domingo, 30 de junio de 2024

Suicidios (políticos) en cadena


@Lluis_Uria

El discutido líder de la derecha francesa, Éric Ciotti, tiene orígenes italianos. Al igual que, curiosa coincidencia, la estrella ascendente de la extrema derecha, Jordan Bardella, con quien ha pactado concurrir en coalición a las elecciones legislativas del 30 de junio y 7 de julio. La familia paterna de Ciotti era originaria de Treviso, en el Véneto, desde donde emigró a Niza antes de que Francia se la anexionara en 1860. Sus raíces quedan, pues, muy lejos. Quizá eso explique la poca atención que el inestable presidente de Los Republicanos (LR) –destituido por el buró político de su partido y repuesto en su cargo por los tribunales– parece haber prestado a la política italiana.

Si lo hubiera hecho, probablemente hubiera advertido que la alianza electoral suscrita en 1994 por el líder de Forza Italia, el desaparecido Silvio Berlusconi, con la extrema derecha llevaba la simiente de su perdición. La unión de las derechas aupó al líder populista italiano a la presidencia del Gobierno y convirtió a su partido en la fuerza hegemónica. Pero, poco a poco, sus aliados le fueron comiendo el terreno. Y hoy, treinta años después, Forza Italia –ya sin su fundador– ha quedado reducida a un papel secundario mientras la líder del posfascista Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, es primera ministra.

La maniobra de Éric Ciotti no surge de la nada. Es el resultado de la progresiva aproximación de la derecha francesa a las tesis de la ultraderecha en cuestiones como la nación, la identidad, la inmigración o la seguridad. El expresidente Nicolas Sarkozy, que hoy critica el pacto de su partido con el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen y Jordan Bardella, fue el gran impulsor de este giro ideológico. Hasta entonces, Jacques Chirac, líder  histórico del partido gaullista, había marcado una frontera férrea, ideológica y política, con la extrema derecha. Sarkozy la rompió y fue el primero en avalar el fin del llamado frente republicano, por el cual la derecha y la izquierda se votaban mutuamente en la segunda vuelta de las elecciones para cerrar el paso a la ultraderecha.

El partido de referencia de la derecha francesa, que con Sarkozy aspiraba a aglutinar a todo el espectro conservador, empezó su declive justamente a causa de esta deriva derechista. En las elecciones presidenciales del 2017, la aparición inopinada de un candidato liberal de centro, Emmanuel Macron, propició la deserción de algunos de los dirigentes más moderados de Los Republicanos, que se pasaron a las filas macronistas. Como resultado, el candidato de la derecha al Elíseo ese año –el ex primer ministro François Fillon–, quedó en tercer lugar, sobrepasado por Marine Le Pen. Y en las siguientes elecciones, las del 2022, con Valérie Pécresse, cayó en barrena  hasta el quinto lugar (4,8%)

Tan vertiginoso desplome no se explica sin la aparición en escena de Macron, que ocupó el espacio central. Quien fuera ministro de Economía en el Gobierno del socialista François Hollande, necesitado de un partido que sustentara sus ambiciones presidenciales, tuvo la habilidad –y la inmensa fortuna– de crear un artefacto político no identificado, de ideología y fronteras difusas, que supo atraerse tanto a políticos del centroderecha como a un nutrido grupo de socialdemócratas que huyeron despavoridos del Partido Socialista después de que en las elecciones primarias saliera como candidato al Elíseo un izquierdista radical (el batacazo, previsible, fue enorme: sacó el 6,4%)

La victoria de Macron, con un sistema  electoral (mayoritario a dos vueltas) concebido para primar a los grandes y asegurar mayorías estables, fue más que una rareza, una hazaña. Pero solo se explica, en el fondo, por  la suicida radicalización de los dos grandes partidos franceses, Los Republicanos y el PS.

No escarmentada, la derecha ha decidido ahora remachar el clavo de su propio ataúd. A finales del 2022, cuando concurría como candidato a la presidencia de su partido, Éric Ciotti descartaba de plano una alianza con Le Pen. “Esa unión conduciría a nuestra desaparición”, argumentaba con lucidez. Un año y medio después, sin embargo, es lo que ha hecho. Su pacto con la extrema derecha ha abierto un grave cisma en LR, que puede acabar desintegrándose. Ciotti y sus fieles, persuadidos de que su única salvación es montarse a la grupa del caballo ganador, han presentado candidaturas propias –con apoyo del RN– en 62 de las 577 circunscripciones. La fracción contraria, que controla de hecho el partido, dice haber presentado 400... Rota y enfrentada, la derecha se ha condenada de antemano.

Esta vez, sin embargo, la descomposición de los restos del gaullismo no beneficiará a Macron. Desgastado políticamente, sin mayoría en el Parlamento desde el 2022, gravemente tocado por la derrota de su partido frente a los de Le Pen en las europeas del 9-J, el presidente francés solo vio –o creyó ver– una salida: jugárselo todo a la carta de las urnas, presentándose como el único baluarte contra la extrema derecha. Error de cálculo. Este papel se lo ha arrebatado la coalición de izquierdas Nuevo Frente Popular. A la vista de este panorama, el adelanto electoral ha sido como dispararse un tiro. En la sien.

 

viernes, 28 de junio de 2024

Quién corta el bacalao


Newsletter 'Europa'

@Lluis_Uria

El avance de la extrema derecha en toda Europa, constatado en las elecciones europeas del 9-J, puede tener a medio y largo plazo importantes consecuencias políticas. Un análisis territorializado del voto ultra en la UE muestra la existencia de dos líneas de fractura. Una, continental: el apoyo a la ultraderecha es proporcionalmente más importante en los antiguos países comunistas de la Europa del Este, incluida aquí la ex RDA, cuya frontera vuelve a aparecer nítida en el mapa. Otra, territorial: la distancia política entre las grandes ciudades y el mundo rural y periurbano tiende a agrandarse. La detallada cartografía de la extrema derecha elaborada por el equipo de A Fondo ofrece una esclarecedora visión de esta corriente.

