Newsletter ‘Europa’
Dinero a cambio de protección. Este es el crudo
planteamiento, con aires de extorsión mafiosa, que el presidente de Estados
Unidos, Donald Trump, ha hecho a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski. A
cambio de la ayuda norteamericana recibida durante los tres años de guerra para
resistir a la invasión rusa –unos 175.000 millones de dólares-, Washington
exige ahora un retorno con intereses por valor de 500.000 millones en forma de acceso
preferente a sus recursos minerales (tierras raras y metales estratégicos) y el 50%
de los beneficios producidos por sus explotaciones mineras, además de la
creación de un fondo de inversión conjunto para la reconstrucción que pondría
bajo control norteamericano en la práctica las infraestructuras y los grandes
proyectos económicos del país. Si no, el flujo de armas se cortará. Digno de Al
capone.
Todo ello sin comprometer, de entrada, ninguna garantía de
seguridad futura y mientras negocia unilateralmente, y a la vista de todo el
mundo, con su enemigo, Rusia, cuyas tesis parece haber asumido. Zelenski lo ha
rechazado. Pero el mensaje está claro: la amistad tiene un precio. Y lo que
vale para Ucrania, vale para Europa en su conjunto.
Noqueado por el giro que han dado los acontecimientos y la
nueva –y desequilibrada- relación de fuerzas en el frente de batalla, Kyiv asiste
impotente al cortejo desplegado por EE.UU. para acordar con Rusia el futuro de
Ucrania. Y, con él, el de toda Europa, condenada indirectamente a convertirse
en una zona tutelada por Moscú –el
gran sueño de los ultranacionalistas rusos- si la Unión Europea no se
rebela y actúa en consecuencia. Como apuntaba Shlomo Ben Ami en La
Vanguardia, estamos ante el fin
de la alianza occidental fraguada en la Segunda Guerra
Mundial y Europa debería asumirlo y “liberarse de su adicción crónica a Estados
Unidos”. El cambio impulsado por Trump no es una mera ruptura con la política
de su predecesor, Joe Biden, sino con la línea estratégica de décadas de
administraciones demócratas y republicanas.
Determinado a romper con el orden internacional surgido en 1945,
Trump abona la ley del más fuerte y el reparto del mundo en zonas de
influencia, entre las que Europa no parece su prioridad. El primer
encuentro entre las delegaciones norteamericana y rusa esta semana en Riad
(Arabia Saudí) –sin presencia de ucranianos ni europeos- para abordar una
negociación de paz y una normalización
de las relaciones entre ambas potencias ha mostrado la violencia del
procedimiento. En aras de su nueva concepción del mundo y sus nuevos intereses, que
pasan también por un prometedor restablecimiento de las relaciones
comerciales con Moscú, Washington se dispone a vender a Ucrania. A la que
Trump, reescribiendo la
Historia y prostituyendo la verdad, culpa
ahora de la guerra, llamando “dictador” al desconcertado Zelenski. Nada
bueno puede salir para Kyiv de unas negociaciones en las que, antes mismo de
sentarse a la mesa, Washington ha entregado ya gratis la cesión de territorio
ucraniano y su no incorporación a la
OTAN.
Las conversaciones entre rusos y norteamericanos evocan
momentos históricos nefastos en la historia de Europa, desde los Acuerdos de
Munich de 1938 –en los que las potencias europeas vendieron a Checoslovaquia en
un intento, a la postre infructuoso, de aplacar a Hitler y evitar la guerra-
hasta la Conferencia
de Yalta de 1945, en la que EE.UU. y el Reino Unido pactaron con la entonces
Unión Soviética la división de Europa. La situación actual no es igual que la
de hace 80 años, pero el mero hecho de poder hacer paralelismos ya es
inquietante.
En los últimos diez días, Europa ha recibido un duro baño de
realidad. Su antiguo aliado, su protector, la trata ahora como un adversario y
amenaza con dejarla totalmente abandonada a su suerte. La aprobación de
aranceles suplementarios sobre los productos europeos –de entrada, el aluminio
y el acero, a los que seguirán otros-; los furibundos ataques del
vicepresidente J.C. Vance contra la Unión Europea en París y en Munich, y la decisión
unilateral de Donald Trump de reanudar incondicionalmente el diálogo con el
presidente ruso, Vladímir Putin, sin contar con la UE representan un giro
copernicano. Europa
se ha quedado sola.
Conscientes de lo delicado de la situación, que compromete gravemente
la seguridad de la UE,
un grupo de líderes europeos, convocados
de urgencia por el presidente francés, Emmanuel Macron, se reunieron el
lunes en el palacio del Elíseo para reafirmar su apoyo a Ucrania y tratar de
presentar una posición común que no les deje fuera de las negociaciones con
Rusia. Allí estaban, junto a Macron, el alemán Olaf Scholz, la italiana Giorgia
Meloni, el español Pedro Sánchez y el polaco Donald Tusk –los cinco grandes-,
además del británico Keir Starmer. Completaban la reunión los primeros
ministros de Dinamarca y Países Bajos, Mette Frederiksen y Dick Schoof
respectivamente, así como la cúpula de la
UE –António Costa y Ursula von der Leyen- y el secretario
general de la OTAN,
Mark Ruthe. Para Europa, un acuerdo con Rusia no puede limitarse a un alto el
fuego, sino que debe garantizar una paz duradera que evite próximas agresiones
rusas. Y para ello, razonan, Rusia no puede salir victoriosa.
