domingo, 23 de febrero de 2025

Demolición de una democracia

Visión periférica

Llegado el momento, bastan unas pocas horas para derribar una democracia. El 10 de julio de 1940, con Francia rendida a la Alemania nazi y dos tercios del país ocupados por la Wehrmacht, el Parlamento francés decidió por abrumadora mayoría –569 votos a favor, por solo 80 en contra y 17 abstenciones– delegar el “poder constituyente” en el entonces jefe del Gobierno, el mariscal Philippe Pétain. Tras un acalorado debate en el Gran Casino de Vichy –la ciudad balnearia adonde se habían trasladado el Ejecutivo y las instituciones tras abandonar París–, la mayoría de los diputados y senadores franceses  decidieron hacerse el harakiri.

Al día siguiente, 11 de julio, el mariscal Pétain aprobaba tres decretos por los que se autodesignaba jefe del Estado, abrogaba la ley constitucional de 1875, asumía todo el poder ejecutivo y legislativo, y suspendía indefinidamente las sesiones de la Cámara de Diputados y el Senado. La dictadura estaba servida. En  cuatro años, en aplicación de lo que llamó la “revolución nacional” (por la cual el lema oficial de “libertad, igualdad y fraternidad” fue sustituido por el de “trabajo, familia y patria”), Pétain promulgó cerca de 17.000 decretos que acabaron definitivamente con todo rastro de la III República. (Solo el avance de las tropas aliadas en Francia y la derrota hitleriana  impidió que Pétain se eternizara en el poder como su admirado Francisco Franco. Juzgado en 1945, fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada por De Gaulle por la de cadena perpetua)

Donald Trump no ha firmado por ahora tantos decretos como el mariscal Pétain –hay que darle tiempo, el arranque ha sido prometedor–, pero su talante autoritario se destila en todas y cada una de sus declaraciones y sus órdenes ejecutivas. ¿Podría suceder en Estados Unidos lo que pasó en Francia? ¿Podría llegar algún día Trump a concentrar todo el poder, como sin duda ansía y a veces cree ya tener? ¿Podría el Congreso de Estados Unidos frenar esta deriva, dado el entreguismo servil que están demostrando los representantes y senadores republicanos? ¿Sería capaz la Justicia norteamericana de detener un golpe de Estado a la vista de que el último baluarte, el Tribunal Supremo –controlado por los conservadores, varios de ellos designados por el mismo presidente en su mandato anterior–, lo declaró en 2024 penalmente inmune y no perseguible por el asalto al Capitolio del 2021? Estas preguntas, que hasta hace poco podían parecer extemporáneas, son hoy tan legítimas como inciertas las respuestas. La democracia americana está en grave peligro.

Hay quien no duda en tildar a Donald Trump de “fascista”. Así lo califica la historiadora norteamericana Ruth Ben-Ghiat, profesora de la Universidad de Nueva York y estudiosa del fascismo. O el general John F. Kelly, que trabajó a su lado entre 2017 y 2019 como consejero de Seguridad Nacional y jefe de su Gabinete. Trump puede ser considerado fascista en la medida en que es autoritario, ambiciona el poder absoluto, promueve el culto a la personalidad y desprecia las leyes y las instituciones democráticas. Pero lo que le mueve no es tanto una ideología –en su caso, conservadora pero adaptativa–, como una ambición de poder desmesurada y una vanidad y un ego hipertrofiados. También el dinero, claro, como a su valido Elon Musk, lo que ha llevado al analista Ian Bremmer a decir que EE.UU. “va camino de convertirse en una cleptocracia”.

Las primeras semanas en el poder del dúo Trump-Musk han demostrado su determinación de gobernar con total desprecio a la Constitución y a las leyes, tomando el control absoluto de la Administración federal –con purgas masivas–, persiguiendo judicialmente a sus adversarios y tratando de coartar la libertad de información de los medios no afines (por mucho que el vicepresidente J.D. Vance haya acusado de ese pecado a Europa)

Toda disidencia promete ser castigada, así que las empresas se han lanzado a la carrera a abandonar sus compromisos en pro de la inclusión y la equidad y contra el cambio climático, mientras aquellas que dejaron de contratar publicidad en  la red social X cuando Elon Musk se hizo con ella y le imprimió su actual sesgo ultraderechista vuelven rápidamente al redil, no vaya a ser que el gran visir tome represalias. El mundo económico se achanta...

Por ahora, la única resistencia la ha presentado la Justicia, que tiene ya entre manos más de 60 demandas. La acción de fiscales y jueces federales ha logrado frenar momentáneamente algunas iniciativas del presidente, pero su capacidad para seguir ejerciendo el control legal sobre las decisiones del Ejecutivo está siendo sometida a dura prueba. El nuevo poder instalado en la Casa Blanca no reconoce el papel constitucional de los jueces (Vance ha negado que tengan derecho a controlar al Gobierno, Musk ha llegado a pedir la destitución de un magistrado) y se ha resistido ya a cumplir alguna orden judicial. En la cúspide, el Tribunal Supremo está totalmente controlado desde detrás, como se dice por estos lares.

¿Hasta dónde llegará Trump? Los profesores Steven Levitsky y Lucan A. Way, en un artículo publicado en Foreign Affairs bajo el título El camino hacia el autoritarismo americano, no creen que en EE.UU. vaya a implantarse una dictadura al estilo fascista, pero no descartan –más bien al contrario– que se instale un régimen de “autoritarismo competitivo”, en el que se mantendría la celebración formal de elecciones pero donde el control abusivo de todos los resortes de poder dejaría inerme a la oposición. La democracia sobrevivió al primer mandato de Trump –sostienen– porque no tenía experiencia, ni plan, ni equipo, y no controlaba al Partido Republicano. Ya no es así. De ahí que su vaticinio sea sombrío: “La democracia en EE.UU. probablemente colapsará”.