A corto plazo, el principal efecto del seísmo registrado el 9-J ha sido la desestabilización política de Francia. No ya por la victoria en sí del Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen en los comicios europeos, sino por la decisión del presidente francés, Emmanuel Macron, de disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas -¡para las que faltaban todavía tres años!- en una apuesta que todo el mundo ve suicida. La jugada provocará previsiblemente el hundimiento del partido macronista en las elecciones del 30 de junio y 7 de julio, y consolidará la hegemonía de la extrema derecha. Los sondeos, en efecto, vaticinan la victoria del RN, aunque lejos de la mayoría absoluta que le permitiría gobernar. Sea cual sea el desenlace, el presidente francés saldrá gravemente debilitado.

A pesar de todos estos terremotos, la correlación de fuerzas en Europa no ha variado sustancialmente. Sí, la ultraderecha ha ganado peso en el Parlamento Europeo. Y sí, el bloque de los partidos europeístas ha retrocedido en la misma proporción. Pero la coalición histórica integrada por populares, socialdemócratas y liberales mantiene la mayoría absoluta en Estrasburgo. Y sigue cortando el bacalao.

La imagen que encabeza este boletín lo dice todo. Se trata de una reunión informal entre los negociadores de los tres grandes grupos políticos europeos para abordar la designación de los altos cargos de la Unión Europea en esta nueva legislatura. Ahí están el primer ministro polaco, Donald Tusk, y su homólogo griego, Kiriakos Mitsotakis, por parte de los populares; el canciller de Alemania, Olaf Scholz, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, por los socialistas, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y el primer ministro en funciones de los Países Bajos, Mark Rutte, por parte de los liberales. Primera constatación: los reunidos son jefes de Estado y de gobierno, y son ellos quienes tendrán la última palabra, por encima de lo que vote el Parlamento Europeo. Parece obvio, pero no está de más recordarlo. Segunda constatación: no está la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, la presunta estrella emergente de la nueva galaxia europea.

Los contactos informales entre los tres grupos que forman el mainstream de la política europea han servido para avanzar en un compromiso sobre el reparto de los principales cargos comunitarios. En principio, quienes parten con ventaja son la democristiana alemana Ursula von der Leyen, candidata a repetir como presidenta de la Comisión Europea y el ex primer ministro portugués socialista António Costa, que sustituiría al belga Charles Michel como presidente del Consejo Europeo. De ser así, significaría una suerte de restitución moral para el ex mandatario luso, que en 2023 dimitió de su cargo tras ser investigado por la fiscalía por presunta corrupción en un caso que no ha derivado, hasta el momento, en ninguna imputación.

A Giorgia Meloni, su marginación de las negociaciones no le ha gustado nada. Reforzada políticamente por su victoria electoral del 9-J, consolidado su liderazgo en el mosaico de la extrema derecha europea, cortejada por unos y por otros –desde el popular alemán Manfred Weber a la ultraderechista francesa Marine Le Pen-, robustecido su papel internacional en la reciente cumbre del G-7, la primera ministra italiana se veía ya como la nueva gran figura de la escena europea, faro y guía de la unión de todas las derechas con la que sueña. La realidad, sin embargo, es mucho más cruda.

Pero no todo han sido desengaños para la líder del posfascista Hermanos de Italia, que ha visto cómo su grupo parlamentario en Estrasburgo, el de los Conservadores y Reformistas Europeos (CRE) –donde está, entre otros, el español Vox-  arrebataba el tercer lugar en la cámara al disminuido grupo liberal (a causa sobre todo del descalabro de los macronistas en Francia). El sorpasso ha sido posible después del trasvase, de un grupo al otro, del partido checo ANO (Alianza de Ciudadanos Descontentos), del populista euroescéptico Andrej Babis. Lo cual no deja de ser una oportuna clarificación. También se ha unido al CRE la ultraderechista Alianza por la Unidad de los Rumanos (AUR), cuyo antagonismo con el húngaro Fidesz hará que finalmente las huestes del primer ministro Viktor Orbán se queden fuera del grupo.

 

Descontento también por haber sido dejado de lado en las negociaciones, el premier húngaro asumirá el 1 de julio un puesto clave, al pasar a ostentar la presidencia semestral de la UE. Nadie espera que Budapest vaya a impulsar durante este tiempo grandes iniciativas europeas, sino más bien a frenarlas. El lema de su presidencia, Make Europe Great Again (Hacer que Europa vuelva a ser grande) es una traslación descarada del eslogan de Donald Trump en Estados Unidos. Tomado literalmente y en boca de cualquier otro líder europeo tendría un diáfano significado europeísta. En boca de Viktor Orbán solo puede ser considerado, en cambio, como una provocación.


Reducción del déficit. La Comisión Europea anunció el miércoles la apertura de expedientes por déficit público excesivo a siete países de la UE por sobrepasar el listón del 3% establecido en las reglas fiscales. Entre los apercibidos están Francia e Italia, que cerraron el ejercicio del 2023 con un 5,5% y un 7,4% respectivamente y sus previsiones para este año y el que viene quedan lejos del objetivo. España, con un déficit del 3,6% en 2023, se libró de la reprimenda de Bruselas porque su objetivo de cerrar este año con el 3% fue considerado creíble. Las nuevas reglas fiscales de la Unión Europea, que entraron en vigor el 29 de abril, permiten a la Comisión tener en cuenta más variables y atenuantes a la hora de valorar posibles desviaciones fiscales.

¿Guerra de aranceles? La amenaza de represalias tenía que llegar. Una semana después de que la Comisión Europea propusiera la imposición de nuevos aranceles sobre las importaciones de coches eléctricos procedentes de China –de hasta el 38% según los casos- por competencia desleal, al considerar que los fabricantes chinos se benefician de subvenciones estatales, Pekín decidió contraatacar. Las autoridades chinas anunciaron la apertura de una investigación –asimismo por supuesta competencia desleal- sobre las exportaciones europeas de carne de cerdo y derivados, algo que afectaría en caso de retorsión particularmente a España. La madrugada del domingo, ambas partes acordaron negociar una solución antes de que las nuevas tasas entren en vigor.

