación de territorio ruso para fortalecer su posición cara a una futura negociación?

El ejército ucraniano –escaso de material y de hombres- lleva tiempo afrontando serias dificultades para contener a las tropas rusas en el frente del Este, que han ido ganando terreno en los últimos meses, sin que la ayuda occidental le haya permitido algo más que resistir. Recién hace una semana Zelenski mostró los primeros aviones de combate estadounidenses F-16 entregados por sus aliados, que apenas han tenido tiempo de empezar a utilizar en el campo de batalla... En este contexto, y dada la superioridad del ejército ruso, la audaz decisión de Kyiv de abrir un nuevo frente en la región de Kursk podría parecer temeraria. Las informaciones sobre esta operación, que ha obligado a Moscú a evacuar población (más de 76.000 personas) y enviar refuerzos, son escasas y contradictorias. Pero todo indica que casi una semana después –el ataque fue lanzado el martes 6- los ucranianos se aferran al terreno ganado y tratan de seguir avanzando, mientras los rusos buscan desesperadamente poner freno a la invasión.

La situación política internacional puede explicar, probablemente mucho más que la estrictamente militar, este último movimiento de Zelenski. Las elecciones presidenciales de próximo 5 de noviembre en Estados Unidos son un elemento crucial. Una eventual victoria de Donald Trump –en absoluto descartable, pese al empuje que está mostrando la candidatura de la vicepresidenta Kamala Harris- representaría un vuelco total y la pérdida para Kyiv de su aliado más importante. Con un Trump deseoso de poner fin a la guerra y entregado a las tesis de Putin –con quien está a partir un piñón-, Ucrania se vería obligada a negociar una paz en una posición de extrema debilidad.

Pero no es solo Trump. En las últimas semanas se han producido movimientos que indicarían una renovada voluntad, por parte de unos y de otros, de explorar la viabilidad de un diálogo que, si no a la paz, pudiera conducir a un alto el fuego. El presidente francés, Emmanuel Macron, que se había convertido en el dirigente occidental más beligerante con Rusia, hasta el punto de hablar del envío de tropas a Ucrania, expresó a finales de junio –en declaraciones al podcast Generation Do it yourself- su deseo de poder retomar el diálogo con el presidente ruso, Vladímir Putin. Al Kremlin le faltó tiempo para tomarle la palabra: ““Estamos dispuestos al diálogo en la medida en que nuestros interlocutores estén listos. Para ello no se necesitan condiciones”, declaró el portavoz de la presidencia rusa, Dimitri Peskov a la agencia Tass. Por esas mismas fechas, el jefe del Pentágono, Lloyd Austin, mantenía una entrevista telefónica con el nuevo ministro ruso de Defensa, Andréi Beloúsov, un contacto poco frecuente desde que se inició la guerra, teóricamente destinado a evitar una escalada.

Hace tiempo que expertos y analistas están de acuerdo en la imposibilidad de que Ucrania gane la guerra y recupere los territorios ocupados por Rusia, no ya la península de Crimea (anexionada en 2014), sino ni siquiera la región del Donbass. Así pues, ¿qué tipo de paz se podría esperar? El politólogo Ian Bremmer, fundador del Grupo Eurasia, cree que la única salida es “congelar el conflicto” en su estado actual. Esto es, negociar con el padrinazgo de EE.UU. y la OTAN un cese de las hostilidades entre Rusia y Ucrania que dejara las líneas del frente tal cual están en este momento –aunque sin reconocer la soberanía rusa sobre los territorios ocupados-, a cambio de que Kyiv recibiera garantías de seguridad sólidas por parte de Occidente, ayuda económica para la reconstrucción del país y una adhesión exprés a la UE.