El Padrino IV



Newsletter ‘Europa’

Dinero a cambio de protección. Este es el crudo planteamiento, con aires de extorsión mafiosa, que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski. A cambio de la ayuda norteamericana recibida durante los tres años de guerra para resistir a la invasión rusa –unos 175.000 millones de dólares-, Washington exige ahora un retorno con intereses por valor de 500.000 millones en forma de acceso preferente a sus recursos minerales (tierras raras y metales estratégicos) y el 50% de los beneficios producidos por sus explotaciones mineras, además de la creación de un fondo de inversión conjunto para la reconstrucción que pondría bajo control norteamericano en la práctica las infraestructuras y los grandes proyectos económicos del país. Si no, el flujo de armas se cortará. Digno de Al capone.

Todo ello sin comprometer, de entrada, ninguna garantía de seguridad futura y mientras negocia unilateralmente, y a la vista de todo el mundo, con su enemigo, Rusia, cuyas tesis parece haber asumido. Zelenski lo ha rechazado. Pero el mensaje está claro: la amistad tiene un precio. Y lo que vale para Ucrania, vale para Europa en su conjunto.

Noqueado por el giro que han dado los acontecimientos y la nueva –y desequilibrada- relación de fuerzas en el frente de batalla, Kyiv asiste impotente al cortejo desplegado por EE.UU. para acordar con Rusia el futuro de Ucrania. Y, con él, el de toda Europa, condenada indirectamente a convertirse en una zona tutelada por Moscú –el gran sueño de los ultranacionalistas rusos- si la Unión Europea no se rebela y actúa en consecuencia. Como apuntaba Shlomo Ben Ami en La Vanguardia, estamos ante el fin de la alianza occidental fraguada en la Segunda Guerra Mundial y Europa debería asumirlo y “liberarse de su adicción crónica a Estados Unidos”. El cambio impulsado por Trump no es una mera ruptura con la política de su predecesor, Joe Biden, sino con la línea estratégica de décadas de administraciones demócratas y republicanas.

Determinado a romper con el orden internacional surgido en 1945, Trump abona la ley del más fuerte y el reparto del mundo en zonas de influencia, entre las que Europa no parece su prioridad. El primer encuentro entre las delegaciones norteamericana y rusa esta semana en Riad (Arabia Saudí) –sin presencia de ucranianos ni europeos- para abordar una negociación de paz  y una normalización de las relaciones entre ambas potencias ha mostrado la violencia del procedimiento. En aras de su nueva concepción del mundo y sus nuevos intereses, que pasan también por un prometedor restablecimiento de las relaciones comerciales con Moscú, Washington se dispone a vender a Ucrania. A la que Trump, reescribiendo la Historia y prostituyendo la verdad, culpa ahora de la guerra, llamando “dictador” al desconcertado Zelenski. Nada bueno puede salir para Kyiv de unas negociaciones en las que, antes mismo de sentarse a la mesa, Washington ha entregado ya gratis la cesión de territorio ucraniano y su no incorporación a la OTAN.

Las conversaciones entre rusos y norteamericanos evocan momentos históricos nefastos en la historia de Europa, desde los Acuerdos de Munich de 1938 –en los que las potencias europeas vendieron a Checoslovaquia en un intento, a la postre infructuoso, de aplacar a Hitler y evitar la guerra- hasta la Conferencia de Yalta de 1945, en la que EE.UU. y el Reino Unido pactaron con la entonces Unión Soviética la división de Europa. La situación actual no es igual que la de hace 80 años, pero el mero hecho de poder hacer paralelismos ya es inquietante.

En los últimos diez días, Europa ha recibido un duro baño de realidad. Su antiguo aliado, su protector, la trata ahora como un adversario y amenaza con dejarla totalmente abandonada a su suerte. La aprobación de aranceles suplementarios sobre los productos europeos –de entrada, el aluminio y el acero, a los que seguirán otros-; los furibundos ataques del vicepresidente J.C. Vance contra la Unión Europea en París y en Munich, y la decisión unilateral de Donald Trump de reanudar incondicionalmente el diálogo con el presidente ruso, Vladímir Putin, sin contar con la UE representan un giro copernicano. Europa se ha quedado sola.

Conscientes de lo delicado de la situación, que compromete gravemente la seguridad de la UE, un grupo de líderes europeos, convocados de urgencia por el presidente francés, Emmanuel Macron, se reunieron el lunes en el palacio del Elíseo para reafirmar su apoyo a Ucrania y tratar de presentar una posición común que no les deje fuera de las negociaciones con Rusia. Allí estaban, junto a Macron, el alemán Olaf Scholz, la italiana Giorgia Meloni, el español Pedro Sánchez y el polaco Donald Tusk –los cinco grandes-, además del británico Keir Starmer. Completaban la reunión los primeros ministros de Dinamarca y Países Bajos, Mette Frederiksen y Dick Schoof respectivamente, así como la cúpula de la UE –António Costa y Ursula von der Leyen- y el secretario general de la OTAN, Mark Ruthe. Para Europa, un acuerdo con Rusia no puede limitarse a un alto el fuego, sino que debe garantizar una paz duradera que evite próximas agresiones rusas. Y para ello, razonan, Rusia no puede salir victoriosa.

La particularidad del formato, una cumbre informal con participación de solo un puñado de dirigentes europeos y la presencia del premier británico, pretendía darle una mayor operatividad, aún a costa de generar descontento entre los excluidos (uno de los más críticos fue el húngaro Viktor Orbán, descaradamente alineado con Moscú), pero tampoco alumbró grandes acuerdos. Los europeos a duras penas lograron transmitir una imagen de unidad y mostraron sus divisiones respecto a la oportunidad de enviar tropas europeas en una eventual misión de paz. Una segunda cumbre más amplia, telemática esta vez, reunió el miércoles a 19 jefes de Estado o de gobierno, la mayor parte de la UE, a quienes se añadió Noruega e Islandia, e incluso Canadá, con Justin Trudeau, otro gran damnificado del giro político en Washington. Solo Austria –aún sin gobierno- y los prorrusos Eslovaquia y Hungría, además de Malta, quedaron nuevamente fuera de la agenda del Elíseo.