Restauración de la Naturaleza. Bloqueada en marzo por la oposición de un grupo de ocho países –a los que se sumó decisivamente Hungría-, la discutida Ley de Restauración de la Naturaleza recibió esta semana pasada sorpresivamente la luz verde de los Estados de la UE gracias al inesperado cambio de voto de Austria. Inesperado y controvertido. La ministra austriaca de Medio Ambiente, la ecologista Leonore Gewessler, decidió votar a favor porque quería –dijo- “hacer lo correcto”. El problema es que el canciller de Austria,  Karl Nehamme, del PPE, lo consideró una deslealtad y anunció su decisión de denunciar a su ministra por abuso de poder e impugnar la ley.


jueves, 20 de junio de 2024

Nerón en París


Newsletter ‘Europa’

@Lluis_Uria

En 1997, el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, tomó la arriesgada decisión de disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas. No tenía ninguna necesidad, pero quería dar un nuevo impulso a su gobierno y, sobre todo, limpiar de disidentes el grupo parlamentario de su propio partido (las guerras fratricidas de la derecha francesa son una vieja tradición) La maniobra fue un auténtico fiasco: las elecciones las ganó el Partido Socialista y Chirac tuvo que nombrar primer ministro a Lionel Jospin, dando lugar a la tercera cohabitación. El inspirador de aquella fracasada operación limpieza fue el entonces secretario general del Elíseo -y futuro primer ministro- Dominique de Villepin, a quien la sutil y mordaz esposa del presidente, Bernadette Chirac, bautizó a raíz de este gran patinazo con el apodo de ‘Nerón’.

¿Es Emmanuel Macron el nuevo ‘Nerón’ de Francia? El presidente francés, políticamente muy tocado por la derrota de su partido y el ascenso fulgurante de la extrema derecha en las elecciones europeas del 9-J, tomó la noche electoral la misma decisión que Chirac: disolver la Asamblea Nacional y llamar a las urnas (los días 30 de junio y 7 de julio). Una apuesta radical, a todo o nada, que podría resultar suicida. Lo justificó en nombre de la lógica democrática –hay muchos que no le quitarán la razón-, pero de nuevo hay ahí también una buena dosis de cálculo político. Y, como en 1997, puede ser totalmente erróneo. Macron probablemente subestima –ignorarlo es difícil- hasta qué punto su figura genera anticuerpos en la sociedad francesa. Y apelando a la idea del “O yo, o el caos”, como hizo el jueves llamando a reagrupar todo el voto moderado en torno a su partido, puede abonar el caos.

La vertiginosa convocatoria de elecciones ha provocado un incendio que, dentro de dos semanas, podría revelarse políticamente tan devastador como el de Roma en el año 64 DC. Las llamas han empezado a devorar ya, aún antes de abrirse las urnas, el tablero político y sus efectos pueden dejar el mapa de partidos francés totalmente irreconocible. Las proyecciones electorales ofrecen un sombrío panorama para la coalición de Macron, que –emparedada entre la ultraderecha y la izquierda- podría quedar totalmente laminada. El argumento del miedo no es seguro que funcione.

El Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen del 2024 no es el viejo Frente Nacional de su padre, Jean-Marie Le Pen, cuando dio la campanada pasando a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 2002. La principal fuerza de la extrema derecha en Francia es hoy un partido con un fuerte y bastante uniforme arraigo territorial, sus ideas están plenamente instaladas en el debate político y tiene un apoyo creciente en la sociedad francesa. Su resultado el 9-J, cuando acabó en primer lugar con el 31,4% de los sufragios, pudo haber sido engordado por un cierto voto de protesta, que se expresa más fácilmente en las europeas. Pero su base parece sólida. Los lepenistas se van a enfrentar, con todo, a una gran movilización social en su contra, como demostraron las manifestaciones del sábado en las principales ciudades francesas, con decenas de miles de personas.

La izquierda, en pleno proceso de recomposición -con un Partido Socialista al alza, camino de recuperar la hegemonía-, ha corrido a formalizar una gran coalición unitaria y pactar un programa común con el objetivo de frenar a la ultraderecha. Retomando los símbolos de los años treinta, el PS y sus aliados de Plaza Pública –con Raphaël Glucksman, la otra gran revelación de estas europeas-, los ecologistas, la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon y el Partido Comunista (PCF), así como otros grupos menores, han constituido el Nuevo Frente Popular, con vocación de atraerse a todo el voto progresista. Entre sus candidatos estará el expresidente François Hollande, un fuerte símbolo. Las diferencias políticas, ideológicas y de liderazgo entre todas estas fuerzas son grandes y, sin duda, explotarán tarde o temprano. Pero, hoy por hoy, presentan un frente unido.

Todo lo contrario que la derecha. El partido conservador, Los Republicanos –nombre adoptado tras su enésima refundación, en 2015-, está al borde de la implosión. La decisión personal de su presidente, Éric Ciotti –perteneciente a su ala más dura-, de concurrir a las elecciones en coalición con la extrema derecha ha abierto un grave cisma entre los herederos del gaullismo. La crisis ha ofrecido esta semana imágenes grotescas, como la de Ciotti encerrándose con llave en la sede del partido mientras el buró político, reunido en un hotel, votaba su destitución. El pulso se dirime en los tribunales, pero acabe como acabe el mal ya está hecho. El movimiento político que condujo al Elíseo a Georges Pompidou, Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy, hoy reducido a la condición de quinta fuerza, se enfrenta al riesgo de muerte clínica.

El psicodrama francés ha colocado el futuro inmediato de Europa en el alero. La impetuosa -¿o maquiavélica?- apuesta de Macron ha abierto una puerta que podría poner en peligro el proceso de construcción europea, como sería el caso si la extrema derecha antieuropeísta –como ya sucede en otros dos países fundadores, Italia y los Países Bajos- llegara a gobernar en Francia. En Alemania, el otro pilar de la UE, el canciller Olaf Scholz se enfrenta a una situación de debilidad parecida a la de Macron, mientras la oposición le presiona para que siga el ejemplo del francés y avance un año las elecciones. Aquí, pese al ascenso de los extremistas de Alternativa para Alemania (AfD), lo único que está en juego es la continuidad del gobierno de coalición de socialistas, ecologistas y liberales. Si cayera, la alternativa sería un nuevo gobierno de la democristiana CDU, de acreditado marchamo europeísta. ¿Pero qué podría hacer Berlín si París se echa al monte?