No está claro que una solución de este tipo –que contradice el discurso mantenido hasta ahora por EE.UU. y Europa- vaya a imponerse a corto plazo, aunque si Trump regresara a la Casa Blanca a principios del año que viene, podría precipitar los acontecimientos. Y si los aliados occidentales acabaran abrazando esta salida, poco podría hacer Kyiv por impedirlo. Quizá por ello busca tener más bazas con las que negociar.


Los ‘no ciudadanos’. La guerra de Ucrania y la nueva guerra fría entre Rusia y Occidente ha hecho aumentar la tensión en los países bálticos, que se sienten directamente amenazados por Moscú. En Letonia, que forma parte de la UE y de la OTAN desde el 2004, la situación se complica por el hecho de que cerca de una cuarta parte de la población es de origen ruso y un tercio es rusófono, pese a lo cual las escuelas públicas rusas han pasado a dar clases solo en letón y el ruso desaparecerá por completo de la formación de lengua extranjera a partir del 2026. Una décima parte de sus habitantes tiene el estatus de ‘no ciudadano’, la mayoría inmigrantes rusos de la época soviética.

Tensión a la baja. Tras varias jornadas de fuertes disturbios en el Reino Unido, alentados por la extrema derecha en contra de los inmigrantes extranjeros, la calma ha vuelto poco a poco al Reino Unido. La movilización de la ciudadanía contra los ultras y la contundente reacción del Estado, con juicios exprés y sentencias severas, parece haber puesto freno a la deriva violenta. El nuevo primer ministro, el laborista Keir Starmer –que fue fiscal general del Reino Unido-, está determinado a no transigir en la defensa de la ley y el orden y la lucha contra las incitaciones al odio. Pero los problemas de fondo subsisten y la implantación de la extrema derecha en el país es importante.

Larga es la espera. Dicen que quien espera, desespera. Y todavía más quien es olímpicamente ignorado por aquél de quien espera atención. Eso es lo que le está sucediendo a Lucie Castet, la candidata a primera ministra de Francia propuesta por la coalición de izquierdas Nuevo Frente Popular, que tiene el grupo más numeroso en la nueva Asamblea Nacional. Castet, de 37 años y responsable de Finanzas del Ayuntamiento de París, hace lo que puede por darse a conocer a la opinión pública y mantenerse en el candelero. Pero el presidente de la República, Emmanuel Macron, no tiene ninguna prisa. Y tampoco la intención de darle el Gobierno a la izquierda.


jueves, 8 de agosto de 2024

Tregua olímpica


 

Newsletter 'EUROPA'

@Lluis_Uria

Extasiada por la brillantez de los Juegos Olímpicos de París y los éxitos de sus deportistas, Francia parece haber guardado temporalmente en un cajón –hasta el final del verano, al menos- la tensión y la incertidumbre que atenazaban al país. El propio presidente francés, Emmanuel Macron, sigue estos días con embeleso en los estadios las victorias patrias –en natación, en judo…- como si hubiera decidido olvidarse por un momento del difícil rompecabezas político que tiene delante (un abandono relativo, no exento de cálculo en su caso) ¿Conseguirán las mieles olímpicas apaciguar el descontento de buena parte de la sociedad francesa y redorar la maltrecha imagen del presidente? ¿O será, como cabe esperar, tan solo un paréntesis hasta la llegada del crudo otoño?

 La última entrega de este boletín, el pasado 1 de julio, registraba la contundente victoria de la extrema derecha en la primera vuelta de las elecciones legislativas francesas, a quien parecía que se le abrían las puertas del gobierno. Como es sabido, no fue así. Una semana después, el 7 de julio, la activación de un frente republicano entre la izquierda y la coalición presidencial –que se prestaron mutuo apoyo en la segunda vuelta para frenar a la ultraderecha- bloqueó el acceso del Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen al gobierno. De partido ganador a tercer grupo del Parlamento en una semana… No hay que engañarse, sin embargo. Ese resultado lo debe todo al peculiar sistema electoral francés –mayoritario, a doble vuelta, con circunscripciones unipersonales-, porque lo cierto es que el RN volvió a ser la fuerza más votada (32%)