Políticamente en horas bajas a nivel interno, Emmanuel Macron se ha erigido en estos momentos de crisis, sin embargo, en el principal referente de la UE, así como en el interlocutor –mal que le pese a Giorgia Meloni- de Donald Trump, con quien conversó dos veces telefónicamente el pasado lunes (antes y después de la cumbre europea) y se verá personalmente dentro de pocos días. La semana próxima está previsto que el líder francés y el primer ministro británico, Keir Starmer, viajen juntos a Washington para reunirse con el presidente de EE.UU. en la Casa Blanca. Francia y el Reino Unido, ambos con una fuerza nuclear de disuasión y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, son los dos únicos países europeos capaces –por potencia diplomática y militar- de llevar la batuta en este momento. Y los dos únicos que están dispuestos a movilizar sus ejércitos para aportar el grueso de una misión militar que, según su propuesta, movilizaría a 30.000 militares europeos en Ucrania para apoyar un eventual acuerdo de paz.

La semana que viene Macron y Starmer tratarán de convencer a Trump de que una solución para Ucrania y para Europa, un acuerdo sólido para una paz verdaderamente duradera en el continente, pasa por incorporar a los europeos –además de, obviamente, a los ucranianos- a las negociaciones y por que Estados Unidos se erija en garante de lo acordado y no se desentienda de la seguridad europea. Europa está dispuesta a asumir sus responsabilidades, pero no en solitario. No todavía. La UE ha visto ya las orejas al lobo y, mal que bien, empieza a prepararse para aumentar su gasto en defensa con el fin de poder valerse algún día por sí sola. Pero ese día todavía no ha llegado.

‘Grosse koalition’. Las elecciones del próximo domingo en Alemania no deberían proporcionar grandes sorpresas. Los sondeos de intención de voto llevan semanas con el mismo vaticinio: un triunfo claro del candidato democristiano Friedrich Merz (CDU-CSU), con un notable ascenso de la ultraderechista Alice Weidel (AfD), que llegaría en segundo lugar, y un considerable batacazo del socialdemócrata Olaf Scholz (SPD) y, muy cerca, el ecologista Robert Habeck (Los Verdes), mientras que todos los demás –liberales incluidos- se arriesgan a quedarse fuera del Bundestag. Dado que Merz, pese a sus ambiguos coqueteos, ha descartado pactar con la extrema derecha, es muy posible que los alemanes acaben de nuevo con un gobierno de gran coalición entre la CD/CSU y el SPD.

Atentados terroristas. Los islamistas votan extrema derecha. O, al menos, hacen todo por engordarla políticamente en su afán por alimentar un enfrentamiento civil en Europa. A poco más de una semana de las elecciones en Alemania, un joven afgano de 24 años lanzó su coche contra una multitud en Munich causando inicialmente 39 heridos, aunque posteriormente morirían dos de ellos: una mujer de 37 años y su hija de dos. El domingo pasado, un sirio de 23 años se lanzó a apuñalar indiscriminadamente a la gente que pasaba por la calle en el centro de Villach, una ciudad de Austria, matando a un adolescente de 14 años e hiriendo a otras cinco personas. En ambos atentados, las autoridades constataron el móvil islamista.

La voracidad de la IA. El debate la Inteligencia Artificial (IA) acostumbra a oscilar entre la competencia mundial por estar a la vanguardia del desarrollo de esta nueva tecnología –con las inversiones multimillonarias que exige- y la necesidad, o no, de someterla a una estricta regulación pública. Menos atentación se presta al enorme consumo energético que requerirá. Un reciente informe de la organización Beyond Fossils Fuels ha calculado que la demanda eléctrica se disparará en Europa un 160% a lo largo de esta década para alimentar los centros de datos. Para el 2030, serán necesario añadir a la red unos 287Twh al año, el equivalente al consumo eléctrico de España en 2022. Es como si un nuevo país miembro se sumara a la red europea.


domingo, 16 de febrero de 2025

Los amigos no son para siempre


Newsletter ‘Europa’

Lord Palmerston, quien fuera secretario de Exteriores y primer ministro del Reino Unido a mediados del siglo XIX, acuñó una frase que ha pasado a la Historia como muestra del descarnado pragmatismo de la política internacional: “Nosotros no tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber seguirlos”, dijo. Lo mismo vale para Estados Unidos.

Europa creyó que los vínculos políticos y estratégicos fraguados con EE.UU. a raíz de las dos guerras mundiales y, sobre todo, a partir de 1945, eran para siempre. Que les unía una misma concepción del mundo y unos mismos valores, con la democracia liberal como principio. Pero está descubriendo que no es así. Y que para el nuevo poder de Washington, con Donald Trump al frente (¿o es Elon Musk?), los intereses y los principios han cambiado, y que la Unión Europea no es tanto un aliado como un adversario y, en el mejor de los casos, un socio comercial bajo sospecha. Los ciudadanos europeos no se engañan ya al respecto, aunque no está claro que sus dirigentes políticos hayan dejado de hacerlo.

La semana ha sido pródiga en señales negativas. Donald Trump lleva amenazando desde hace tiempo con aplicar sanciones económicas específicas contra la UE –en forma de tasas aduaneras sobre sus exportaciones a EE.UU.- si no se aviene a los nuevos designios de Washington, ya sean económicos o políticos. Todavía no lo ha hecho. Pero ha arrancado ya con una primera andanada indiscriminada, aprobando aranceles especiales del 25% -para todo el mundo y sin excepción- sobre las importaciones de acero y aluminio, una reedición del ataque que ya lanzó en 2018. Europa no es la más afectada por la medida (Canadá, que es su principal proveedor, se lleva la peor parte), pero hará daño. En España, décimo exportador mundial de acero y vigésimo octavo de aluminio (por un valor total de 378 millones de euros), el sector se ha puesto en alerta: las exportaciones a EE.UU. representan el 3%, una afectación relativa pero no desdeñable. A última hora de ayer, el presidente estadounidense anunció una segunda oleada de aranceles “recíprocos” con todos los países con quien tienen intercambios comerciales.