La particularidad del formato, una cumbre informal con
participación de solo un puñado de dirigentes europeos y la presencia del
premier británico, pretendía darle una mayor operatividad, aún a costa de
generar descontento
entre los excluidos (uno de los más críticos fue el húngaro Viktor Orbán,
descaradamente alineado con Moscú), pero tampoco alumbró grandes acuerdos. Los
europeos a duras penas lograron transmitir una imagen de unidad y mostraron sus
divisiones respecto a la oportunidad de enviar tropas europeas en una eventual
misión de paz. Una segunda cumbre más amplia, telemática esta vez, reunió el
miércoles a 19 jefes de Estado o de gobierno, la mayor parte de la UE, a quienes se añadió Noruega
e Islandia, e incluso Canadá, con Justin Trudeau, otro gran damnificado del
giro político en Washington. Solo Austria –aún sin gobierno- y los prorrusos
Eslovaquia y Hungría, además de Malta, quedaron nuevamente fuera de la agenda
del Elíseo.
Políticamente en horas bajas a nivel interno, Emmanuel
Macron se ha erigido en estos momentos de crisis, sin embargo, en el principal
referente de la UE,
así como en el interlocutor –mal que le pese a Giorgia Meloni- de Donald Trump,
con quien conversó dos veces telefónicamente el pasado lunes (antes y después
de la cumbre europea) y se verá personalmente dentro de pocos días. La semana
próxima está previsto que el líder francés y el primer ministro británico, Keir
Starmer, viajen juntos a Washington para reunirse con el presidente de EE.UU. en
la Casa Blanca.
Francia y el Reino Unido, ambos con una fuerza nuclear de disuasión y un
asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, son los dos únicos países
europeos capaces –por potencia diplomática y militar- de llevar la batuta en
este momento. Y los dos únicos que están dispuestos a movilizar sus ejércitos
para aportar el grueso de una misión militar que, según su propuesta,
movilizaría a 30.000
militares europeos en Ucrania para apoyar un eventual acuerdo de paz.
La semana que viene Macron y Starmer tratarán de convencer a
Trump de que una solución para Ucrania y para Europa, un acuerdo sólido para
una paz verdaderamente duradera en el continente, pasa por incorporar a los
europeos –además de, obviamente, a los ucranianos- a las negociaciones y por que
Estados Unidos se erija en garante de lo acordado y no se desentienda de la
seguridad europea. Europa está dispuesta a asumir sus responsabilidades, pero
no en solitario. No todavía. La UE ha visto ya las orejas al lobo y, mal que
bien, empieza a prepararse para aumentar su gasto en defensa con el fin de
poder valerse algún día por sí sola. Pero ese día todavía no ha llegado.
‘Grosse koalition’.
Las elecciones del próximo domingo en Alemania no deberían proporcionar grandes
sorpresas. Los sondeos de intención de voto llevan semanas con el mismo
vaticinio: un triunfo claro del candidato democristiano Friedrich Merz
(CDU-CSU), con un notable ascenso de la ultraderechista Alice Weidel (AfD), que
llegaría en segundo lugar, y un considerable batacazo del socialdemócrata Olaf
Scholz (SPD) y, muy cerca, el ecologista Robert Habeck (Los Verdes), mientras
que todos los demás –liberales incluidos- se arriesgan a quedarse fuera del
Bundestag. Dado que Merz, pese a sus ambiguos coqueteos, ha descartado pactar
con la extrema derecha, es muy posible que los alemanes acaben de nuevo con un gobierno
de gran coalición entre la CD/CSU y el SPD.
Atentados
terroristas. Los islamistas votan extrema derecha. O, al menos, hacen todo
por engordarla políticamente en su afán por alimentar un enfrentamiento civil
en Europa. A poco más de una semana de las elecciones en Alemania, un joven
afgano de 24 años lanzó su coche contra una multitud en Munich causando
inicialmente 39 heridos, aunque posteriormente
morirían dos de ellos: una mujer de 37 años y su hija de dos. El domingo
pasado, un sirio de 23 años se lanzó a apuñalar
indiscriminadamente a la gente que pasaba por la calle en el centro de
Villach, una ciudad de Austria, matando a un adolescente de 14 años e hiriendo
a otras cinco personas. En ambos atentados, las autoridades constataron el
móvil islamista.
La voracidad de la
IA. El debate la Inteligencia Artificial
(IA) acostumbra a oscilar entre la competencia mundial por estar a la
vanguardia del desarrollo de esta nueva tecnología –con las inversiones multimillonarias
que exige- y la necesidad, o no, de someterla a una estricta regulación
pública. Menos atentación se presta al enorme consumo energético que requerirá.
Un reciente
informe de la organización Beyond Fossils Fuels ha calculado que la demanda
eléctrica se disparará en Europa un 160% a lo largo de esta década para alimentar
los centros de datos. Para el 2030, serán necesario añadir a la red unos 287Twh
al año, el equivalente al consumo eléctrico de España en 2022. Es como si un
nuevo país miembro se sumara a la red europea.