El resultado del 7-J constituyó una gran sorpresa. Coronó como vencedora a la coalición de izquierda Nuevo Frente Popular –constituida aceleradamente por la izquierda radical con socialistas, ecologistas y comunistas-, desarbolando todos los cálculos y previsiones. Y echando por tierra la estrategia de Macron, que cuando disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones anticipadas buscaba capitalizar el voto del miedo presentándose como el único gran baluarte contra la extrema derecha. Visto lo visto, quedar en segundo lugar no fue lo peor que lo podría haber pasado.

El mapa político resultante es diabólico. La cámara baja está más fragmentada que nunca –con hasta 11 grupos parlamentarios diferentes, algo nunca visto en la V República- y ninguno de los tres grandes bloques que concurrieron agrupados a las elecciones tiene, ni de cerca, mayoría suficiente para gobernar. Tras la constitución definitiva de los grupos parlamentarios, la izquierda suma 193 escaños, la coalición presidencial 166 y los lepenistas y sus aliados 142, todos muy lejos de la mayoría absoluta, establecida en 289. Macron intentó justificar el adelanto electoral –tras la derrota de su partido en las elecciones europeas- en la necesidad de “clarificar” el panorama político. Lo que ha hecho es añadir confusión e inestabilidad.

Cuatro semanas después de las elecciones, Francia vive en la más absoluta interinidad política, con un Gobierno en funciones –cuyo dimisionario primer ministro, Gabriel Attal, parece querer buscar su propio camino político- y un clamoroso interrogante sobre la identidad de quién asumirá la dirección del nuevo Ejecutivo. El NFP ha intentado hacer valer su victoria para reivindicar su derecho a gobernar y –no sin largas, difíciles y ásperas negociaciones internas- ha puesto sobre la mesa el nombre de Lucie Castets, directora de finanzas del Ayuntamiento de París. Pero Macron ha hecho oídos sordos, alegando que “nadie ha ganado” –porque nadie tiene mayoría-, y escudándose en los JJOO ha buscado ganar tiempo para preparar otra salida.

Macron, reacio a entregar el Gobierno a la izquierda, cuenta con una carta a su favor: la oferta del líder de la derecha republicana, Laurent Wauquiez, de negociar un acuerdo de legislatura. Con 47 diputados, Los Republicanos disidentes que se negaron a pactar con la extrema derecha han salvado los muebles, mientras su malogrado líder, Éric Ciotti, con solo 16, está condenado a ser un mero apéndice de Le Pen. De obtener el apoyo de estos 47 diputados la coalición presidencial podría contar con 213 votos en la Asamblea Nacional, lejos de la mayoría pero por encima de la izquierda. Lo que permitiría a Macron justificar el nombramiento de un primer ministro de centroderecha…

Una parte del partido de Macron, el ala más socialdemócrata –nutrida de desertores de la diáspora socialista de 2017-, ve con recelo este pacto y promueve un acuerdo más amplio que incluya también a una parte de la izquierda. Léase, prácticamente todos sus miembros, con el Partido Socialista (PS) a la cabeza, con la única exclusión de La Francia Insumisa (LFI) del radical Jean-Luc Mélenchon. Parece improbable, sin embargo, que el PS de Olivier Faure y sus aliados, en plena fase ascendente –suman hoy 66 escaños, muy poco por detrás de los 72 de LFI-, vaya a sacrificar su proceso de recuperación y su objetivo de volver a ser la fuerza hegemónica de la izquierda para sostener a la mayoría presidencial del denostado Macron.

Cuando el 11 de agosto París clausure los JJOO de 2024, o quizá algo más tarde –tras el final de los Juegos Paralímpicos, el 8 de septiembre-, Francia comprobará que nada ha cambiado. Estará todavía con un Gobierno en funciones o, en el mejor de los casos, un nuevo Ejecutivo en minoría. Y al menos un año por delante de marasmo e inestabilidad política.


