domingo, 25 de mayo de 2025

¡Apañaos vosotros!

Newsletter ‘Europa’


Trump da un paso atrás y se desentiende de las negociaciones de paz en Ucrania


“Lo que debe hacer Estados Unidos es proclamar la victoria y retirarse”. Atribuida al republicano George D. Aiken, senador por Vermont, a propósito de la guerra de Vietnam, la fórmula ha hecho históricamente fortuna en Estados Unidos. Lo cierto es que Aiken, que en octubre de 1966 propuso un cierto repliegue de las tropas norteamericanas para evitar una escalada militar como la que finalmente se produjo, nunca llegó a expresarlo exactamente así. Pero poco importa. Ajustada o no, la frase ha pasado al acervo común y desde entonces sirve para describir cualquier situación en que es aconsejable dar marcha atrás haciendo ver que se han alcanzado los objetivos perseguidos. Es lo que ha empezado a hacer Donald Trump respecto a la guerra de Ucrania.

El presidente de EE.UU. proclamó a los cuatro vientos durante su campaña electoral que la invasión de Ucrania por parte de Rusia (en 2022) no se hubiera producido si él hubiera sido presidente en aquel momento y que si regresaba a la Casa Blanca, acabaría con el conflicto en 24 horas. Naturalmente, nadie creyó en ese horizonte temporal (a no ser él mismo), pero sí en su determinación de poner fin a la guerra. Sus primeros pasos en la Casa Blanca así lo acreditaron, aunque fuera a costa de presionar al agredido y mostrarse comprensivo con el agresor. Sin embargo, el presidente ruso, Vladímir Putin, se está demostrando mucho más correoso de lo que Trump se esperaba y -detrás de las buenas palabras- no ha conseguido arrancarle compromiso alguno.

Tras proclamar que nada se arreglaría hasta que él y Putin abordaran el asunto personalmente, la conversación telefónica de más de dos horas que ambos mantuvieron este lunes acabó en un rotundo fracaso. Trump anunció, al término, que Rusia y Ucrania iniciarían inmediatamente negociaciones directas sobre los términos de un alto el fuego y de un posible acuerdo de paz. Lo presentó como si fuera un logro, pero al mismo tiempo dio un signo claro de querer lavarse las manos. Incluso llegó a sugerir que el Vaticano podría acabar haciendo de mediador.

La presión de Washington condujo al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a aceptar la semana pasada unas negociaciones directas con los rusos en Estambul sin haber conseguido el alto el fuego incondicional que -con el apoyo de los europeos- planteaba como condición previa. Y, ya puestos, retó a Putin a una reunión cara a cara que en el estado actual del conflicto era un gesto de cara a la galería. Esto es, a Trump.

Las conversaciones en Turquía solo alumbraron un modesto acuerdo para el intercambio de 2.000 prisioneros de guerra (1.000 por cada bando) y no se avanzó un ápice en nada más. Las condiciones puestas sobre la mesa por Rusia para aceptar un alto el fuego -retirada y cesión ucraniana de las cuatro provincias reclamadas por Moscú- confirmaron que la supuesta voluntad rusa de buscar una tregua era una mera fachada. Frente a esto, Washington ha declinado tomar ninguna medida de presión, a diferencia de la Unión Europea y del Reino Unido, que el martes aprobaron nuevas sanciones, focalizadas en la flota de petroleros fantasma con que Rusia trata de escapar al embargo occidental. “La semana pasada escuchamos cómo EE.UU. dijo que si Rusia no aceptaba un alto el fuego completo e incondicional habría consecuencias, queremos ver esas consecuencias”, declaró la alta representante para la política exterior de la UE, Kaja Kallas. Por el momento, sigue sin verlas.

Aparentemente dispuesto a pasar a otra cosa, Trump comunicó el resultado de su conversación con Putin a los principales líderes europeos -una deferencia poco frecuente- y también al presidente ucraniano, al que ha empezado a tratar con el respeto que no le mostró en su primer y borrascoso encuentro en la Casa Blanca. Pero no es necesariamente una buena señal. Que Zelenski subrayara después la importancia de que EE.UU. siga comprometido en la resolución del conflicto muestra hasta qué punto vio a Trump alejarse.

Los analistas ucranianos no se engañan sobre las intenciones de Putin. A su juicio, el presidente ruso no tiene ningún interés en un alto el fuego y se dedica a marear a sus interlocutores mientras prepara una gran ofensiva militar de verano. Kyiv espera que Moscú redoble sus ataques con el objetivo de hacerse con el control de la región de Donetsk, de la que -pese a habérsela anexionado formalmente- ocupa el 70%.

El riesgo de inacción de Washington en la guerra de Ucrania es ya un hecho en la tragedia de Gaza, donde Israel prosigue su programa de aniquilación sin que EE.UU. mueva una ceja. Olvidadas por un momento sus ensoñaciones inmobiliarias sobre la torturada franja de Gaza, Trump parece en este momento mucho más interesado en cerrar jugosos acuerdos económicos -y no menos suculentos negocios privados- con los países árabes, que en el conflicto israelo-palestino, como ha mostrado en su gira por los países del Golfo Pérsico (que ha decidido llamar “de Arabia”)

Huérfanos de la complicidad de Washington también en este asunto, los europeos han empezado a reaccionar por su cuenta ante la barbarie desplegada por el Gobierno de Netanyahu en Gaza, donde a los bombardeos sobre la población civil se añade el bloqueo de alimentos y ayuda humanitaria. Una mayoría de 17 países ha forzado a Bruselas a revisar el acuerdo comercial con Israel, mientras el Reino Unido suspendía las negociaciones comerciales con Tel Aviv. La respuesta israelí a la presión ha sido, de entrada, una salva de disparos intimidatorios sobre una delegación diplomática internacional en Cisjordania.