Negociaciones en Bruselas. Establecida la nueva correlación de fuerzas en el Parlamento Europeo tras las elecciones del 6-9 de junio, que confirmó la mayoría europeísta actual, los dos principales grupos –el popular y el socialista- han puesto en marcha el reloj de las negociaciones para abordar el reparto de cargos y elegir al presidente o presidenta de la Comisión Europea. Por el PPE los negociadores serán los primeros ministros de Polonia y de Grecia, Donald Tusk y Kyriákos Mitsotákis, y por el PSE, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el canciller alemán, Olaf Scholz. Los populares, que ganaron las elecciones, proponen que la jefa del ejecutivo comunitario, Ursula von der Leyen, repita en el cargo. Los socialistas aceptan este principio –y proponen como presidente del Consejo Europeo al portugués António Costa-, pero con la condición de excluir a la ultraderecha.

Choque Meloni-Macron. La cumbre del G-7 celebrada en Apulia (Italia) fue el escenario de una batalla frontal –y muy poco disimulada- entre la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y el presidente francés, Emmanuel Macron. El objeto de la disputa fue la inclusión en la declaración final de la cumbre de una alusión explícita al derecho de las mujeres a acceder al aborto, algo que ya apareció en la declaración de la cumbre precedente de Hiroshima en mayo del 2023. El presidente francés, en plena campaña electoral, embarcado en una guerra ideológica y cultural contra la extrema derecha, defendía –con el apoyo discreto del presidente de EE.UU., Joe Biden- la inclusión del aborto. Meloni, líder del posfascista Hermanos de Italia, con una agenda ultraconservadora en esta materia, lo vetó. Y se llevó el gato al agua.

Multa a Hungría. El díscolo primer ministro húngaro, Viktor Orbán, no para de recibir sanciones por su resistencia a cumplir la legislación comunitaria. El Tribunal de la Unión Europea condenó el jueves a su gobierno a pagar una multa de 200 millones de euros por negarse a aplicar una sentencia anterior del 2020 que le obligaba a garantizar la permanencia en territorio húngaro de los solicitantes de asilo mientras se tramita su solicitud. El tribunal, para el que la resistencia de Budapest constituye una “violación inédita y excepcionalmente grave del Derecho de la Unión”, le impone asimismo una multa adicional de un millón diario por cada día que tarde en aplicar el fallo. Pronto, sin embargo, el envío de los demandantes de asilo a terceros países será de lo más normal.


domingo, 16 de junio de 2024

La Europa de la boina


@Lluis_Uria

La Europa de la boina puede dar hoy la campanada. La boina entendida no como   símbolo de la Europa rural, campesina, sino –tal cual la luce el simpatizante lepenista que ilustra este artículo– como un signo patriotero y chovinista. La Europa más nacionalista y antieuropea, esa que señala a Bruselas y la inmigración extranjera como el origen de todos los males, amenaza con sacudir el tablero político.  

Los grupos políticos que enarbolan hoy la bandera de la prioridad nacional en el continente, la mayoría de extrema derecha –aunque también hay de la izquierda radical–, experimentarán previsiblemente un fuerte ascenso en las elecciones europeas que arrancaron el día 6 y culminan hoy. ¿Hasta el punto de alterar la mayoría existente en el Parlamento Europeo? ¿De romper el bloque europeísta integrado por populares, socialdemócratas y liberales, con el apoyo externo de los verdes? Eso parece bastante más difícil.

Lo que está claro, en cualquier caso, es la decidida voluntad de estos grupos –más allá de las diferencias ideológicas que les separan– de tratar de desmontar el proyecto europeo, pieza a pieza, desde dentro de las propias instituciones de la Unión Europea. Ya no hace falta abandonar el euro o dejar el club comunitario siguiendo la estela del Reino Unido –reivindicaciones que la mayoría ha guardado en un cajón–. Basta con desnaturalizar la UE y dejarla en el esqueleto, devolviendo todo el poder a los Estados-nación. Frente al objetivo de una Europa federal, defienden un tenue vínculo confederal.

Las elecciones europeas tienen una particularidad que las hace diferentes a todas las demás: son percibidas por muchos ciudadanos como unos comicios secundarios, de escasa repercusión política, casi superfluos, lo que ha favorecido tradicionalmente una elevada abstención (en el 2019 la participación superó solo por unas décimas el 50%) y la expresión de votos de castigo y de protesta en clave de política interna.

Hay, con todo, una fuerte corriente de fondo en toda Europa en favor de las posiciones radicales de la extrema derecha antieuropeísta, xenófoba y autoritaria –ahora llamada “iliberal”–, algunas de cuyas ideas ha contribuido a normalizar la derecha tradicional en un intento suicida por cortar la fuga de votos por su flanco derecho (una deriva que ha llevado prácticamente a la desaparición de los partidos conservadores de siempre en países como Francia o Italia)

Los resultados de estas elecciones confirmarán hoy –si  las encuestas no yerran– un neto aumento del apoyo a la extrema derecha. Aunque quizá menor que el esperado por algunos. La votación en los Países Bajos, que abrió la serie el jueves, podría tomarse en este sentido como un anticipo: el Partido de la Libertad (PVV) del ultra Geert Wilders –ganador de las elecciones legislativas de noviembre pasado y principal fuerza del nuevo gobierno neerlandés– quedaría esta vez, según los sondeos a pie de urna, en segundo lugar, por detrás de la coalición de socialdemócratas y verdes. Un cierto fracaso, si se toman además como referencia las expectativas que había de una abultada victoria. Pero es un avance significativo respecto a los comicios europeos del 2019 y un resultado que consolida su fuerza en el fragmentado escenario político de los Países Bajos.