Tensión en el Reino Unido. El asesinato a navajazos de tres niñas –de entre 6 y 9 años de edad- que participaban en una clase de baile en Southport a manos de un adolescente presumiblemente perturbado ha desencadenado importantes disturbios esta semana en el Reino Unido. El suceso ha sido aprovechado por grupos organizados de extrema derecha para atizar el odio contra los inmigrantes, en particular los musulmanes –pese a que el atacante, Axel Muganwa Rudakubana, un galés de origen ruandés, no lo es-, desencadenar episodios de violencia y protagonizar fuertes enfrentamientos con la policía. El nuevo gobierno laborista de Keir Starmer ha anunciado medidas para actuar contra estos grupos y combatir los delitos de odio.

París apoya a Rabat. Como quien no quiere la cosa, con un gobierno interino y en medio de los Juegos Olímpicos de París, Francia ha decidido seguir los pasos de España y apoyar las tesis de Marruecos sobre el antiguo Sahara español. El presidente francés, Emmanuel Macron, envió el martes pasado una carta al rey de Mohamed VI –coincidiendo con el 25º aniversario de su ascensión al trono- en la que reconoce la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental y apoya el plan de Rabat de conceder un régimen de autonomía a este territorio como “la única base para lograr una solución política, justa, sostenible y negociada” al conflicto. El paso de París ha desatado la ira de Argelia.

La sombra de Berlusconi. Si el aeropuerto de Roma lleva el nombre de Leonardo da Vinci, el de Milán-Malpensa adoptará ahora el del desaparecido político y magnate de la televisión Silvio Berlusconi, fallecido en el 2023. Así lo ha decidido inopinadamente el ministro de Infraestructuras y Transportes italiano, que no es otro que el radical líder de la Liga, Matteo Salvini. La decisión ha causado polémica en Italia, no sólo por la precipitación que supone –normalmente, una decisión de este tipo se adopta cuando han pasado diez años de la muerte del personaje al que se quiere rendir homenaje- sino por la controvertida personalidad del antiguo líder derechista. Ni siquiera a la familia le ha gustado.

El sueño roto de Macron



Newsletter 'EUROPA'

@Lluis_Uria

El sueño acariciado por Emmanuel Macron en 2017, cuando se lanzó a la conquista del Elíseo, saltó anoche en mil pedazos. Tan solo siete años después de su primera victoria en las elecciones presidenciales francesas, el proyecto macronista de construir un nuevo espacio político liberal y europeísta hegemónico en Francia, entre la derecha conservadora y la izquierda, ha explotado en pleno vuelo. Macron podrá seguir como presidente de la República hasta el fin de su mandato en 2027 –a no ser que antes decida dar la espantada-, pero su movimiento ha quedado gravemente tocado, amenazado de disgregación.

El resultado de la primera vuelta de las elecciones legislativas de ayer, en la que la coalición presidencial Ensemble (Juntos) quedó en tercer lugar con el 20% de los votos, le condena a un papel subalterno, emparedado entre la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional (34%), convertido en el nuevo referente del espacio conservador, y la coalición unitaria de izquierdas Nuevo Frente Popular (28%), que tiene por delante un complicado y tumultuoso trabajo de clarificación entre su alma socialdemócrata y el radicalismo de su ala más extremista.

Falta una semana para saber cómo quedará configurada la nueva Asamblea Nacional, cuya fragmentación podría colocar a Francia en una situación de ingobernabilidad inédita bajo la V República. El complejo sistema electoral francés –mayoritario, a doble vuelta y en circunscripciones unipersonales- hace muy difícil que la extrema derecha traduzca su ventaja de ayer en una mayoría absoluta parlamentaria, dado el fuerte movimiento que hay en su contra. Si tras la segunda vuelta no hay una mayoría clara, el presidente francés, haciendo uso de sus prerrogativas constitucionales –que no son pocas-, podría optar por proponer un gobierno de transición, con un primer ministro de perfil técnico, apoyado por los sectores más moderados de cada campo. Una solución al estilo de la puesta en práctica en Italia entre 2021 y 2022 con Mario Draghi. Y, pasado el plazo de un año –antes, no puede-, convocar nuevas elecciones.