El amigo británico. La compleja e inestable situación internacional, así en Ucrania como en Gaza, por no hablar del propio Estados Unidos, ha llevado al Reino Unido a acercarse de nuevo a sus antiguos socios europeos, con quienes el primer ministro británico, Keir Starmer, promueve lo que ha bautizado como una “reinicialización” de las relaciones. Nueve años después del voto de los británicos por el Brexit (en 2016), Londres y Bruselas han suscrito un acuerdo de defensa y seguridad y acordado suavizar y flexibilizar algunas de las trabas a los intercambios comerciales, aunque sin volver a la unión aduanera ni el mercado único.

Ventaja europeísta. Europa siguió el domingo pasado con gran interés las elecciones que se celebraban en dos países del Este: Rumanía y Polonia, donde se producía un duelo crucial entre europeístas y nacionalistas. En Rumanía, el alcalde de Bucarest, Nicusor Dan, se impuso en la segunda vuelta de las presidenciales al ultraderechista George Simion, que había partido como favorito en la primera vuelta. Pese a sus protestas, el resultado fue validado por el Tribunal Constitucional. En Polonia, otro alcalde, el de Varsovia, Rafal Trzaskowski -candidato de la coalición gubernamental centrista de Donald Tusk-, sacó una ligera ventaja sobre su oponente ultraconservador, Karol Nawrocki, con quien se medirá en segunda vuelta el 1 de junio.

Giro a la derecha en Portugal. En la Península Ibérica, las coordenadas electorales eran distintas. Se trataba de comprobar si el primer ministro portugués, el conservador Luís Montenegro, descabalgado por una moción de confianza en marzo, salía reforzado o penalizado. Resultó lo primero. Montenegro, aunque lejos de la mayoría, mejoró sus resultados mientras el PS de Pedro Nuno Santos, que estaba muy igualado en 2024, se hundía con el tercer peor resultado de su historia. La censura le ha sido censurada. Los socialistas mantuvieron formalmente el segundo puesto, pero empatados con los ultraderechistas de Chega, de André Ventura, que se aupó al 22,5% de los votos..

 

 

domingo, 18 de mayo de 2025

Anticuerpos contra Trump


Visión periférica

Canadá abrió la cuenta, y han seguido Australia, Albania... y el mismísimo Vaticano. El tsunami ultraconservador con que EE.UU. se proponía inundar al resto del mundo ha chocado con los primeros diques. Hoy votan tres países europeos


Atacado por un agente externo, el organismo genera anticuerpos para defenderse. El mundo, también. La ofensiva de Donald Trump contra el orden internacional y las normas que lo regulan en nombre de la ley del más fuerte, sus ataques a la soberanía e integridad territorial de otros países, sus extorsiones comerciales contra socios y adversarios y sus descaradas injerencias políticas en favor de la extrema derecha en todo el mundo han empezado a generar una resistencia que amenaza con contrariar los planes del presidente de Estados Unidos y sus adláteres. La nueva ola ultraconservadora desatada por Washington, cuyos promotores confiaban en exportar a todo el mundo como un tsunami, ha empezado a chocar con fuertes diques. Así en Canadá, Australia o Albania. Y en el mismísimo Vaticano.

Para ser el primer Papa estadounidense de la historia, la elección del cardenal Robert Francis Prevost el 8 de mayo como nuevo pontífice bajo el nombre del León XIV no podía ser más contraria a los aires que emanan hoy de la Casa Blanca. Hombre muy próximo a su antecesor, el papa Francisco, y apegado a la doctrina social de la Iglesia –el nombre elegido reivindica el legado de León XIII, autor de la histórica encíclica Rerum novarum de 1891, en la que defendía los derechos de las clases trabajadoras–, el perfil del nuevo pontífice es la antítesis de lo que Trump y el movimiento MAGA (Make America Great Again) hubieran deseado.

La Iglesia de EE.UU. ha sido en los últimos años uno de los focos principales de la resistencia conservadora a las reformas del papa Francisco, y su gran objetivo en este cónclave era evitar la elección de otro pontífice progresista, lo que coincidía plenamente con los deseos de la galaxia trumpista. El antiguo gurú de Trump, Steve Bannon, quien había apostado por un candidato netamente conservador –el cardenal guineano Robert Sarah–, no ha ocultado su decepción y ha afirmado que la elección de Prevost es “un voto anti -Trump de la Iglesia profunda”. El movimiento MAGA se dedica estos días a agitar en las redes sociales viejas sospechas sobre Prevost por supuesta inacción o encubrimiento en casos de abusos.

Para la Casa Blanca, la elección de Prevost es una mala noticia. El presidente de EE.UU., Donald Trump, y su vicepresidente, J.D. Vance, celebraron formalmente la elección de un papa estadounidense, pero entre el nuevo Pontífice y la Administración norteamericana el desencuentro es manifiesto. Prevost ha sido muy crítico con la política migratoria de Trump y ha llegado a rectificar públicamente a Vance –convertido al catolicismo en el 2019 y alineado con los sectores más integristas– sobre el trato que merecen los inmigrantes según el Evangelio.

