Mireille Knox, de 85 años, murió asesinada en su modesto
piso del distrito 11 de París el pasado 23 de marzo. La infortunada anciana fue
acuchillada y su cuerpo, posteriormente quemado con la intención aparente –e
ilusoria– de borrar las huellas del crimen. La policía ha detenido a dos
sospechosos, a quienes la fiscalía imputa un asesinato de carácter antisemita,
dada la confesión judía de la víctima. La investigación acabará determinando
este extremo, pero si tal fuera el caso, sería uno de esos trágicos golpes de
efecto que a veces parece reservarnos la vida, pues Mireille Knox era una
superviviente de la tristemente famosa redada de Vel d’Hiv, de 1942, cuando más
de 13.000 judíos fueron detenidos en París por la policía francesa, internados
en condiciones penosas en el antiguo y ya desaparecido Velódromo de Invierno
–de ahí el nombre–, trasladados después
a campos de tránsito –el más importante, el de Drancy, en la periferia noreste
de la capital– y reexpedidos en tren hacia Alemania y Polonia, a los campos de
exterminio nazis.
La redada se desencadenó entre el 16 y el 17 de julio de
1942 y la llevaron a cabo policías y funcionarios franceses, siendo jefe de
Gobierno el siniestro Pierre Laval, el más germanófilo del régimen
colaboracionista instaurado por el mariscal Pétain en Vichy. París era zona
ocupada, pero los alemanes no intervinieron. Fueron exclusivamente franceses
quienes durante esos dos días detuvieron a 13.152 judíos, la mayoría refugiados
de la Europa del Este, muchos de ellos mujeres y niños, dispuestos a enviarlos
a la muerte para congraciarse con el aliado alemán. Entre ellos no estaba
Mireille Knox, pues pocos días antes había huido con su madre en dirección a
Portugal. La redada de Vel d’Hiv no fue la única, aunque sí la más
espectacular. En total, durante la Segunda Guerra Mundial el Gobierno francés
deportó a 76.000 judíos a petición de la Alemania nazi, de los que
sobrevivieron menos de 2.000.
La redada de Vel d’Hiv, cuyo recuerdo ha sido suscitado de
nuevo por el asesinato de Mireille Knox, fue durante décadas un tabú. Un
agujero negro. Un episodio borrado de la memoria colectiva como el propio
Velódromo de Invierno, derruido en 1959. Hubo que esperar hasta 1995 para que
un presidente de la República, Jacques Chirac, admitiera por primera vez
públicamente la responsabilidad del Estado francés: “Francia, ese día, cometió
lo irreparable”, afirmó con gravedad. Francia, dijo...
Hasta ese momento, la historia oficial consideraba a Vichy
poco menos que como un poder usurpador, cuando la realidad es que el Parlamento
francés fue el que –“democráticamente”– otorgó plenos poderes a Pétain y
enterró la III República. Pero esa realidad no era la que se quería escuchar.
Como tampoco se quería aceptar que buena parte de Francia se acomodó bien a la
ocupación alemana, que París siguió siendo bastante una fiesta –como puso de
manifiesto una polémica exposición del Ayuntamiento de la capital en el 2008 con material cinematográfico de
los propios alemanes–. Que la Resistencia, al margen del pequeño grupo que
rodeó al general De Gaulle desde el principio, no adquirió relevancia hasta que
Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, rompiendo los acuerdos
Ribentropp-Molotov, y los comunistas –hasta entonces tolerados– se echaron al
monte. Y que no empezó a recibir masivas incorporaciones hasta que se
sumaron jóvenes desesperados por escapar
al llamado Servicio de Trabajo Obligatorio (STO) por el cual empezaron a ser
enviados en 1943 en masa a Alemania para trabajar dos años en las fábricas y en
las granjas.
Francia tenía un relato impecable. Eran los buenos de la
película. Héroes de una pieza. Sólo con el tiempo algunos dirigentes políticos
se han atrevido a ensombrecer la historia oficial, para disgusto de los
nacionalistas. “Francia no es responsable de Vél d’Hiv; si hay responsables,
son los que estaban en el poder en esa época, no Francia”, declaró en la última campaña de las elecciones presidenciales la líder del
FN –ahora rebautizado como Reagrupamiento Nacional–, Marine Le Pen. Para la
ultraderecha, Francia no es culpable de la persecución de los judíos bajo la
ocupación (como tampoco de los terribles abusos perpetrados por el ejército en
la guerra de Argelia). Lo demás es un arrepentimiento fuera de lugar,
autoflagelatorio...
Si Francia ha revisado parcialmente en los últimos años la
reescritura de la Historia que hicieron los vencedores terminada la Segunda
Guerra Mundial, el Gobierno polaco del partido ultranacionalista Ley y
Justicia, de Jaroslaw Kayczinsky, pretende hacer lo contrario. El Parlamento de
Varsovia, desoyendo por enésima vez todas las advertencias por su deriva
autoritaria, aprobó el pasado mes de enero una ley que castiga con penas de
cárcel a quien acuse a los polacos de complicidad en el Holocausto y a quien
simplemente adjetive como “polacos” los campos de exterminio levantados por los
nazis en Polonia durante la guerra, como el de Auschwitz. Pretender dictar la
historia desde la ley no es sólo una aberración intelectual y democrática, sino
que además en este caso –como en la mayoría– implica una enorme falsedad. Pues
no fueron pocos los polacos que colaboraron con los nazis y que entregaron a
judíos –por antisemitismo o mero afán de rapiña– a sus verdugos. “Es más fácil
esconder un carro de combate bajo la alfombra que un niño judío en casa”,
constató la enfermera Irena Sendler, el Ángel del Gueto de Varsovia, que salvó
a 2.500 niños judíos sacándolos de allí escondidos por todos los medios.
La Historia no es un cuento de buenos y malos, por mucho que
los nacionalistas de toda condición –ayer, hoy y mañana– pretendan lo
contrario. La realidad es siempre compleja, poliédrica. La luz esconde muchas
sombras. Y en la sombra se ocultan
muchas culpas inconfesables.

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