Frente a este ataque, Bruselas se guarda su reacción. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha asegurado que “los aranceles injustificados a la UE no quedarán sin respuesta” y “desencadenarán contramedidas firmes y proporcionadas”. “La UE actuará para salvaguardar sus intereses económicos. Protegeremos a nuestros trabajadores, empresas y consumidores”, añadió sin desvelar el tenor de las represalias europeas. A diferencia del primer mandato de Trump (2017-2021), en que todo el mundo fue pillado por sorpresa, esta vez nadie está desprevenido y el gobierno comunitario lleva tiempo analizando las respuestas que Europa puede ir dando a los sucesivos ataques –porque sin duda habrá más- de Washington. Una medida obvia es presentar una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero es algo meramente simbólico, pues EE.UU. la mantiene bloqueada en la práctica.

Toda la dificultad radica en encontrar el grado justo de firmeza y de proporcionalidad. Nadie quiere una escalada que conduzca a una guerra comercial total, pero Europa tampoco se puede dejar avasallar. Donald Trump es un abusador de patio de escuela –igual de infantil, caprichoso y cruel- y como tal se comporta. Cualquiera que en algún momento de su vida haya afrontado una situación así sabe que contemporizar es percibido por el agresor como una muestra de debilidad y una invitación a proseguir los abusos. Negociar es, a priori, una apuesta lógica para evitar un enfrentamiento que puede resultar muy dañino para ambas partes. Pero no se puede hacer desde la fragilidad.

El vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, dejó clara cuál es la concepción que la nueva Administración americana tiene sobre la negociación y el compromiso en la cumbre de París sobre la Inteligencia Artificial (IA), en la que Von der Leyen –por cierto- anunció una importante inversión europea de 200.000 millones de euros en esta materia. Vance, que se fue sin escuchar los discursos de los principales dirigentes europeos, se negó a firmar la declaración final de la cumbre y, en tono agresivo, rechazó las ansias regulatorias europeas, alertó a la UE contra cualquier intento de poner límites o gravar a las empresas tecnológicas estadounidenses y aseguró que las normas mundiales las dictará EE.UU. Punto y final.

La guinda se produjo el miércoles, cuando Donald Trump rompió la unidad occidental en la guerra de Ucrania y abordó unilateralmente, en una entrevista telefónica con el presidente ruso, Vladímir Putin, la apertura de negociaciones para poner fin al conflicto. ¿El presidente ucraniano, Volodímir Zelensky? Fue informado después. ¿Los aliados europeos? Ni consultados fueron. Desde Washington ya se apuntó por dónde irán las cosas: la paz pasará por la renuncia de Ucrania a recuperar el territorio ocupado por Rusia y olvidarse de ingresar en la OTAN, además de compensar a EE.UU. por su ayuda con concesiones sobre sus tierras raras. Los países europeos se apresuraron a reclamar ser parte de la negociación. Pero no está claro que Trump, a quien su corte considera “el mejor negociador del planeta”, esté por la labor.

El problema que tiene enfrente la UE no es, sin embargo, únicamente la política chantajista y de hechos consumados de Trump, sino la falta de cohesión interna frente a este desafío. Hay dos primeros ministros ultraderechistas en Europa, la italiana Giorgia Meloni y el húngaro Viktor Orbán, que se disputan la condición de interlocutor preferente del nuevo presidente de Estados Unidos y de su valido, Elon Musk, y que están dispuestos a romper la unidad en defensa de Washington. Ambos lo dejaron patente al no sumarse a la declaración de apoyo a la Corte Penal Internacional de La Haya –firmada por casi 80 países- frente a las sanciones arbitrarias decididas por la Casa Blanca.

Que en la UE hay una quinta columna trumpista no es un secreto para nadie. Y si alguien todavía no se había enterado, los principales exponentes de la extrema derecha europea reunidos el pasado fin de semana en Madrid expresaron claramente su adhesión inquebrantable a la agenda política de Trump, a rebufo de cuya victoria aspiran a prosperar. Bajo el lema trumpista-orbaniano de Make Europe Great Again (Hacer Europa grande de nuevo) –un lema engañoso, puesto que lo que buscan es justamente empequeñecerla-, el líder del partido español Vox, Santiago Abascal, reunió en la capital española a todos sus compañeros del grupo europeo Patriots (así, en inglés), desde la francesa Marine Le Pen al húngaro Viktor Orbán, pasando por el italiano Matteo Salvini, el neerlandés Geert Wilders o el checo Andrej Babis, entre otros. Giorgia Meloni está en otro grupo, pero no en otra onda. Trump es el nuevo tótem que todos adoran.

Vladímir Putin tiene en un pobre concepto a los europeos (por más que se sirva de los ultras para sembrar la división). Comentando la futura reacción de los dirigentes de la UE ante la ofensiva de Trump, el presidente ruso vaticinó: “Pronto se pondrán a los pies de su amo, moviendo la cola”. En manos de los europeos está darle la razón o quitársela.

Sin gobierno en Austria. Herbert Kickl, líder del partido de extrema derecha austriaco FPÖ, ganador de las últimas elecciones y encargado en segunda instancia de formar gobierno, ha fracasado en su intento por alcanzar un acuerdo de gobierno con los conservadores de ÖVP. Suponiendo que sea realmente un fracaso y que Kickl no haya saboteado a conciencia las conversaciones para forzar una repetición electoral que cree que le beneficiaría. Por el momento, el presidente del país, Alexander van der Bellen, no ha cedido a esta petición y ha abierto una nueva ronda de contactos para explorar otra posible salida. Un primer intento de coalición entre conservadores, socialdemócratas y liberales fracasó en enero, desencadenando la dimisión del excanciller Karl Nehammer.

Desconexión báltica. Eran independientes desde 1991, y desde el 2004 integran la UE y la OTAN, pero hasta hoy Estonia, Letonia y Lituania habían seguido conectados a la red energética rusa. Los tres pequeños países bálticos dejaron, de hecho, de comprar electricidad a Rusia y Bielorrusia en 2022, a raíz de la invasión rusa de Ucrania, pero había mantenido las conexiones para garantizar el suministro en caso de emergencia. Desde el pasado sábado, eso ya no es así y los bálticos están ahora acoplados a la red energética europea. “Rusia ya no puede utilizar la energía como herramienta de chantaje. Es una victoria de la libertad y de la unidad europea”, tuiteó la jefa de la diplomacia comunitaria y ex primera ministra estonia, Kaja Kallas.