El del Vaticano, aunque de enorme alcance, no ha sido el primer tropiezo del trumpismo allende sus fronteras. Cronológicamente abrió la cuenta Canadá con las elecciones del 28 de abril. El acoso del presidente de EE.UU. contra su vecino del norte –con nuevos aranceles y una presión insistente por anexionarse el país como 51.º estado de EE.UU.– ha tenido un efecto bumerán, excitando el nacionalismo canadiense y cambiando radicalmente el escenario político.

A principios de año, los liberales del dimisionario primer ministro Justin Trudeau estaban en caída libre, veinticuatro puntos por detrás del partido conservador de Pierre Poilievre, un populista de corte trumpista. Pero vino la arremetida de Trump y cambiaron las tornas: el primer ministro interino y candidato liberal, Mark Carney –exgobernador del Banco Central de Canadá y del Banco de Inglaterra, por más señas–, que había plantado cara al amigo americano enarbolando la bandera del patriotismo, se hizo con la victoria en una remontada espectacular por 43,7% a 41,3% (dejando además a Poilievre sin su escaño)

En Australia, que votó el 3 de mayo, sucedió algo muy similar. A principios de año, aunque con una ventaja no muy abultada, el partido Nacional-Liberal del conservador Peter Dutton, con una campaña de ecos trumpistas centrada en la inmigración, la inseguridad y el despilfarro, se presumía ganador de las elecciones, en detrimento del primer ministro laborista Anthony Albanese. Los sondeos empezaron a cambiar de signo con el regreso de Trump a la Casa Blanca –y su regalo envenenado en forma de aranceles–, y las elecciones las acabó ganando Albanese por mayoría absoluta, dejando a los conservadores con el peor resultado de su historia (curioso: también aquí, el líder conservador perdió su escaño)

El último tropiezo se produjo el domingo pasado en un pequeño país balcánico: Albania. El primer ministro saliente, Edi Rama, del Partido Socialista, con una apuesta netamente europeísta, resultó reelegido para un cuarto mandato por mayoría absoluta frente al candidato de la derecha, el expremier Sali Berisha, que había recibido el apoyo explícito de la Heritage Foundation y la colaboración del excodirector de campaña de Trump, Chris LaCivita. Lejos de sufrir desgaste, Rama mejoró sus resultados del 2021.

Otros resultados electorales en Europa han sido más ambivalentes. Los comicios del 23 de febrero en Alemania los ganaron con claridad los democristianos de Friedrich Merz, que han acabado formando gobierno con los socialdemócratas. Pero los ultras de Alternativa para Alemania (AfD), que coquetean con postulados neo­na­zis y tienen el apoyo explícito de la Administración Trump, se colocaron como segunda fuerza con el 20,8% de los votos. En las elecciones municipales parciales del 1 de mayo en el Reino Unido, los ultranacionalistas de Nigel Farage quedaron en primer lugar, con mayor número de escaños. Y el día 4 los rumanos votaron masivamente (41%) por el ultra George Simion, fan declarado de Trump, en la primera vuelta de las repetidas elecciones presidenciales.

Hoy domingo, tres países europeos vuelven a las urnas. Rumanía otra vez, en la segunda vuelta de las presidenciales, donde Simion sigue como favorito (con el alcalde de Bucarest, Nicusor Dan, como principal rival). También Polonia vota en unas presidenciales, en las que la coalición de gobierno actual aspira –de la mano del alcalde de Varsovia, Rafał Trzaskowski, que encabeza los sondeos– a desalojar al partido ultraconservador Ley y Justicia de su último reducto de poder. Y finalmente Portugal, que celebra elecciones legislativas tras la caída del Gobierno el pasado marzo. En el país vecino, la favorita es la Alianza Democrática del ex primer ministro conservador Luís Montenegro, seguida de los socialistas y solo en tercer lugar –con un respaldo en torno al 17%– la extrema derecha de Chega.

El resultado de todos estos comicios mostrará hasta qué punto Europa es capaz de generar suficientes anticuerpos contra la deriva ultraderechista alentada desde América o si, por el contrario, el Viejo Continente está cediendo terreno frente a los antígenos del trumpismo.

A la sombra del cónclave



Newsletter 'Europa'

La ultraderecha europea se conjura contra Bruselas, a la que presenta como el partido de la guerra

 

El domingo pasado, mientras el papa León XIV recitaba la oración regina coeli desde el balcón de la basílica de San Pedro, en Roma, abajo, en la plaza, entre las decenas de miles de fieles que se habían agolpado para escuchar al pontífice, había dos figuras destacadas de la extrema derecha europea: el secretario general de la Liga italiana, Matteo Salvini -vicepresidente del Gobierno italiano y ministro de Infraestructuras y Transportes-, y la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) francés, Marine Le Pen. Ambos dirigentes saludaron a diestro y siniestro, y se hicieron selfies ora con los músicos de una banda, ora con unas monjas filipinas. Pero no estaban en Roma como unos fieles -o turistas- más.

Salvini y Le Pen tenían después su propia agenda, una mini cumbre en el marco de la Escuela de Formación de la Liga en la que el italiano y la francesa reafirmaron su alianza en Europa y su objetivo de poner la proa contra las actuales instituciones y en especial la Comisión Europea dirigida por Ursula von der Leyen. Este es el gran programa común de la extrema derecha europea reunida en el grupo Patriotas, integrado por 16 partidos políticos de 14 países europeos: desmantelar la Unión Europea desde dentro y devolver la soberanía a los Estados nacionales.