Las fuerzas de extrema derecha pueden vencer hoy –en algunos casos ampliamente– según los sondeos, en dos de los más importantes países de la UE: en Francia, donde el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen tiene una intención de voto del 33% –al que se podría sumar el 6% del radical Reconquista, de su sobrina Marion Maréchal-Le Pen–, y en Italia, donde los fratelli de la primera ministra Giorgia Meloni podrían ganar con el 27% –un porcentaje al que cabría añadir también el 9% de la euroescéptica y xenófoba Liga de Matteo Salvini–.

Los ultras y populistas también pueden alzarse con la victoria en Austria, Bélgica –dada su fuerza en Flandes–, la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia –donde están codo con codo con los liberales de Donad Tusk–, y quedar en segundo lugar en Alemania o Suecia. Hay aún otro puñado de países, entre ellos España, donde estos partidos constituyen la tercera fuerza.

 Este ascenso generalizado de la extrema derecha puede cambiar la dinámica política en el nuevo Parlamento Europeo, y todavía más si estos partidos –divididos hoy en dos grupos: Conservadores y Reformistas Europeos (CRE) e Identidad y Democracia (ID)– se reagrupan y actúan de forma coordinada. Es muy difícil que consigan romper la actual mayoría, que –según los sondeos– populares, socialistas y liberales pueden mantener sin demasiados problemas. La gran novedad –y el gran riesgo para el proyecto europeo– es que tengan suficiente fuerza como para formar una mayoría alternativa con el derechizado Partido Popular Europeo (PPE), desde donde Ursula von der Leyen y Manfred Weber les dirigen insistentes cantos de sirena.


jueves, 13 de junio de 2024

¡Hagan juego!


Newsletter 'Europa'

@Lluis_Uria

El alemán Manfred Weber (Niederhatzkofen, 1972), líder del Partido Popular Europeo (PPE), lo había apostado todo al negro en estas elecciones europeas. Pero la bola no ha acabado de caer. Impulsor de un marcado giro a la derecha en el PPE, el dirigente de la Unión Social Cristiana bávara (CSU) –socio menor de la poderosa Unión Cristiana Demócrata (CDU) de Angela Merkel-, el más español de los políticos germanos, acariciaba la idea de que un fuerte ascenso de la extrema derecha abriera a los populares la posibilidad de una política de geometría variable en materia de alianzas en el Parlamento Europeo. El resultado de las urnas ha puesto límites a esta ensoñación.

La ola ultraderechista, vaticinada por los sondeos en toda Europa, ha sido importante y abre numerosos interrogantes de cara al futuro. La Europa de la boina, la Europa nacionalista, antieuropeísta y xenófoba, tiene hoy más peso. El nuevo Parlamento Europeo surgido de las elecciones de ayer, ganadas con claridad por el PPE –que ha aumentado su representación hasta los 184 diputados-, está más escorado hacia la derecha. Pero no ha habido tampoco el gran tsunami que algunos esperaban. El temporal ha causado daños, pero no ha logrado romper el dique europeísta histórico: populares, socialistas y liberales mantienen la mayoría absoluta en la cámara de Estrasburgo (403 de 720 diputados, a falta de los datos de Irlanda). Y la posibilidad de mayorías alternativas entre el PPE y la compleja galaxia de partidos de extrema derecha –con ideas e intereses muchas veces encontrados- es incierta. Los mayores destrozos del seísmo han sido locales, con Francia y Alemania como principales damnificados.

Tal como habían vaticinado los sondeos, la extrema derecha ganó de largo en Francia, donde el Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen arrasó y dobló en votos al partido del presidente Emmanuel Macron, que anoche mismo anunció la convocatoria de elecciones anticipadas; en Italia, donde la primera ministra, Giorgia Meloni, consiguió el plebiscito que buscaba; en Austria (FPÖ) y en Hungría (Fidesz). Mientras, en Alemania, donde venció con claridad la CDU, la disputa por el segundo puesto entre el partido socialdemócrata del canciller Olaf Scholz y Alternativa para Alemania (AfD) se decantó en favor de los ultras. La extrema derecha quedó también en segundo lugar en Bélgica (Vlaams Belang), Eslovaquia (el SMER de Robert Fico, víctima de un reciente atentado), Países Bajos (PVV) y Polonia, donde el duelo con el PiS se lo llevó el centroderecha de Donald Tusk. En estos últimos países los resultados de la ultraderecha han quedado por debajo de las expectativas. En España, donde la campaña se polarizó ferozmente entre el PP y el PSOE –con victoria para el primero-, Vox confirmó su tercer puesto y al alza, pero lejos de los dos grandes.

El impacto más fuerte de estas elecciones se ha dado en Francia y Alemania, dos países puntales de la Unión Europea cuyos gobiernos quedan gravemente tocados. En Francia, el golpe ha sido tan contundente que ha llevado a Macron a disolver el Parlamento y convocar elecciones legislativas anticipadas entre el 30 de junio (primera vuelta) y 7 de julio (segunda vuelta), en un intento de movilizar a la ciudadanía, cortar la dinámica ascendente de la extrema derecha y aprovechar que el Partido Socialista está recuperando la hegemonía perdida en su campo en detrimento de la izquierda radical. Hay un riesgo elevado, sin embargo, de que la jugada le salga mal y pierda el gobierno, condenando al país a una difícil cohabitación hasta las elecciones presidenciales del 2027. La situación de Olaf Scholz en Alemania no es mucho más halagüeña. Ni para el canciller, cuyo partido ha quedado en tercer lugar (a sus socios de coalición no les ha ido mejor) y encara las elecciones legislativas de otoño del 2025 en muy mala postura, ni para el país, que ve ascender a segunda fuerza a una Afd radicalizada que coquetea con las propuestas de los neonazis.