El desafío del crimen organizado. La noche del miércoles pasado un individuo lanzó una granada en un bar de un barrio de Grenoble, causando 12 heridos, en lo que la policía francesa supone una acción vinculada a la guerra entre bandas de narcotraficantes. La misma causa está detrás de los tres tiroteos registrados la semana anterior en Bruselas, en uno de los cuales dos individuos entraron disparando al aire sus kaláshnikov en una estación de metro. Un informe del año pasado de Europol alerta que en Europa hay activas 821 organizaciones criminales –la mitad, dedicadas al tráfico de drogas- con unos 25.000 miembros que constituyen “una amenaza para la seguridad interior de la UE”. Dos terceras partes recurren habitualmente a la violencia.

 

 

domingo, 9 de febrero de 2025

La gangrena


Visión periférica

 La noticia sobresaltó a toda Europa a primeras horas de la mañana del pasado miércoles. Dos individuos encapuchados y armados con fusiles de asalto kaláshnikov irrumpieron en la estación de metro de Clemenceau, en Anderlecht –uno de los municipios que integran Bruselas–, disparando al aire, aparentemente con afán meramente intimidatorio, antes de huir por los túneles del suburbano. No hubo ningún herido y la única repercusión para la ciudadanía fue la interrupción del servicio en varias líneas. ¿Otro atentado terrorista? Para alivio general, pronto se descartó esta posibilidad.

Pero ¿realmente hay de qué aliviarse? Todo indica que el suceso de la estación de Clemenceau, grave por todo lo que implica, es un episodio más de la guerra sin piedad que libran las bandas de narcotraficantes por el control del territorio, en Bélgica y en toda Europa. El miércoles no hubo víctimas, pero sí hubo un herido en otro tiroteo el jueves en la misma zona. Y en la madrugada del viernes, un tercer tiroteo en el barrio de Peterbos, también en Anderlecht, dejó un muerto.

Bélgica y los Países Bajos son uno de los principales focos del narcotráfico en Europa, que tiene en los puertos de Amberes y Rotterdam los principales puntos de entrada en la UE de la droga procedente de Colombia y México.

El grupo organizado más activo en ambos países, con extensiones en Alemania y España, es la llamada Mocro Maffia, una banda extremadamente violenta que saltó al foco de la actualidad en el 2022 tras amenazar a la princesa Amalia de los Países Bajos y al primer ministro Mark Rutte si no se liberaba a su líder, Ridouan  Taghi, detenido en Abu Dabi y extraditado a La Haya. Juzgado en el llamado proceso Marengo, junto a una quincena de cómplices, por 13 asesinatos perpetrados entre 2015 y 2017, fue condenado el año pasado a cadena perpetua. Lo cual no ha impedido que siga dirigiendo la organización.

La Mocro Maffia surgió en los años noventa en los barrios de la comunidad marroquí de Amsterdam, dedicada inicialmente a la importación de cannabis –de consumo legal en los Países Bajos– procedente de Marruecos. Después daría el salto a la cocaína, de la que se estima que controla una tercera parte de la que se distribuye por toda Europa, según el Institute for Security Studies (ISS), que la considera “una amenaza para Europa y el Norte de África”. Se trata de una banda de procedimientos brutales, a la que se atribuyen un centenar de asesinatos –ha matado a testigos, abogados, periodistas...– y que  recurre a las torturas y las decapitaciones como método de intimidación.

No es el único caso en Europa con este nivel de violencia. El 2 de octubre pasado un chaval de 15 años fue salvajemente apuñalado –recibió 50 heridas de arma blanca– y quemado vivo en un polígono de viviendas sociales de Marsella, Fonscolombes, por una banda del barrio. El muchacho, armado con una pistola, había sido contratado por 2.000 euros por un miembro de la organización criminal conocida como DZ Mafia para intimidar a un rival, pero fue descubierto. Tras su muerte, el mismo capo que lo había contratado encargó a otro adolescente de 14 años –esta vez, por 50.000 euros– el asesinato de un miembro de la otra banda como venganza. Solo que, a causa de una discusión absurda, acabó matando al conductor de VTC que le había conducido hasta el barrio y que nada tenía que ver.

El doble suceso puso de nuevo en evidencia la gravedad del problema del crimen organizado en la segunda ciudad de Francia y desveló un fenómeno inquietante: la extrema juventud de los sicarios contratados por las bandas de narcotraficantes. Un informe de Europol del pasado noviembre constataba que los menores –de entre 13 y 17 años- tienen un papel cada vez más activo en las bandas europeas dedicadas al narcotráfico, generalmente como vendedores callejeros o correos, actividad que ahora se ha extendido a la extorsión e incluso al asesinato.

Marsella, la capital de la French Connection, tiene una vinculación histórica con el crimen organizado. Pero allí donde antaño prosperaron los grupos mafiosos de origen corso e italiano hoy se han enseñoreado las bandas de magrebíes de los barrios del norte de la ciudad, en medio de violentísimas disputas territoriales. En el 2023, uno de los peores años, la lucha por los puntos de venta de droga y los ajustes de cuentas dejaron un sangriento balance de 49 muertos. El año pasado las víctimas fueron una veintena. La DZ Mafia, cuyo nombre alude a Dzaïr (Argelia), empezó a despuntar precisamente hace dos años tras su victoria en la guerra de bandas. Dirigida desde el extranjero por Mejdi Abdelatif Laribi, alias Tic, hoy es uno de los mayores dolores de cabeza de la policía francesa.