El próximo gran cónclave de la galaxia ultra ha sido convocado por Le Pen el 9 de junio en Mormant-sur-Vernisson (centro de Francia) -un feudo del RN donde en las últimas elecciones recolectó casi el 90% de los votos-, al que ha invitado a los principales líderes europeos de la extrema derecha. La cita tiene como objetivo oficial festejar el primer aniversario de la victoria nacionalista en las elecciones europeas del 2024, en el que su partido se convirtió en la primera fuerza política de Francia. Y utilizarlo como plataforma mediática para darse un nuevo impulso.

Entre los dirigentes que intervendrán estarán el húngaro Viktor Orbán, el neerlandés Geert Wilders y el español Santiago Abascal. Este último figura de forma destacada en el cartel del evento, no en vano ha sido uno de los grandes fichajes de Le Pen en prejuicio de la italiana Giorgia Meloni, cuyo grupo europeo – Conservadores y Reformistas Europeos (CRE)- intenta mantener un equilibrio entre su agenda ultraconservadora y el acatamiento de los ejes básicos del consenso europeo.

Otro cónclave ultra debía celebrarse mañana sábado cerca de Milán. La cumbre, bautizada Remigration Summit por la prensa italiana, la había impulsado el neonazi austriaco Martin Sellner para abordar la propuesta de expulsar de Europa a los inmigrantes extranjeros no integrados, lo que la extrema derecha más radical vende como “remigración”. Sellner provocó el año pasado un escándalo al conocerse que había discutido sobre un plan al respecto con miembros de Alternativa para Alemania (AfD). Su objetivo es que poco a poco, como una lluvia fina, el concepto vaya calando y deje de escandalizar. En Milán se esperaba a representantes italianos, franceses y belgas, entre otros, pero el rechazo que ha provocado ha llevado al hotel donde debía producirse el encuentro a rescindir el contrato y la celebración de la reunión es incierta.

La inmigración extranjera ha sido -y sigue siendo- uno de los temas estrella de la extrema derecha europea. Pero los ángulos de ataque contra la UE son diversos. Uno de los asuntos que está tomando fuerza en los últimos meses es la guerra de Ucrania. El discurso prebélico que se ha instalado en algunas capitales europeas para justificar el aumento del gasto de defensa como consecuencia del giro político producido por Donald Trump en Estados Unidos -cada vez más inclinado a desentenderse de la seguridad del continente-, ha sido como un regalo para la ultraderecha, que ha tomado la bandera del pacifismo para lanzarla contra una UE supuestamente belicista.

En Roma, Le Pen y Salvini cargaron fuerte con este tema, aprovechando la circunstancia -por otra parte lógica- de que León XIV defendiera una paz justa para Ucrania. “El Papa se ha dirigido a los poderosos del mundo pidiendo la paz, y tengo la impresión —espero equivocarme— de que en París, Berlín y Bruselas hay quienes prefieren que la guerra continúe”, declaró el italiano, mientras su correligionaria francesa señaló directamente a su presidente: “Me pregunto si Macron quiere realmente la paz. Parece más bien que está preparando la guerra”, afirmó. No muy diferente de lo que sostiene repetidamente el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, amigo del presidente ruso, Vladímir Putin, que acusa a sus colegas europeos de querer seguir la guerra a toda costa.

El día anterior, los líderes de Alemania, Francia, Reino Unido y Polonia -Friedrich Merz, Emmanuel Macron, Keir Starmer y Donald Tusk-, el núcleo duro de la llamada “coalición de voluntarios” en defensa de Ucrania, se habían reunido en Kyiv con el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, para reafirmarle su apoyo y tratar de pesar, juntos, en las negociaciones de paz que promueve Trump. Su objetivo es evitar un acuerdo lesivo para Ucrania y que Moscú se salga con la suya, lo que a su juicio incrementaría el riesgo de nuevas agresiones en el futuro.

Los europeos mantienen la presión sobre Rusia -amenazas de nuevas sanciones, tribunal especial para juzgar los crímenes de guerra perpetrados en Ucrania-, pero Trump los mantiene en un nivel subalterno, como pudo comprobarse en las fallidas conversaciones entre rusos y ucranianos organizadas este jueves en Estambul. Los límites de la negociación, que por momentos adquirió aires de comedia de enredo, quedaron claros cuando el presidente de EE.UU. constató que nada se avanzará mientras no trate él directamente con su homólogo ruso.

Tratado rechazado. El PP mantiene unas relaciones contradictorias con Francia. Pueden pasar de la hiel -con Jacques Chirac- a la miel -con Nicolas Sarkozy-, en función de la proximidad política y personal. Y de la coyuntura. El último desencuentro se ha producido esta semana, cuando los conservadores -después de haberse abstenido “por responsabilidad”- votaron en contra de la ratificación del Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Francia, firmado por Pedro Sánchez y Emmanuel Macron en 2023 en Barcelona. Al parecer, lo que más disgusta a los nacionalistas del tratado -rechazado con los votos negativos del PP y Vox y la abstención, por razones variopintas, de Junts y Podemos- es que ministros franceses pudieran participar en consejos de ministros españoles. Algo habitual desde hace tiempo entre Francia y Alemania.

Alcaldes por la vivienda. Una quincena de alcaldes de grandes ciudades europeas, con el de Barcelona, Jaume Collboni, a la cabeza, han presentado a la Comisión Europea un plan para afrontar lo que se ha convertido en el problema número uno de las grandes urbes: la crisis de la vivienda. La propuesta de los alcaldes -entre los que se encuentran los de Amsterdam, Atenas, Budapest, Lisboa, Milán, París, Roma y Varsovia- es que Bruselas cree un fondo especial para financiar la construcción de vivienda asequible dotado con 300.000 millones de euros anuales. Mientras esto no llega, cosa que eventualmente debería incluirse en el presupuesto plurianual a partir del 2028, proponen usar los fondos no adjudicados del plan de recuperación y también otros fondos europeos disponibles para que se asignen directamente a las ciudades.