El nuevo Parlamento Europeo, que se constituirá el 16 de julio, es el que deberá votar en primera instancia al futuro presidente o presidenta de la Comisión Europea, aunque antes de eso, a mediados de junio, los jefes de Estado y de gobierno de los 27 ya habrán empezado a abordar el asunto. La actual jefa del ejecutivo comunitario y candidata del PPE a la reelección, Ursula von der Leyen, es la mejor situada y sobre la mesa no hay por ahora ningún otro candidato que le haga sombra. Pero nada está definitivamente escrito. Como demostró su primera elección al frente de la CE en 2019 –en detrimento justamente de Manfred Weber-, los líderes europeos tienen siempre la última palabra.

Von der Leyen nunca perteneció a la línea más derechista de los conservadores alemanes. Pragmática, durante su trayectoria en Bruselas ha mostrado más bien la inclinación contraria. Sus relaciones con el francés Emmanuel Macron y el español Pedro Sánchez son excelentes y en ocasiones ha llegado a acuerdos con socialistas y ecologistas en contra del parecer de su propio grupo. Pero durante la campaña asumió la línea oficial marcada por Manfred Weber y los suyos, defendiendo la posibilidad de llegar a acuerdos con algunas fuerzas de la extrema derecha, con la condición de que no cuestionen el proyecto de la Unión Europea, la ayuda a Ucrania ni el Estado de derecho. Especialmente intensa ha sido la operación seducción lanzada hacia la italiana Giorgia Meloni, que en Bruselas ha ofrecido su rostro más pragmático mientras dejaba su agenda ultraconservadora para la política interna. Los votos de Hermanos de Italia pueden ser relevantes en Estrasburgo, pero aún más el de la propia primer ministra.

No está claro que el PPE pueda acercarse a muchos más grupos de la extrema derecha, algunos de cuyos dirigentes –de Le Pen a Abascal- son hostiles a Von der Leyen. Según qué maniobras podrían poner en peligro además su cohesión interna. La apertura a los ultras ha sido contestada ya por algunos conservadores europeos, entre ellos el luxemburgués Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea entre 2014 y 2019. Y solo con los fratelli de Meloni no se va muy lejos. Anoche, despojándose de la pátina ultramontana de los últimos meses, Weber llamó a sus socios del bloque europeísta a votar por Von der Leyen y a trabajar para constituir “mayorías razonables” por el futuro de Europa. “Invito a socialdemócratas y liberales a que se unan a nuestra alianza prodemocrática y proeuropea”, declaró. Von der Leyen, por su parte, remachó el clavo: “A partir de mañana empezaré a construir una amplia coalición por una Europa fuerte. Y junto con otros construiremos el bastión contra los extremos de la derecha y de la izquierda”. Algunas fichas fueron apostadas anoche al rojo.

Hoy, como hace 80 años. La conmemoración del octogésimo aniversario del Desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, que dio un vuelco al curso de la Segunda Guerra Mundial, sirvió para que los aliados occidentales de entonces –y la vencida Alemania, reincorporada tras su desnazificación- reafirmaran su compromiso con la ayuda a Ucrania frente a la agresión de Rusia. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, hizo un paralelismo con ochenta años atrás y remarcó la importancia para su país de mantener sólidas alianzas. El presidente ruso, Vladímir Putin, invitado hace 10 años, fue esta vez proscrito en beneficio del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

Un cuarto de punto. Tal como se esperaba, el Banco Central Europeo (BCE) decidió el jueves pasado rebajar los tipos de interés –lo que no sucedía desde hace ocho años- en un cuarto de punto, dejando la tasa principal en el 4,25%. La decisión, que ya estaba descontada por los mercados, fue tomada a pesar de tener enfrente algunos indicadores poco prometedores, particularmente la inflación, situada en la zona euro en el 2,6% -aunque en países como España está en el 3,4%- y con tendencia a volver a subir. De modo que difícilmente cabe esperar nuevos recortes antes de septiembre. La rebaja tiene repercusiones directas sobre quienes tienen contratada una hipoteca.

Brecha atlántica. Las economías de Europa y Estados Unidos divergen. Lejos de cerrarse, la brecha que separa a la UE de EE.UU. en materia de productividad se va profundizando cada vez más. Así lo pone de manifiesto un informe de Caixabank Research, que constata cómo la distancia entre la productividad de la economía europea y la norteamericana se ha ampliado en 8,3 puntos desde el año 2000. Eso, globalmente. Pero dentro de la UE subsisten asimismo grandes diferencias, entre un norte -de Alemania a Dinamarca- que concentra el 82% de las regiones en el nivel más alto de productividad, y un sur que languidece. En España, sólo el País Vasco está a la altura.


jueves, 6 de junio de 2024

Resistir es vencer


Newsletter 'Europa'

@Lluis_Uria

Resistir es vencer. Un viejo lema. En España, ha pasado a la Historia como la consigna de Juan Negrín, presidente del Gobierno español entre 1937 y 1939, durante la guerra civil. Persuadido de que la única salvación posible de la II República era resistir a ultranza frente al empuje del ejército franquista, a la espera de que el desencadenamiento inevitable de la II Guerra Mundial forzara la intervención de las potencias democráticas europeas, no le dio tiempo a comprobar si estaba en lo cierto. Resistir es vencer, hoy, es la divisa de Ucrania. Aparcados por la fuerza de los hechos los sueños de reconquistar el este del país y la península de Crimea, ocupados por Rusia, el objetivo del Gobierno de Kyiv es hoy resistir a toda costa el avance del ejército ruso en el frente. Algo que no le está resultando nada fácil.

La esperada contraofensiva ucraniana de hace un año fracasó y, desde entonces, las fuerzas rusas no han hecho sino ganar terreno. Poco y a un coste elevadísimo en pérdidas humanas (ya llevan 50.000 soldados muertos, más de la mitad en el segundo año de guerra, según un recuento de la BBC y el grupo ruso Mediazona), pero han ganado terreno. Y siguen presionando con fuerza ahora en torno a la ciudad de Járkiv. Los ucranianos, escasos de armas y de soldados (Kyiv ha reconocido 31.000 muertos, pero seguramente serán más), tienen enormes dificultades para frenar al enemigo. A diferencia del primer año de guerra, el ejército ruso de hoy supera al ucraniano en hombres y en cantidad y calidad de armas, además de haber mejorado sus tácticas.