O eso, o nombrar jefe de gobierno al candidato del RN, Jordan Bardella, y lidiar con el que sería el cuarto periodo de cohabitación en Francia –con un presidente y un primer ministro de diferente color político- desde 1986. Un escenario problemático y presumiblemente convulso. Y no solo para Francia, sino también para Europa en su conjunto. La transformación de uno de los países puntales de la UE y motor de la construcción europea en un objetor euroescéptico –por mucha melonización que se le suponga a Marine Le Pen- tendría sin duda importantes consecuencias.

El filósofo Michel Onfray, en una entrevista con La Vanguardia, cree que si llegan al poder los antiguos frentistas acabarán amoldándose al marco económico-financiero comunitario como ha hecho la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, quien ha combinado pragmatismo en Bruselas con una agenda ultraconservadora en política interior. Pero aún habiendo abandonado en un cajón sus propuestas más antieuropeas, el acceso de la extrema derecha el gobierno en París sería todo menos inocuo para el proyecto europeo.

Emmanuel Macron tiene una gran responsabilidad personal en este fracaso. Y no solo por su apuesta suicida de disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas sin necesidad -¡tenía tres años por delante!- como respuesta a su derrota en las europeas del 9-J. La pretensión de convertir los comicios en un combate de dos, en el que se atribuía el papel de baluarte frente a la extrema derecha, se estrelló contra la rápida –e inesperada- unión de toda la izquierda. Fue un gravísimo error de cálculo.

Pero ese no ha sido su peor pecado. Su mayor equivocación fue ignorar el aviso que recibió en las elecciones del 2022, cuando su partido perdió la mayoría absoluta, y seguir gobernando como un monarca absoluto, abusando hasta la extenuación de mecanismos constitucionales extraordinarios para aprobar leyes –como la de la reforma de las pensiones- por decreto. Egocéntrico y narcisista, confiando únicamente en su instinto y su excepcional capacidad intelectual –real, pero tampoco infalible-, no ha querido escuchar nada ni a nadie. Y él mismo ha preparado su desastre.

No todo se explica, sin embargo, por los desaciertos del presidente de la República. En el ascenso del voto de extrema derecha concurren múltiples factores. Hay una corriente general, común en los países occidentales desarrollados, de desconfianza y contestación al poder político establecido y a los consensos que han moldeado la política en las democracias liberales desde el hundimiento de la URSS y el bloque comunista. Las sociedades occidentales se han fracturado en dos. Por un lado, están las grandes concentraciones urbanas, conectadas con el mundo globalizado, con identidades multiculturales y nuevos valores sociales, donde se concentran la riqueza, la actividad económica y el empleo, las nuevas tecnologías y los servicios. Por otro, las zonas rurales y desindustrializadas, económica y demográficamente en declive. Entre ambas se ha abierto una brecha creciente a nivel económico, social… y también político.

En estos territorios, que podríamos considerar los damnificados de la mundialización, ha cuajado un sentimiento de exclusión y agravio, la sensación de haber sido abandonados por los poderes públicos. Son poblaciones que observan con desconfianza los cambios sociales y culturales, que se aferran a sus referentes identitarios y a la nostalgia de los viejos buenos tiempos. Es en este terreno abonado por el resentimiento donde ha arraigado lo que el politólogo Dominique Reynié ha bautizado como “populismo patrimonial”, que ofrece una defensa radical y conservadora del patrimonio material (el nivel de vida) e inmaterial (el estilo de vida). Aquí crece la extrema derecha. Son estos sectores los que en 2016 votaron el Brexit en el Reino Unido y auparon a Donald Trump en Estados Unidos (y quizá vuelvan a hacer ahora). Y fueron los chalecos amarillos franceses los que ya en el 2022 dieron el primer gran empujón a la extrema derecha, que vio multiplicar su representación parlamentaria.