Lenguas cooficiales en la UE. El Gobierno español pretendía someter a votación en el próximo Consejo de Asuntos Generales del 27 de mayo la iniciativa de dar rango oficial en la UE a las lenguas cooficiales españolas -catalán, euskera y gallego-, tal como había pactado con Junts en la negociación de la investidura de Pedro Sánchez. Sin embargo, la resistencia de una decena de países podría bloquear la propuesta, que precisa de la unanimidad de los 27. Según avanzó la corresponsal de La Vanguardia en Bruselas, Anna Buj, entre los reticentes están los países Bálticos, Suecia, Italia, Bulgaria y la República Checa, y también han expresado reservas Alemania y Francia. Algunos países han mostrado su inquietud por los costes -pese al ofrecimiento de España de asumirlos-, pero la preocupación principal es que pueda sentar precedente.

 

domingo, 11 de mayo de 2025

Berlín y París reconectan



Newsletter ‘Europa’

 

75º aniversario de la UE

La elección de Merz como canciller reactiva el motor franco-alemán

 

La Unión Europea empezó a nacer hoy hace 75 años. Todavía estaban humeantes los rescoldos de la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial cuando Francia y Alemania dieron el primer paso para la reconciliación y la construcción de una Europa en paz a través de la creación de una comunidad de países. La iniciativa surgió de París, pero fue inmediatamente secundada por Bonn (capital en aquel momento de la República Federal de Alemania). “Europa no se hizo y tuvimos la guerra”, constató el entonces ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, en su histórica declaración del 9 de mayo de 1950, donde subrayó que la construcción de “una Europa sólidamente unida y fuertemente estructurada” era el requisito para una paz sólida y duradera.

La propuesta de Schuman, que partía de una idea original del también francés Jean Monnet, era ambiciosa y a la vez pragmática: “Europa no se hará de una vez ni en una construcción de conjunto, se hará a través de realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”, dijo ante un abarrotado Salón del Reloj del Quai d’Orsay, en París, donde dio a conocer la propuesta de Francia de crear junto con Alemania -y los países que desearan sumarse- la que un año después se convertiría en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, embrión de la actual UE. La idea ya había recibido en aquel momento el acuerdo del canciller alemán, Konrad Adenauer, y varios países europeos consultados -Bélgica, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos- se acabarían sumando. No así el Reino Unido, que prefirió esperar y ver.

Setenta y cinco años después, la Europa de los Seis se ha convertido en la Europa de los 27 y, pese a todas las dificultades y altibajos, es indiscutiblemente una historia de éxito. Pero el momento no incita a muchas celebraciones y menos a la autocomplacencia. La conmemoración coincide con una coyuntura extremadamente difícil, entre lo que se perfila como una ruptura de la alianza histórica con Estados Unidos -garantía hasta ahora de la seguridad del continente a través de la OTAN- y fuertes tensiones interiores, marcadas por el ascenso de las fuerzas nacionalistas y euroescépticas. La UE se enfrenta a un desafío existencial: o da un salto adelante en su integración económica y política o se arriesga, en el mejor de los casos, a la insignificancia; en el peor, a su fragmentación.

A diferencia de en 1950, hoy la complicidad de Alemania y Francia no basta para poder impulsar a la UE. Pero su iniciativa y capacidad de tracción siguen siendo imprescindibles. De ahí la importancia de los movimientos que puedan hacer a partir de ahora el recién elegido canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron. Dos hombres que se enfrentan a dificultades políticas internas -el primero, al frente de una coalición de gobierno menos sólida de lo que parecía; el segundo, enormemente debilitado tras la fracasada disolución parlamentaria del 2024-, pero en quienes recae la responsabilidad de arrancar un motor que lleva años gripado.

Tras las diferencias con Angela Merkel -a quien se le indigestaban los arrebatos napoleónicos de Emmanuel Macron- y la fría relación con Olaf Scholz -con quien el francés nunca conectó-, la llegada de Friedrich Merz a la cancillería ha sido recibida con entusiasmo en Francia, donde creen que puede representar un revulsivo. El dirigente alemán está determinado a impulsar una revolución en Alemania -con masivas inversiones en defensa e infraestructuras, enterrando así la sacrosanta austeridad- y a tener un papel muy activo en la política europea e internacional. La reactivación del dúo franco-alemán parece también asegurada. Merz y Macron no son solo dos europeístas convencidos sino que tienen una relación personal excelente.

El miércoles, al día siguiente de ser elegido, Merz realizó su primer viaje oficial al exterior a París para reunirse con Macron en el Elíseo, una tradición que los mandatarios de un lado y de otro repiten tras cada elección. Pero no era el primer encuentro entre ambos hombres, que se conocen desde finales del 2023. La tradicional visita a la capital francesa, de hecho, la realizó ya oficiosamente el canciller alemán tres días después de ganar les elecciones el 23 de febrero: Merz y Macron compartieron entonces una cena que se alargó tres horas y que selló el inicio de una nueva etapa entre Berlín y París. “Muchas gracias, querido Emmanuel Macron, por tu amistad y la confianza que otorgas a las relaciones franco-alemanas. Juntos, nuestros países pueden conseguir grandes cosas para Europa”, posteó Merz en las redes junto a una foto en la que el francés le apoyaba amigablemente la mano en el hombro.

