sábado, 11 de junio de 2016

Camas separadas

Llevan mucho tiempo juntos, se tienen cariño y comparten muchas cosas, además de una prole numerosa. Los años han creado entre ellos grandes complicidades y han ido tejiendo a su alrededor una red de intereses comunes lo bastante sólidos como para no temer gravemente por la continuidad de su matrimonio. Por lo demás, la pasión hace tiempo que desertó de su relación y cada uno hace su vida, totalmente a su aire. Sí, todavía celebran juntos los aniversarios y ofrecen una imagen impecable, e incluso afectuosa, en los grandes acontecimientos familiares. Y cuando se trata de defender sus intereses mutuos son una auténtica piña. Pero es una pareja a la deriva...

Y con ella, va a la deriva todo un continente.

Todos los saltos adelante que Europa ha dado, desde su fundación, todos sus logros, han tenido como motor a la pareja integrada por Francia y Alemania, los auténticos progenitores de la Europa unida. Nada se ha podido hacer nunca contra su parecer. Tampoco nada sin su contribución. Y en eso estamos, precisamente, que hoy no se hace nada. O muy poco. Europa avanza –¿avanza?– a salto de mata, a la defensiva, mientras el escepticismo se extiende de este a oeste sin que desde el Elíseo ni la Cancillería se emita señal alguna. Silencio radio.

El 4 de junio del 2005, cinco días después de que los franceses tumbaran en las urnas el proyecto de Constitución Europea, François Hollande –a la sazón, primer secretario del Partido Socialista francés– impuso la expulsión de la dirección del PS del ex primer ministro Laurent Fabius, que había dirigido una activa campaña paralela –facciosa– por el no en el referéndum europeo, contraviniendo la posición oficial de su partido. Siete años después, tras ser elegido presidente de la República, Hollande el europeo, ¡el presunto heredero político de Jacques Delors!, puso a Fabius, el euroescéptico, al frente del Quai d’Orsay. En Bruselas y en Berlín estuvieron a punto de perder la vista a base de restregarse los ojos. ¿Cuál era el mensaje que pretendía enviar Hollande a sus sorprendidos y atónitos socios?

El mensaje ha quedado diáfanamente claro desde entonces. El presidente francés, un gran táctico según sus aduladores –un maniobrero, al parecer de sus detractores– nombró a Fabius al frente de Exteriores para atarle corto y desactivarlo como rival en el interior de su partido. Al hacerlo, puso sus intereses de política inte-rior por delante de su presunta ambición europea. Y lo ha seguido haciendo.

No es tan chocante. Porque la ambición europea de Francia –tan apegada a sus especificidades y a su grandeur– es en realidad bastante menor de lo que proclama... De hecho, todas las propuestas que en el pasado se hicieron desde Berlín –también muy pasivo desde el acceso al poder de Angela Merkel– para dar un salto adelante en la integración política de Europa, chocaron una y otra vez con las reticencias de París, definitivamente a la defensiva desde que la unificación de Alemania en 1990 convirtió a su partenaire en la superpotencia incontestable del continente.

El distanciamiento entre Francia y Alemania –por detrás de las sonrisas y las buenas palabras que presiden siempre los encuentros entre Hollande y Merkel– se puso severamente de manifiesto con la crisis financiera y económica del 2008 y ha continuado desde entonces. La crisis de los refugiados, con Alemania pidiendo a gritos la solidaridad europea mientras Francia silbaba y miraba a otro lado, ha mostrado la profundidad de la brecha. Se dirá –y se dice a este lado del Rhin– que los alemanes tampoco han puesto la carne en el asador cuando se trata de atender las preocupaciones francesas, principalmente en materia de seguridad y terrorismo. Pero eso no hace más que confirmar el diagnóstico.

En todo el continente surgen voces inquietas que llaman a París y a Berlín a despertar, y les recuerdan que los retos que Europa tiene delante son de gran magnitud. “Los capitanes del navío europeo parecen haber hecho una parada en el camino”, se quejaba en un reciente artículo el presidente de la Fundación Schuman, Jean-Dominique Giuliani, quien advertía: “Nada es peor en el gobierno de los estados que la indiferencia”. Voces como la del ensayista francés Olivier Guez, quien lamenta la falta de liderazgo de Hollande y Merkel, a quienes reprocha “estar más focalizados en sus problemas internos”, y advierte que “si Francia y Alemania no trabajan juntas, el sueño de la unidad de Europa se hará añicos”. O como la de Josef Janning, del European Council on Foreign Relations (ECFR): “Alemania y Francia deben dar a la UE una dirección más clara (...), una visión más proactiva que la mera aproximación defensiva para que los ciudadanos recuperen la confianza en el proyecto europeo”.

No se trata únicamente de responder a los problemas, sino de ofrecer una visión, algo en lo que soñar. Y, ¿por qué no?, poner en ello una pizca de pasión... “Cuando veo la pasión de los euroescépticos me digo que por qué no la mostramos nosotros un poco más también para defender Europa”, le confesaba días atrás a Beatriz Navarro, la excelente –y tenaz– corresponsal de La Vanguardia en Bruselas, la comisaria europea de la Competencia, Margrethe Vestager. ¿Pasión, Merkel y Hollande? ¿Visión? ¿Atrevimiento? ¿Coraje?

En Berlín y en París no se mueve nada, y nada se va a mover –subrayan en ambas capitales– hasta que pasen las elecciones presidenciales francesas y las federales alemanas. O sea, hasta el 2017.

Mientras tanto, Nicolas Sarkozy, postulante a repetir en el Elíseo el año que viene, arrancaba esta semana un discurso electoral en Lille diciendo: “Yo soy francés, vosotros sois franceses, nosotros somos franceses. Es una suerte ser francés. Es un privilegio ser francés”...

Pura pasión europeísta...

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