En el caso de Francia, esta tendencia se ha agravado por los propios vicios del régimen de 1958. La V República fundada por el general De Gaulle, concebida para garantizar gobiernos estables, instauró un modelo presidencialista radical en el que el Parlamento tiene un papel secundario (elegido directamente por los ciudadanos, el presidente de la República concentra un poder político y ejecutivo sin parangón, y no está sujeto al control del poder legislativo) y un sistema electoral mayoritario que margina a las minorías. “Parlamentarismo racionalizado”, lo llaman. El resultado es un gravísimo déficit de representación política. Este sistema de poder vertical, agravado por el elitismo endogámico de la clase política parisina, muy alejada de la realidad social -de la que Macron es un exponente prototípico-, es el que ha entrado en crisis.

  •  Nueva cúpula de la UE. La cumbre que los 27 celebraron el jueves en Bruselas dio luz verde a los nombramientos de los tres nuevos altos cargos de la Unión: la democristiana alemana Ursula von der Leyen al frente –de nuevo- de la Comisión Europea, el socialista portugués António Costa como presidente del Consejo Europeo y la liberal estonia Kaja Kallas como Alta Representante para la Política Exterior. El consejo no hizo más que refrendar el acuerdo que, en este sentido, habían alcanzado previamente populares, socialistas y liberales, que mantienen la mayoría absoluta en el Parlamento Europeo tras las elecciones del 9-J. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, líder del posfascista Hermanos de Italia, estaba furiosa por su marginación de la negociación, pero al final se abstuvo en la votación de Von der Leyen (y votó en contra de los otros dos). El húngaro Viktor Orbán, en cambio, votó a favor de Costa. Cada cual, sus filias y sus fobias.

  •  Ultraderecha fragmentada. La extrema derecha europea, lejos de confluir en un único gran grupo en el Parlamento Europeo, va a pasar de dos a cuatro diferentes. Expulsados del grupo Identidad y Democracia, que lidera el Reagrupamiento Nacional (RN) francés de Marine Le Pen, y enemistados con la primera ministra italiana y presidenta de Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, que lidera el grupo Conservadores y Reformistas Europeos, los ultraderechistas de Alternativa para Alemania (AfD) quieren formar un nuevo grupo que se llamaría Los Soberanistas y en el que se especula que podría hallar cobijo el español Alvise Pérez. Para acabar, el líder húngaro Viktor Orbán (Fidesz), que rechazó unirse a Meloni por estar aliada con los nacionalistas rumanos, he decidido crear un cuarto grupo, Patriotas por Europa, junto a al FPO austriaco y el ANO checo.

  •  Ideas 'innovadoras'. Hay ideas innovadoras que son tan viejas como esconder el polvo bajo la alfombra. Porque de eso se trata cuando se plantea –como ha empezado a hacer el gobierno de Giorgia Meloni en Italia o el de Rishi Sunak en el Reino Unido- derivar a los demandantes de asilo llegados a Europa a terceros países mientras se tramita su solicitud. La idea ha ido cuajando en el seno de la UE y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la hizo suya la semana pasada en una carta enviada a los líderes de los Veintisiete la víspera de la reunión del Consejo Europeo. Un grupo de quince países suscribió en mayo una iniciativa liderada por Dinamarca, donde gobierna la socialdemócrata Mette Frederiksen, en la que pedían a la Comisión propuestas para externalizar la gestión de los flujos migratorios. En este grupo estaban, entre otros, Austria, Italia, Malta, Países Bajos, Polonia y Suecia.