La Mocro Maffia y la DZ Mafia son solo dos ejemplos de una realidad que se extiende como una gangrena por toda Europa. Un revelador informe de Europol hecho público el año pasado ofreció la primera foto panorámica del fenómeno del crimen organizado en el continente: en la UE operan actualmente al menos 821 grupos criminales organizados integrados por 25.000 miembros, la mitad de los cuales se dedican al narcotráfico. La mayoría son trasnacionales, aunque cada cual concentra geográficamente su actividad en un máximo de dos o tres países. El 71% recurre a la corrupción para asegurar sus negocios y el 68%, a la violencia. Y la casi totalidad –el 86%– ha infiltrado la economía legal con empresas normales, bien sea para amparar sus tráficos ilícitos, bien sea para blanquear sus ganancias. En palabras de la directora de Europol, Catherine De Bolle, se trata de “redes activas y peligrosas que amenazan la seguridad interior de la UE”.

El incidente de Bruselas no era terrorismo, no. Pero no es menos inquietante.


Ni contigo ni sin ti


Newsletter ‘Europa’

Gran Bretaña siempre ha sido una isla, pero no del todo. Y no solo por el túnel que desde 1994 atraviesa el canal de la Mancha. Por más que enarbole su idiosincrasia y soberanía respecto a Europa, siempre ha tenido un ojo –cuando no un pie- en el continente. A lo largo de los siglos su obsesión fue impedir, mediante alianzas variables, la emergencia de una potencia europea hegemónica –ya fuera España, Francia o Alemania, según las épocas- que pudiera representar una amenaza. El nacimiento de lo que devendría la Unión Europea cambió las cartas y Londres se sintió empujado a pedir la adhesión al club, que se hizo efectiva el 1 de enero de 1973.

En aquella época, mediados de los años setenta, los conservadores británicos, con Margaret Thatcher a la cabeza, se mostraban convencidamente europeístas. “¿Queremos que las futuras generaciones sigan escribiendo la historia o que simplemente la lean?”, proclamaba la líder tory. Todos sabemos los que pasó después. En 2016, en un dramático referéndum, los británicos decidieron abandonar la UE y dejar que fueran los otros quienes escribieran la historia. Hoy, cinco años después de la entrada en vigor del Brexit tras un agitado divorcio, el Reino Unido busca de nuevo aproximarse a Europa.

El Brexit no ha cumplido ninguna de sus principales promesas. La de la prosperidad, para empezar. La salida del mercado único y de la unión aduanera, a pesar del acuerdo comercial alcanzado con la UE, ha supuesto un descenso de las exportaciones e importaciones con el continente de al menos el 15%, según la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR) -otros cálculos la cifran en el 30%-, y a largo plazo implicará una caída del 4% del Producto Interior Bruto (PIB). Una pérdida que, pese a los nostálgicos sueños de grandeza, ningún otro acuerdo comercial internacional ha venido a compensar. La economía va a rastras, con un crecimiento del 0,75% en 2024 y otro tanto previsto para 2025, según el Banco de Inglaterra.

La inmigración extranjera –otro de los asuntos centrales de la campaña del Brexit- no solo no ha se frenado, sino que ha aumentado hasta alcanzar cifras récord con 850.000 llegadas anuales. Eso sí, los europeos han desertado y hoy el 86% de los inmigrantes de larga duración proceden de países no comunitarios.

No es de extrañar, pues, que la opinión pública haya experimentado una inflexión y si hoy se repitiera el referéndum, el 55% votaría por reingresar en la UE mientras solo un 33% se mantendría en sus trece. Del Brexit al Bregret han pasado solo cinco años. Pero nadie en el Reino Unido, salvo una minoría muy militante, se plantea la posibilidad real de dar marcha atrás. Demasiado pronto, demasiado tierno. Así que el objetivo del Gobierno laborista de Keir Starmer, apoyado aquí por una gran mayoría de los británicos, es tratar de recomponer las relaciones con la UE –“resetearlas”, según su expresión- y estrechar de nuevo los vínculos con sus antiguos socios europeos.

En la práctica, el Reino Unido no ha soltado nunca completamente las amarras. Y no sólo en el terreno de las relaciones económicas y comerciales. Tampoco a nivel político. Así, Londres ha mantenido vivo, junto con Alemania y Francia, el llamado grupo E3, un foro informal de colaboración y coordinación en materia de política exterior. A nivel bilateral, el Reino Unido ha multiplicado asimismo los acuerdos de cooperación en materia de defensa. A los Tratados de Lancaster House firmados con Francia en el 2010, se ha unido recientemente (octubre del 2024) otro pacto de defensa con Alemania y, en su reciente visita a Polonia, el pasado 17 de enero, Starmer acordó con su homólogo polaco, Donald Tusk, negociar también otro acuerdo del mismo tipo.

Este rumbo de aproximación tuvo el pasado lunes un momento altamente simbólico. Invitado por el presidente del Consejo Europeo, el portugués António Costa -de acuerdo con el primer ministro Tusk, presidente de turno de la UE-, Starmer participó en la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada por los 27 en Bruselas, para abordar cuestiones de seguridad y defensa. Sobre la mesa, la amenaza de Rusia y el posible desentendimiento de Estados Unidos. Ningún primer ministro británico se había sentado junto al resto de sus colegas europeos desde el Brexit. “Puede que el Reino Unido haya abandonado la UE, pero no ha abandonado Europa”, subrayó la alta representante para la Política Exterior y de Seguridad, Kaja Kallas.

La cumbre, que culminó con una cena, se celebró fuera de las sedes oficiales comunitarias, en el palacio Egmont, el mismo escenario en el que el entonces premier británico, el conservador Edward Heath, firmó en 1972 la adhesión del Reino Unido al mercado común. El ambiente del reencuentro con el socio descarriado fue, según fuentes conocedoras de la reunión, extraordinariamente cálido y todas las intervenciones fueron de tono positivo. El regreso del hijo pródigo, sin embargo, tiene sus límites.

Starmer ha dejado claro que un reingreso del Reino Unido en la UE está completamente fuera de la agenda, pero reiteró su voluntad de estrechar las relaciones con Europa “en materia de defensa y seguridad, energía, comercio y economía”. Es decir, en casi todo. La dificultad será encontrar la manera de conseguirlo. Ambas partes, en cualquier caso, comparten el mismo interés y en primavera se celebrará una cumbre bilateral entre Starmer y la cúpula de la UE –António Costa y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen- para impulsar este nuevo acercamiento. Todo está muy verde todavía y no son de prever grandes acuerdos en esta primera reunión.