La reunión oficial de esta semana sirvió para exponer ante el gran público esta nueva sintonía. Merz y Macron expresaron su voluntad de actuar más juntos que nunca, y la primera traducción será la creación de un Consejo de Defensa y Seguridad franco-alemán, a lo que se añadirá -más simbólicamente- una visita conjunta a Ucrania. La comparecencia de ambos en el patio del Elíseo no ocultó, sin embargo, las diferencias que subsisten entre ambas capitales. Así, en un contexto de preguerra comercial con Estados Unidos, Berlín abogó por acelerar la ratificación del tratado de libre comercio con Mercosur, a cuyo contenido París presenta serias objeciones.

El lunes, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, viajó a Barcelona, donde se reunió con el presidente de la Generalitat, Salvador Illa; visitó la factoría de Seat en Martorell y las instalaciones del Barcelona Supercomputing Center (BSC) y del Sincrotón Alba, y participó en las jornadas del Cercle d’Economia. En este foro, dejó una sugestiva comparación sobre la construcción de Europa: “La Unión Europea es quizás un poco como la Sagrada Família: un proyecto enorme, inverosímil e idealista de dimensiones históricas. Un proyecto de arquitectura compleja en el que cada nueva generación contribuye a afrontar los retos de su tiempo”. A la generación actual le ha tocado tratar de emular la proeza de los padres fundadores de hace 75 años.

Seísmo en Rumanía. La repetición de las elecciones presidenciales en Rumanía, tras la anulación de las celebradas el 24 de noviembre a causa de la injerencia rusa, no arrojó un resultado muy alentador. Apartado de la carrera electoral por el Tribunal Constitucional el ganador de la primera convocatoria -el prorruso Calin Georgescu-, el pasado domingo resultó vencedor el ultra George Simion, que obtuvo casi un 41% de los votos. El desastre electoral de las fuerzas políticas que integraban el gobierno de coalición -socialdemócratas, liberales y representantes de la minoría húngara- precipitó al día siguiente la caída del Ejecutivo. La segunda vuelta se celebrará el próximo día 18.

Cortar el grifo del gas. La guerra de Ucrania marcó el inicio del fin de la dependencia europea del gas ruso, que hasta ese momento cubría el 45% de las importaciones. Todas las sanciones impuestas a Moscú y el cierre de los gasoductos Nord Stream 1 y 2 y el que atraviesa Ucrania no han impedido, sin embargo, que Europa se siga alimentando de gas ruso (hasta en un 19%), a través del gasoducto Turkstream y de barcos con gas licuado. La Comisión Europea ha presentado esta semana sus planes para acabar con esta situación, prohibiendo que se puedan firmar nuevos contratos con Moscú antes de finales de año y que se eliminen gradualmente los contratos ya existentes antes de finales del 2027.

Diáspora científica. Los importantes recortes de los presupuestos dedicados a ciencia e investigación decididos por la Administración Trump, junto a la persecución de aquellas universidades disidentes que se resisten a plegarse a la línea política de la Casa Blanca, ha abierto una oportunidad para tratar de atraer a Europa a científicos de Estados Unidos. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, presentaron en la Sorbona un plan dotado con 500 millones de euros en dos años con este objetivo, a través del aumento de las becas y las bolsas para proyectos. “Europa debe convertirse en un refugio”, dijo Macron.

 

 

domingo, 4 de mayo de 2025

Zelenski, último acto


'Visión periférica'

Subestimado por sus adversarios, que lo juzgaban débil y frívolo, Zelenski sorprendió a todo el mundo erigiéndose en el puntal de la resistencia de Ucrania frente a Rusia. Hoy, el antiguo cómico devenido presidente afronta su mayor desafío.

Volodímir Zelenski (Krivói Rog, 1978), judío rusófono nacido en el seno de una familia de profesores universitarios en la región industrial de Dnipró, en el este de Ucrania –hoy, cerca del frente de guerra–, era ya una de las figuras más populares del país cuando se presentó a las elecciones presidenciales del 2019. Actor, cómico y productor de televisión sin militancia conocida, su contacto con la política se había manifestado hasta ese momento en forma de farsa.

En la segunda mitad de los años 2010, Zelenski triunfaba en la televisión ucraniana con una parodia en la que encarnaba a un sencillo maestro de escuela, Vasili Pétrovich Goloborodko, elegido accidentalmente presidente del país. El título de la serie, Servidor del Pueblo (Sluga naroda), acabaría convirtiéndose en el nombre oficial de su partido cuando decidió lanzarse –esta vez, de verdad– a la arena política, para seguir alimentando la confusión entre comedia y realidad.

Como su sosias televisivo, el Zelenski candidato blandió como lema la lucha contra la corrupción y una crítica feroz del establishment político, representado en aquel momento por el presidente conservador Petró Poroshenko. Jugando con la ambigüedad entre su persona y su personaje televisivo, Zelenski aparecía como un nuevo líder catódico populista de la misma estirpe del cómico Beppe Grillo –fundador del Movimiento Cinco Estrellas, triunfador en las elecciones italianas de 2013– o el propio Donald Trump en EE.UU., ganador en 2017 gracias en gran medida a la popularidad ganada en su reality show El aprendiz. Y, como ellos, de dudosa consistencia política.