La única defensa posible de Ucrania pasa necesariamente por la ayuda occidental, que ha ido llegando hasta ahora con cuentagotas y además con estrictas restricciones: salvo un puñado de países, la mayoría había impuesto como condición que determinadas armas –fundamentalmente, misiles de medio alcance- no fueran utilizadas para atacar suelo ruso. De modo que, hasta ahora, las únicas incursiones ucranianas en Rusia habían sido con sus propios drones. Los aliados de Kyiv temían que una medida de este tipo pudiera desencadenar una escalada militar con Rusia, lo que el presidente ruso, Vladímir Putin, no ha dejado de blandir, amenazando con “consecuencias graves” si las armas occidentales eran utilizadas para atacar a Rusia. “Los pequeños países en particular deben reflexionar sobre a qué juegan, tienen un territorio pequeño y muy denso”, ha dicho desafiante.

Esto ha empezado a cambiar –un poco- en los últimos días. En una entrevista con La Vanguardia, publicada el jueves pasado, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, defendió que Ucrania debería tener todo el derecho a atacar objetivos militares en Rusia con las armas occidentales, sumándose así a lo planteado el martes por el presidente francés, Emmanuel Macron: “No podemos enviar armas a Ucrania y que no se defiendan”, afirmó en Berlín, donde anunció que Francia levantaba toda restricción (excluidos los objetivos civiles). Finalmente, el presidente del principal país suministrador, Estados Unidos, Joe Biden, autorizó el uso de armas norteamericanas contra territorio ruso, aunque –eso sí- limitado a la región de Járkiv, a la que los rusos bombardean desde el otro lado de la frontera. EE.UU. ha enviado en los últimos meses a Ucrania sus modernos misiles ATACMS, con un alcance de 300 kilómetros. Varios países más siguieron la estela, entre ellos Alemania. Pero no todos.

España, que ya tiene dos crisis diplomáticas abiertas con Argentina e Israel, prefiere guardar la ropa. Lo mismo que –por otras razones- hace Italia. El viernes, el ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, marcó distancias con sus aliados y señaló que España no había recibido ninguna petición específica al respecto. “Por lo tanto –concluyó-, el material que estamos entregando es un material para que Ucrania pueda defenderse y defender su territorio”. El lunes anterior, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aprovechó la visita de su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, a Madrid para anunciar la dotación de una ayuda de 1.000 millones de euros en 2024 para Ucrania, un compromiso que cuenta con el apoyo del PP. Entre el armamento que el Gobierno español proyecta entregar a Kyiv hay una veintena de carros de combate Leopard y misiles Patriot (misiles tierra-aire para la defensa antiaérea)

La unanimidad, como se ve, no está a la orden del día. Y la reunión del viernes de los ministros de Exteriores de la OTAN acabó sin una posición común al respecto. El principal aguafiestas, tanto en la Alianza como en la Unión Europea es la Hungría de Viktor Orbán, sistemáticamente alineada con los intereses de Moscú (que no deja pasar la oportunidad de alabar al líder magiar). En la reunión, celebrada en Praga, Stoltenberg propuso que los países de la OTAN destinen un mínimo de 40.000 millones al año para apoyar a Ucrania, en proporción al PIB de cada país. La idea quedó ahí, sobre la mesa. Qué hará Budapest está por ver. Pero, en Bruselas, el gobierno de Orbán mantiene su bloqueo a varias iniciativas que comportan la movilización de 5.000 millones de euros para Kyiv. “Lo hemos comprobado y el 41% de las resoluciones sobre Ucrania han sido bloqueadas por Hungría”, ha constatado –desolado- el ministro de Exteriores de Lituania, Gabrielius Landsbergis. Y el 1 de julio asumirá la presidencia semestral de la UE…

¡Giorgia, oh Giorgia! La primera ministra italiana es la estrella ascendente de estas elecciones europeas. Aprovechando el peculiar sistema italiano, que le permite presentarse como cabeza de lista de su partido, Hermanos de Italia, a sabiendas de que en ningún caso ocupará su escaño en el Parlamento Europeo, Giorgia Meloni busca fundamentalmente un refrendo a su política interior. Y todo indica que será claramente plebiscitada: los últimos sondeos le dan ganadora con el 27% de los votos, seis puntos por delante de su más inmediato perseguidor, el Partido Demócrata (PD). A nivel europeo, su estrella todavía brilla más: la galaxia de la extrema derecha intenta ponerse también en su órbita y su antaño rival, la francesa Marine le Pen, líder de Reagrupamiento Nacional (RN), le ha propuesto explícitamente unir fuerzas en la UE.

Dos en apuros. El partido de Le Pen, conducido por el joven Jordan Bardella, de 28 años, presidente del RN desde finales del 2021 y candidato al Europarlamento, tiene aún mejores expectativas que los fratelli italianos: los sondeos vaticinan que acabará arrasando con un 33% de los votos, el doble que el partido de Emmanuel Macron (16%), perseguido muy de cerca por el resucitado Partido Socialista (PS, 14%). El presidente francés lanzó nuevos ataques contra el RN en una visita de Estado a Alemania que buscaba revitalizar el gripado motor francoalemán. El canciller Olaf Scholz está también en situación apurada: los sondeos colocan a los socialdemócratas entre el segundo y el tercer lugar (alrededor del 16%), doblados por la CDU-CSU (30%) y empatados con los ultras de Alternativa para Alemania (AfD). Claramente, Alemania está girando a la derecha.

Toque de atención a Israel. Uno de los más pesados lastres que arrastra la Unión Europea –y que le incapacita para llevar adelante una política exterior consecuente- es la regla de la unanimidad. Así es posible, como veíamos más arriba, que un solo país –en el caso, Hungría- pueda bloquear nuevas ayudas a Ucrania. De la misma manera, es dificilísimo hallar un consenso en temas tan arduos como el conflicto de Oriente Medio. Pese a todo, y tras un intento fracasado anterior en este sentido, los ministros de Exteriores de los 27 acordaron convocar el Consejo de Asociación entre la UE e Israel para verificar si este país está cumpliendo sus obligaciones en materia de respeto a los derechos humanos. La decisión se tomó tras el bombardeo de un campo de refugiados en Rafah, desoyendo la orden de la Corte Internacional de Justicia.

domingo, 2 de junio de 2024

¿En dirección contraria, yo? ¡Todos!