Hay un factor que, sin duda, juega de forma determinante a favor de este reencuentro. Su nombre es Donald Trump. Si en su momento el Reino Unido lo apostó casi todo a un nuevo tratado comercial con Estados Unidos –una apuesta fallida, como se ha visto-, el vuelco político producido en Washington no augura nada mejor. A la vista del trato que han recibido aliados y socios como Canadá y México, y de las amenazas reiteradas contra la UE, el Reino Unido no puede ni mucho menos considerarse a salvo de recibir algún golpe arancelario. Es cierto que las últimas declaraciones de Trump sobre Starmer han sido más bien benevolentes, en contraste con los ataques de su mano derecha –Elon Musk-, pero nada hay más voluble y caprichoso hoy que el inquilino de la Casa Blanca. Y navegar en solitario en un mar encrespado no es lo más aconsejable.

Elecciones en el hielo. En medio de la tempestad causada por los apetitos públicos de Donald Trump sobre Groenlandia –territorio autónomo perteneciente a Dinamarca-, el primer ministro groenlandés, Múte Bourup Egede, ha propuesto celebrar elecciones autonómicas el próximo 11 de marzo. La fecha deberá ser aprobada por el Parlamento danés, pero no debería suponer un gran obstáculo, pues implicaría simplemente acortar la legislatura actual en tres semanas. Múte Bourup Egede, líder del partido independentista Inuit Ataqatigiit (comunidad inuit), considera que ante la situación creada es necesario que los ciudadanos se pronuncien en las urnas. Los sondeos indican que la mayoría de los groenlandeses rechazan integrarse en Estados Unidos, pero una parte de la población de la isla cree que el momento puede favorecer la independencia.

Si esto es Bélgica… Más de siete meses después de las elecciones –lejos del récord histórico-, Bélgica cuenta con un nuevo gobierno, encabezado por el nacionalista flamenco Bart De Wever, alcalde de Amberes y líder del partido conservador Nueva Alianza flamenca  (N-VA). Apoyado por cinco partidos, el nuevo ejecutivo de coalición necesitó una cocción final de sesenta horas, durante las que permanecieron reunidos en la Escuela Militar de Bruselas los líderes de las cinco formaciones hasta cerrar el acuerdo. El pacto coloca por primera vez al frente del Gobierno de Bélgica a un nacionalista flamenco, aunque en su programa ya no está la secesión sino la consolidación de un modelo confederal. También engrosará las filas en el Consejo Europeo de los aliados de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en cuyo grupo europarlamentario –Conservadores y Reformistas Europeos (CRE)- está integrado el partido flamenco.

Inteligencia bajo control. Mientras Donald Trump ha empezado a aplicar ya en Estados Unidos su política desregulatoria, en Europa acaba de entrar en vigor la primera fase de la regulación de la Inteligencia Artificial (IA), que prohíbe el empleo de técnicas subliminales para manipular las decisiones de las personas, los sistemas predictivos de delitos a partir de perfiles individuales, el reconocimiento psicológico en el puesto de trabajo y la escuela, la categorización biométrica para identificar personas y el reconocimiento facial en tiempo real en espacios públicos (con excepciones). Pero si la UE es pionera en regular la IA y los servicios digitales, va muy por detrás en cambio en la investigación. Más del 90% de la inversión mundial en los llamados modelos de lenguaje extensos se produce fuera de Europa.

 

 

 

domingo, 2 de febrero de 2025

Groenlandia, ese oscuro objeto de deseo


Newsletter ‘Europa’

Groenlandia nunca fue verde, a pesar de que eso precisamente (país verde) es lo que significa en danés el nombre con que la bautizó, allá por el siglo X, el vikingo Erik el Rojo, que inauguró la colonización escandinava de la gran isla ártica. Groenlandia nunca fue verde, pero bien puede acabar siéndolo a causa del cambio climático. Y es justamente la posibilidad de su deshielo –que abriría el acceso a sus potenciales yacimientos de hidrocarburos, minerales y tierras raras- y su estratégica situación geográfica en el Ártico la que la ha convertido en objeto de la codicia de medio mundo y en la causa de la que podría ser la primera gran crisis entre Europa y la nueva Administración norteamericana, después de que el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya expresado su apetito por ella.

Groenlandia nunca fue verde. Y, hasta la llegada de los escandinavos, tampoco fue europea. Poblada hoy por algo menos de 60.000 personas, la mayoría de etnia inuit, durante un milenio fue una colonia noruega y danesa hasta que en 1953 fue incorporada como territorio integral de Dinamarca. En 1979 la isla adquirió un primer régimen de autonomía -que fue considerablemente ampliado en el 2008- y en 1985 decidió en referéndum abandonar la entonces Comunidad Europea para mantener el control absoluto sobre sus recursos pesquero, que son su principal fuente de riqueza. Eso, y los cerca de 800 millones de euros que le transfiere anualmente Copenhague…

No son, sin embargo, los camarones lo que ha suscitado el interés voraz de Donald Trump sobre la isla, como es obvio. De hecho, Estados Unidos –que la tuvo bajo su control militar durante la Segunda Guerra Mundial, mientras Dinamarca estaba bajo la bota de la Alemania nazi- ya puso sobre la mesa su interés en adquirirla en 1946 por razones geoestratégicas. Dinamarca se negó, pero poco después aceptó la permanencia militar norteamericana en la base de Thule. Ante la perspectiva de la apertura de nuevas rutas marítimas por el Ártico y en un contexto de práctica guerra fría con Rusia y con China, el control de su territorio la hace enormemente valiosa.

Donald Trump ya expuso en 2019 su interés en comprar Groenlandia. Nadie se lo tomó demasiado en serio en aquel momento. Parecía una nueva salida de tono, de corto recorrido, del sulfuroso líder republicano. Y, de hecho, no fue más allá. El tema quedó aparcado con la victoria de Joe Biden en las elecciones del 2020. Todo lo más, el interés exterior por Groenlandia –incluido el de China, que también aspiraba a instalar puertos en sus costas- sirvió como telón de fondo para el agitado epílogo de la carrera política de ficción de Birgitte Nyborg en la cuarta temporada de la exitosa serie danesa Borgen.