En la campaña del 2019, Poroshenko trató de desacreditar la candidatura de Zelenski presentándolo como un hombre frívolo, blando e inexperto que sería fácilmente manipulado por el presidente ruso, Vladímir Putin. ¿Acaso Zelenski no era de habla rusa? ¿No había triunfado en Moscú como cómico al frente de su grupo Kvartal 95? ¿No tenía un discurso pacifista, favorable a una solución negociada con Rusia en el conflicto del Donbass? Nada de aquel discurso que le presentaba como débil y rusófilo, sin embargo, hizo mella en el electorado: Zelenski aventajó de largo a Poroshenko en la primera vuelta y le aplastó en la segunda por 73% a 25%.

Nada hay más peligroso que subestimar al adversario. Ya lo advirtió el estratega chino Sun Tzu en el siglo V a.c. en su célebre El arte de la guerra:  “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo, pero no al enemigo, por cada victoria obtenida también sufrirás una derrota. Si no sabes nada ni del enemigo ni de ti mismo, sucumbirás en todas las batallas”. Zelenski, el cómico, la estrella del showbusiness reconvertida en político, ha sido un hombre reiteradamente subestimado. Y quien más y más gravemente cayó en ese error fue Putin.

 El presidente ruso no daba un duro por su homólogo ucraniano, a quien despreciaba. El  estado mayor ruso tampoco daba un duro por el ejército ucraniano. Y menos aún por la reacción occidental. Así que, en febrero del 2022, el Kremlin se lanzó a una aventura bélica cuyas consecuencias no supo calibrar. En un gravísimo error de cálculo, Putin creyó que una “operación militar especial” relámpago –por utilizar la jerga oficial– le bastaría para derribar al Gobierno de Kyiv y tomar el control del país. Y se encontró, en cambio, con una resistencia feroz y una guerra que dura ya tres años y ha causado decenas de miles de muertos en ambos bandos.

El guion escrito de antemano por el Kremlin preveía que el infortunado Zelenski pondría pies en polvorosa y, para facilitarle la huida, se le llegó a ofrecer un avión para transportarle al exilio. Lo que menos esperaban Putin y su corte es que el presidente ucraniano saliera esa misma noche a la calle bajo los bombardeos, enfundado en ropa militar, y se dirigiera por televisión a la nación –para mostrar que no había huido– llamando a la resistencia. Y si su gestión en estos años de guerra ha sido en algún momento puesta en cuestión, nadie discute el papel fundamental que ha tenido en la defensa de la causa de Ucrania ante el mundo. El pequeño actor se transformó en un gigante.

Donald Trump, tan simpatizante de Putin, también menospreció a Zelenski, a quien el pasado 1 de marzo tendió una vergonzosa trampa en la Casa Blanca emitida en directo por televisión con el único objetivo de humillarle. Pero el presidente ucraniano, una vez más, plantó cara y salvó su dignidad y la de su país. Su popularidad, a raíz del encontronazo con el presidente de EE.UU., ha subido hasta el 62%, según un sondeo del instituto checo NMS Market Research, que vaticina que sería el más votado si hoy se celebraran elecciones presidenciales (algo inviable en plena guerra y bajo la ley marcial)

Por el momento, Zelenski se enfrenta a una encrucijada mucho más trascendental. Forzado por el giro político de Washington, más cercano hoy a las tesis de Moscú que a las de Kyiv, se dispone a jugar todas las bazas a su alcance (incluida la cesión de los recursos mineros ucranianos al padrino norteamericano) para tratar de conseguir una paz lo más honorable y lo menos lesiva posible. No le será nada fácil.

En el envite, él mismo puede ser sacrificado, como una variable más de la negociación. Putin le tiene puesta la proa desde el principio y entre las exigencias de Moscú –junto a la anexión del territorio conquistado, el desarme de Ucrania y su renuncia a ingresar en la OTAN– está la destitución del presidente ucraniano, a quien la propaganda rusa presenta como un neonazi y de quien los agitadores pro Kremlin han llegado a pedir su asesinato.

La tragedia de Ucrania puede estar ante su último acto. Y Zelenski, ante el papel más difícil y comprometido de su vida.


Cambio de piñón



Newsletter ‘Europa’

El reelegido líder del PPE, Manfred Weber, marca distancias con la extrema derecha

Manfred Weber celebró el martes su reelección como presidente del Partido Popular Europeo (PPE) en el congreso de Valencia a los sones de la canción Don't stop believing (No dejes de creer), un éxito de 1981 de la banda californiana Journey. No podía haber habido mejor elección. Porque, desde que en 2019 vio truncada su nominación como presidente de la Comisión Europea en beneficio de su compatriota Ursula von der Leyen -a causa del veto del presidente francés, Emmanuel Macron, que lo pactó con la canciller Angela Merkel-, el dirigente socialcristiano bávaro no ha dejado de creer. Líder del grupo popular en el Parlamento Europeo desde el año 2014, logró hacerse con la presidencia del PPE en el congreso de Rotterdam en 2022 y desde su doble condición ha acabado consolidándose como un referente de la derecha europea.

Con su reelección por una mayoría aplastante -89% de los votos, a falta de rival-, Manfred Weber, de 52 años y militante de la Unión Social Cristiana (CSU), afianza su liderazgo y autoridad entre los conservadores europeos y refuerza su objetivo de convertir al PPE en una máquina política cohesionada y un centro de poder en el seno de la Unión Europea. El contexto no le puede ser más favorable, dada la hegemonía conservadora que existe a todos los niveles, así en el Consejo Europeo -con la próxima incorporación de Friedrich Merz como nuevo canciller de Alemania-, como en la Comisión y el Europarlamento, donde son la fuerza principal.