@Lluis_Uria

Hay un viejo chiste sobre tráfico que podría aplicarse hoy a Israel. Cuenta que va un hombre en su coche cuando, de repente, oye un aviso en la radio: “Alerta a todos los conductores, hay un loco en la autopista que va en dirección contraria”, advierte el locutor.  Incrédulo, el hombre se exclama: “¿Uno, dice? ¡Todos!”. El conductor se llama  Beniamin Netanyahu y en el coche van, además de su gobierno, buena parte de la sociedad israelí. Llevan muchos kilómetros saltándose las normas de tráfico, circulando contra el resto del mundo. Pero, absortos con la mirada fija en el retrovisor, no solo se niegan a aceptarlo, sino que increpan a todos aquellos que les echan las largas.

Casi ocho meses después del atroz ataque lanzado por las milicias de Hamas contra Israel, el 7 de octubre del 2023, con el balance de 1.200 muertos –la mayoría, civiles– y más de 200 secuestrados, la brutal e inmisericorde respuesta militar del gobierno de Netanyahu en Gaza ha dilapidado a ojos del mundo toda su legitimidad moral. La guerra, si en algún momento estuvo justificada, hace tiempo que dejó de ser justa.

 En este tiempo el ejército de Israel ha matado a más de 35.000 personas en Gaza, la mayoría civiles –muchos niños y mujeres entre ellos–, a los que ha sometido además a una hambruna deliberada. Estos hechos descarnados, aderezados por la violencia verbal de los dirigentes israelíes contra los palestinos, han llevado al fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Karim Khan, a pedir una orden de arresto contra Netanyahu y su ministro de Defensa, Yoav Gallant, así como contra los dirigentes de Hamas Ismail Haniye, Yahya Sinwar y Mohamed Deif, por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Ser puestos en el mismo saco que los terroristas ha indignado a los israelíes. Pero ¿acaso esperaban que el fiscal cerrara sus ojos a los abusos en Gaza?

El viernes le tocó el turno a la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que instó a Tel Aviv a detener inmediatamente su ofensiva militar en la franja. Miles de civiles palestinos han sido sacrificados en aras de la “victoria total” sobre Hamas prometida por el premier israelí. De la que, hoy por hoy, no se ve un atisbo. Lejos de haber sido derrotadas, las fuerzas de la organización islamista han reaparecido otra vez en el norte de Gaza, zona  limpiada en la fase inicial de la ofensiva israelí.

Que la intervención militar en la franja no conduce a nada –a nada bueno, por lo menos– lo demuestra la creciente inquietud en el ejército y la propia clase política israelí sobre la falta de un objetivo claro. No hay ningún plan para el día después del fin de la guerra. El ministro de Defensa, Yoav Gallant, ha criticado la falta de una decisión sobre el futuro gobierno de Gaza tras la derrota de Hamas –si llega–, mientras el ministro Benny Ganz, rival político de Netanyahu temporalmente incorporado al gobierno de unidad nacional, lanzó un ultimátum para que antes del 8 de junio se pacte un plan de acción al respecto. Para ambos, la única salida es devolver la gestión civil de la franja a los palestinos, con supervisión internacional.

Por ahora, Netanyahu arrastra los pies. No quiere ver a los palestinos de nuevo al mando, pero tampoco explicita sus objetivos. ¿Una ocupación militar israelí permanente? ¿O la expulsión de la población palestina y la reinstalación de las colonias judías como defienden algunos de sus socios? El ministro de Seguridad Nacional, el ultra Itamar Ben Gvir, reivindica sin tapujos una limpieza étnica, mientras azuza a los colonos radicales israelíes en Cisjordania a atacar a los palestinos con la complicidad activa y vergonzosa del ejército. “Desde el río Jordán hasta el mar”, todo para Israel. Ese es su sueño. El mismo, pero a la inversa, del mesiánico líder de Hamas, Yahya Sinwar. Los otros, que desaparezcan del mapa.

Empecinado en negar una tierra y un futuro a los palestinos, metido por propio pie en un callejón sin salida, el premier israelí ha abocado a su país a una extrema soledad en el mundo. Solo un puñado de gobiernos, con el de Estados Unidos a la cabeza, le mantiene su apoyo y no sin dificultades (Washington se enfrenta a una amplia y creciente contestación social interna). Que tres países europeos –España, Irlanda y Noruega– hayan anunciado el reconocimiento de un Estado palestino, tras el voto mayoritario de la Asamblea de la ONU, da la medida del aislamiento de Tel Aviv, ilustrado por la patética imagen del embajador de Israel, Gilad Erdan, rompiendo la Carta de las Naciones Unidas.

El Gobierno israelí acusa a los promotores de tales iniciativas de legitimar el terrorismo y a todos aquellos que cuestionan su política, de abonar el antisemitismo. ¡La acusación definitiva! Aunque quienes profieren tales excomuniones no tengan empacho en codearse con fuerzas europeas de extrema derecha que llevan el antisemitismo y la xenofobia en sus genes (reorientada ahora, preferentemente, contra los musulmanes)

¿Qué hacía el ministro israelí de la Diáspora y la Lucha contra el Antisemitismo, Amichai Chikli (del Likud, el partido de Netanyahu), en el cónclave de la extrema derecha europea organizado por Vox el pasado día 19 en Madrid? ¿No le pareció inconveniente compartir escenario con Marine Le Pen, heredera de un partido cuyo fundador consideraba los campos de exterminio nazi un “detalle de la Historia”? ¿O con Giorgia Meloni, líder de un movimiento heredero del fascismo que aprobó en Italia las leyes raciales contra los judíos? ¿O con un anfitrión que cuenta con neonazis negacionistas en sus filas, como le recordó el Jerusalem Post?

Si estos son los aliados de Israel...