Poco ha durado la tregua, sin embargo. Y para la verdadera primera ministra danesa, Mette Frederiksen, la situación se ha complicado todavía más que para su sosias de ficción. El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca no solo ha vuelto a abrir el dossier de Groenlandia, sino que lo ha hecho con una violencia verbal inusitada. El presidente de EE.UU., desprovisto esta vez de la red de seguridad que la prestaba en su anterior mandato su sottogoverno –hoy en manos de radicales-, ha insistido varias veces en que quiere Groenlandia y la conseguirá, incluso si es necesario –dijo- recurriendo al uso de la fuerza.

Es improbable, a pesar de tales palabras, que Trump ordene una invasión militar de la isla, pero el tono y la reiteración de sus amenazas acabarán forzando a Dinamarca, tarde o temprano, a sentarse a hablar y a hacer algún tipo de concesión a Washington. Es la forma de Trump de negociar. Se ha visto con Canadá y México, o con Colombia. La negociación empieza por el chantaje. Frederiksen lo vivió en primera persona durante una agresiva conversación telefónica con Trump poco antes de que este jurara el cargo, el pasado día 20. “Nunca en mi vida nos habíamos encontrado en un momento tan difícil como ahora”, confesó después.

Consciente del peligro que se le viene encima, Frederiksen realizó esta semana una gira relámpago por las principales capitales europeas para obtener el apoyo de sus socios frente a las ansias anexionistas de Washington. Primero se reunió con sus homólogos escandinavos –Noruega, Suecia y Finlandia- y después con el presidente francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, ante quien se comprometió a aumentar en 2.000 millones de euros el gasto en defensa del Ártico. El asunto se tratará muy probablemente en el Consejo Europeo informal previsto para el lunes 3 de febrero. “La soberanía territorial de Dinamarca, la estabilidad de sus fronteras es una cuestión esencial”, dijo a este respecto el presidente del Consejo, António Costa.

Alemania y Francia han respaldado explícitamente a Dinamarca. La primera, a través de unas declaraciones del propio canciller Scholz en las que subrayó que las fronteras “no deben ser desplazadas por la fuerza”. Y añadiendo, como coletilla, en inglés: “To whom it may concern” (a quién corresponda). Francia, por su parte, a través del ministro de Exteriores, Jean-Noël Barrot, se mostró determinada a ponerse al lado de los daneses, enviando incluso –en caso de necesidad- tropas francesas al Ártico. Más allá de las declaraciones, lo cierto es que Dinamarca solo podrá resistir los embates si tiene detrás el respaldo sólido y unánime de toda la Unión Europea. Algunos políticos daneses han planteado si no sería conveniente que Groenlandia reingresara rápidamente en la UE…

Los groenlandeses, mientras tanto, asisten entre inquietos y encantados a tantas muestras de cariño sobrevenido. Donald Trump no es un sujeto que les merezca gran confianza y, así, en un reciente sondeo, un 85% se mostraba contrario a abandonar Dinamarca para integrarse en Estados Unidos (algo que, por otra parte, no sería como estado de pleno derecho, según los planes de los conservadores norteamericanos) y sólo un 6% se apuntaba a seguir los cantos de sirena. Con todo, en la isla hay quienes ven en todo esto la oportunidad de acelerar el proceso de independencia. Si llegara el caso, Groenlandia no sería más que una pequeña sardina en un mar de tiburones.

Investigación contra Meloni. La fiscalía italiana comunicó esta semana a la primera ministra, Giorgia Meloni, la apertura de una investigación oficial en su contra –así como contra los ministros de Justicia y de Interior- por los presuntos delitos de encubrimiento y malversación en el caso de la liberación y repatriación del general libio Osama Almasri. Acusado de crímenes contra la humanidad por su papel como jefe del centro de detención de inmigrantes de Mitiga, Almasri había sido detenido nada más pisar Italia –donde pretendía asistir a un partido de fútbol- por existir en su contra una orden de arresto de la Corte Penal Internacional. Pese a ello, Meloni decidió ponerlo en libertad y devolverlo a Libia. El éxito en la reducción de la inmigración ilegal por el canal del Mediterráneo central se debe en gran parte a la cooperación de las autoridades libias, ante cuyas prácticas de extorsión y tortura se prefiere mirar hacia otro lado.

Bielorrusia, inmóvil. Alexánder Lukashenko, el más antiguo dictador de Europa y férreo aliado del líder ruso, Vladímir Putin, fue reelegido de nuevo el domingo pasado presidente de Bielorrusia por un periodo de cinco años más (y los que quiera). El resultado de las elecciones, consideradas un fraude por gran parte de la comunidad internacional, no puede ser más transparente: el presidente ganó con casi el 87% de los votos. En el poder ininterrumpidamente desde 1994, Lukashenko, de 70 años, ha enviado al exilio o a prisión a los dirigentes de la oposición y solo mantiene una fachada de democracia. La UE rechazó el resultado de las elecciones, que calificó de “mascarada”, y avanzó que mantendría e incluso reforzaría las sanciones contra el régimen.

Memoria del horror. El lunes 27 se conmemoró el 80º aniversario de la liberación, por el Ejército soviético, del campo de exterminio de Auschwitz, construido por la Alemania nazi en la Polonia ocupada dentro de su programa para borrar de la faz de la Tierra a la comunidad judía. Un total de 1,1 millones de personas –la mayoría judíos- perecieron en este campo, que ha pasado a la Historia como ejemplo de la mayor infamia perpetrada por la humanidad. En un acto sobrio, al que acudieron jefes de Estado y de Gobierno de 59 países, cuatro supervivientes tomaron la palabra para alertar del resurgimiento del antisemitismo, el racismo y la xenofobia. Días antes, el magnate Elon Musk, mano derecha del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, participó en un acto electoral de la extrema derecha alemana y llamó a Alemania a dejar de mirar al pasado.