Muy cercano al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo -y con la misma aversión al presidente del Gobierno español, el socialista Pedro Sánchez-, Weber cuenta desde hace tiempo con el apoyo y la complicidad de los populares españoles -uno de los grupos más nutridos dentro del PPE-, en pago a lo cual ha incorporado como secretaria general a la hasta ahora jefa de filas del PP en Bruselas, Dolors Montserrat, que sucede en el cargo al griego Thanasis Bakolas y que fue ratificada con el 93% de los votos.

En los últimos años, Weber ha pilotado un giro conservador en el PPE y en la Eurocámara, acercándose la ultraderecha y explorando con alguna de estas fuerzas alianzas alternativas a la del bloque europeísta tradicional con socialdemócratas y liberales -más los verdes, según los casos-. Su aproximación ha tenido como objetivo preferente a la primera ministra italiana y líder del posfascista Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, que en Bruselas ha asumido los principios básicos del consenso europeo, incluida la política de apoyo a Ucrania frente a la agresión de Rusia. El líder del PPE mantiene a Meloni en su punto de mira, pero se está viendo forzado a modular su política. A cambiar de piñón.

Dos factores determinan esta reorientación. Por un lado, el nuevo contexto internacional generado por el disruptor retorno a la Casa Blanca de Donald Trump, decidido a romper la alianza histórica entre Estados Unidos y Europa, atacando a la UE en todos los frentes y apoyando a las fuerzas europeas de extrema derecha con el objetivo de fomentar la división interna y debilitarla. Por otro, la reedición en Alemania de la gran coalición entre democristianos y socialdemócratas -que marcará indefectiblemente la política de alianzas en Europa- y la determinación del nuevo líder de la CDU, Friedrich Merz, de combatir y aislar a los neonazis de Alternativa para Alemania (AfD)

La Unión Demócrata Cristiana alemana (CDU) avaló el lunes el acuerdo de coalición que llevará a Friedrich Merz a la cancillería -su elección está prevista el próximo martes- y lo mismo hizo el Partido Socialdemócrata (SPD) al día siguiente. En su intervención ante los delegados de su partido, el inminente canciller alemán advirtió que “la Europa unida está amenazada desde el exterior por una guerra imperialista y autoritaria en el este, y también internamente por ciudadanos asustados e inseguros, incluso radicalizados”, en alusión al auge del voto a la extrema derecha.

En sintonía con la nueva coyuntura política, el discurso de Manfred Weber en el congreso de Valencia incidió en la “ola autoritaria” que acecha a Europa y reivindicó para los conservadores la “centralidad”, subrayando que sus auténticos adversarios son los extremistas. Salvando a Meloni, el líder del PPE defendió la aplicación de un “cordón sanitario” para aislar a la extrema derecha en toda Europa como se ha hecho en Austria -donde ha quedado fuera del gobierno pese a haber ganado las elecciones- y reivindicó hacer lo mismo con los partidos ultras que integran el grupo Patriotas por Europa, donde entre otros están el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen, el Fidesz-Unión Cívica Húngara de Viktor Orbán y el Vox de Santiago Abascal.

Las nuevas coordenadas europeas dejan completamente descolocado al PP español, aferrado a sus pactos con Vox en varias comunidades autónomas, entre otras la misma Valencia. Todos los temores de los populares de que el cónclave del PPE resultara ensombrecido por la crisis de la dana -circunstancia que obligó al presidente valenciano, Carlos Mazón, a dejarse ver lo mínimo- fueron barridos por el apagón del lunes, que marcó el inicio del congreso y permitió a Feijóo aprovechar la circunstancia para lanzar una nueva andanada contra el Gobierno. En sus dos intervenciones, el líder del PP eludió la espinosa cuestión de los pactos con la extrema derecha. Pero seguro que tomó buena nota.

Cambio de interlocutor. El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, ha nombrado como principal responsable de la oficina encargada de los asuntos de Europa a un antiguo miembro de su equipo en el Senado, Brendan Hanrahan, un hombre que ha trabajado como consultor empresarial e inversor pero que no tiene ninguna experiencia diplomática. El Departamento de Estado destacó justamente el perfil “económico” de Hanrahan y su experiencia en el ámbito de la “diplomacia comercial” para justificar la idoneidad de su designación. Y de paso caracterizar sus prioridades hacia la Unión Europea.

Batalla perdida. En una entrevista con La Vanguardia, la exministra de Asuntos Exteriores Arancha González Laya -decana de la Paris School of International Affairs y una de las mayores expertas en política comercial tras su paso por la OMC y la ONU-, considera que el presidente de EE.UU., Donald Trump, “ha perdido la batalla contra la economía internacional” y ahora busca cómo salir del túnel donde se ha metido él solo. A juicio de González Laya, la prudente respuesta de la UE a la guerra de los aranceles desatada por Washington ha sido “astuta”, dejando que la presión la ejercieran los mercados financieros.

Volkswagen desbanca a Tesla. En plena tensión comercial con EE.UU. y en un contexto de brutal desprestigio del propietario de la marca, el multimillonario Elon Musk, el fabricante norteamericano de automóviles eléctricos Tesla ha sido desbancado por el alemán Volkswagen en un sector que hasta ahora dominaba. En el primer trimestre de 2025 Volkswagen ha matriculado 65.679 coches, un 157% más que en el mismo periodo del año anterior, mientras que su competidora, que se queda en el segundo puesto, ha realizado 53.237 entregas en el periodo, un 38% menos.